Part 4
Fué un triunfo completo; el primer paso fuerte en el camino que había de conducirle á la celebridad. Se acordaba ahora con vergüenza, con remordimiento, del estrépito glorioso que levantó su cuadro _La victoria de Pavía_. La gente se agolpaba ante el lienzo enorme, olvidando el resto de la Exposición. Y como en aquellos días el gobierno se mantenía firme, y las Cortes estaban cerradas, y no había cogida de importancia en ninguna plaza de toros, los diarios, á falta de más viva actualidad, lanzáronse en ruda competencia á reproducir el cuadro, á hablar de él, publicando retratos del autor, lo mismo de frente que de perfil, grandes y pequeños, detallando su vida en Roma y sus originalidades, recordando con una lágrima de emoción al pobre anciano que allá, en su aldea, machacaba el hierro sin conocer apenas la gloria de su hijo.
De un salto pasó Renovales de la obscuridad á una luz de apoteosis. Los viejos encargados de juzgarle mostrábanse benévolos, con cierta conmiseración bondadosa. La fierecilla se amansaba. Renovales había visto mundo y volvía á las buenas tradiciones, siendo un pintor como los demás. Su cuadro tenia trozos que parecían de Velázquez, fragmentos dignos de Goya, rincones que recordaban al Greco: de todo había en él, menos de Renovales, y esta amalgama de reminiscencias era su principal mérito, lo que atraía el general aplauso y le conquistó una primera medalla.
Magnifico debut. Una duquesa viuda, gran protectora de las artes, que no compraba jamás un cuadro ni una estatua, pero sentaba á su mesa á los pintores y los escultores de renombre, encontrando en esto un placer barato y cierta distinción de dama ilustre, quiso conocer á Renovales. Éste venció la adustez de su carácter, que le tenía alejado del trato social. ¿Por qué no había de conocer el gran mundo? Él iba adonde fuese otro hombre. Y se hizo el primer frac, y tras los banquetes de la duquesa, donde provocaba alegres carcajadas su modo de discutir con los académicos, visitó otros salones y fué durante algunas semanas objeto de la atención de este mundo, un tanto escandalizado por sus _salidas de tono_, pero satisfecho de la timidez que le sobrecogía después de sus audacias. Los jóvenes le apreciaban porque tiraba á la espada como un San Jorge. Aunque pintor é hijo de un herrero, era toda una persona decente. Las damas le atraían con sus más amables sonrisas, esperando que el artista de moda las obsequiase con un retrato gratuito, como ya lo había hecho con la duquesa.
En esta época de gran vida, siempre de frac, á partir de las siete de la tarde, y sin hacer otra pintura que la de mujeres que deseaban aparecer bonitas y discutían con el artista gravemente el traje que debían ponerse para servir de modelo, fué cuando Renovales conoció á su esposa Josefina.
La primera vez que la vió entre tantas damas de arrogante apostura y estrepitosa presencia, sintióse atraído hacia ella por la fuerza del contraste. Le impresionó el encogimiento, la modestia, la insignificancia de la jovencita. Era pequeña, su rostro no ofrecía otra hermosura que la de la juventud, su cuerpo tenía la gracia de la fragilidad. Aquella criatura estaba allí, lo mismo que él, por cierta condescendencia de los demás: parecía ocupar un sitio prestado y se encogía en él como temerosa de llamar la atención. Siempre la veía Renovales con el mismo traje de _soirée_, algo envejecido, con ese aspecto de cansancio de las prendas incesantemente reformadas para seguir el curso de las modas. Los guantes, las flores, los lazos, tenían cierta tristeza en su frescura, como si delatasen las economías, los esfuerzos caseros que había exigido su adquisición. Se tuteaba con todas las jóvenes que hacían en los salones una entrada triunfal, levantando elogios y envidias con sus nuevas _toilettes_; la mamá, una señora majestuosa, de abultada nariz y lentes de oro, trataba con llaneza á las damas más linajudas; pero á pesar de esta intimidad, notábase en torno de la madre y la hija el vacío de un afecto algo desdeñoso, en el que entraba por mucho la conmiseración. Eran pobres. El padre había sido un diplomático de cierto nombre, que al morir no dejó á su esposa otros recursos que la pensión de su viudedad. Dos hijos estaban en el extranjero, como agregados de embajada, luchando con la escasez de sus sueldos y las exigencias de su posición. La madre y la hija vivían en Madrid, aferradas á la sociedad en que habían nacido, temblando de abandonarla, como si esto equivaliese á una degradación, permaneciendo de día en un tercer piso, amueblado con los restos de su pasada opulencia, haciendo inauditas economías para poder codearse por la noche dignamente con los que habían sido sus iguales.
