Part 1
Nota del transcriptor: La ortografía del original fue conservada.
LA MAJA DESNUDA
OBRAS DE V. BLASCO IBÁÑEZ
=En el país del arte= (Tres meses en Italia).
=Cuentos valencianos.=
=La Condenada= (cuentos).
=Arroz y tartana= (novela).
=Flor de Mayo= (novela).
=La Barraca= (novela).
=Entre naranjos= (novela).
=Sónnica la cortesana= (novela).
=Cañas y barro= (novela).
=La Catedral= (novela).
=El Intruso= (novela).
=La Bodega= (novela).
=La Horda= (novela).
=La voluntad de vivir= (novela).
EN PREPARACIÓN: =Sangre y arena= (novela).
OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR
TERRES MAUDITES (Traducción de G. Hérelle), París.
FLEUR DE MAI (Traducción de G. Hérelle), París.
BOUE ET ROSEAUX (Traducción de Maurice Bixio), París.
CONTES ESPAGNOLS (Traducción de M. Menetrier), París.
DANS L'OMBRE DE LA CATHÉDRALE (Traducción de G. Hérelle), París.
TERRAS MALDITAS (Traducción de Napoleâo Toscano), Lisboa.
DIE KATHEDRALE (Traducción de Josy Priems), Zurich.
FLOR DE MAYO (Traducción de Josy Priems), Zurich.
ERDFLUCH (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.
A CATHEDRAL (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa.
SCHILFUND SCHLAMM (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.
DIE NACKTE MAJA (Traducción de Walter Hochherz), Berlín.
WAAR ORANJEROOMEN BLOEIEN (Traducción del Dr. A. A. Fokker), Amsterdam.
DE VLOEK (Traducción del doctor A. A. Fokker), Haarlem.
CHALUPA (Traducción de G. Pikart), Praga.
AH, IL PANE!... (Traducción de Emilio Suardi), Milán.
HVAD EN MAND HAR AT GOVE (Traducción de Johanne Allen), La Haya.
Otras traducciones pendientes de publicación en Inglaterra y Rusia.
VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
LA MAJA DESNUDA
--NOVELA--
16.000
F. SEMPERE Y COMPAÑÍA, EDITORES
Calle del Palomar, 10 Olmo, 4 (Sucursal) VALENCIA MADRID
Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.ª--VALENCIA
LA MAJA DESNUDA
PRIMERA PARTE
I
Eran las once de la mañana cuando Mariano Renovales llegó al Museo del Prado. Algunos años iban transcurridos sin que el famoso pintor entrase en él. No le atraían los muertos: muy interesantes, muy dignos de respeto, bajo la gloriosa mortaja de los siglos, pero el arte marchaba por nuevos caminos y no era alli donde él podía estudiar, á la falsa luz de las claraboyas, viendo la realidad á través de otros temperamentos. Un pedazo de mar, una ladera de monte, un grupo de gente desarrapada, una cabeza _expresiva_, le atraían más que aquel palacio de amplias escalinatas, blancas columnas y estatuas de bronce y alabastro, solemne panteón del arte, donde titubeaban los neófitos, en la más estéril de las confusiones, sin saber qué camino seguir.
El maestro Renovales detúvose unos instantes al pie de la escalinata. Contemplaba con cierta emoción--como se contempla después de larga ausencia los lugares de la juventud--la hondonada que da acceso al palacio, con sus declives de césped fresco, adornados á trechos por débiles arbolillos. En lo alto de estos desmontes, la antigua iglesia de los Jerónimos, de gótica mampostería, marcaba sobre el espacio azul sus torres gemelas y sus arcadas ruinosas. El invernal ramaje del Retiro servia de fondo á la blanca masa del Casón. Renovales pensó en los frescos de Giordano que adornaban sus techos interiores. Después se fijó en un edificio de muros rojos y portada de piedra que cerraba el espacio pretenciosamente, en primer término, al borde de la pendiente verdosa. ¡Puá! ¡La Academia! Y el gesto despreciativo del artista encerró en una misma repugnancia la Academia de la Lengua y las demás Academias; la pintura, la literatura, todas las manifestaciones del pensamiento, amojamadas y agarrotadas, con una inmortalidad de momia, en los vendajes de la tradición, las reglas y el respeto á los precedentes.
