La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa)
Part 11
Enarcó Manuela las cejas, entreabrió los labios, redondeó los ojos, y se quedó como asombrada mirando al artillero.
--¿No lo crees?--dijo éste, que iba cortando con mucho primor, de una uñada, tallos de gramíneas, y reuniéndolos, sin duda con ánimo de formar un ramillete.
--No señor... tío Gabriel. Porque... yo soy una infeliz que me he criado aquí, entre los tojos, como quien dice, y usted anduvo mucho mundo y corrió muchos pueblos y sabe todo... Conmigo se tiene que aburrir, ¿eh? aunque por darme jarabe diga eso. Otra le queda.
--¡Ay, chiquilla! Te engañas de medio á medio. Pues si justamente te necesito; si me haces muchísima falta para explicarme, y enterarme, y ponerme al corriente de un sinnúmero de cosas importantísimas, en que eres tú maestra y yo no sé ni el a, b, c...
--Vaya, vaya, vaya--canturreó la niña con su marcado acento del país.
--No hay vaya, vaya, que valga--murmuró Gabriel remedándola tan jovialmente, que no había modo de enojarse por la parodia.--Sí señora. Se lo digo á usted formalmente, con toda la formalidad que cabe en un comandante de artillería. Mira, hijita, por lo visto tú eres como Santo Tomás: ver y creer. Así es que te diré cuáles son esas cosas en que eres una sabia y yo un borrico. Son... las cosas de por aquí, del campo.
--¿Del campo?
--Cabales... Atiéndeme... Yo me he criado en un pueblo, he estudiado en otro, he vivido en varios, y no he estado en lo que se llama _campo_, sino en el _campamento_, que es muy diferente... Allí mira uno la tierra desde el punto de vista de cómo podrá, abierta en trincheras, servir para resguardarse del enemigo... y las montañas que yo he visto y recorrido, ¿sabes lo que buscaba en ellas? Un punto estratégico en que situar una batería... para santiguar desde allí á cañonazos á los carlistas.
Inclinóse la montañesa hacia su tío, revelando en sus ojos brillantes, en su respiración agitada, el interés con que infaliblemente escucha la mujer toda historia en que juega el valor masculino.
--¿Estuvo en muchas batallas?--preguntó mostrando gran curiosidad.
--En unas pocas... pero no batallas campales y en grande, hija mía, como esas que tú habrás visto pintadas ó te habrás representado en la imaginación; fueron encuentros parciales, tomas de fortines, asaltos de trincheras, escaramuzas, tiroteos de avanzadas...
--¿Y muere gente en eso como en lo otro?
--¡Ah! Morir, sí, lo mismo; en proporción, quizá sea más peligroso... Allí ve uno muy de cerca el brillo de las bayonetas y los machetes, y la boca de los rewólvers.
--¿Y á usted... lo hirieron? ¿Le hicieron daño?
--Sí, á veces... Rasguños.
--¿En dónde? ¿Aquí?--exclamó la chiquilla alargando su dedito moreno hasta rozar con él la mejilla de su tío, el cual se estremeció dulcemente, como si le hiciese cosquillas una de las delicadas gramíneas que cortaba.
--No...--dijo sin ocultar el estremecimiento...--Esto fué la explosión de un poco de pólvora que se me quedó embutida debajo de la piel...
--¡Ay! me ha de contar cómo fué. No..., pero antes las batallas.
Gabriel se incorporó quedándose sentado en la hierba, con las piernas estiradas y el haz de gramíneas en la mano. Habíalas verdaderamente airosas y elegantes, montadas en tallos como hilos; sus menudas simientes pajizas temblaban, bailaban, oscilaban, se encrespaban y bullían como burbujas de aire moreno, como gotas de agua enlodada; algunas semejaban bichitos, chinches; otras, como la _agrostis_, tenían la vaporosa tenuidad de esas vegetaciones que la fina punta del pincel de los acuarelistas toca con trazos casi aéreos, allá al extremo de los países de abanico: una bruma vegetal, un racimo de menudísimas gotas de rocío cuajadas. Con aquel fino puñado de hierba, Gabriel acarició la cabeza trigueña de su sobrina, diciendo con una explosión de alegría casi infantil:
--¡Ah, pícara... pícara! Ves cómo tenemos de qué hablar... y nos sobra. ¿Lo ves, lo ves? Yo te cuento guerras ó catástrofes como esta de la pólvora que se me metió entre cuero y carne, y muchas cosas más que me han pasado; y tú...
