La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa)

Part 16

Chapter 163,978 wordsPublic domain

Trató de poner coto á la desenfrenada fantasía.--A dormir, á dormir--dijo casi en alto, con la resolución más firme. Eligió postura nueva; apretó los párpados; se sepultó más en la almohada, y aunque sintiendo dentro el mosconeo confuso de sus cavilaciones, procuró fijarse en un solo pensamiento, porque sabía que así como la contemplación invariable de un punto brillante produce el hipnotismo, la fijeza de una idea calma y adormece.

Pronto se le apaciguó la efervescencia mental; pero en cambio, cuanto más se sosegaba la tempestad de las ideas, más se le iban afinando y complicando las percepciones de tres sentidos corporales: el oído, el olfato y el tacto. ¡El oído sobre todo! Era cosa asombrosa lo de ruidos microscópicos que empezaron á destacarse del aparente silencio: carcomas que roían el entarimado de la cama; sutiles trotadas de ratones allá muy alto, sobre las vigas del techo; chasquidos de la madera de los muebles; orfeones enteros de mosquitos; solos de bajo de moscones; y por último, hondo rumor, como de resaca, de las propias arterias de Gabriel; del torrente circulatorio en las válvulas del corazón; de las sienes, de los pulsos. Al olfato llegaba el olor de resina seca del antiguo barniz del lecho; el vaho animal del plumoncillo de la almohada; el vago aroma de lejía y el sano tufo de plancha de las sábanas; el rastro que en la atmósfera había quedado al extinguirse la última centella del pábilo de la vela; y un perfume general de campo, de mentas, de mies segada, de brona caliente, un olor á montañesa joven, que lejos de ser sedante para Gabriel, le atirantaba más los nervios... El tacto... ¿Quién no conoce esa desazón de la epidermis, primero imperceptible cosquilleo superficial, luego sensación insoportable de que nos corren por encima mil insectos, y advertimos el roce de sus dentadas patitas y de su cuerpo menudísimo, al cual el nuestro sirve de hipódromo...? Para producir esta molestia feroz sobra en verano la inflamación de la sangre que el calor ocasiona; si á ella se añaden las travesuras de algún parásito real y efectivo, de las cuales no preserva á veces ni la mayor pulcritud y aseo, es cosa de volverse loco.

Parece que en la oscuridad y quietud de la cama se centuplican las incomodidades, y todo se abulta y transforma. A Gabriel le sucedía así. El roer de la polilla ya le parecía el de una rata gigantesca; y las corridas de las ratas, cargas de caballería á galope tendido. Los concertantes de mosquitos eran coros humanos, de esos en que toma parte una gran masa coral; los chasquidos del maderamen, crugir formidable de techo que se desploma; su propia respiración, el movimiento de enorme fuelle de fragua; y el curso de su sangre, impetuosa carrera de torrente aprisionado entre dos montañas, ó ímpetu atronador de huracán encajonado en algún ventisquero de los Alpes... Los olores también por su persistencia en seguir flotando en la atmósfera, llegaban á pasar de la nariz á las últimas celdillas cerebrales, ocasionando mareo indecible y ganas de estornudar, y verdadera inquietud nerviosa. Las carreras de la piel y la fermentación de la sangre crecían, y no pensaba Gabriel sino que un ejército de pulgas caninas y chinches sanguinarias le andaba recorriendo, con la mayor desvergüenza, el cuerpo todo. Notaba además una sensación rara, muy propia del insomnio; y era que unas veces se le figuraba ser muy chiquirritito, y otras inmenso, hasta el punto de no caber en el espacio; y correlativamente con estas singulares imaginaciones, notaba que los objetos, ya se le venían encima, ya se retiraban á distancias tan inverosímiles que era imposible alcanzarlos... Le parecía haberse vuelto de goma elástica, y que una mano negra, sin consistencia ni forma, como el espacio hacia el cual miraba con los ojos muy abiertos, le encogía ó le estiraba á su sabor... Y en aquel mismo espacio tenebroso empezaba la vista á distinguir claridades y luces espectrales, unas azules y como fosfóricas, otras amarillas ó más bien color de azufre, que partiendo de un núcleo central brillante, se extendían, trémulas y vibradoras, y formaban poco á poco un nimbo violáceo, que irradiaba y se extinguía y volvía á irradiar y á extinguirse, á semejanza de esas ruedas llamadas _cromátropas_ con que remata el espectáculo de los cuadros disolventes...