Ciertos parientes de doña Emilia, que era la mamá, contribuían á su sostenimiento, no con dinero (eso nunca), sino prestándola el sobrante de su lujo, para que ella y la hija mantuviesen una pálida apariencia de bienestar.
Unos les cedían su coche en ciertos días para que diesen una vuelta por la Castellana y el Retiro, saludando á las amigas al cruzarse los carruajes; otros les enviaban su palco del Real las noches que no eran de turno brillante. Su conmiseración tampoco se olvidaba de ellas al extender las invitaciones para comidas de fiesta onomástica, tés de la tarde, etc. «No hay que olvidar á las de Torrealta, ¡pobrecitas!...» Y al día siguiente los cronistas de salones inscribían en la lista de los asistentes á la fiesta á «la bella señorita de Torrealta y su distinguida madre, la viuda del ilustre diplomático de imperecedero recuerdo», y doña Emilia, olvidando su situación, creyéndose en los mejores tiempos, entraba en todas partes, con un eterno traje negro, acosando con su tuteo y sus confidencias á las grandes señoras, cuyas doncellas eran más ricas y comían mejor que ella y su hija. Si algún señor viejo se refugiaba á su lado, la diplomática intentaba anonadarlo con la majestad de sus recuerdos. «Cuando estábamos de embajadores en Stockolmo...» «Cuando mi amiga Eugenia era emperatriz...»
La hija, con cierto instinto de muchacha tímida, parecía darse cuenta mejor de la situación. Permanecía sentada entre las señoras mayores, osando, sólo de tarde en tarde, aproximarse á las otras jóvenes que habían sido sus compañeras de colegio y ahora la trataban con superioridad, viendo en ella algo así como una señorita de compañía elevada hasta ellas por los recuerdos del pasado. La madre se irritaba por su timidez. Debía bailar mucho, ser vivaracha y atrevida como las otras; decir chistes, aunque fuesen crudos, para que los hombres los repitiesen haciéndola una fama de ingeniosa. Parecía imposible que con su educación fuese tan insignificante. ¡La hija de un grande hombre que apenas entraba en los primeros salones de Europa formaban círculo en torno de él! ¡Una muchacha educada en el _Sagrado Corazón_ de París, que hablaba el inglés, su poquito de alemán y se pasaba el día leyendo, cuando no tenía que limpiar unos guantes ó reformar un vestido!... ¿Era que no deseaba casarse?... ¿Tan bien se encontraba en aquel piso tercero, miserable calabozo de la dignidad de su apellido?...
Josefina sonreía tristemente. ¡Casarse! Jamás lo lograría en este mundo que frecuentaban. Todos conocían su pobreza. Los jóvenes corrían en los salones detrás de las fortunas al seguir á las mujeres. Si alguno se acercaba á ella atraído por su pálida belleza, era para deslizarla en el oído vergonzosas sugestiones; para proponerle, mientras bailaban, noviazgos sin compromiso, relaciones íntimas con una prudencia traducida del inglés, _flirts_ que no dejaban rastro, corrupciones gratas á las vírgenes que quieren seguir siéndolo después de conocer todas las aberraciones del roce carnal.