--¡Bah! No haga burla, no haga burla... Ya se sabe que yo no puedo contar nada que valga dos nueces.
--Que sí, mujer... Más que yo; doscientas veces más. Tú eres una doctora y yo un ignorantón.
--¿Con tanto como estudió?
--En los colegios, hija mía, nos enseñan cosas muy raras y estrafalarias, que andan en libros... y mira tú, lo bueno es que allí se quedan, porque luego, en la vida, no se las vuelve uno á encontrar ni por casualidad una sola vez. Pues sí... ¡tú vas á reirte de mí cuando veas lo tonto que soy! No diferencio el trigo del centeno...
La montañesa soltó una carcajada fresquísima.
--No he visto nunca moler un molino... El único en que estuve lo tomamos á cañonazos: era un molino en que se habían hecho fuertes las gentes del cabecilla Radica... Ya te figurarás que no molía entonces...
Redobló la carcajada de Manuela.
--Tampoco he visto segar... Ayer me enteré de que hacéis unas cosas que se llaman _medas_, que son como una pirámide de haces de mies... y eso porque te ví encaramada encima como un loro en su percha...
Ya no era risa; era convulsión lo que agitaba á Manuela, obligándola á echarse atrás, á recostarse en el tronco del castaño para no caer... Con una mano, á la usanza aldeana, se comprimía la ingle, y con otra se tapaba la boca y la nariz, pero entre sus dedos rezumaban y salpicaban chorros de risa que, por decirlo así, caían sobre el rostro del artillero.
--Ay... ay... que me muero... que no puedo más...--decía la chiquilla.--Ay... por Dios... no diga tontadas así...
Sonreíase él, contento del efecto producido, y haciendo girar entre pulgar é índice el fino tallo de una gramínea, que por el volteo apresurado parecía una rueda de dorada niebla. Paróse, al ver un insecto semejante á una media bola de coral pulido, con pintas de esmalte negro, que le había caído sobre el dorso de la mano y allí permanecía inmóvil.
--Ahí tienes--murmuró dirigiéndose á su sobrina, que pasado el espasmo se había quedado como aturdida, con dos lágrimas que le asomaban al canto de los lagrimales--mira si es verdad lo que tanto te hace reir, que ahora me veo en el apuro de ignorar qué fiera es esta que se me ha domiciliado en la mano.
--¿Esa?--balbució la niña como saliendo de un letargo--es una _mariquita de Dios_.
--¿Y por qué se está tan quieto este bicho divino?
--¿Quiere que vuele? Yo la haré volar enseguida.
--¿Pinchándola? No. Mira que yo, aquí donde me ves con estas barbas, no puedo sufrir que se lastime á ningún animal.
--¿Piensa que yo soy un verdugo? Verá cómo vuela solo con hablarle.
Y la niña, acercándose tanto á la mano de su tío que éste sintió el húmedo calor y la frescura de su sano aliento, murmuró misteriosamente:
--_Mariquiña, voa, voa, que ch’ei de dar pan é ceboa._
A las primeras sílabas del conjuro el insecto se bullió; á las segundas removió sus patas, que parecían hechas de cabitos cortos de seda negra; á las terceras entreabrió las alas de coral, descubriendo debajo otras de gasa, de sombría irisación, que tenía replegadas como las alas membranosas del murciélago; y antes de que la fórmula cabalística terminase, alzó el vuelo rápidamente y se perdió en el aire.
--No he visto en los días de la vida animal más bien mandado--observó Gabriel un tanto sorprendido.--¿Obedecen así los demás bicharracos?
--¿Los demás? Buena gana! Si fuese una avispa y le clavase el aguijón... ya vería si obedecen ó no.
--¿De modo que los bichos más dañinos son las avispas?
