La meningitis y su sombra

Chapter 2

Chapter 23,301 wordsPublic domain (Wikisource)

El aludido me puso la mano en el hombro y me ofreció cigarrillos.

—Fume, fume, y no haga caso.

—¡Pero Luis María!—le reprochó la madre, semi-seria—cualquiera creería al oirte que le estamos diciendo mentiras a Durán!

—No, mamá; lo que dices está perfectamente bien dicho; pero Durán me entiende.

Lo que yo entendía era que Luis María quería cortar con amabilidades más o menos sosas; pero no se lo agradecí en lo más mínimo.

Entretanto, cuantas veces podía, sin llamar la atención, fijaba los ojos en María Elvira. ¡Al fin! Ya la tenía ante mí, sana, bien sana. Había esperado y temido con ansia ese instante. Había amado una sombra, o más bien dicho, dos ojos y treinta centímetros de brazo, pues el resto era una larga mancha blanca. Y de aquella penumbra, como de un capullo taciturno, se había levantado aquella espléndida figura fresca, indiferente y alegre, que no me conocía. Me miraba como se mira a un amigo de la casa, en el que es preciso detener un segundo los ojos, cuando se cuenta algo o se comenta una frase risueña. Pero nada más. Ni el más leve rastro de lo pasado, ni siquiera afectación de no mirarme, con lo que había yo contado como último triunfo de mi juego. Era un sujeto—no digamos sujeto, sino ser—absolutamente desconocido para ella. Y piénsese ahora en la gracia que me haría recordar, mientras la miraba, que una noche, esos mismos ojos ahora frívolos me habían dicho, a ocho dedos de los míos:

—¿Y cuando esté sana… me querrás todavía?

¡A qué buscar luces, fuegos fatuos de una felicidad muerta, sellada a fuego en el cofrecillo hormigueante de una fiebre cerebral! Olvidarla… Siendo lo que hubiera deseado, era precisamente lo que no podía hacer.

Más tarde, en el hall, hallé modo de aislarme con Luis María, mas colocando a éste entre su hermana y yo; podía así mirarla impunemente, so pretexto de que mi vista iba naturalmente más allá de mi interlocutor. Y es extraordinario cómo su cuerpo, desde el más invisible cabello de su cabeza al tacón de sus zapatos, era un vivo deseo, y cómo al cruzar el hall para ir adentro, cada golpe de su falda contra el charol iba arrastrando mi alma como un papel.

Volvió, se rió, cruzó rozando a mi lado, sonriéndome forzosamente, pues estaba a su paso, mientras yo, como un idiota, continuaba soñando con una súbita detención a mi lado, y no una, sino dos manos, puestas sobre mis sienes:

—Y bien: ahora que me has visto de pie: ¿me quieres todavía?

¡Bah! Muerto, bien muerto, me despedí, y oprimí un instante aquella mano fría, amable y rápida. * * * *

Hay, sin embargo, una cosa absolutamente cierta, y es ésta: María Elvira puede no recordar lo que sintió en sus días de fiebre, admito esto. Pero está perfectamente enterada de lo que pasó, por los cuentos posteriores. Luego, es imposible que yo esté para ella desprovisto del menor interés. De encantos—¡Dios me perdone!—todo lo que ella quiera. Pero de interés, el hombre con quien se ha soñado veinte noches seguidas, eso no. Por lo tanto, su perfecta indiferencia a mi respecto, no es racional. ¿Qué ventajas, qué remota probabilidad de dicha puede reportarme constatar esto? Ninguna, que yo vea. María Elvira se precave así contra mis posibles pretensiones por aquello; he aquí todo.

En lo que no tiene razón. Que me guste desesperadamente, muy bien. Pero que vaya yo a exigir el pago de un pagaré de amor firmado sobre una carpeta de meningitis, ¡diablo! eso no. * * * *

Nueve de la mañana.—No es hora sobremanera decente de acostarse, pero así es. Del baile de lo de Rodríguez Peña, a Palermo. Luego al bar. Todo perfectamente solo. Y ahora a la cama.

Pero no sin disponerme a concluir el paquete de cigarrillos, antes de que el sueño venga. Y aquí está la causa: bailé anoche con María Elvira. Y después de bailar, hablamos así:

—Estos puntitos de la pupila—me dijo, frente uno de otro en la mesita,—no se me han ido aún. No sé qué será… Antes de mi enfermedad no los tenía.

