La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa)
Part 4
--Pues así que murió la señora, todo el mundo pensó que el marqués se casaba con ella... porque la muchacha tenía un chiquillo, y al marqués le había dado por tomarle un cariño atroz, de repente... así como á la hija verdadera, la que tuvo de su señora, no le hacía apenas caso... Y por cuanto salimos con que la moza apareció muy prendada y en tratos con un tal Angel, el gaitero de Naya, un buen mozo también, y jurando y perjurando que el chiquillo era hijo del gaitero dichoso... No hubo fuerzas humanas que la disuadiesen: que me caso, que me caso, y va y se casa con su querido, y el marqués, por no apartarse del chiquillo, los deja seguir de criados en casa, al frente de la labranza... y le da carrera al muchacho, y me lo trae hecho un señorito... Y unos dicen que si esto, que si aquello, que si lo otro, que si lo de más allá... Las lenguas, como usted me enseña, no hay quien las ate, eh? y usted, un suponer, no va á ponerle un tapón en la boca á todos.
Al llegar aquí Trampeta, el viajero frunció las cejas otra vez. Después de dudar un instante, dijo reposada y cortésmente:
--Con permiso de usted...
Y tomando á sus pies, de entre el lío de la manta, un libro, se puso á leer sosegadamente, aprovechando el paso de procesión con que la diligencia subía ¡á la cumbre, á la cumbre!
Túvose Trampeta por chasqueado. Los indicios de curiosidad é interés del viajero prometían plática larga y tendida, de esas que de repente, en un coche de línea, convierten en amigos íntimos á los dos indiferentes que un cuarto de hora antes dormitaban hombro contra hombro. Y héteme aquí que ahora el compañero se ponía á leer sin hacerle más caso. Echó una mirada sesga al libro, por si algo rastreaba: nuevo desengaño. El libro estaba en un idioma que Trampeta no conocía ni aun para servirlo.
¿Hay hablador curioso que se resigne á no chistar, dejando en paz á los que huyen de él refugiándose en un libro? Mil pretextos encontró Trampeta para distraer á su vecino y llamarle la atención. Ya le enseñaba un punto de vista, ya le nombraba un sitio, ya le bosquejaba en pocas palabras y muchos guiños de inteligencia la historia del dueño de alguna quinta. Fuese por cortesía ó porque le agradase, el enguantado atendía gustoso. Cerraba el libro metiendo el dedo índice por entre dos páginas para no perder la señal, y escuchaba, inclinando la cabeza, las indicaciones topográficas y chismográficas del cacique.
Habrían andado cosa de tres horas, y ya el sol, el polvo y los tábanos comenzaban á crucificar á los viajeros, cuando Trampeta tiró repentinamente de la manga al enguantado.
--Á bajarse tocan--le advirtió muy solícito como quien presta un servicio notable.
--Decía usted?--exclamó el viajero sorprendido.
--¿No va á la finca del marqués de las Cruces? Pues aquel es el soto. Mayoral! Para, mayoraal!
--No señor... Si no voy allí.
--Ah! Pensé.... Ha de dispensar.
La misma escena se repitió poco más adelante, en el empalme del camino que conduce á la soberbia quinta del marqués de San Rafael. Trampeta bien quisiera preguntar al enguantado--¿á dónde judas va entonces?--pero con toda su petulante grosería de cacique mimado por personajes muy conspicuos, dueño y señor feudal de un mediano trozo de territorio gallego, y por contera y remate, mal criado y zafio desde sus años juveniles, supo, á fuer de listo, notar en el semblante, modales y trazas del viajero misterioso cierto _no sé qué_ sumamente difícil de describir, combinación de firmeza, de resolución y de superioridad, que sin violencia rechazaba la excesiva curiosidad dejándola burlada.
