La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa)

Part 12

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--¿Cómo se dice? Se dice gracias, Dios se lo pague--gritó la abuela con mucha severidad; por lo cual la niña, volviendo la cabeza, optó por hacer un puchero de llanto. Vieron el sobrado en dos minutos: había el _leito_ ó cajón matrimonial, y la cama de la vieja, un brazado de paja fresca sobre una tarima desde que se le había muerto su _difuntiño_, no podía dormir sino allí, porque tenía miedo en el antiguo _leito_. Los chiquillos dormirían... sabe Dios dónde: abajo, al calor del establo de los bueyes, ó tal vez en el horno. Dos ó tres gatos cachorros correteaban por allí, magros, mohínos, atacados de esa neurosis que en el país les curan radicalmente cercenándoles de un hachazo la punta del rabo. Otro gatazo lucio y hermosísimo salió á recibir á la gente que bajaba del sobrado: era de los que llaman _malteses_, fondo blanco, manchas anaranjadas y negras distribuídas con la graciosa disimetría que embellece la piel del tigre. Manuela se inquietó al ver al pequeñuelo rubio descender solito por la escalera sin balaústre: la abuela se encogió de hombros: ¡bah! á los chiquillos los guarda el diablo: ¿pues no se había quedado un día colgado del primer escalón, sosteniéndose con las uñas y berreando hasta que lo fueron á coger? Esa clase de hierba nunca muere... Que pasasen, que verían su bolla... Entraron en la cocina, que cogía á la derecha tanto trecho como los establos y el sobrado: recibía luz por la puerta de la división de tablas, que comunicaba con el corredor, y una poca más se colaba libremente por el techado á tejavana; es verdad que también la iluminaban los hilos de brasa de unos _tallos_ ó troncos menudos que ardían en el hogar. Encendió la vieja un fósforo, y enseñó orgullosamente un magnífico pan, una soberbia torta de _brona_, color de castaña madura, bien redonda, bien cocida, bien combada hacia el medio, bien cruzada de rayas formando un enrejado romboidal. Alumbró después con su fósforo las profundidades del horno, cuya boca guarnecían ascuas inflamadas, y allá en el fondo se vieron tres ó cuatro torterones enormes, que acababan de cocerse. En el hogar resonaba un coro de grillos, muy bien afinado; un concierto misterioso, que sin lastimar el oído, vencía la tristeza del silencio. La vieja partió la torta, y alargó un pedazo á Gabriel y otro á Manolita, rogándoles que _no la despreciasen_, que probasen _su pobreza_. Hincaron el diente en el pan, de bonísima gana: al partirse el cortezón, descubría una masa amarilla, caliente y sabrosa, que Manuela alabó mucho.

--Pero, señora Andrea, ¿qué le echa á la brona? Por fuerza esta mujer es _meiga_, y tiene algún secreto... Si parece bizcocho de Vilamorta.

--¡Ay mi ama, paloma! Ni siquiera _mistura_ llevó, que se nos acabó el centeno y está el nuevo por majar aún... Cuando lo haya, entonces me ha de venir á probar mi _bola_...

--Pues está mucho mejor hecha que la de casa; vaya si está... ¿Le gusta, tío Gabriel?

--Riquísima..... La mejor prueba es que he despachado la mía ya..... ¿Me das de la tuya?

--Tome, tome, señor--murmuró la paisana ofreciendo otro trozo: pero al ver, á la luz del fósforo, el rostro de Gabriel vuelto hacia su sobrina implorando el pedazo que la niña mordía aún, con la rápida intuición y la astuta sagacidad de las gentes del campo, bajó lentamente el brazo y no insistió en el ofrecimiento. Cuando salieron, llamó la atención de Gabriel, enseñándole las puertas de su casa, todas carcomidas.

--Señor--dijo en tono quejumbroso--¿y no le ha de decir al señor marqués ó al señor Angel que nos ponga unas puertas nuevas? Estamos sin defensa, señor, sin defensa para el invierno... ¿Si entra gente mala y nos roban nuestra pobreza toda, señor?... Mi ama ¿no lo ha de decir en casa, por el alma de quien la parió, paloma?