--Esto ya no se puede aguantar--exclamó Gabriel en alta y colérica voz; y saltando furioso de la cama ó más bien del potro del martirio, echó mano á la caja de los fósforos y encendió la vela. El aposento quedó débilmente iluminado, con claridad triste, y el insomne experimentó, al arder la luz, la impresión desapacible de un hombre á quien despiertan al coger el primer sueño: parecíale antes estar completamente desvelado, excitadísimo, y ahora, la lumbre de la bujía, el movimiento de saltar de la cama, le revelaban que, al contrario, se encontraba medio adormecido, y á dos dedos de quedarse traspuesto. No obstante, apenas se echó otra vez y apoyó el rostro en la almohada sin apagar la luz y con un cigarrillo recién encendido en el canto de la boca, de nuevo se halló perfectamente despabilado y en disposición de lavarse, ponerse el frac é irse á un baile, ó salir para una cazata. Y claro está que los ruidos habían cesado, los olores también, y la picazón de la epidermis desaparecido por completo, no sintiendo Gabriel en ella sino bienestar, sin que ronchas ni otros indicios delatasen el paso de la cohorte enemiga.

Lo que sintió á poco rato fué amargura y constricción en el paladar; sed ardiente.

--¿Qué demonios voy á beber ahora?--pensó.--Aquí no se acostumbra dejar chisme, botellita, ni cosa que lo valga...

Levantóse y se dirigió al lavabo, resuelto á refrigerarse, en la última extremidad, con agua de la jarra; pero la había gastado toda en sus abluciones matinales, y como en las aldeas no se sospecha ni remotamente que un hombre, después del refinamiento de lavarse bien por la mañana, pueda incurrir en el inaudito sibaritismo de volver á chapotear otra vez por la tarde ó la noche, no es costumbre renovar la provisión. De mal humor con este incidente regresó Gabriel al lecho; la saliva le sabía á acíbar, el cuerpo le parecía que se lo habían puesto á secar en un horno, tal era la calentura que empezaba á abrasarle.

--¡Noche toledana!--exclamó al tenderse, no debajo, sino encima ya de las sábanas.--Daría cinco duros por un vaso de agua. Mal tratan al rey don Pedro--en la torre de Argelez!--añadió riéndose á pesar suyo de las contrariedades mínimas que le traían á mal traer desde hacía algunas horas.--Dudo que pueda ya dormir en todo lo que falta de noche.

Recordó que sobre una mesa tenía algunos libros de aquellos rancios y mohosos encontrados en la biblioteca del caserón. Levantóse y tomó uno de ellos, el que estaba encima, _Los Nombres de Cristo_. Al abrirlo y descifrar la portada, lo soltó murmurando:

--¡Filosofías á estas horas! ¿A ver el otro?

El otro era una edición de Salamanca de 1798; _Traducción literal y declaración del libro de los Cantares de Salomón_. Al lado de la portada se veía, en un grabado en madera, la faz pensativa y melancólica, la espaciosa y abovedada frente del Maestro León; debajo un emblema, un árbol con el hacha al pie y la leyenda siguiente: _ab ipso ferro_. La polilla se había ensañado en el volumen, recortando caprichosos calados al través de las hojas.

--Aquí tiene usted un libro curioso, el que le costó la cárcel á su autor--pensó el comandante.--Veremos si á mí me trae el sueño.

Echado ya y vuelto hacia la luz, abrió con interés el delgado volumen. Lo primero que le llamó la atención, en la primera hoja, fueron algunos garrapatos informes, que delataban la mano de un niño, y el nombre de _Pedro_ escrito con enormes y dificultosas letrazas. Gabriel comenzó la lectura. A los pocos minutos, el interés de lo que iba leyendo le hizo insensiblemente olvidar la sed y el desasosiego nervioso; funcionó con gran actividad su imaginación y se tranquilizó su cuerpo. De dos cosas estaba pasmado el comandante, y al paso que iba leyendo, se las comunicaba á sí mismo en interior monólogo.

