La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa)

Part 9

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Entre el marco que dos higueras retorcidas, cargadas de fruto, formaban á la puerta de la era, desembocó entonces una yunta de amarillos y lucios bueyes, tirando de un carro atestado de gavillas de centeno. Reparó Gabriel con sorpresa la forma primitiva del carro, que mejor que instrumento de labranza parecía máquina de guerra: la llanta angosta, la rueda sin rayos, claveteada de clavos gruesos, el borde hecho con empalizada de agudas estacas, donde para sujetar la carga, descansa un tosco enrejado de mimbres, de quitaipón. Pero al alzar la vista de las ruedas, fijó su atención un objeto más curioso: un grupo que se destacaba en la cúspide del carro, un mancebo y una mocita, tendidos más que sentados en los haces de mies y hundido el cuerpo en su blando colchón; una mocita y un mancebo risueños, morenos, vertiendo vida y salud, con los semblantes coloreados por el purpúreo reflejo del Oeste donde se acumulaban esas franjas de arrebol que anuncian un día muy caluroso. Y venía tan íntima y arrimada la pareja, que más que carro de mies, parecía aquello el nido amoroso que la naturaleza brinda liberalmente, sea á la fiera entre la espinosa maleza del bosque, sea al ave en la copa del arbusto. Gabriel sintió de nuevo una extraña impresión; algo raro é inexplicable que le apretó la garganta y le nubló la vista.

XIII

Primero se bajó de un salto Perucho, y tendiendo los brazos, recibió á Manuela, á quien sostuvo por la cintura. Cayó la chica con las sayas en espiral, dejando ver hasta el tobillo su pie mal calzado con zapato grueso y media blanca. Al punto mismo de saltar vió al desconocido, y se detuvo como indecisa. Perucho también pegó un respingo de animal montés que encuentra impensadamente al cazador. Gabriel clavó en su rostro la mirada, impulsado por ansia secreta é indefinible de saber si merecía su fama de belleza física el que él llamaba entre sí, con asomos de humorismo, el bastardo de Moscoso.

Para el escultor y el anatómico, belleza era, y de las más perfectas y cumplidas, aquel cuerpo bien proporcionado y mórbido, en que ya, á pesar de la juventud, se diseñaban líneas viriles, bien señaladas paletillas, vigorosos hombros, corvas donde se advertía la firmeza de los tendones; y rasgo también de belleza clásica y pura, la poderosa nuca redondeada, formando casi línea recta con la cabeza y cubierta de un vello rojizo; el trazo de la frente que continuaba sin entrada alguna; la vara de la correcta nariz; los labios arqueados, carnosos y frescos como dos mitades de guinda; las mejillas ovales, sonrosadas, imberbes; la nariz y barba que ostentaban en el centro esa suave pero marcada meseta ó planicie que se nota en los bustos griegos, y que los artistas modernos no encuentran ya en sus modelos vulgares, y por último el monte de bucles, digno de una testa marmórea, de los cuales dos ó tres se emancipaban hasta flotar sobre las cejas y estorbar á los ojos.

Para Gabriel, más pensador é idealista que artista y pagano, y además hombre moderno en toda la extensión de la palabra, aficionado á la expresión, prendado sobre todo, en el sexo varonil, de las cabezas reflexivas, de las frentes anchas en que empieza á escasear el cabello, de las fisonomías que son una chispa, una llama, una idea hecha carne, que habla por los ojos y se imprime en cada facción y se acentúa enérgicamente en la ahorquillada ó puntiaguda barba, de los cuerpos en que la disposición atlética y la hermosura de los miembros se disimula hábilmente bajo la forma de la vestidura usual entre gente bien educada; para Gabriel, decimos, fuese por todas estas razones ó por alguna otra que ni él mismo entendía, no solamente resultó incomprensible la lindeza de Perucho, sino que á pesar de su predisposición á la simpatía, sobre todo hacia la gente de posición inferior á la suya, le pareció hasta antipática é irritante aquella cabeza de joven deidad olímpica, aquella frescura campesina y tosca, aquella cara tallada en alabastro, pero encendida por una sangre moza y ardiente, savia vital grosera y propia de un labriego (así pensaba Gabriel); y sobre todo aquellos modales aldeanos, aquel vestir lugareño, aquella extracción evidentemente rústica, revelada hasta en el modo de andar y en el olor á campo que le había comunicado la mies.