Una ráfaga de viento helado agitó las haldas de su gabán, sus barbas luengas y algo canosas y el ancho fieltro, bajo cuyos bordes asomaban los mechones de una melena, escandalosa en su juventud, que había ido disminuyéndose con prudentes recortes, conforme ascendía el maestro, adquiriendo fama y dinero.
Renovales sintió frío en la hondonada húmeda. Era un día claro y glacial de los que tanto abundan en el invierno de Madrid. Lucía el sol; el cielo estaba azul; pero de la sierra, cubierta de nieve, llegaba un viento helado que endurecía la tierra, dándola una fragilidad de cristal. En los rincones, adonde no llegaba el fuego solar, brillaba todavía la escarcha del amanecer como una capa de 'azúcar.' En las alfombras de musgo, los gorriones, enflaquecidos por las privaciones invernales, iban y venían con un trotecito infantil, agitando su mustio plumaje.
La escalinata del Museo recordaba al maestro su adolescencia. Aquellos peldaños los había subido muchas veces á los diez y seis años, con el estómago desfallecido por la ruin comida de la casa de huéspedes. ¡Cuántas mañanas pasadas en aquel caserón, copiando á Velázquez! Estos lugares traían á su memoria las esperanzas muertas, un cúmulo de ilusiones que ahora le hacían sonreir: recuerdos de hambre y de humillantes regateos al ganar su primer dinero con la venta de copias. Su faz adusta de gigante, su entrecejo que intimidaba á discípulos y admiradores, se aclararon con una sonrisa alegre. Recordaba sus entradas en el Museo con paso tardo, su miedo á separarse del caballete para que no reparasen en las suelas despegadas de sus botas, que se doblaban, dejando al descubierto los pies.
Pasó el vestíbulo y abrió la primera cancela de cristales. Cesaron instantáneamente los ruidos del mundo exterior: el rodar de los carruajes por el Prado, el campaneo de los tranvías, el sordo arrastre de las carretas, la chillería de los grupos infantiles que correteaban por los desmontes. Abrió la segunda cancela, y su cara, entumecida por el frió, sintió la caricia de una atmósfera tibia, cargada del inexplicable zumbido del silencio. Los pasos de los visitantes adquirían esa sonoridad de los grandes edificios inhabitados. El golpe de la cancela al cerrarse, retumbaba como un cañonazo, pasando de sala en sala al través de los recios cortinajes. Las bocas de calefacción humeaban su invisible hálito tamizado por las rejillas. Las gentes, al entrar, hablaban en tono bajo instintivamente, cual si estuvieran en una catedral: ponían un gesto compungido de recogimiento, como si les intimidasen los miles de lienzos alineados en las paredes, los bustos enormes que adornaban el círculo de la rotonda y el promedio del salón central.
Al ver á Renovales los dos porteros de largo levitón, hicieron un movimiento para ponerse de pie. No sabían quién era; pero ciertamente era _alguien_. Aquella cara la habían visto muchas veces, tal vez en los papeles públicos, tal vez en las cajas de cerillas; se asociaba en su mente á las glorias de la popularidad, á los altos honores reservados á los personajes. De pronto le reconocieron. ¡Hacía tantos años que no le veían por allí! Y los dos empleados, con la gorra de galón de oro en la mano y una sonrisa obsequiosa, avanzaron hacia el gran artista. «Buenos días, don Mariano.» ¿Deseaba algo de ellos el señor de Renovales? ¿Quería que llamasen al señor director?... Era una obsequiosidad pegajosa, un azoramiento de cortesanos que ven entrar de pronto en su palacio á un soberano extranjero, reconociéndolo al través de su incógnito.