--¡Demonio... qué retebien escribía el fraile! Tienen razón en decir que estos moldes se han perdido... ¡Zape, zape! Y no se mordía la lengua... Vaya unos comentarios, vaya unos escolios y aclaraciones, ¡como si la cosa de por sí no estuviese bastante clara ya! ¡Mire usted que estas metafísicas acerca del beso! No, y es que ningún poeta ni ningún escritor de ahora discurriría explicación más bonita: está oliendo á Platón desde cien leguas... ¡Qué lindo! Este deseo de cobrar cada uno que ama su alma, que siente serle robada por el otro, é irla á buscar en la boca y en el aliento ajeno, para restituirse de ella ó acabar de entregarla toda... ¡Mire usted que es bonito, y endiablado, y poético, y todo lo demás que usted quiera! Ah... pues no digo nada de los detalles de... ¡Santo Dios, santo fuerte! No, lo que es este libro... Luego se andan escandalizando de cualquier cosa que hoy se escriba, que ninguna tiene ni este fuego, ni esta fuerza, ni esta hermosura, ni esta... ¡acción comunicativa! ¡Pero qué hermosura tan grande, qué lenguaje y... qué diabluras para libro piadoso...!

Se hundió completamente en la lectura, embelesado, con el alma y los sentidos pendientes del admirable cuanto breve poema. Una aspiración profana á la dicha amorosa llenaba todo su sér, y creía oir de los puros labios de la montañesita aquellas embriagadoras palabras: «No me mires, que soy algo morena, que miróme el sol: los hijos de mi madre porfiaron contra mí, pusiéronme por guarda de viñas: la mi viña no guardé...» Acabóse el libro antes que las ganas de leer, y el artillero apagó de un rápido soplo la luz, quedándose embelesado en dulces representaciones y en proyectos sabrosos. La sed se le había calmado del todo; la fantasía, aunque excitada por la lectura, cayó en esas vaguedades precursoras del descanso; las ideas perdieron su enlace y continuidad, se deslizaron, se hicieron flotantes é inconsistentes como el humo; Gabriel vió viñas y prados, campos de mies opulenta, un mar de mies que no concluía nunca; su sobrina le guiaba al través de él, diciéndole mil ternezas en bíblico estilo y en primorosa lengua castellana; el cura de Ulloa estaba allí, no austero y triste, sino paternal y venerable, con un jarro de agua fresca en la mano... Gabriel pegaba la boca al jarro, bebía, bebía... ¡Qué agua tan delgada, tan refrigerante y deliciosa!

Oyóse la clara y atrevida voz del gallo; un reflejo blanquecino penetró por las rendijas de las ventanas. El comandante Pardo dormía á pierna suelta.

XXIII

Se despertó muy tarde, rendido de su lucha con el insomnio. Cuando la cocinera, mocita frescachona, rubia, de buenas carnes--que desde la mudanza de estado de Sabel desempeñaba el negociado de los pucheros--le subió el chocolate á petición suya, eran cerca de las nueve y media: hora extraordinaria para los Pazos, donde todo el mundo madrugaba siguiendo el ejemplo del amo, á quien antes despertaban con la aurora sus aficiones de cazador y ahora su consagración á las faenas agrícolas.

