La maja desnuda

Part 13

Chapter 133,901 wordsPublic domain

El silencio era profundo. Susurraba el agua del deshielo al caer de los troncos, formando arroyuelos que serpenteaban cuesta abajo, casi invisibles bajo la hierba. En algunas umbrías aun quedaban, como vedijas de blanca lana, montones de nieve, resistiéndose á la general licuefacción. Sonaba el chillido estridente de los pájaros, como el arañazo de un diamante sobre el cristal. En el borde de las escalinatas, los basamentos de piedra roída y negruzca recordaban las invisibles estatuas y los jarrones que habían sostenido. Los pequeños jardines, recortados en formas geométricas, extendían en cada meseta las grecas obscuras de su tapiz de follaje. En las plazoletas cantaba el agua, chorreando en estanques de oxidadas barandillas, ó desplomándose en el triple plato de altas fuentes que animaban la soledad con su interminable lamento. El agua por todas partes: en el aire, en el suelo, susurrante, glacial, aumentando la fría impresión de aquel paisaje, en el que el sol parecía una pincelada roja sin calor.

Pasaron bajo arcos de verdura, entre árboles enormes y moribundos, cubiertos hasta el tope por los serpenteantes anillos de hiedra, rozando los troncos seculares, chapados por la humedad con costras verdosas y amarillas. Los senderos estaban limitados á un lado por las cuestas, en cuya cumbre sonaba un invisible cencerreo, viéndose aparecer de vez en cuando, sobre el fondo azul del espacio, la maciza silueta de una vaca de lento andar. Al lado opuesto, una barandilla rústica de troncos pintados de blanco cerraba el sendero, y tras ella, en lo hondo, extendíanse los obscuros parterres con su melancólica soledad y sus chorros que lloraban día y noche en un ambiente de vejez y abandono. Las zarzas de apretado tejido, esparcíanse de árbol en árbol por las laderas. Los esbeltos cipreses, los pinos rectos y gallardos, de finísimo tronco, formaban una espesa columnata, un enrejado que filtraba la luz del sol, una luz de apoteosis, falsa, teatral, rayando el suelo de fajas de oro y barras de sombra.

El pintor elogiaba con entusiasmo estos lugares. Era el único rincón para artistas que podía hallarse en Madrid. Allí había trabajado el gran don Francisco. Parecía que, tras una revuelta del sendero, iban á tropezarse con Goya, sentado junto al caballete, frunciendo el ceño malhumorado ante alguna duquesa gentil que le servía de modelo.

Los trajes modernos parecían desentonar en este fondo. Renovales declaraba de rigor, para tal paisaje, una casaca brillante, peluca empolvada, medias de seda y marchar junto á una falda escurrida, con el talle bajo los pechos.

La condesa sonrió escuchando al pintor. Miraba en torno de ella con gran curiosidad: no estaba mal aquel paseo: creía verlo por primera vez él. ¡Muy bonito! pero ella no era mujer de campo.

El mejor paisaje para su gusto eran las sedas de un salón, y en cuanto á árboles, le gustaban más los de las decoraciones del teatro Real con acompañamiento de música.

--Me fastidia el campo, maestro. Me pone triste. La Naturaleza, si la dejan sola y entregada á sí misma, es muy ordinaria.

Entraron en una plazoleta ocupada por un estanque á ras de tierra, con pilastras que revelaban la antigua existencia de una barandilla. El agua, engrosada por la filtración de las nieves, desbordábase fuera del marco de piedra, extendiéndose en delgada sábana, para rodar cuesta abajo. La condesa se detuvo, temiendo mojarse los pies. El pintor abrió la marcha, apoyando sus plantas en los sitios menos húmedos, tomándola una mano para guiarla, y ella le siguió, riendo de este obstáculo y recogiéndose las faldas.

Al continuar su camino por otro sendero, Renovales conservó agarrada aquella manecita suave, percibiendo su dulce calor al través del guante. Ella la abandonaba, como si no se diese cuenta de este contacto, pero con una lejana expresión de malicia en sus labios y sus ojos. El maestro parecía indeciso, con cierto embarazo, como si no supiese cómo empezar.

--¿Siempre igual?--preguntó con voz débil.--¿No hay un poco de caridad?

