La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa)

Part 17

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Todos miraron al Gallo, á ver qué gesto ponía. Nunca el semblante patilludo del rústico buen mozo y su engallada apostura expresaron mayor majestad y convencimiento de la alta importancia de su misión en la señorial morada de los Pazos. Se enderezó más, brilló su redonda pupila, y respondió con tono victorioso:

--Se hará conforme al gusto de Usía.

Salir el Gallo por un lado y entrar Gabriel por otro, fué simultáneo. Acercóse á su cuñado, y hechos los saludos de ordenanza, sentóse en los haces, y pidió noticias de su sobrina.

--¿Quién sabe de ella?--respondió el padre.--Andará por ahí... ¿Has visto la maja?--añadió revelando sumo interés en la pregunta.

--Sí, te he visto hecho un valiente...

--¿A mí? ¡A mí me viste acabado, _derreado_! Ya no sirve uno sino para echar al montón del abono... A cada cerdo le llega su San Martín... Ya verás á Perucho majar la camada, que será la gloria del mundo... Ey, Angel... ¿Viene ó no viene? ¿Qué... no está?

--Dice que no... que salió trempranito con Manola... Que no voltaron aún.

--¡Por vida de...! ¡Mal rayo!

Volvió á encapotarse el rostro y á anudarse de veras el ceño del hidalgo de Ulloa.

XXIV

Comieron solos los dos cuñados. Al sentarse á la mesa, Gabriel manifestó extrañeza grande por la ausencia de Manola, y don Pedro preguntó á los criados si los _rapaces_ no parecían; la respuesta negativa no le despejó el severo entrecejo. Érale difícil al hidalgo conservar muchas horas seguidas la afable disposición de los primeros momentos de hospitalidad; no sabía ejercitar la simpática virtud de la eutrapelia, que en resumen es cortesía y buena crianza, y al poco tiempo de tratar á una persona, se creía autorizado para obligarla á que le sufriese su mal humor, así como á imponerle su jovialidad, cuando estaba alegre, que no era cosa que ocurriese todos los días. Por su parte Gabriel, aunque siempre atento y sin prescindir de sus corteses maneras, también se mantenía serio, como hombre que tiene algo grave en qué pensar.

Sus porqués y cavilaciones salieron á relucir á la hora del café, cuando ya la moza en pernetas y el tagarote del criado no tenían necesidad de entrar en el comedor. Hacíase el café allí mismo, en la mesa; lo preparaba don Pedro--único modo de que saliese á su gusto--en una maquinilla de hojalata toda desestañada, derrotadísima, con lágrimas de estaño colgando á lo largo de su cilindro superior; artefacto casi inservible, pero irreemplazable para don Pedro, habituado á semejante chisme y persuadido de que en una cafetera nueva no le saldría bien la operación. Se filtraba el café lentamente, gota á gota, y en realidad resultaba fuerte, oscuro, aromático, exquisito. El marqués de Ulloa era inteligente en la materia; porque merece notarse que aquel burdo hidalgote, ajeno no sólo á la idea de lo que espiritualmente embellece y poetiza, sino de lo que hace materialmente grata la existencia, tenía en dos ó tres ramos afinadísimo el sentido y el conocimiento, hasta rayar en sibarita: nadie como él distinguía un legítimo habano de primera, de las imitaciones más ó menos hábiles; nadie entendía mejor el intríngulis del café; nadie conocía tan perfectamente dos ó tres clases de licores y vinos; y así como entendía fallaba, y que no le viniesen con cigarros del estanco ni con Jerez de marcas inferiores. Ni él mismo podía decir dónde había adquirido esta ciencia: acaso le venía de casta, como al gitano ser chalán y al árabe apreciar armas y caballos.

Mientras se destilaba el rico néctar, Gabriel, sin acritud ni severidad, antes con cierta blandura encaminada á hacerse los lares propicios, dijo á su cuñado:

--Oye tú... ¿No le habrá sucedido á Manuela cosa mala? ¿Estás seguro?

