La metamorfosis, o, El asno de oro
Part 18
Entonces yo, temblando y dándome el corazón muchos saltos en el cuerpo, llegué a la corona, la cual resplandecía, tejida de rosas delicadas y frescas, y tomándola con mucha gana y deseo, deseosamente la tragué.
No me engañó la promesa celestial, porque luego a la hora se me cayó aquel disforme y fiero gesto de asno. Primeramente los pelos duros se me quitaron, y desde adelante el cuero grueso se adelgazó; el vientre, hinchado y redondo, se asentó; las plantas de los pies, que estaban hechas uñas, se tornaron dedos; las manos ya no eran pies como de antes, y se levantaron derechas para hacer su oficio; la cerviz, alta y grande, se achicó; la boca y la cabeza se redondeó; las orejas, grandes y gruesas, se tornaron a su primera forma, y también los dientes, que, eran crecidos, tornaron a ser menudos como de hombre; la cola, que principalmente me daba pena, desapareció.
Aquellas gentes y el pueblo que allí estaba se maravillaron todos. Los sacerdotes adoraron y honraron tan evidente potencia de la gran diosa y la magnificencia semejante a la revelación de la noche pasada y la facilidad de esta mi reforma, y alzando las manos al cielo, todos a una voz testificaban y decían este tan ilustre beneficio de su diosa. Yo, espantado y como pasmado, estaba quedo y callando, revolviendo en mi corazón tan repentino y tan gran gozo, que no cabía en mí, pensando qué era lo primero que principalmente había de comenzar a hablar, de dónde había de tomar el comienzo de la nueva voz. ¿Con qué palabras podría ahora la lengua, otra vez nacida, comenzar con mejor dicha? ¿Con cuáles y con cuántas palabras yo podría hacer gracias a tan gran diosa?
Pero el sacerdote, que por la divina revelación estaba informado de todos mis trabajos y penas desde el principio, como quiera que él también estaba espantado, hizo señal y mandó que primeramente me diesen una vestidura de lino con que me vistiese, porque yo, luego que vi que el asno me había despojado de aquella cobertura bruta y nefanda, apretadas las piernas estrechamente y puestas las manos encima, según que convenía a hombre desnudo, tapaba mis vergüenzas.
Entonces uno de la compañía de aquella religión, prestamente se quitó una ropa que traía, y cubriome. Lo cual así hecho, el sacerdote, con alegre gesto, estando pasmado de verme en la forma que me veía, me habló de esta manera:
--¡Oh, Lucio: habiendo tú padecido muchos y diversos trabajos con grandes tempestades de la fortuna, y siendo maltratado de mayores tribulaciones, finalmente viniste al puerto de salud y era de misericordia, y no te aprovechó tu linaje y la dignidad de tu persona, ni aun tampoco la ciencia que tienes; mas antes con la incontinencia de tu mocedad, puesto en vicios de hombres siervos y bajos, hubiste el premio y galardón de tu agudeza y curiosidad sin provecho!
Mas como quiera que sea la ciega fortuna, pensando de atormentarte con estos pésimos trabajos y peligros, te trajo con su malicia, no por ella vista, a esta bienaventuranza, pues vaya ahora y bravee con su furia cuanto quisiere, y busque desde luego para su crueldad otra materia donde se ejercite, porque en aquellos cuyas vidas y servicios la majestad de nuestra diosa tomó bajo su amparo y protección, no ha lugar ningún caso contrario. ¿Qué le aprovecharon a la malvada de la fortuna los ladrones, qué le aprovecharon las fieras o el servicio en que te puso, o las idas y venidas de los caminos ásperos que anduviste, o el miedo de la muerte en que cada día te puso?
Y ahora eres recibido en tutela y guarda de la prosperidad, pero de la que es buena y alumbra a los dioses. De aquí adelante ten la cara alegre, y que se conforme con este tu hábito cándido y blanco. Acompaña la pompa y procesión de esta diosa que te salvó, con pasos alegres, por que lo vean los herejes y conozcan su error. He aquí, Lucio, librado de las primeras tribulaciones, gozoso con la providencia de la gran diosa, y triunfando con vencimiento de su desdicha. Y por que seas más seguro y mejor guardado, entrégate a esta santa religión, y por tu voluntad toma el yugo de esta milicia, porque cuando comenzares a servir a esta diosa, entonces tú sentirás mucho más el fruto de tu libertad.
