La media noche: visión estelar de un momento de guerra
Part 1
LA MEDIA NOCHE
LA MEDIA NOCHE
VISIÓN ESTELAR DE VN MOMENTO DE GVERRA
POR DON RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN
MADRID, MCMXVII
BREVE NOTICIA
Era mi propósito condensar en un libro los varios y diversos lances de un día de guerra en Francia. Acontece que, al escribir de la guerra, el narrador que antes fué testigo, da a los sucesos un enlace cronológico puramente accidental, nacido de la humana y geométrica limitación que nos veda ser a la vez en varias partes. Y como quiera que para recorrer este enorme frente de batalla, que desde los montes alsacianos baja a la costa del mar, son muchas las jornadas, el narrador ajusta la guerra y sus accidentes a la medida de su caminar: Las batallas comienzan cuando sus ojos llegan a mirarlas: El terrible rumor de la guerra se apaga cuando se aleja de los parajes trágicos, y vuelve cuando se acerca a ellos. Todos los relatos están limitados por la posición geométrica del narrador. Pero aquel que pudiese ser a la vez en diversos lugares, como los teósofos dicen de algunos fakires, y las gentes novelescas de Cagliostro, que, desterrado de París, salió a la misma hora por todas las puertas de la ciudad, de cierto tendría de la guerra una visión, una emoción y una concepción en todo distinta de la que puede tener el mísero testigo, sujeto a las leyes geométricas de la materia corporal y mortal. Entre uno y otro modo habría la misma diferencia que media entre la visión del soldado que se bate sumido en la trinchera, y la del general que sigue los accidentes de la batalla encorvado sobre el plano. Esta intuición taumatúrgica de los parajes y los sucesos, esta comprensión que parece fuera del espacio y del tiempo, no es sin embargo ajena a la literatura, y aun puede asegurarse que es la engendradora de los viejos poemas primitivos, vasos religiosos donde dispersas voces y dispersos relatos se han juntado, al cabo de los siglos, en un relato máximo, cifra de todos, en una visión suprema, casi infinita, de infinitos ojos que cierran el círculo. Cuando los soldados de Francia vuelvan a sus pueblos, y los ciegos vayan por las veredas con sus lazarillos, y los que no tienen piernas pidan limosna a la puerta de las iglesias, y los mancos corran de una parte a otra con alegre oficio de terceros; cuando en el fondo de los hogares se nombre a los muertos y se rece por ellos, cada boca tendrá un relato distinto, y serán cientos de miles los relatos, expresión de otras tantas visiones, que al cabo habrán de resumirse en una visión, cifra de todas. Desaparecerá entonces la pobre mirada del soldado, para crear la visión colectiva, la visión de todo el pueblo que estuvo en la guerra, y vió a la vez desde todos los parajes todos los sucesos. El círculo, al cerrarse, engendra el centro, y de esta visión cíclica nace el poeta, que vale tanto como decir el Adivino.
* * * * *
Yo, torpe y vano de mí, quise ser centro y tener de la guerra una visión astral, fuera de geometría y de cronología, como si el alma, desencarnada ya, mirase a la tierra desde su estrella. He fracasado en el empeño, mi droga indica en esta ocasión me negó su efluvio maravilloso. Estas páginas que ahora salen a la luz no son más que un balbuceo del ideal soñado. Volveré a Francia y al frente de batalla para acendrar mi emoción, y quién sabe si aun podré realizar aquel orgulloso propósito de escribir las visiones y las emociones de UN DÍA DE GUERRA.
V.-I.
_Filo de media noche encendí la lámpara. Me puse delante, y mi sombra cubría el muro. Abrí el libro y deletreé las palabras con que se desencarna el alma que quiere mirar el mundo fuera de geometría. Después apagué la lámpara y me acosté sobre la tierra con los brazos en cruz como el libro previene. Artephius, astrólogo siracusano, escribió este libro, que se llama en latín_ CLAVIS MAYORES SAPIENTÆ.
