Part 17
Renovales no dormía. Después de media noche, cuando se marchaba Cotoner, paseaba en silencio por las habitaciones profusamente iluminadas; rondaba cerca del dormitorio; entraba en él para ver á Josefina en su lecho, sudorosa, agitada de vez en cuando por crueles toses, sumida en un sopor de muerte y tan enflaquecida, tan pequeña, que apenas si las ropas de la cama marcaban su insignificante bulto, como el cuerpo de un niño. Después el maestro pasaba el resto de la noche en un sillón, fumando, con los ojos muy abiertos, pero sumido el cerebro en la torpeza de la somnolencia.
Su pensamiento volaba lejos. Era en vano que se avergonzase de su crueldad: parecía hechizado por un poder misterioso, superior á sus remordimientos. Olvidaba á la enferma; se preguntaba lo que haría Concha á aquellas horas; la veía con la imaginación, desnuda y en impúdico abandono; recordaba las palabras, los estremecimientos, los gritos de sus entrevistas. Y cuando con gran esfuerzo se arrancaba á estos ensueños, iba como por expiación hasta la puerta de la enferma y escuchaba su aliento angustioso, poniendo el rostro compungido, pero sin poder llorar, sin aquella tristeza que en vano deseaba sentir.
Á los dos meses de enfermedad, Josefina no pudo permanecer en el lecho. Su hija la sacaba de él sin ningún esfuerzo, con la misma ligereza que si fuese una pluma, y permanecía en un sillón, pequeñísima, insignificante, desconocida, con un rostro descarnado que no presentaba de frente más que los grandes redondeles de los ojos y la nariz afilada como la hoja de un cuchillo.
Cotoner tenía que reprimir sus lágrimas al verla.
--¡No queda nada de ella!--decía al alejarse.--¡Nadie la conocería!
Su tos dolorosa sembraba en torno de ella el veneno de la muerte. Á su boca asomaba una espumilla blanca que parecía solidificarse en las comisuras de los labios. Sus ojos se agrandaban, adquirían una luz extraña, como si viesen más allá de las personas y las cosas. ¡Ay, estos ojos! ¡Qué estremecimiento de pavor despertaban en Renovales!...
Una tarde se fijaron en él, con la mirada intensa y tenaz que siempre le había aterrado. Eran ojos que le agujereaban la frente, que revolvían sus pensamientos.
Estaban solos; Milita se había ido á su casa; Cotoner dormitaba en un sillón del estudio. La enferma parecía más animada, con deseos de hablar, contemplando con cierta lástima al marido, sentado junto á ella, casi á sus pies.
Iba á morir; tenía la certeza de su muerte. Y una postrera rebelión de la vida que se resiste á extinguirse, el horror de la nada, hizo subir las lágrimas á sus ojos.
Renovales protestó con vehemencia, queriendo disfrazar su mentira entre gritos. ¿Morir?... ¡No había que pensar en eso!... Viviría; aun le quedaban muchos años de existencia feliz.
Ella sonrió como si le compadeciese. No admitía el engaño: sus ojos iban más allá que los de él; adivinaba lo impalpable, lo invisible que rondaba en torno de ella. Habló débilmente, pero con esa inexplicable solemnidad de la voz que emite sus últimos sonidos, del alma que se exterioriza por vez postrera.
--Moriré, Mariano, más pronto de lo que crees... más tarde de lo que yo deseo. Moriré, y tú quedarás tranquilo.
¡Él! ¡Él desearla la muerte!... Su sorpresa y su remordimiento le hacían ponerse de pie, bracear con fieros ademanes de protesta, agitarse con la misma violencia que si unas manos invisibles acabaran de desnudarle con rudo tirón.
--Josefina, no delires. Cálmate; ¡por Dios, no digas esos disparates!
Ella sonreía con una mueca dolorosa, horrible; pero luego su mísero rostro se hermoseaba con la serenidad del que se va, sin pesadillas ni delirios, en plena normalidad cerebral. Le hablaba con la inmensa conmiseración, con la piedad sobrehumana del que contempla el mísero río de la vida, saliéndose de su corriente, tocando ya con el pie las riberas de eterna sombra, de eterna paz.
