La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa)

Part 6

Chapter 63,877 wordsPublic domain

¡Cuántos recuerdos se le agolpaban! La noche oscura parecía poblarse de estrellas y constelaciones, de centelleos misteriosos.... Gabriel sentía una impresión, frecuente en las personas á quienes la viveza de la fantasía y de la sensibilidad hacen pasar, durante una existencia relativamente corta, por muchas y muy variadas fases psíquicas. Admirábase del cambio producido en él por aquellos meses de residencia en Madrid, y al mismo tiempo, se sorprendía _ahora_ de lo que se había realizado en él _entonces_, y no creía ser la misma persona, sino evocar la historia de otro hombre. Él no fué ni pudo jamás el brillante y frívolo mancebo á quien tan especiales agasajos y tan lisonjera acogida dispensaron las damas de alto copete, que le obsequiaban por oficial del cuerpo hostil á la Revolución y por hidalgo provinciano, pero de vieja cepa, de veintitantos abriles y gallarda figura. ¡Cuán dulces bromas le habían sido disparadas entonces por risueños labios, recalcadas por el guiño semi-altanero y semi-picaresco de algunos flecheros ojos de rica hembra, á propósito de su afición á _la peña_, entonces erigida en sociedad reaccionaria, ojalatera del alfonsismo! Gabriel en el fondo se sentía muy _peñasco_, igual que antes, y abominaba de saraos y visitas de cumplido, de andar poniéndose el frac y el ramito en el ojal, de saludos en la Castellana y bailes por todo lo fino; pero el asunto es que iba, iba, iba, seguía yendo, arrastrado por una blanca mano cuya piel suave le causaba mareos deliciosos..... Era una viuda, hermana de la mujer de su primo, en cuya casa vivía; hermosa hembra de treinta y tantos, dotada de ingenio, oro y blasones... Gabriel no había tenido sino aventuras de alojamiento ó de días de salida en Segovia. Volvióse loco, y un día, con la mente y la sangre caldeadas, habló de bodas, para asegurar hasta el fin de la vida la dicha actual... Se le rieron blandamente, y como insistió, le pusieron de patitas fuera del paraíso. ¡Qué crujida, Dios! Gabriel, al pensar en ella, se admiraba de su juventud, de su sincera pasión y de sus románticos desvaríos. Lo de menos era no dormir, no comer, sufrir abrasadora calentura, beber y jugar para aturdirse.... ¿Pues no se le ocurrió cierta mañana mirar con ojos foscos y extraviados un par de pistolas inglesas?... Aquello sí que tuvo gracia! discurría hoy el hombre de pelo ralo acordándose de las fogosidades del teniente...

El caso es que con el desengaño amoroso, se había vuelto más peñasco que nunca. Por entonces, apartado ya del gran mundo y de sus pompas y vanidades, sin que le quedase más rastro que los buenos modales adquiridos, ese baño delicadísimo que sobre la corteza brusca del tenientillo recién salido de la academia derrama el trato con damas y el ingreso familiar en círculos selectos--baño permanente cuando se recibe en la primera juventud--empezaron para Gabriel estudios libres que se impuso á sí propio. Convencido de que podía beber bastante alcohol sin emborracharse, y de que la embriaguez en él jamás era completa, dejándole siempre cierta lucidez dolorosa; de que el _fatal tapete verde_ no le divertía, y de que las mujeres, no queriéndolas mucho, le eran casi indiferentes, se dió á la lectura por recurso, y en ella encontró la deseada distracción, y la convalecencia de aquella herida al parecer tan profunda, y que en realidad no pasaba de la epidermis.