--Calle, calle--respondía Manuela;--que si les hiciesen caso, estaría siempre el carpintero amañándoles algo.

--Pero mire, santa, mire...--Y la vieja arrancaba con los dedos astillas del podrido maderamen para demostrar la justicia de su pretensión. Los chiquillos, domesticados ya, venían á enredarse entre las piernas: Gabriel hubiera dado dos duros por tener allí uno, en pesetas, y repartirlas á aquella tropa.

--Os he de traer una cosa...--les dijo besándolos con tanta resolución como su sobrina. El rapaz continuaba con su _pucho_ encasquetado; la abuela se lo derribó, advirtiéndole con la misma severidad de antes:

--¿No se dice _besustélamano_? ¿Ó cómo se dice?--Y arrancando la cobertera de la cabeza de su nieto, la mostró á Gabriel metiendo los cinco dedos por otros tantos agujeros fenomenales: podían creerle que era un sombrero nuevecito, comprado en la última feria de Cebre; pero al enemigo del rapaz, ¿qué se le había ocurrido hacer? pues con la hoz de segar la yerba, lo había segado, perdonando ustedes... y así estaba ahora, que parecía un Antruejo (_Antroido_). Con esto, la buena de la vieja acompañó á las visitas hasta el límite de su era, á fin de librarlos del colmilludo mastín, y los despidió con un ¡vayan muy dichosos! que ahogaron los ladridos del vigilante.

--Vaya, ¿se divirtió?--preguntó Manuela muy risueña al salir.

--No sabes cuánto, hija. No doy lo que acabo de ver por las más pintadas distracciones que puede ofrecer un pueblo. Chiquilla, no sólo me divierte, sino que me interesa... pero no sabes cómo. ¿No te parece á ti que daría gusto ir entrando así en todas las casas de estas pobres gentes, una por una, y enterarse de lo que necesitan, de lo que quieren, de lo que piensan...?

--¡Ay! son tantas cosas las que necesitan... Á mí y á Perucho nos rompen siempre los oídos pidiendo... Que una _chaminé_ porque los mata el humo; que rebaja del arriendo porque la cosecha fué mala; que perdón de la renta de castañas porque no se cogieron... El diablo y su madre. Si uno pudiera... Pero mi padre y Angel no hacen caso maldito... Son muy pedigüeños; lo que es eso es la pura verdad. Yo... dar... les doy lo que tengo: toda mi ropa vieja... pero es poquita.

Gabriel Pardo, olvidando ideas humanitarias y fantasías sociológicas, sintió al oir estas frases, que dijo Manolita con acento alegre é indiferente, tiernísima compasión por su sobrina; y la miró de tal manera, que la montañesa volvió el rostro y cogió una rama del espliego que formaba el seto del huerto de la señora Andrea. Gabriel se alegró de la turbación de la niña. Le parecía imposible haberla amansado tanto en tan corto tiempo: indiferente del todo hacía pocas horas en la era, áspera por la mañana, se había ablandado, conversaba familiar é íntimamente con él, se pasaba el día acompañándolo, sin dar muestras de cansancio ni de fastidio; más aún: sentía involuntariamente el poder de aquel afecto nuevo, no se enojaba por miradas claras y expresivas ni por palabras ó movimientos afectuosos; era en suma una cera virgen, y Gabriel presentía enagenado los deliciosos relieves que un hombre como él sabría imprimirle. Resolvió no espantar á la cierva, no insinuarse más por no perder las conseguidas ventajas; seguir aprovechándolas, haciéndose simpático, adquiriendo cierto ascendiente sobre Manuela y aguardar un momento favorable.

Bajaron hacia el fondo del valle, donde debía estar terminándose la faena de la siega. De repente, recordó algo el artillero:

--Tengo que ver al señor cura... ¿Me llevas allá?

--Bien... justamente estamos cerquita de la iglesia y de la casa.

XVIII

La rectoral de Ulloa, en poder de su actual párroco, era la mansión más apacible y sosegada. El cura vivía con un criado, y no pisaba los aposentos otro pie femenino sino el de las mozuelas que en Pascua florida venían á traer las acostumbradas cestas de huevos, los quesos y los pollos--en cantidad bien escasa, pues el señor abad no exigía, y los labriegos se aprovechaban, contentándole con poco y malo.