De esta manera, habiendo hablado aquel egregio sacerdote, estando ya cansado de hablar, calló, y entonces yo, mezclándome con aquella compañía de religiosos, iba en la solemne procesión acompañando aquella solemnidad, señalándome y notándome con los dedos y gestos todos los de la ciudad, y todos hablando de mí, diciendo:
--La divinidad de nuestra gran diosa reformó y trasladó hoy a este de bestia en hombre; por cierto, él es bienaventurado, y hubo buena dicha, que por la inocencia y fe de la vida pasada mereció tan gran favor y ayuda del cielo, que casi ha tornado a nacer hoy de nuevo, y luego fue dedicado y puesto en el servicio de las cosas sagradas.
Dicho esto, viniendo un poco adelante con la procesión, llegamos a la ribera de la mar en aquel mismo lugar donde otro día antes mi asno había tenido su establo, y allí, puesta la diosa y las otras cosas sagradas en tierra honradamente, el principal de los sacerdotes ofreció a la diosa una nave muy pulidamente obrada y pintada con pinturas maravillosas, como las que se pintan en Egipto, y hechos sus sacrificios y solemnísimas preces, con una tea ardiendo y un huevo y piedra azufre, rezando con su casta boca, después de haberla limpiado y purificado, la dedicó y nombró a esta gran diosa.
La nave tenía una vela muy blanca de lino delgado, en la cual estaban escritas unas letras que declaraban el voto de los que ofrecían, por que la diosa les diese próspero viaje. Tenía asimismo la nave su mástil, que era un pino redondo, alto y muy hermoso, con su entena y su gavia, y la popa de la nave era cubierta de láminas de oro, con las cuales resplandecía. Y todo el cuerpo de la nave era de cedro limpio y muy pulido.
Entonces todo el pueblo, así los religiosos como los seglares, con sus harneros y espuertas en las manos llenos de olores y de otras cosas semejantes, para suplicar a su diosa, las lanzaban dentro en la nao; y asimismo desmenuzadas estas cosas con leche, las lanzaban sobre las ondas de la mar, por ceremonia de sus sacrificios. Hasta tanto que la nao, llena de estos dones y otras largas promesas y devociones, sueltas las cuerdas de las áncoras, fue echada en la mar con su sereno y próspero viento, la cual después, con su ida, se nos perdió de vista. Los que traían las cosas sagradas, tomando cada uno lo que traía a cargo, alegres y con mucho placer, en procesión como habían ido, se tornaron a su templo.
Después que hubimos llegado al templo, el principal de los sacerdotes y los otros que traían aquellas divinas reliquias, y los que eran novicios en aquella religión, entráronse dentro en el sagrario, adonde pusieron sus imágenes y reliquias que traían. Entonces, uno de aquellos, al cual los otros llamaban escribano, estando a la puerta, llamó allí todo el colegio de aquellos sacerdotes, de encima de un púlpito, y comenzó a pronunciar en palabras y lenguaje griego, diciendo: «Paz sea al Príncipe y gran Senado, caballeros y a todo el pueblo romano, y buen viaje a los marineros y a las naves que van por la mar, y salud a todos los que son regidos y gobernados debajo de nuestro imperio.» En fin de lo cual, dio licencia a todo el pueblo, diciendo que se fuesen con Dios. A lo cual respondió todo el pueblo con gran clamor y alegría, por donde pareció que a todos había de venir buenaventura, como el escribano decía.
Después de esto, todos los que allí estaban, con gran gozo y con sus guirnaldas de rosas y flores, besando los pies de la diosa, que estaba hecha de plata y puesta en las gradas del templo, fuéronse para sus casas; pero a mí no me dejaba mi corazón apartarme de allí cuanto una uña; mas atento en la hermosura de la diosa, me recordaba de la fortuna que me había acontecido.
