La maja desnuda

Part 16

Chapter 163,851 wordsPublic domain

Josefina pareció animarse con la presencia de su hija. Ésta llegaba muchas tardes, ostentando su lujo, que aun parecía más estrepitoso en aquel Madrid veraniego, abandonado por la gente elegante, y se llevaba á su madre, paseándola en automóvil por las inmediaciones de la capital, corriendo los caminos llenos de polvo. Otras veces era Josefina la que, en un arranque de voluntad, vencía la torpeza de su cuerpo, yendo á casa de su hija (un piso principal de la calle de Olózaga) y admirando el _confort_ moderno de que vivía rodeada.

El maestro parecía aburrido. No tenía retratos que pintar; le era imposible hacer nada en Madrid, saturado aún de la luz esplendente y los intensos colores de la playa mediterránea. Además, le faltaba la compañía de Cotoner, pues éste se había ido á una pequeña ciudad castellana, de histórica ranciedad, donde recibía con cómica altivez los honores debidos al genio, viviendo en el palacio del prelado y asesinando con una restauración infame varios cuadros de la catedral.

La soledad aguzaba en Renovales el recuerdo de la de Alberca. Ésta, por su parte, con gran abundancia epistolar, hacíase presente todos los días en la memoria del pintor. Le había escrito al pueblecillo de la costa y le escribía ahora á Madrid, queriendo saber cuál era su vida, interesándose por los más insignificantes detalles, relatándole la suya con una exuberancia que llenaba pliegos y pliegos, encerrando bajo cada sobre una verdadera historia.

El pintor seguía la existencia de Concha minuto por minuto, como si la estuviese presenciando. Le hablaba de _Darwin_, ocultando bajo este nombre á Monteverde; se quejaba de su frialdad, de su indiferencia, de aquel aire de conmiseración con que acogía su apasionamiento. «¡Ay, maestro, soy muy desgraciada!» Otros días la carta era triunfal, optimista: la condesa mostrábase radiante, y el pintor leía entre líneas su satisfacción, adivinaba su embriaguez tras aquellas entrevistas audaces, en la propia casa, desafiando la ceguera del marido. Y ella se lo contaba todo, con una confianza impúdica y desesperante, como si fuese de su mismo sexo, como si no pudiera sentir la más leve emoción ante estas confidencias.

En las últimas cartas mostrábase Concha loca de alegría. El conde estaba en San Sebastián para despedirse de sus reyes: una alta misión diplomática. Aunque no era de la _carrera_, le habían escogido como representante de la más solemne nobleza española, para llevar el Toisón á un principillo de uno de los más diminutos estados alemanes. El pobre señor, ya que no alcanzaba la áurea distinción, consolábase llevándola á otros con gran pompa. Renovales presentía en todo esta la mano de la condesa. Sus cartas irradiaban la alegría. Iba á quedarse sola con _Darwin_, pues el noble señor estaría ausente mucho tiempo. ¡La vida marital con el doctor, sin riesgos ni inquietudes!...

Renovales sólo leía estas cartas por curiosidad; ya no despertaban en él una emoción intensa y duradera. Se había acostumbrado á su situación de confidente: se enfriaba su deseo con la franqueza de aquella mujer que se libraba á él, comunicándole todos sus secretos. Su cuerpo era lo único que le quedaba por conocer; su vida interna la poseía como ninguno de sus amantes, y comenzaba á sentirse fatigado de esta posesión. La distancia y la ausencia le infundían una fría serenidad. Al acabar la lectura de estas cartas pensaba siempre lo mismo. «Está loca; ¿qué me importarán á mí sus secretos?...»

Transcurrió una semana sin que recibiese noticias de Biarritz. Los periódicos hablaban del viaje del respetable conde de Alberca. Ya estaba en Alemania, con todo su cortejo, preparándose á colocar el noble cordero sobre los principescos hombros. Renovales sonreía maliciosamente, sin emoción, sin envidia, al pensar en el silencio de la condesa. Su soledad la había traído, sin duda, grandes ocupaciones...