--¡Uy! otros son peores. Hay los de cuatro patas... Raposos y lobos; allá en lo más alto de la sierra, jabalíes; la marta, que se come las gallinas; el _miñato_, que mata las palomas... Pero á mí esos animales fieros no me dan cuidado ninguno; me gustaría ir con los cazadores cuando dan la batida á los lobos, que debe ser precioso; pero á lo que tengo miedo es á... los perros rabiosos, en este tiempo del año. Dice que cuando muerden, para que uno no se muera, hay que quemarle con un hierro ardiendo el sitio donde dejan la baba... ¡ih, ih, ihhh! (Manolita se estremeció, subiendo los hombros como si tuviese frío).
--¡Qué nerviosa es!--pensó para sí Gabriel, el cual, en medio de la embriaguez que le producía el ver á la niña tan domesticada ya y entretenida en tan familiar y afectuosa plática, no dejaba de estudiarla, recordando que tenía que hacer con ella oficio de padre, de maestro, y aun quizás de médico; tierno protectorado, acaso lo más dulce y atractivo de la obra de caridad que su corazón emprendía.--Al mismo tiempo--calculó mirando la coloración trigueña, encendida y melada del rostro de su sobrina--hay sangre, generosa, rica y roja... Me gusta que tenga nervios: por el camino de los nervios se puede conseguir tanto de la mujer!
Aún charlaron algo más antes de volver á los Pazos á la hora de la comida. Al atravesar el bosque, pudo ver el comandante que los nervios de su sobrina se estaban quietos en ocasiones que alborotarían los de una señorita cortesana. Allá, en lo más oscuro y enmarañado del bosque, notó Gabriel un roce entre las hojas, algo parecido al cimbrear de una vara verde; y al punto mismo vió pasar á dos dedos de sí, con el espinazo arqueado y enhiesto, arrastrado el pecho, la plana cabeza erguida, una gruesa culebra, distinguiendo la blancura azulada de su vientre. Sería como la muñeca de un niño, y mediría de largo vara y media. Gabriel se quedó fascinado, sintiendo el frío que causa la presencia de los reptiles. Manolita en cambio se bajó, y escudriñando entre las hojas caídas y la maleza, blandió triunfalmente un objeto amarillento, larguirucho, diáfano, que parecía hecho de papel de seda untado con aceite, por encima imbricado de escamas, por debajo plegado en pliegues horizontales; un andrajo orgánico, que aún parecía conservar la flexible curvatura del tronco que momentos antes revestía.
--La camisa de la culebra!--gritaba entusiasmada Manola.--¡La ha soltado ahí la bribonaza! ¡Vestido nuevo, que estamos en tiempo de feria! Ah maldita! Si yo tuviese una piedra con que _esmagarte_ los sesos!... Mire, mire, mire--exclamó metiéndosela á Gabriel casi por los ojos:--mire la hechura de cabeza, mire la boca, mire los ojos... como se conocen los ojos!
--La llevas?--preguntó Gabriel viendo que se la enrollaba á la muñeca.
--Toma! Para enseñársela á Perucho.
XVII
Después de comer, transcurrida la hora sagrada de la siesta, Gabriel sintió otra vez llamar á su puerta, no con los nudillos y desdeñosamente como por la mañana, sino con el batir imperioso de una manecita que manifiesta cierta cordialidad y deseo de ver pronto á la persona que busca. Saltó el comandante del canapé en que se había recostado, más á leer que á dormir. Como todo hombre de hábitos intelectuales, Gabriel, al llegar á los Pazos, había buscado algún alimento del alma, alguna lectura: el obsequioso Gallo le había ofrecido sus periódicos (el señor los leía también al día siguiente); pero Gabriel, recordando haber visto por la mañana en el archivo un armario-estantería donde encima de las oscuras encuadernaciones de antiguos libros relucía algún filete de oro, se fué allá terminada la comida. Al abrir las hojas forradas, en vez de vidrios, de rejilla de alambre, salió una tufarada de moho, de polvo, de humedad; cenicientas polillas huyeron despavoridas de su refugio predilecto. No se arredró: fué sacando volúmenes. Cada libro que abría era un depósito de larvas, una red de túneles abiertos por el diente del insecto bibliófilo: y el cadáver del siglo XVIII se alzaba de su sepulcro, todo comido de gusanos: allí estaban, calados y alicatados por la polilla con mil pintorescos dibujos, _La Enriqueida_, _El Contrato Social_, la _Moral universal_, las _Confesiones_, la _Nueva Heloísa_: y también las novelas del género sentimental interminable: _Clara Harlowe_, _Pamela Andrews_, á las cuales las ratas, por no ser menos que los bichos, habían roído los cantos y puesto como una sierra el borde de las hojas. Lo único que encontró Gabriel en mediano estado fueron las obras de Feijóo y Sarmiento, unos tomos del _Viajero universal_ y un ejemplar de los _Nombres de Cristo_, así como la traducción del _Cantar de los cantares_, también del Maestro León. Llevóse para su cuarto lo más aceptable, y recordando sus aficiones filosóficas, se hundió en las luminosas simas platónicas de los _Nombres_. Pero entre su vista y la hoja de grueso papel en que el tiempo había derramado un baño de ámbar, se interponían dos ojos serenos y ariscos, ojos de novilla virgen, que miraban con despego primero y con pensativa curiosidad después. ¡Qué aprisa soltó el libro al oir llamar!