[imagen no disponible: LA MEDIA NOCHE CAP. I]
SON LAS DOCE DE LA NOCHE. La luna navega por cielos de claras estrellas, por cielos azules, por cielos nebulosos. Desde los bosques montañeros de la región alsaciana, hasta la costa brava del mar norteño, se acechan dos ejércitos agazapados en los fosos de su atrincheramiento, donde hiede a muerto como en la jaula de las hienas. El francés, hijo de la loba latina, y el bárbaro germano, espurio de toda tradición, están otra vez en guerra. Doscientas leguas alcanza la línea de sus defensas desde los cantiles del mar hasta los montes que dominan la verde plana del Rhin. Son cientos de miles, y solamente los ojos de las estrellas pueden verlos combatir al mismo tiempo, en los dos cabos de esta línea tan larga, a toda hora llena del relampagueo de la pólvora y con el trueno del cañón rodante por su cielo.
CAP. II
Las trincheras son zanjas barrosas y angostas. Amarillentas aguas de lluvias y avenidas las encharcan. Se resbala al andar. Los ratones corren vivaces por los taludes, las ratas aguaneras por el fondo cenagoso, y ráfagas de viento traen frías pestilencias de carroña. En el talud de las trincheras los zapadores han cavado hondos abrigos donde se guarecen escuadras de soldados, y en los lugares más propicios para las escuchas y centinelas, silos con miraderos disimulados entre pedruscos y ramajes. Desde estas atalayas se hace la descubierta de las líneas enemigas, y los artilleros, comunicándose por sus teléfonos, regulan el tiro de los cañones, siempre emplazados más atrás que las primeras defensas. Ante los dos fosos enemigos se tienden campos de espinosas alambradas, y hay esguevas donde los muertos de las últimas jornadas se pudren sobre los huesos ya mondos de aquellos que cayeron en los primeros días de la invasión. La tierra en torno está como arada. La metralla taló los árboles y abrasó la yerba. Del fondo de las trincheras surgen cohetes de luces rojas, verdes y blancas, que se abren en los aires de la noche oscura, esclareciendo brevemente aquel vasto campo de batallas. Corre un alerta desde los cantiles del mar norteño, hasta los bosques montañeros que divisan el Rhin.
CAP. III
En las sombras de la noche, largos convoyes que llevan municiones al frente de batalla, ruedan por los caminos. Los cohetes de las trincheras abren sus rosas en el aire, los reflectores exploran la campaña y la esclarecen hasta el confín lejano de bosques y montes. Se muestra de pronto el espectro de un pueblo en ruinas, quemado y saqueado, mientras por la carretera, en el lostrego del reflector, corre cojeando algún perro sin dueño. Al abrigo de los bosques, filas y filas de carros esperan inmóviles la orden de ruta, con los soldados de la escolta descansando al borde del camino y fumando una pipa de tabaco belga. Se oye el cañón, cuándo lento, cuándo en vivo fuego de ráfagas, y los soldados hacen conjeturas con palabras breves, casi indiferentes. Llega un ciclista sonando el timbre tercamente: Trae la orden de ruta que el sargento deletrea a la luz de una linterna, y el convoy se pone en marcha. Todos los caminos de la retaguardia sienten el peso de los carros de municiones, que, escoltados por veteranos, se bambolean con estridente son de hierros. Ruedan con los faroles apagados, informes bajo las estrellas, sumidos unas veces en la sombra de las arboledas, y otras destacando su línea negra por alguna carretera blanquecina y desnuda. Son tantos que no se pueden contar, son cientos y cientos. Ruedan hacia las trincheras lentamente, pesadamente. Cuando pasan cerca de alguna aldea, ladran los perros y alborean los gallos.