Renovales se libró de ellos con gesto brusco y paseó una rápida mirada por los lienzos grandes y decorativos de la rotonda, que recordaban las guerras del siglo XVII; generales de erizados bigotes y chambergo plumeado dirigiendo la batalla con un bastón corto, como si dirigiesen una orquesta; tropas de arcabuceros desapareciendo cuesta abajo con banderas al frente de aspas rojas ó azules; bosques de picas surgiendo del humo; verdes praderas de Flandes en el fondo; combates sonoros é infructuosos que fueron como las últimas boqueadas de una España de influencia europea. Levantó un pesado cortinaje y entró en el enorme salón central, viendo, á la luz mate y discreta de las claraboyas, las personas que estaban en último término como diminutas figurillas.
El artista siguió adelante en línea recta. Apenas se fijaba en los cuadros, antiguos conocidos que nada nuevo podían decirle. Sus ojos buscaban á las personas, sin encontrar tampoco en ellas mayor novedad. Parecía que formaban parte de la casa y no se habían movido de allí en muchos años: padres bondadosos con un grupo de niños ante las rodillas explicándoles el _argumento_ de los cuadros; una profesora con varias alumnas modositas y silenciosas que, obedeciendo á una orden superior, pasaban sin detenerse ante los santos ligeros de ropa; un señor que acompañaba á dos curas y hablaba á gritos para demostrar que era inteligente y se hallaba allí como en su casa; varias extranjeras con el velo recogido sobre el sombrero de paja y el gabancito al brazo, consultando el catálogo, todas con cierto aire de familia, con idénticos gestos de admiración y curiosidad, hasta el punto de hacer pensar á Renovales si serían las mismas que había visto antes, la última vez que estuvo en el Museo.
Al pasar, saludaba mentalmente á los grandes maestros. Á un lado, las figuras santas del Greco, de un espiritualismo verdoso ó azulado, esbeltas y ondulantes; más allá las cabezas rugosas y negruzcas de Ribera, con gestos feroces de tortura y dolor: portentosos artistas que admiraba Renovales, proponiéndose no imitarlos en nada. Después, entre la barandilla que guarda los cuadros y la fila de vitrinas, bustos y mesas de mármol sostenidas por leones dorados, tropezó con los caballetes de varios copistas. Eran muchachos de la Escuela de Bellas Artes ó señoritas de pobre aspecto, con tacones gastados y sombreros de reblandecido contorno, que copiaban cuadros de Murillo. Iban marcándose sobre el lienzo el azul del manto virginal ó las carnes con mantecosos bullones de los niños rizados que juguetean con el Divino Cordero. Eran encargos de personas piadosas; _género_ de fácil salida para conventos y oratorios. El humo de los ciríos, la pátina de los años, la discreta penumbra de la devoción, apagarían los colores, y algún día los ojos llorosos por la súplica, verían moverse con vida misteriosa las celestiales figuras sobre su fondo negruzco, implorando de ellas prodigios sobrenaturales.
El maestro se dirigió á la sala de Velázquez. Allí trabajaba su amigo Tekli. Su visita al Museo no tenía otro objeto que ver la copia que el pintor húngaro estaba haciendo del cuadro de las _Meninas_.
El día anterior, al anunciarle en su lujoso estudio la visita de este extranjero, quedó por largo rato indeciso, contemplando el nombre impreso en la tarjeta. ¡Tekli!... Y de pronto recordó á un amigo de veinte años antes, cuando él vivía en Roma; un húngaro bonachón que le admiraba sinceramente y suplía su falta de genio con una tenacidad taciturna para el trabajo, semejante á la de la bestia de labor.
Renovales vió con gusto sus ojillos azules, hundidos bajo unas cejas ralas y sedosas; su mandíbula saliente en forma de pala, que le daba gran semejanza con los monarcas austriacos; su alto cuerpo, encorvado á impulsos de la emoción, extendiendo unos brazos huesosos, largos como tentáculos, al mismo tiempo que le saludaba en italiano.