--Va con Perucho--respondió lacónicamente el marqués, dando vuelta á la llave, y acercando á la villa la taza de Gabriel, donde cayó un chorro negro, que despedía balsámicos efluvios.

--Perucho...--murmuró Gabriel Pardo como si se le atragantase el nombre--Perucho..... es un muchacho de muy poca edad.

--Poca edad... ¡Quién me diera en la suya!--exclamó el hidalgo, respirando por la herida de su decadencia física.--¡A esa edad, que le echen á uno encima disgustos y leguas de mal camino! A esa edad... salía yo para el monte á las cuatro de la mañana, que aún no se veía luz; y me estaba allí á pie firme hasta las ocho de la noche, que volvía para casa con el morral atacado de perdices... Y desde las cuatro de la madrugada hasta las ocho de la noche llevaba aguantada toda la lluvia, que se me había secado encima del cuerpo, y todo el sol, que maldito si le hacía yo más caso que á este café que bebo ahora, y todo el frío, y todas las brétemas, y los orvallos, y el pedrisco, y los demonios que me lleven... A veces no me contentaba con las horas del día... ¡buena gana de contentarme! ¡Cuántas noches de invierno tengo salido á las liebres, que andaban pastando en las viñas! Allí... con el tío Gabriel, tu tocayo... los dos escondiditos tras de un pino... tendidos boca abajo... con un papel tapando la boca de la carabina para que las condenadas no olfateasen la pólvora... ¿Quieres más azúcar?... No... ¡Lo que es del tiempo de Perucho... que me diesen á mí caza que matar y monte por donde andar y una empanada que comer y un jarro de mosto, que me sabía todo á gloria...! Ahora... ¡se acabó!... Ya no está uno de recibo más que para sentarse en una silla... ó para que le tiren al basurero.

--Pues yo--declaró Gabriel, bebiendo aprisa el último sorbo del café--no estoy tan tranquilo como tú: á los enamorados (y aquí se sonrió) algunas impaciencias hay que perdonarnos... Si sabes poco más ó menos hacia qué parte suele ir tu hija, me lo dices y salgo allá.

--¿Y quién es capaz de saberlo? Como son locos, si les dió la gana de no parar hasta el Pico Medelo, allá se plantificaron... Tú bien conoces que tanto pudieron echar para Poniente como para Levante.

Gabriel Pardo se mordió el bigote estrujándolo con el pulgar contra los labios. Cualquier cristiano se da á Barrabás con semejantes respuestas en boca de un padre. Miró el artillero en derredor suyo, y al ver que no andaba por allí nadie, ni Sabel, ni la cocinera, estuvo á punto de vaciar el saco... Pero al fin el comedor era un sitio abierto, podía entrar gente de un momento á otro, y lo que á él se le asomaba á la lengua era para dicho privadamente. Siguió preguntando de un modo indirecto.

--Y... acostumbra Manuela salir así muchas mañanas, y no volver á la hora de la comida?

--Pocas... ¡Hombre! ha de vivir ella en el monte como vivía yo? No se le ocurre á nadie eso. Pero á veces, en tiempo de verano (ya se sabe) y estando Perucho, les ha sucedido cogerles lejos un chubasco, ó una tormenta, y entonces ¿sabes qué hacen? Se meten á comer en casa del cura de Naya, ó del pobre de Boán, que en paz descanse, cuando vivía... ¡Cura más templado! Se defendió él solo contra una gavilla de más de veinte ladrones, que al fin me lo despacharon para el otro mundo; pero antes despachó él á uno de los galopines, y malhirió á media docena... ¡Era más perro!

--Hoy ni llueve ni hay señales de borrasca--insistió con firmeza Gabriel. Manuela no se habrá ido á comer á casa de nadie.

--Eso es verdad... pero los chiquillos, viendo que ayer no pudieron andar juntos, tal día como hoy se habrán querido desquitar tomándolo por suyo todo.