El criado era uno de esos fámulos eclesiásticos que sólo pueden compararse con los asistentes de militares, porque además de una lealtad canina, son seres universales y andróginos, que reunen todas las buenas cualidades del varón y de la hembra. El del cura de Ulloa podía servir de modelo. Lo poseía por herencia de otro cura del arciprestazgo, á quien Goros--que así se llamaba el sirviente--había cuidado y asistido hasta el último instante en una enfermedad larga y cruel, con tanto esmero como la enfermera más solícita. Al encontrar á Goros, el cura de Ulloa resolvió el problema que él juzgaba más arduo: arreglar la vida práctica sin admitir en casa mujeres. Goros tenía cuidado de levantarse por la mañana muy temprano, y de despertar á su amo, pues según decía él en dialecto, demostrando su pericia en asuntos de la vida eclesiástica, _el clérigo y el zorro, si pierden la mañana, lo pierden todo_; y cuando el párroco volvía de misar, le aguardaba ya un chocolate hecho al modo conventual, con una onza de cacao mitad caracas y mitad guayaquil, macho y sin espuma, confortativo como él solo. Mientras su amo rezaba, leía ó asentaba alguna partida en el registro parroquial, Goros se dedicaba á guisar la comida, no sin haber entregado á medio día la llave de la iglesia al sacristán, para que tocase á las Ave-Marías. A la una, contada por el sol, único reloj de que se servía Goros para averiguar la hora que estaba _al caer_, llamaba á su amo y le servía con diligencia la apetitosa aunque frugal refacción: la taza de caldo de patatas ó verdura con jamón, tocino y alubias de cosecha, el cocido con cerdo y garbanzos, el estofado de carne con cebollas, la fruta en el verano, el queso en invierno, el vinillo clarete, con olor á silvestre viola. El cura comía parcamente, distraído, pero así y todo, Goros notaba sus inconscientes golosinas, sus instintivas preferencias, y no se olvidaba jamás de acercarle la tartera cuando el guisote le había agradado, ni de dorarle la sopa de pan, porque sabía que le gustaba así. Por la tarde, cuando el cura dormía su breve siesta ó recorría el huerto con las manos á la espalda embelesándose en notar lo que había crecido desde el año pasado un arbusto, ó se iba á visitar á algún feligrés enfermo ó á cuidar del ornato de la iglesia y el cementerio, lidiaba el bueno de Goros con la hortaliza, cavaba las patatas, plantaba coles, enviaba al pasto con un zagal de pocos años el ganado vacuno y la yegua, y luego bajaba al río, y con sus propias manos, cual otra Nausicaa, lavaba toda la ropa blanca, que lo hacía primorosamente, así como aplancharla y estirarla, sirviéndose de una de esas planchas antiguas, en forma de corazón, que ya no se ven sino arrumbadas en los desvanes. No eran estas las únicas habilidades femeniles de Goros. Había que verle por las noches, á la luz de una candileja de petróleo, provisto de un dedal perforado por arriba y abajo, de los que usan las labradoras, bizcando del esfuerzo que hacía para concentrar el rayo visual y enhebrar una aguja, apretando entre las rudas yemas de sus dedos el hilo que antes había retorcido y humedecido para aguzarlo; y cumplida la ardua faena de enhebrar, y encerando la hebra con un cabo de cera, dedicarse á pegar botones á los calzoncillos, echar remiendos á las camisas, poner bolsillos nuevos á los pantalones y aun zurcir las punteras de los calcetines del cura; todo lo cual no iría curioso, pero sí muy firme, como los cosidos del diablo. ¿Qué más? En las largas veladas de invierno, junto á la lumbre de sarmientos que chisporroteaba, acurrucado en el banco, Goros, con sus manos cansadas de labrar la tierra todo el día, aquellas manos peludas por el dorso, callosas por la palma y los pulpejos, zarandeaba cuatro agujones de hacer calceta, y á eso se debían las buenas medias de lana gorda con que abrigaba pies y pantorrillas el señor cura.

