La media noche: visión estelar de un momento de guerra
Part 2
Los soldados se remueven en la sombra haciendo marea, responden runflando, palpan a tientas los fusiles. El oficial se aleja, sigue recorriendo las avanzadas. Muchos peludos, cubiertos con encerados, descansan echados en el fondo de la trinchera, y sobre las cajas de granadas de mano reclinan la cabeza. El oficial pasa entre ellos despacio y tentando con el bastón. De pronto, algún centinela que dormita, se despierta sobresaltado y dispara su fusil. Corre la alarma. Hay fusiladas caprichosas; vuelan los cohetes, y los peludos que reposan en el fondo de la trinchera se incorporan, metiendo la mano en las cajas de granadas. El fuego se extingue lentamente; la línea vuelve a quedar en sombra, estremecida y vigilante, en una espera tensa, que agota más que la lucha.
CAP. XIV
No tiene término en la noche la lívida llanura, y, en medio de la bruma, al claro lunar, se revela el espectro de una ciudad bombardeada: La ciudad de Arras. Negras y destripadas humean las casas; la catedral es un montón de piedras; los sillares desbordan por las bocas de cuatro calles y las ciegan: Rosetones y cruces, gárgolas y capiteles mutilados asoman entre los escombros. Las bombas caen abriendo grandes hoyos sobre la plaza de los porches, llena del recuerdo español, y muchas casas, con las puertas abiertas y las ventanas batiendo al viento, muestran la hondura tenebrosa del zaguán, donde se amontonan los ajuares. Se aleja un carromato: Bambolea su carga de huchas, cacerolas y colchones: En lo alto va una cuna. La ciudad parece abandonada: Hay parajes donde las casas se aplastaron y esparramaron por tierra como los castilletes que levantan los niños, y calles enteras donde los esqueletos permanecen en pie, con las fachadas en escombros, mostrando los interiores burgueses, en una angustia de abandono, llena de gritos de mujeres y llanto de niños asustados que se agarran a las faldas. En una costanilla, al abrigo del bombardeo, cargan otro carromato. Hay un grupo de mujeres que se besan. El mayoral pone prisa, y al cabo montan en el carro los que se van: Una viuda con dos hijas, dos muchachas pálidas, el cabello despeinado, los ojos llorosos. Llegaron poco hace huídas de Combles. El padre se fué a la guerra, y las dos muchachas están encintas de un soldado alemán.
CAP. XV
El carro comienza a rodar, y las tres mujeres se santiguan. Poco después la madre dormita. El carro rueda por una carretera toda en claro de luna: Las muchachas miran con recelo al camino, levantan las lonas, y sus ojos tristes siguen la luz roja de los aviones, que cruzan el cielo como estrellas errantes. Se oye lejano bombardeo, y se siente en torno la fragancia húmeda del heno. De tiempo en tiempo, al borde de la carretera, aparece confusamente una gran mancha de ganado que acampa en el fondo de las praderas; otras veces es una aldea en ruinas. La carretera se alarga sobre la llanura, se alarga infinitamente: Grandes molinos de viento, con las aspas quietas, la miran desde lejos enhiestos sobre los alcores. Se columbran las granjas entre ramajes de un negro vaporoso, rayos de luz se filtran por los resquicios de los postigos, y se adivina el interior lleno de soldados. Una de las muchachas asoma la cabeza por entre las lonas del carro, e interroga al mayoral con la voz llena de pena:
--¿Falta mucho, amigo?
El mayoral responde confusamente, con la pipa entre los dientes:
--Menos que al principio.
La niña sonríe apenas, cierra los ojos y se oprime la cintura:
--¡Se me abre el cuerpo de dolor!
CAP. XVI
De pronto el carro se detiene bamboleante, y el mayoral salta a tierra. Vacía la pipa, renegando la golpea contra la llanta de una rueda, y se la guarda en la zamarra. Las tres mujeres se miran asustadas. La madre interroga a las muchachas:
--¿Qué sucede, hijas mías? ¡Ay, qué sueño malo! ¡Qué sueño malo! ¿Pero qué sucede?