De pronto, una tarde tuvo noticias de ella del modo más inesperado. Salía Renovales de su hotel, á la puesta del sol, para dar un paseo por los altos del Hipódromo, á lo largo del Canalillo, contemplando Madrid desde esta eminencia, cuando en la puerta de la verja, un muchachillo de rojo dolmán, mandadero de una agencia, le tendió una carta. El pintor hizo un gesto de sorpresa al reconocer la letra de Concha. Cuatro renglones apresurados, nerviosos. Acababa de llegar aquella tarde en el exprés de Francia, con su doncella Mary. Estaba sola en casa. «Venga usted... Corra... Noticias graves; voy á morir.» Y el maestro corrió, aunque no le impresionase gran cosa este anuncio de muerte. Ya sería algo menos. Estaba acostumbrado á las exageraciones de la condesa.

La casa señorial de los Alberca tenía la sonoridad, la penumbra y el ambiente polvoroso de los edificios abandonados. No quedaba en ella otra servidumbre que el portero. Junto á la escalera jugueteaban sus hijos, como si aun no estuviesen enterados de la llegada de la señora. Arriba, los muebles estaban enfundados de gris; las lámparas con envoltorios de tela; los bronces y las lunas de los espejos, mates y como muertos bajo una capa de polvo. Mary le abrió la puerta, guiándole al través de los salones obscuros, de fétida atmósfera, con los balcones cerrados, faltos de cortinajes y sin otra luz que la que entraba por las rendijas.

En un gabinete tropezó con varias maletas, todavía llenas, caídas y olvidadas en la precipitación de una llegada anormal.

Al término de esta peregrinación, casi á tientas por la casa abandonada, vió una mancha de luz, la puerta del dormitorio de la condesa, la única habitación con vida, iluminada por el lejano resplandor del sol poniente. Concha estaba allí, junto á la ventana, hundida en un sillón, con el ceño fruncido, la mirada perdida, coloreada de un tono anaranjado por la luz moribunda.

Al ver al pintor, púsose de pie con un movimiento de resorte, extendió los brazos y corrió á él, como si la persiguiesen.

--¡Mariano! ¡Maestro! ¡Se fué!... ¡Me abandona para siempre!...

Su voz era un alarido: se abrazaba á él, hundiendo su cabeza en uno de sus hombros, mojándole la barba con las lágrimas que comenzaban á surgir de sus ojos cayendo gota á gota.

Renovales, á impulsos de la sorpresa, la repelió dulcemente, y la hizo volver al sillón.

--¿Pero quién se ha ido? ¿Quién es ese?... _¿Darwin?_

Sí; él. Todo había acabado. La condesa apenas podía hablar; un hipo doloroso cortaba sus palabras. La rabia de verse abandonada y su orgullo pisoteado, revolvíanse haciendo temblar su cuerpo. Había huido en plena dicha, cuando ella creía tenerle más seguro, cuando gozaban de una libertad que nunca habían conocido. El señor estaba cansado; la amaba aún--según decía en una carta,--pero deseaba verse libre para continuar sus estudios. Huía agradecido á sus bondades, ahíto de tanto amor, para ocultarse en el extranjero y ser un grande hombre, no pensando más en mujeres. Así decía en los breves renglones que la había enviado al desaparecer. ¡Mentira, todo mentira! Ella adivinaba otras cosas. El miserable se había escapado con una _cocotte_, tras la cual se le iban los ojos en la playa de Biarritz. Una fea, de gracia canallesca, que debía enloquecer á los hombres con misteriosas variedades del pecado. ¡Las personas decentes cansaban á aquel señorito! Debía también sentirse ofendido porque no le alcanzaba la cátedra, porque no le habían hecho diputado. ¡Señor! ¿Qué culpa tenía ella de estos fracasos? ¿No había hecho todo lo posible?...

--¡Ay, Mariano! Yo creo que voy á morir. Esto no es amor; ya no le quiero: ¡le detesto! Es rabia, indignación, deseos de coger á ese mequetrefe... ansias de ahogarle. ¡Con tantas locuras que he hecho por él!... Señor, ¡dónde tenía yo los ojos!

Al verse abandonada no había sentado más que un deseo: correr en busca del buen amigo, del consejero, del _hermano_; ir á Madrid para ver á Renovales y contárselo todo, ¡todo!, impulsada por su necesidad de confesarse con él, de comunicarle hasta ciertos secretos cuyo recuerdo la hacía enrojecer.