El artillero sintió algo molesto, agudo y frío en el corazón; algo que era inquietud, pena y susto á la vez. Dominando su turbación involuntaria, dijo en voz reposada y entera:

--Yo, en tu caso, no lo consentiría. Parece mal que una señorita de los años de Manuela ande por los montes sin más compañía que un mocito poco mayor. Es inconveniente por todos estilos, y hasta es exponerla, con este sol de justicia, á que coja un tabardillo pintado.

No obstante la moderación con que hablaba Gabriel, fuese por estar el hidalgo en punto de caramelo ó porque le moviese una secreta antipatía contra su cuñado, lo cierto es que exclamó casi á gritos, con bronca descortesía y despreciativo acento:

--¡Allá en los pueblos se educa á las muchachas de un modo y por aquí las educamos de otro!.. Allá queréis unas mojigatas, unas _mírame y no me toques_, que estén siempre haciendo remilgos, que no sirvan para nada, que se pongan á morir en cuanto mueven un pie de aquí á la escalera de la cocina... y luego mucho de sí señor, de gran virtud y gran aquel, y luego sabe Dios lo que hay por dentro, que detrás de la cruz anda el diablo, y las que parecen unas santas... más vale callar. Y luego, al primer hijo, se emplastan, se acoquinan, y luego, revientan, ¡revientan de puro maulas!...

Escuchaba Gabriel trémulo y bajado los ojos. Se sentía palidecer de ira; notaba y reprimía el temblor de sus labios, la llama que se le asomaba á las pupilas, y el impulso de sus nervios que le crispaban los puños. Un fuerte dolor en el epigastrio, el síntoma indudable de la cólera rugiente, le decía que si aguardaba dos minutos más, no seguiría oyendo injuriar la memoria de su hermana sin cometer un disparate gordo. Tendió la mano derecha, y sin mirar al marqués, alcanzó un vaso lleno de agua y lo apuró de un trago. Con la frescura del líquido, la voluntad vino en su ayuda: se incorporó, y dando la vuelta á la mesa, se llegó á don Pedro con la sonrisa en los labios, y le puso las manos en los hombros, no sin visible sorpresa del hidalgo.

--Si no fueses todavía más bárbaro que malo (y empleaba el tono humorístico que había usado ya para pedirle á Manuela), lograrías sacarme de mis casillas, y que me volviese tan incapaz y tan desatinado como tú... La suerte que te conozco, y te tomo á beneficio de inventario, has oído? Puedes echar por esa boca sapos y culebras: por un oído me entran y por otro me salen. No tienes ni pizca de trastienda, y no eres tú el que has de excitarme á mí y hacerme saltar... Eso quisieras. Cargarme yo? Si me das lástima, fantasmón; si esta mañana no pudiste levantar el palitroque aquel para tundir el trigo... No cierres los puños, que no te hago maldito el caso; además, que no puedo reñir contigo: somos yerno y suegro, como quien dice padre é hijo... y ya que tú no cuidas, como debieras, de mi futura esposa, yo voy á buscarla, entiendes tú? y á fe de Gabriel Pardo de la Lage, te juro que no volverá á suceder que ande por los montes sin que se sepa su paradero!

XXV

Si vale decir verdad, cuando salió del caserón solariego como alma que lleva el diablo, por no oir la retahíla de palabrotas y berridos con que don Pedro contestó á su arenga, no sabía el comandante ni hacia dónde dirigirse ni á qué santo encomendarse para cumplir el programa de encontrar á su sobrina. La hora era además tan cruel y el calor tan intolerable, que sólo estando á mal con la vida podía nadie echarse á andar por los senderos calcinados. Estarían cayendo las dos de la tarde, el momento en que los habitantes así racionales como irracionales de los Pazos se aprestaban á gozar las delicias de la siesta, tendiéndose cuál panza arriba, cuál de costado para roncar; despatarrados los gañanes sobre los haces de paja, y estirados en completa inmovilidad los perros, sacudiendo solamente una oreja cuando se les posaba encima importuna mosca.

Por vivo que fuese el celo de Gabriel, comprendió la locura de salir á descubierta en momentos semejantes, é instintivamente buscó una sombra donde guarecerse y consultar consigo mismo. Dió consigo en la linde del soto, al pie de un castaño, sinó de los más altos, de los más acopados y frondosos, sobre cuyas flores caídas, que mullían dobladamente el tapiz de manzanilla y grama, encontró buen recostadero.

