La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa)

Part 22

Chapter 224,073 wordsPublic domain

--¿Y usted.... no sospecha con qué objeto quiere verme la señorita Manuela?

--Quiere confesarse, ó cosa semejante; quiere.... ¿Qué ha de querer la pobrecilla? Imagínese usted.... Consejo, luz; ¡que la ayuden á salir del pozo en que cayó hace cuatro días! El mal ha cedido; bien lo decía el médico de Cebre, que el daño físico era poca cosa y fácilmente se vencería. Ya no hay convulsiones, ni querer batir con la cabeza contra la pared, ni aquello de llamar á gritos á Perucho y acusarse en voz alta de los más horribles delitos.... Figúrese usted que hasta dijo que ella había matado á su madre. Así es que la tuvimos secuestrada, sin permitir que en el cuarto entrase nadie.... ¡y ojalá hubiésemos empezado por ahí, desde que Perucho se marchó! Entonces no le hubieran contado.... ¿No le parece á usted una fatalidad que supiese el parentesco que la une á aquel infeliz? Han cargado su conciencia de negras sombras; la han torturado con remordimientos que pudieron ahorrársele del todo.... la han colocado á dos dedos de la locura!

--Me parece que no está usted en lo cierto, señor don Gabriel--respondió lentamente el cura de Ulloa.--Si la niña ignorase que hay entre ella y el hijo de Sabel un obstáculo eterno é invencible, le seguiría amando y no veríamos nunca extinguida la pasión incestuosa. Estas desgracias tan terribles provienen cabalmente de no haberle abierto los ojos á tiempo: ¡tremenda responsabilidad para los que estaban obligados á velar por ella! Dios se lo perdone en su infinita misericordia.

--Me coge de lleno esa responsabilidad, padre. Yo debí venir antes á conocer á la hija de mi pobre hermana, á saber cómo vivía, cómo la educaban. Nada de eso hice, y será un remordimiento que me ha de durar tanto como la vida. Y usted, usted que es un santo....

--Señor de Pardo, no me abochorne. Soy el último y el más miserable pecador.

--Bien, pues usted.... que es un malvado!--exclamó sonriendo cariñosamente el artillero,--¿no tuvo ocasión de insinuarle.... no se confesaba la niña con usted?

--Algún año por el Precepto.... Confesiones á escape, en que no es posible echarle la sonda á un alma y ver lo que tiene dentro. Todo lo han descuidado en esa pobrecita, hasta los deberes religiosos, y si hay en ella bondad y honradez....

--¡Ya lo creo que la hay...!--protestó Gabriel con viveza.

--Será por virtud natural y por misericordia de Dios... Nada le han enseñado; la han dejado vivir entregada á sí misma, por montes y breñas como los salvajes. Ha caído muy hondo; pero ¿cómo no había de caer? Al borde del abismo la empujaban!

--¿Cómo es que no la veía usted más á menudo? Usted que tanto quiso á su madre?

La fisonomía del cura se animó y alteró un tanto. Gabriel le había observado desde un principio, y notado que el cura de Ulloa, ahora como en la primer entrevista, parecía llevar sobre las facciones una máscara, una especie de barniz de impasibilidad, austeridad y desasimiento, que le daba gran semejanza con algunas pinturas de santos contemplativos que andan por las sacristías. La expresión se había recogido al interior, por decirlo así; los ojos, muy sumidos bajo el convexo párpado, miraban positivamente para dentro. Eran sus trazas como de hombre que huye de la vida de relación y se concentra en su pensamiento, procurando envolverse en una especie de mística indiferencia por las cosas exteriores, que no es egoísmo porque no impide la continua disposición del ánimo al bien, sino que parece coraza que protege á un corazón excesivamente blando contra roces y heridas. La forma cristiana de la impasibilidad estoica. Pero ante la directa pregunta de Gabriel, quebrantóse la tranquilidad del cura: un leve matiz rojo le tiñó las mejillas, y brillaron sus apagados ojos. No debía de ser tan flemático, en el fondo, el bueno del abad.