VI
Uno de los deleites más sibaríticos para el feroz egoísmo humano, es ver--desde una pradería fresca, toda empapada en agua, toda salpicada de amarillos ranunclos y delicadas gramíneas, á la sombra de un grupo de álamos y un seto de mimbrales, regalado el oído con el suave murmurio del cañaveral, el argentino cántico del riachuelo y las piadas ternezas que se cruzan entre jilgueros, pardales y mirlos,--cómo vence la cuesta de la carretera próxima, á paso de tortuga, el armatoste de la diligencia. Hace el pensamiento un paralelo (fuente de epicúreos goces, sazonados por el espectáculo del martirio ajeno), entre aquella fastidiosa angostura y esta dulce libertad, aquellos malos olores y estas auras embalsamadas, aquel ambiente irrespirable y esta atmósfera clara y vibrante de átomos de sol, aquel impertinente contacto forzoso y esta soledad amable y reparadora, aquel desapacible estrépito de ruedas y cristales y estos gorjeos de aves y manso ruido de viento, y por último, aquel riesgo próximo y esta seguridad deliciosa en el seno de una naturaleza amiga, risueña y penetrada de bondad.
No todos razonan y analizan esta impresión con lucidez; pero apenas hay quien no la sienta y saboree. Bien la definía y paladeaba el médico de Cebre, Máximo Juncal, entretenido en _echar_ un cigarro, tumbado boca arriba en un pradillo de los más amenos que puede soñar la imaginación. El médico vestía tuina de dril y calzaba zapatos de becerro; ni cuello ni corbata tenía; su camisa de dormir, desabotonada, no tapaba unas clavículas duras y salientes como pechuga de gallo viejo ya desplumado; en sus manos afianzaba el último número de _El Motín_, donde acababa de leer las picardigüelas de un _curiana_ allá en Navalcarnero enviadas al periódico por un corresponsal rígidamente virtuoso, que escribía «lleno de indignación.»
Desde que por la carretera, bastante más elevada que el prado, vió Juncal asomar la nube de polvo que anuncia la proximidad de un coche de línea, interrumpió la para él sabrosísima lectura de los sueltos clerófobos, y alzando la cabeza, entre chupada y chupada, púsose á considerar atentamente las trazas del gran mamotreto. Oyó el repiqueteo de los cascabeles y campanillas, tan regocijado cuando el tiro trota, como melancólico cuando va á paso de caracol. Vió luego aparecer el macho delantero, y á sus lomos el flaco zagal, vestido de lienzo azul, con gorra de pelo encasquetada hasta la nuca, aletargado completamente bajo la influencia de un sol de brasa. Manteníase sin caer del caballo merced á un milagro de equilibrio y á la costumbre de andar así, pero lo cierto es que dormía. Dormía también el mayoral; sólo que ese ya roncaba cínicamente, espatarrado en el pescante, con la bota casi desangrada bajo el sobaco, el mango de la tralla escurriéndosele de la mano, los carrillos echando lumbre y colgándole de los labios un hilo de baba vinosa. Y dormitarían los caballos del tiro, si se lo permitiesen los encarnizados y fieros tábanos y las pelmas de las moscas, infatigables en lancetarles la piel. Los infelices jacos se estremecían, coceaban, sacudían las orejas con frenesí, se mosqueaban con el rabo, y solían arrancar al trote, creyendo huir de la tortura.
--Bueno va--pensó en alto el médico, riéndose sin pizca de compasión.--El tiro campa por su respeto. Y apenas va cargado el coche! No entiendo cómo no vuelca todos los días.
En efecto, desde lejos era el aspecto de la diligencia sumamente alarmante. La base de la caja parecía angostísima en relación con la cúspide, que la formaba una inmensa vaca ó imperial agobiada con cuádruple peso del que razonablemente admitía. Por todas partes emergían de la polvorienta cubierta enormes baúles, cajones descomunales, fardos de colchones, grupos de sillas, pues la mujer del empleado trasladaba su ajuar enterito. Del cupé, que también iba atestado de gente, sobresalían cestos con gallinas, y más líos, y más rebujos, y más maletas, y otra tanda de cajones. No se comprendía, al ver la penosa oscilación de la desproporcionada cabeza del carruaje sobre las endebles ruedas, que ya no se hubiese roto un eje, ó que la mole no se rindiese á su propia pesadumbre. Algo que entrevió Juncal al través de los cristales de la berlina, completó su malicioso regocijo.
--Y para más, dentro va el Arcipreste de Loiro! Diez ó doce arrobas de suplemento. Lo que es hoy.....