No tenía en el mundo nadie que la amase desinteresadamente, nadie á excepción del maestro: y con la misma precipitación que si se viera abandonada en medio del desierto y de la noche, había corrido hacia él, pidiendo calor y amparo.

Este anhelo de ser protegida, recrudecíase en presencia del pintor. Volvía á ir á él, con los brazos abiertos, colgándose de su cuello, gimiendo con un terror de histérica, como si se creyera rodeada de peligros.

--Maestro: sólo le tengo á usted. ¡Mariano, usted es mi vida! ¿No me abandonará nunca? ¿Será siempre mi hermano?...

Renovales, aturdido por la precipitación de esta escena, por el impulso de aquella mujer que siempre le había repelido, y ahora de pronto se pegaba á él, no pudiendo sostenerse más que cogida á su cuello, intentaba desligarse de los brazos que le oprimían.

Después de la primera sorpresa persistía en él cierta frialdad. Sentíase molestado por esta desesperación orgullosa, que era obra del otro.

La deseada, la hembra del ensueño, venia á él, parecía abrirse con histérico bostezo, ansiosa de devorarle, sin darse cuenta tal vez de lo que hacía, empujada por la inconsciencia de su estado anormal; pero él se echaba atrás, con repentino miedo, indeciso y cobarde ante la acción, dolido de que la realidad de sus anhelos se presentara, no voluntariamente, sino á impulsos del desengaño y el abandono.

Concha se apretaba contra él, ansiosa de sentir la protección de su cuerpo vigoroso.

--¡Maestro! ¡amigo! ¡Usted no me abandonará! ¡Usted es bueno!...

Y cerrando los ojos, que ya no lloraban, besábale el musculoso cuello, elevaba la mirada húmeda, buscando su rostro en la penumbra. Apenas se veían: la habitación estaba en misterioso crepúsculo, con todos los objetos sumidos en la indecisión de un ensueño: la hora peligrosa que les había atraído por vez primera en la soledad del estudio.

De pronto, ella se separó con repentino terror, huyendo del maestro, refugiándose en las sombras más densas, perseguida por unas manos ávidas.

--¡No; eso no! ¡Nos traerá desgracias! Amigos... ¡amigos nada más, y por siempre!

Su voz, al decir esto, era sincera, pero débil, desfallecida; voz de víctima que se resiste é intenta defenderse sin fuerzas. El pintor, perdido en la sombra, sintió la bestial satisfacción del guerrero primitivo, que tras las largas hambres en el desierto, hartábase de las abundancias de la ciudad asaltada, entre rugidos salvajes.

Cuando despertó era de noche. La luz de los reverberos de la calle entraba por las ventanas con resplandor rojizo y lejano.

El artista se estremeció con una impresión de frío, como si emergiese de una onda, olorosa y susurrante, que le había envuelto, no recordaba cuánto tiempo. Sentíase débil, anonadado, con la inquietud del niño después de una mala acción.

Concha se lamentaba junto á él. ¡Qué locura! Todo había sido contra su voluntad: presentía grandes desgracias. Su miedo turbaba el placentero abandono, que la hacía permanecer inmóvil en las últimas dulzuras del sacrificio.

Ella fué la primera en recobrar la serenidad. Su silueta se elevó sobre el fondo luminoso de una ventana. Llamaba al pintor, que permanecía avergonzado en la sombra.

--Al fin... había de ser--dijo con firmeza.--Era un juego peligroso, y no podía terminar de otro modo. Ahora comprendo que te quería; que eras tú el único á quien yo puedo querer.

Renovales estaba junto á ella. Sus dos figuras marcaron una silueta única sobre el fondo luminoso de la ventana, con un estrujón supremo, como si quisieran confundirse, refugiarse una en otra.

Las manos de ella separaron suavemente los mechones que ocultaban la frente del artista... Le contempló con arrobamiento. Después le besó dulcemente en la boca, con caricia interminable, susurrando leves palabras.