Precisamente nuestra vecina de mesa acababa de hacerle notar ese detalle. Con lo que sus ojos no quedaban sino más luminosos.

Apenas comencé a responderle, me di cuenta de la caída; pero ya era tarde.

—Sí,—le dije, observando sus ojos;—me acuerdo de que antes no los tenía…

Y miré a otro lado. Pero María Elvira se echó a reir:

—Es cierto; Vd. debe saberlo más que nadie.

¡Ah! ¡qué sensación de inmensa losa derrumbada por fin de sobre mi pecho! Era posible hablar de eso, por fin!

—Eso creo—repuse.—Más que nadie, no sé… Pero si; en el momento a que se refiere, más que nadie, con seguridad.

Me detuve de nuevo; mi voz comenzaba a bajar demasiado de tono.

¡Ah, sí!—se sonrió María Elvira. Apartó los ojos, seria ya, alzándolos a las parejas que pasaban a nuestro lado.

Corrió un momento, para ella de perfecto olvido de lo que hablábamos, supongo, y de sombría angustia para mí. Pero sin bajar los ojos, como si le interesaran siempre los rostros que cruzaban en sucesión de film, agregó de costado:

—Cuando era mi amor, al parecer.

—Perfectamente bien dicho—le dije—su amor al parecer.

Ella me miró entonces, devolviéndome la sonrisa.

—No…

Y se calló.

—¿No… qué? Concluya.

—¿Para qué? Es una zoncera.

—No importa; concluya.

Ella se echó a reir:

—¿Para qué? En fin…¿no supondrá que no era al parecer?

—Es un insulto gratuito—le respondí.—Yo fuí el primero en constatar la exactitud de la cosa, cuando yo era su amor… al parecer.

—¡Y dale!…—murmuró.—Pero a mi vez el demonio de la locura me arrastró tras aquel ¡y dale! burlón, a una pregunta que nunca debiera haber hecho.

—Oigame, María Elvira—me incliné:—¿Vd. no recuerda nada, no es cierto, nada de aquella ridícula historia?

Me miró muy seria, con altivez, si se quiere, pero al mismo tiempo con atención, como cuando nos disponemos a oir cosas que a pesar de todo no nos disgustan.

—¿Qué historia?—dijo.

—La otra, cuando yo vivía a su lado…—le hice notar con suficiente claridad.

—Nada… absolutamente nada.

—Veamos; míreme un instante…

—No, ni aunque lo mire…—me lanzó en una carcajada.

—No, no es eso… Usted me ha mirado demasiado antes para que yo no sepa… Quería decirle esto: ¿No se acuerda Vd. de haberme dicho algo… dos o tres palabras nada más… la última noche que tuvo fiebre?

María Elvira contrajo las cejas un largo instante, y las levantó luego, más altas que lo natural. Me miró atentamente, sacudiendo la cabeza:

—No, no recuerdo…

—¡Ah!—me callé.

Pasó un rato. Vi de reojo que me miraba aún.

—¿Qué—murmuró.

—¿Qué… qué?—repetí.

—¿Qué le dije?

—Tampoco me acuerdo ya…

—Sí, se acuerda… ¿Qué le dije?

—No sé, le aseguro…

—Sí, sabe… ¿Qué le dije?

—¡Veamos!—me eché de nuevo sobre la mesa.—Si Vd. no recuerda absolutamente nada, puesto que todo era una alucinación de fiebre, ¿qué puede importarle lo que me haya o no dicho en su delirio?

El golpe era serio. Pero María Elvira no pensó en contestarlo, contentándose con mirarme un instante más y apartar la vista con una corta sacudida de hombros.

—Vamos—me dijo bruscamente.—Quiero bailar este vals.

—Es justo—me levanté.—El sueño de vals que bailábamos no tiene nada de divertido.

No me respondió. Mientras avanzábamos al salón, parecía buscar con los ojos a alguno de sus habituales compañeros de vals.

—¿Qué sueño de vals desagradable para Vd.?—me dijo de pronto, sin dejar de recorrer el salón con la vista.

—Un vals de delirio… no tiene nada que ver con esto—me encogí a mi vez de hombros.