--No quería irme sin decírtelo: muero sabiéndolo todo. No te muevas... no protestes. Bien conoces el poder que tengo sobre ti. Más de una vez te he visto mirarme aterrado, por la facilidad con que leo tus pensamientos... Hace años me convencí de que todo había acabado entre nosotros. Hemos vivido como buenos animalitos de Dios, comiendo juntos, durmiendo juntos, ayudándonos por necesidad; pero yo me asomaba á tu interior, miraba tu corazón... ¡nada! ni un recuerdo, ni una chispa de amor. He sido tu hembra, la buena compañera que cuida la casa y evita al hombre las preocupaciones pequeñas de la vida. Has trabajado mucho para envolverme en el bienestar, para que callase satisfecha y te dejara tranquilo. ¿Pero amor?... Nunca... Muchos viven como nosotros... muchos; casi todos. Yo no he podido; creía que la vida era otra cosa y no siento irme... No te enfurezcas, no grites. Tú no tienes la culpa, pobre Mariano... Fué un error el casarnos.
Se excusaba dulcemente, con una bondad que no parecía de este mundo, pasando generosa sobre las crueldades y los egoísmos de una vida que iba á dejar. Hombres como él eran excepcionales; debían vivir solos, en una existencia aparte, como los árboles grandes que absorben todo el jugo del suelo y no dejan crecer una sola planta en lo que abarcan sus raíces. Ella no tenía la fuerza del aislamiento: era débil; necesitaba para vivir la sombra de la ternura, la certeza de ser amada. Debía haberse unido á un hombre como todos; un ser simple lo mismo que ella, sin otros anhelos que los modestos apetitos de la vulgaridad. El pintor la había arrastrado en su ruta extraordinaria, fuera de los caminos fáciles y comunes que siguen los demás, y ella caía en mitad de la marcha, vieja en plena juventud, vencida por haberle acompañado en esta jornada superior á sus fuerzas.
Renovales agitábase en torno de ella con incesante protesta.
--¡Pero qué tonterías dices! ¡Deliras! Yo te he querido siempre, Josefina; te quiero...
Los ojos de ella tomaron una extraña dureza. El fulgor de la cólera pasó por sus pupilas.
--Calla, no mientas. Conozco un montón de cartas que tienes en el estudio, ocultas tras los volúmenes de tu librería. Las he leído una por una; he ido siguiendo su llegada; conocí tu escondrijo cuando sólo guardabas tres. Ya sabes que adivino todo lo tuyo; que tengo sobre ti cierto poder; que no puedes ocultarme nada. Conozco tus amores...
Renovales sintió que le zumbaban las sienes, que el suelo se escapaba bajo sus pies. ¡Qué asombrosa brujería!... Hasta las cartas, cuidadosamente ocultas, las había descubierto aquella mujer con su instinto adivinatorio.
--¡Mentira!--gritó enérgicamente para ocultar su turbación.--¡Nada de amor! Si las has leído, tú sabes lo que es tan bien como yo: pura amistad; cartas de una amiga que está algo loca.
La enferma sonrió con tristeza. Al principio era amistad, menos aún que esto, maligno entretenimiento de hembra caprichosa que gozaba jugueteando con un hombre célebre, infundiéndole los entusiasmos de un adolescente. Conocía á la compañera de su infancia; tenía la certeza de que no pasaría de ahí; por eso se apiadaba del pobre grande hombre, en plena imbecilidad amorosa. Pero después había ocurrido seguramente algo extraordinario, algo que no se explicaba y que había trastornado sus previsiones. Ahora su marido y Concha eran amantes.
--No lo niegues, es inútil. Esta certeza es la que me mata. Lo adiviné al ver que te quedabas abstraído, con una sonrisa de felicidad, como si saboreases tus pensamientos. Lo adiviné en la alegría con que cantabas por las mañanas al despertar, en el perfume de que venías impregnado, y que te seguía por todas partes. No necesitaba encontrar más cartas. Me bastaba olerte, percibir ese perfume de infidelidad, de carne de pecado, que te acompaña siempre. Tú, pobre hombre, entrabas en casa creyendo que todo se quedaba más allá de la puerta, y el olor de ella te sigue, te denuncia... Aun parece que lo percibo.