--Marianito, maestro del alma... Te amo, te admiro. Seré tu esclava... No me dejes nunca... Te buscaría de rodillas... Tú no sabes cómo voy á quererte... No te me escaparás: tú lo has querido... pintor de mis entrañas... feo adorable... gigantón... ídolo mío.

V

Una tarde, á fines de Octubre, Renovales notó en su amigo Cotoner cierta inquietud.

El maestro bromeaba con él, haciéndole relatar sus trabajos de restaurador en el antiguo templo. Había vuelto más grueso, más alegre, con cierto lustre grasoso y sacerdotal. Se había traído, según decía Renovales, toda la salud de los canónigos. La mesa del obispo, con sus abundancias suculentas, era un dulce recuerdo para Cotoner. La ensalzaba y la describía, elogiando á aquellos buenos señores que, como él, vivían exentos de pasiones, sin otra voluptuosidad que la de una refinada nutrición. El maestro reíase imaginando la sencillez de los sacerdotes que por las tardes, después del coro, formaban grupo ante el andamio de Cotoner, siguiendo con admiración la labor de sus manos; el respeto de los familiares y demás gente palaciega, pendiente de los labios de don José, asombrados de tanta sencillez en un artista que era amigo de los cardenales y había hecho sus estudios nada menos que en Roma.

Al verle el maestro aquella tarde, grave y silencioso después del almuerzo, quiso saber cuál era su preocupación. ¿Se habían quejado de sus restauraciones? ¿Ya no le quedaba dinero?... Cotoner movió su cabeza. No era asunto suyo. Le preocupaba el estado de Josefina. ¿No se fijaba en ella?...

Renovales levantó los hombros. Era lo de siempre: la neurastenia, la diabetes, todas aquellas dolencias ya crónicas y de las que no quería curarse, desobedeciendo á los médicos. Estaba más enflaquecida, pero sus nervios parecían calmados; lloraba menos: manteníase en un mutismo triste, sin otro deseo que verse sola y permanecer en un rincón, mirando ante ella, sin ver nada.

Cotoner volvió á mover la cabeza. No era extraño el optimismo de Renovales.

--Llevas una vida muy rara, Mariano. Desde que regresé de mi viaje, eres otro; no te conozco. Antes no podías vivir sin pintar, y ahora pasan semanas enteras sin coger un pincel. Fumas, cantas, te paseas por el estudio, y de repente echas á correr, sales de casa y vas... adonde vas; adonde sé yo, y tal vez lo sospecha tu mujer... Parece que nos divertimos, maestro... ¡Y á los demás que los parta un rayo! Pero, hombre, baja de las nubes; fíjate en lo que te rodea; ten un poco de caridad.

Y el buen Cotoner lamentábase con vehemencia de la vida que llevaba el maestro; vida agitada por repentinas impaciencias y bruscas salidas, de las que regresaba distraído, con una débil sonrisa en los labios y una mirada vaga, como si saborease en interna contemplación la fiesta de recuerdos que traía en su memoria.

El viejo pintor mostrábase alarmado por la delgadez creciente de Josefina: una consunción feroz, que aun encontraba materias que destruir en su organismo, roído por varios años de enfermedad. La pobre mujercita tosía, y esta tos, que no era seca, sino prolongada en varios tonos y bruscas sacudidas, alarmaba á Cotoner.

--Debían verla los médicos otra vez.

--¡Los médicos!--exclamaba Renovales.--¿Y para qué? Toda una facultad ha pasado por aquí, y como si nada. No obedece; se niega á todo, tal vez por desesperarme, por llevarme la contraria. No hay peligro: tú no la conoces. Ahí, donde la ves tan débil, tan poquita cosa, vivirá más que tú, más que yo.

En su voz había temblores de cólera, como si le enfureciese el ambiente uraño de aquella casa, en la que no encontraba otra distracción que los gratos recuerdos que traía de fuera.

La insistencia de Cotoner acabó por obligarle á llamar á un médico amigo suyo.

Josefina se irritó, adivinando los cuidados que inspiraba su salud. Ella se sentía fuerte. No era más que un catarro; el invierno que llegaba. Y en sus miradas al artista había reproche é insulto, por esta atención, que consideraba una hipocresía.