III.
Cómo Lucio cuenta el ardiente deseo que tuvo de entrar en la religión de la diosa, y cómo fue primero industriado para recibirla.
La fama, que vuela con sus alas muy ligeramente, no cesó ni fue perezosa, antes voló muy presto en mi tierra, recontando el honorable beneficio de la providencia de la diosa, y la memorable fortuna que por mí había pasado. En tal manera, que mis familiares y criados, y asimismo mis parientes, quitado el luto que a mi causa habían tomado por la falsa relación y mensajería que de mi muerte tenían, súbitamente se alegraron, y luego vinieron corriendo a mí, cada uno con su presente, para ver mi presencia.
Yo asimismo, holgándome con ver mi gesto y persona, de lo cual ya estaba desesperado, recibí sus dones y presentes, dándoles muchas gracias por ello, lo cual yo tenía razón de hacer, porque estos mis familiares y amigos habían tenido cuidado de traer cumplidamente lo que había menester, así para vestirme y ataviarme como para el otro gasto. Así que, después que les hube hablado en general y a cada uno particularmente, diciéndoles todas mis primeras fatigas y penas, y el gozo presente en que estaba, torneme otra vez a la muy agradable vista y presencia de la diosa. Y alquilada una casa dentro del cerco del templo, constituí allí mi morada temporal, sirviendo por entonces en las cosas de dentro de casa que me mandaban, estando de continuo en la compañía de aquellos sacerdotes, no apartándome del servicio de la gran diosa; en tal manera, que ninguna cosa pasó, ni hube reposo alguno, sin que viese y contemplase en esta diosa, cuyos sagrados mandamientos y servicios, como quiera que mucho antes a ellos yo me viese obligado, me parecía que ahora lo comenzaba a hacer y a servirla; y aunque en esto yo tenía gran deseo y voluntad, pero excusábame y tenía como religioso temor y vergüenza, mayormente que con mucha diligencia preguntaba la dificultad que había en el servicio de aquella religión, y sabía yo que había gran abstinencia y castidad. Demás de esto miraba con mucha cautela que la vida de aquella religión era disminuida y estaba debajo de muchos casos y ocasiones, lo cual todo pensando entre mí muchas veces, no sé cómo dilataba lo que mucho deseaba.
Estando en este pensamiento, una noche soñaba que el sumo sacerdote me daba y ofrecía la falda llena, y preguntándole yo qué cosa era aquella, me respondió que traía allí ciertas cosas que me enviaban de la ciudad de Tesalia, y que asimismo había venido de allá un siervo mío, que por nombre había Cándido.
Despertando con este sueño, revolvía muchas veces mi pensamiento, diciendo qué cosa podía ser aquesta, mayormente que no me recordaba en tiempo alguno haber tenido siervo que por tal nombre se llamase. Pero porque la adivinanza del señor se enderezase a bien, yo creía y se me figuraba que el ofrecimiento de aquellas cosas que me daban, en todas maneras significaban alguna cierta ganancia.
En esta manera, estando en gran congoja, atónito con la prosperidad de la ganancia, esperaba la hora de maitines para que las puertas del templo fuesen abiertas, las cuales desde que se abrieron, comenzamos a adorar y suplicar a la imagen venerable de la diosa. Y el sumo sacerdote, andando por estos altares y aras, procuraba hacer su sacrificio y divinos oficios. Y después tomó un vaso de agua de la fuente secreta, e hizo la salva, como se acostumbraba en las solemnidades y suplicaciones divinas. Lo cual todo muy bien acabado, los otros religiosos comenzaron a cantar la hora de prima, adorando y saludando a la luz del día, que entonces comenzaba.
Estando en esto vinieron de mi tierra mis criados y servidores que allá había dejado cuando Andria, criada de Milón, me encabestró por su necio error. Así que, conocidos mis criados y mi caballo cándido y blanco que ellos me traían, el cual era perdido y lo había cobrado por conocimiento de una señal que traía en las espaldas, por lo cual yo me maravillaba de la violencia de mi sueño, mayormente que, demás de concordar con la ganancia prometida, me había dado, en lugar del siervo Cándido, mi caballo, que era de color cándido y blanco.
