La metamorfosis, o, El asno de oro

Part 10

Chapter 104,196 wordsPublic domain

En tanto que este compañero muy sabroso jugaba conmigo de esta manera, sacudiéndome muy buenas varadas, ya llegábamos al cantón de su casa, cuando vimos aquella vejezuela que estaba ahorcada con una soga de la rama de un alto ciprés, a la cual los ladrones descolgaron, y así, con su cuerda al pescuezo, la lanzaron por las peñas abajo, y entrando en casa, después que hubieron atado la doncella con sus cordeles, dieron en la cena que la desventurada vieja en su última diligencia había aparejado, y después que con sus ánimos bestiales y ferocidad tragaron todo lo que allí había, comenzaron entre sí a platicar de nuestra pena y de su venganza, y como suele acontecer entre gente turbulenta, fueron diferentes las sentencias que cada uno daba.

El primero dijo que le parecía que era bueno y que debían quemar viva aquella doncella; el segundo, que la echasen a las bestias fieras; el tercero, que la debían de ahogar; el cuarto, que con tormentos la despedazasen. Ciertamente por dicho de todos, como quiera que fuese, la muerte le estaba aparejada.

Entonces uno de aquellos mandó callar a todos, y con palabras agradables comenzó a hablar de esta manera:

--No conviene a la secta de nuestro colegio, ni a la mansedumbre de cada uno, ni aun tampoco a mi modestia, sufrir que vosotros seáis crueles más de lo que el delito merece, ni debéis traer para esto bestias fieras, ni horca, ni fuego, ni tormentos ni aun tampoco muerte apresurada. Así que vosotros, si tomáis mi voto, habéis de dar vida a la doncella, pero aquella vida que merece. No creo yo que se os ha olvidado lo que determinabais hacer de este asno perezoso y gran comilón, y aun ahora mentiroso, fingiendo que estaba cojo; era ministro y medianero de la huida de esta doncella. Así, pues, me parece que mañana degollemos a este asno, y sacadas de él todas las entrañas por medio de la barriga, cosámosle dentro esta doncella, y solamente le quede la cara fuera; y después me parece se debe poner este asno, así relleno y cosido, encima de un risco de estos, adonde le dé el ardor del sol, y de esta manera sufrirán ambos todas las penas que vosotros derechamente habéis sentenciado, porque el asno recibirá la muerte que hace días ha merecido, y la doncella vivirá muriendo, pasando grandes penas, así del ardor del sol que la quemará, como de hambre y sed, y los bocados que los tigres y buitres le han de dar, le darán mayores dolores y fatigas.

Cuando este mal ladrón acabó de hablar, todos confirmaron su parecer y sentencia; lo cual oyendo con mis grandes orejas, ¿qué otra cosa podía hacer, sino llorar mi muerte que había de ser al otro día?

LIBRO VII.

ARGUMENTO.

Lucio Apuleyo cuenta cómo de mañana uno de aquellos ladrones vino de fuera y decía a los otros en qué manera culpaban a Apuleyo y le imputaban el robo de la casa de Milón; que no culpaban a ninguno de los ladrones, salvo a Apuleyo, que nunca más había parecido; el cual, oyendo esto, y estando hecho asno, gemía entre sí por culpársele de este gran crimen. -- Cómo la doncella fue libre por su esposo Lepolemo. -- Cuenta muchas desventuras y trabajos que pasó siendo asno. -- También refiere muchos cuentos y fábulas graciosas, y la maldad de un muchacho que traía leña con él, y otras muchas cosas de gusto.

I.

Cómo viniendo un ladrón de la ciudad de Hipata, cuenta a los otros cómo no culpaban a nadie del robo de la casa de Milón, sino a Lucio Apuleyo, y cómo fue admitido a la compañía de los ladrones un mancebo.