Y dilataba su nariz, aspirando el aire con gesto de dolor, cerrando los ojos, como si quisiera huir de las imágenes que este perfume evocaba en ella. El marido persistió en sus protestas al convencerse de que no poseía otras pruebas de su infidelidad. ¡Todo mentiras! ¡Todo delirios!...
--No, Mariano--murmuró la enferma.--Ella está dentro de ti; te llena la cabeza: desde aquí la veo. Antes ocupaban su sitio mil fantasías disparatadas, ilusiones de tu gusto, mujeres desnudas, liviandades que eran tu devoción. Ahora es ella la que lo llena todo; es tu deseo hecho carne... Quedaos y sed felices. Yo me voy... falta sitio en el mundo para mí.
Calló un momento y á sus ojos subieron las lágrimas otra vez, con el recuerdo de los primeros años de vida común.
--Nadie te ha querido como yo, Mariano--dijo con nostálgica dulzura.--Te miro ahora como si fueses un extraño, sin cariño y sin odio. ¡Y sin embargo, no ha habido en el mundo una mujer que amase á su marido con mayor apasionamiento!
--Yo te adoro, Josefina. Te amo lo mismo que cuando nos conocimos. ¿Te acuerdas?
Pero en su voz, á pesar de la emoción que pretendía darla, sonaba la falsedad.
--No te esfuerces, Mariano, es inútil; todo acabó. Ni tú me quieres, ni queda en mí nada de lo que fué...
En su rostro había un gesto de extrañeza, de asombro; parecía espantada de su misma serenidad que le hacía perdonar, de esta indiferencia final para el hombre que tanto la había hecho sufrir. En su imaginación, veía un jardín inmenso; flores que parecían inmortales, y se secaban y caían al llegar el invierno. Después su pensamiento seguía más allá, por encima de los fríos de muerte. Las nieves se liquidaban, brillaba otra vez el sol; llegaba la nueva primavera, con su cortejo de amores, y las ramas secas reverdecían con una segunda vegetación.
--¡Quién sabe!--murmuró la enferma con los ojos cerrados.--Tal vez, después que yo muera, te acordarás de mi... Tal vez me quieras algo... y me recuerdes... y sientas agradecimiento hacia la que tanto te amó. Lo que se pierde es lo que se desea...
Calló la enferma, anonadada por tanto esfuerzo; se sumió en aquel sopor fatigoso, que para ella equivalía al descanso. Renovales, después de esta conversación, se vió en un estado de vil inferioridad ante su mujer. Lo sabía todo y le perdonaba. Había seguido el curso de sus amores, carta por carta, gesto por gesto, adivinando en sus sonrisas los recuerdos de la infidelidad, oliendo á todas horas el cuerpo de la otra en el perfume que impregnaba sus ropas; husmeando tal vez, durante noches enteras de cruel desvelo, aquella esencia de pecado, inadvertida para los demás, pero que ella percibía con la agudeza de sus sentidos. ¡Y callaba! ¡Y moría sin protesta! ¡Y él no caía á sus pies, pidiéndola perdón! ¡Y permanecía insensible, sin una lágrima, sin un suspiro!
Tuvo miedo de verse á solas con ella. Milita volvió á quedarse en la casa para cuidar á su madre. El maestro se refugiaba en su estudio; quería olvidar, trabajando, á aquel cuerpo moribundo que se extinguía bajo el mismo techo.
Pero en vano arrojaba colores en la paleta, y cogía los pinceles, y preparaba lienzos. No hacía más que embadurnar; le era imposible seguir adelante, como si de pronto hubiese olvidado su arte. Volvía la cabeza con inquietud, creyendo que Josefina iba á entrar de pronto, continuándose aquella entrevista en la que había puesto al descubierto su grandeza de alma y la ruindad de él. Necesitaba volver á sus habitaciones, ir de puntillas hasta la puerta del dormitorio, para convencerse de que estaba allí, cada vez más exigua, escuchando á su hija con una sonrisa de calavera que ajustaba la piel á las obscuras oquedades de sus huesos.