--No señor--pronunció más aprisa y en tono algo agitado.--Le hablaré á usted con franqueza absoluta, por ser usted quien es y por el caso extraordinario en que estamos... Hace muchos años que yo no frecuento la casa de los Pazos, en que tuve la honra de ser capellán, parte por el carácter de su señor hermano político de usted (todos tenemos nuestros defectos, nuestras rarezas), parte porque me traían aquellas paredes recuerdos... bastante tristes. De esto no necesitamos hablar más. Respecto á la niña, mire usted... Cuando era pequeñita, puede decirse que recién-nacida, le tenía yo cobrado un cariño... un cariño que no sé: muy grande podrá ser el amor de los padres para sus hijos, pero lo que es el que yo tenía al angelito de Dios, es una cosa que no se puede explicar con palabras. Como luego me fuí de aquí y tardé bastante tiempo en volver (hasta que me presentaron para este curato), pude meditar y considerar las cosas de otro modo, con más calma; y entonces evité ver mucho á la niña, por no poner el corazón en cosas del mundo y en las criaturas, que de ahí vienen amarguras sin cuento y tribulaciones muy grandes del espíritu... El que se casa, bien está y justo es que quiera á sus hijos sobre todas las cosas, después de Dios; pero el sacerdote, y en especial el párroco, ha de ser padre de todas sus ovejas, pues tal es su oficio... y no amar mucho en particular á nadie, para poder amar á todos, y amarlos no en sí, sino en Cristo, que es el modo derecho. Así he creído que debía hacer, señor de Pardo... En cuanto al motivo, no pienso haber errado; pero, á poder prever los acontecimientos y el peligro de la niña, debí proceder de otro modo. Yo, que estaba cerca, soy muchísimo más delincuente y reo de descuido que usted que estaba lejísimos y no podía razonablemente suponer que corriese Manuela ningún riesgo teniendo al lado á su padre.

--Pues ahora--exclamó Gabriel--se me figura que nada remediamos con andar volviendo la vista atrás y lamentar lo ocurrido. El lance es espantoso; á hacerle cara, y á reparar en lo posible (hablo por mí) el delito de que somos reos. Yo tengo aquí en esta mano la reparación. Lo que necesita ahora mi sobrina, es rehabilitarse á sus propios ojos; es volver á estimarse á si misma; es reconciliarse con su propia conciencia. Es muy joven, muy inexperta, muy sencilla, ya por efecto de su carácter, ya de sus hábitos; y cree haber cometido uno de esos crímenes horribles que la hacen acreedora á que caiga sobre su cabeza el fuego del cielo, que abrasó á los habitantes de las cinco ciudades aquellas... Cuando no se ha vivido, señor cura, no es posible tener idea exacta de la magnitud y trascendencia de nuestros actos, ni del grado de responsabilidad que nos toca en ellos; así es que la pobre chica, no le quiero á usted decir ni cómo se trata á sí misma, ni las cosas que se llama, ni las culpas que se echa, ni las atrocidades que ensarta sobre el tema de que se quiere morir, de que no estará tranquila hasta que le canten el responso, ¡y otras mil cosas análogas! Desde que ha pasado el acceso nervioso, permanece calladita y vuelta de cara á la pared, y sólo se le saca de cuando en cuando un--¡Ay Jesús... ay Jesús... yo me quiero confesar...!--pero, en resumidas cuentas, el estado de ánimo entonces y ahora es el mismo, y aquí no hay más que una solución: tranquilizar, calmar, restaurar ese espíritu. Yo lo he intentado por todos los medios; pero á mí no me oye ni me atiende, mientras que á usted le llama... Su sagrado prestigio de usted lo puede todo en esta ocasión.

--Cuanto de mí dependa...

--Y de mí; ¿no ha entendido usted aún? Lo diré más claro. Hágale usted comprender que nada ha perdido, que no está ni infamada ni maldita, una vez que su tío, persona decente por los cuatro costados, la pide por mujer, la quiere con todo su corazón, y está dispuesto á ser para ella cuanto le negó la suerte hasta el día: padre, madre, hermano, protector, esposo amantísimo... que con todos estos cariños diferentes la sabré querer yo.

Reinó en la celdita prolongado silencio. El cura recobraba su expresión tranquila; reflexionaba. Por último, interrogó:

--¿Usted se casaría con ella, sin reparar...?

--Sin reparar en lo sucedido.

--Y nunca...

--Y nunca se lo había de traer á la memoria.

--Según eso, ¿está usted... prendado de su sobrina?

--No señor. Prendado, no, según suele entenderse esa palabra. La quiero; y además pago una deuda.