Al otro día, de mañana, después de salido el sol, uno de la compañía de aquellos ladrones, según yo conocí en sus palabras, entró por la puerta, y como llegó a la entrada de la cueva, sentose allí para cobrar resuello, y comenzó a hablar a sus compañeros de esta manera:

--Cuanto toca a la casa de Milón, el de la ciudad de Hipata, la cual poco ha robamos, ya podemos estar seguros, porque yo lo he bien solicitado, que después que vosotros con vuestras fuerzas robasteis todo lo de aquella casa, y os partisteis para esta nuestra estancia, mezcleme entre aquella gente popular de aquella ciudad, haciendo parecer que me dolía y me pesaba de aquel negocio; donde andaba mirando qué consejo tomaban sobre buscar quién había hecho aquel robo y en qué manera y cómo querían hacer la pesquisa para buscar los ladrones, lo cual todo yo miraba para deciros, como me mandasteis. Y no solamente por dudosos argumentos, mas por razones probadas, todos los de aquella ciudad, y de consentimiento de todos, pedían no sé qué Lucio, diciendo ser el autor manifiesto de tan gran crimen. El cual, pocos días antes con ciertas cartas fingidas y fingiendo ser hombre de bien, había hecho amistad estrechamente con aquel Milón, en tanto que lo recibió por huésped en su casa y por muy su amigo, y él se detuvo algunos días en su casa, fingiendo tener amores con una criada de Milón, y espió muy bien las cerraduras de la puerta y los cuartos donde Milón tenía todo su patrimonio, para lo cual no pequeño indicio se halla contra aquel mal hombre, porque aquella misma noche, y en el momento de aquel robo, él huyó, y desde entonces acá nunca más pareció, y porque tuviese ayuda muy prestamente y muy lejos se escondiese, dejando atrás los que los seguían, tuvo buen remedio que llevó consigo, en que fue cabalgando, aquel su caballo blanco en que había venido, dejando en la posada a su mozo, el cual fue hallado allí, y por la justicia de la ciudad lo mandaron echar en la cárcel como testigo que sabía de las maldades y consejos de su señor. Y otro día, puesto a cuestión de tormento, lo quebrantaron y desmembraron hasta que llegó a punto de muerte, mas nunca confesó cosa ninguna de todo lo que al pobre hombre le preguntaban, por la cual causa enviaron muchos de aquella ciudad a la tierra de aquel Lucio para hacerle pagar la pena del delito que había cometido.

Contando él estas cosas yo gemía y lloraba dentro de mis entrañas, viéndome hecho asno, que no podía volver por mí ni defender mi honra. Veníanme al pensamiento los varones antiguos, que no sin causa pintaban a la fortuna ciega y sin ojos, la cual trataba bien y daba sus riquezas y honras a hombres malos y que no las merecían, y los trabajos, miserias y deshonras, a los buenos. Así que yo, a quien su cruel ímpetu trajo y reformó en una bestia de cuatro pies, de la más vil suerte de todas las bestias, sobre todo era ahora acusado de crimen de ladrón contra mi huésped Milón, que tanta honra me hizo en su casa, el cual crimen no solamente se podía llamar latrocinio, pero más justamente se llamaría parricidio.

Estando pensando en esto lleno de enojo, quise responder a los ladrones, diciendo que no hice tal cosa, pero nunca pude pronunciar más de una sílaba, la cual, dije muchas veces, rebuznando siempre: «No, no, no.» ¿Qué más me puedo yo quejar de la cruel fortuna sino que aun no hubo vergüenza de juntarme y hacerme compañero de mi caballo, que me trajo a cuestas?

Estando yo entre mí imaginando estas cosas, vínome al pensamiento otro mal mayor, y era acordarme que estaba sentenciado para ser sacrificio del ánima de aquella doncella, y mirando muchas veces mi barriga, me parecía que ya tenía la doncella dentro. Mas si os place, aquel ladrón que trajo la falsa relación del hurto, sacados de su seno mil ducados que allí traía cosidos, los cuales (según él decía) había sacado a muchos caminantes, echándolos dentro en el arca para provecho común de todos, comenzó a inquirir y preguntar por todos los compañeros, y sabido cómo algunos de los más esforzados eran muertos en diversos casos, persuadiolos que entretanto no robasen en los caminos ni en otra parte, hasta que entendiesen en buscar compañeros, y con la milicia de otros mancebos fuese restituido el número de su compañía como antes estaba, porque haciéndolo así podrían compeler, poniendo miedo a los que no quisiesen. Que no habría pocos que, renunciando la vida pobre y servil, no quisiesen más seguir su opinión y fuerte compañía, la cual parecía que era cosa de grande estado y poderío, diciendo que él había hablado de su parte con un hombre hacía poco, alto de cuerpo, y mancebo esforzado, y le había persuadido, y finalmente acabado con él, que tornase a ejercitar las manos, que traía embotadas de la larga paz, y que mientras pudiese usase de los bienes de la fortuna, y no quisiese ensuciar sus esforzadas manos, pidiendo por amor de Dios, sino que se ejercitasen cogiendo oro a manos llenas.