Con los libros sí que se había emborrachado de veras. Eran obras de filosofía alemana, unas traducidas al francés, otras en pésimo y bárbaro castellano. Pero Gabriel, más reflexivo que artista, más sediento de doctrina que de placer, no se entretenía con la forma; íbase al fondo, á la médula. Las matemáticas del colegio le tenían divinamente preparado para las peliagudas ascensiones de la metafísica y las generosas quintesencias de la ética. Eran sus actuales estudios lo que el riego á la planta tierna cuyas raíces penetran en terreno bien cultivado y removido ya. La inteligencia de Gabriel se abría, comprendiendo períodos enrevesados y diabólicos, y lisonjeaba su orgullo el que los demás afirmasen no poder entender semejante monserga. Sus nuevas aficiones le pusieron en contacto con muchos jóvenes, prosélitos de la entonces flamante y boyante escuela krausista. Y resolvió que él era kantiano á puño cerrado, pero sin aplicar el método critico del maestro, como entonces se decía, más que á las cosas de _la ciencia_; para las de _la vida_ se agarró con dientes y uñas á la ética de Krause. No sólo renegó de las aventuras, los naipes y el absintio, sino que empezó á aquilatar con más que monjiles escrúpulos la trascendencia y móvil de sus menores actos, á tener por grave delito el asistir á una corrida de toros ó á un baile de máscaras. Ponía cuidado especial en que no saliese de sus labios ni siquiera una mentira oficiosa, en no defraudar á nadie, en vivir de tal manera que sus acciones fuesen claras como el agua, honradas y serias... ¡La seriedad sobre todo!... Por las noches hacía examen de conciencia; por las mañanas elevaba, al despertarse, el pensamiento á Dios--al Dios impersonal y sin entrañas! Reprimidos los impulsos y ardores juveniles por la especie de fiebre filosófica que le abrasaba dulcemente el cerebro, sentía en las iglesias, á donde asistía con frecuencia suma, impulsos místicos, ternuras inexplicables, ganas de llorar, y entonces se creía _íntimo con el sér_...

¿Cuánto había durado? ¿Cuánto? Las cosas políticas se encrespan; la demagogia y el cantonalismo escupen fuego y sangre; los carlistas medran, pululan, brotan por todas partes con armamento y municiones; Castelar llama á los artilleros; Gabriel duda, recela, se alarma ante la perspectiva de verter sangre humana; por fin sus nuevas ideas liberales y una carta de su padre le deciden; va otra vez al Norte. Rodéanle sus antiguos amigos; en la maleta del teniente vienen sin duda la _Analítica_, la _Crítica del juicio_, la _Crítica de la razón pura_, la _Teoría de lo infinito_; pero á la primer marcha forzada, á la primer bocanada de aire montañés, al primer encuentro, á la primer tertulia en la tienda de campaña, parécele que entre él y los maestros de su entendimiento se interpone una muralla, un velo oscuro, y que en su alma se derrumba, sin saber cómo, un edificio vasto. Y con el bienestar físico que producen el ejercicio y la actividad después de una vida contemplativa y sedentaria; y la reacción violenta, propia de los temperamentos nerviosos y los caracteres impresionables, á los pocos días el teniente no se acuerda de Kant, da al diablo los _Mandamientos de la humanidad_, y muy á gusto se deja arrastrar á las distracciones del compañerismo, á los lances de la campaña y los episodios de alojamiento. La guerra se hace ya con más empuje, en vista del desaliento y merma de las fuerzas carlistas: Gabriel bate el cobre con fe, persuadido de que el orden y la libertad están en las negras entrañas de los cañones de su batería; fraterniza con bandidos contra-guerrilleros, lee con afán los periódicos políticos, vive de acción y de lucha, y todas las mañanas se levanta determinado á salvar á España... España le había dado en cambio la efectividad de capitán. Mas el golpe de Estado de Pavía y luego la proclamación de don Alfonso, que tanto alegraron á todo el noble cuerpo, le cortaron las alas del espíritu á Gabriel Pardo, que era republicano teórico y andaba entonces vuelto tarumba por un orden de cosas muy recto y sensato, al modo sajón. Al otro día de recibir el grado de comandante, viendo la guerra próxima á su fin, desilusionado más que nunca y sin gusto para pelear, recordaba haber tomado el camino de la corte.

¡Qué vida tan sosa al principio la suya! Mal visto entre sus compañeros á causa de sus opiniones políticas; sin trato con sus antiguas relaciones; sin ánimos para volver á sepultarse en los libros de metafísica que eran hoy para él lo que la envoltura de la oruga cuando ya voló la mariposa, sintió de repente, convirtiendo los ojos hacia sí mismo, que no le quedaba en lo más íntimo sino descreimiento y cansancio. Quién ó qué le había demostrado la inanidad de sus filosofías? Nadie. La fe no se destruye con razones: es error imaginar que hay argucia que eche abajo un sentimiento. La fe es como el amor--bien lo advertía Gabriel.