En cambio--¡oh transacciones de la estética!--Gabriel se indignó de que alguien hubiese dudado de la hermosura de Manolita. ¡Manolita! Manolita sí que era guapa. Así como á Perucho se le estaba despegando la americana y el pantalón, y su musculatura pedía á voces el calzón de estopa de los gañanes que erigían la meda, á Manolita (seguía pensando Gabriel) no le cuadraba bien el pobre vestidillo de lana, y su fino talle y su airosa cabecita menuda reclamaban un traje de _cachemir_ de corte elegante y sencillo, un sombrero _Rubens_ con plumas negras--que lo llevaría divinamente.--¿Parecido con su madre? Sí; mirándola bien, se parecía, se parecía mucho á la inolvidable _mamita_; los mismos ojazos negros, las mismas trenzas, la frente bombeada, el rostro larguito... pero animado, trigueño, con una vida exuberante que la pobre _mamita_ no gozó nunca. Y además, serena é intrépida y despegada y arisca. Al decirle su padre:--Este señor es tu tío Gabriel Pardo, el hermano de tu mamá,--la montañesa apuntó á boca de jarro las pupilas, y murmuró con desdeñosa gravedad:

--Tenga usted buenas tardes.

Sin más conversación, volvió la espalda, deslizándose tras de la meda. Gabriel se quedó algo sorprendido de semejante conducta por parte de su sobrina. Entre los números del programa trazado por su imaginación, se contaba el del recibimiento. Con el candor idílico que guardan en el fondo del alma los muy ensoñadores, durante el camino se había imaginado una escena digna del buril de un grabador inglés: una doncella candorosa aunque algo brava y asustadiza, que se ruborizase al verle, que le hiciese muy confusa y bajando los ojos varios saludos y reverencias, que luego consultase con tímida mirada á su padre, y autorizada por una seña de éste, saliese precipitadamente, volviendo á poco rato con una bandeja de frutas y refrescos que brindar al forastero... ¡Sí, buenos refrescos te dé Dios! Maldito el caso que le hacía Manolita; y su padre, en vez de mostrar que extrañaba semejante comportamiento, ni lo notaba y seguía conversando con Gabriel, informándose asiduamente de ¿cómo había encontrado los asuntos de su padre, al hacerse cargo de ellos? ¿Cómo andaba el partido H y los foros X? El artillero contestaba; pero de soslayo observaba atentamente lo que acontecía en la era. A su sobrina no la veía entonces; sí á Perucho, que en mangas de camisa, habiendo echado la americana sobre el yugo de los bueyes, ayudaba á descargar el carro, mostrando deleitarse en la actividad muscular, que esparcía su sangre y la enviaba en olas á enrojecer su pescuezo y su frente blanca y lisa. Así que la carga del carro estuvo por tierra, llegóse á la meda empezada, en cuya cima vió Gabriel alzarse, como estatua en su pedestal, á Manolita. Cruzáronse entre los dos muchachos frases, risas y una especie de gracioso reto; y empuñando Perucho con resolución una horquilla de palo, dió principio al juego de levantar con ella un haz y arrojárselo á la chica, que lo recibía en las manos como hubiera podido recibir una pelota de goma, sin titubear, y se lo pasaba al punto á un gañán encaramado también sobre la meseta de la meda, el cual lo sentaba y colocaba, espiga adentro, _medando_ hábil y rápidamente.

Gabriel no tenía ojos ni oídos más que para el juego. Su cuñado seguía habla que te hablarás, en el tono llano y cansado del hombre para quien pasó la edad de los retozos y no cree que ya le importen á nadie. Y Gabriel se consumía, contestando cortésmente, pero distraído, con el alma á cien leguas de la plática. Al fin no pudo contenerse, y se levantó.