Los pensamientos de Gabriel al dejar las ociosas plumas, desayunarse y asearse, fueron sobremanera halagüeños. Su sobrina le esperaría ya, y en tan amable compañía prometíase otra jornada como la de la víspera, otro viaje de exploración por los alrededores de los Pazos y, al mismo tiempo, por los repliegues de un corazón candoroso, tierno y franco, donde el artillero quería penetrar á toda costa. Y no sólo por inclinación, sino por deber, fundiéndose en su deseo los más egoístas y los más nobles sentimientos del alma, que eso suele ser, bien mirado, el amor. Gabriel se atusó y acicaló lo mejor posible, y se peinó de manera que el pelo le adornase con mediana gracia la cabeza (aunque sin recurrir á artificios de tocador, indignos de tan varonil y discreta persona), y aguardó, con ansiedad natural y disculpable, los golpecitos en la puerta. Corrió tiempo. Nada. Impaciente ya, midió repetidas veces el aposento, lo recorrió y examinó todo, abrió la ventana, asomóse á ella, miró el paisaje, notó que el día era canicular y la temperatura senegaliana, espantó con el pañuelo las impertinentes moscas que venían á posársele críticamente en el hueco de las orejas ó en la comisura de los labios--donde más podían fastidiarle,--sonrió ante las ingenuas pinturas del biombo, intentó coger un libro, miró el reloj... Nada. La incertidumbre le freía la sangre. Se determinó á salir, buscando el camino de la habitación de su cuñado. Recorrió salones, más ó menos destartalados, y durante la caminata observó algún hermoso vargueño con incrustaciones, de esos que hoy se pagan y estiman tanto, abandonado y estropeándose en un rincón, algún cuadro al óleo, cuyo asunto era imposible adivinar, de tal modo se habían ennegrecido los betunes y las tierras, y tan resquebrajado se hallaba por falta de barniz; vió, en suma, indicios de lo que pudo ser en otro tiempo aquella señorial morada, que inspiraba á Gabriel dilatadas tesis de filosofía histórica. Sólo que entonces no estaba el horno para pasteles. ¿Dónde se habría metido todo el mundo? Porque tampoco el hidalgo de Ulloa parecía por ninguna parte. En su habitación sólo encontró Gabriel á la vieja perra de caza, tendida bajo el rayo de sol que de una ventana caía. Al ruido de los pasos del artillero, la perra entreabrió un ojo sin alzar el hocico que recostaba en las patas de delante, y azotó el suelo con el muñón del rabo, como dando los buenos días.

En vista de que la casa parecía un palacio encantado ó abandonado por sus moradores, Gabriel bajó á la cocina, donde halló á la nueva hermosa fregatriz ocupada en la labor de un picadillo. Con tanta energía meneaba la media luna sobre la tabla de picar, que la había excavado por el centro, y es seguro que en albondiguillas ó chulas se tragarían los señores, á vuelta de pocos años, un castaño ó roble enterito. Cuando Gabriel preguntó por el hidalgo, la moza dió paz á la media luna y le miró, abriendo la boca de un palmo.

--Le está en la era... ¡con los que majan!--exclamó al fin asombrada de la pregunta.

No comprendía Gabriel el asombro de la chica, ni toda la importancia de la gran faena de la maja, esa faena en que se asocian el cielo y la estación estival al trabajo del hombre, esa faena que no puede realizarse sino en el corazón del año, en mitad de la canícula, en los brevísimos días, que en Galicia apenas llegarán á ocho, cuando el agricultor, pasándose el revés de la mano por la empapada frente y respirando fuerte, exclama:

--¡Qué día de maja nos manda hoy Dios!

Á la entrada de la era de los Pazos, el comandante se paró sorprendido por el cuadro, para él novísimo, que se le ofrecía. No era posible imaginarlo más animado, más bucólico, más digno de un pintor colorista, alumno de la naturaleza y fiel á la realidad, enemigo de afeminaciones de dibujo y falsas luces cernidas por cortinas de taller. No siendo de piedra la era, habíanla barnizado con una costra espesa de boñiga de vaca, á fin de que el _fruto_ no se confundiese entre la arena y el polvo, y rodeándola de sábanas sostenidas por cuerdas, con objeto de que el mismo grano no rebasase del circuito donde se majaba. Las _camadas de pan_, ópimas, gruesas, mullidas, se tendían sobre el espacio cuadrilongo, en correcta formación: y los membrudos gañanes, remangados, en dos hileras situadas frente á frente, aporreaban con sus pértigas, á compás, la extendida mies, haciendo saltar las perlas de oro del trigo, impacientes ya por salirse, con el menor pretexto, del estuche bruñido que las contiene. El sol, implacable, metálico, se bebía el sudor de los trabajadores apenas brotaba de los dilatados poros; y sin embargo, la faena seguía y seguía, que para sostener el esfuerzo allí estaban, entre camada y camada, los jarros de vino corriendo de mano en mano. Las jornaleras, vestidas con sayas angostas de zaraza desteñida, que les señalan los recios muslos, sacuden la paja, la colocan en rimeros grandes, preparan la camada nueva, y entretanto el hombre, de pie, apoyado en el _mallo_, ebrio de sol, despechugado, con la camisa de estopa pegada al cuerpo, despacha aprisa el _espeque_ ó cigarro, y ya se escupe en la palma de las manos para volver á blandir el instrumento cuando suene la hora del combate. ¡Hora terrible, en que se gastan energía y vigor suficientes para vivir un mes! La luz deslumbra y ciega; el ambiente es de boca de horno; no corre ni el soplo de aire suficiente á inclinar el tallo de la más endeble gramínea: las hojas de las higueras que rodean la era de los Pazos permanecen inmóviles, como recortadas en hoja de lata, y los verdes higos, tiesos, á modo de pencas de metal: á veces un pajarillo cae al suelo agonizando de sofoco, con el pico desesperadamente abierto y la pluma erizada: en el lindero más cercano, la víbora saca su cabeza chata, enciende su ojillo de azabache, resbala sobre la hierba escandecida, y los abejorros, aturdidos, no aciertan á salir del cáliz de flor en que hundieron la trompa... Y en el desmayo general de la naturaleza, que desfallece y espira de calor, sólo el hombre reconoce su condición servil y cumple el precepto del Génesis, azotando la mies que le ha de dar sustento!

