La lucha por la vida: Aurora roja

Part 9

Chapter 93,829 wordsPublic domain

Ya iba á desaparecer la bandera entre la gente, cuando de pronto se irguió de nuevo, los manifestantes se pusieron á cantar _La Marsellesa_ como locos, cargaron sobre los guardias y los arrollaron. Toda la avalancha pasó gritando, vociferando, y se rehizo la manifestación. Yo me adelanté, cruzando unas callejuelas, hasta salir otra vez al bulevar.

Al pasar junto á mí, iba la bandera roja desplegada, y la llevaba mi paisano el andaluz, que marchaba en medio de una turba de exaltados. El muchacho me miró con los ojos como ascuas... Se alejaron. Desde alguna distancia, _La Marsellesa_, cantada por miles de personas, resonaba como una tempestad, y yo veía por encima de la multitud ondear la bandera roja, que brillaba, soberbia y triunfante, como una entraña sangrienta... El Libertario dejó de hablar; los demás quedaron silenciosos.

En las pupilas de todos había como un destello siniestro, y en los labios contraídos una expresión de amargura. Afuera caía mansamente la lluvia suave de la primavera...

--Ese no era más que un sentimental--dijo de pronto Prats.

--¿Y qué?--preguntó Juan.

--Creía en la Anarquía como en la Virgen del Pilar.

--En todo lo que se cree, se cree lo mismo--contestó Juan.

* * * * *

--Yo--dijo Skopos, que era un muchachito afeitado, grabador, hijo de un griego, vendedor de esponjas, y que acababa de ingresar en el grupo--conocí á Angiolillo en Barcelona; nos reuníamos unos cuantos en un cafetín próximo á la Rambla. Casi todos éramos anarquistas platónicos. Una vez, por cierto, dos de los más jóvenes del grupo, fueron á un club en donde había bombas, y cada uno cargó con la suya, y salieron á la calle. Anduvieron de un lado á otro, sin saber donde colocarlas. Contaban ellos que iban á una casa rica á poner la bomba, y el uno le decía al otro: «¿Y si hay chicos aquí?» Por último, fueron al puerto y tiraron las bombas al mar.

--¿Y Angiolillo?--preguntó Juan.

--Pues solíamos verle muchas veces. Era un tipo delgado, muy largo, muy seco, muy fino en sus ademanes, que hablaba con acento extranjero. Cuando supe lo que había hecho, me quedé asombrado. ¡Quién podía esperar aquello de un hombre tan suave y tan tímido!

--¡Ese era también un sentimental!--exclamó Prats.

--Con muchos sentimentales así se hubiera hecho ya la revolución--repuso el Libertario.

--Para mí, el verdadero tipo del anarquista, es Pallás--añadió Prats.

--¡Claro! Como que era catalán--dijo con sorna el Madrileño.

--Son los verdaderos anarquistas. No son borrachos, como los franceses, ni traidores, como los italianos.

--¿Y los andaluces?--preguntó el Madrileño?

--¿Los andaluces? Son como los demás españoles.

--¡Cualquiera diría que vosotros no lo sois!

--Nosotros somos catalanes.

--¡Qué necedad!--exclamó el Madrileño.

--No--murmuró el Libertario--. Cada uno tiene el derecho de ser de donde le dé la gana.

--No; si yo no niego ese derecho--replicó el Madrileño--; yo lo que quiero decir, es que si él no tiene ninguna satisfacción por ser paisano nuestro, nosotros no tenemos tampoco ningún entusiasmo por ser paisanos de los catalanes.

--Todos los españoles son dogmáticos y autoritarios--siguió diciendo el catalán, haciendo como que no oía la observación--; lo mismo los andaluces, que los castellanos, que los vascongados. Además, no tienen el instinto de la _revolta_...

--Me hace mucha gracia á mí este hombre hablando de gente autoritaria...--comenzó á decir el Madrileño.

--¿Y Pallás?--interrumpió Juan, comprendiendo que el Madrileño iba á decir algo desagradable para el catalán--. ¿Era templado Pallás?

--Sí, era... ya lo creo.

--Se achicó también--dijo el Madrileño--, y aquí está el Libertario que lo vió.