--No desmiente usted la buena sangre, señor don Gabriel... _Alguien_ le estará á usted dando las gracias y pidiendo por usted desde el cielo.

--No--respondió Gabriel levantándose--si aquí quien ha de hacer el milagro es usted... Mi destino y el de Manuela están en sus manos.

--En las de Dios--respondió fervorosamente el cura de Ulloa. Dicho esto, se levantó, volvió la vista hacia una detestable litografía del Corazón de Jesús, que tenía colgada á la cabecera de la cama, y movió los labios aprisa; aquello sí era rezar.

XXXIV

A tiempo que el párroco de Ulloa cruzaba, sereno en apariencia, aquellos salones tan poblados para él de memorias y de diabólicas insidias y asechanzas contra su reposo, Juncal salía del cuarto de la enferma. A la pregunta ansiosa de Gabriel, el médico dió respuesta sumamente satisfactoria:

--Mejor, mucho mejor... Se ha comido la patita de la gallina, toda entera... Se bebió un vaso de tostado...

--¿Por su voluntad?

--No; tuve que rogarle mucho, pero después se veía que lo despachaba sin repugnancia. A esa edad, la naturaleza ayuda... Señor abad; ¡felices!

--Igualmente, don Máximo... ¿De manera que no hay inconveniente en entrar junto á ella?

--Al contrario... tiene afán por verle á usted.

--Pues señores... hasta luego.

Así que el cura desapareció tras la puerta del cuarto, Juncal enganchó el brazo derecho en el del comandante, y le llevó hacia el claustro, diciendo afectuosamente:

--Véngase, véngase á tomar un poco el aire... usted va á salir de esta batalla con una enfermedad. Duerme y come tan poco como la enferma, y eso no puede ser... A ella la sostuvo hasta hoy la excitación nerviosa; usted está en diferente caso.

--Bch... ¿Cómo sigue don Pedro? No voy allá porque se pone hecho un lobo cuando me ve... ¡La manía de que yo he venido á traer la desgracia á esta casa!

--Mire, seguir no le sigue peor; mañana ó pasado se levantará, y parecerá muy fuerte; pero... confieso que me ha dado un chasco. Físicamente (consiste en la diferencia de edades) le ha hecho la cosa más eco que á la muchacha... Ha sido un golpe terrible. Y que nada; que no se acostumbra á que el chico se haya marchado. Hasta los jabalíes del monte quieren á sus cachorros; esto lo prueba.

--Bonita está esta casa. Dígole á usted, Máximo, que arde en un candil. No hablemos de Manuela; pero entre don Pedro que aúlla, y las gentes de abajo, que me arman cada gazapera y cada red... Porque ahora sus baterías se dirigen á que don Pedro reconozca... Piensan que va á liárselas, y... á lo que estamos, tuerta.

--Bueno es que usted se impuso desde el primer instante..... Sinó, ¿quién pararía aquí?

--Me impuse; no quiero que molesten á un enfermo; pero lo del reconocimiento lo considero muy justo. Si ese cernícalo me quisiese oir, se lo aconsejaría. ¡Cuántos daños se hubieran evitado, con hacerlo al tiempo debido!

Juncal inclinó la cabeza en señal de asentimiento, y los dos amigos siguieron paseando por el claustro, ó mejor dicho por la solana, sostenida en pilastras de piedra, con el escudo de Moscoso, que formaba el cuerpo superior del claustro. El liquen, á la luz del sol, estriaba de oro la piedra; y bajo los aleros del tejado se oía el pitío alborotador de las golondrinas, que desmintiendo la popular creencia de que sólo anidan en casas donde reinan paz y ventura, entraban y salían en sus nidos, con vuelo airoso.

--Don Gabriel, usted está alterado--exclamó el médico notando la irregularidad del andar y los movimientos del comandante. Todo el cuerpo de Gabriel, en efecto, vibraba como una caldera de vapor á tensión muy alta.--No se lo dije, que acabaría usted por ponerse más malo que su sobrina?

--No es eso, no es eso...--exclamó con vehemencia el comandante, soltando el brazo de su amigo y reclinándose en una de las pilastras.--Es... que ahora, en este mismo instante, se decide el destino de mi vida y el de Manuela. El cura de Ulloa lleva un encargo mío...