Su demacración era espantosa: no encontraba límites. Cuando parecía haber llegado al último extremo, todavía sorprendía con nuevos encogimientos, como si tras la desaparición total de la carne fuese liquidándose el mísero esqueleto.
Algunas veces atormentábala el delirio, y su hija, conteniendo las lágrimas, acogía con palabras de aprobación los disparatados viajes que proyectaba, sus propósitos de irse muy lejos, para vivir con Milita en un jardín, donde no encontrasen hombres, donde no existiesen pintores... ¡nada de pintores!
Aun vivió unos quince días. Renovales, con cruel egoísmo, ansiaba descansar, lamentándose de esta existencia anormal. Si había de morir, ¡por qué no acababa cuanto antes, devolviendo la tranquilidad á todos los de la casa!...
Ocurrió el suceso una tarde, á la hora en que el maestro, tendido en un diván de su estudio, releía las dulces quejas de una cartita perfumada. ¡Tantos días sin verle! ¿Cómo seguía la enferma? Reconocía que su deber estaba allí: la gente murmuraría si la visitaba. Pero ¡ay! ¡era tan penosa esta separación!...
No pudo acabar de leer. Entró Milita en el estudio, con expresión azorada, llevando en los ojos ese terror, ese asombro que infunde la presencia de la muerte, el roce de su paso, aunque se aguarde su llegada.
Su voz tenía bruscas sacudidas. Mamá... estaba hablando con ella, la halagaba con la esperanza de un próximo viaje... y de pronto un ronquido... la cabeza inclinándose antes de caer sobre el hombro... un momento... nada... ¡lo mismo que un pajarito!
Renovales corrió al dormitorio, tropezándose con su amigo Cotoner, que salía del comedor, corriendo también. La vieron en un sillón, encogida, plegada, con esa flacidez mortal que convierte el cuerpo en blando pingajo. Todo había acabado.
Milita tuvo que coger á su padre; sostenerlo con su vigor de muchacha fuerte; ser ella la que guardase la serenidad y la energía en el crítico momento. Renovales se dejaba manejar por su hija; apoyaba el rostro en un hombro de ella, con dolor sublime, teatral, una hermosa desesperación de artista, conservando aún en su mano, distraídamente, la carta de la condesa.
--Valor, Mariano--decía el pobre Cotoner con voz cargada de lágrimas.--Hay que ser hombres... Milita, lleva á tu padre al estudio... Que no la vea...
El maestro se dejó conducir por su hija, suspirando con fuertes resoplidos, queriendo llorar, con inútiles esfuerzos. Las lágrimas no llegaban. Su atención no podía concentrarse: la distraía una voz interior, la voz de las grandes tentaciones.
Había muerto y quedaba libre. Seguiría su camino, ligero, dueño de sí mismo, sin fatigosa impedimenta. ¡Á él la vida con todos sus goces; el amor sin miedos ni escrúpulos; la gloria con sus dulces réditos!...
Iba á comenzar una segunda existencia.
TERCERA PARTE
I
Hasta principios del invierno siguiente, no volvió Renovales á Madrid. La muerte de su mujer le dejó estupefacto, como si dudase de su realidad, como si sintiera extrañeza al contemplarse solo y dueño de sus acciones. Cotoner, viéndole sin deseos de trabajar, tendido en los divanes del estudio, con un gesto vago, cual si soñase despierto, interpretaba su estado como un inmenso dolor sordo y silencioso. Además, le molestaba que la condesa, apenas muerta Josefina, frecuentase el hotel para visitar al ilustre maestro y á su querida Milita.
--Debes irte--aconsejaba el viejo artista.--Eres libre; lo mismo vivirás en cualquier parte que aquí. Te conviene un viaje largo: eso te distraerá.
Y Renovales emprendió su viaje con la alegría de un estudiante, libre por vez primera de la vigilancia de la familia. Solo, rico y dueño de sus actos, se creyó el ser más feliz de la tierra. Su hija tenía á su marido, formaba familia aparte; él se veía en grato aislamiento, sin preocupaciones, sin deberes, sin otros lazos que los dulcísimos de aquellas cartas interminables de Concha, que le salían al encuentro en su viaje. ¡Oh, libertad feliz!...