El mayoral levanta la lona y saca una pértiga del fondo del carro:
--¡No hay que asustarse, señoras! Es un caballo muerto.
Estaba tendido en medio de la carretera, casi llenándola de lado a lado, rígido, negro, enorme. Tenía rasgado el vientre, y el bamdullo fuera, en un charco de sangre pegajosa. El mayoral, metiéndole la pértiga y apalancándola por debajo del costillar, le arrumba a un lado del camino. Queda medio enterrado en la cuneta, con el cuello torcido y las cuatro patas en alto:
--¡Lástima de bestia!
El mayoral salta al pescante y empuña de nuevo las riendas. Las tres mujeres, como al comienzo del viaje, se santiguan y rezan. Cruza una tropa de jinetes indios, los rostros oscuros, los turbantes blancos. Hay largas hileras de carros inmóviles sobre un lado del camino, carros de ametralladoras, carros de municiones, carros de forraje. Son tantos que no se pueden contar. Dos automóviles pasan veloces; dejan un rastro de polvo y gasolina; conducen oficiales del Estado Mayor. Nueva tropa de jinetes indios, nuevos carros inmóviles a lo largo del camino, y una difusa fila de infantes, nebulosos, encorvados, taciturnos: Se apoyan en herrados bastones y llevan la mochila a la espalda. Al atravesar una aldea se oye una gaita de escoceses. Dos viejos rurales detienen el carro; el mayoral les entrega la orden de ruta, y se la devuelven tras de leerla a la luz de un farol. El carro torna a rodar. Una de las muchachas no cesa en su queja:
--¡Ay, Virgen Santa!... ¡Se me rompe el cuerpo de dolor!
CAP. XVII
Ahora, a uno y otro lado del camino, aparecen campos cubiertos de cruces: Se agrandan sus brazos en el vaho de bruma que llena los ámbitos de la noche, y toda su forma se difunde en un halo. Sobre el talud de la carretera reposa larga fila de muertos: Cavan cuatro azadones y se percibe el olor de la tierra removida. Anda un grupo de soldados identificando los cadáveres, y los rostros lívidos surgen de pronto bajo el cono de luz de las linternas. Habla una voz en la sombra:
--¡Aquí hay quien no tiene cabeza!
Y otra voz lejana interroga:
--¿Es un zuavo?
--Un zuavo.
--Le habrá rodado... Yo recuerdo que se la puse sobre la tripa.
Entre la niebla y las estrellas, las figuras, las luces y las voces, guardan el acorde remoto que enlaza la vida y los sueños. Un camillero que pasea la luz de su linterna cateando por la cuneta de la carretera, da una voz hablando a los del otro cabo:
--¡Ya pareció aquello!
Y levanta la cabeza trunca manchada de tierra y de sangre. Otro soldado clava el zapapico en el borde de una cueva que casi le cubre, y salta fuera:
--¡Está abierta la cama para otros tres boches!
Responden del camino:
--¡Allá van!
Los llevan suspendidos por pies y por hombros; los brazos, les cuelgan rígidos; las manos, arañan el suelo. Descansan los azadones, cantan los sapos en el fondo de los prados, y los muertos van al fondo de la fosa. Un capellán castrense bendice la tierra. La tropa se descubre y hace la señal de la cruz. Entre la niebla y la luna danzan las siluetas confusas de dos soldados que apisonan la tierra, y el camillero que ha recogido la cabeza trunca, se limpia en la yerba las manos pegajosas de sangre. Luego, para disipar las ideas tristes, todos trincan aguardiente esparcidos sobre la orilla del camino.