--Está cansado? Si no, es hora de ir saliendo.
--Adónde?
--Por ahí. ¿No dijo que quería...?
--Sí, chiquilla; contigo, al fin del mundo.
Ella se encogió de hombros, respuesta que tenía preparada para cuanto le sonaba á galante broma: pero ya sin el enfado rabiosillo de por la mañana.
Al salir á campo abierto, sobrecogió á Gabriel el ardor sofocante del día. El aire era fuego, fuego fluido que envolvía el cuerpo, penetraba en el cerebro, derretía los sesos y causaba la sensación de hallarse metido en una zanja, rodeado de hogueras. La naturaleza, abrumada por aquella temperatura canicular, yacía inmóvil: no corría brisa alguna. Manuela sin embargo andaba ligera, en términos que á su tío siempre le costaba trabajo seguirla. Tomaron un sendero oculto días antes por el movible mar de oro del trigo: pero ya la vega había ido despojándose del manto de seda amarilla, y la vista no se recreaba al contemplar, desde los oteros, las anchas alfombras, tan alegres, que parecían un pedazo de luz solar: ahora se veía la desnudez de la tierra, la negrura de los surcos, invadidos por el estéril helecho, y sobre los cuales yacían los haces en desorden como muertos después de la batalla; entre las cortadas espigas doblaban la cabeza moribundas las amapolas de tafetán con corazón de terciopelo negro, las nevadas mejoranas, los cardos, las alfalfas y tréboles, toda la flora que se cobija á la sombra de la mies y vive por ella sola. Aún queda otra cosecha, en verano, otra planta tierna y verde que esparce su polen fecundante por el aire encendido: es el maíz, el maíz susurrón y melancólico, nunca saciado de agua; la cosecha del otoño gallego. Manuela fijó los ojos en la _cortiña_ segada.
--Después de que siegan ya parece que se escapa el verano--pronunció con cierta pesadumbre, pensando en alto, pues el verano era para ella la época suspirada, la época en que su compañero, su amigo de toda la vida, regresaba de Orense, y corrían y se solazaban juntos. Gabriel no comprendió el pesar de la montañesa: creyó que pensaba en el trigo no más, y miró á su vez los surcos. Empezaba á considerar con simpatía, aunque por reflejo, aquella cosa vasta y vaga, _el campo_, mas no se le ocultaba que la veía al través de Manuela, con ese interés que inspiran las cosas que son el ambiente y el marco de la persona querida.
--¿Se puede saber á dónde me lleva su alteza la infanta?--preguntó cuando cruzaron el barbecho y fueron bajando á una pequeña hondonada en que crecían hasta una docena de olmos muy bajos.
--Vamos á la represa del molino... le enseñaré cómo muele... porque si subiese por la montaña, se moriría con el calor que hace...
--No, mujer... ¿por quién me tomas? tú crees que yo soy una damita... Verás cómo no me canso, por muy largo que paseemos y por mucho que sea el calor.
Lo cierto es que el artillero pensaba ahogarse. Desde los tiempos en que andaba á la greña con los carlistas, no había pasado sofocón por el estilo, y el andar rápido de la muchacha le ponía á prueba. Pero antes mártir que confesor. No quería darse por vencido ante un poco de sol, y, como todos los enamorados, quería alardear de vigor y salud.