Lo cual todo así hecho, con mucha solicitud y diligencia yo frecuentaba el servicio del templo, con esperanza cierta que por los servicios presentes habría alguna remuneración.
No menos con todo esto, cada día me crecía el deseo y codicia de recibir aquel hábito y religión, por lo cual muchas veces rogué y supliqué ahincadamente al principal de los sacerdotes que tuviese por bien de ordenarme, para que yo pudiese intervenir en los secretos sacrificios; pero él, como era personaje grave y muy afamado en la observancia y guarda de su religión, con mucha clemencia y humanidad, como suelen los padres templar los deseos apresurados de sus hijos, halagaba y aplacaba la fatiga de mi deseo, dilatando mi importunidad con promesa de mejor esperanza, diciendo que el día que cualquiera se hubiese de ordenar, había de ser mostrado y señalado por la voluntad de la diosa, y también por su divina providencia había de ser elegido el sacerdote que había de administrar en sus sacrificios, y por semejante, ella había de declarar el gasto necesario para aquellas ceremonias; las cuales cosas nosotros somos obligados a guardar con mucha paciencia, y guardarnos de ser apresurados, y de ser remisos, apartándonos de no caer en culpa de lo uno ni de lo otro; conviene a saber: que si soy llamado a la religión, no tengo de tardar, y si no me llaman, no ir de prisa; ni hay ninguno del número de estos sacerdotes que tenga tan perdido el seso, ni se pondrá tan a peligro de muerte, que sin ser llamado por la diosa, osase emprender tan sacrílego ministerio, de donde pudiese contraer culpa mortal, porque en mano de esta diosa están las llaves de la muerte y la guarda de la vida, y la entrada de esta religión se ha de celebrar a manera de una muerte voluntaria y rogada salud. Mayormente que esta diosa acostumbraba elegir para su servicio y religión los hombres que ya están en el último término de su vivir, a los cuales seguramente se puede cometer el silencio y autoridad de su orden, porque con su providencia hace tornar de nuevo a vivir a los que, en alguna manera renacidos en esta religión, entran en ella. Por las cuales razones me convenía obedecer el mandamiento celestial.
Y como quiera que clara y abiertamente la diosa, por su gracia y bondad, me hubiese señalado y elegido para el ministerio de su religión, pero que ni más ni menos que los otros sus servidores me había de abstener, guardar y apartar de todos los manjares y actos profanos y seglares, por donde más derechamente pudiese llegar a los secretos purísimos de esta sagrada religión.
Después que el sacerdote hubo dicho esto, no creáis que por ello yo me enojase, ni se corrompió mi servicio; antes muy atento, con grandísima paciencia y sufrimiento, continuamente hacía el oficio que convenía a las cosas sagradas del templo, y no recibí en ello engaño, ni la liberalidad de la diosa poderosa consintió que yo padeciese pena de larga tardanza.
Mas una noche oscura claramente en sueños la vi, diciendo que ya era llegado el día que yo mucho deseaba, en el cual alcanzaría y tendría efecto mi voto y deseo, diciendo asimismo cuánto era lo que se había de gastar en el aparato de los oficios y ceremonias, y como aquel su principal sacerdote, que Mitra se llamaba, me había de juntar y poner en el número de los de aquella compañía sagrada, señalándome por uno de los ministros de aquella religión.
Yo, cuando oí estas razones y otras semejantes palabras de aquella señora, recreado en mi corazón, casi aún no era bien de día, cuando muy presto me fui a la celda del sacerdote. Y yo que llegaba a la puerta y él que salía, dile los buenos días, y con mayor instancia y ahinco que solía, pensaba decirle que tuviese ya por bien de recibirme al servicio y deuda que debía a su religión.
