La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa)
Part 19
--Usted dirá, señor de Pardo... ¿Qué se le ofrece?
El comandante midió de alto á bajo al bastardo, frunciendo la boca, con el gesto de desprecio más claro y más enérgico que pudo; acercóse luego á la puerta, y dió vuelta á la llave, que halló puesta por dentro; y volviéndose hacia el montañés, le escupió al rostro estas frases:
--¡Se me ofrece decirte que eres un pillastre y un ladrón, y que voy á darte tu merecido, canalla! ¡A ti y á la perra que te parió! ¡Mamarracho indecente!
Lo raro era que Gabriel oía sus propias palabras como si las dijese otra persona; y allá en el fondo de su sér, las comentaba una voz, susurrando:--Es demasiado, ese hombre habla como un loco.--Y no podía, no podía sujetar la lengua, ni refrenar la indignación frenética.--Por lo que hace á Perucho, oyendo aquellas cláusulas que abofeteaban, saltó lo mismo que si le hincasen en la carne un alfiler candente; desvió y echó atrás los codos, cerró los puños, y sacó el pecho, como para arrojarse sobre Gabriel. El furor ennegrecía sus pupilas azules, y daba á sus facciones correctas y bien delineadas la ceñuda severidad de un rostro de Apolo flechero.
--No... no me tutee usted--balbuceó reprimiéndose todavía--no me tutee ni me insulte... porque tan cierto como que Dios está en el cielo y nos oye...
--¿Qué harás, bergante?
--Lo va usted á saber ahora mismo--gritó el montañés, cuyos ojos eran dos llamas oscuras en una máscara trágica de alabastro. Un segundo duró para Gabriel la visión de aquel rostro admirable, porque instantáneamente sintió que dos barras de hierro flexibles y calientes se le adaptaban al cuerpo, prensándole las costillas hasta quitarle la respiración. Intentó defenderse lo mejor posible, tenía los brazos en alto y libres y podía herir á su contrario en el rostro, arañarle, tirarle del pelo; pero aun en tan crítica situación, comprendió lo femenil y bajo de resistir así, y ¡extraña cosa! al verse cogido en la formidable tenaza, preso, subyugado, vencido por el mismo á quien venía á confundir y humillar, su ciega y furiosa ira y el hervor animal é instintivo de su sangre se calmaron como por obra de un conjuro, y hasta le pareció que experimentaba simpatía por el brioso mozo. Todo fué como un relámpago, porque el achuchón crecía, y el ahogo también, y el montañés tenía á su rival á dos dedos del suelo, aprestándose á ponerle en el pecho la rodilla. Intentó Gabriel un esfuerzo para rehacerse y librarse, pero Perucho apretó más, y mal lo hubiera pasado su enemigo, á no ser por una casual circunstancia. La butaca contra la cual estaba acorralado el comandante era nada menos que una mecedora, mueble que hacía la felicidad del Gallo, por lo mismo que nadie de su familia ni de seis leguas en contorno acertaba á sentarse en ella sino después de reiterados ensayos, continuas lecciones y fracasos serios. Al peso de los dos combatientes, la mecedora cedió con movimiento de báscula, y el grupo vino á tierra, haciendo la dichosa mecedora el oficio de Beltrán Claquin en la noche de Montiel, pues Perucho, que estaba encima, se halló debajo, y Gabriel, sin más auxilio que el de su propio peso y corpulencia, con la rapidez de movimientos que dicta el instinto de conservación, le sujetó y contuvo, teniéndole cogidas las muñecas é hincándole la rodilla en el estómago.
--¡Máteme, ya que puede!--tartamudeaba el montañés.--Máteme ó suélteme, para que yo... le... ahog...
El aliento se le acababa, porque el cuerpo de su adversario, gravitando sobre su pecho, le impedía respirar: Terminó la frase con un ¡z! ¡z! ¡z! cada vez más fatigoso... Vió en el espacio unas lucecitas amarillentas y moradas... luego sintió un bienestar inexplicable, y oyó una voz que decía:
--Pues anda, levántate y ahógame... ¿No puedes? La mano.