Gabriel, en cuya presencia nadie reparaba, porque el interés de la faena absorbía á todos, permanecía á la entrada de la era, protegido por la sombra del hórreo, y deteniéndose en ir á saludar á su cuñado: verdad que éste tenía el rostro más ceñudo y avinagrado que de costumbre, leyéndose en él cierta sombría preocupación, debida á circunstancias que merecen referirse.

Todos los años, al abrirse la maja, acostumbraba el señor de Ulloa sacudir la primer camada, demostrando así á sus gañanes que si no ganaba el mismo jornal que ellos, no era por falta de aptitud. Cuando el descendiente de aquellos Moscosos que habían lidiado calzando espuela de oro en los días, azarosos para el país gallego, del reinado de Urraca y Alfonso de Aragón; de aquellos Moscosos que se distinguieron entre los paladines portugueses en la ardiente África; de aquellos Moscosos que hasta mediados del siglo XIX conservaron en el límite de sus dominios erectos los maderos de la horca, como protesta muda contra la supresión de los derechos señoriales; de aquellos Moscosos... en fin, de aquellos Moscosos de Ulloa, que si no en caudal en sangre azul podían competir con lo más añejo y calificado de la infanzonía española... cuando el descendiente, digo, de tan claro linaje empuñaba el _mallo_ y á la voz de á la una... á las dos... á las tres... se santiguaba, lo vibraba en el aire y lo derrumbaba sobre la espiga, corría entre los _malladores_ halagüeño murmullo, que crecía á medida que el señor, con compás admirable y pulso de atleta, reiteraba los golpes, sin cejar un punto, poniendo la ceniza en la frente al más alentado de sus mozos. Su abierta camisa descubría el esternón bien desarrollado, blanco, saliente, que con el tragín de la labor iba sonroseándose como el cutis de una doncella á quien agita la danza: sus mangas vueltas por más arriba del codo permitían ver las montañuelas de carne que el ejercicio alzaba y deprimía en los robustos brazos. Y así que terminaba el vapuleo por no quedar ni sombra de grano en la espiga tendida, y don Pedro, sudoroso, humeante, pero con la respiración igual y desahogada, se quedaba apoyado en su _mallo_ y gritaba con firme voz:--¡Ea! ¡day un jarro de vino, retaco! ¡Los majadores tenemos que mojar la palabra!--ya no era murmullo, sino tempestad atronadora de plácemes, de alabanzas, de requiebros si así puede decirse, dirigidos á lo que más admira el labriego en las personas nacidas en esfera superior: la fuerza física. Don Pedro sonreía, guiñaba el ojo, dejaba escurrir suavemente el _mallo_ sobre la paja, se atizaba el jarro de una sentada no sin decir antes «hasta verte, Jesús mío», y consumada esta segunda hazaña, que no se celebraba menos que la primera, echábase la chaqueta por los hombros, se encasquetaba el sombrero, y sentado en las gavillas de mies, fumaba como los otros trabajadores, pero con placer sereno é íntimo orgullo.