¿Hay en el mundo del pensamiento algún asidero firme?--discurrió entonces. Casualmente empezaban las corrientes positivistas: hablábase de realidades científicas, de doctrinas basadas en hechos de experimentalismo. El comandante se propuso estudiar á fondo alguna ciencia, como se estudian las cosas para saberlas de verdad, y adquirir la suspirada certeza. Tenía un amigo, ex-profesor de geología en la Universidad, de donde le expulsara el decreto de Orovio. Se puso bajo su dirección, y consagró seis horas diarias á trabajos de pormenor. Hacía unos cortes en las piedras y luego se desojaba mirándolos al microscopio. Se cansó á cosa de medio año. La certeza consabida, por las nubes. Encontraba relaciones lógicas y armoniosas entre lo creado, leyes impuestas á la materia por voluntad al parecer inteligente, dependencia y conexión en los fenómenos; pero el enigma seguía, el misterio no se disipaba, la sustancia no parecía, la cantidad de _incognoscible_ era la misma siempre. Gabriel tenía sobrada imaginación para sujetarse á la severa disciplina científica sin esperanza ni objeto, y fueron disminuyendo sus visitas al laboratorio de su amigo. ¿Y no había otra razón?.... Pues, á decir verdad....

Muy aficionado á la música, Gabriel estaba abonado á una butaca del Real--tercer turno. Resplandecía el regio coliseo con la animación que le prestaba la buena sociedad ya completa y la restaurada monarquía: y, más que teatro, parecía elegante salón cuajado de beldades. Al lado de Gabriel sentábanse un machucho brigadier de artillería y su joven esposa, deidad murciana, de árabes ojos, que á cada acorde de la música, ó á cada nota de los amorosos dúos, se posaban en los del comandante, deteniéndose un poco más de lo necesario. El brigadier, fumador empedernido, no recelaba salir en los entreactos dejando á su esposa bajo la salvaguardia del subalterno. ¡Bendito señor, pensaba Gabriel, y cómo lo hizo Dios de confiado! Á lo mejor el brigadier fué destinado á Filipinas, y partió llevándose á su cara mitad. Gabriel, medio loco, según su costumbre en casos tales, habló de pedir el traslado... la hermosa brigadiera se negó, afirmando que su marido ya tenía sospechas, que el viaje era celosa precaución, y que si se encontraba con el comandante llovido del cielo en Manila, habría la de Dios es Cristo. Y el enamorado la vió partir sin que nublase aquellos ojazos de terciopelo la humedad más leve... No, lo que es de esta vez, el comandante no hacía memoria de haber pensado en suicidios, pero cayó en misantropía amarga, rabiosa y prolongadísima que paró en un ataque de ictericia de los de padre y muy señor mío. Destinado á Barcelona... ¡qué temporada la que pasó en la ciudad condal! ¿Cómo es posible aburrirse tanto y quedar con vida? A enfrascarse otra vez en los libros: no de filosofía ya, sino de ciencia militar, estudiando las propiedades formidables de las materias explosivas que nuestro siglo refina y concentra á cada paso, lo mismo que si el objeto supremo de tanto adelanto, de tanto progreso, fuese una conflagración universal. A leerse cuanto encontró sobre el asunto en revistas alemanas é inglesas, encargando obras especiales, y escribiendo dos ó tres artículos en que lo resumía y exponía con bastante claridad, publicados en los periódicos y que le valieron ser citado como una gloria del cuerpo. Por más señas que entonces fué cuando se le chamuscó la cara probando pólvora, y se le metieron unos cuantos granos en la mejilla. Ocurrióle la idea de gestionar que le diesen una comisión para el extranjero; la consiguió, viajó por Francia, Alemania, Inglaterra, países que él creía cifra y compendio de la civilización posible. Al pronto, impresión pesimista: Francia era una gran tienda de modas, Alemania un vasto cuartel, Inglaterra un país de egoístas brutales y de hipócritas noños. Pero al regresar á España, al notar el dulce temblor que sólo las almas de cántaro pueden no sentir en el punto de hollar otra vez tierra patria, mudó de opinión sin saber por qué: echó de menos el oxigenado aire francés, y le pareció entrar en una casa venida á menos, en una comarca semi-salvaje, donde era postiza y exótica y prestada la exigua cultura, los adelantos y la forma del vivir moderno, donde el tren corría más triste y lánguido, donde la gente echaba de sí tufo de grosería y miseria... Al acercarse á Madrid y atravesar los páramos que lo rodean, al subir por la cuesta de Areneros, al ver las calles estrechas, torcidas, mal empedradas, el desanimado comercio, al oir el canturrear de los ciegos y el pregón de la lotería, pensó encontrarse en uno de esos prehistóricos poblachones de Castilla, fosilizados desde el tiempo de los moros... Madrid! Ese era Madrid... esa era España... la España santa de sus ensueños de adolescente!