Cuando aquel mancebo hubo dicho estas cosas, todos los que allí estaban consintieron en ello, diciendo que tal hombre como aquel, que era ya probado en las armas, que debería ser luego llamado, y buscar otros para suplir el número de los compañeros. Entonces aquel salió fuera de casa y tardó un poco. El cual trajo consigo un mancebo grande y esforzado, como había prometido, que no se podía comparar a ninguno de los que estaban presentes, porque además de la grandeza de su cuerpo, sobrepujaba en altura a todos los otros, y entonces le apuntaban los pelos de las barbas; como quiera que venía muy mal vestido y con un sayo vil y roto, por el cual se le parecía el pecho y vientre con las costras y callos duros y fuertes. De esta manera, como entró en casa, dijo:

--Dios os salve, servidores del fortísimo dios Marte y mis fieles compañeros: recibid, queriendo de vuestra voluntad y gana, a un hombre muy valiente de un gran corazón, que quiere estar en vuestra compañía, que de mejor gana recibe heridas en el cuerpo que dinero en la mano, y es mejor que la muerte, la cual otros temen. Y no penséis que soy pobre y desdichado, ni estiméis mis paños rotos, porque yo fui capitán de un ejército, que casi destruimos a toda Macedonia; yo fui aquel ladrón famoso que ha por nombre Hemo de Tracia, del cual todas las provincias temen. Yo soy hijo de aquel Terón que fue muy famoso ladrón. Yo fui criado con sangre de hombre, y crecía entre los hombres de guerra, y fui heredero imitador de la virtud de mi padre, pero en espacio de poco tiempo perdí aquellas grandes riquezas, y aquella primera muchedumbre de mis fuertes compañeros, porque demás de yo haber sido procurador del emperador César, fui también su capitán de doscientos hombres, de donde la mala fortuna me derribó y fue causa de todo mi mal. Dejado esto aparte, como ya en vuestra presencia había comenzado, tomaré la orden de contar el negocio por que conozcáis y sepáis cómo pasa.

En el palacio del Emperador César había un caballero muy noble y privado del emperador, al cual la cruel envidia, por malicia de algunos acusado, desterró de palacio. Su mujer, dueña de mucha fidelidad y prudencia, menospreciando los placeres y reposo de la ciudad, le acompañó en su destierro; la cual, cortados los cabellos, en hábito de hombre, ceñida una cinta de oro, pasó muchos trabajos con ánimo viril en compañía de su marido. En fin, que aportando una vez al puerto de Accio, por donde nosotros andábamos robando toda Macedonia, ya que era noche se aposentó en un mesón a donde nosotros llegamos, y le robamos todo cuanto traía, y no con poco peligro de nuestras personas nos partimos de allí, porque como aquella dueña oyó el sonido de la puerta cuando la abríamos, metiose en su cámara dando grandes gritos y voces, que despertó a todos sus criados y criadas y vecinos; y si no fuera porque nosotros, como éramos muchos, teníamos atajados los pasos a todos, cierto que lo pasáramos mal. Pero a los pocos días aquella dueña suplicó a la majestad del Emperador, y alcanzó que su marido tornase a palacio; asimismo impetró que se hiciese pesquisa general sobre los ladrones, por donde fueron destruidos y muertos casi todos; y así se deshizo el colegio y compañía de Hemo. Y como era desbarbado, escapé de la furia del Emperador vestido en traje de mujer con un asno cargado de paja. Pero con todo esto, yo nunca me aparté ni disminuí la gloria de mi padre, ni de mi esfuerzo y virtud. Verdad es que casi con miedo, pasando cerca de los caballeros de la pesquisa, cubierto con el engaño del hábito de mujer, yo solo me iba por esas villas y castillos donde apañaba lo que podía para provisión de mi camino.