--¿Tú querrás descansar? ¿Tomas algo? ¿Cenas?....--interrogó obsequiosamente el marqués, dando muestras de querer llevarse á su huésped hacia casa.

--No... Sí... Quisiera...--murmuró Gabriel un tanto confuso, porque al verse de pie le pareció ridículo decir:--Lo que estoy deseando, á pesar de mi brazo vendado, es ponerme también á echar haces á la _meda_...--Y no atreviéndose á confesar el capricho, se dejó guiar resignado hacia la gran mole de la casa solariega. Al salir siguió escuchando durante algunos segundos las risas de la pareja, el ¡jeeem! triunfal que dilataba la cavidad pulmonar de Perucho al lanzar los haces, y el impaciente--¡venga otro!--de Manolita cuando tardaban.

XIV

Al entrar en los Pazos experimentó Gabriel la impresión melancólica que sentimos al acercarnos á la sepultura de una persona querida, y la emoción profunda que nos causa ver con los ojos sitios que desde hace mucho tiempo visita nuestra imaginación. En sus años de colegio, Gabriel se representaba la casa de su hermana como una tacita de plata, elegante, espaciosa, cómoda; después sus ideas variaron bastante; pero nunca pudo figurársela tan ceñuda y destartalada como era en realidad.

A la escalera salieron á hacerle los honores el Gallo y su esposa, la ex-bella fregatriz Sabel, causa de tantos disturbios, pecados y tristezas. Quien la hubiese visto cosa de diez y ocho años antes, cuando quería hacer prevaricar á los capellanes de la casa, no la conocería ahora. Las aldeanas, aunque no se dediquen á labrar la tierra, no conservan, pasados los treinta, atractivo alguno, y en general se ajan y marchitan desde los veinticinco. Sus extremidades se deforman, su piel se curte, la osatura se les marca, el pelo se les vuelve áspero como cola de buey, el seno se esparce y abulta feamente, los labios se secan, en los ojos se descubre, en vez de la chispa de juguetona travesura propia de la mocedad, la codicia y el servilismo juntos, sello de la máscara labriega. Si la aldeana permanece soltera, la lozanía de los primeros años dura algo más; pero si se casa, es segura la ruina inmediata de su hermosura. Campesinas mozas vemos que tienen la balsámica frescura de las hierbas puestas á serenar la víspera de San Juan, y al año de consorcio no es posible conocerlas ni creer que son las mismas, y su tez lleva ya arrugas, las arrugas aldeanas, que parecen grietas del terruño. Todo el peso del hogar les cae encima, y adiós risa alegre y labios colorados. Las coplas populares gallegas no celebran jamás la belleza en la mujer después de casada y madre: sus requiebros y ternezas son siempre para las _rapazas_, las _nenas bunitas_.

Sabel no desmentía la regla. A los cuarenta y tantos años, era lastimoso andrajo de lo que algún día fué la mejor moza diez leguas en contorno. El azul de sus pupilas, antes tan claro y puro, amarilleaba; su tez de albérchigo era piel de manzana que en el madurero se va secando; y los pómulos sobresalientes y la frente baja y la forma achatada del cráneo se marcaban ahora con energía, completando una de esas cabezas de aldeana de las cuales dice cualquiera: «Más fácil sería convencer á una mula que á esta mujer, cuando se empeñe en algo.»