--_¡Oh, maestro! ¡Caro maestro!_
Se había refugiado en el profesorado, como todos los pintores faltos de fuerzas para seguir cuesta arriba, que se tienden en el surco. Renovales vió al artista oficial en su traje obscuro y correcto, sin una mota; en la mirada digna que fijaba de vez en cuando en sus botas brillantes, que parecian reflejar todo el estudio. Hasta lucía en una solapa el botón multicolor de una condecoración misteriosa. El fieltro que tenía en la mano, de una blancura de merengue, era lo único que desentonaba en este aspecto de funcionario público. Renovales le cogió las manos con sincero entusiasmo. ¡El famoso Tekli! ¡Cuánto se alegraba de verle! ¡Qué tiempos los de Roma!... Y con una sonrisa de bondadosa superioridad escuchaba el relato de sus triunfos. Era profesor de Buda-Pest; hacía ahorros todos los años para ir á estudiar á algún museo célebre de Europa. Por fin, había podido venir á España, cumpliendo sus deseos de muchos años.
--_¡Oh, Velasqués! ¡Quel maestrone, caro Mariano!..._
Y echando atrás la cabeza, ponía los ojos en blanco, agitaba con expresión voluptuosa su mandíbula saliente cubierta de pelos rubios, como si estuviera paladeando un vaso del dulce Tokay de su país.
Hacía un mes que estaba en Madrid trabajando todas las mañanas en el Museo. Casi tenía terminada su copia de las _Meninas_. No habla ido antes á ver á su _caro Mariano_ porque deseaba enseñarle este trabajo. ¿Vendría á verle una mañana en el Prado? ¿Le daría esta prueba de amistad?... Renovales intentó resistirse. ¿Qué le importaba á él una copia? Pero había tal expresión de humilde súplica en los ojillos del húngaro, le envolvía en tantos elogios por sus grandes triunfos, detallando el gran éxito que había alcanzado su cuadro _¡Hombre al agua!_ en la última Exposición de Buda-Pest, que el maestro prometió ir al Museo.
Y á los pocos días, una mañana en que excusó su asistencia un señor al que estaba pintando el retrato, Renovales se acordó de la promesa á Tekli y fué al Museo del Prado, sintiendo al entrar la misma impresión de empequeñecimiento y nostalgia que sufre un personaje al volver á la Universidad donde pasó su juventud.
Al verse en la sala de Velázquez, sintióse asaltado por un respeto religioso. Allí estaba un pintor: el pintor por antonomasia. Todas sus teorías irreverentes de odio á los muertos se quedaron más allá de la puerta. El encanto de estos lienzos, que no había visto en algunos años, surgía de nuevo, fresco, poderoso, irresistible; le avasallaba despertando sus remordimientos. Permaneció largo rato inmóvil, pasando sus ojos de un lado á otro, queriendo abarcar de golpe toda la obra del inmortal, mientras en torno de él comenzaba á sonar un zumbido de curiosidad.
--¡Renovales!... ¡Está aquí Renovales!
La noticia había partido de la puerta, extendiéndose por todo el Museo, llegando á la sala de Velázquez, detrás de sus pasos. Los grupos de curiosos dejaban de contemplar los cuadros para mirar á aquel hombretón ensimismado, que no parecía darse cuenta de la curiosidad que le rodeaba. Las señoras, yendo de un lienzo á otro, seguían con el rabillo del ojo al artista célebre, cuyo retrato habían visto tantas veces. Le encontraban más feo, más _ordinario_ que en los grabados de los periódicos. Parecía imposible que aquel mozo de cordel tuviese talento y pintase tan bien á las mujeres. Algunos jovencillos aproximábanse para mirarle de cerca, fingiendo contemplar los mismos cuadros que el maestro. Le detallaban con la vista, fijándose en sus particularidades exteriores, con ese deseo de imitaciôn entusiasta de los aprendices. Uno se proponía copiar su lazo de corbata y sus greñas alborotadas, con la quimérica esperanza de que esto les diese nueva inteligencia para la pintura. Otros se plañían mentalmente de ser imberbes, por no poder ostentar las barbas canas y ensortijadas del famoso maestro.