Creí que no hablaríamos más esa noche. Pero aunque María Elvira no dijo una palabra, tampoco pareció hallar al compañero ideal que buscaba. De modo que deteniéndose, me dijo con una sonrisa forzada—la ineludible forzada sonrisa que campeó sobre toda aquella historia:

—Si quiere, entonces, baile este vals con su amor…

—… al parecer. No agrego una palabra más—repuse, pasando la mano por su cintura. * * * *

Un mes más transcurrido. ¡Pensar que la madre, Angélica y Luis María están para mí ahora llenos de poético misterio! La madre es, desde luego, la persona a quien María Elvira tutea y besa más íntimamente. Su hermana la ha visto desvestirse. Luis María, por su parte, se permite pasarle la mano por la barbilla cuando entra y ella está sentada de espaldas. Tres personas bien felices, como se ve, e incapaces de apreciar la dicha en que se ven envueltos.

En cuanto a mí, me paso la vida llevando cigarros a la boca como quien quema margaritas: ¿me quiere? ¿no me quiere?

Después del baile en lo de Peña, he estado con ella muchas veces—en su casa, desde luego, todos los miércoles.

Conserva su mismo círculo de amigos, sostiene a todos con su risa, y flirtea admirablemente cuantas veces se lo proponen. Pero siempre halla modo de no perderme de vista. Esto cuando está con los otros. Pero cuando está conmigo, entonces no aparta los ojos de ellos.

¿Es esto razonable? No, no lo es. Y por eso tengo desde hace un mes una buena laringitis, a fuerza de ahumarme la garganta.

Anoche, sin embargo, he tenido un momento de tregua. Era miércoles. Ayestarain conversaba conmigo, y una breve mirada de María Elvira, lanzada hacia nosotros por sobre los hombros del cuádruple flirt que la rodeaba, puso su espléndida figura en nuestra conversación. Hablamos de ella, y fugazmente, de la vieja historia. Un rato después se detenía ante nosotros.

—¿De qué hablan?

—De muchas cosas; de Vd. en primer término—respondió el médico.

—Ah, ya me parecía…—Y recogiendo hacia ella un silloncito romano, se sentó cruzada de piernas, el busto tendido adelante, con la cara sostenida en la mano.

—Sigan; ya escucho.

—Contaba a Durán—dijo Ayestarain,—que casos como el que le ha pasado a Vd. en su enfermedad, son raros, pero hay algunos. Un autor inglés, no recuerdo cual, cita uno. Solamente que es más feliz que el suyo.

—¿Más feliz? ¿Y por qué?

—Porque en aquél no hay fiebre, y ambos se aman en sueños. En cambio, en este caso, Vd. era únicamente quien amaba…

¿Dije ya que la actitud de Ayestarain me había parecido siempre un tanto tortuosa respecto a mí? Si no lo dije, tuve en aquel momento un fulminante deseo de hacérselo sentir, no solamente con la mirada. Algo, no obstante, de ese anhelo debió percibir en mis ojos, porque se levantó riendo:

—Los dejo para que hagan las paces.

—¡Maldito bicho!—murmuré, ya tranquilo cuando se alejó.

—¿Por qué? ¿Qué le ha hecho?

—Dígame, María Elvira—exclamé—¿le ha hecho el amor a Vd. alguna vez?

—¿Quién, Ayestarain?

—Sí, él.

Me miró titubeando al principio. Luego, plenamente en los ojos, seria:

—Sí—me contestó.

—¡Ah, ya me lo esperaba!… Por lo menos ese tiene suerte…—murmuré, ya amargado del todo.

—¿Por qué?—me preguntó.

Sin responderle, me encogí violentamente de hombros y miré a otro lado. Ella siguió mi vista. Pasó un momento.

—¿Por qué?—insistió, con esa obstinación pesada y distraída de las mujeres, cuando comienzan a hallarse perfectamente a gusto con un hombre. Estaba ahora, y estuvo durante los breves momentos que siguieron, de pie, con la rodilla sobre el silloncito. Mordía un papel—jamás supe de dónde pudo salir—y me miraba, subiendo y bajando imperceptiblemente las cejas.

—¿Por qué?—repuse al fin.—Porque él ha tenido por lo menos la suerte de no servir de muñeco ridículo al lado de una cama, y puede hablar seriamente, sin ver subir y bajar las cejas como si no se entendiera lo que digo…¿comprende ahora?