Empezó á hablar, mejor dicho, á perorar donde quiera que encontraba auditorio, proponiendo una campaña activísima, especie de coalición de todos los elementos intelectuales del país, á fin de civilizarlo é impulsarlo hacia senderos donde no quería el muy remolón sentar el pie... Un día, en el Centro militar, al caer la tarde, Gabriel sorprendió un diálogo de sofá á butaca.

--¿Y el comandante Pardo?--preguntaba el sofá.--¿Le ha visto usted desde que ha llegado de su excursión por tierras de extrangis?

--Ayer me le encontré en la Carrera...--respondía la butaca.

--¿Y qué cuenta? ¿Viene entusiasmado?

--¿Entusiasmado? Decidido á que crucen por doquier caminos y canales. Siempre dije yo que se guillaba; pero ahora, me ratifico. Sonámbulo. Chifladísimo.

--De remate--confirmó el sofá.

No hizo falta más para que el gran reformador entrase á cuentas consigo mismo.--¿Será cierto, Gabriel? ¿Serás tú un chiflado, un badulaque que se mete á arreglar lo que no entiende, que todo lo intenta y de todo se cansa, y que se acerca ya á la madurez sin encontrar ancla donde amarrar el bajel de la vida? Soldadito de papel, ¿cuántos caballos te han matado ya? Pero, ¿es culpa tuya si esos caballos no los montas frescos, sino rendidos y exánimes? ¿Has pedido tú tantas gollerías? Verbigracia: ¿qué le pediste al amor? Sinceridad y firmeza: qué diantre! tú ibas derecho al término de la pasión, que se sobrepone y debe sobreponerse á intereses mezquinos... Y á la filosofía, á la ciencia? Certidumbre: una regla moral para seguirla, un Dios en quien creer, á quien elevar el alma. Y al uniforme que vistes, y á la patria á quien sirves, y á las convicciones políticas que profesas? Un ideal á quien sacrificar todas las energías, todo el calor que te sobraba... ¡Vive Dios! Que á cada cosa le pedías tú lo justo, lo que puede y debe contener, y nada más. ¿Es culpa tuya si el amor es distracción frívola, la ciencia nombre pomposo que disfraza nuestra ignorancia trascendental y la política farsa más triste y vil que toda?

Al llegar á esta parte de sus recuerdos autobiográficos, alzó Gabriel la vista al cielo, como buscando huellas del poder augusto que rige nuestro destino terrestre. Y eso que él sabía que aquel gran espacio oscuro que le envolvía por todas partes no era más que el firmamento astronómico, con sus millares de millares de soles, de planetas, de mundos chicos y grandes...