Con todo, su marido Angel de Naya, por remoquete _Gallo_, la tenía no sólo convencida, sino subyugada y vencida por completo, desde los tiempos ya lejanos en que anhelaba dejar por él su puesto y corte de sultana favorita en los Pazos, é irse á cavar la tierra. Era una devoción fanática, una sumisión de la carne que rayaba en embrutecimiento, y una simpatía general de epidermis grosera y alma burda, que hacían de aquel matrimonio el más dichoso del mundo. El varón, no obstante, calzaba más puntos que la hembra en inteligencia, en carácter, y hasta en ventajas físicas. Ajada y lacia ella, él conservaba su tipo de majo á la gallega y su triunfadora guapeza de sultán de corral: el andar engallado, el ojo claro, redondeado y vivo, las rizosas patillas y la _fachenda_ en vestir y el empeño de presentarse con cierta dignidad harto cómica. Es de saber que el Gallo, sin madurar los vastos y mefistofélicos planes de su antecesor y suegro el terrible Primitivo, no era ajeno á miras de engrandecimiento personal, que delataban indicios evidentes. El Gallo vestía de _señor_, lo que se dice de _señor_; encargaba á Orense camisolas, corbatas, pañuelos, capa, reloj, botitos, y por nada del mundo se volvería á poner su pintoresco traje de terciopelo de rizo azul, con botones de filigrana de plata, y la montera con plumas de pavo real, ni á oprimir bajo el sobaco el _fol_ de la gaita á cuyo sonido habían danzado tantas veces las mozas. Paisano trasplantado á una capa superior, todo el afán del Gallo era subir más, más aún, en la escala social. Nadie le obligaría á coger una horquilla ó una azada: dirigía la faena agrícola, nunca tomaba parte activa en ella, porque soñaba con tener las manos blancas y no _esclavas_, como él decía. Otra de sus pretensiones era leer óptimamente y escribir con perfección. Como todos los labriegos que aprenden á leer y escribir de chiquillos, su iniciación en esta maravillosa clave de los conocimientos humanos era muy relativa: saber leer y escribir no es conocer los signos alfabéticos, nombrarlos, trazarlos; es sobre todo poseer las ideas que despiertan esos signos. Por eso hay quien se ríe oyendo que para civilizar al pueblo conviene que todos sepan escritura y lectura; pues el pueblo no sabe leer ni escribir jamás, aunque lo aprenda. En resolución, el Gallo se despepitaba por alardear de lector y pendolista y acostumbraba por las noches, antes de acostarse, leerle á su mujer, en alta voz, el periódico político á que estaba suscrito y que proporcionaba una satisfacción profunda á su vanidad, al imprimir en la faja--Sr. D. Angel Barbeito--Santiago--Cebre.--Por supuesto que leía de tal manera, que no sólo al caletre algo obtuso de Sabel, sino al más despierto y agudo, le sería difícil sacar nada en limpio; porque suprimía radicalmente puntos y comas, se comía preposiciones y conjunciones, se merendaba pronombres y verbos, casaba sin dispensa palabras y repetía cuatro y seis veces sílabas difíciles, siendo de ver lo que se volvían en labios suyos las noticias referentes, verbigracia, al _Mahdi_, á los _nihilistas_, al rey Luís de Baviera ó á los _fenianos_ y _liga agraria_. Y todos estos sucesos, batallas, asolamientos y fieros males, cuanto más lejanos y más inaccesibles, razonablemente hablando, á su comprensión, más le deleitaban, interesaban y conmovían; y era curioso oírselos explicar, en tono dogmático, á otros labriegos menos enterados que él de la política exterior europea en cierta tertulia que solía juntarse en la cocina de los Pazos. Respecto á sus pretensiones de pendolista, había empezado á satisfacerlas del modo siguiente: encargando á Orense una resmilla de papel de cartas bien lustroso, de canto dorado, y mandando plantificar en mitad de cada hoja un A. B. cruzado, tamaño como la circunferencia de un duro; y ya provisto de papel tan elegante y de escribanía y cabos de pluma en armonía con él, dió en escribir, para ejercitar la letra, cartas y más cartas á todo bicho viviente, tomando por pretexto, ya el felicitar los días, ya cualquier motivo análogo. También era para él gran preocupación el hablar, pues se esforzaba á que sus labios olvidasen el dialecto á que estaban avezados desde la niñez, y no pronunciasen sino un castellano que sería muy correcto si salvásemos las innumerables _jeadas_, contracciones, diptongos, barbarismos y otros lunarcillos de su parla selecta. Y cuanto más se empeñaba en sacudirse de los labios, de las manos, de los pies, el terruño nativo, la oscura capa de la madre tierra, más reaparecía, en sus dedos de uñas córneas, en sus patillas cerdosas y encrespadas, en sus muñecas huesudas y en sus anchos pies, la extracción, la extracción indeleble, que le retenía en su primitiva esfera social! Si él lo comprendiese sería muy infeliz. Por fortuna suya creía todo lo contrario.