CAP. XVIII
El carro se detiene delante de un hospital con tres hileras de ventanas iguales, a la entrada de la villa de San Dionisio. Muchas casas tienen hundida la techumbre; otras, derribado algún esquinal; las acacias de la plaza también muestran las huellas del bombardeo, y son tantas las ramas desgajadas, que cubren el camino como una alfombra. En el hospital, todas las ventanas están sin cristales. Las tres mujeres penetran tímidamente en el zaguán, y una monja halduda, con grandes tocas y gran rosario pendulando de la cintura, les sale al encuentro. Las dos hermanas, al verla, comienzan a sollozar con extrema congoja, y la monja las toma de las manos y las lleva por un corredor blanco, alumbrado, a grandes trechos, por lamparillas de petróleo. Sobre el muro se desenvuelve un vía crucis, y en el vasto silencio de la santa casa, resuena el alarido de una mujer doliente. Las dos niñas, con el pañuelo sobre el rostro, sofocan su congoja, y la monjita habla consolándolas con una voz balsámica. La madre va detrás, atónita, deshecha, agotada. Pasa presurosa una mandadera con ropa blanca:
--¡Ave María Purísima!
--¡Sin pecado concebida!
Empuja la puerta que hay entornada hacia el final del corredor, y brevemente se ve a otra monja vieja, sentada en una silla baja, poniendo los pañales a un recién nacido. Las dos hermanas vuelven los ojos a la madre y se abrazan a ella crispadas y dando gritos. La profesa las empuja suavemente, las lleva a una sala grande, blanca, cuadrada, fría en fuerza de limpia y desnuda.
CAP. XIX
Cuando entra el médico, la monjita se retira a la puerta y espera allí, bajos los ojos y las manos en cruz. El médico es un viejo enjuto, con el gesto apasionado y expresivo de los grandes habladores. Saluda al entrar:
--¿Qué tienen estas niñas?
Luego, viéndolas afligirse, murmura con la voz conciliadora y simpática:
--¡Bueno, ya sé lo que tienen! ¡No se apuren, hijas mías!
Se sienta cerca de la madre:
--Primero será bien que nosotros dos celebremos consejo.
La madre mira obstinadamente sus manos cruzadas, y alza las cejas:
--Sí, señor, sí... ¿Usted ya está enterado...?
--De todo, hijas, de todo... Dicen que es la guerra... ¡Mentira! Nunca el quemar y el violar ha sido una necesidad de la guerra. Es la barbarie atávica que se impone... Todavía esos hombres tienen muy próximo el abuelo de las selvas, y en estos grandes momentos revive en ellos. Es su verdadera personalidad que la guerra ha determinado y puesto de relieve, como hace el vino con los borrachos.
Una de las muchachas murmura crispada:
--¡Es el odio a Francia!
El médico la mira lleno de simpatía y le estrecha la mano:
--Es el odio al mundo clásico, hija mía. Odio de incluseros a los que tienen abolengo.
Aquel viejo enjuto, de ojos hundidos, velados por largos párpados como las águilas, tenía en la voz una sinceridad apasionada que comenzaba a ganar el corazón de las tres pobres mujeres. La madre es blanca, pesada, con el rostro enrojecido por las lágrimas: Hace recordar esas muñeconas ajadas y maltratadas que deshechan los niños. De las dos hijas, sólo la más pequeña tiene los rasgos de la madre. Carolina, la mayor, es alta, delgada, con una palidez lunaria, y los ojos negros, cargados de tristeza. Aun no ha desaparecido por completo la sonrisa de su boca, que debió ser llena de gracia. Tiene el cabello fosco, y cuando lo aparta de la frente, descubre sobre las sienes dos rincones de locura. Enriqueta, la menor, es rubia, muy infantil, y tan blanca y fina de tez, que toda la cara tiene escaldada de llorar. El médico se levanta, mira de cerca el rostro de las dos muchachas, las pulsa, y, finalmente, las ruega que se pongan en pie. Con una mirada seria y profunda las recorre de arriba abajo:
--¡Bueno! Ya estoy enterado... Ahora no conviene molestarlas más. Ahora que descansen. Mañana haremos un reconocimiento detenido...
La mayor de las muchachas se dejó caer en la silla, tapándose la cara con las manos:
--¡Doctor, yo no quiero tener un hijo de los bárbaros!... ¡No quiero llevar este contagio conmigo! ¡Si usted no me liberta de esta cadena, yo me mataré!