--Vaya, vaya--dijo con graciosa roncería su sobrina--que si yo lo llevase allí (y señaló una cumbre no muy distante, que herida por el sol brillaba con resplandores micáceos), ya veríamos si podía volver por su pie.
--Niña... ¿pero tú te imaginas que nunca he escalado montes? ¡Caramba, hija! Y con la batería, que es un poco más peliagudo. ¿Cómo se llama esa altura?
--Pico-Medelo. Otro día iremos allá, ya que se hace de tan valiente, á ver quien saca la lengua primero; pero hay que salir por la fresquita de la mañana y entonces se ve desde allí una vista tan preciosa, que no sé: dicen que hasta se ve algo de Portugal. Es preciso que sea un día que sople vendabal, porque con él se ve más lejos que con el _nordés_. Y allí hay unas piedras viejísimas que dice que fueron de un castillo del tiempo...
La montañesa reflexionó, llamando en su ayuda todo su caudal de erudición.
--Del tiempo de los moros--exclamó al fin muy formal.
Viendo en el rostro de Gabriel una media sonrisa cariñosísima, añadió:
--¡Bah! Me hace burla. Pues no le vuelvo á contar nada. ¡Cuidado ahí! Que se puede resbalar en las hierbas, y ¡pataplum!
Seguían orillando el diminuto barranco, en cuyo fondo iba cautivo un riachuelo que después se tendía encharcándose, antes de llegar al molino, invisible aún. La proximidad del agua y la sombra de los olmos, en tal momento, hacían del barranco un oasis. Entapizaban la superficie de la charca esas plantas acuáticas, esas menudísimas ovas que parecen lentejuelas verdegay, y engañan la vista representando una continuación del prado: Manuela avisó al artillero, cogiéndole del brazo, para que no metiese la bota entera y verdadera en el río. Al borde de la charca se arrastraban rojizas babosas y limazas negras de una cuarta de largo: daba grima pisarlas por la resistencia elástica que oponía su cuerpo. Espadañas, gladiolos y juncos elevaban sus lanzas airosas al borde del agua. El terreno estaba empapado, y la suela de la bota de Gabriel, al posarse en la hierba, dejaba un ligero charco, borrado al punto. Oíase, misterioso y grave, el ruido del agua en la presa. Manuela se volvió de pronto.
--¿Sabe pescar?--dijo á su tío.
--¡En qué aprieto me pones! Jamás he cogido una caña, ni una red, ni...
--¡Qué lástima! Si Perucho viniese, esta noche de seguro que cenábamos una anguila tan gorda como mi brazo (y ceñía la manga de su traje para que se viese bien el grosor de la anguila.) Las hay hermosas en la presa. Entre el mismo barro las pescan con un pincho... Hay que remangarse...
--Vea usted--pensaba para sí el artillero.--¿De qué me sirven aquí filosofías ni matemáticas? Me convendría mucho, para conquistar á esta criatura, pescar anguilas. Yo aquí soy un sér inútil.
Rota la cortina de olmos, apareció el estanque de la presa, del cual emergían los escobones de las poas y las flores rosas de la salvia: el agua se precipitaba espumante, pero Manuela vió con sorpresa paradas las paletas del molino.
--Hoy no muele--dijo meneando la cabeza.--Ya me figuro por qué será; pero venga, que preguntamos.
Desandó lo andado, y volviendo á meterse por entre los olmos, torció á la derecha por un maizal, y pararon ante una era mucho más chica que la de los Pazos, cerrada por humilde tapia. Un perro de amarillento pelaje, atado á una cuerda al pie del hórreo, saltó ladrando como una fiera y arrojándose á morder; pero á la puerta de una casuca asomó una mujer anciana, y amansó al fiel vigilante con un--¡Quieto, can!--que en sus labios sonaba como regaño de persona cortés al criado que recibe mal una visita.