Diciendo esto, descosió aquellos paños rasgados que traía vestidos, y sacó dos mil ducados de oro, diciendo:

--Veis aquí esta pitanza, y aun digo, que en dote los doy de buena gana para vuestro colegio y esforzada compañía, y me ofrezco por vuestro capitán fidelísimo, que yo sé muchas provincias y ciudades, y conozco a los hombres ricos y pobres, y otras muchas cosas con que os holgaréis; y si vosotros no rehusáis esto, yo me obligo a hacer que en espacio de breve tiempo esta vuestra casa, que ahora es de piedra, se torne toda de oro.

No tardaron más los ladrones todos, que de un voto le hicieron su capitán, y le vistieron luego una vestidura de seda como convenía a tal capitán, quitándole primero el sayo roto, aunque rico, que traía.

En esta manera reformado, dio paz, y abrazó a cada uno de ellos, y sentado en más alto lugar que ninguno, comenzaban a hacer fiesta con su cena de muchos manjares y vinos.

II.

Cómo aquel mancebo, recibido en la compañía por Hemo, afamado ladrón, fue descubierto ser Lepolemo, esposo de la doncella, el cual la libertó con su buena industria, y la llevó a su tierra.

Pues hablando entonces unos con otros, comenzaron a decir de la huida de la doncella y de cómo yo la llevaba a cuestas, y diciendo asimismo de la monstruosa y no oída muerte que para entrambos nos tenían aparejada; lo cual todo por él oído, preguntó dónde estaba aquella moza, y lleváronlo a donde estaba, y como la vio en prisión cargada de hierro, comenzó a despreciarla haciendo un sonido con las narices, y saliose luego de la cámara, y desde que se tornó a sentar, dijo luego a los ladrones:

--Yo, señores, no soy tan bruto ni temerario que quiera refrenar vuestra sentencia y acuerdo; pero yo pensaría que tenía dentro de mi corazón pecado de mala conciencia, si disimulase lo que me parece que es bueno y provechoso; mas una cosa habéis de pensar, que esto que yo digo es por vuestra causa y provecho. Por ende, si esto que os dijere no os placiere, digo que tengáis libertad para tornarlo al asno; porque yo, señores, pienso que los ladrones saben que ninguna cosa más debe anteponerse a su ganancia. También esta venganza es dañosa muchas veces a ellos, y a otros. Pues si matareis la doncella en el asno, no haréis otra cosa sino ejercitar vuestro enojo sin ningún provecho ni ganancia. Por ende, me parece que esta doncella deberíais llevarla a alguna ciudad, porque no sería liviano el precio que por ella se diese, según su edad, que aun yo tengo conocido días ha algunos rufianes, de los cuales uno podría (según yo pienso) comprar esta moza con muchos talentos de oro, para ponerla al partido en el burdel, como ella merece por su huida, y vosotros quedáis bien vengados.

De esta manera, aquel abogado del fisco de los ladrones proponía nuestro pleito, como buen defensor de la doncella y del asno.

Todos se llegaron al consejo del nuevo ladrón, y luego soltaron a la doncella de las cadenas en que estaba; la cual, como vio aquel mancebo, y oyó hacer mención del burdel y del rufián, secretamente se reía, y estaba llena de placer; tanto, que a mí me vino al pensamiento que no hay que fiar en mujeres, pues aquella se alegraba con oír hablar de tan infame cosa.

Aquel mancebo, tornando a hablar, dijo.

--Pues ¿por qué no aparejamos de hacer sacrificio a nuestro dios Marte, que nos dé buena mano derecha en nuestro oficio? Mas paréceme que no tenemos aquí animal que sacrificar; por tanto, vengan conmigo algunos compañeros, e iré al primer pueblo a comprar lo necesario.