Acabó en una crisis nerviosa, torciendo los ojos, rechinando los dientes, y levantándose con grandes botes de la silla, entre los brazos de la madre y la hermana, que habían acudido a sostenerla. Salió de aquel estado pálida, ojerosa, contrita, hablando en voz muy tenue, con una expresión de dolor desvalido, de vida miserable que se acaba:
--¡Haber nacido para esto! ¡Haber vivido para esto!
CAP. XX
Cerca del amanecer llega un convoy de heridos. Bajo las acacias desmochadas se tienden cuarenta carros de la Cruz Roja. Falta sitio, y las monjitas belgas, refugiadas en aquel hospital de una villa francesa, ofrecen sus celdas y sus lechos, blancos como altares, para los soldados de la República. Los corredores rebosan de heridos. Yacen las camillas a uno y otro rumbo del muro, formando una vía dolorosa llena de quejas y largos ayes. Algunos heridos leves, pálidos y soñolientos, con los vendajes salpicados de sangre y de barro, descansan en los bancos del locutorio. La escalera está llena de soldados dormidos, con las mochilas por cabezal: Se arrebujaban en pardas mantas, exhalaban un vaho húmedo: Son bisoños aspeados, y tan rendidos de fatiga, que, al entrar bajo techado, tiran la mochila por delante y se tumban.--Los corredores están llenos de movimiento, de voces y de lodo. En el camino que forman las dos hileras de camillas, los clavos de las fuertes botas militares dejan su impronta. Al ruido de los pasos, una mano, que muestra su lividez bajo la suciedad del barro y de la pólvora, levanta el hule del cabecero:
--¡Me muero de sed! ¡Me muero de sed!
Es una voz sofocada. Se ve la frente envuelta en vendajes de gasa con roeles de sangre fresca, y todo el rostro desaparece bajo los vendajes. De otras camillas se escapa una queja débil, de otras palabras acalenturadas, estertores, gritos de delirio, también hay algunas en silencio profundo, como féretros. Los gritos, las suplicaciones, las frases caóticas devanadas sin tregua, hacen babel. Un herido no cesa de gritar:
--¡Los ingleses! ¡Los ingleses!
Retiembla la camilla, saca los brazos agitando las manos:
--¡Los ingleses! ¡Los ingleses!
Y siempre lo mismo, el mismo sopor inexpresivo en el grito, el mismo pensamiento oscuro dando vueltas como la piedra de un molino. Era más angustioso de oír que una queja desgarrada. Otro herido da voces heroicas; otro, ríe con gran jolgorio:
--¡No te vayas, Juana! ¡Escucha, Juanita!... ¡Ja, ja!... ¡Si no te pellizco!
CAP. XXI
En la sala de operaciones, blanca e iluminada, médicos y enfermeros con delantales, no se dan reposo lavando heridas, restañando la sangre, rasgando vendajes. Sobre los tableros de mármol, las lámparas de alcohol levantan sus lenguas azules; los ayudantes desinfectan tijeras y pinzas; el olor del cloroformo, olor a manzanas, satura el aire. El Doctor Verdier murmura mientras desnudan a un herido:
--Me temo que seamos desbordados... Habrá que ver de habilitar la iglesia, porque aquí pronto nos faltará sitio. ¿Y paja? ¿Tendremos paja para hacer camastros?
Está librándose una gran batalla; se oye el bombardeo lejano y constante. Patrullas de caballería, carros de ametralladoras, convoyes de municiones escoltados por tropas de infantes, desfilan sin intervalo por la única calle de la villa, para ir a perderse en la bruma del Suroeste.