--Sí, es verdad--dijo, el Libertario--; los últimos días en la cárcel se descompuso. Y era natural. Nosotros solíamos ir á verle, y nos hacía la apología de la idea. El último día, ya en capilla, estábamos despidiéndonos de él, cuando entraron un médico y un periodista.--Yo quisiera--dijo Pallás--que después de muerto, llevaran mi cerebro á un museo para que lo estudiaran.--Será difícil--le contestó el médico fríamente.--¿Por qué?--Porque los tiros se los darán á usted, probablemente, en la cabeza y los sesos se harán papilla. Pallás palideció y no dijo nada.

--Es que sólo con la idea hay para ponerse malo--saltó diciendo Manuel.

--¡Pues bien valiente estuvo Paulino al morir!--exclamó Prats.

--Sí, luego ya se animó--dijo el Libertario--. Le estoy viendo al salir al patio de la cárcel cuando gritó: ¡Viva la Anarquía!; al mismo tiempo, el teniente que mandaba la tropa, dijo á sus soldados: ¡Firmes! y las culatas de los fusiles, al dar en el suelo, apagaron el grito de Pallás.

Manuel tenía los nervios estremecidos; todos sentían una gran atracción, una acre voluptuosidad al escuchar aquellos relatos terribles. El señor Canuto hacía más gestos que de costumbre.

--¿Y por esto fué por lo que echaron la bomba en el teatro?--preguntó Perico Rebolledo.

--Sí--contestó Prats--; la venganza fué terrible; ya lo había dicho Paulino Pallás.

--Yo lo vi--saltó diciendo Skopos.

--¿Estabas dentro?

--Sí; fuí al Liceo á ver al director de un periódico que me había encargado le hiciese unos dibujos. Tomé una delantera de paraíso, y busqué con la vista al director hasta que lo vi en una de las butacas. Bajé y me puse á esperarle en una puerta. Tardaba en acabar el acto, yo estaba atento á que saliera la gente, cuando oigo una detonación sorda y sale una llamarada por la puerta. Me figuré que habría pasado algo; pero algo de poca importancia, un cable de luz eléctrica fundido ó una lámpara rota; cuando veo venir hacia mí un turbión de gente espantada, con los ojos desencajados, empujándose y espachurrándose unos á otros. La ola de gente me echó fuera del teatro; pregunté, en la calle á dos ó tres lo que pasaba; nadie lo sabía. Yo estaba sin sombrero y sin abrigo, y entré á recogerlos. Subo, y un acomodador me pregunta, temblando, qué era lo que quería; le digo que buscaba mi gabán, lo encuentro, y entonces se me ocurre mirar hacia la sala. ¡Cristo! La cosa era terrible; me pareció que había cuarenta ó cincuenta muertos. Bajé á las butacas. Aquello era imponente; en el teatro, grande, lleno de luz, se veían los cuerpos rígidos, con la cabeza abierta, llenos de sangre; otros, estaban dando las últimas boqueadas. Había heridos gritando y la mar de señoras desmayadas, y una niña de diez ó doce años muerta. Algunos músicos de la orquesta, vestidos de frac, con la pechera blanca empapada en sangre, ayudaban á trasladar los heridos... era imponente.

--Pero hubiera sido aún más terrible si llegan á hacer lo que querían, que era apagar las luces del teatro antes de echar las bombas--dijo Prats.

--¡Qué barbaridad!--exclamó Manuel.

--A obscuras hubieran muerto todos--añadió riendo Prats.

--No--exclamó Manuel levantándose--; de eso no se puede reir nadie, á no ser que sea un canalla. Matar así de una manera tan bárbara.

--Eran burgueses--dijo el Madrileño.

--Aunque lo fueran.

--Y en la guerra, ¿no matan los militares á gente inocente?--preguntó Prats--. ¿No disparan sobre las casas con bala explosiva?

--Pues los que hacen eso son tan canallas como el otro.

--Este, como ya tiene su imprenta--dijo el Madrileño con sorna--, se siente burgués.

--Por lo menos, no me siento asesino. Ni tú tampoco.

--Una de las bombas no estalló--dijo Skopos--, cayó sobre una mujer muerta por la primera bomba. Por esto la carnicería no fué mayor.

--¿Y quién hizo esta bestialidad?--preguntó Perico Rebolledo.

--Salvador.

--Ese sí que tendría las entrañas negras...

--Debía ser una fiera--dijo Skopos--. El se escapó del teatro en el momento del pánico, y al día siguiente, cuando el entierro de las víctimas, parece que se le ocurrió subir á lo alto del monumento de Colón con diez ó doce bombas, y desde allí irlas arrojando al paso de la comitiva.