El sacerdote, luego que me vio, antes que nada me dijese, comenzó de esta manera:
--¡Oh, Lucio: tú eres dichoso y bienaventurado, pues que por su propia voluntad nuestra diosa te ha juzgado y escogido por hombre digno para su servicio! Así que, pues esto así es, ¿por qué te tardas y no despachas presto? Este es aquel día que tú mucho deseabas, en el cual por estas mis manos tú serás ordenado para los piísimos secretos de esta diosa y de su religión.
Diciendo esto, aquel viejo honrado me tomó con su mano derecha, y me llevó muy presto a las puertas del magnífico templo, las cuales abiertas con aquella solemnidad que convenía, acabado el sacrificio de la mañana, sacó de un lugar secreto del templo unos ciertos libros escritos de letras y figuras no conocidas; en parte eran figuras de animales, que declaraban lo que allí se contenía, y de partes figuras de sarmientos torcidos y atados por las puntas, por que la lección de las letras fuese escondida de la curiosidad de los legos.
De allí me dijo y enseñó las cosas que era necesario aparejar para mi profesión, las cuales luego yo con alguna liberalidad, por una parte, y mis compañeros por otra, procurábamos comprar y buscar.
Así que venido el tiempo, según que el sacerdote decía, llevome, acompañado de muchos religiosos, a unos baños que allí cerca estaban, y primeramente me hizo lavar, como es costumbre, y después, rezando y suplicando a los dioses, rociándome todo de una parte y de otra, limpiome muy bien y tornome al templo casi pasadas dos partes del día, y púsome ante los pies de la diosa, diciéndome secretamente ciertos mandamientos que es mejor callarlos que decirlos; pero en presencia de todos me dijo estas cosas, conviene a saber: que en aquellos diez días continuos me abstuviese de comer, ayunando, y que no comiese carne de ningún animal ni bebiese vino.
Las cuales cosas por mí guardadas derechamente con venerable abstinencia, ya que era llegado el día señalado y prometido para mi recepción, casi a la tarde, cuando el sol baja, he aquí donde vienen muchos compañeros vestidos al modo antiguo de vestiduras sagradas, y cada uno de ellos diversamente me daba su don. Entonces, apartados de allí todos los legos, y vestido yo de una túnica de lino blanco, el sacerdote me tomó por la mano, y me llevó a lo íntimo y secreto del sagrario.
Por ventura, tú, lector estudioso, podrás aquí con ansia preguntar qué es lo que después fue dicho o hecho o qué me aconteció, lo cual yo diría si fuese cosa conveniente el decirlo, y si no conociese que a ninguno conviene saberlo ni oírlo, porque en igual culpa incurrían las orejas y la lengua de aquella temerosa osadía. Pero con todo eso no quiero dar pena a tu deseo (por ventura religioso), teniéndote gran rato suspenso. Mas créelo, que es verdad. Sepas que yo llegué al término de la muerte, y hallando el palacio de Proserpina, anduve y fui traído por todos los elementos, y a media noche vi el Sol resplandeciente con muy hermosa claridad, y vi los dioses altos y bajos, y llegueme cerca y adorelos.
He aquí te he dicho lo que vi; lo cual, como quiera que lo has oído, es necesario que lo sepas. Pero aquello que sin pecado se puede manifestar y denunciar a las orejas de los legos, yo lo diré.
IV.
Lucio cuenta la entrada en la religión, y cómo fue a Roma donde fue ordenado en las cosas sagradas, y fue recibido en el colegio de los sacerdotes de la diosa Isis.
Otro día de mañana, acabadas las horas solemnes, salí vestido con doce vestiduras, que es hábito muy devoto y religioso, del cual puedo hablar sin prohibición alguna, mayormente que en aquel tiempo muchos que estaban presentes lo vieron.
Estaba en medio del templo sagrado, delante la imagen de la diosa, hecho un cadalso de madera, encima del cual yo estaba muy adornado de una vestidura, que era blanca de lino, pero de diversas flores pintada, que me colgaba de los hombros por las espaldas hasta los pies; ella era tan rica y preciosa, que de cualquier parte que la veían parecía de diversos colores, y muy adornada de animales en ella bordados. De una parte había dragones de las Indias, de la otra grifos hiperbóreos, que nacen y son criados en tierras muy ásperas, y tienen alas a manera de aves. A esta vestidura llamaban los sacerdotes estola olímpica.