Cuando después de examinar á la enferma se trasladaron al estudio, quedando frente á frente el pintor y el médico, éste se mostró indeciso, como si temiese formular sus ideas. Nada podía decir con certeza; era fácil engañarse en aquel organismo pobre que sólo se mantenía por una reserva vital extraordinaria... Después apeló al procedimiento evasivo de su profesión. Convendría sacarla de Madrid... otros aires... otra vida.

Renovales protestó. ¡Adónde ir, comenzado ya el invierno, cuando en pleno verano había querido ella volver á su casa! El médico levantó los hombros y redactó una receta, notándose en su gesto el deseo de escribir algo, de no marcharse sin dejar un papel como rastro de su paso. Explicó al marido varios síntomas, para que los observase en la enferma, y se fué, repitiendo su encogimiento de hombros, que revelaba indecisión y desaliento.

--¡Pchs! ¡Quién sabe!... ¡Tal vez! El organismo tiene reacciones inesperadas: reservas maravillosas para defenderse...

Estos consuelos enigmáticos alarmaron á Renovales. Espiaba con disimulo á su mujer, estudiando su tos, examinándola atentamente cuando ella no le veía. Ya no pasaban juntos la noche. Desde el casamiento de Milita, el padre ocupaba la habitación de ésta. Habían roto la esclavitud del lecho común que atormentaba su descanso. Renovales remediaba este alejamiento entrando en el dormitorio de Josefina por las mañanas.

--¿Has pasado la noche bien? ¿Quieres algo?

Los ojos de la mujer le acogían con una mirada de extrañeza, de hostilidad.

--Nada.

Y acompañaba este laconismo, revolviéndose en el lecho, para dejarle á su espalda con gesto despectivo.

El pintor acogía sus muestras de hostilidad con mansa resignación. Era su deber: ¡tal vez podía morirse! Pero esta posibilidad de la muerte no le conmovía, le dejaba frío, y se irritaba contra sí mismo, como si dentro de su pensamiento existiesen dos personalidades distintas... Se echaba en cara su crueldad, aquella glacial indiferencia ante la enferma, que sólo le producía un pasajero remordimiento.

Una tarde, en casa de la de Alberca, después de los audaces abandonos con los que parecían desafiar la santa calma del prócer, vuelto ya del viaje, el pintor habló tímidamente de su mujer.

--Vendré menos; no lo extrañes. Josefina está muy enferma.

--¿Mucho?--preguntó Concha.

Y en la chispa que pasó por su mirada, creyó ver Renovales algo conocido; un resplandor azul que había danzado ante él en la obscuridad de sus noches, con brillo infernal, turbando su conciencia.

--No: tal vez no sea nada. Yo creo que no es de peligro.

Sentía la necesidad de mentir. Se consolaba quitando importancia á la enfermedad. Creía descargarse, con este engaño voluntario, de la inquietud que le aguijoneaba. Era la mentira del que se sincera, fingiendo ignorar, la importancia del daño causado.

--No es nada--decía á su hija, que, alarmada por el aspecto de mamá, venía á pasar con ella todas las noches.--Un constipado; ronquera de invierno. Eso desaparecerá así que llegue el buen tiempo.

Hacía encender todas las chimeneas de la casa: una atmósfera de horno esparcíase por las habitaciones. Afirmaba á gritos, sin emoción alguna, que su mujer sólo sufría un resfriado, y al hablar con esta certeza, una voz extraña parecía gritarle dentro del cráneo: «Mentira; se muere. Se muere y tú lo sabes.»

Los síntomas de que le había hablado el médico, iban presentándose uno tras otro, con fatídica regularidad, en un engranaje mortal. Al principio sólo notó en ella una fiebre viva y continua, que parecía aumentarse á la caída de la tarde, con profundos estremecimientos. Después observó sudores, de una abundancia aterradora; sudores nocturnos que dejaban impresa en las sábanas la huella de su cuerpo. Y á este cuerpo mísero, cada vez más frágil, más esquelético, como si el fuego de la fiebre devorase hasta la última partícula de su grasa y sus músculos, no le quedaba otra envoltura y defensa que la piel, que también parecía liquidarse en eterna humedad. La tos era frecuente; rasgaba á todas horas con su escala de ronquidos fatigosos el silencio del hotel, y la débil mujercita se incorporaba buscando dónde ocultar los residuos de la erupción dolorosa que conmovía sus pulmones. Se quejaba de un continuo dolor en la base del pecho. Su hija la hacía comer, á costa de ruegos y caricias, llevándola la cuchara á la boca como si fuese una niña; pero la tos y la náusea cortaban la nutrición, espeliendo el alimento. Su lengua estaba seca. Se quejaba de una sed infernal que parecía devorarle las entrañas.