--Entren, entren, mi ama y la compañía--suplicaba obsequiosamente la vieja, riéndose con desdentada boca. Gabriel miró á la mujer y la encontró típica. Representaba unos sesenta años: el sol había curtido su piel, que en los sitios donde sobresalen los huesos tenía el bruñido y la lisura de la piel de los arneses cuando el uso la avellana. Sus ojos grises, incoloros, hacían un guiño entre malicioso y humilde; su pescuezo colgaba en pellejos negruzcos, confundiéndose su color y la sombra del arranque del pelo, única parte que descubría el pañuelo atado á la usanza campesina, con una punta colgando sobre la espalda y dos cruzadas encima de la frente, á modo de orejas de liebre. Llevaba pendientes de prehistórica forma, parecidos á los que tal vez se encuentran en alguna sepultura; y el cruce de otro pañuelo sobre su pecho dejaba adivinar senos flojos de hembra cansada de criar numerosa prole. Remangadas las mangas de la camisa, se ostentaba su brazo--un poema de laboriosidad, un brazo en que las finas venas azules, que al escotarse las damas atraen la vista como el jaspeado de un rico mármol, eran gruesos troncos negruzcos, cuyas raíces se destacaban en relieve sobre la carne terrosa, parecida á barro groseramente cocido.--El semblante de la vieja respiraba satisfacción y amabilidad, y guiaba á los visitadores hacia su casa como si les fuese á hacer los honores de un palacio.
A la puerta estaba un rapazuelo como de dos años, de esos que se ven jugar ante todas las casucas de labrador gallego: cabeza grande, pelo casi blanco de puro rubio, muy lacio y que cae hasta la nariz, barriguilla hidrópica, fruto de la alimentación vegetal, sayo que respinga por delante, pies zambos, magníficos ojos negros que se clavan fascinados de terror en el que llega, el índice metido en la boca, y suspensa la respiración. El rapaz lucía un sombrero de paja con cinta negra, en el estado más lastimoso. La abuela, al entrar precediendo á Manolita y Gabriel, le dió un pequeño lapo para que se apartase, y en dialecto explicó, repitiendo cada cosa cien veces y con las mismas palabras, que los chiquillos eran unos demonios, que á éste y á su hermana los había tenido que encerrar en el sobrado para poder cocer con sosiego, que hacía más de dos horas que pedían _bola_, aun antes de estar amasada la harina y caliente el horno, y que si no le bastaba haber cuidado tantos hijos, ahora le caían encima los nietos.
--Son los chiquillos del molinero--dijo Manolita alzando al muñeco panzudo y besándolo en la faz, sin asco del amasijo de tierra y algo peor que le cubría nariz y boca.--¿Y... por qué no está hoy su hijo en el molino, señora Andrea?--preguntó á la vieja.
--¡Ay mi ama... palomiña querida!--exclamó lastimosamente ésta, levantando al cielo las manos, como para tomarlo por testigo de alguna gran iniquidad.--¿Y no sabe que estos días, con el cuento de la siega... de la maja... no sabe cómo andan, paloma?
Al entrar en la casa, lo primero que vió Gabriel fueron las cabezas de dos hermosos bueyes de labor, que asomaban casi á flor de suelo, saliendo de un establo excavado más hondo. A un lado y otro, haces de hierba. A izquierda, la subida al sobrado, donde estaban las mejores habitaciones de la casa: una escalera endiablada y pina, por donde treparon todos, y tras ellos, á gatas, el chicuelo. Arriba encontraron á su hermanilla, morena de cuatro años, hosca, ojinegra, redondita de facciones; cuando le alabaron su hermosura tío y sobrina, respondióles la vieja con afable sonrisa:
--De hoy en un año andará por ahí con la cuerda de la vaca...
Gabriel sintió un estremecimiento humanitario. ¡Con la vaca, aquella criaturita poco más alta que un abanico cerrado, aquel sér lindo y frágil, aquellas mejillas que pedían besos; una cuerda gruesa, áspera, enrollada á aquella muñequita débil! En dos minutos la incorregible fantasía le sugirió mil disparates, entre ellos adoptar á la niña; todo paró en echar mano al bolsillo para darle una moneda de plata; pero se había dejado en los Pazos el portamonedas, y sólo encontró el pañuelo. Este era de los más elegantes para viaje y campo, de finísimo fular blanco, y las iniciales bordadas con seda negra. Se lo ató al cuello á la chiquilla, que bajaba los ojos asombrada y dudosa entre reir ó llorar.