* * * * *

--No hay remedio...--comenzó á devanar Gabriel.--Yo corto por lo sano... El animal de mi cuñado, tengo que reconocerlo, no ve _esto_ que veo yo... Es que si lo viese y viéndolo lo consintiese... nada, cuatro tiros.

* * * * *

--Y yo ¿qué veo, en resumen? ¿Tiene fundamento, tiene cuerpo, tiene base esta idea? ¡No, y renó! Aquí no hay más que una cuestión de conveniencias desatendidas... impremeditaciones é ignorancias de una montañesilla inexperta... bárbara indiferencia, atroz descuido de un hombre zafio y adocenado... fatalidades de educación, de medio ambiente...

* * * * *

--No puede negarse que mi venida aquí ha sido providencial. El abandono en que está la niña, hija de mi pobre Nucha, clama al cielo... Debí enterarme antes, mucho antes. He dejado pasar años sin tomarme la molestia... Bien, yo no podía tampoco suponer... ¡Qué calor! Comprendo á los japoneses...

* * * * *

Suspiró y cortó una rama de castaño para abanicarse con ella. Lo que le sofocaba era, más que la temperatura, la reacción del reciente acceso de cólera. El café que acababa de paladear le había dejado en la lengua un amargor agradable, y le producía ese ligero eretismo cerebral tan propicio á la creación artística y á la fácil emisión de la palabra. La naturaleza desfallecía, y el rumoroso silencio del bosque, el ronco quejido de la presa, la fragancia de las flores del castaño, ayudaban á exaltar la fantasía de Gabriel, muy inclinada, como sabemos, á echarse por esos trigos.

* * * * *

--¿Por qué causa tal impresión la naturaleza? Yo lo había leído en libros, pero me costaba mis trabajos creerlo... Esto de que, porque uno vea cuatro montañas y media docena de nubes, se ponga á meditar sobre orígenes, causas, el sér, la esencia, la fatalidad, y otras cien mil cosazas que carecen de solución! ¡Empeñarnos en que la naturaleza tiene voces, y voces que dicen algo misterioso y grande! ¡Ay... á esto sí que se le puede llamar chifladura! ¡Voces... Voces! ¡Unas voces que están hablando hace miles y miles de años, y á cada cual le dicen su cosa diferente! Deduzco que ellas no dicen maldita la cosa... y que nosotros las interpretamos á nuestra manera... Lo que pasa con las campanas: enseguida cantan lo que á uno se le antoja... Las voces están dentro... A mi cuñado le suena la naturaleza así:--¡Buen día de maja!--Y al creyente le murmura que hay Dios...

* * * * *

--¿Que no existe el mundo exterior; que lo creamos nosotros? ¡Puf! Idealismo trascendental... Váyase á paseo este afán de escudriñar el fondo de todas las cosas...

* * * * *

Un saltón verde, muy zanquilargo, vino á posarse en la mano del pensador. Gabriel le cogió por las zancas traseras y le sujetó algún tiempo, divirtiéndose en ver la fuerza que hacía para soltarse. Al fin aflojó, y el bicho se puso en cobro pegando un brinco fenomenal.

* * * * *

--Y á Manuela ¿qué le dirá la señora naturaleza, la única mamá que ha conocido?

* * * * *

En la memoria de Gabriel, como en placa fonográfica, empezaron á revivir fragmentos de la lectura de la noche anterior, sólo que encontrándoles un sentido y dándoles un alcance nuevo de respuesta á la última pregunta.