Se levantó sostenido por Gabriel, tambaleándose; dió dos ó tres pasos sin objeto; se pasó la diestra por los ojos, y miró al artillero fijamente; y como viese en su rostro una tranquilidad muy distinta de la furia de antes, la tuvo por señal de mofa, cerró otra vez los puños, y bajando la cabeza como el novillo cuando embiste, se precipitó. Gabriel adelantó las manos para parar el golpe, con calma desdeñosa; entonces, el montañés se contuvo, dejó caer los brazos, dió media vuelta, y encogiéndose de hombros, exclamó:
--Yo no pego á quien no me resiste... ¿Somos aquí chiquillos? ¿Estamos jugando, ó qué?
Callaba Gabriel y reflexionaba, sintiéndose ya, con íntima satisfacción, dueño de sí y capaz de regir sus acciones. Seamos francos, pensaba; me he comportado como un bruto; he hablado como un demente. A bien que en mí son momentáneas las excitaciones; que si me durase como me da, yo me dejaría atrás á todos los salvajes. Un poco de juicio, señor de Pardo... Pero ahora se me figura que ya lo tengo de sobra.
--Oiga usted...--dijo á Perucho, tosiendo, para afianzar la voz.--Le he maltratado á usted hace un instante; hice mal, y lo reconozco. Es decir: no me faltan motivos de hablarle á usted con toda la dureza posible; pero con razones, no con injurias... Debí empezar por ahí.
--Los motivos que usted tiene, ya los sé yo... Demasiado que los sé.
--Se equivoca usted... Hágame el obsequio de sentarse; ya ve que no le tuteo, ni le ofendo en lo más mínimo. Pero tenemos que hablar largamente y ajustar cuentas, de las cuales no he de perdonarle á usted un céntimo si sale alcanzado... Vuelvo á rogarle que se siente.
Perucho se dejó caer en el sofá con hosco ademán, arreglándose maquinalmente el cuello y la corbata, que ya no tenía muy en orden antes y que con la refriega se habían insubordinado por completo. Ocupó Gabriel la mecedora de enfrente, y empezó á mecerse con movimiento automático. Arreglaba un discurso; pero lo que salió fué un trabucazo.
--¿Usted sabe de quién es hijo? (al preguntarlo se encaró con Perucho).
--¿Y á qué viene eso?--contestó el mozo.
--¿No está usted cansado de conocer á mis padres? Déjeme usted en paz.
--¿Y siendo sus padres de usted... un mayordomo y una criada... cómo se ha atrevido usted... á poner los ojos en mi sobrina? ¿Cómo se ha atrevido usted... (ensordeciendo la voz, que vibraba de enojo aún) á levantarse hasta dónde usted no puede ni debe subir? ¡Sólo un hombre vil (acercándose al montañés) se aprovecha del descuido y de la confianza ajena para... apoderarse de... una señorita... y... abusar de ella, cuando come el pan de su casa!
Perucho contenía los bramidos que se le venían á la laringe, y oía royéndose la uña del pulgar con tal ensañamiento, que ya brotaba sangre. Al fin pudo formar voz humana en la garganta.
--Quien... quien abusa es usted, señor de Pardo... Sí, señor, abusa usted de mi posición, de verme un infeliz, un hijo de pobres, un desdichado que no se puede reponer contra usted como corresponde... Pero me repondré, caramba si me repondré... que tampoco no es uno ningún sapo, para dejarse patear sin volverse á quien lo patea... Y nos veremos las caras donde usted guste, que aunque me ve sin pelo en ella, soy hombre para cualquier hombre, y á mí no me espantan palabras ni obras... Y si á obras vamos... si se trata de romperse el alma por Manuela, porque usted la quiere para sí y ha venido á hacerle los cocos... ¡mejor, mejor! Nos la rompemos, y en paz... También le puedo contar algunas cositas que le lleguen adentro, para que tenga más modo otra vez... Que yo como el pan de esta casa; que Manuela es mi señorita, y que tumba y que dale... De eso de comer el pan, podíamos hablar mucho; porque, según le oí á mi madre, más dinero le debía á mi abuelo la casa de los Pazos que mi abuelo á ella... De ser Manola mi señorita... cierto que ella es hija de un señor... pero maldito si se conoció nunca que lo fuese... Desde chiquillos andamos juntos, sin diferencias de clases ni de señoríos; y nadie nos recordó nuestra condición desigual, hasta que cayó aquí, llovido del cielo, el señor don Gabriel Pardo de la Lage... Manola, ahí donde usted la ve, no tuvo en toda su