La condesa prorrumpió en una carcajada sonora.

--Ya salió; me lo esperaba; por eso me resistía á venir. En el carruaje me he dicho varias veces: «Hija mía, haces mal en ir á la Moncloa; te vas á aburrir; te espera la declaración número mil.»

Luego adoptó un tono de cómica indignación.

--Pero maestro, ¿es que no puede hablarse con usted de otra cosa? ¿Es que las mujeres estamos condenadas á no poder tratar á un hombre sin que se crea obligado á lanzarnos una declaración?

Renovales protestó. Podía decir esto á cualquier otro, á él no, pues estaba enamorado. Lo juraba; se lo diría de rodillas para que lo creyese; ¡enamorado como un loco! Pero ella le remedaba grotescamente, llevándose una mano al pecho y riendo de un modo cruel.

--Sí; conozco la canción; es inútil que la repita; me la sé de memoria. «Un volcán en el pecho... imposible vivir... Si no me amas me mato...» Lo mismo dicen todos; no he visto una falta mayor de originalidad... Maestro, ¡por Dios! no se ponga usted cursi. ¡Un hombre como usted diciendo esas cosas!...

Renovales quedó aturdido por este remedo burlón. Pero Concha, como si se apiadara de él, se apresuró á añadir en tono cariñoso:

--¿Qué necesidad tiene usted de enamorarme? ¿Se imagina usted que le apreciaré menos si prescinde de esa obligación que creen tener todos los hombres que me rodean?... Yo le quiero á usted, maestro; necesito verle; sentiría mucho que riñésemos. Le quiero como á un amigo; el mejor de todos, el primero. Le quiero porque es usted bueno; un niño grandote; un bebé barbudo que no sabe ni pizca así del mundo, pero tiene mucho talento, ¡mucho!... Tenía ganas de que nos viésemos á solas un buen rato para hablarle con toda libertad, para decirle esto. Le quiero como no quiero á nadie. Siento al lado de usted una confianza como ninguno me la inspira. Buenos amigos; hermanos, si usted quiere... ¡Pero no ponga usted esa carátula triste! ¡Alégrese un poco! ¡Suelte esa carcajada que me alegra el alma, ilustre maestro!

Pero el maestro permanecía hosco, mirando al suelo, enredando con cierta furia los dedos de su diestra en la maraña de sus barbas.

--Todo eso son mentiras, Concha--dijo rudamente.--La verdad es que usted está enamorada; que la tiene loca ese trasto de Monteverde.

La condesa sonrió como si la halagase la brusquedad de estas palabras.

--Pues bien; sí, Mariano. Nos queremos; yo creo amarle como no he amado á ningún hombre. Á nadie se lo he dicho: usted es el primero que lo oye de mí, porque es usted mi amigo, porque con usted no sé lo que me pasa, que se lo digo todo. Nos queremos; mejor dicho, soy yo la que le quiere mucho más que él á mí. Hay en mi amor algo de agradecimiento. Yo no me forjo ilusiones, Mariano. ¡Treinta y seis años! Sólo á usted me atrevo á confesar la edad. Todavía estoy presentable; me defiendo bien; pero él es mucho más joven. Unos años más, y casi podría ser su madre...

Calló un momento, como asustada por esta diferencia de edad entre su amante y ella, pero luego añadió con repentina confianza:

--Él también me quiere, lo reconozco. Soy para él la consejera, la inspiradora; dice que conmigo se siente con nuevas fuerzas para el trabajo; que será un grande hombre, gracias á mí. Pero yo le quiero más, mucho más; hay una desigualdad en nuestro cariño casi tan grande como en nuestras edades.

--¿Y por qué no me ama usted á mí?--dijo el maestro con voz lacrimosa.--Yo la adoro; se trocarían los papeles. Sería yo quien la rodease de una idolatría eterna, y usted se dejaría adorar, se dejaría acariciar como un ídolo, viéndome con la frente junto á sus pies.

Concha rió de nuevo, remedando grotescamente la voz sorda, el ademán apasionado y los ojos vehementes del artista.

--«¿Y por qué no me ama usted?...» ¡Maestro, no sea usted niño! Esas cosas no se preguntan; en el amor no se manda. No le quiero como usted desea, porque no puede ser. Conténtese con ser el primero de mis amigos. Sepa que me permito con usted confianzas que tal vez no tengo con Monteverde. Sí; le digo á usted cosas que nunca le diré á él...

