La lucha por la vida: Aurora roja
Part 8
--Sí; muy poca. La inteligencia pura es en calidad igual en todos los hombres. Un químico español y un químico noruego tienen que hacer un análisis y lo hacen lo mismo; piensan sobre su ciencia y piensan lo mismo; pero salen del laboratorio y ya son distintos; el uno come mucho, el otro poco; el uno se levanta temprano, el otro tarde... Los obreros alemanes y los ingleses, que leen mucho más que los españoles y los italianos, no se hacen anarquistas, ¿por qué?, ¿porque no entienden las teorías? ¡Bah! Las comprenden muy bien; pero es que el alemán es, sobre todo, hombre de orden, bueno para mandar y para obedecer, y el inglés es hombre práctico que no quiere perder el tiempo... El español no; es anarquista porque es perezoso; tiene todavía la idea providencial; es anarquista como mañana lo será el moro. Yo creo que para los meridionales, para todos estos mediterráneos medio africanos, lo mejor sería un gobierno dictatorial, fuerte, que pudiera dominar el desconcierto de los apetitos y suplir la falta de organización que tiene la sociedad.
--¿El despotismo?
--El despotismo ilustrado, progresivo, que actualmente en España sería un bien.
--¡Obedecer á un tirano! Eso es horrible.
--Para mí, para mi libertad, es más ofensivo acatar la ley que obedecer á la violencia.
--Es usted más anarquista que yo--dijo riéndose Manuel--. ¿Usted cree de veras en esa dictadura?
--Si fuera posible que saliera un hombre, sería utilísima. Figúrate tú un dictador que dijera: voy á suprimir los toros, y los suprimiera; voy á suprimir la mitad del clero, y la suprimiera, y pusiera un impuesto grande sobre la renta, y mandara hacer carreteras, y ferrocarriles, y metiera en presidio á los caciques que se insubordinan, y mandara explotar las minas, y obligara á los pueblos á plantar árboles...
--Eso ya no se puede hacer hoy, don Roberto.
--Sí, hombre, sí. Todo sería cuestión de tener fuerza.
--Las cosas pasadas yo creo que ya no vuelven.
--¿Por qué no? Cada cosa puede tener varios momentos. El clan del celta, por ejemplo, era un gran atraso con relación á la ciudad del griego ó del romano; pero es muy posible que, dentro de unos cientos de años, volvamos á vivir en una especie de clan. Cuando la energía eléctrica se pueda enviar á cientos de kilómetros y los medios de comunicación sean rapidísimos, ¿qué necesidad tendremos de vivir apiñados en calles estrechas? No; viviremos en agrupaciones, diez ó doce familias que se quieren, que se conocen, formando una especie de clan en medio del campo y comunicados por tranvías y ferrocarriles con otros clans. Y esto ya está pasando con las fábricas. Hace algunos años se produjeron las grandes aglomeraciones de fábricas; hoy se inicia una verdadera revolución en la vida fabril y en el maquinismo. En vez de marchar á la concentración, se va á la difusión, y cuando la fuerza motriz se pueda transportar y distribuir con un precio económico, las grandes aglomeraciones de fábricas habrán desaparecido. Todo cambia, no hay nada definitivo, ni en el mundo físico ni en el moral. Este despotismo progresivo, hoy en España sería un bien.
--Quizás; lo seguro es que nosotros no lo veremos.
--Por lo menos es lo más probable. En fin, hemos arreglado la sociedad, y me marcho. No te olvides de ir á ver al editor.
--No, no me olvidaré.
--Bueno. ¡Adiós, Manuel!
--¡Adiós, don Roberto!
--Y en eso de la anarquía, tómalo como _sport_; no te metas demasiado.
--¡Oh! Yo lo tomo con mucha tranquilidad.
--Sí; pero siempre es malo significarse. Porque en esas ideas perseguidas por los gobiernos no hay término medio: ó es uno un desdichado que no puede vivir, ó es un granuja que vive explotando á los demás; y las dos cosas deben ser desagradables. ¡Vaya, adiós!
Roberto entró en su coche rápidamente, y los caballos comenzaron á trotar por la calle.
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CAPÍTULO V
El buen obrero socialista.--Los esparcimientos de Jesús. ¿Para qué sirven los muertos?
En vez de tomar un cajista como había pensado, lo que hizo Manuel fué poner un regente, y no se arrepintió.
Manuel no tenía condiciones para la dirección; además, estaba rendido con el trabajo del taller y el corretear por las noches.
El regente que llevó Manuel á su casa tenía unos treinta y tantos años, era hombre ilustrado, rechoncho, fuerte, con ideas socialistas. Se llamaba Pepe Morales.
Era el tipo del obrero inteligente y tranquilo, trabajaba muy bien, lo hacía todo con maña, no se impacientaba nunca y era puntual como un reloj. Desde que entró Morales, el trabajo en la imprenta comenzó á regularizarse.
Manuel podía estar después de comer algún tiempo charlando.
* * * * *
En el corral de la casa crecía una higuera achaparrada. La Salvadora y la Ignacia habían pedido al casero permiso para desempedrar el patio y hacer un jardinillo; en un rincón pusieron dos parras y otras plantas que el señor Canuto trajo de su huerta.