CAP. XXII
Desde hace muchos días, ingleses y franceses bombardean sin tregua las líneas alemanas, en tierras de Flandes y Picardía. Todos los caminos de la retaguardia están llenos de carros y de tropas: No cesan de cruzar automóviles del Estado Mayor. En algunos parajes el barro es tanto, que los soldados se entierran hasta la cintura, y los carros no pueden rodar. Largos convoyes quedan horas y horas detenidos sobre la cuneta de las carreteras, al socaire de los árboles que desmocha la metralla: Horas y horas, hasta que llega una orden con el cambio de ruta.--La vasta línea del horizonte se abre con el relámpago de los cañones, son tantos, que su claridad se enlaza, y parece un enorme pestañeo de la tierra en tinieblas. Desaparecen los ejércitos en el silo de sus parapetos, y en la negra llanura sin hombres, el estruendo de las bocas de fuego tiene la resonancia religiosa y magnífica de las voces elementarias en los cataclismos. Las tropas acantonadas en la retaguardia, sienten el impulso unánime de correr hacia delante: Los soldados abren el corazón a la victoria, y los caballos saludan con sensuales relinchos el caliente olor de la pólvora. En medio del horror y de la muerte, una vena profunda de alegría recorre los ejércitos de Francia. Es la conciencia de la resurrección.--Los artilleros, enterrados en sus casamatas, regulan el tiro de los cañones con un sentido matemático y devoto, como artífices que labrasen las piedras de un templo. Es la religión de la guerra, y como las almas tienen hermandad, sus palabras son breves: Por la virtud de la sonrisa y la luz de los ojos se comunican en el silencio: Cuando asomados a las troneras, contemplan el incendio de las granadas, cobran aquella expresión radiante que las santas apariciones ponían en el rostro de los místicos.
CAP. XXIII
Las bombas caen en lluvia sobre las trincheras alemanas, las desmoronan, las escombran, las arrasan: Es un ciclón de fuego. Y la artillería teutona, si responde rabiosa en unos parajes, en otros calla impotente para cubrir la extensa línea que los aliados atacan. Sus parapetos están llenos de muertos, y los soldados atónitos, huraños a los jefes, esperan el ataque de la infantería enemiga, sin una idea en la mente, ajenos a la victoria, ajenos a la esperanza. Eran los dueños de la fuerza, y advierten oscuramente que otra fuerza superior ha nacido contraria a ellos, contraria a los destinos de Alemania. Una sima profunda se abre en aquellas almas ingenuas y bárbaras, otro tiempo llenas de fe. Los jefes sienten la muda repulsa del soldado, el desasimiento de la tierra invadida, el anhelo pacífico por volver a los hogares: Y a los que están en las trincheras se les emborracha para darle bríos, y a los que sirven las ametralladoras se les trinca con ellas porque no puedan desertar, y el látigo de los oficiales que recorren la línea de vanguardia, pasa siempre azotando.
CAP. XXIV
El grito enorme de la batalla estremece toda la tierra picarda. Las aldeas están llenas de soldados, de caballos, de carros de municiones: En las esquinas hay puestos de café caliente, y los ventorrillos de las carreteras, iluminados por una luz de petróleo, rebosan de uniformes: La lumbre de las pipas abre rojos reflejos en las caras que gesticulan en un vaho de humo, y se enraciman delante del mostrador. De tarde en tarde un soldado sale a la puerta, mira al cielo y tiende la mano para cerciorarse de la lluvia. A lo largo del camino, carros de ametralladoras, carros de forrajes, carros de municiones, carros de artillería, esperan la orden de ruta: Cruzan automóviles con oficiales, y se pierden rápidamente en la niebla: Cruzan ciclistas con el fusil en banderola, jadeantes, obstinados sobre los pedales, y patrullas de caballería, y escuadras de infantes. Canta en la noche una gaita de escoceses; los cohetes abren sus rosas en el aire; los reflectores exploran la campaña, y los carros vuelven a rodar deshaciendo las carreteras. Tres hogueras, tres grandes hogueras, rojean sobre la llanura: Tres aldeas que los alemanes, al retirarse, han puesto en llamas.
CAP. XXV
Algunos artilleros duermen sobre el heno, en el establo de una granja, y el imaginaria da voces golpeando en la puerta:
--¡Orden de partir! ¡Orden de partir!
Se saca el ganado tirando de las colleras, y se engancha a tientas. Llueve. Los artilleros, malhumorados, van de una parte a otra como sombras:
--¡Cochino tiempo!
Se tropiezan, se injurian, hacen estallar los látigos sobre las ancas de los caballos. Una voz interroga:
--¿Se sabe adónde vamos?