--¡Pero lo otro!--exclamó el pintor con rabia.--Lo que yo necesito; su cuerpo, del que siento hambre; su hermosura; el verdadero amor...

--Maestro, conténgase--dijo ella con afectada pudibundez.--¡Que le conozco! ¡Que va usted á soltar esas indecencias que se le ocurren siempre que desnuda con los ojos á una mujer!... ¡Que me voy por no oirle!...

Luego añadió con una gravedad maternal, como si quisiera corregir al vehemente maestro:

--Yo soy menos loca de lo que creen. Pienso prudentemente en las consecuencias de mis actos... Mariano, mírese usted bien, fíjese en lo que le rodea. Una mujer; una hija que el mejor día se le casa; la perspectiva próxima de ser abuelo. ¡Y aun piensa usted en locuras! Yo no podría acceder á lo que usted me propone, aunque le amase... ¡Qué horror! ¡Engañar á Josefina, mi amiga del colegio! La pobrecita, tan dulce, tan buena... siempre enferma. No, Mariano; nunca. Sólo se pueden arrostrar esos compromisos cuando el hombre es libre. Yo no me sentiría con fuerzas para amarle á usted. Amigos, nada más que amigos...

--Pues no lo seremos--exclamó Renovales con impetuosidad.--Me alejaré para siempre de su casa; no la veré á usted más; haré lo imposible por olvidarla. Es un suplicio insufrible. Viviré más tranquilo no viéndola.

--No se irá usted--dijo Concha dulcemente, con la seguridad de su fuerza.--Se quedará á mi lado como siempre, si es que me quiere, y yo tendré en usted el mejor de los amigos... No sea usted criatura, maestro; verá usted como nuestra amistad es algo dulce que no comprende ahora. Tendré para usted lo que no conocen los demás: intimidad, confianza.

Y al decir esto ponía en el brazo del pintor una de sus manecitas, se apoyaba con cierto abandono, fijando en sus ojos unas pupilas en las que lucía algo enigmático y misterioso.

El sonido de una bocina llegó hasta ellos: un rumor de velocidad rasgaba el aire con sordo voltear de ruedas. Pasó por abajo un automóvil á toda marcha, siguiendo la carretera. Renovales intentó reconocer á los muñequillos que montaban este vehículo, empequeñecido como un juguete por la distancia. Tal vez fuese López de Sosa el que guiaba y su mujer y su hija aquellas dos figurillas, envueltas en velos, que ocupaban los asientos.

La posibilidad de que Josefina pasase por el fondo del paisaje sin verle, sin advertir que él estaba allí, olvidado de todo, enamorado y suplicante, le paralizó, con la emoción del remordimiento.

Permanecieron mucho rato inmóviles, silenciosos, apoyados en la baranda de troncos, mirando al través de la columnata de árboles el sol brillante, de un rojo de cereza, que descendía inflamando el horizonte con resplandores de incendio. Las nubes plomizas, viéndolo próximo á morir, le acometían con traidora voracidad.

Concha contemplaba la puesta del sol con el interés que ofrece un espectáculo visto muy de tarde en tarde.

--Mire usted, maestro, aquella nube enorme. ¡Qué negra! Parece un dragón... No; es un hipopótamo; fíjese en sus patas redondas como torres. ¡Cómo trota! Se va á comer el sol. ¡Que se lo come!... ¡Ya se lo tragó!

Se ensombrecía el paisaje. El sol había desaparecido en el interior de aquel monstruo que llenaba el horizonte. Su lomo ondulado erizábase de plata, y como si no pudiera contener el ardoroso astro, estallaba su vientre, dejando caer una lluvia de pálidos rayos. Después, abrasado por esta digestión, desvanecíase en humo, rasgábase en negras vedijas, y otra vez aparecía el rojo disco, bañando de oro cielos y tierra, poblando de inquietos peces de fuego el agua de los estanques.

Renovales, apoyado en la baranda, con un codo junto á la condesa, aspiraba el perfume de ésta, sintiendo el cálido contacto y las durezas salientes de un lado de su cuerpo.