Renovales no se dió cuenta de cómo se inició su amistad con Josefina. Tal vez fué el contraste entre él y aquella mujercita que apenas le llegaba al hombro y parecía tener quince años cuando había cumplido los veinte. Su voz dulce, con un ceceo débil, le acariciaba los oídos. Reía pensando en la posibilidad de dar un abrazo á aquel cuerpo gracioso y frágil: la haría añicos entre sus manos de luchador, como si fuese una muñeca de cera. Buscábala Mariano en los salones que solían frecuentar la madre y la hija, y pasaba todo el tiempo sentado junto á ésta, sintiéndose invadido por una fraternal confianza, un deseo de comunicárselo todo, su pasado, sus trabajos presentes, sus esperanzas, como si fuese un compañero de estudio. Ella le oía, mirándole con sus ojos pardos que parecían sonreirle, moviendo la cabeza con asentimiento, sin entenderle muchas veces, sintiéndose acariciada por la exuberancia de aquel carácter que parecía desbordarse en olas de fuego. Era un hombre distinto de todos los que ella había conocido.
Al verles en esta intimidad, no se sabe quién, tal vez alguna amiga de Josefina, por burlarse de ella, lanzó la noticia. El pintor y la de Torrealta eran novios. Entonces fué cuando los interesados se dieron cuenta de que se amaban, sin habérselo dicho. Por algo más que por amistad pasaba Renovales ciertas mañanas por la calle de Josefina, mirando los altos balcones con la esperanza de ver tras los cristales su fina silueta. Una noche, en casa de la duquesa, al verse solos en un corredor, Renovales la cogió una mano y se la llevó á la boca con tanto temor, que apenas tocaron sus labios la piel del guante. Tenía miedo á su rudeza, sentíase avergonzado de su vigor, creía que iba á hacer daño á aquella criatura tan fina, tan débil. Ella podía haberse librado de esta audacia con el más leve movimiento; pero abandonó su mano al mismo tiempo que inclinaba la cabeza y rompía á llorar.
--¡Qué bueno es usted, Mariano!...
Sentía un intenso agradecimiento al verse amada por primera vez, amada de veras, por un hombre de cierta celebridad que huía de las mujeres felices para buscarla á ella, la humilde, la olvidada. Todos los tesoros de cariño que habían ido amontonándose en el aislamiento de su vida de humillación desbordábanse. ¡Ay, cómo se sentía capaz de amar al que la amase, sacándola de esta existencia de parasitismo, elevándola por su fuerza y su cariño al nivel de las que la despreciaban!...
La noble viuda de Torrealta, al conocer el noviazgo del pintor con su hija, tuvo un movimiento de indignación. «¡El hijo del herrero!» «¡El ilustre diplomático de imperecedera memoria!...» Pero como sí esta protesta de su orgullo le abriese los ojos, pensó en los años que llevaba paseando su hija de salón en salón sin que nadie se aproximase á ella. ¡Buenos estaban los hombres! Pensó también en que un pintor célebre era un personaje; recordó los artículos que habían dedicado á Renovales por su último cuadro, y sobre todo, lo más conmovedor para ella fué el conocer de oídas las grandes fortunas que amasaban los artistas en el extranjero; los centenares de miles de francos pagados por un lienzo que podía llevarse debajo del brazo. ¿Por qué no había de ser Renovales de estos afortunados?...
Comenzó á importunar con sus consultas á los innumerables parientes. La niña no tenía padre y ellos debían hacer sus veces. Unos la contestaban con indiferencia. «¡El pintor!... ¡pchs! no está mal», dando á entender con su desvío, que lo mismo les parecería si se casaba con un guardia de consumos. Otros la insultaban involuntariamente al dar su aprobación. «¿Renovales? Un artista de gran porvenir. ¡Qué más podéis desear! Debes agradecer que se haya fijado en tu hija.» Pero el consejo que más la decidió fué el de su ilustre primo el marqués de Tarfe, un personaje al que veneraba, como si fuese el primer hombre del país, sin duda por su carácter de jefe eterno de la diplomacia, ya que cada dos años ocupaba la cartera de Estado.