--No comprendo cómo se puede tener simpatía por hombres así--dijo Manuel.

--Mientras estuvo preso--siguió diciendo Skopos--hizo la comedia de convertirse á la religión. Los jesuítas le protegieron, y allí anduvo un padre Goberna solicitando el indulto. Las señoras de la aristocracia se interesaron también por él, y él se figuraba que le iban á indultar... pero cuando le metieron en capilla y vió que el indulto no venía, se desenmascaró, y dijo que su conversión era una filfa. Tuvo una frase hermosa: «¿Y tus hijas?--le dijeron--. ¿Qué va á ser de tus pobrecitas hijas? ¿Quién se va á ocupar de ellas?» «Si son guapas--contestó él--, ya se ocuparán de ellas los burgueses.»

--¡Ah!... Es bien... Es bien--gritó Caruty, que hasta entonces había estado silencioso é inmóvil--. Es bien... _le grand canaille_... Es bien... Es una frase...

--Yo asistí á la ejecución de Salvador--siguió diciendo Skopos--desde un coche de la Ronda; cuando subió al patíbulo iba cayéndose... pero ¡la vanidad lo que puede!... el hombre vió un fotógrafo que le apuntaba con la máquina, y entonces levantó la cabeza y trató de sonreir... Una sonrisa que daba asco, la verdad, no sé por qué... El esfuerzo que hizo le dió ánimos para llegar al tablado. Aquí trató de hablar; pero el verdugo le echó una manaza al hombro, le ató, le tapó la cara con un pañuelo negro y se acabó... Yo esperé á ver la impresión que producía á la gente. Venían obreros y muchachas de los talleres, y todos, al ver la figurilla de Salvador en el patíbulo, decían: ¡Qué pequeño es! Parece mentira.

Y hablaron de otros anarquistas, de Ravachol, de Vaillant, de Henry, de los de Chicago... Había obscurecido y siguieron hablando... Ya no eran las ideas, eran los hombres los que entusiasmaban. Y entre su humanitarismo exaltado y su culto de sectarios por una especie de religión nueva, aparecía en todos ellos, saliendo á la superficie, su fondo de meridionales, su admiración por el valor, su entusiasmo por la frase rotunda y el gesto gallardo...

Manuel se sentía inquieto, profundamente disgustado en aquel ambiente.

Y todos los domingos aumentaba el número de adeptos en la Aurora Roja. Unos contagiados por otros iban llegando... Y crecía el grupo anarquista libremente, como una mancha de hierba en una calle solitaria...

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CAPÍTULO VII

Un paraíso en un campo santo.--Todo es uno y lo mismo.

Bastante tiempo después de la partida de Jesús, una noche, desde casa de Manuel, se oyeron tiros.

--¿Qué habrá pasado?--se preguntaron todos.

--Quizás sean matuteros--dijo la Ignacia.

--También se ha dicho que andaban unos ladrones robando alambre del telégrafo--advirtió Manuel.

Pasados unos días, se supo que los guardias habían sorprendido á unos cuantos ladrones en el cementerio de la Patriarcal. Al huir, les echaron el alto, y viendo que no se paraban, dispararon. A los disparos, los merodeadores se detuvieron asustados y los guardias prendieron al Corbata y al Rubio, y como no declaraban, les arrimaron á cada uno de ellos una paliza monumental, hasta que cantaron de plano.

Por la noche, al volver Manuel á casa, se encontró en la puerta con un hombre, cuya presencia le sobrecogió. Era Ortiz, el polizonte, vestido de paisano.

--¡Hola, Manuel! ¿Qué tal estás?--le dijo.

--Bien--contestó Manuel secamente.

--Ya sé que trabajas, que vas marchando. ¿Y la Salvadora?

--Está buena.

--¿Y Jesús?

--Ya hace unos días que no le hemos visto.

--¿Sabes que han robado en ese cementerio?

--No; no sabía nada.

--¿No habéis notado algo desde vuestra casa?

--No.

--Pues ya llevan mucho tiempo robando. Es raro que...

--No, no es raro; porque yo no me ocupo de lo que hacen los demás. ¡Adiós!

Y Manuel se metió en el portal.

--Si preguntan por aquí algo--le dijo Manuel á la Salvadora y á la Ignacia--, no digáis ni una palabra.