¿Tendrán razón los que creen que andan las almas viajando por ahí?--pensaba, al acordarse de la muerte de su padre. Por cierto que no la había sentido con la misma fuerza que la de su hermana, porque Gabriel y don Manuel Pardo eran naturalezas que no simpatizaban: pertenecían á dos generaciones muy diversas, y en realidad no se entendían; con todo, vino el dolor natural y justo, pues siempre hace su oficio la sangre. Bastante abatido llegó Gabriel á Santiago... Y apenas hubo puesto el pie en el caserón solariego--ya suyo,--de los envejecidos muebles, de los cuadros cuyo asunto tenía clavado en la memoria, de las cortinas de apagado color, de los rincones familiares, se alzó radiante, amorosa, poetizada por la muerte y la distancia, la imagen, no de su padre, sino de su hermana Marcelina, la _mamita_, la única mujer que con desinteresado amor le había querido; y aquellas lágrimas que un día lloró el alumno, el mancebo colegial, subieron ahora más que á los párpados, al corazón de Gabriel, derramándose en benéfico rocío. Recorrió toda la casa: buscaba en ella no sé qué; tal vez un fantasma--el del tiempo pasado! El caserón estaba solitario, triste, sin otros moradores que una criada antigua, cuyas perezosas chancletas, así como el hálito de un cascado reloj de pared, era lo único que pugnaba con el alto silencio de los salones y corredores vacíos. Ninguna de las tres hermanas que tenía vivas Gabriel había acudido allí para acompañarle: todas estaban casadas, la menor mal, con un estudiante de medicina, hoy médico de un partido; la otra con un hidalgo rico de la montaña; la mayor con un ingeniero andaluz, con quien residía en una provincia distante. Gabriel escudriñaba todas las habitaciones, tocaba con una especie de devoción y de pueril curiosidad los objetos que por allí andaban diseminados. En el que fué cuarto de su _mamita_ encontró detrás del tocador horquillas, una caja de polvos, un alfiler grueso: lo manoseó todo: probablemente sería _de ella_. Sobre la cabecera del difunto don Manuel campeaba un ramo de pensamientos trabajado en pelo negro, encerrado en un marco de madera oscura: abajo decía en letrita cursiva y muy regarabateada: _Nucha á su querido papá_. Gabriel pegó los labios al cristal, besando religiosa y lentamente la reliquia. Después se dejó caer en una butaca que tenía los muelles rotos, vencidos del enorme peso de don Manuel Pardo de la Lage, y sus meditaciones tomaron un giro inusitado.

¿Cómo no se le habría ocurrido antes? ¿Por qué, hasta que circunstancias fortuitas le arrojaron al hogar viejo, no le cruzó por las mientes idea tan sencilla... perogrullada semejante? ¿Es posible que se pase un hombre la vida con la linterna de Diógenes en la mano, buscando sendas y probando derroteros, cuando la felicidad le está prevenida en el cumplimiento de la ley natural? La esposa, el hijo, la familia; arca santa donde se salva del diluvio toda fe; Jordán en que se regenera y purifica el alma.

Varias veces había notado don Gabriel la irresistible tendencia de su imaginación viva, ardorosa y plástica, á construir, con la vista de un objeto, sobre la base de una palabra, un poema entero, un sistema, una teoría vasta y universal, llegando siempre á las últimas y extremas consecuencias: propensión que le explicaba fácilmente los muchos desengaños sufridos y aquello que llamaba él _caérsele muertos los caballos_. Le sucedía también que la experiencia no le enseñaba á cautelar, y cada nueva construcción la emprendía con igual lujo y derroche de ilusiones y esperanzas. En la vieja poltrona paterna, ante la cama de dorado copete donde tal vez había venido al mundo, comenzó á edificar un palacio conyugal, sintiendo el tiempo perdido y lamentando no haber caído antes en la cuenta de que todo sujeto válido, todo individuo sano é inteligente, con mediano caudal, buena carrera é hidalgo nombre, está muy obligado á _crear una familia_, ayudando á preparar así la nueva generación que ha de sustituir á ésta tan exhausta, tan sin conciencia ni generosos propósitos.