vida nadie que la quisiese más que yo, yo (y se golpeaba el fornido pecho), nadie que se acordase de ella, no señor, ni su padre, usted lo oye? ni su padre... Yo, desde que levantaba del suelo tanto como una berza, la enseñé á andar, cargué con ella en brazos, para que no se mojase los pies cuando llovía, le dí las sopas, le guardé el sueño, y le discurrí los juguetes y las diversiones... Yo le enseñé lo poco que sabe de leer y escribir, que sino, ahora estaría firmando con una cruz... Yo la defendí una vez de un perro de rabia... ¿Sabe usted lo que es un perro de rabia? ¡No, que en los pueblos eso no se ve nunca! Pues al perro, con aquellos ojos encarnizados y aquel hocico baboso, lo maté yo, pero no de lejos, sino desde cerquita, así, echándome á él, machacándole la cabeza con una piedra grande, mientras la chiquilla lloraba muerta de miedo... ¡Si no estoy yo allí, á tales horas Manola es ánima del purgatorio! En el brazo y en la pierna me mordió el perro, y gracias que la ropa era fuerte, y allí se quedó la baba... Otra vez la cogí á la orillita de un barranco, que si me descuido, al Avieiro se me larga... Yo me quemé la mano en el horno por sacarle una bolla caliente, que se le había antojado... ¿ve usted...? aquí anda todavía la señal... Y yo por ella me echaría de cabeza al río, y me dejaría arrancar las tiras del pellejo... Ni ella tiene sino á mí, ni yo sino á ella. ¿Que es usted su tío? ¿Y qué?, ¿Se ha acordado usted de ella hasta la presente? ¡Buena gana! Andaba usted por esos mundos, muy bien divertido y recreado. Yo con ella, con ella siempre... hasta morir! Me quiere, la quiero, y ni usted ni veinte como usted... ni el mismo Dios del cielo que bajase con toda la corte celestial! me la quitan. Así me valga Cristo, y antes yo ciegue que verla casada con usted!
El montañés hablaba con presteza, accionando mucho, como escupiendo palabras y pensamientos que desde muy atrás le rebosaban del corazón. Su gallarda persona y su acción fogosa y expresiva parecían no caber en la ridícula sala, bien como el gran actor no encuentra espacio en un escenario estrecho; y á cada molinete de su fuerte brazo se hallaban en inminente peligro los cromos, las cajas de cartón, las orquestas de perritos y gatitos de loza, las figuras de yeso teñidas con purpurina imitando bronce, todas las simplezas importadas por el Gallo de sus excursiones orensanas, pues tan adelantado estaba el buen sultán en la ciencia suntuaria de nuestra época, que hasta cultivaba el _bibelot_. Gabriel oía, mostrando un rostro apenado, perplejo y meditabundo; á veces cruzaban por él vislumbres de compasión; otras, aquella pasión tan juvenil y fresca, tan vigorosamente expresada, le removía como remueve la escena de un drama magnífico; y su boca se crispaba de terror, lo mismo que si el conflicto, tan grave ya, creciese en proporciones y rayase en horrenda é invencible catástrofe... Viendo callado al artillero, Perucho se persuadió de que lo convencía, y continuó con más calor aún:
--Si Manola es rica, sepan que yo no quiero sus riquezas, y que me futro y me refutro en ellas... Que el padrino gaste su dinero en lo que se le antoje; que lo gaste en cohetes, ó lo dé á los pobres de la parroquia. Dios se lo pague por la carrera que me está dando, pero con carrera ó sin ella... yo ganaré para mí y para mi mujer. Manola se crió como la hija de un labriego; no necesita lujos ni sedas; yo menos todavía. Mi madre no es pobre miserable: heredó del abuelo un pasar, y me dará... Y si no me da, tal día hizo un año. Con cuatro paredes y unas tejas, allá en el monte, frente á las Poldras, vivimos como unos reyes, sin acordarnos del mundo y sus engañifas... Casualmente lo único para que sirvo yo es para arar y sachar: los estudios me revientan: paisano nací y paisano he de morir, con la tierra pegada á las manos... Una casita y una heredad y una pareja de bueyes con que labrarla, no hemos de ser tan infelices que eso nos falte,... y en teniendo eso, que se ría el mundo de mí, que yo me reiré del mundo... y estaré como en el cielo, y Manola también... mientras que con usted rabiaría y se condenaría, porque no le quiere, no le quiere y no le quiere.