Al pensar esto el médico, llegaba el tiro á la revuelta de un puentecillo tendido sobre un riachuelo de mezquino caudal--el mismo que corriendo entre mimbrales y alisos regaba la pradería.--Era la revuelta asaz rápida; el tiro, entregado á su propio impulso, la tomó muy en corto. Juncal se incorporó, soltando un terno. No tuvo tiempo á más, porque en un santiamén, sin saberse cómo, toda la balumba de coche y caballos se revolvió, se enredó, se hizo un ovillo, y al sentir el peso del carruaje, que se inclinaba con crujido espantoso, encrespáronse los caballos, relinchando de ira y susto, irguióse la lanza por cima del pretil del puente, y el macho delantero, con el zagal encima, y tras él un caballo de cortas, salieron despedidos con ímpetu, haciendo _plaf!_ en mitad del riachuelo, lo mismo que ranas. Avínole bien á la diligencia, que la misma fuerza del empuje rompió cuerdas y tirantes, impidiéndole precipitarse con el resto del tiro desde una altura no extraordinaria, pero suficiente para hacerla añicos. Su peso descomunal la sujetó, volcada al borde del puente y recostada en él.
Dicen personas expertas en esta clase de lances, que ni los testigos oculares, ni las víctimas, son capaces de referir puntualmente las peripecias que se suceden en un abrir y cerrar de ojos, ni menos recordar de qué manera, guiado por el instinto de conservación, se pone en salvo cada quisque.
Yacía tumbado el coche; el mayoral había despertado rodando del pescante al suelo y abriéndose la cabeza, y sin duda por la descalabradura se le refrescó y disipó la mona, pues ágil ya y despabilado, se emperraba en aquietar y desenredar el tiro, metiéndose entre las bestias con intrepidez salvaje, lidiando cuerpo á cuerpo, á coces y puñadas, con mulas y machos, sin diferenciarse de ellos más que en las espantosas blasfemias que escupía. En ventanillas y portezuelas fueron asomando cabezas, brazos, hombros, hasta pies, pugnando por romper su cautiverio. Surgieron dos estudiantes, tiraron por la moza, y la sacaron arrastro; y como se empeñase en recoger sus quesos, vociferaron y la desviaron á empellones. La empleada salió pálida como la cera, apretando silenciosamente al niño que lloraba sin consuelo; luego el notario, echando venablos; y por la portezuela de la berlina, poco menos amarillo que la empleada, saltó Trampeta con una mano sangrando de la cortadura de un cristal. Los del cupé, gente aldeana, descendían aturdidos de sorpresa. En el mismo instante llegaba Juncal, á todo correr, al pie de la diligencia volcada.
--¿Qué es eso, hombre? ¿qué es eso?--preguntó á Trampeta.
--Ya lo ve, Máximo... Hoy nacimos todos...--respondió el cacique sin poder hablar del susto.--Míreme aquí, hom, si tengo cortada la vena...
--Qué vena ni qué caracoles... Acudir á los que quedan dentro, hombre... ¿Queda alguien? A ver...
Con ayuda de los estudiantes, tenía ya el mayoral casi apaciguado el tiro, y sólo le faltaba reducir á una mula que, habiéndose cogido la cabeza entre dos correas, á fuerza de patear se empeñaba en ahorcarse. El médico miró hacia el fondo de la berlina. Salía de allí un ahogado y entrecortado ronquido, tan hondo como el registro más grave de un órgano; y el médico vió á un viajero de buenas trazas metido en la ardua faena de mover la masa gigante del señor Arcipreste, y empujarla hacia la portezuela. Momentos antes Máximo Juncal se sentía animado de los más siniestros propósitos contra la Iglesia en general y el clero diocesano en particular; pero la vista del lastimoso cuadro le ablandó las entrañas, que más que dañadas tenía curtidas por la hiel de un temperamento bilioso, y sin hacer caso de la herida de Trampeta, que éste liaba con el pañuelo, acudió en auxilio del viajero enguantado, á quien veía de espaldas, llamando al notario para refuerzo.
--Empújelo usted hacia acá... Yo tiraré por la pierna... ¡Eh! señor escriba, aguante usted aquí... coja este pie... así... quietos... ya pasó un muslo... ¡Arráncate nabo! Ey... que me hundo, que me hundo! ¡Apuntáleme, escriba de los demonios!