CAP. IV
Y la luna navega por cielos de claras estrellas, por cielos azules, por cielos de borrasca: Sobre las doscientas leguas de foso cenagoso, los cohetes abren sus rosas, tiembla la luz de los reflectores, y en la tiniebla del cielo bordonean los aviones que llevan su carga de explosivos para destruir, para incendiar, para matar... Ocupan la carlinga alegres oficiales, locos del vértigo del aire, como los héroes de la tragedia antigua del vértigo erótico. Vestidos de pieles, con grandes gafas redondas, y redondos cascos de cuero, tienen una forma embrionaria y una evocación oscura de monstruos científicos. Vuelan contra el viento y a favor del viento, les dicen su camino las estrellas. Unos van perdidos atravesando cóncavos nublados, otros planean sobre el humo y las llamas de los incendios, otros van en la luz de la luna, tendidos en escuadrilla. Aquel que zozobra entre ráfagas de agua y viento del mar, es de un aerodromo inglés, en la Picardia. Y estos que retornan y aterrizan en silencio, son franceses: Partieron en el anochecido, eran siete y no son más que cinco: Tras ellos queda ardiendo un tren de soldados alemanes. Los pilotos saltan sobre la yerba, y se alejan entumecidos, mientras algunos soldados con linternas, empujan los aviones bajo los cobertizos, y vierten cubos de agua en los motores recalentados. Es un campo de aviación a retaguardia de las líneas donde se batalla, en un paraje llano revestido de céspedes. Ligeras tiendas, grandes cobertizos, alpendes y galpones, hacen ruedo sobre la yerba, tienen el color de la noche y se desvanecen en ella: Sólo realza sus siluetas la luna cuando navega por claros cielos estrellados.
CAP. V
Granizos y ventiscas en los montes alsacianos y en los Vosgos.--Ya cantó dos veces el gallo.--Las trincheras tienen una cresta blanca, y, soterrados en ellas, vestidos de pieles como pastores, los centinelas acechan el campo enemigo, asomando apenas tras el parapeto cubierto de nieve. Hay un cañoneo lento, que tiene largas y encadenadas resonancias. La luz de los reflectores vuela sobre las cumbres, llega al fondo de las selvas, ilumina el tronco de los abetos y el albo talud de las zanjas, por donde corren en fila india los soldados que acuden a reforzar las defensas del Hartmanwillerkopf.--El Viejo Armando, en la jerga de los peludos.--Sobre el sudario de la nieve, los cohetes abren sus rosas de colores. Entre Thann y Metzeral se ha iniciado un fuego de ráfagas, y en los puestos de escucha, los canes, agazapados a la vera de los soldados, se avizoran.
CAP. VI
El sargento de un retén, en lo alto de la montaña, destaca dos centinelas de pérdida: Salen cautelosos, arrastrándose sobre la nieve, se sumen en la noche. La trinchera alemana, toda bardelada y defendida por espinosa red de alambre, está al otro lado de un calvero, no más lejos de cien pasos. Las grandes balas cruzan silbando, y, de tiempo en tiempo, un abeto viene a tierra con sordo rumor de marejada. Los soldados corren en pequeños grupos, la cabeza vuelta, los hombros levantados. Cruje otro tronco. La metralla está segando el bosque: Donde cae una bomba fulmina una llama. Los dos centinelas de pérdida se arrastran cautelosos, y, cuando el lostrego de los reflectores explora y revela el campo, quédanse aplastados: Con las carnes estremecidas, pisan sobre un montón de cadáveres medio enterrados en la nieve: Al pisar, parece que se les incorporan bajo los calcañares. Los dos centinelas pasan sobre los muertos llevándose su olor: Ya tocan las alambradas, y en aquel momento una violenta sacudida los echa por los aires con las ropas encendidas: El repuesto de cartuchos que llevan en las cananas estalla como una cohetada: Caen ardiendo, simulan dos peleles. De los cascos sale una llama azul. Los soldados franceses, desde sus trincheras, miran el suceso con pena. En el Observatorio de Langenfeldkopf, un teniente murmura hablando con su compañero:
--Los boches han reforzado sus defensas con un cable eléctrico, imitando lo que hicimos nosotros en la Indo-China.