* * * * *

--«La sazón es fresca y el campo está hermoso: todas las cosas favorecen á tu venida y ayudan á nuestro amor, y parece que la naturaleza nos adereza y adorna el aposento... Voz de mi amado se oye: veislo viene atravesando por los montes y saltando por los collados... La izquierda suya debajo de mi cabeza, y su derecha me abrazará... Hablado ha mi amado y díjome: levántate, amiga mía, galana mía, y vente... Ya ves, pasó la lluvia y el invierno fuése. Los capullos de las flores se demuestran en nuestra tierra, el tiempo de la poda es venido, oída es la voz de la tórtola en nuestro campo: la higuera brota sus higos, y las pequeñas uvas dan olor: por ende levántate, amiga mía, hermosa mía y ven.»

* * * * *

--Según los garrapatos que he visto en la edición, Manuela y su... ¡lo que sea! aprendieron á leer por ese libro... Tiene algo de simbólico... La más negra no es el texto, sino los comentarios... Cuidado con aquello que dice de que el jugar á esconderse burlando es regalo y juego graciosísimo del amor... Sí, que no sabrían ellos solos retozar entre los árboles... Pues y el enseñarles á que se fijen y reparen en los arrullos de las palomas y en los amoríos de los avechuchos?

* * * * *

--Lo más tremendo es la manía de llamarla _hermana_... «Robaste mi corazón, hermana mía esposa, robaste mi corazón con uno de los tus ojos en un sartal de tu cuello... Panal que destila tus labios, esposa, miel y leche está en tu lengua; y el olor de tus vestidos, como el olor del incienso. Huerto cerrado, hermana mía esposa...»

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--Este lenguaje oriental...

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--«¿Quién te me dará como hermano que mamase los pechos de mi madre? Hallaríate fuera, besaríate, y ya nadie me despreciaría.»

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--Con permiso de Fray Luís de León: lo que es sus comentarios á este pasaje, son una confusión lastimosa entre el amor y la fraternidad. No me negará nadie que es bonita escuela para las señoritas lo que dice á propósito de los amores desiguales... Cosa más disolvente que estos místicos y contempladores... ¡y el pasaje está más claro que el agua..!

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--«Porque se ha de entender que entre dos personas (aunque las demás calidades ó que se adquieren por ejercicio ó que vienen por caso de fortuna ó que se nace con ellas) puede haber y hay grandes y notables diferencias; pero unidas en caso de amor y voluntad, porque esta es señora y libre así como en todo es libre y señora; así todos en ella son iguales, sin conocer ventaja del uno al otro, por diferentes estados y condiciones que sean.»

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--¡Caracoles con Fray Luís!

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--Quieto, Gabriel, que estás discurriendo como un quídam, sin asomo de cultura, como si toda tu vida no te hubieses esforzado en ser racional... racional. Si tu sobrina ha leído eso, sería de niña, cuando deletreaba; y á fuerza de ser clásico y castizo y repulido, ni lo entendió entonces, ni lo entendería ahora. Esta lectura te hace efecto y te da en qué pensar á ti, por lo mismo que estás muy civilizado y muy saturado de libros y muy harto de meterte en honduras... Lo que es á ellos... No has de ser majadero por empeñarte en ser sagaz.

* * * * *

--Se me figura que la naturaleza se encara conmigo y me dice: Necio, pon á una pareja linda, salida apenas de la adolescencia, sola, sin protección, sin enseñanza, vagando libremente, como Adán y Eva en los días paradisíacos, por el seno de un valle amenísimo, en la estación apasionada del año, entre flores que huelen bien, y alfombras de mullida hierba capaces de tentar á un santo. ¿Qué barrera, qué valla los divide? Una enteramente ilusoria, ideal, valla que mis leyes, únicas á que ellos se sujetan, no reconocen, pues yo jamás he vedado á dos pájaros nacidos en el mismo nido que aniden juntos á su vez en la primavera próxima... Y yo, única madre y doctora de esa pareja, soy su cómplice también, porque la palabra que les susurro y el himno que les canto, son la verdadera palabra y el himno verdadero, y en esa palabra sola me cifro, y por esa palabra me conservo, y esa palabra es la clave de la creación, y yo la repito sin cesar, pues todo es en mí canto epitalámico, y para entenderlo, simple! ¿qué falta hacen libros ni filosofías?