--Yo no soy un chiflado--pensaba don Gabriel, respirando sin percibirlo por la herida.--Yo soy víctima de mi época y del estado de mi nación, ni más ni menos. Y nuestro destino corre parejas. Los mismos desencantos hemos sufrido; iguales caminos hemos emprendido, y las mismas esperanzas quiméricas nos han agitado. ¿Fué estéril todo? ¿Hemos perdido malamente el tiempo? ¿Sentenciados vivimos á no producir ni fundar cosa alguna? Cansados, sí, porque el cansancio sigue á la lucha; pero ¿no hemos aprendido, ni progresado nada? Yo, sin ir más lejos, ¿soy el mismo que cuando salí del colegio? ¿No ha ganado algo mi educación externa desde qué frecuenté el gran mundo? El suceso de mis amoríos malogrados ¿no me curó y preservó de ilícitos y torpes devaneos? Aquellos libros que no me dieron la certeza, ¿por ventura no me cultivaron y ensancharon el entendimiento, no me hicieron más recto, más tolerante y más reflexivo? Mis sueños de gloria militar, mis rachas políticas, ¿no sirven, cuando menos, para probarme á mí mismo que aspiro á algo superior, que me intereso por mi raza y por mi patria, que siento y que vivo? No, Gabriel, lo que es de eso no hay por qué arrepentirse. Y á no ser por tus años de peregrinación y aprendizaje, ¿valdrías hoy para fundar casa, para contribuir en la medida de tus fuerzas á la regeneración de la sociedad y á la depuración de las costumbres... para formar á tus hijos... ¡si Dios...!

Cuando el nombre divino surgía, ya que no de los labios, del espíritu del comandante, iba el crepúsculo lento de una tarde del mes de Mayo difuminando los objetos y haciendo más melancólica la soledad del vacío dormitorio paternal. Sintió Gabriel que el corazón se le llenaba de ternura, y no sabiendo cómo desahogarla, llamó cariñosamente á la decrépita servidora, y en tono festivo, en voz casi humilde, pidióle que trajese luz.

Así que la bujía quedó colocada sobre la cómoda de su padre, fijáronse los ojos de Gabriel en el antiguo mueble, muy distinto de los que hoy se construyen. La cubierta hacía declive, y recordaba Gabriel que al abrirse formaba un escritorio, descubriendo una especie de templete con columnas, y múltiples cajoncitos adornados de raras herrajes, que ocultaban _secretos_. ¡Secretos! De niño, esta palabra le infundía curiosidad rabiosa y una especie de terror... ¡Secretos! Sonrióse, sacó del bolsillo un llavero, probó varias llavecicas.... Una servía.... Cayó la cubierta, y los dedos impacientes de Gabriel empezaron á escudriñar los famosos _secretos_ de la cómoda, cual si en ellos se encerrase algún escondido tesoro... Los buenos de los secretos no tenían mucho de tales, y cualquier ratero, por torpe que fuese, lograría como Gabriel hacer girar sobre su base las dos columnas del templete, y poner patente el hueco que existía detrás. Calle... pues había algo allí. Rollos de dinero.... Los deshizo: eran moneditas de premio, Carlos terceros y cuartos, guardados sin duda por su padre para evitarles la ignominia de la refundición... Y allá, en el fondo, muy en el fondo, un papel amarillento ya por las dobleces, atado con una sedita negra... Maquinalmente lo cogió, lo abrió, rompió la sedita. Cayó una sortija de oro con perlas menudas, y vió Gabriel, cuyo corazón literalmente brincaba contra la carne del pecho, que el papel era una carta, escrita con tinta ya descolorida, y letra no muy suelta. Sus ojos, vidriados por un velo de humedad, leyeron casi de una ojeada:--«Querido papá, felicito á usted los días; sabe Dios quien vivirá el año que viene; hágame el favor, si me empeoro, de darle á mi hermano Gabriel la sortijita adjunta, y que mucho me acuerdo de él y le quiero; que si yo llego á faltar, ahí queda mi niña. Usted y él no dejarán de mirar por ella: moriré tranquila confiando en eso...»--Una lágrima, una verdadera lágrima, redonda y rápida en su curso, se precipitó sobre la firma--«Su amante hija, Marcelina Pardo.»

El comandante apoyó el papel contra los ojos al esconder la cara en las manos, y se reclinó en la cómoda, vencido por uno de esos terremotos del corazón que modifican las actitudes y las elevan á la altura trágica sin que lo advirtamos nosotros mismos... Pasados quince minutos, alzó la frente, con una firme resolución y una promesa.

La misma que repetía ahora á la majestuosa noche.

IX