--¡Mi madre querida!--exclamó con cómico terror Juncal, agarrándose con las manos la cabeza.--¡Ha puesto usted su destino en manos de un clericeronte! ¡Estamos frescos! Ay, don Gabriel, de aquí va á salir una _falcatrúa_... Verá, verá, verá.

--¡Hombre!--repuso Gabriel sin poder evitar la risa.--Yo pensé que hacía usted una excepción honrosísima en favor del cura de Ulloa.

--Entendámonos, entendámonos... Hasta cierto punto nada más. ¡El clérigo siempre es clérigo! Donde él pone la mano, todo lo deja llevado de Judas. ¿Usted piensa que á mí me hizo gracia el que la chica llamase por él y quisiera verlo á toda costa? ¡Mal síntoma, síntoma funesto! Yo á sanarla, y el clérigo... ¡ya lo verá usted! á enfermar la otra vez, y de más cuidado que la primera. Mucho será que hoy no tengamos la convulsión y la llorerita... ¡Mecachis en los que vienen ahí á alborotar á la gente!

--Vamos, Máximo, tolerancia, tolerancia... ¿De modo que si usted pudiese, al cura de Ulloa me lo metía en el buque con los demás, y con los demás me lo enviaba á tierra de salvajes?

--¡Pues claro, señor! ¿No hace falta un apóstol para convertir á los infieles? Pues así habría un apóstol entre muchos pillos... Y nos quedaríamos libres por acá de apóstoles, porque nosotros ya estamos convertidos hace rato.

En tomando la ampolleta Juncal sobre esta cuestión, no era facil atajarle; y como Gabriel se reía á veces de sus extravagantes dichos, el médico sacaba todo su repertorio. Mientras el comandante apuraba el cigarro, el médico refería la vida y milagros de todos los abades del contorno, más ó menos recargada de arabescos y viñetas.

--El de Boan... á ese ya lo habían despachado por bueno: lo atacaron veinte facinerosos en su casa, y les probó que servía mejor que ellos para el oficio: si se descuidan me los escabecha á todos... Mire qué mansedumbre evangélica. El de Naya no me la da á mí con su carita complaciente: debe de ser un pillo redomado: más amigo de diversión y gaudeamus... Si le estuviesen dando la consagración de obispo y oyese que al lado se iban á disparar unos cohetes y á hinchar un globo, tira con la mitra y echa mano al tizón... El arcipreste de Loiro... dice que se come él solo un capón cebado y que le chorrea la grasa de la enjundia por el queso abajo, hasta el ombligo.... ¡Pues no digo nada del nuevo que nos han mandado á Cebre! Más bruto no lo hace Dios aunque se empeñe... y tiene pretensiones de orador sagrado, porque en Santiago le dieron una faena de cavador; en un mismo día predicó por la mañana el sermón del Encuentro, al aire libre, y por la tarde el de la Agonía: total cuatro horas de echar el pulmón, y de hacer chacota de él los estudiantes. Y lo más célebre fué que en el sermón del Encuentro llevaba una pelliz, eso sí, muy planchada y muy rizadita; y cuando para enternecer al público hizo ademán de abrazar á la Virgen para consolarla de la ausencia de su hijo, los estudiantes gritaban: ¡Ay mi pelliz! Así que se enteró el Arzobispo, dicen que le pasó recado de que no predicase más... Aquí cuando echa la plática aturde la iglesia... Según dicen; que yo, ya imaginará usted que no asisto á semejante iniquidad... Usted está distraído, vamos; no le cuento á usted más cuentos de esa gente.

--No, cuente usted; así entretengo un poco la ansiedad inevitable. Porque sepa usted que á mí lo único que me saca de quicio y me desata los nervios, es la expectación y la incertidumbre. Para las desgracias verdaderas, para los males ya conocidos, creo que no me falta resistencia; y eso que no la doy de estoico.

Siguió Juncal refiriendo cuentos de curas; pero como todo se agota, la conversación iba languideciendo mucho. Gabriel, de cuando en cuando, entraba en el salón, recorría dos ó tres habitaciones, y salía siempre diciendo:--¡Nada... nada...! ¡La cosa va larga!

--Ya verá usted--respondía Juncal--cómo el bueno del cura le mete escrúpulos en la cabeza á la señorita.