* * * * *

--Pero es cosa que eriza los pelos... La hija de mi hermana, la esperanza de mi corazón, caída en ese abismo... ¡Qué monstruosidad horrible! y no hay duda... Soy un idiota en no haberlo comprendido desde luego... Presentimiento sí que lo tenía... Algo me dió el corazón ya en casa de Máximo Juncal... Ay, Nucha, pobre mamita, y qué bien hiciste en morirte... Todo el día solos, campando por su respeto á una ó dos leguas de la casa... ¿Qué hacen á estas horas? ¿En qué clase de juego entretienen la siesta? De seguro...

* * * * *

--Maldito yo por no venir antes. Aunque sabe Dios desde cuándo... ¿Y qué hago ahora aquí, cavilando y lamentándome? Tocan á moverse... á buscarla, voto á sanes! y á deshacer este enredo horrible, y á sacarla de la abyección, y á cortar de raíz...

* * * * *

--¿Hacia dónde tomarían?

XXVI

Siguió el primer sendero que encontró, porque tan probable era que hubiesen pasado por aquel como por otro. Caminaba sin fijarse en el paisaje, ni formar idea de si se alejaba mucho de los Pazos; y sus ojos, devorando el horizonte, trataban de descubrir un campanario, el de Naya. ¿No había dicho el señor de Ulloa que á Naya solían ir?

Cruzó prados humedecidos por el riego, y heredades acabadas de segar la víspera; se metió por entre viñedos; saltó vallados; atravesó huertos con frutales y costeó eras donde resonaba el cadencioso golpe del _mallo_; en suma, gastó con la actividad y el movimiento su impaciencia torturadora, que le encendía la sangre y le ponía los nervios como cuerdas de guitarra... El ejercicio le hizo provecho; andando y andando, empezó á sentirse con la cabeza más despejada y el corazón más tranquilo.

Contribuía á ello el acercarse ya el instante de calma suprema, la hora religiosa, el anochecer. De la sombra que iba envolviendo el suelo emergían las copas de los árboles, coronadas aún por una pirámide de claridad; al oeste, los arreboles se extendían en franjas inflamadas como el cráter de un volcán: el contraste del incendio, pues hasta forma de llamas tenían las nubes, hacía verdear el azul celeste, y unas cuantas nubecillas, dispersas hacia el poniente, parecían gigantescas rosas y bolas de oro desparramadas por el cielo. Una puesta de sol inverosímil, de esas que dejan quedar mal á los pintores cuando se les mete en la cabeza copiarlas. Sobre el grupo de árboles más abandonados ya de la luz diurna, se desplegaba, á manera de leve cortinilla plomiza, el humo que despedía la chimenea de una cabaña; y de las hondonadas, donde se conservaba archivado el enervante calor de todo el día, se alzaban compactas huestes de mosquitos.

De pronto levantó Gabriel la cabeza... Un tañido lento y lejano, una gota, por decirlo así, de música apacible, resignada, admirablemente poética en semejante lugar, sobre todo por lo bien que se armonizaba con los _saudosos_ ay... lé... lé... que segadoras y majadores entonaban desde los campos y las eras, se dejó oir repetidas veces, á intervalos iguales... El comandante se paró, y una especie de escalofrío recorrió su cuerpo. Se le arrasaron en lágrimas los ojos, lágrimas de esas que no corren, que vuelven al punto á sumirse. ¡Cuántas veces había oído hablar de la poesía del _Angelus_! Y sin conocerla, se la imaginaba desflorada por tanta rima de coplero chirle, por tanto artículo sentimental... Fué esto mismo lo que aumentó la fuerza de la impresión, é hizo más inefable el misterioso tañido.

--El que discurrió este toque de campana á estas horas, era un artista de primer orden... ¡Cáspita! ¿Hacia dónde ha sonado? ¿Estaré, sin saberlo, cerca de Naya? No puede ser... He comprendido que Naya se encuentra á la subida del monte... y hace un cuarto de hora lo menos que bajo al valle. ¡Hola! ¡Si el campanario se ve asomar por allí! ¡Qué bajito! Es el de Ulloa, no me cabe duda.