María Elvira me miró unos instantes pensativa, y luego movió negativamente la cabeza, con su papel en los labios.

—¿Es cierto o no?—insistí, pero ya con el corazón a loco escape.

Ella tornó a sacudir la cabeza:

—No, no es cierto…

—¡María Elvira!—llamó Angélica de lejos.

Todos saben que la voz de los hermanos suele ser de lo más inoportuna. Pero jamás una voz fraternal ha caído en un diluvio de hielo y pez fría tan fuera de propósito como aquella vez.

María Elvira tiró el papel y bajó la rodilla.

—Me voy—me dijo riendo, con la risa que ya le conocía cuando afrontaba un flirt.

—¡Un solo momento!—le dije.

—¡Ni uno más!—me respondió alejándose ya y negando con la mano.

¿Qué me quedaba por hacer? Nada, a no ser tragar el papelito húmedo, hundir la boca en el hueco que había dejado su rodilla, y estrellar el sillón contra la pared. Y estrellarme en seguida yo mismo contra un espejo, por imbécil. La inmensa rabia de mí mismo me hacía sufrir, sobre todo. ¡Intuiciones viriles! ¡Sicologías de hombre corrido! Y la primer coqueta cuya rodilla está marcada allí, se burla de todo eso con una frescura sin par! * * * *

No puedo más. La quiero como un loco, y no sé, lo que es más amargo aún, si ella me quiere realmente o no. Además, sueño, sueño demasiado, y cosas por el estilo: Ibamos del brazo por un salón, ella toda de blanco, y yo como un bulto negro a su lado. No había más que personas de edad en el salón, y todas sentadas, mirándonos pasar. Era, sin embargo, un salón de baile. Y decían de nosotros: La meningitis y Su Sombra. Me desperté, y volví a soñar: el tal salón de baile estaba frecuentado por los muertos diarios de una epidemia. El traje blanco de María Elvira era un sudario, y yo era la misma sombra de antes, pero tenía ahora por cabeza un termómetro. Eramos siempre La meningitis y Su Sombra.

¿Qué puedo hacer con sueños de esta naturaleza? No puedo más. Me voy a Europa, a Norte América, a cualquier parte, donde pueda olvidarla.

¿A qué quedarme? ¿A recomenzar la historia de siempre, quemándome solo, como un payaso, o a desencontrarnos cada vez que nos sentimos juntos? ¡Ah, no! Concluyamos con esto. No sé el bien que le podrá hacer a mis planos esta ausencia sentimental (¡y sí, sentimental!, aunque no quiera); pero quedarme sería ridículo, y estúpido, y no hay para qué divertir más a las María Elvira. * * * *

Podría escribir aquí cosas pasablemente distintas de las que acabo de anotar, pero prefiero contar simplemente lo que pasó el último día que vi a María Elvira.

Por bravata, o desafío a mí mismo, o quién sabe por qué mortuoria esperanza de suicida, fuí la tarde anterior de mi salida a despedirme de los Funes. Ya hacía diez días que tenía mis pasajes en el bolsillo, por donde se verá cuánto desconfiaba de mí mismo.

María Elvira estaba indispuesta—asunto de garganta o jaqueca—pero visible. Pasé un momento a la antesala a saludarla. La hallé hojeando músicas, desganada. Al verme se sorprendió un poco, aunque tuvo tiempo de echar una rápida ojeada al espejo. Tenía el rostro abatido, los labios pálidos, y los ojos oscuros de ojeras. Pero era ella siempre, más hermosa aún para mí, porque la perdía.

Le dije sencillamente que me iba, y que le deseaba mucha felicidad.

Al principio no me comprendió.

—¿Se va? ¿Y adónde?

—A Norte América… Acabo de decírselo.

—¡Ah!—murmuró, marcando bien claramente la contracción de los labios. Pero en seguida me miró, inquieta.

—¿Está enfermo?

—¡Pst!… no precisamente… No estoy bien.

—¡Ah!—murmuró de nuevo. Y miró hacia afuera a través de los vidrios, abriendo bien los ojos, como cuando uno pierde el pensamiento.

Por lo demás, llovía en la calle, y la antesala no estaba clara.

Se volvió a mí.

—¿Por qué se va?—me preguntó.

—¡Hum!—me sonreí—Sería muy largo, infinitamente largo de contar… En fin, me voy.