XXXV

--Queda muy sosegada, y en un estado de ánimo bastante bueno. Mañana, Dios mediante, recibirá al Señor--respondió el cura de Ulloa, fijando los ojos en un nudo de la madera del piso, pues aquella habitación de Gabriel Pardo era _la misma_, la de su hermana, y tender la vista alrededor una prueba muy fuerte para el espíritu del párroco.

--Y...

--Todo se lo he expuesto y se lo he manifestado de la mejor manera posible y apoyándolo con cuantas razones me sugirió mi pobre inteligencia. Le he dicho que usted le dispensaba una honra y le daba una prueba de afecto grandísima, elevándola al puesto de esposa suya, después de que...

--¡Ay Dios mío!--exclamó Gabriel tristemente.--Si se lo ha presentado usted como un favor, de fijo que se ha resentido su orgullo... y por altivez, por delicadeza, habrá sido capaz de negarse...

--No señor, no...

--¿Ha dicho que sí? ¿ha dicho que sí?--preguntó Gabriel afanosamente.

--Se ha negado...

--¡Ya!

--Pero por otras causas, que usted y yo estamos en el caso de respetar.

--¿Otras causas?

--Manuela se encuentra sinceramente arrepentida... La desventura, el golpe que ha recibido le han abierto mucho los ojos del alma. No desea más que expiar y llorar su culpa...

--¡Su culpa!--exclamó Gabriel, con acento de protesta.--¡Su culpa, pobre criatura abandonada, sin consejo, sin cariño de nadie! ¡Don Julián, don Julián! Ocasiones hay en que yo me condeno á mí mismo por mi detestable propensión á la indulgencia; porque creo que se me han roto todos los resortes morales; pero ahora... ¡quisiera tener en esta mano todo el perdón y todo el amor del mundo... para derramarlo sobre la cabeza de mi sobrina! ¡Ella es inocente... otros, otros somos los culpables!

--Otros--replicó con mansa firmeza el cura--son acaso más culpables que ella; pero ella tampoco es inocente, señor de Pardo. Ella lo comprende y lo reconoce, y desea, así que su padre se ponga bueno, retirarse á un convento de Santiago.

--¡Monja!--exclamó Pardo.--Monja... ¡Quiere ser monja!

--Por ahora, no señor. La vocación no viene en un día, y yo siempre le daría el consejo de que desconfiase de una vocación repentina, dictada por sinsabores ó desengaños del mundo. Lo que Manuela quiere es retiro y descanso que le cure las heridas y sitio en qué hacer penitencia de su pecado. Yo le he hablado de bodas, de esposo y de alegría; me ha respondido celda y llanto. En mí no estaba desviarla de ese propósito, desde que me lo manifestó. No me lo permitía mi oficio á aquella cabecera.

Gabriel se acercó al cura de Ulloa, y tomándole con agitación las manos,

--Sí, padre--exclamó;--sí, sí, usted es el único que podía apartarla de ese triste cautiverio en que va á caer voluntariamente... Entrará allí ahora, porque cree, porque piensa que se le ha acabado el mundo y que ha delinquido atrozmente; porque tiene vergüenza y dolor, porque no sabe lo que le pasa... Después de entrar allí, lo que sucede; ya no se atreverá á salir, y se creerá en el compromiso de tomar el hábito, y lo tomará, y sufrirá, y vivirá mártir, y acaso morirá desesperada... Don Julián, ¡usted que tanto ha querido á su madre...!

Pardo sintió temblar en la suya la mano del cura de Ulloa, y creyó que el argumento había hecho fuerza. En efecto, el cura se levantó, y como si despertase de un sueño, abrió sus ojos siempre entornados y los paseó por los muebles, por la habitación, los clavó en la ventana. Y con expresión de angustia, con acento hondo y muy distinto de la voz sorda y tranquila que tenía siempre, gritó:

--¡Ojalá que su madre hubiera entrado en el convento también! Dios llama á la hija... Que vaya! Que vaya! Virgen Santísima, ¡ampárala, recíbela, sostenla, quítala del mundo!