--Me parece muy bien--dijo el prócer á toda prisa, pues le esperaban en el Senado.--Es una boda moderna y hay que vivir con los tiempos modernos. Yo soy conservador, pero liberal, muy liberal y muy moderno. Protegeré á esos chicos: me gusta la boda. ¡El arte uniendo su prestigio al de los apellidos históricos! ¡La sangre popular que asciende por sus méritos á confundirse con la de la antigua nobleza!...
Y el marqués de Tarfe, cuyo marquesado no contaba medio siglo de vida, decidió, con estas imágenes de orador senatorial y con las promesas de su protección, el ánimo de la altiva viuda. Ella fué la que habló á Renovales, excusando una penosa explicación á la timidez que sentía el artista en este mundo que no era el suyo.
--Lo sé todo, Marianito, y me parece bien.
Pero ella no gustaba de noviazgos largos. ¿Cuándo pensaba casarse? Renovales lo deseaba con más vehemencia aún que la madre. Josefina era para él una mujer distinta de las demás hembras, que apenas si conmovían su deseo. Su castidad de fiero trabajador disolvíase en una fiebre, en un anhelo de hacer suya cuanto antes aquella muñeca encantadora. Además, sentía halagado su orgullo por esta unión. Su novia era pobre, no llevaba al matrimonio más que unos cuantos trapos, pero pertenecía á una familia de próceres, ministros unos, generales otros, linajudos todos. Podían pesarse por toneladas las coronas y escudos de aquellos parientes innumerables, que no hacían gran caso de Josefina y su madre, pero iban á ser su familia dentro de poco. ¡Qué pensaría el señor Antón, machacando el hierro allá en las afueras de su pueblo! ¡Qué dirían los envidiosos camaradas de Roma, cuya suerte estribaba en amancebarse con las _chocharas_ que les servían de modelo, para después casarse con ellas por miedo á la daga del venerable calabrés, empeñado en dar á su nieto un padre legítimo!
Los diarios hablaron mucho de la boda, repitiendo, con ligeras variantes, las mismas frases del marqués de Tarfe: «El arte uniéndose con la nobleza.» Renovales, apenas se efectuase su casamiento, deseaba partir con Josefina para Roma. Tenia hechos allá todos los preparativos para la nueva vida, invirtiendo en ellos los miles de pesetas que le había dado el Estado por su cuadro y el producto de varios retratos para el Senado, hechos por encargo del que iba á ser su ilustre pariente.
Un amigo de Roma (el famoso Cotoner), le había alquilado una habitación en la vía Margutta, amueblándola con arreglo á sus indicaciones de artista. Doña Emilia se quedaba en Madrid con uno de sus hijos que pasaba á prestar servicio en el ministerio de Estado. Á los novios les estorba todo, hasta la madre. Y doña Emilia se limpiaba una lágrima invisible con la punta del guante. Además, no le gustaba volver á los países donde había sido _alguien_: prefería quedarse en Madrid: aquí al menos la conocían.
La boda fué un acontecimiento. No faltó ningún individuo de la inmensa familia: todos temieron los requerimientos pegajosos de la ilustre viuda, que llevaba la lista de los parientes hasta el sexto grado.
El señor Antón llegó dos días antes, vestido de nuevo, con calzón corto y ancho sombrero de felpa, mirando azorado á aquellas gentes que le contemplaban sonriendo, como un tipo original. Cabizbajo y tembloroso en presencia de las dos mujeres, llamaba á su nuera «señorita», con respeto de campesino.
--No, papá; llámeme usted hija. Hábleme de tú.
Pero á pesar de la sencillez de Josefina y del tierno agradecimiento que sentía él, viéndola mirar á su hijo con amorosa expresión, no osaba permitirse el tuteo y hacía los mayores esfuerzos para evitar ese peligro, hablándola siempre en tercera persona.
Doña Emilia, con sus lentes de oro y su majestuosa altivez, aun le causaba mayor emoción. Llamábala siempre «señora marquesa», pues en su sencillez no podía admitir que aquella señora no fuese marquesa cuando menos. La viuda, un tanto desarmada por el homenaje de aquel hombre, reconocía que era un palurdo de cierto talento natural, lo que le hacía tolerar la nota ridícula de su calzón corto.