Salió en vilo, sostenida por los puños de Juncal y los fuertes brazos del notario, la mole del desventurado Arcipreste, que dormido durante la catástrofe, no comprendía lo que pasaba, y se veía con sus compañeros de viaje encima, y una astilla de la destrozada caja hincándosele en un costado. Tal fué su estupor, que se le cortó el habla, y sólo exhalaba sordos ronquidos de agonía. Apareció hecho una lástima, con el rostro amoratado y congestionado, en desorden los venerables cabellos blancos, la cabeza y manos no ya temblonas, sino perláticas, y el balandrán roto. Juncal torció el gesto, y falló para sí:
--A sus años, esto echa á un hombre á la sepultura.
El caritativo viajero salió á su vez; tiempo era ya. De la brega tenía destrozados los guantes y descompuesto el traje; con los esfuerzos, se le había coloreado la tez y animado el rostro, quitándole, como suele decirse, diez años de encima, ó mejor dicho revelando su verdadera edad, más alrededor de los treinta y pico que de los cuarenta. Aproximósele Juncal muy solícito, y al fijar los ojos en él, se echó atrás admirado.
--Usted dispense...--pronunció.--¡Soy capaz de aventurar algo bueno á que es usted de la familia de la difunta señora de Ulloa, doña Marcelina Pardo!
El viajero se sorprendió también.
--Su hermano para servir á usted--contestó.--¿Tanto me parezco?
--Facción por facción, no señor: pero el aire, es una cosa, como dicen aquí, escupida... Con que es usted...
--Gabriel Pardo de la Lage, para lo que usted guste mandar. No cree usted que ahora convendría...
--Lo que conviene es que todos los pasajeros se vengan á Cebre, y allí se curarán los heridos, y los asustados tomarán un trago y un bocado para tranquilizarse... Al mayoral y al zagal les mandaremos gente que ayude á enderezar el coche, y á llevar los caballos á la cuadra, que falta les hace también... A bien que en Cebre ya de todas las maneras tenían que mudar tiro... Hay herrero que empalme la lanza rota, y carpintero que eche un remiendo á la caja... El coche no ha sufrido grandes desperfectos... Fue más el ruido que las nueces... El que tenga que curar algo, á mi casa enseguidita... ¿Usted ha salido ileso, señor de Pardo?
--Noto un dolor en este codo... Alguna rozadura.
--Veremos... Usted no se va á la posada, que se viene á mi choza... Espero en Dios que podrá usted seguir el viaje.
--Mi propósito era bajarme en Cebre. Y en efecto me he bajado, sólo más aprisa de lo que pensé.
Sonrióse al decir esto, y Juncal le encontró «templado» y simpático. La caravana se puso en marcha: los estudiantes, de los cuales sólo uno tenía un chichón en la frente, iban locuaces y jaraneros, metiendo á barato el percance; la moza, antecogiendo su cestilla de quesos, que al fin había logrado rescatar; la mujer del empleado cargada con su rorro, que se abría á puros llantos, sin que la madre le diese más consuelo que decirle--calla que se lo hemos de contar á papá... á papaíto,--Trampeta con la mano liada, seguro ya de no desangrarse y nuevamente cebada la curiosidad al saber que el enguantado viajero era el propio cuñado del marqués de Ulloa; el notario de Cebre, tan arrimadito á la moza chata, como la moza á sus quesos; y el Arcipreste, cogido del brazo de Juncal, flaqueándole las piernas, temblándole el cuerpo todo, gimiendo y resoplando.
VII
Los que no tenían casa ni amigos en Cebre, hubieron de dar con sus molidos cuerpos en el mesón que allí toma nombre de fonda; el Arcipreste fué á pedir hospitalidad á su correligionario el cacique Barbacana; y al viajero de los guantes, ó sea don Gabriel Pardo, se lo llevó consigo el médico, sin permitir que se cobijase bajo otro techo sino el suyo, porque desde el primer instante le había _entrado_ el cuñado del marqués,--y cuenta que no simpatizaba fácilmente con las personas el bueno de Juncal.