Si por hogar se entiende, no la asociación de seres humanos unidos por los lazos de la sangre ó para la propagación y conservación de la especie, sino el techo bajo el cual viven en paz y en gracia de Dios y con cierta afectuosa comunicación de intereses y servicios, el cura de Ulloa había reconstruído con Goros el hogar que perdiera al fallecer su madre. Y en cierto modo, hasta donde puede aplicarse la frase á dos individuos del mismo sexo, Goros y él se completaban. El criado era para el cura, para el místico que apenas sentaba en la vida práctica la suela del zapato, quien le impedía desmayarse de necesidad ó perecer transido de frío en invierno. Por Goros tenía tejas en el tejado, leña que quemar en la leñera, huevos frescos para cenar y buen chocolate para el desayuno, y por Goros cubría sus carnes con ropa limpia y de abrigo; por Goros le quedaban unos reales para traer de Cebre candela, lienzo, aceite, sal, fósforos y loza; por Goros no faltaba nada en aquella rectoral de aldea, humilde como la que más, y como ninguna aseada y abastecida de lo indispensable.

Cuando Goros entró á servir al cura, hacía dos años que éste había perdido á su madre y despabilado las economías de la difunta entre caridades, préstamos sin interés á feligreses pobres, ropa para la iglesia, ornato del cementerio, y otros gastos superfluos. En el gobierno de la casa se habían sucedido dos viejas brujas, á cual más holgazana, ávida é impudente, porque el cura de Ulloa, al tomarlas, no les exigió más requisito que pasar de los sesenta y estar hechas unas láminas por lo arrugadas y horrorosas. En ese terreno el abad era intransigente, y sentía que no bastaba ser bueno, que era preciso también parecerlo y que, añadía suspirando, aun con las mejores intenciones se da á veces pasto á la calumnia. Las dos Parcas dejaron la rectoral desmantelada, y Goros tropezó con dificultades inmensas al principio de su misión restauradora. El cura casi no le daba un ochavo para sus gobiernos, y el fámulo no sabía á qué santo encomendarse. Poco á poco fué tomando confianza con su amo, y aun adquiriendo cierto imperio sobre él: y entonces siguió la pista al dinero del cura, á las dádivas impremeditadas, á los feligreses morosos en el pago de derechos, á los préstamos sin interés, al chorrear continuo de limosnitas pequeñas que absorbían lo mejor de la paga, sin que literalmente quedase en el presbiterio con qué arrimar el puchero á la lumbre. Y sin que el cura lo notase, ni pudiese evitarlo, Goros empezó á luchar por la existencia, defendiendo al pastor contra las ovejas que amenazaban tragárselo, como la tierra caída de la montaña iba tragándose la pobre iglesia de Ulloa. Goros se hizo recaudador, y á veces, con el instinto de rapacidad que caracteriza al aldeano, exactor y usurero. Reclamó y cobró algunas cantidades prestadas, é introdujo severo orden en los gastos equilibrándolos con los ingresos. Llegó el momento en que el cura, por no pensar en la moneda, entregó al criado la llave de la cómoda, diciéndole:--Mira si hay cuartos... dime si tenemos para esto ó para lo otro.--Cabalmente era lo que Goros deseaba. Hecho intendente ya, equilibró el presupuesto, realizando varias combinaciones que traía entre ceja y ceja desde su llegada á casa del cura. El primer dinero que pudo ahorrar, lo empleó en ganado, que dió á parcería; fué en persona á las ferias, hizo tratos ventajosos, y trajo á la casa del cura un bienestar modesto. Así se estableció el debido equilibrio entre las potestades, dándose á Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César; el cura era el espíritu, Goros vino á hacer el oficio del cuerpo, de la realidad sensible, factor del cual no es posible prescindir acá abajo; y para que la similitud fuese completa, cuerpo y espíritu andaban siempre pleiteando, queriéndose llevar cada uno la mejor parte, pues el cura no hacía sino sonsacarle á su criado metálico y especies para satisfacer, como decía Goros, el vicio de dar á todo Dios que llegaba por la puerta, y Goros por su parte no recelaba mentirle al cura y á ocultarle dinero á fin de que no lo derrochase sin ton ni son.