Éste, con su sensibilidad para percibir el elogio, no tardó en darse cuenta del ambiente de curiosidad que le rodeaba. Los jóvenes copistas parecían pegarse más á sus caballetes, frunciendo los ojos, dilatando la nariz, moviendo el pincel con lentitud y titubeos, sabiendo que él estaba á sus espaldas, estremeciéndose á cada paso que sonaba sobre el entarimado, con el temor y el deseo de que se dignase pasar su mirada por encima de sus hombros. Adivinaba con cierto orgullo lo que murmuraban todas las bocas al cuchichear, lo que se decían los ojos, al fijarse distraídos en los lienzos, para después mirarle á él.
--Es Renovales... El pintor Renovales.
El maestro miró un buen rato al más antiguo de los copistas: un viejo decrépito y casi ciego, con anteojos gruesos y cóncavos, que le daban el aspecto de un monstruo marino, y temblándole las manos con estremecimiento senil. Renovales le conocía. Veinticinco años antes, cuando él estudiaba en el Museo, le había visto en el mismo sitio, copiando siempre _Los borrachos_. Aunque cegase por completo, aunque el cuadro se perdiese, podría él rehacerlo á tientas. En aquellos tiempos se habían hablado muchas veces, pero ni remotamente podía imaginarse el pobre hombre que aquel Renovales, del que tanto se decía, era el mismo muchachuelo que en más de una ocasión le había pedido prestado un pincel, y cuyo recuerdo apenas si se conservaba en su pensamiento, momificado por la eterna imitación. Renovales pensó en la bondad del rollizo Baco y la turba de rufianes de su corte, personajes que durante medio siglo estaban alimentando la casa del copista, y creyó ver á la vieja compañera, á los hijos casados, los nietos, toda una familia sostenida por la mano trémula del anciano.
Alguien deslizó en su oído la noticia que agitaba el Museo, y el copista, levantando los hombros con cierto desprecio, separó la moribunda vista de su trabajo.
¡Conque estaba allí Renovales, el famoso Renovales! ¡Iba por fin á conocer al prodigio!...
El maestro vió fijos en él sus ojos grotescos de pescado monstruoso, con un fulgor irónico tras los gruesos cristales. ¡Farsantuelo! Ya había oído él hablar de aquel estudio con honores de palacio que tenía detrás del Retiro. Lo que á Renovales le sobraba lo había quitado á muchos como él que, faltos de protección, se habían quedado en el camino. Se hacía pagar por un lienzo miles de duros, y Velázquez trabajaba por tres pesetas al día, y Goya pintaba sus retratos por un par de onzas. Todo mentira; _modernismos_, audacias de una juventud falta de escrúpulos, ignorancia de los bobos que creen á los periódicos. Lo único bueno estaba allí. Y levantando otra vez los hombros con desprecio, se apagó en su mirada la irónica protesta y volvió á su milésima copia de _Los borrachos_.
Renovales, viendo amortiguarse la curiosidad en torno de él, entró en la pequeña sala que guarda el cuadro de las _Meninas_. Allí estaba Tekli, junto al lienzo famoso, que ocupa todo el fondo de la habitación, sentado ante su caballete, con el sombrerito blanco echado atrás para dejar en libertad los latidos de su frente, contraída por el tenaz empeño de la exactitud.
Al ver á Renovales se levantó con apresuramiento, dejando su paleta sobre el pedazo de hule que defendía el entarimado de las manchas de pintura. ¡Amable maestro! ¡Cómo agradecía esta visita! Y le mostraba su copia, de una minuciosa exactitud, sin el prodigioso ambiente, sin la milagrosa realidad del original. Renovales asentía con la cabeza; admiraba la paciente labor de aquel buey manso del arte, que abría sus surcos siempre iguales, con una rigidez geométrica, sin el más leve descuido, sin el menor intento de originalidad.