Agasajó á su huésped lo mejor que pudo y supo, diciéndole á cada rato que su _señora_ estaba ausente, pero volvería dentro de un ratito, y entonces se sentarían á _hacer penitencia_. A pesar de las ideas avanzadísimas de Juncal, que con la revolución se habían acentuado aún más en sentido anticlerical y biliosamente demagógico, guardóse bien de informar á don Gabriel de que la susodicha _señora_ (nombre con que se llenaba la boca), había sido una panadera de las famosas del pueblo de Cebre: cierto que la de más almidonadas enaguas, limpias medias, rollizos mofletes y alegres y _churrusqueiros_ ojos que tenía el país. Por sus muchos pecados, tropezó Juncal en aquel dulce escollo desde su llegada á Cebre, y al fin, después de unos cuantos años de enharinamiento ilícito, un día se fué, como el resto de los mortales, á pedir al párroco la sanción de lo comenzado sin su venia. Y justo es añadir que á su mujer, tan jovial y sencilla ahora como antes, se le daba un ardite de la posición social, y solía decir á menudo:--Cuando yo llevaba el pan á casa de don Fulano, ó de don Zutano...--Hasta por un resto de afición á las cosas del oficio, había persuadido á su esposo á que adquiriese y explotase un molino, poco distante del prado en que el médico presenció el vuelco de la diligencia. Mientras el marido leía ó descansaba, la buena de _Catuxa_, que así llamaba todo Cebre á la señora de don Máximo, era dichosa ayudando al molinero á cobrar las maquilas, midiendo el grano, regateando la molienda á sus antiguas colegas, charlando con ellas á pretexto del negocio, y viviendo perpetuamente en la atmósfera de fino polvillo vegetal á que sus poros estaban hechos.
Envuelta venía aún en flor de harina cuando entró en la salita donde la esperaban Máximo y Gabriel; traía los brazos remangados y el pelo gris como si se lo hubiesen recorrido con la borla impregnada, de polvos de arroz, lo cual hacía más brillantes sus ojos, más límpido el sano carmín de sus trigueñas mejillas. Saludó sin cortedad, con expansiva lisura, y don Gabriel por su parte empezó á tratarla con tan reverente cortesía como á la más encopetada ricahembra; pero en breve comprendió que la complacería mudando de tono, y hablóle con llaneza festiva, sin renunciar por eso á mostrarse deferente y cortés. Ambos matices los notó Juncal, que no tenía pelo de tonto, y creció su inclinación hacia el viajero, que le parecía ahora tan discreto como caritativo antes.
Comieron en una ancha sala con pocos muebles: Catuxa cerró casi del todo las maderas de las ventanas, por las cuales se colaba una delgada cinta de luz, y ofreció á cada convidado una rama de nogal con mucho follaje, para que mientras comían no se descuidasen en espantar las moscas. No hizo ascos á la comida don Gabriel, y alabó como se merecían algunos platos muy gustosos, los pollitos tiernos aderezados con guisantes, las sutiles mantequillas trabajadas en figura de espantable culebrón, con ojos de azabache y una flor de borraja hincada de trecho en trecho en el escamoso lomo. Tales primores gastronómicos revelaron á don Gabriel que la señora de Juncal trataba bien á su marido y le hacía grata la vida: así era en efecto, moral y físicamente, y por humillante que parezca esta confusión de fuerzas tan distintas, el genio apacible y las mantequillas suaves de Catuxa influían á partes iguales en sosegar la bilis del médico.
Mientras duró el festín, Juncal y su huésped hablaron mucho del lance del vuelco, del escándalo de que menudeasen tanto, de que en no multando á las empresas, éstas hacían su gusto, riéndose de quejas de viajeros y piernas rotas. Informóse don Gabriel de los antecedentes de su curioso compañero de viaje, y al referirle Juncal algunas de sus caciquescas hazañas, se rió recordando la indignación con que Trampeta condenaba en Barbacana otras muy parecidas. A los postres, notó el médico que su huésped parecía molestado, aunque haciendo esfuerzos para disimularlo.
--¿Usted no se encuentra bien?
--No es nada... Parece como si este brazo se me hubiese resentido un poco; me cuesta trabajo moverlo. No se apure usted ahora... Cuando nos levantemos de la mesa tendrá la bondad de reconocérmelo, á ver qué ha sido.