CAP. VII
Los alemanes, aprovechando la oscuridad de la noche, salen de sus trincheras y llegan a las defensas avanzadas de los franceses. De pronto el ladrido de un perro da el alerta, y la luz de un reflector los descubre arrastrándose sobre la nieve, rota la formación y muy dispersos. Los franceses abren el fuego. Los alemanes, con impulso unánime, se incorporan y corren hacia las líneas enemigas arrojando granadas de mano. Cuando unos caen, otros los secundan: Suben arrastrándose, combaten en oleadas. Los franceses, al abrigo de sus defensas, hacen fuego de fusil. Es una avanzada de veteranos alpinos, y en pocos instantes sólo quedan setenta hombres ilesos. Las granadas caen dentro de la trinchera. Están rotos los hilos del teléfono, y dos soldados se destacan voluntarios para reparar la avería: Estalla una granada, y dobla al uno sobre el otro: Quedan en un escorzo blando, sin horror, como dos hermanos que se besan. El teniente de la segunda compañía, metido en la garita del teléfono, escribe un parte. Se oyen los gritos de los alemanes al penetrar en la trinchera. El teniente dobla el papel y lo sujeta bajo el collar de un perro que espera moviendo la cola: Le halaga, le saca fuera y lo hace rastrear. Parte el can como una centella. El teniente da algunos pasos y tropieza con un herido que se queja caído en el fondo de la trinchera. Otro se venda la frente algo más lejos. El Teniente Breal los anima con una gran voz:
--¡Viva la Francia! ¡Arriba los muertos!
Y los muertos se levantan, y hay una gran basculada dentro de aquel foso lleno de oscuridad, de fango y de tumulto. Dos ametralladoras francesas rompen el fuego sobre el árido descampado por donde avanzan los alemanes. Sus tiros se cruzan metódicamente como una expresión matemática, indiferente y cruel a los hombres. A través de la selva nevada huye la sombra del can: Corre al flanco de un foso, entra por una senda donde están detenidos muchos carros en fila: Aparece y desaparece: Salva de un salto el ramaje de los abetos caídos sobre el camino: Corre con el ijar sobre la tierra: Bajo la luz de los reflectores se agacha igual que hacen los soldados. Vuelve a vérsele sobre la orilla del foso, rastrea, desciende por el talud, se mete por el fondo y, moviendo la cola, entra en una casamata. Dos oficiales escriben a la luz puntiaguda de un quinqué, y el can, haciendo corcovos, se coloca entre ellos, de manos sobre la mesa. El Teniente Rousell le halaga y saca el parte que lleva sujeto en el collar. Comienza a leerlo, y el otro oficial lo va silabeando delante del teléfono:
--Comandancia de brigada.--Transmito parte del Teniente Breal.--2.ª Compañía de Cazadores Alpinos.--Fuerzas alemanas, con un golpe de mano, han conseguido penetrar en nuestras defensas. Me sostengo con los hombres que me quedan, pero necesito ser auxiliado urgentemente. Tengo el mando por desaparición del Capitán Douchesne.--TENIENTE BREAL.
CAP. VIII
Entre Thann y Metzeral el cañoneo de tarde en tarde se enrabia, pero luego decae en su terca y lenta medida. Los dos fosos enemigos galguean por negros bosques y resonantes quebradas, cuándo despeñados, cuándo cimeros. Cruje astillado el tronco de los abetos, y al doblarse bajo la tempestad de nieve y de metralla, el ramaje ciega los caminos. Metzeral está ardiendo, y la vislumbre de las llamas corre sobre las aguas del río: A una y otra orilla, las casas muestran sus esqueletos rojos y humeantes: Caen sordamente los muros y las techumbres. Desde el comienzo de la guerra resplandecen todas las noches las hogueras de Metzeral. En los pórticos de las iglesias, bajo las rotas arcadas, se guarecen mujeres y niños. Las vacas de un establo andan perdidas sonando las esquilas. En las calles abandonadas, se amontonan huchas, camas y ropas. Un matrimonio con dos niños mira arder su casa, acurrucado al abrigo de otras casas en ruinas. El hombre tiene en brazos al más pequeño, y la mujer llora con los dedos enredados en la mata despeinada. El infante se queja con un balido, y el padre le contempla sin hablar, llenos de tristeza los ojos. A su lado, con la cabeza sobre un cesto boca abajo, duerme una niña: El padre la ha cubierto con su chaquetón, y asómanle los pies calzados con zuecos y medias azules. La madre se levanta con un repente, y descubre el rostro pálido del pequeño:
--¡Se muere! ¡Se muere! ¿No ves que se muere? ¡Ya no tenemos hijo!