--Volvamos, maestro--dijo ella con cierta inquietud.--Siento frío... Además, con un acompañante como usted, es imposible permanecer tranquila.

Y apresuraba el paso, adivinando con su experiencia de los hombres el peligro de permanecer en la soledad al lado de Renovales. Presagiaba en su rostro pálido y emocionado una próxima audacia, el avance brutal é impetuoso.

En la plazoleta del Caño Gordo se cruzaron con una pareja que descendía lentamente, muy pegados los dos, no atreviéndose á enlazar sus brazos todavía, pero dispuestos á cogerse del talle apenas desaparecieran en el próximo sendero. El joven llevaba la capa bajo el brazo, con la arrogancia de un galán de comedia antigua; ella, pequeñita y pálida, sin otra belleza que la de la juventud, se arrebujaba en un pobre mantón y caminaba con los ojos cándidos puestos en los de su compañero.

--Algún estudiante con su modista--dijo Renovales al dejarlos á su espalda.--Éstos son más felices que nosotros, Concha: su paseo será más dulce.

--Nos hacemos viejos, maestro--dijo ella con una entonación de falsa tristeza, excluyéndose de la vejez, cargando todo el peso de la edad sobre su acompañante.

Renovales se revolvió con los últimos ardores de su protesta.

--¿Y por qué no he de ser yo tan feliz como ese chico? ¿No tengo derecho á ello?... Concha, usted no sabe quien soy; usted lo olvida, acostumbrada como está á tratarme como un chiquillo. Soy Renovales el pintor, el célebre maestro: me conocen en todo el mundo.

Y hablaba de su gloria con brutal inmodestia, irritado cada vez más por la frialdad de aquella mujer; exhibiendo su renombre como un manto de luz, que debía cegar á las hembras haciéndolas caer á sus pies. ¿Y un hombre como él tenía que verse pospuesto por aquel doctorcillo ridículo?...

La condesa sonreía con expresión de lástima. Sus ojos mostraban también cierta conmiseración. ¡Tonto! ¡Niño! ¡Qué simplezas tenían los hombres de talento!

--Sí; usted es grande, maestro. Por eso me enorgullezco con su amistad. Hasta reconozco que me da cierta importancia... Le quiero; siento por usted admiración.

--Admiración no, Concha: ¡amor!... ¡Ser uno de otro!... Amor completo...

Ella seguía riendo.

--¡Ay, hijo! ¡Amor!...

Sus ojos parecían hablarle irónicamente. No conocía á las mujeres. El amor no distingue de talentos; es un ignorante y por eso se vanagloria de su ceguera. Sólo percibe el aroma de la juventud, de la vida en flor.

--Seremos amigos, Mariano: amigos nada más. Usted se acostumbrará encontrando dulce nuestro afecto... No sea usted _material_; parece imposible que sea usted un artista. Idealismo, maestro; mucho idealismo.

Y siguió hablándole desde lo alto de su conmiseración, hasta que se separaron cerca del sitio donde la esperaba el coche.

--Amigos, Mariano. Nada más que amigos... pero de veras.

Al alejarse Concha, anduvo Renovales en la penumbra del crepúsculo, hasta salir de la Moncloa, gesticulando y cerrando los puños. Viéndose solo volvía á renacer su cólera é insultaba mentalmente á la condesa, libre ya de la supeditación amorosa que sufría en su presencia. ¡Cómo se divertía con él! ¡Cómo reirían sus enemigos al verle sometido y sin voluntad, en manos de aquella mujer que había sido de tantos! El orgullo le hacía insistir en su deseo de conquistarla, fuese como fuese, aun á costa de humillaciones y brutalidades. Era un empeño de honor hacerla suya, aunque sólo fuese por una vez, y luego vengarse repeliéndola, arrojándola á sus plantas, diciendo con gesto de soberano: «Esto hago yo con los que se me resisten.»

Pero luego se dió cuenta de su debilidad. Siempre sería vencido por aquella hembra que le miraba fríamente, que era incapaz de perder su calma y le consideraba como un ser inferior. El desaliento le hizo pensar en su casa, en la enferma, en los deberes que le ligaban á ella, y sintió la amarga voluptuosidad del que se sacrifica, cargando con su cruz.

Estaba decidido. Huiría de aquella mujer. No la vería más.