Vivió en Holanda, estudiando sus museos, que no conocía; después, en un capricho de pájaro errante, descendió á Italia, saboreando algunos meses de vida fácil, sin trabajo, visitando estudios, recibiendo los honores debidos á un maestro célebre, en los mismos sitios donde había luchado pobre y desconocido. Luego se trasladó á París, acabando por atraerle la condesa, que estaba en Biarritz veraneando con su esposo.
El estilo epistolar de Concha se hacía más apremiante; mostraba nuevas exigencias al prolongarse el periodo de separación. Debía volver; ya había viajado bastante. Ella se aburría no viéndole; le amaba, no podía vivir sin él. Además, como supremo recurso, le hablaba de su marido, del conde, que, en su eterna ceguera, unía sus súplicas á las de su esposa, rogándola que invitase al artista á pasar una temporada en su hotel de Biarritz. El pobre maestro debía sentirse muy triste en su viudez, y el prócer bondadoso tenía empeño en consolar su soledad. En su casa le distraerían; serían para él una nueva familia.
El pintor vivió gran parte del verano y todo el otoño en el ambiente grato de aquel hogar, que parecía creado para él. La servidumbre le respetaba, adivinando en Renovales al verdadero amo. La señora, delirante por la larga ausencia, mostrábase tan audaz en sus arrebatos, que el artista tenía que contenerla, recomendando prudencia. El noble conde de Alberca le rodeaba de una simpática conmiseración. ¡Pobre é ilustre amigo! ¡Verse privado de su compañera! Y el hombre de las condecoraciones demostraba, con noble gesto, el horror que le infundía la posibilidad de verse viudo, sin aquella esposa que tan dichoso le hacía.
Al comenzar el invierno volvió Renovales á su hotel. Ni la más leve emoción experimentó al verse en los tres grandes estudios, al recorrer aquellas habitaciones que parecían más heladas, más grandes, más sonoras, ahora que no se conmovían con otros pasos que los suyos. Creyó que no había transcurrido un año. Todo estaba lo mismo, como si su ausencia sólo fuese de unos cuantos días. El amigo Cotoner había cuidado bien la casa, haciendo trabajar al matrimonio que ocupaba la portería y al antiguo doméstico encargado de la limpieza de los estudios, única servidumbre que Renovales conservaba. Ni polvo sobre los objetos, ni atmósferas densas de larga clausura en las habitaciones. Todo aparecía brillante, limpio, como si la vida no se hubiera interrumpido en aquella casa. El sol y el aire habían penetrado á raudales por las ventanas, disolviendo aquella atmósfera de enfermedad que Renovales había dejado al irse, y en la que creía percibir el roce del invisible ropaje de la Muerte.
Era una casa nueva, semejante en su forma á la que había conocido antes, pero con la frescura y la sonoridad de los edificios recién construidos.
Fuera de su estudio, nada le recordaba á la esposa muerta. Evitó entrar en su dormitorio; no preguntó siquiera quién guardaba la llave. Durmió en el cuarto que había sido de su hija, en su camita de soltera, con la satisfacción de llevar una vida modesta y sobria en aquel hotel de señorial aspecto.
Tomaba su almuerzo en el comedor, en un extremo de la mesa, sobre una servilleta, cohibido por las dimensiones y el lujo de esta pieza, que ahora le parecía enorme é inútil. Miraba distraído un sillón, cercano á la chimenea, donde muchas veces se había sentado la muerta. El asiento, con los brazos abiertos, parecía esperar aquel cuerpecillo estremecido por encogimientos de pájaro. Pero el pintor no sentía emoción alguna. Ni siquiera podía recordar fielmente en su imaginación la cara de Josefina. ¡Había sufrido tantas transformaciones!... La última, aquella máscara esquelética, era la que evocaba mejor; pero le repelía, en su egoísmo de hombre feliz y fuerte, que no quiere entristecerse con penosos recuerdos.
No veía su imagen en ninguna parte de la casa. Parecía haberse evaporado para siempre, sin dejar el menor roce de su cuerpo en las paredes que tantas veces habían servido de apoyo á su andar vacilante, en los pisos que apenas si sentían el peso de sus débiles pies. Nada: estaba bien olvidada. En el interior de Renovales no quedaban otros vestigios de los largos años de unión, que un sentimiento penoso, un recuerdo molesto, que le hacía gustar con mayor placer su nueva existencia.