Todo el barrio se conmovió con la noticia. Se volvió á hablar de muertos robados, y se supieron detalles cómicos y macabros. Un larguero de mármol, de una sepultura, había ido á parar á una tienda de quesos; las letras de bronce de los nichos, estaban en algunos escaparates de tiendas lujosas. Se dijo que Jesús y el señor Canuto eran los directores de la banda.

Por la noche, el jorobado le dijo á Manuel:

--He tenido carta del señor Canuto.

--¿Sí? ¿dónde está?

--En Tánger, con Jesús; de buena se han escapado los dos.

--Pero robaban, ¿eh?

--Sí, hombre. Todo lo que podían. El señor Canuto vivía ahí hecho un príncipe. Ahora yo á los de la policía, les he dicho que no sabía nada. Que averigüen ellos si pueden. El señor Canuto había convertido el cementerio en un paraíso.

--Sí, ¿eh?

--Sí. ¡Ya lo veo! Tenía su cosecha deplantas medicinales que vendía á los herbolarios, y con las malvas, su mujer hacía emplastos y bizmas. En una época, el señor Canuto y Jesús, suministraron de caracoles á los ventorrillos, hasta que acabaron con todos los del cementerio. ¡Las cosas que no han pensado! ¡Qué puntos! En un charco tenían galápagos, y sanguijuelas en otro. Luego se les ocurrió poner conejos para criarlos y cogerlos á lazo, pero se les escapaban por los agujeros de los nichos. ¡Si llevaban una vida pistonuda! ¿Que no tenían dinero? Pues ¡hale! desenterraban un ataud, y vendían todo lo que encontraban.

* * * * *

Dos días después, un domingo por la tarde, fué el Juzgado al cementerio, y Ortiz llamó á Manuel y á Rebolledo para que les acompañaran.

No se notaba la devastación llevada á cabo por el señor Canuto y Jesús; el cementerio de por sí se encontraba ya bastante arruinado.

En algunos puntos la tierra estaba removida; cerca de un pozo se advertían aún los cuadros de hortalizas labrados por el señor Canuto, y en ellos la hierba era más verde y jugosa.

El juez hizo algunas preguntas á Rebolledo, que le contestó con su gran habilidad. Juntos recorrieron el cementerio. Estaba todo talado, las sepulturas rotas, las lápidas de los nichos arrancadas.

Reinaba en los patios un gran silencio.

De los techos colgaban trozos de cascotes sostenidos por tomizas podridas. En las paredes, debajo de las arcadas, aparecían los nichos abandonados y rotos, cubiertos de polvo. Pendían de un clavo coronas de siemprevivas, de las que no quedaba más que su armazón; allí se veían cintajos y lazos deshechos; aquí una fotografía descolorida, cubierta con un cristal convexo, un ramo arrugado y seco, ó el juguete de algún niño.

Por un corredor obscuro, una verdadera catacumba, repleta á un lado y á otro de nichos, salieron al segundo patio.

Era éste tan ancho como una plaza; una pradera salvaje limitada por ruinosos tapiales.

El hombre había convertido un trozo del yermo madrileño en un jardín frondoso; de un erial desnudo, había hecho un parque dedicado á la silenciosa muerte; la naturaleza conquistó el parque y lo transformó, fecundándolo con su lluvia de gérmenes, en un mundo vivo; en una selva espesa, poblada de matorrales, de zarzas, de plantas parásitas, de espinas, de flores silvestres, de pájaros y de mariposas.

Ya no quedaban allí avenidas, ni paseos, ni plazoletas; los hierbajos borraron lentamente toda huella humana.

Ya no quedaban arbustos, ni mirtos recortados; las ramas crecían con libertad; ya no quedaba silencio; los pájaros piaban en los árboles. Junto á las tapias, entre el follaje tupido y verde, brillaban las campanillas purpúreas de las digitales, y las rosas menudas de algún rosal silvestre.

Rodeadas de malezas y de zarzas, medio ocultas por los jaramagos y las ortigas, se veían las lápidas de mármol, blancas, rotas, y las de piedra, carcomidas y verdeantes por los musgos. En algunas partes, el follaje era tan espeso, que las tumbas desaparecían envueltas en plantas trepadoras, entre grandes cardos espinosos y yezgos de negras umbelas.