En la mano derecha tenía yo un hacha encendida, y encima una hermosa corona resplandeciente, a manera de unas hojas de palma, alzadas arriba como rayos. En esta manera yo adornado, que parecía al Sol, y ataviado como una imagen, súbitamente alzaron la vela que estaba delante, y quedé descubierto en presencia de todo el pueblo.
Después de esto celebré muy solemnemente la fiesta de mi profesión, hice convite de muy suaves manjares y otros placeres y fiestas, que duraron tres días, así en lo que pertenecía a la honesta y religiosa comida, como en todas las otras cosas que eran necesarias a la solemnidad y perfección de mi entrada.
Después, continuando allí algunos pocos días, mi deseo y trabajo gozaba de aquel inestimable, por estar en servicio de la diosa, siendo prendado de tan grande beneficio.
Finalmente, que habiendo referido humildemente, según mi posibilidad, aunque no tan por entero como era razón, las gracias del beneficio y merced recibida, siendo amonestado por la gran diosa, y con gran pena rotas las áncoras de mi ardiente deseo, alcancé licencia (aunque tardía) para tornar a mi casa. Así que, echado en tierra con mi cara ante sus pies, y lavándolos con mis lágrimas, y tapando la habla con grandes sollozos y tragando las palabras; finalmente, habiendo hecho mi oración a la diosa, abracé al sacerdote Mitra, padre mío, y colgado de su pescuezo, dándole muchos besos, le demandaba perdón. Porque no podía remunerar ni agradecerle tantos beneficios como de él había recibido.
Finalmente, que al cabo de gran rato que pasamos en referir las gracias y ofrecimientos, nos partimos.
Yo, después, a muy poquito tiempo enderecé mi camino para tornar a la casa de mis padres. Así que, habiendo pasado algunos días por aviso y mando de nuestra diosa, hice liar muy prestamente mi hacienda, y entrando en la nao tomé el camino hacia Roma, y navegando con favor y prosperidad de los vientos (que traían), muy presto tomé puerto.
De allí, por tierra, subí en un carro y llegué a esta sacrosanta ciudad, a doce días del mes de Diciembre, a donde no tuve otro mayor cuidado, como llegué, sino cada día ir a visitar el templo de la reina Isis, llamado Campense.
He aquí donde, pasado el sol por los doce signos del cielo, había cumplido un año, y el cuidado de la diosa, que bien me quería, tornó de nuevo a interrumpir mi descanso y reposo, haciéndome ensueños que otra vez me aparejase para entrar en la religión. Yo estaba maravillado qué cosa podía ser aquella, si por ventura no era bien ordenado y me faltaba algo, y en este escrúpulo hallé una cosa nueva, la cual era que, aunque yo estaba cierto en el entendimiento de la orden de la reina Isis, no estaba alumbrado ni limpio para el sacrificio del padre de todos los dioses, Osiris; y aunque ambas estas religiones eran unas y estaban juntas, pero había gran diferencia cuanto al hacer de la profesión.
Estando yo en esta duda, a la noche, en sueño me apareció un sacerdote de Osiris, el cual me denunció los secretos de aquella religión. Este sacerdote por darme conocimiento de sí por alguna cierta señal, andaba poco a poco cojeando un poco del pie izquierdo. Así que, quitada toda oscuridad y duda por la voluntad de los dioses, luego de mañana, acabadas las horas matutinas, miraba con gran diligencia a cada uno, quién de ellos era semejante al que vi en sueños, y luego vi uno de aquellos sacerdotes que, demás del indicio de ser cojo del pie izquierdo, concordaba justamente en todo lo otro, así en hábito como en estatura, al que vi en sueños, y según después supe, se llamaba Asinio Marcelo, el cual nombre no era ajeno de mi reformación de cuando yo andaba hecho asno.