Cuando no estaba su amo presente, Goros soltaba la rienda á dos inclinaciones invencibles suyas: decir irreverencias, y murmurar de los curas y las amas. Cuantas chanzonetas agudas ó sátiras desolladoras ha creado la musa popular y la irrespetuosa imaginación de los labriegos contra las compañeras del celibato eclesiástico, cuantas anécdotas saladas, coplas verdes, chascarrillos que levantan ampolla, y dicharachos que arden en un candil, corren y se repiten en molinos, _fiadas_ y deshojas, al amor de la lumbre, por este pueblo gallego que posee el instinto de la sátira obscena y del contraste humorístico entre las profesiones consagradas al ideal y las caídas y extravíos de la naturaleza, todas las sabía Goros de memoria; y apenas se reunía con gentes de su misma laya, bien en el atrio de una iglesia, á la salida de misa, bien á la mesa de una taberna, en las ferias donde chalaneaba y negociaba sus ganados, bien á lo largo de las _corredoiras_, cuando regresan juntos cuatro compadres semi-chispos, tan dispuestos á alumbrarse un garrotazo como á reirse mutuamente las gracias, vaciaba el saco y daba gusto á la lengua, y soltaba todo su repertorio de irreverencias y verdores, todas las coplas sobre el clérigo y el ama, saliendo de aquella boca sapos y culebras, como de la de los energúmenos al alzarse la hostia.

¿Quién será capaz de resolver si en el alma de Goros sería aquello chispa de la santa indignación que inflamó á tantos Padres de la Iglesia contra las mujeres que hacen prevaricar á los ordenados y contra el sexo femenino en general? Porque Goros, aparte de semejantes desahogos verbales, era en su conducta el mejor cristiano del mundo; cristiano viejo, rancio, con aquella piedad desahogada y sólida, que ya no se encuentra á dos por tres. No perdía la misa un solo día festivo; confesábase dos ó tres veces al año; sus costumbres eran morigeradas; no fumaba, no bebía, no comía con gula; pecaba sí de lenguaraz y aun de propenso á la codicia y á la tacañería; pero hombre de bien á carta cabal é incapaz de robar una hilacha á su amo. Y en cuanto á su continencia, más que virtud, semejaba manía de misógino; todo el mal que no hacía, se daba á suponerlo en los demás, siempre echando la culpa á las hembras; y no sólo las huía por cuenta propia, sino que no serviría por todos los tesoros del mundo á un cura mujeriego. El exterior de Goros tenía algo de extraño, muy en armonía con todas estas prendas de carácter; recordaba el de un puerco espín, y las cerdas del erizadísimo cabello, la barba recia, descañonada á un dedo de la piel, pues Goros andaba mal afeitado según la usanza de los eclesiásticos, contribuían á la semejanza.

En presencia de su amo, los labios de Goros eran más limpios que si los hubiese purificado el ascua encendida del profeta; bien se guardaría de repetir la menor de sus desvergüenzas y pullas. Y no influía en este modo de proceder el miedo á ser reprendido ó despedido, sino un respeto misterioso que le infundía el rostro del cura de Ulloa: le cortaba--decía él--la palabra en la boca. Era un rostro mortificado, de esos que se ven en pinturas viejas, donde la sangre ha desaparecido y la carne se ha fundido, ahondándose las concavidades todas, yéndose los ojos, al parecer, en busca del cerebro y sumiéndose la boca que remata en dos líneas severas, jamás modificadas por la sonrisa. Goros abrigaba la convicción de que su amo era un santo y á ratos un simple. Algunos hábitos y prácticas del cura le infundían temor vago; porque Goros era supersticioso, y á pesar de sus irreverentes bravatas, tenía miedo cerval á los muertos y á los aparecidos. ¿Qué manía la del señor abad, de pasarse horas y horas en el cementerio, y volver de allí con los ojos más hundidos y la boca más contraída que nunca?

Al salir el abad para su misa, solían pasar entre amo y criado diálogos por el estilo del siguiente:

--Señor, ¿y ha de volver pronto para el chocolate?--preguntaba Goros partiendo astillas de leña menuda contra el hueso de la tibia derecha--(es de advertir que el fámulo tenía carne de perro). ¿Parará mucho en el Camposanto hoy?