Acabar su peroración el montañés y sentirse Gabriel Pardo definitivamente vencido y arrastrado por la corriente de simpatía que empezaba á ablandarle desde que había jadeado entre los brazos fuertes del mozo, fueron cosas simultáneas. Obedeciendo á impulso irresistible, tendió la mano para darle una palmada en el hombro; hízose atrás Perucho, tomando por nueva hostilidad lo que no era sino halago.
--¡No ponerse en guardia, amigo, que no hay de qué!--exclamó el artillero, cuya noble fisonomía respiraba ya concordia y bondad al par que dolor y pena.--Tan no hay de qué, que se va usted á pasmar... Déme usted esa mano, y perdóneme todo cuanto le he dicho al entrar aquí... He procedido con injusticia, con barbarie y con grosería; pero si usted supiese cómo me estaba doliendo el alma, y cómo me duele aún... No conserve usted nada contra mí: déme la mano...
Los ojos azules le miraron con desconfianza, y Perucho retiró el brazo.
--Mucho estimo eso que usted dice ahora, pero mejor fuera no venirse con esos desprecios de antes... Nadie tiene cara de corcho, y la vergüenza es de todo el mundo.
--Usted lleva razón, pero yo la he perdido media hora de este aciago día... Motivo me ha sobrado para ello. ¡Oigame usted, por lo que más quiera! Por... por mi sobrina. Déme usted su palabra de que hará lo que voy á rogarle.
--No señor, no; yo no prometo nada tocante á Manola. ¿Y á qué viene mentir? Mejor es desengañarle. Lo mismo da que lo prometa que que no lo prometa. Ahora prometería, pongo por caso, no arrimarme á ella en jamás, y de contado me volvería á pegar á sus faldas. Imposibles no se han de pedir á nadie.
--No es eso... ¡Si usted no me oye...!
--¿No es nada de dejar á Manoliña?
--No... Es que me prometa usted que de lo que vamos á hablar no dirá usted palabra á nadie... ¡á nadie de este mundo!
--Corriente. Si no es más que eso...
--No más.
--Pues venga.
--No--replicó Gabriel bajando la voz...--Aquí no... Acompáñeme usted á mi cuarto... Tengo excelente oído... y juraría que anda gente en el corredor.
XXVIII
Como saliesen un poco más aprisa de lo justo, abriendo con ímpetu la puerta, estuvieron á punto de aplastar entre hoja y pared la nariz del Gallo, el cual, sin género de duda, atisbaba. Al impensado portazo, lejos de enfadarse, sonrió con dignidad y afabilidad, murmurando no sé qué fórmulas de cortesía: su gran civilización le obligaba á mostrarse atento con las personas que visitaban su domicilio. Pero Gabriel y Perucho cruzaron por delante de él como sombras chinescas, y no le hicieron maldito el caso. Lo cual, unido á otros singulares incidentes, la ira de Gabriel, su afán por encontrar á Perucho, lo extraño de la entrevista, la encerrona, le puso en alarma y despertó su aguda suspicacia labriega. Rascóse primero detrás de la oreja, luego al través de las patillas, y estas operaciones le ayudaron eficazmente á deliberar y á dar desde luego no muy lejos del hito.
Al entrar Perucho y Gabriel en la habitación de éste, se encontraron á oscuras: el montañés rascó un fósforo contra el pantalón, y encendió la bujía; el artillero acudió á echar la llave, prevención contra importunos y curiosos. Para mayor seguridad, acercóse á la ventana, bastante desviada de la puerta. Ninguno de los dos pensó en sentarse. Recostado en la pared, con la izquierda metida en el seno, al modo de los oradores cuando reposan, el brazo derecho caído á lo largo del muslo, una pierna extendida y firme y otra cruzada y apoyada en la punta del pie, Perucho aguardaba, animoso y resuelto, como el que no ha de transigir ni renunciar por más que hagan y digan. Con las manos en los bolsillos de la cazadora, la cabeza caída sobre el pecho, y meneándola un poco de arriba abajo, los labios plegados, arrugada la frente, Gabriel Pardo se paseaba indeciso, tres pasitos arriba, tres abajo. Al fin hizo un movimiento de hombros como diciendo--pecho al agua--y, súbitamente, se enderezó, encaróse con el montañés y articuló lo que sigue:
--Vamos claros... ¿Usted sabe ó no sabe que es hermano de Manuela?