En la capilla del palacio del marqués de Tarfe, después de mirar con azoramiento desde la puerta todo aquel señorío que se reunía para la boda de su hijo, el viejo rompió á llorar.
--¡Ya puedo morirme, rediez! ¡Ya puedo morirme!
Y repetía su triste deseo, sin fijarse en las risas de los criados, como si la felicidad, después de una vida de trabajo, fuese en él precursora inevitable de la muerte.
Los novios emprendieron su viaje el mismo día. El señor Antón besó en la frente por primera vez á su nuera, mojándola de lágrimas, y regresó al pueblo, repitiendo su deseo de morir, como si no le quedase en el mundo nada que esperar.
Renovales y su mujer llegaron á Roma después de varios altos en el camino. Su corta estancia en varias ciudades de la _Costa Azul_, los días pasados en Pisa y Florencia, con ser dulces y guardar el recuerdo de las primeras intimidades, les parecieron de una insoportable vulgaridad al verse en su casita de Roma. Allí comenzaba su verdadera luna de miel, en el hogar propio, aislados de toda indiscreción, lejos de la promiscuidad de los hoteles.
Josefina, habituada á una existencia de ocultas privaciones, á la miseria de aquel tercer piso, en el que vivían como acampadas ella y su madre, guardando todas las ostentaciones para la calle, admiró la coquetona gracia, la elegante pequeñez de aquella habitación de la vía Margutta. El amigo de Mariano encargado del arreglo de la casa, un tal Pepe Cotoner, pintor que apenas cogía los pinceles y dedicaba todos sus entusiasmos artísticos á la admiración de Renovales, había hecho bien las cosas.
Josefina palmoteó con alegría infantil al ver el cuarto de dormir, admirando sus muebles venecianos suntuosos, con maravillosas incrustaciones de nácar y ébano; un lujo de príncipe que el pintor acabaría de pagar á plazos.
¡Ah! ¡La primera noche de su estancia en Roma! ¡Cómo la recordaba Mariano!... Josefina, tendida en su cama monumental de Dogaresa, estremecíase con la voluptuosidad del descanso, estirando sus miembros antes de ocultarlos bajo las finas sábanas, mostrándose con el abandono de la hembra que ya no tiene secretos que guardar. Sus pies, menudos y carnosos, movían los dedos de carmín como si llamasen á Renovales.
Éste, de pie junto al lecho, contemplábala grave, con las cejas fruncidas, dominado por un deseo que dudaba en formular. Quería verla, admirarla: aún no la conocía, después de aquellas noches pasadas en los hoteles, oyendo voces extrañas al otro lado de los tabiques.
No era un capricho amoroso, era un deseo de pintor, una exigencia de artista. Sus ojos sentían hambre de su belleza.
Ella resistíase, con el rostro coloreado de rubor, un tanto indignada por esta exigencia, que la hería en sus preocupaciones más íntimas.
--No seas loco, Marianito. Acuéstate; no digas tonterías.
Pero él, cada vez más aferrado á su deseo, insistía tenazmente. Debía despreciar sus escrúpulos de burguesa; el arte se reía de tales pudores; la belleza humana era para mostrarse en su radiante majestad, no para vivir oculta, despreciada y maldita.
Él no quería pintarla; no se atrevía á pedir tanto; pero verla sí, verla y admirarla, sin deseos groseros, con religiosa adoración.
Y sus manazas, contenidas por el miedo á hacerla daño, tiraban suavemente de los débiles brazos que se cruzaban sobre el pecho, intentando oponerse á estos avances. Ella reía: «Loco extravagante; que me haces cosquillas... que me haces daño.» Pero poco á poco, vencida por la tenacidad, satisfecho su orgullo femenil de esta adoración de su cuerpo, acabó por entregarse, por dejarse manejar como una niña, con suaves quejidos, como si la impusieran un tormento, sin oponer ya resistencia.