--_¿Ti piace?_--preguntaba ansioso, mirándole á los ojos para adivinar su pensamiento.--_¿E vero?_ _¿E vero?_--repetía con la incertidumbre del niño que presiente un engaño.
Y súbitamente tranquilizado por las muestras de aprobación de Renovales, cada vez más extremadas para disfrazar su indiferencia, el húngaro le cogió ambas manos, llevándoselas al pecho.
--_Sono contento, maestro... Sono contento._
No quería soltar á Renovales. Ya que había tenido la magnanimidad de venir á conocer su obra, no podía dejarle marchar. Almorzarían juntos en el hotel donde él vivía. Destaparían un frasco de _Chiantti_ para recordar su vida de Roma; hablarían de la alegre bohemia de la juventud, de aquellos compañeros de diversas nacionalidades que se reunían en el café del _Greco_; unos muertos ya, los demás esparcidos por Europa y América; los menos llegados á la celebridad, la mayoría vegetando en las escuelas de su país, soñando con un cuadro definitivo y triunfador, antes del cual llegaría la muerte.
Renovales sintióse vencido por la insistencia del húngaro, el cual le cogía las manos con expresión dramática, como si fuese á morir por su negativa. ¡Vaya por el _Chiantti!_ Almorzarían juntos, y mientras Tekli daba unos retoques á su obra, él le aguardaría paseando por el Museo, renovando sus recuerdos.
Al volver á la sala de Velázquez había disminuído la concurrencia, quedando solos los copistas, inclinados ante sus lienzos. El pintor sintió de nuevo la influencia del gran maestro. Admiró su prodigioso arte, sintiendo al mismo tiempo la intensa tristeza histórica que parecía emanar de toda su obra. ¡Infeliz don Diego! Había nacido en el período más melancólico de nuestra historia. Su sano realismo era para haber inmortalizado la forma humana en toda su bella desnudez, y el destino le deparó un período en el que las mujeres parecían tortugas asomando el busto entre la doble concha de su hueca faldamenta, y los hombres tenían una rigidez sacerdotal, irguiendo las morenas y mal lavadas cabezas sobre tétricas ropillas. Había pintado lo que había visto: el miedo y la hipocresía reflejábanse en los ojos de aquel mundo. La alegría forzada de una nación moribunda, que necesitaba para distraerse de lo monstruoso y disparatado, revelábase en los bufones, los locos y los contrahechos, inmortalizados por el pincel de don Diego. El humor hipocondríaco de una monarquía enferma de cuerpo y con el alma agarrotada por el terror del infierno, vivía en todas aquellas obras maestras, que inspiraban admiración y tristeza al mismo tiempo. ¡Lástima de tesoros artísticos derrochados en inmortalizar un período que, sin Velázquez, hubiera caído en el olvido más profundo!
Renovales pensaba también en el hombre, comparando con cierto remordimiento la vida de aquel gran pintor con la existencia principesca de los maestros modernos. ¡Oh, la munificencia de los reyes, su protección á los artistas, de la que hablaban algunos con entusiasmo volviendo la vista atrás!... Pensaba en el cachazudo don Diego y su sueldo de tres pesetas como pintor del rey, que sólo cobraba muy de tarde en tarde; en su nombre glorioso, figurando entre los de bufones y barberos en la lista del personal cortesano; en su calidad de doméstico regio, que le obligaba á aceptar el cargo de perito de materiales de albañilería para mejorar un tanto su situación; en las bajezas y humillaciones de sus últimos años para alcanzar la cruz de Santiago, negando como un delito ante el tribunal de las Ordenes que cobrase dinero por sus cuadros, afirmando con orgullo servil su calidad de criado del rey, como si ese título fuese superior á la gloria del artista... ¡Dichosos tiempos del presente; bendita revolución de la vida moderna, que dignifica al artista colocándolo bajo la protección del público, soberano impersonal que deja en libertad al creador de belleza y acaba por seguirle en sus nuevos caminos!...