Así transcurrió un mes. Renovales, en su afán optimista, esforzábase por creer que la enfermedad no iría más lejos.

--No se muere, Pepe--decía con tono enérgico, como dispuesto á pelearse con el que se opusiera á esta afirmación.--No se muere, doctor. ¿No lo cree usted así?

El doctor contestaba con su eterno encogimiento de hombros. «Tal vez... Es posible.» Y como la enferma se negase con tenacidad á todo examen interior, iba enterándose de los síntomas por las revelaciones de la hija y el marido.

Á pesar de su esquelética delgadez, aumentaban de volumen algunas partes de su cuerpo. El vientre era mayor: las piernas ofrecían extraña particularidad: una, delgadísima, enjuta, marcando bajo la piel las estrecheces y amplificaciones de los huesos, sin el más leve almohadillado de grasa; la otra, enorme, de una gordura que jamás había tenido, con la piel tirante y blanca, marcando en ella las venas sus serpenteados de intenso azul.

Renovales hacía preguntas al doctor con gran ingenuidad. ¿Qué opinaba de estos síntomas? Y el médico bajaba la cabeza. No sabía; había que esperar: la Naturaleza tiene sus sorpresas. Pero después, como animado por repentina decisión, pretextó el deseo de escribir una receta, para hablar á solas con el marido en su estudio de trabajo.

--La verdad, Renovales... Me pesa esta comedia misericordiosa, buena para otros; pero usted es un hombre... Es una tisis galopante; tal vez asunto de días, tal vez asunto de pocos meses; pero se muere y yo no conozco el remedio. Si usted quiere, busque á otros.

¡Se muere!... Renovales quedó anonadado por la sorpresa, como si nunca hubiese creído en la posibilidad de este final. ¡Se muere!... Y después de la salida del médico, que se alejó con pasó más firme, como el que acaba de librarse de un grave peso, el pintor repitió mentalmente estas palabras, sin que le produjesen otro efecto que dejarlo absorto, en estúpida insensibilidad. ¡Se muere! ¿Pero era que realmente podía morir aquella mujercita, que tanto había pesado sobre su vida y cuya debilidad le inspiraba miedo?...

De pronto se vió paseando por el estudio, repitiendo en alta voz:

--¡Se muere! ¡Se muere!

Se lo decía á sí mismo para conmoverse, para prorrumpir en gemidos de dolor: pero su sensibilidad permanecía muda.

Josefina iba á morir; ¡y él estaba sereno! Sintió deseos de llorar: quiso llorar, con la voluntad imperiosa del que necesita cumplir un deber. Parpadeó, hinchando su pecho, conteniendo el aliento, esforzándose por abarcar con la imaginación esta desgracia; pero sus ojos permanecieron secos; sus pulmones aspiraron el aire con delicia; su pensamiento, duro y refractario, no se estremeció con ninguna imagen dolorosa. Era un pesar exterior, superficial, que no encontraba más que palabras, gestos y desordenados paseos: el interior seguía insensible, como si la certidumbre de aquella muerte lo hubiese congelado en plácida indiferencia.

Le atormentó la vergüenza de su monstruosidad. El mismo impulso que obligaba á los ascetas á imponerse mortales castigos por los pecados de su imaginación, le arrastró á él, con la fuerza del remordimiento, á la habitación de la enferma. No saldría de allí, arrostraría su desprecio silencioso, la acompañaría hasta el último momento, olvidando el sueño y el hambre. Sentía la necesidad de purificarse, con algo noble y generoso, de esta ceguera de su alma que le daba miedo.

Milita ya no pasó las noches al cuidado de su madre y pudo volver á su casa, con escasa satisfacción del marido, que sentía cierto placer con este retorno inesperado á su existencia de soltero.