III

Y no la vió; no la vió en dos días. Pero al tercero llegó á sus manos una cartita azul, de sobre prolongado, saturada de un fuerte perfume que tenia la virtud de estremecerle.

La condesa se quejaba de su ausencia con cariñosos lamentos. Necesitaba verle, tenía que decirle muchas cosas. Una verdadera carta de amor, que el artista se apresuró á ocultar, temiendo que su lectura hiciera suponer lo que no era cierto aún.

Renovales se mostró indignado.

--Iré á verla--se dijo, paseando por el estudio;--pero será para decirla cuatro frescas, para acabar de una vez. Si cree que va á jugar conmigo, se equivoca; no sabe que yo, cuando quiero, soy de piedra.

¡Pobre maestro! Mientras en un extremo de su pensamiento formulaba sus fieros propósitos de hombre de piedra, en el otro, una voz dulce cantaba con el arrullo de la ilusión:

--Ve pronto; aprovecha el tiempo. Tal vez se ha arrepentido. Te espera: va á ser tuya.

Y el artista corrió ansioso á casa de la condesa. Nada. Se quejó de su ausencia con una tristeza mimosa. ¡Ella que le quería tanto!... Necesitaba verle; no podía permanecer tranquila creyendo que le guardaba enojo por lo de la otra tarde. Y pasaron cerca de dos horas en el gabinete que la servia de despacho, hasta que al caer la tarde comenzaron á llegar los graves amigos de la condesa, su tertulia de mudos adoradores, presentándose el último Monteverde, con la calma del que no teme peligro alguno.

El pintor salió de aquella casa sin otra novedad que dos besos en una mano de la condesa. La caricia protocolaria, y nada más. Cada vez que intentaba ir más allá, remontándose á lo largo del brazo, la hermosa señora le contenía con un gesto imperioso.

--¡Que me enfado, maestro, y no le recibo más á solas!... ¡Que falta usted á lo convenido!

Renovales protestaba. Nada habían convenido, pero Concha lograba calmarle instantáneamente preguntando por Milita, haciendo elogios de su hermosura, pidiendo noticias de la pobre Josefina, tan buena, tan simpática, interesándose por su salud y anunciando una próxima visita. Y el maestro quedaba cohibido, atormentado por el remordimiento, no atreviéndose á nuevos avances, hasta que se desvanecía la penosa impresión.

Volvió Renovales á casa de la condesa, como siempre. Sentía la necesidad de verla; se había acostumbrado á los vehementes elogios que aquella boca hacía de sus méritos de artista.

Algunas veces despertaba su carácter impetuoso de otros tiempos, y sentía el deseo de desprenderse de esta cadena vergonzosa. Aquella mujer le tenía como embrujado: llamábale para nada; parecía gozarse con hacerle sufrir; le necesitaba como un juguete. Con un cinismo tranquilo hablaba de Monteverde y de sus amores, lo mismo que si el doctor fuese su esposo. Necesitaba confiar á alguien los incidentes de su vida oculta, con esa franqueza imperiosa que arrastra los delincuentes á la confesión. Poco á poco iniciaba al maestro en sus secretos pasionales, relatando sin rubor los incidentes más íntimos de aquellos encuentros, que muchas veces eran en la propia casa. Abusaban de la ceguera del conde, el cual parecía como atontado por su fracaso del Toisón: gozaban un deleite malsano con la zozobra de ser sorprendidos.

--Á usted se lo digo todo, Mariano. No sé lo que me ocurre con usted. Le quiero como á un hermano. Un hermano, no... más bien, una amiga; una amiga de confianza.

Al verse solo Renovales abominaba de la franqueza de Concha. Era lo que la gente creía; muy simpática, muy bonita, pero sin ningún escrúpulo moral. En cuanto á él, insultábase en el bizarro lenguaje de sus tiempos de bohemio, comparándose con todos los animales cornudos que podía recordar.

--No vuelvo más. Es una vergüenza. ¡Bonito papel estás haciendo, maestro!

Pero apenas se mantenía ausente dos días, presentábase Mary, la doncella francesa de la de Alberca, con la cartita perfumada, ó llegaba ésta por el correo interior, destacándose subversiva, escandalosa, entre los otros sobres de la correspondencia del maestro.