El cuerpo, libre de velos, mostró su blancura nacarada. Josefina cerró los ojos como si quisiera huir de la vergüenza de su desnudez. Sobre la nítida sábana destacábanse, ligeramente sonrosadas, las armoniosas redondeces, embriagando los ojos del artista.
La cara de Josefina no era gran cosa: ¡pero el cuerpo!... ¡Si él, venciendo sus escrúpulos, pudiese pintarlo algún día!...
Con los ojos siempre cerrados, como si la fatigase esta muda exhibición, la mujercita dobló los brazos, colocándolos bajo su cabeza, y arqueó el torso, elevando las blancas amenidades que hinchaban su pecho.
Renovales se arrodilló junto á la cama en un transporte de admiración, con toda la vehemencia de su entusiasmo, besando aquella carne sin que la suya se estremeciese.
--Te adoro, Josefina. Eres hermosa como Venus. No: Venus, no. Es fría y reposada como una diosa, y tú eres una mujer. Pareces... ¿qué es lo que pareces?... Sí; te veo igual. Eres la majita de Goya, con su gracia delicada, con su seductora pequeñez... ¡Eres la maja desnuda!
III
La vida de Renovales fué otra. Enamorado de su mujer, temiendo que ésta notase alguna falta en su bienestar y pensando con cierta inquietud en aquella viuda de Torrealta, que podía quejarse de que la hija del «ilustre diplomático, de imperecedero recuerdo», no era feliz, por haber descendido á unirse con un pintor, trabajaba tenazmente para mantener con el pincel las comodidades de que había rodeado á Josefina.
Él, que tanto había despreciado el arte _industrial_, la pintura por dinero á que se entregaban sus camaradas, imitó á éstos, pero con la vehemencia que ponía en todas sus empresas. En ciertos estudios levantó gritos de protesta este competidor incansable que abarataba escandalosamente los precios. Había vendido su pincel, por un año, á uno de aquellos mercaderes judíos que exportaban pintura al extranjero; á tanto la pieza, y con prohibición absoluta de pintar para otro comerciante. Renovales trabajaba de la mañana á la noche, cambiando de asuntos cuando así lo exigía aquel que llamaba su empresario. «Basta de _chocharos_: ahora moros.» Después los moros perdían su valor en el mercado y entraban en tanda los mosqueteros en gallardo duelo, los pastorcillos sonrosados á lo Wateau ó las damas de cabello empolvado, embarcándose en una góndola de oro al son de cítaras. Para refrescar el surtido, intercalaba una escena de sacristía con gran alarde de casullas bordadas é incensarios dorados, ó alguna bacanal, imitando de memoria y sin modelo las voluptuosas redondeces y las carnes de ámbar del Ticiano. Cuando se acababa el catálogo, los _chocharos_ volvían á estar de moda, y otra vez á empezar. El pintor, con su extraordinaria facilidad de ejecución, producía dos ó tres cuadritos por semana. El empresario, para animarle en su trabajo, le visitaba muchas tardes, siguiendo la marcha de su pincel con el entusiasmo del que cuenta el arte á tanto el palmo y la hora. Sus noticias eran para infundir nuevos ánimos.
La última bacanal pintada por Renovales estaba en un _bar_ elegante de Nueva York. Su procesión de los Abruzos la tenían en uno de los castillos más nobles de Rusia. Otro cuadro, representando una danza de marquesas disfrazadas de pastorcillas, sobre una pradera de violetas, lo guardaba en Francfort un barón judío y banquero... El mercader se frotaba las manos, hablando al artista con aire protector. Su nombre iba creciendo gracias á él, que no pararía hasta crearle una reputación universal. Ya le escribían sus corresponsales pidiendo que sólo enviase obras del _signore Renovales_, pues eran las que se movían mejor en el mercado. Pero Mariano le contestaba con un estallido brusco de su amargura de artista. Todos aquellos lienzos eran porquerías. Si el arte fuera esto, preferiría picar piedra en una carretera.