Dicho esto, partieron de allí, y antes de mucho tiempo vinieron unos cargados con cueros de vino, otros con pan, otros traían un rebaño de ganado, de donde escogieron un hermoso cabrón, que sacrificaron al dios Marte, y luego fue aparejada la comida abundantemente.

Entonces aquel nuevo mancebo, por ser a todos agradable, empezó a cocinar muchos y sabrosos manjares; después daba de beber a todos en grandes tazas; servíalos a la mesa, repartiendo los guisados por entre todos. Y algunas veces, fingiendo que iba por las cosas necesarias para la mesa, entraba donde estaba la moza, y traíale algunas cosas de comer, y aun la besaba muchas veces, lo que ella consentía de buena voluntad, la cual cosa a mí mucho me desplacía, y decía entre mí:

--¡Oh moza doncella, tan presto te has olvidado de tu desposorio y de aquel tu amado esposo, por quien tanto llorabas, y ahora besas a un advenedizo y cruel matador, ladrón corsario! ¿No te acusará la conciencia, no te acusará la fe que debes a tu esposo? Paréceme que te revolvió la inconstancia el corazón. ¿Qué será si esto entienden los otros ladrones? ¿Piensas que no tornarás otra vez al asno, y otra vez me causarás la muerte?

Entretanto que yo, en mi triste y desventurado pensamiento, falsamente acusaba y deponía contra la casta doncella estas cosas, y disputaba de ellas con gran enojo, conocí de sus mismas palabras, algo mansas y dudosas, aunque no muy oscuras para asno discreto, que aquel mancebo no era Hemo, ladrón famoso, mas que era Lepolemo, esposo de la doncella. Porque procediendo en sus palabras, que ya un poco más claramente hablaba, no curando de mi presencia, estuvieron hablando muy quedo, y él le dijo:

--Tú, señora Carites, mi dulcísima esposa, ten buen esfuerzo, que todos estos tus enemigos te los daré presos y cautivos en las manos.

Y diciendo esto, no cesaba de darles el vino, ya mezclado y algo tibio, con grande instancia, de manera que ellos estaban ya de buena manera. Él se abstenía de beber; y por Dios que a mí me dio sospecha que les había echado dentro los cántaros del vino algunas hierbas para hacerles dormir.

Finalmente, que todos, sin que uno faltase, estaban sepultados en vino, y algunos de ellos aparejados para la muerte.

Entonces Lepolemo, sin ninguna dificultad y trabajo, puestos ellos en prisiones y atados en ellas como a él le pareció, puso encima de mí la doncella; enderezó el camino para su tierra, a la cual, como llegamos, toda la ciudad salió a ver lo que mucho deseaban. Salieron su padre y madre y parientes, cuñados y esclavos, las caras llenas de gozo, que quien lo viera pudiera ver muy bien una gran fiesta de personas de todo linaje y edad, que por Dios que era un espectáculo digno de gran memoria, ver una doncella triunfante encima de un asno.

Yo también muy alegre como hombre varón, porque no pareciese que era ajeno del presente placer, alzadas las orejas, e hinchadas las narices, rebuzné muy fuertemente, y aun puedo decir que canté con clamor alto y grande.

III.

Cómo, celebradas las bodas de la doncella, se pusieron a pensar con gran consejo qué premio se daría a Lucio, asno, en recompensa de su libertad. -- Donde cuenta grandes trabajos que padeció.

Después que la doncella entró en casa, los padres la recibieron y regalaron como mejor pudieron. Lepolemo tornó a mí con otra muchedumbre de asnos y acémilas de la ciudad, y tornome para atrás, adonde yo iba de buena gana, porque tenía mucha gana y deseo de tornar a ver la prisión de aquellos ladrones, a los cuales hallamos bien atados con el vino más que con cadenas. Así que nosotros, cargados de oro y plata y otras cosas suyas, que nada les dejaron, tomaron a los ladrones atados como estaban, y a los unos, envueltos, los echaron de esos riscos abajo; otros, degollados con sus espadas, se los dejaron por ahí.

Con esta tal venganza, alegres y con mucho placer, nos tornamos a la ciudad, adonde pusieron todas aquellas riquezas en el Tesoro y arca pública de ella, y la doncella diéronla a Lepolemo, su esposo, como era razón y derecho.