Por primera vez sintió el comandante un impulso de ira contra aquel hombre que poseía á sus ojos la aureola y el prestigio del santo, ó--para emplear con más exactitud el lenguaje interno de Gabriel--del hombre honrado que ajusta á sus convicciones su vida, y no tiene para sus semejantes sino ternura y caridad. Rebosando enojo, le apostrofó rudamente:

--Don Julián, permítame usted que le diga que eso es un enorme desacierto! Manuela puede ser en el mundo feliz, buena y honrada... y es un horror que vaya á sacrificarse, á enterrarse y á consumirse entre cuatro paredes, sin chispa de devoción ni de humor para ello... por qué? Por una desdicha que ha tenido, por una falta que todo disculpa, cuyo alcance ella no ha podido comprender, y cuya raíz y origen están, al fin y al cabo, en lo más sagrado y respetable que existe... en la naturaleza!

--Señor de Pardo--respondió el cura, que ya había recobrado su apacibilidad de costumbre--lo que la naturaleza yerra, lo enmienda la gracia; y el advenimiento de Cristo y los méritos de su sangre preciosa fueron cabalmente para eso; para remediar la falta de nuestros primeros padres y sanar á la naturaleza enferma. La ley de naturaleza, aislada, sola, invóquenla las bestias: nosotros invocamos otra más alta... Para eso somos hombres, hijos de Dios y redimidos por él. Dejemos esto; yo desearía que usted no se quedase con el recelo de que he influído directamente en el ánimo de la señorita. Vaya usted junto á ella, pregúntele, ínstele... haga usted su oficio, que la Virgen Santísima no ha de descuidarse en hacer el suyo... Yo me vuelvo á mi casa, si no tiene usted nada que mandar á este humilde servidor y capellán.

--Voy junto á mi sobrina ahora mismo--respondió Gabriel retando al cura con su decisión y con su cólera.

XXXVI

Entró medio á tientas, porque el cuarto estaba casi á oscuras, á causa de que la jaqueca de la niña no le consentía ver luz. No tardaron sin embargo las pupilas de Gabriel en acostumbrarse á aquella penumbra lo bastante para distinguir, en el fondo del cuarto, la blancura de las sábanas y la cabeza de Manuela sobre el marco de su negrísimo pelo. Al acercarse el comandante, levantóse Juncal y se retiró discretamente. La montañesa yacía inmóvil, con los ojos cerrados, y de la cama se alzaba ese olor especial que los enfermeros llaman _olor á calentura_, y que se nota por más ligera que sea la fiebre.

A la cabecera de la cama estaba vacante la silla que el médico había dejado; pero Gabriel la separó, é hincando una rodilla en tierra, puso la mano derecha sobre el embozo de la sábana.

--Manuela--cuchicheó.

La enferma abrió los ojos, sin responder.

--¿Qué tal te encuentras?

--Muy bien.... algo cansada.

--¿Te incomodo?

--No señor.... Siéntese, por Dios.

--Quiero estar así. ¿Me das la mano?

Sacó Manuela su mano morena, ardiente, abrasada, y la entregó como se la pedían. Gabriel la tomó y la rozó suavemente con los labios. La niña hizo un movimiento para retirarla. Gabriel silabeó en tono suplicante:

--No, hija mía, déjamela... Oye, Manuela... ¿Te molesta oir hablar?

--Bajito, no.

--¿Y podrás responderme?

Inclinó la cabeza, diciendo que sí.

--Manuela... ¿Te ha dicho algo de mí el señor cura?

--Ya sé los favores que le merezco--articuló la montañesa.

--Ninguno. Ese es el error. ¡Favor! No disparates. Mira en qué postura estoy. Pues figúrate que en esa misma te lo pedía, ¿entiendes? Como favor para mí, para mí. Vivo muy solo en el mundo; no tengo á nadie, á nadie; y me hacías falta, y me darías la vida. Pero ya no se trata de eso. De otra cosa más pequeñita y más fácil. Anda, monina, no me lo niegues. ¿Verdad que no? Si es facilísimo; si no te cuesta trabajo ninguno. Que no pienses en rejas ni en conventos; ¡mira qué poco, y qué sencillo! Te quedas aquí, al lado de tu padre. Yo también me quedo. Si estás triste, te acompaño; si enferma, te cuido; verás como discurrimos maneras de distraerte. Y de aquello que te pedí primero, no se habla nada... Nada. Te lo juro por la memoria de tu pobre mamá: ¿á que así me crees?

Manuela no abrió los labios. Con el balanceo suave de su cabecita pálida y porfiada, daba el _no_ más redondo del mundo.