El hombre calla, y la mujer mira al marido:
--No puede ser que le tengas constantemente... Debes estar muerto... ¡Dámele!
El hombre mueve la cabeza. Entonces la mujer llora:
--¡Qué horror de guerra! ¡Éramos tan felices!
La pequeña se revuelve bajo el chaquetón, se incorpora sobresaltada, dando gritos:
--¡Se murió nuestro bebé! ¡Se murió nuestro bebé!
El padre murmura sombriamente:
--¡Aun no!
También responde el balido triste. La madre arrebata al niño de los brazos del padre: El niño tuerce los ojos, tiene una sacudida, y de la nariz afilada le afluye un hilo escaso de sangre negra. La hermana sigue gritando:
--¡Se murió nuestro bebé! ¡Se murió nuestro bebé!
El padre la toma en brazos y pega su rostro contra el rostro de ella:
--¡Calla, hija mía! ¡Calla!
La pequeña comprende, y, sofocando los sollozos, besa suave, suavemente, la barba del padre. Pero luego torna a suspirar:
--¡Se murió nuestro bebé!
Y comienza la madre:
--¡Se lo llevó Dios! ¡Se lo llevó Dios! ¡Se lo llevó Dios!
Tiene el gesto obstinado, y los ojos secos. Con dos dedos oprime los párpados rígidos de su niño muerto. Los cazadores alpinos desfilan hacia las trincheras, pasan sin verlos, encorvados bajo la borrasca de nieve. Se hunde el techo de una casa, y en las calles desiertas resuena el galope de las vacas perdidas, con el tolón, tolón de los cencerros. El cañoneo, terco y lento, no cesa entre las dos hogueras de Thann y Metzeral.
CAP. IX
¡Los ecos de la guerra se enlazan desde la costa norteña hasta los montes alsacianos! Al estampido de las bombas surgen las llamas de los incendios: Arden las mieses, y las sobrecogidas aldeas, y las ciudades que lloran al derrumbarse las torres de sus catedrales. Caen miles y miles de soldados en la gran batalla nocturna, y quedan rígidos y fríos bajo el temblor de las estrellas. Las escuadras se aclaran de pronto: A veces, rompiéndose por el centro para buscar el ataque de flanco, a veces bajo una bomba que estalla y abre en ellas brecha como en el fuerte muro de un castillo. Las ametralladoras cruzan sus fuegos haciendo raya, desgranan sus tiros sobre anchos espacios, arrasan las líneas de soldados: Unos, caen al modo de peleles recogiendo grotescamente las piernas; otros, abren los brazos y quedan aplastados sobre la tierra; otros, se doblan muy despacio sobre el hombro del camarada. Y entre tan diversos modos de morir, se arrastran los heridos oprimiéndose las carnes desgarradas, sintiendo fluir por entre los dedos la sangre tibia, dilatados los ojos con el horror de ser hechos prisioneros. Miles de cañones hacen fuego en batería, y bajo el impulso de los grandes proyectiles, se abre el aire con aquella queja dilatada y profunda que tienen las gatas al parir.
Por caminos que cavaron los zapadores, y alcanzan hasta la línea de fuego, los camilleros conducen a los heridos. El primer socorro se les prestó en la trinchera al amparo de profundas casamatas que tienen charcos de sangre en el piso terreño, y el aire impregnado de olor a cloroformo. Sobre la cuneta de las carreteras, procurando el socaire de bosques y colinas, esperan inmóviles, en largas hileras, los carros de la Cruz Roja. Las ambulancias están en la retaguardia, repartidas por los graneros y establos de las quintas, en las salas de los castillos, en los cafés con espejos rayados y tules para las moscas, en las cuevas de los pueblos aun ardiendo. ¡El dolor de la guerra estremece y conforta el alma de Francia!