--¡Esa mujer!--exclamaba Renovales apresurándose á ocultar el llamativo billete.--¡Qué falta de prudencia!... El mejor día va á fijarse Josefina en estas cartitas.

Cotoner, en su ciega admiración al ídolo que consideraba irresistible, imaginábase á la de Alberca loca de amor tras el maestro, y movía la cabeza tristemente.

--Esto acabará mal, Mariano. Debes romper con esa señora. ¡La paz del hogar! Te esperan muchos disgustos.

Las cartas siempre eran iguales. Interminables lamentaciones por sus cortas ausencias. «_Cher maître_, no he podido dormir esta noche pensando en usted...» y acababa firmando «su admiradora y buena amiga _Coquillerosse_», un nombre de guerra que había adoptado para su correspondencia con el artista.

Le escribía desordenadamente, á horas extrañas, siguiendo los impulsos de su imaginación y sus nervios en perpetua anormalidad. Unas veces fechaba sus cartas á las tres de la madrugada: no podía dormir, saltaba del lecho, y para entretener su insomnio llenaba cuatro pliegos de su menuda letra, dirigidos al buen amigo, con una facilidad de pluma desesperante, hablándole del conde, de lo que decían sus amigas, comunicándole las últimas murmuraciones que circulaban contra los de «la casa grande», lamentándose de las frialdades de su doctor. En otras ocasiones eran cuatro lineas lacónicas, desesperadas; un llamamiento angustioso. «Venga usted en seguida, querido Mariano. Un asunto urgentísimo.»

Y el maestro, abandonando sus trabajos, corría á primera hora á casa de la condesa, recibiéndole ésta en la cama, en su dormitorio cargado de perfumes, donde no había entrado en muchos años el hombre de las condecoraciones.

Llegaba ansioso el pintor, inquieto por la posibilidad de terribles acontecimientos, y Concha, agitándose entre las bordadas sábanas, recogiéndose los dorados mechones que se escapaban de las blondas de su gorra, hablaba y hablaba con la incoherencia de un canto de pájaro, como si el silencio nocturno produjese en ella una indigestión de palabras. Se le habían ocurrido grandes ideas: había pensado durante el sueño una teoría científica completamente original, que haría las delicias de Monteverde. Y gravemente se la explicaba al maestro, el cual movía su cabeza sin entender una palabra, pensando que era un dolor ver una boca tan hermosa empleada en soltar tantas necedades.

Otras veces le hablaba del discurso que estaba preparando para cierto festival de la Asociación Feminista, la obra magna de su presidencia: y sacando de entre las sábanas sus brazos ebúrneos, con una tranquilidad que trastornaba á Renovales, cogía de la vecina mesa unos pliegos garrapateados con lápiz, pidiendo al buen amigo que le dijese quién era el pintor más grande del mundo, pues había dejado un claro para llenarlo con este nombre.

Después de una hora de charla incesante, mientras el artista la devoraba en silencio con los ojos, llegaba por fin al asunto urgente, al llamamiento desesperado que había hecho abandonar sus trabajos al maestro. Eran siempre motivos de vida ó muerte; compromisos, en los que iba su honor. Unas veces que pintase cualquier cosita en el abanico de una señora extranjera deseosa de llevarse de España algo del gran maestro. Se lo había pedido la interesada en una _soirée_ diplomática la noche antes, por conocer su amistad con Renovales. En otras ocasiones le llamaba para pedirle una _manchita_, un apunte, cualquier cosa de las que rodaban por los rincones de su estudio, para una tómbola benéfica de la Asociación á beneficio de las pobres que habían perdido su virtud, y á las cuales la condesa y sus amigas mostraban empeño en redimir.

--No ponga usted esa cara, maestro; no sea usted tacaño. Son los inconvenientes de la amistad. Todos creen que yo tengo gran poder sobre el ilustre artista, y me piden, y me ponen en cien compromisos... No le conocen; no saben lo perverso, lo rebelde que es usted, ¡mala persona!

Y se dejaba besar la mano sonriendo con cierta lástima. Pero al sentir el cálido contacto de su boca y el cosquilleo de su barba en la blanca carnosidad del brazo, se agitaba, defendiéndose entre risas y estremecimientos.