Sus primeros días, en la soledad de la casa, fueron de intensos y nuevos goces. Después del almuerzo se tendía en un diván del estudio, contemplando las espirales azules de su cigarro. ¡Libertad completa! ¡Solo en el mundo! La vida entera para él, sin preocupación alguna, sin miedos. Podía ir y venir sin que unos ojos espiasen sus acciones, sin que una boca amarga turbase con reproches su plácida calma. Aquella puertecilla del estudio, que antes miraba con zozobra, no se abriría más para dar paso al enemigo. Podía cerrarla aislándose del mundo; podía abrirla haciendo entrar por ella, en ruidoso chorro de escándalo, todo cuanto se le antojase; batallones de bellezas desnudas, para pintarlas en revuelta bacanal; extrañas bayaderas de ojos negros y vientre descubierto que danzasen con mórbido abandono sobre los tapices del estudio: todas las ilusiones desordenadas de su deseo, las monstruosas fiestas de imaginación con que había soñado en sus tiempos de servidumbre. Él no sabía ciertamente dónde encontrar todo esto, ni tenía gran empeño en buscarlo; pero le bastaba la certeza de poderlo realizar sin obstáculo alguno.
Esta conciencia de su libertad absoluta, en vez de impulsarle á la acción, le mantenía en dulce quietud, satisfecho de poder hacerlo todo, sin que su voluntad osase intentar nada. En otros tiempos agitábase furioso, lamentando sus cadenas. ¡Las cosas que pintaría él, de ser libre! ¡Los escándalos que provocaría con sus audacias! ¡Ay, si no estuviese unido á una mezquina burguesa que intentaba reglamentar su arte con la misma corrección y dignidad que tenía para las visitas ó para los gastos de la casa!...
Y ahora que la burguesa no existía, el artista quedaba en grata somnolencia, contemplando los lienzos empezados un año antes, mirando como un enamorado tímido á su paleta abandonada, diciéndose con una falsa energía: «De mañana no pasa; mañana empiezo.»
Y al día siguiente llegaba mediodía, y con él el almuerzo, antes de que Renovales hubiese llegado á coger el pincel. Leía periódicos extranjeros, revistas de arte, enterándose con curiosidad profesional de lo que exponían y trabajaban los pintores famosos de Europa. Recibía la visita de ciertos compañeros humildes, y ante ellos se lamentaba de la insolencia de la juventud, de sus avances irrespetuosos, con una sequedad de artista ilustre que empieza á envejecer, y cree que con él se extingue el talento y nadie vendrá detrás de sus pasos. Luego le embargaba la modorra de la digestión, lo mismo que á Cotoner, y sentía dulces desfallecimientos, la felicidad de no hacer nada. Para vivir bien, tenía riquezas de sobra. Su hija, que era su única familia, encontraría á su muerte más de lo que esperaba. Había trabajado bastante. La pintura, lo mismo que todas las artes, era una mentira bonita, por cuyos progresos se agitaban los hombres como locos, hasta odiarse con impulsos de muerte. ¡Qué necedad! Era mejor permanecer en dulce calma, saboreando la alegría de la propia existencia, embriagándose en los sencillos goces animales, sintiéndose vivir. ¿Qué importaban unos cuantos cuadros más en aquellos enormes palacios llenos de lienzos, desfigurados por los siglos, que no conservaban tal vez una sola pincelada como la dieron sus autores? ¿Qué le importaba á la humanidad, que cambia de sitio cada docena de siglos, y ha visto caer las grandes soberbias de los hombres fabricadas con mármoles y granitos, que un tal Renovales produjera unos hermosos juguetes de tela y colores, que podía destruir una colilla de cigarro, ó roer en unos cuantos años un soplo de viento, una gota de agua filtrándose por la pared?...
Pero este pesimismo desvanecíase cuando alguien le llamaba «ilustre maestro», ó así que veía su nombre en un periódico y un discípulo ó un admirador mostraba curiosidad por su trabajo.