Si asestó la puñalada contando con los efectos de su rapidez, no le salió el cálculo fallido. El montañés abrió los brazos, la boca, los ojos, todas las puertas por donde puede entrar el estupor y el espanto; enarcó las cejas, ensanchó la nariz... fué, por breves momentos, una estatua clásica; el escultor que allí se encontrase lamentaría, de fijo, que estuviese vestido el modelo. Y sin lanzar la exclamación que ya se asomaba á los labios, poco á poco mudó de aspecto, se hizo atrás, bajó los ojos, y se vió claramente en su fisonomía el paso del tropel de ideas que se agolpan de improviso á un cerebro, la asociación de reminiscencias que, unidas de súbito en luminoso haz, extirpan una ignorancia inveterada; la revelación, en suma, la tremenda revelación, la que el enamorado, el esposo, el creyente, el padre convencido de la virtud de la adorada hija, se resisten, se niegan á recibir, hasta que les cae encima, contundente, brutal y mortífera, como un mazazo en el cráneo.
--¡No!--balbuceó en ronca voz.--No, Jesús, Señor, no, no puede ser... usted... vamos á ver... ¿ha venido aquí para volverme loco? ¿Eh? ¡Pues diviértase... en otra cosa! Yo... no quiero loquear... ¡No se divierta conmigo! Jesús... ¡ay Dios!
Llevóse ambas manos á los rizos, y los mesó con repentino frenesí, con uno de esos ademanes primitivos que suele tener la mujer del pueblo á vista del cuerpo muerto de su hijo. Al mismo tiempo quebrantaba un gemido doloroso entre los apretados dientes. Rehaciéndose á poco, se cruzó de brazos y anduvo hacia Gabriel, retándole.
--Mire usted, á mi no me venga usted con trapisondas... usted ha entrado aquí traído por el diablo, para engañarme y engañar á todo el mundo... Eso es mentira, mentira, mentira, aunque lo jure el Espíritu Santo... Malas lenguas, lenguas de escorpión inventaron esa maldad, porque... porque nací sirviendo mi madre en esta casa... Pero no puede ser... ¡Madre mía del Corpiño! No puede ser... ¡No puede ser! ¡Por el alma de quien tiene en el otro mundo, señor de Pardo... no me mate, confiéseme que mintió... para quitarme á Manola...!
Gabriel se acercó al bastardo de Ulloa y logró apoyarle la mano en el hombro; después le miró de hito en hito, poniendo en los ojos y en la expresión de la cara el alma desnuda.
--La mitad de mi vida daría yo--dijo con inmensa nobleza--por tener la seguridad de que en sus venas de usted no corre una gota de la sangre de Moscoso. Créame... ¿No me cree? Sí, lo estoy viendo; me cree usted... Pues escuche; si usted fuese hijo del mayordomo de los Pazos... yo, Gabriel Pardo de la Lage, que soy... ¡qué diablos! ¡un hombre de bien...! me comprometía á casarlo á usted con mi sobrina. Porque he visto lo que usted la quiere... y porque... porque sería lo mejor para todos. ¿Cree usted esto que le aseguro?
Sin fuerzas para contestar, el montañés hizo con la cabeza una señal de aquiescencia. Gabriel prosiguió:
--No solamente mi cuñado le tiene á usted por hijo suyo, sino que le quiere entrañablemente, todo cuanto él es capaz de querer... más que á Manuela, ¡cien veces más! y hoy, si se descuida, delante de todos los majadores le llama á usted... lo que usted es. Su propósito es reconocerle, y después de reconocido, dejarle de sus bienes lo más que pueda... Su padrastro de usted lo sabe; su madre... ¡figúrese usted! y... ¡es inconcebible que no haya llegado á conocimiento de usted jamás!