Un levísimo matiz sonrosado aparecía en los desecados pómulos del cura, que contestaba haciéndose el distraído:

--Tú prepara el chocolate... y si se enfría... lo arrimas un poquito á la lumbre...

--Se echará de _pierda_--contestaba Goros que solía tratar con notable desenfado á la lengua castellana.

--No, hombre... siempre está bueno á cualquier hora.

No se atrevía el criado á porfiar. Aquella suavidad y mansedumbre le imponían silencio y obediencia, mejor que ningún regaño. Batía su chocolate con resignación y aguardaba.

También por las tardes solía el cura entretenerse más de la cuenta en el dichoso cementerio, y Goros, después de la puesta del sol no dejaba de recelar que le sucediese algo; no sabía explicar qué, pues ningún riesgo concreto había en el breve camino de la iglesia á la rectoral. La inquietud le obligaba á situarse de centinela junto á la puerta del huerto por donde solía entrar su amo. Allí se lo encontraron las dos visitas inesperadas que fueron á turbar el sosiego de la vida ascética del abad de Ulloa.

La montañesa y su tío pusieron el pie en el huerto del cura cuando ya el sol declinaba. Una gran melancolía inundaba el huerto, cuya puerta abrió Goros de par en par, deshaciéndose en muestras de cortesía debidas á la presencia de Gabriel, pues á Manolita no era novedad verla por allí de tarde en tarde, y se la recibía como niña á quien el cura había tenido mil veces en brazos de chiquita, pero las trazas del comandante impusieron respeto al tosco fámulo.

--De contadito llega el señor _abade_...--murmuraba éste.--Entren, pasen, siéntense.... ¿Ven? ya viene por allá...

Sobre la zona encendida del poniente, en el camino hondo, vieron tío y sobrina moverse y aproximarse una figura negra, y conforme se aproximaba, distinguía Gabriel sus contornos angulosos, acusados por la raída sotanuela, y su cabeza pálida, exangüe, en que dibujaban dos agujeros de sombra las concavidades de los ojos.

--¡Don Julián, don Julián!--gritó Manuela.

El cura apretó el paso, y al tenerlo cerca, Gabriel reparó atónito en el carácter de su fisonomía, en el rostro demacrado, tan semejante á esas caras de frailes penitentes que surgen de un fondo de betún sobre las paredes de refectorios y sacristías antiguas; en los ojos cavos, de párpado delgadísimo, que dejaba transparentar el globo de la órbita; en el pliegue de la boca, semejante á un candado que cerrase las puertas del alma. No parecía muy viejo el cura de Ulloa; pero se veía en él la anulación del cuerpo. En aquella espléndida tarde de verano, impregnada de calor, de vida, de fecundidad y regocijo, Gabriel sintió, al ver al abad, repentino frío en la espalda, y el recuerdo de su hermana muerta cayó sobre él como el velo negro sobre la cabeza del sentenciado.

Adelantóse no obstante, y con el mayor respeto tomó la mano del abad y aplicó á ella los labios. De puro sorprendido, no retiró la diestra Julián; pero á sus macerados pómulos afluyó un poco de sangre... y balbuceó, clavando los ojos en tierra:

--Señor... señor...

--Para servir á usted, Gabriel Pardo de la Lage, el hermano de Marcelina...

La ola de sangre subió á la frente del cura, bajó á las orejas, al cogote y pescuezo; un temblor agitó la cabeza y la mano que el artillero no había soltado aún. De repente, el cura se echó hacia atrás, desprendió la mano, y la llevó á la frente, al mismo tiempo que se apoyaba en la tapia del huerto. Ya se acercaba el artillero para sostenerle; pero recobrando su continente absorto y como fantasmagórico, al cual contribuían los ojos siempre bajos, el abad murmuró:

--Por muchos años... Servidor de usted... Sea usted muy bien venido... Pase, suba; en la sala estará más cómodo que aquí.

--¿Yo no soy nadie, don Julián?--preguntó Manuela ofendida de que el cura no hubiese contestado á su saludo.