Incapaz de los vastos cálculos de Primitivo, había dedicado á comprar tierras todo el dinero heredado de su difunto suegro, que no era poco y andaba esparcido por el país en préstamos á un rédito usurario. El Gallo amaba las fincas rústicas á fuer de labriego de raza. Instalado en los Pazos de Ulloa, la casa más importante del distrito, vió desde luego lo ventajoso de su situación para _papelonear_; y como el Gallo antes pecaba de pródigo que de mezquino, condición frecuente en los gallegos, dígase lo que se quiera, su sueño dorado fué subir como la espuma, no tanto en caudal cuanto en posición y decoro; y se propuso, ya casado con Sabel, convertirse en _señor_ y á ella en _señora_, y á Perucho en señorito verdadero... Aquí conviene aclarar un delicado punto. Era de tal índole la vanidad del buen Gallo, que dejándose tratar de _papá_ por Perucho y sin razón alguna para regatearle el título de hijo, la idea de que por las venas del mozo pudiese circular más hidalga sangre, le ponía tan esponjado, tan hueco, tan fuera de sí de orgullo, que no había anchura bastante para él en toda el área de los Pazos. Lo pasado, el ayer de Sabel en aquella casa, lejos de indignarle ó disgustarle, era el verdadero atractivo que aún poseía á sus ojos una mujer marchita y cuadragenaria.

El matrimonio salió á esperar al huésped en la meseta de la escalera, deshaciéndose en obsequiosos ofrecimientos al «señorito». Parecían los verdaderos dueños de la casa. Aunque Sabel no guisaba ya, ¡pues no faltaría otra cosa! se enteró minuciosamente de lo que el huésped podía apetecer para su cena. ¿Una ensaladita? Tortilla? Lonjas de carne? Chocolate? Gabriel repetía que cualquier cosa, que él comía de todo; y en esta porfía me lo iban llevando de habitación en habitación, á cual más destartalada, y sin muebles. En el comedor dieron fondo, y según la costumbre del país, sentáronse ante la mesa libre de manteles, presenciando cómo la _cubrían_. Gabriel, al comprender que se trataba de cenar, buscó con los ojos algo que no parecía por el comedor. Y al fin no pudo contenerse.

--¿Y Manolita?--preguntó.--Y Manolita? No cena?

--La chiquilla?... Busca! Quién cuenta con ella?--respondió el marqués de Ulloa, como si dijese la cosa más natural y corriente del mundo.--¿En tiempo de siega? Echarle un galgo. Ahora se juntarán en la era todas las segadoras, y armarán un bailoteo de cuatrocientos mil demonios, y pandereta arriba y pandereta abajo, y copla va y copla viene, y habiendo una luna hermosa como hay, tenemos broma hasta cerca de las diez.

No replicó palabra Gabriel, por lo mismo que se le ocurrían infinidad de objeciones: pero no era ocasión de soltar la sin hueso allí delante de la criada que entraba y salía llevando platos, vasos y servilletas. Su impulso era decir:--Pues mira, vámonos á la era, y luego cenaremos juntos,--pero se contuvo: todo le parecía prematuro, indelicado y fuera de sazón mientras no tuviese con su cuñado una entrevista, lo que se llama una entrevista formal.