Este año observaban atónitos los gañanes que el marqués no seguía la ya inveterada costumbre. Sentado estaba allí lo mismo que siempre; ¿cómo sería no coger el mallo? Hasta parece que no se le alegraba la cara viendo aquella gloria de Dios de los haces, nunca más lucidos ni de más limpia espiga, y aquel sol hecho de encargo para desprender el fruto, y aquel mar de oro donde los mallos, al precipitarse, producían un ruido apagado, mate y sedoso que regocijaba el corazón. Lejos de manifestar el contento de otras veces, hasta se podía jurar que el hidalgo de Ulloa había exhalado media docena de suspiros. De tiempo en tiempo cruzaba las manos y se tentaba los brazos, y fruncía el entrecejo, como el que no sabe á qué santo encomendarse. De repente Gabriel, desde su atalaya, vió que el marqués se levantaba resuelto, se despojaba de la americana á toda prisa, se remangaba...

--¿Qué barbaridad irá á hacer éste?--pensó Pardo.

Se admiró más al verle asir la pértiga, colocarse en fila y zurrar valerosamente la mies. El señor de Ulloa, en los primeros momentos, demostró todo el esfuerzo y brío acostumbrados; pero á los pocos golpes, empezó á sentir lo que tanto temía, lo que desde por la mañana le nublaba la frente: la respiración se le acortaba, el brazo se resistía á levantar el instrumento, las carnes se le volvían algodón y se le doblaban las rodillas. Exclamó con angustia:--¡Alto, rapaces!--y los diez y nueve mallos de la cuadrilla permanecieron suspensos en el aire como si fuesen uno solo, mientras los gañanes miraban al señor con muda lástima y en un silencio tal, que pudiera oirse el vuelo de una mosca. Al fin dejó don Pedro caer la pértiga, se llevó ambas manos á la frente húmeda, y á vueltas de congojoso sobrealiento, murmuró:

--Rapaces... Ya pasé de mozo. No sirvo... No darme el jarro.

Cuchichearon los gañanes; algunos sacudieron la cabeza entre burlones y compasivos, no sabiendo si era prudente tomar el caso á risa ó dolerse mucho de él. Don Pedro, desplomado en los haces, se enjugaba el sudor con un pañuelo amarillo; sus labios temblaban, su rostro estaba demudado, y un dolor real, acerbo y hosco, se pintaba en él. Parecía como si el fracaso de su intento le echase de golpe diez años encima. Sus arrugas, su pelo gris, todas las señales de vejez se hacían más visibles. Y con los ojos cerrados, cubiertos por el pañuelo, la otra mano caída, la espalda encorvada y la cabeza temblorosa, el marqués se veía ya inútil para todo, baldado, preso en una silla, tendido después en la caja, entre cuatro cirios, en la pobre iglesia de Ulloa, ó pudriéndose en el cementerio, donde hacía tiempo le aguardaba su mujer.

Así se estuvo unos cuantos minutos, sin que los gañanes se atreviesen á continuar la tarea, ni casi á chistar. Un rumor profundo, contenido, salió de la multitud cuando don Pedro, levantándose impetuosamente, listo como un muchacho y con un semblante bien distinto, alegre y satisfecho, llamó con imperio al Gallo, que, ojo avizor, muy currutaco de traje, muy digno de apostura, asistía á la faena.

--¡Angel! ¡Angel!

--Señor...

--Busca al _señorito_ Perucho... Tráelo volando aquí... De mi parte, ¡que venga á majar la camada!

Jamás impensado reconocimiento de príncipe heredero produjo en corte alguna tan extraordinaria impresión como aquellas explícitas y graves palabras del marqués de Ulloa. Inequívoca era la actitud; claro el sentido de la orden; elocuente hasta no más el hecho; y si alguna duda les pudiese quedar á los maliciosos y á los murmuradores de aldea acerca del hijo de Sabel, ¿qué pedían para convencerse? Llamarle á que majase la camada en lugar del hidalgo, era lo mismo que decirle ya sin rodeos ni tapujos:--Ulloa eres, y Ulloa quien te engendró.