CAP. X
Nieblas espesas en la costa del mar.--Ya cantó dos veces el gallo.--Las estrellas tiemblan sobre la gran plana inundada de las Flandes. Cerca de Furnes, en un estero, la marinería desembarcada de la escuadra forma la vanguardia. Sopla el viento del mar, y la resaca arrastra hacia la orilla los cadáveres amoratados e hidrópicos de algunos soldados alemanes: Flotan entre aguas: Una ola los levanta en la espumosa cresta, otra ola los anega. Sus botas negras y encharcadas se entierran en la arena, sus grandes cuerpos hinchados tumban sordamente. La escuadra de marineros que acordona la playa permanece silenciosa, mirando al horizonte rizado y sin fondo. Son pescadores de Normandía y de Bretaña, mozos crédulos, de claros ojos, almas infantiles valientes para el mar, abiertas al milagro, y temerosas de los muertos. Muchos rezan en voz baja, acordándose de las apariciones en los cementerios y en los pinares de sus aldeas; otros trincan aguardiente y humean la pipa; tal vez alguno prueba a cantar. La luna navega en cerco de nieblas, y los cuerpos hidrópicos de los soldados alemanes vienen y van con la resaca.
CAP. XI
Un teniente de navío, acompañado de un condestable, baja por la ribera redoblando las guardias. Saluda la marinería, y todos, como niños, sienten que se disipa en presencia del jefe aquel miedo a los difuntos que les hace rezar y cantar. Un cabo de cañón sale de la fila y se destaca sobre el camino, la mano a la altura de la sien:
--Con licencia, mi teniente. ¿Nos autoriza usía para ponerles velas?...
Y señalaba los cadáveres de los boches embarrancados en la playa. El teniente comprende y sonríe:
--¿No será mejor enterrarlos?
--Salvo su parecer, mi teniente, mejor es ponerlos velas, y que se los lleve el viento.
De un grupo de marineros salen diferentes voces:
--¡Que se los lleve el viento! ¡Que se los lleve el viento!...
Son voces graves, temerosas y atónitas: Su murmullo tiene algo de rezo. Un marinero de la costa bretona se santigua:
--¡Los vivos y los muertos no deben dormir juntos!
El oficial hace un gesto de indiferencia:
--Pues que se los lleve el viento.
--¡A la orden, mi teniente!
El grupo de marineros se dispersa por la playa, y los unos a los otros se van diciendo de quedo:
--¡Hala! A ponerles velas.
Alguno pregunta:
--¿Y el teniente?
--Es el teniente quien lo manda.
CAP. XII
La marinería se arremanga y entra chapoteando por el agua llena de fosforescencias. A lo largo de la playa flotan más de cien cadáveres alemanes inflados y tumefactos. Uno hay que no tiene cabeza; otros descubren en el vientre y en las piernas lacras amoratadas, casi negras. Comienza la faena de ponerles velachos con las pértigas y lienzos de las tiendas. Valiéndose de los bicheros, les hacen brechas en la carne hidrópica, y clavan los astiles donde van las lonas. Luego, supersticiosos y diestros, los empujan hasta encontrar calado: Sesgan la vela buscando que la llene el viento, y, al tobillo o al cuello, les amarran las escotas. Los muertos se alejan de la playa como una escuadrilla de faluchos: Se les ve alinearse bajo la luna, y partir hacia el horizonte marino empujados por la fresca brisa que sopla del tercer cuadrante. Pasa un aliento de alegría sobre aquellas almas infantiles y crédulas. Un grumete, con la gorra en la mano, y las luces de las estrellas en los ojos fervorosos, clama en su vieja lengua céltica:
--¡Madre del Señor! ¡Ya no tengo miedo a los muertos!
CAP. XIII
Lento cañoneo del lado de Ipres. Por el fondo de la trinchera corre un arroyo de fango; los centinelas se agazapan con los fusiles apoyados sobre el talud; pequeñas escuadras de soldados dormitan en los abrigos cavados a lo largo del foso. De tiempo en tiempo, los pasos del oficial que recorre la línea se detienen a la entrada:
--¡Ánimo, muchachos!