Trató de entretenerse observando. Le parecía poético aquel comedor tan distinto de los que se ven en todas partes, sin aparadores, sin platitos japoneses ó de Manises colgados por la muralla, sin cortinas ni chimenea; por todo adorno, barrocas pinturas al fresco, desconchadas y empalidecidas, representando pájaros, racimos, panecillos, ratones que subían á comérselos, y otros caprichos de la fantasía del pintor; y en el centro, frente á la vasta mesa de roble y á los bancos duros, de abacial respaldo, el péndulo solemne. También la mesa se le antojó que tenía _carácter_ ó _cachet_, ese no sé qué de arcaico que enamora á las cansadas imaginaciones modernas, y se confirmó en ello al fijarse en el plato que le pusieron delante, en cuyo fondo campeaban emblemas curiosísimos, que le trajeron á la memoria su edad infantil, pues en su casa siendo niño había visto loza idéntica. Era en efecto resto de dos docenas de platos traídos por doña Micaela, la madre del marqués, que debían formar parte de alguna soberbia vajilla hecha para un Pardo virrey ó magnate: tenía en el centro el escudo de los Pardos de la Lage dividido en dos cuarteles; en el de la derecha se encabritaban dos leones rampantes en campo de gules, y en el de la izquierda otro león y cuatro cruces de Malta en campo de oro. Un casco con una cruz de Caravaca por cimera remataba el escudo: sobre él se leía en una banderola la divisa: _Fortis in fide et regi fidelis_; bajo el escudo, en otra banderola, _Per cruces ad triumphos_. ¡Resto de algo glorioso, esculpida y dorada proa que recuerda al buque náufrago! Distrajo á Gabriel de la contemplación del plato, su cuñado que con inmenso cucharón de plata le servía una sopa de pan humeante, grasienta y doradita. La sopa cubrió en un momento los lemas heroicos y los fieros leones, y no quedó ni señal de la pluma flotante del casco, ni de los airosos picos en que se bifurcaban al extremo las gallardas banderolas de las divisas.

Si Gabriel pudiese recordar otras épocas de los Pazos, notaría, no sólo en aquella exhibición de vajilla blasonada, sino en mil detalles más, que allí reinaba cierta suntuosidad desconocida cosa de veinte años antes. Y no era que don Pedro Moscoso se hubiese pulido y civilizado algo; al revés: con la mengua de sus fuerzas físicas, con el paso de la vida nómada de cazador á la más sedentaria de hidalgo que cultiva sus tierras, con el terror de la gota, de la vejez y de la muerte, terror que se iba escribiendo en su huraño semblante, le había entrado mayor indiferencia que nunca por las finuras y elegancias: en cambio la materia le dominaba, cogiéndole por el flaco de la gula, y como todos los gotosos, apetecía justamente los platos y vinos que más daño podían causarle. El ramo de pompas y vanidades corría de cuenta del insigne Gallo, en quien latía la inclinación más irresistible al fausto y esplendor, y que procuraba deslumbrar al huésped con la vajilla y con cuanto pudiese.

Cuando después de reposar la cena fumando un par de cigarrillos, pedía Gabriel á don Pedro una entrevista confidencial para el día siguiente, retirábase el Gallo á sus habitaciones en compañía de su mujer, la cual acababa de disponer todo lo necesario al alojamiento del huésped. Nada menos que á sus habitaciones que eran en la planta baja, muy apañadas y cucas, con divisiones nuevecitas de barrotillo y enlucido de yeso. Todo lo que antes fué madriguera del zorro Primitivo, lo había convertido el presuntuoso Gallo en corral digno de sus espolones y fachenda. Y cuanto tenían de destartalados y tristes los aposentos de arriba, que habitaba el señor, otro tanto de cómodos y alegres los de abajo, el nido que se labraba el mayordomo. Llenitas como un huevo, nada faltaba en ellas: ni los cómodos armarios recién pintados, ni las útiles perchas, ni las sillas y sofá de _yute_, ni el espejo grande en la salita, ni las fotografías harto ridículas, en sus marcos dorados, ni cromos de frailes y majas, ni muñequitos de porcelana tocando el violín, ni calendario americano, ni, en suma, ninguno de los objetos que componen el falso bienestar y el lujo de similor que hoy penetra hasta en las aldeas. La cama de matrimonio era negra _maqueada_, es decir, con unos pecaminosos medallones dorados y unas inicuas guirnaldas de rosas; á cada viaje que el Gallo hacía á Orense, se le acrecentaba el deseo de trocarla por una dorada enteramente, lo cual era á sus ojos el colmo de la ostentación y sibaritismo humano; pero un vago recelo de lo que podría decir la gente envidiosa y chismosa, le contenía siempre, reduciendo su vehemente capricho al estado de sueño, de aspiración imposible, y por lo mismo más seductora.