Desde allí la dueña, que ya era casada, me nombraba a mí como a su guardador, que le había librado de tanto peligro: y ese mismo día de las bodas me mandó henchir el pesebre de cebada, y poner heno, tan abundantemente, que bastara para un camello.

¡Cuántas maldiciones podría yo echar ahora a mi Andria, que es merecedora de ellas, porque me tornó en asno y no en perro!; porque veía por allí los perros hartos de aquellas reliquias y sobras de la boda, muy abundantes.

Después de pasada la primera noche de la boda, la recién casada no se olvidó del beneficio que de mí tenía recibido, y llamando a su padre y madre y marido, me encomendó mucho a todos y les preguntó cómo se podrían remunerar al asno tan grandes servicios.

El uno dijo, que si me tuviesen encerrado en casa, sin que cosa alguna hiciese, y me engordasen con cebada y habas y buena cama; pero venció a este otro, que miró más a mi libertad, diciendo que me echasen al campo con las yeguas, y que allí andando a mi placer holgando entre ellas, daría a mis señores muchas y buenas mulas. Así que, llamando al yeguarizo, habláronle muy largamente, encomendándome mucho, y entregáronme a él que me llevase. Adonde, por cierto, yo iba muy alegre y gozoso, creyendo que ya había renunciado el trabajo y cargas que me solían echar. Demás de esto, me gozaba que me habían dado aquella libertad en principio del verano, cuando los prados estaban llenos de hierbas y flores, donde pensaba hallar algunas rosas; porque me venía un continuo pensamiento, que habiéndome hecho tanta honra siendo asno, tornándome hombre más me gratificaran y honraran.

Mas después que el yeguarizo me llevó, ninguna libertad ni placer tuve, porque su mujer, que era mala hembra, me puso a moler en una tahona, y con un palo nudoso me castigaba de continuo, ganando con mi cuero pan para sí y para los suyos; y no solamente era contentada de fatigarme y trabajar por causa de su comer, pero matábame moliendo continuamente, por dineros, del trigo de sus vecinos; y por todos estos trabajos y fatigas no me daba a comer la cebada que habían señalado para mí, mezquino, la cual tostaba ella, y me la hacía moler con mis continuas vueltas, y la vendía a sus vecinos cercanos; y a mí, que andaba atento todo el día al continuo trabajo de la tahona, me ponía unos pocos salvados sucios y por cerner, llenos de piedras, que no había quien los pudiese comer.

Estando yo bien domado con tales penas y trabajos, la cruel fortuna me trajo a otro mayor tormento; conviene a saber: aquel buen pastor que tarde escuchó el mandado de su señor, plúgole ya de echarme a las yeguas. Finalmente, de que yo me veía asno libre, alegre y saltando con mis pasos blandos, y a mi placer andaba escogiendo las yeguas que mejor me parecían, creyendo que habían de ser mis enamoradas; pero aquí aun la alegre esperanza que tenía se me volvió en gran tristeza, porque los garañones, como estaban hartos y gruesos y muy terribles, por haber muchos días que andaban al pasto, eran cierto muy más fuertes que ningún asno, y temíanse de mí, guardando que hiciese adulterio monstruoso con sus amigas; no guardando la amistad que Júpiter mandó tener con los huéspedes, comenzaron a perseguirme con mucha furia y odio.

El uno, alzados sus grandes pechos en alto, su cabeza alta y con las manos sobre mi cabeza, peleaba con sus uñas contra mí; el otro, con sus ancas redondas y gruesas, volviéndolas hacia mí, me daba de coces; otro, amenazándome con sus malditos relinchos y bajadas las orejas y descubiertos los dientes, me mordía. Así lo había yo leído en la historia del gran rey de Tracia, que daba a sus caballos los mezquinos de los huéspedes que acogía, para despedazarlos y comer. Tanto era aquel tirano escaso de la cebada, que con abundancia de cuerpos humanos ensuciaba el hambre de sus rabiosos caballos[3]. De aquella misma manera yo era mordido y lacerado de los saltos y varios golpes de aquellos caballos, tanto, que pensaba me sería mejor tornar a la tahona.