--Me lo tienen dicho, me lo tienen dicho las mujeres en la feria y los estudiantes en Orense... Pero pensé que era guasa, por reirse de mí, y porque el... padrino... me daba carrera... Estuve ciego, ciego! Ay Dios mío, qué desdicha, qué desdicha tan grande! Lo que me sucede... lo que me sucede! Pobre, infeliz Manola!
Gimió esto cubriendo y abofeteando á la vez el rostro con las palmas; y á pasos inciertos, como los que se dan en el primer período de la embriaguez, se dejó caer de bruces, borracho de dolor, sobre la cama de Gabriel Pardo, cuya colcha mordió revolcando en ella la cara. Gabriel acudió y le obligó á levantarse, luchando á brazo partido con aquella desesperación juvenil que no quería consuelo.
--Vamos, serénese usted... Qué hace usted, qué remedia con ponerse así? Serenidad... un poco de reflexión... Venga usted, criatura, venga á sentarse en el sofá... Calma... calma! Con esos extremos lo echa usted más á perder... Venga usted... Respire un poco!
En el sofá, donde le sentó medio por fuerza, Perucho volvió á dejar caer la cabeza sobre los brazos, y á esconder la cara, con el mismo movimiento de fiera montés herida, que sólo aspira á agonizar sola y oculta. Balanceaba el cuello, como los niños obstinados en una perrera nerviosa, que ya les tiene incapaces de ver, de oir, ni de atender á las caricias que les hacen.
--Sosiéguese usted--repetía el artillero.--¿Quiere usted un sorbo de agua? Ea, ánimo, qué vergüenza! Sea usted hombre.
Se volvió rugiendo.
--Soy hombre, aunque parezco chiquillo... Hombre para cualquiera, repuño! Pero soy el hombre más infeliz, más infeliz que hay bajo la capa del cielo... y un infame... sí, un infame, el infame de los infames... Hoy mismo, hoy--y se retorcía las manos--he perdido á... á una santa de Dios, á Manola, _malpocado_... Debían quemarme como la Inquisición á las brujas... Que no quemase á la condenada que nos echó, esta mañana la paulina... y nos hizo mal de ojo, por fuerza! Maldito de mí, maldito... Pero qué más casti...
Al desventurado se le rompió la voz en un sollozo, y dejándose ir al empuje del dolor, se recostó en el pecho de Gabriel Pardo, abriendo camino al llanto impetuoso, el llanto de las primeras penas graves de la vida--lágrimas de que tan avaros son después los ojos, y que torciendo su cauce, van á caer, vueltas gotas de hiel, sobre el corazón. Movido de infinita piedad, Gabriel instintivamente le alisó los bucles de crespa seda. Así los dos, remedaban el tierno grupo de la última cena de Jesús; y en aquel hermoso rostro, cercado de rizos castaño oscuro, un pintor encontraría acabado modelo para la cabeza del discípulo amado.
--Que llore, que llore... Le conviene.
Casi agotado el llanto, agitaba los labios y la barbilla del montañés temblor nervioso, y un ¡ay! entrecortado y plañidero, del todo infantil, infundía á Gabriel tentaciones de estrecharle y acariciarle como á un niño pequeño. Perucho se levantó con ímpetu, y se metió los puños en los ojos para secar el llanto, dominando el hipo del sollozo con ancha aspiración de aire. Pardo le cogió, le sujetó, temeroso de algún acceso de rabia.
--No se asuste... Déjeme... ¿Por qué me sujeta? Me deje digo. ¡También es fuerte cosa! ¡Le matan á uno, y luego ni le dejan menearse!
--¿Es que quiere usted matar... por su parte... á Manuela? ¿Eh? ¿Se trata de eso? Le leo á usted en la cara... y le sujeto para que no dé la última mano al asunto! Cuidado me llamo... ¡Manuela no ha de saber ni esto! ¿Eh, no se hace usted cargo de que tengo razón?
--Sí, sí señor, razón en todo... Que no lo sepa, no... ¡Así no se la llevarán los demonios como á mí!
--No se entregue usted á la desesperación... La desgracia que aflige á usted... ¡que nos aflige á todos! es enorme... pero todavía hay algo que, bien mirado, le puede á usted servir de consuelo.
--¿Algo? ¿Qué algo?--preguntó con ansia el mozo, agarrándose al clavo ardiendo de la esperanza.