María Elvira fijó aún los ojos en mí, y su expresión, preocupada y atenta, se tornó sombría.

Concluyamos, me dije. Y adelánteme:

—Bueno, María Elvira…

Me tendió lentamente la mano, una mano fría y húmeda, de jaqueca.

—Antes de irse—me dijo—¿no me quiere decir por qué se va?

Su voz había bajado un tono. El corazón me latió locamente, pero como en un relámpago, la vi ante mí, como aquella noche, alejándose riendo y negando con la mano: "no, ya estoy satisfecha"… ¡Ah, no, yo también! ¡Con aquello tenía bastante!

—Me voy—le dije bien claro—porque estoy hasta aquí, de dolor, ridiculez y vergüenza de mí mismo! ¿Está contenta ahora?

Tenía aún la mano en la mía. La retiró, se volvió lentamente, quitó la música del atril para colocarla sobre el piano, todo con pausa y mesura, y me miró de nuevo con esforzada y dolorosa sonrisa:

—¿Y si yo… le pidiera que no se fuera?…

—¡Pero por Dios bendito!—exclamé—¡No se da cuenta de que me está matando con estas cosas! ¡Estoy harto de sufrir y echarme en cara mi infelicidad! ¿Qué ganamos, qué gana Vd. con estas cosas? ¡No, basta ya! ¿Sabe Vd.—agregué adelantándome—lo que Vd. me dijo aquella última noche de su enfermedad? ¿Quiere que se lo diga? ¿Quiere?

Quedó inmóvil, toda ojos.

—Si, dígame…

—¡Bueno! Vd. me dijo, y maldita sea la noche en que lo oí, Vd. me dijo bien claro esto: y—cuan—do—no tenga—más—de—li—rio, me que—rrás toda—ví—a? Vd. tenía delirio aún, ya lo sé… ¿Pero qué quiere que haga yo ahora? ¿Quedarme aquí, a su lado, desangrándome vivo con su modo de ser, porque la quiero como un idiota!… Esto es bien claro también, eh? ¡Ah! le aseguro que no es vida la que llevo! ¡No, no es vida!

Había apoyado la frente en los vidrios, deshecho, sintiendo que después de lo que había dicho, mi amor, mi alma, mi vida, se derrumbaban para siempre jamás.

Pero era menester concluir y me volví: ella estaba a mi lado, y en sus ojos—como en un relámpago, de felicidad esta vez—vi en sus ojos resplandecer, marearse, sollozar, la luz de húmeda dicha que creía muerta ya.

—¡María Elvira!—exclamé, grité, creo.—¡Mi amor querido! ¡Mi alma adorada!

Y ella, en silenciosas lágrimas de tormento concluído, vencida, entregada, dichosa, había hallado por fin sobre mi pecho, postura cómoda a su cabeza. * * * *

Y nada más. ¿Habrá cosa más sencilla que todo esto? Yo he sufrido, es bien posible, llorado, aullado de dolor, y debo creerlo porque así lo he escrito. ¡Pero qué endiabladamente lejos está todo eso! Y tanto más lejos porque—y aquí está lo más gracioso de esta nuestra historia—ella está aquí, a mi lado, leyendo con la cabeza sobre la lapicera, lo que escribo. Ha protestado, bien se ve, ante no pocas observaciones mías; pero en honor del arte literario en que nos hemos engolfado con tanta frescura, se resigna como buena esposa. Por lo demás, ella cree conmigo que la impresión general de la narración, reconstruída por etapas, es un reflejo bastante acertado de lo que pasó, sentimos y sufrimos. Lo cual, para obra de un ingeniero, no está del todo mal.

En este momento María Elvira me interrumpe para decirme que la última línea escrita no es verdad: Mi narración no sólo no está del todo mal, sino que está bien, muy bien. Y como argumento irrefutable, me echa los brazos al cuello y me mira, no sé si a mucho más de cinco centímetros.

—¿Es verdad?—murmura—o arrulla, mejor dicho.

—¿Se puede poner arrulla?—le pregunto.

—¡Sí, y esto, y esto! Y me da un beso.

¿Qué más puedo añadir?

Categoría:ES-L Categoría:Cuentos de Horacio Quiroga Categoría:Cuentos Categoría:Literatura uruguaya (Títulos)