Y otra voz responde:
--¡Al baile de las peladillas!
--¡Qué noche de aguas!
Los caballos alargan el cuello sacudiendo las orejas bajo la lluvia. En la oscuridad, los hombres y las bestias con su halo de niebla, tienen una lentitud incorpórea. No puede distinguirse quien habla, y las voces están llenas de vaguedad, como si viniesen de muy lejos:
--¡Cochino tiempo y cochina guerra! ¡Cuándo acabará esto!
--¡Esto no acaba nunca!
Un soldado grita enfurecido:
--¡Sooo!... ¡El diablo tiene este ladrón! ¡Sooo, Fanfan!
Los conductores en el pescante de los carros, templan las bridas y restallan el látigo. La batería está formada sobre la carretera fangosa. En una esquina, al abrigo de la iglesia, brilla el anafre de una vieja que vende café y aguardiente a los soldados, que, inclinados sobre el cuello de sus caballos, le tienden los vasos. La vieja va de unos en otros con la mano puesta sobre la faltriquera llena de calderilla:
--¡Buena suerte, mocines!
La batería rueda por la carretera llena de baches, entre ráfagas de lluvia, y ráfagas de viento que aborrasca la crin de los caballos. La oscuridad es tan densa, que los artilleros, sentados sobre los armones, no alcanzan a ver el tiro delantero, y la silueta del guía aparece apenas como una sombra indecisa y movediza. Los soldados guardan silencio, entumecidos y desalentados. De tarde en tarde, un gruñido:
--¡Cochino tiempo!
--¡Cochina guerra!
--¡Y esto no acaba nunca!
--Esto lo acabarán las mujeres.
Un soldado destapa la cantimplora del aguardiente, y se la ofrece al que va a su vera en el armón. El otro trinca:
--¡Es un viaje de recreo! ¿Y adónde nos llevarán los señores?
--Adonde no hagamos falta. En llegando, nos mandarán retirarnos.
--¡Si tuvieran goteras los autos del Estado Mayor!
Los armones rebotan en los baches. El barro salpica la espalda de los artilleros. El látigo estalla sobre las grupas de los caballos que galopan contra el viento y la lluvia, levantada la ola de la crin.
A lo largo de las líneas hay un silencio lleno de recelos. Se oye el resoplar de un tren que derrama su cabellera de chispas en la cerrazón de la noche.
CAP. XXVI
¡Las Argonas! ¡Lluvia y viento! ¡Lluvia y viento a todo dar de Dios! Una silenciosa escuadra de peludos avanza en fila india chapoteando en el barro de la trinchera. El cabo explora el camino con una linterna sorda que abre ráfagas de luz en la negrura del foso. Son diez y seis hombres tristes y entumecidos, diez y seis voluntades sumisas al destino de Francia. Avanzan por la trinchera anegada, resbalando, cayendo, levantándose cubiertos de cieno, resignados al viento, a la lluvia y a la muerte. De tiempo en tiempo, entre el sordo rumor de su marcha, se percibe el entrechoque de palas y zapapicos. En algunos parajes, la tufarada de podredumbre escalofría las carnes. En otros, el fuego de los cañones alemanes ha removido la tierra a tal extremo, que de la trinchera no queda el más leve vestigio, y los soldados se extravían en un lago de barro. Tomin, el cabo de la escuadra, explora el campo, y en voz baja da órdenes para abrir el desagüe. Los soldados trabajan con una resignación sombría, y un poso de odio para aquellos que invaden la tierra francesa: ¡Aquellos soldados chatos y brutales que cantan como salvajes, que combaten borrachos, que soportan el látigo de los oficiales, que son esclavos en una tierra donde aun hay castas y reyes! Para los soldados franceses, el sentimiento de la dignidad humana se enraíza con el odio a las jerarquías: La Marsellesa les conmueve hasta las lágrimas, y tienen de sus viejas revoluciones la idea sentimental de un melodrama casi olvidado, donde son siempre los traidores, príncipes y reyes.
CAP. XXVII