Del fondo de algunos nichos brotaban florecillas tristes, rojas y azules, y junto á sus tallos y á sus hojuelas verdes, se veían pedazos de ataúdes, restos de la estameña de los hábitos y del traje blanco de los niños.

En las paredes, en los huecos de las piedras de la vieja tapia derruida, corrían, al sol, las lagartijas y las salamandras.

Algunos arbolillos enclenques, debilitados por las hierbas parásitas, nacían en medio de aquella selva, y de sus brazos desgajados, por entre su ramaje podrido, salían pájaros de colores, que volaban como flechas por el aire de invierno, ligero y sutil...

De este patio pasaron á otro que daba hacia una explanada frontera al Tercer Depósito. Llegaba hasta allá el rumor de los organillos de los merenderos próximos; silbaban los alambres del telégrafo al ser movidos por el viento, y á veces se oía el cacareo de algún gallo y el silbido de algún tren.

Unas vacas rojas pastaban en aquellos campos.

--¿Y esas vacas?--preguntó el juez.

--Son de una vaquería de la calle de Magallanes--dijo el conserje.

--Este terreno, ¿no pertenece al cementerio?

--Sí; pero lo tiene arrendado el cura. Ya hace mucho tiempo que no se entierra aquí.

--El cura también es un punto--dijo Rebolledo á Manuel--; se ha llevado las puertas de hierro de la capilla á una posesión suya. Volvieron el juez y el actuario á reconocerlo todo de nuevo y al avanzar la tarde se retiraron.

Manuel, Ortiz y Rebolledo salieron los últimos.

Iba anocheciendo; un aire de tristeza y de ruina, llenaba el cementerio; á lo lejos de las hierbas húmedas, de color de esmeralda, brotaban ligeras neblinas...

* * * * *

Ortiz se acercó á Manuel.

--¿Sabes?--le dijo--. Ya le cogimos al Bizco.

--¿Sí? ¿Cuándo?

--Hará unos meses. No te puedes figurar quién me ayudó á cogerlo.

--No.

--Un amigo tuyo.

--¿Quién?

--El Titiritero... aquel viejo.

--¿Don Alonso?

--Sí. Había entrado en la policía.

--¿Y sigue ahí?

--No; creo que murió.

--Pobre. ¿Y el Bizco?

--El Bizco tiene para rato. Probablemente le condenarán á muerte.

--¿No le han juzgado todavía?

--No. Si quieres verle...

--¡Yo! ¿Para qué?

--Al fin y al cabo ha sido amigo tuyo.

--Es verdad. ¿Y cuándo le juzgarán?

--Dentro de unos días. En los periódicos lo podrás ver.

--Quizás vaya. ¡Adiós!

--Adiós. Si vas; avísame.

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CAPÍTULO VIII

Cómo cogieron al Bizco y no vino la buena.--Nunca viene la buena para los desdichados.

Don Alonso de Guzmán Calderón y Téllez, había encontrado la manera de ganarse la vida en el Cinematógrafo Salomón, por otro nombre el Cinecromovidaograph. El dueño del Cinecromovidaograph era Salomón, no precisamente el del templo, sino un hombre chiquito y malhumorado, barbudo y de color de cobre, que se llamaba ó se hacía llamar así. Este hombre, cuyo hígado debía tener proporciones impropias de un hígado modesto y normal, vivía con su mujer y dos hijas en una barraca de su propiedad, que se armaba y se desarmaba y para viajar tenía un carretón, una _roulotte_, tirada por un caballo normando.

Salomón podía haber sido feliz; el _cinecromo_ daba mucho dinero; los negocios marchaban bien, y sin embargo, Salomón era desgraciado.

La causa de su desgracia eran las mujeres. Ya su tocayo, el rey sabio, lo había dicho: «La mujer es más amarga que la muerte.»

¿Es que la señora de Salomón se había permitido faltar á la fe jurada en el altar á su dueño y señor? Jamás. ¿Es que Salomón trataba de libar la felicidad en el corazón de otras mujeres? Nunca. Salomón era fiel á su consorte, la divina Adela. La divina Adela era fiel á Salomón. Pero la divina Adela tenía un genio irresistible.

La divina Adela procedía de una capa social más elevada que su marido. La divina Adela era hija de un pedagogo, de un hombre de esos que enseñan á los chicos la historia de España y el postulado de Euclides.