Quería Juncal verificarlo al punto, mas el huésped afirmó que no valía la pena de darse prisa, y el médico en persona preparó el café con una maquinilla de espíritu de vino, mientras Catuxa subía de la bodega una botella de ron muy añejo, guarnecida de telarañas. Tal regalo fué, como suele decirse, pedir el goloso para el deseoso; porque si bien don Gabriel no se negó á gustar el rancio néctar, el caso es que Juncal le hizo la razón con tanta eficacia, que se bebió de él casi la mitad. Siempre había sido Juncal, aun en tiempos en que no se le caía de la boca la higiene, grande amigo del licor de la Jamaica; pero, desde que se unió en santo vínculo á Catuxa, la ignorante panadera le obligó á practicar lo que predicaba, cerrando bajo siete llaves el ron y dándoselo por alquitara, ó en ocasiones muy singulares, como la presente.
Alzados los manteles, retiráronse Juncal y don Gabriel al despacho del primero, donde había estantes de libros profesionales, una cabeza desollada y asquerosísima, con un ojo cerrado y otro abierto, que representaba el _sistema venoso_, estuches y carteras de lancetas y bisturíes, y no pocos números del _Motín_ y _Las Dominicales_ rodando por sillas, pupitre y suelo. Despojóse don Gabriel de su americana de paño gris á cuadros; desabrochó el gemelo de su camisa y la levantó para mostrar el brazo lastimado. Lo palpó Juncal, se lo hizo mover, y observó concienzudamente, por las manifestaciones del dolor, de qué índole y en qué punto residía la lesión. Dos ó tres veces notó en el semblante del viajero indicios de que reprimía un _¡Ay!_ Con seriedad é interés le dijo:
--No repare usted en quejarse... Estamos á saber qué le duele, y cuánto y cómo.
--Si he de ser franco--respondió sonriendo don Gabriel--me escuece unas miajas. Se conoce que al tratar de mover á aquel buen señor de Arcipreste, todo el peso de su cuerpo y del mío juntos cargó sobre este brazo, que hacía fuerza en la delantera de la berlina... Será una dislocación del hueso.
--No señor; creo que no tiene usted nada más que un tendón relajado, aunque el pronóstico de esta clase de lesiones es muy aventurado siempre, y se lleva uno cada chasco, que da la hora. Si usted fuese un labriego...
--¿Qué sucedería?
--Se lo voy á decir á usted con toda franqueza, por lo mismo que estoy hablando con una persona que me parece altamente ilustrada....
--Por Dios...
--No, no, mire usted que tengo buena nariz, y ciertas cosas se conocen en el olor. Pues lo que haría si usted fuese uno de esos que andan arando, sería llamar á un _atador_ ó _algebrista_, de los infinitos que hay por aquí....
--Curanderos?
--Componedores; son al curandero lo que al médico el cirujano operador. Justamente aquí cerca tenemos uno, el más famoso diez leguas en contorno, que hace milagros. Cuando yo llegué de la Universidad, llegué lleno de fantasía, y me enfadaba si me decían que los algebristas pueden reducir una fractura sin dejar cojo ó manco al paciente; después me fuí convenciendo de que la naturaleza, así como es madre, es maestra del hombre, y que el instinto y la práctica obran maravillas.... Con cuatro emplastos y cocimientos, y sobre todo con la destreza manual, que esa raya en admirable...
Decía todo esto Juncal mientras aplicaba compresas empapadas en árnica y vendaba el brazo de don Gabriel.
--Creo--respondió el paciente--que usted habla así por lo mismo que domina su arte y no teme competencias. No todos los médicos pensarán como usted en ese punto...
--Pensar, tal vez, pero no quieren confesarlo; hasta los hay que persiguen de muerte á los algebristas. Los más encarnizados aún no son los médicos, sino los veterinarios,--porque los atadores curan indistintamente á hombres y animales, no reconociendo esta división artificial creada por nuestro orgullo. Eh?
El médico miró á don Gabriel como reclamando su aquiescencia á este rasgo de osadía científica. Don Gabriel sonrió. Se había terminado la cura, y bajaba la manga para vestirse otra vez.