Ahora bien, de enseñar el postulado de Euclides á enseñar un cinematógrafo, ¡qué abismo! La divina Adela había medido con sus ojos este abismo. A los diez años de casada, su _mesalliance_, como decimos en el mundo diplomático, la obsesionaba y la tenía irritada y nerviosa.

Si su marido pedía una camiseta, la divina Adela se horrorizaba; si lanzaba una interjección fuerte, le daba un ataque de nervios. La divina Adela tenía á Salomón por un hombre cruel, despótico, grosero, á quien ella, á pesar de todo, amaba.

--¿Para qué me he casado yo con este hombre, con este saltimbanqui?--preguntaba de vez en cuando con la vista en el vacío--. Venid aquí, hijas mías--les decía á sus niñas--, con vuestra madre.

Don Alonso estaba con Salomón de criado y de voceador del cinematógrafo. Tenía un frac y unos pantalones encarnados, una comida regular... lo bastante para ser feliz. Era un buen escenario para que don Alonso luciese sus habilidades. Allí, á la puerta de la barraca, el hombre tiraba diez ó doce bolas al alto y las iba recogiendo rápidamente; hacía luego danzar por el aire una botella, un puñal, una vela encendida, una naranja y otra porción de cosas.

--¡Entrad, señores, á ver el cinecromovidaograph!--gritaba--. Uno de los adelantos más grandes del siglo XX. Se ven moverse á las personas. ¡Ahora es el momento! ¡Ahora es el momento! Va á comenzar la representación. ¡Un real! ¡Un real! Niños y militares, diez céntimos.

* * * * *

Entre las películas del cinecromovidaograph había: La marcha de un tren; La escuela de natación; Un baile; La huelga; Los soldados en la parada; Maniobras de una escuadra, y además varios números fantásticos. Entre éstos los más notables eran uno de un señor que no puede desnudarse nunca, y otro de un hombre que roba y á quien le persiguen dos polizontes, y se hace invisible y se escapa de entre los dedos de sus perseguidores y se convierte en bailarina y se ríe del juez y de los guardias.

Una mañana, camino de Murcia, tuvo Salomón la mala idea de detenerse en un pueblo próximo á Monteagudo.

El alcalde del pueblo entendió que debía ver la representación para prestar ó no su consentimiento al espectáculo.

En vista de que en el público abundaba el elemento rico, Salomón pensó que debía suprimirse el cuadro de La huelga. Se representaron los demás cuadros con aplauso; pero al llegar al Ladrón invisible, el alcalde, hombre religioso, católico y dedicado á la usura, afirmó en voz alta que era inmoral que no cogieran á aquel bandido.

--Que vuelvan á hacerlo, pero que le cojan al ladrón--dijo en voz alta.

--Es imposible, señor alcalde--replicó don Alonso.

--¡Cómo que es imposible!--repuso el alcalde--. O se hace eso ó los llevo á ustedes á la cárcel. A escoger.

Don Alonso quedó sumido en un mar de confusiones, y estimó, como lo más oportuno, apagar las luces, para dar á entender que se había acabado la representación. Nunca lo hubiera hecho.

Los espectadores, furiosos, se lanzaron contra él. Don Alonso escapó fuera de la barraca. ¡A ese!--gritó un chico al verle ¡A ese!--gritaron unas mujeres, y hombres y mujeres, y chicos y perros, echaron á correr tras él. Don Alonso salió del pueblo. Cruzó volando unos rastrojos. Comenzaron á llover piedras á su alrededor. Afortunadamente se hacía de noche y los salvajes del pueblo, pensando en su cena, abandonaron la cacería. Cuando se vió solo, don Alonso, rendido, se tiró en la tierra. El corazón le golpeaba como un martillo en el pecho.

* * * * *

Lo encontró en la carretera al día siguiente la guardia civil. Con su frac negro lleno de barro, don Alonso tenía todas las trazas de un hombre escapado de un manicomio.

--¿Quién es usted?--le dijeron los civiles.

Don Alonso contó lo que le había ocurrido.

--¿Tiene usted cédula?

--Yo no, señor.

--Entonces venga usted con nosotros.

Les siguió don Alonso, aunque estaba molido, hasta un pueblo próximo. Allí los guardias, le entregaron al alguacil y éste le metió en la cárcel, donde pasó la noche.

--Pero ¿por qué me detienen á mí?--preguntó varias veces el pobre hombre.

--Como no tiene usted cédula...