Los días de buen tiempo bajaban todos al corralillo, seguidos de Kis y de Roch. Las gallinas cacareaban; el gallo petulante, con sus ojos como los botones de un pantalón, se contoneaba gallardo, y en la guardilla se arrullaban las palomas...
* * * * *
A poco de estar en la imprenta, Morales, con su mujer y sus hijos, fué á visitar á Manuel. La mujer del regente era muy guapa é hizo grandes amistades con la Salvadora. Se contaron una á otra sus apuros y sus preocupaciones.
Manuel, mientras tanto, no adelantaba nada en sus negocios amorosos; había entre la Salvadora y él algo que les separaba. Muchas veces Manuel, por la noche, al acostarse, se decidía á tomar una resolución para el día siguiente; pero se levantaba y todos sus planes se le olvidaban; le parecía que los detalles menudos de la vida, interponiéndose en su camino, le impedían decidirse.
--Sin embargo--decía--habrá que resolverse.
Algunas veces pensaba si la Salvadora guardaría algo en el fondo de su corazón, si estaría enamorada de otro, y la observaba. Ella notaba la observación, y le miraba, como diciendo: No te oculto nada; soy así.
--En fin--murmuraba Manuel--, esperaremos á que se arregle la cuestión económica.
En ocasiones, sin que Manuel comprendiera el motivo, la Salvadora se ruborizaba y sonreía turbada...
* * * * *
Un día, la Salvadora contó á Manuel algo extraño que había visto.
--Ayer, por la noche, estaba sin poder dormir, cuando oí que en la guardilla andaba Jesús. Escuché, y al poco tiempo sentí pasos muy ligeros en la escalera, como de un hombre que va descalzo, y después el ruido de la puerta de la calle. Me levanté, me asomé al balcón, y le vi á Jesús, calle de Magallanes arriba. Eran las dos de la noche. Me fuí á mi cuarto, y estuve escuchando para ver si le oía al volver; pero me dormí. Hoy la Ignacia ha sacado la ropa de Jesús para cepillarla, y las botas y los pantalones estaban llenos de tierra, como si hubiese andado por el campo.
--¿A dónde irá ese hombre?--preguntó Manuel.
--No sé; pero seguramente no irá á hacer cosa buena.
--Nos pondremos en acecho. Si otra vez le oyes que sale, llámame.
--Bueno.
Días después, al mediar la noche, sin que nadie le llamara, Manuel se despertó. Se oía ruido arriba, en el cuarto de Jesús. Se incorporó en la cama, y escuchó largo rato. Se oyeron pasos lentos, leves; después el crujido de los peldaños de la escalera. Manuel se levantó, se vistió y se acercó á la puerta. El que bajaba en aquel momento salía á la calle. Manuel abrió el balcón se asomó y vió á Jesús; luego bajó de prisa las escaleras; la puerta estaba entornada.
Adelantó Jesús por el obscuro callejón, convertido en un río de fango, y Manuel le siguió á larga distancia. La noche estaba obscura y temerosa; caía una lluvia fina y penetrante.
Al llegar al final del pasadizo que formaban las tapias de la calle de Magallanes, se oyó un silbido suave que fué contestado por otro.
Al terminar la calle obscura, Jesús volvió hacia la izquierda, pasó al lado de la tapia derruida del cementerio, luego se detuvo, miró en derredor, por si le seguían, se encaramó en la cerca y desapareció. Al poco rato, otro hombre hizo la misma operación. Manuel esperó, por si acaso.
Siguió esperando en su acechadero, y viendo que ya nadie aparecía, se fué acercando al sitio por donde saltaban. Tuvo la mala suerte de meterse en un barrizal. En los pies se le iban formando pellas de barro y no avanzaba más que á duras penas. Llegó tras de mucho bregar al sitio aquel.
La tapia estaba allí rota, formando un boquete. Manuel se asomó. Se veía el cementerio abandonado, con algunas lápidas blancas, que resplandecían á la vaga claridad de las estrellas.
No se oía nada. Juzgó Manuel que si quedaba allí le podían descubrir; volvió sobre sus pasos, y entró en un antiguo patio del cementerio, ya abierto y sin cerca, en donde se levantaban unas casuchas derruidas. Manuel recordaba que por allá había una puerta desvencijada que daba al campo santo. Efectivamente, la encontró; tenía grandes rajaduras y se puso á mirar por una de ellas el interior del cementerio.
En aquel punto sonaron las horas.
Por entre nubarrones apareció en el cielo la luna amarillenta y triste, rodeada de un gran cerco; las nubes iban pasando rápidamente por delante de ella. De pronto Manuel vió en el cementerio dos bultos; luego el viento trajo un rumor lejano de voces.
--Tú vas con las letras de bronce á la calle del Noviciado--decía una voz--, y yo iré á la calle de la Palma.
--Bueno--contestó la otra voz.
--Y por la tarde, en el cafetín.
Ya no se oyó más; Manuel vió á la luz de la luna un hombre encaramado sobre el sitio derruido de la tapia y luego otro; después pasaron dos sombras rápidamente por el camino. Resonaron sus pasos recatados y se alejaron. Muy despacio, Manuel salió del escondrijo y regresó por la calle de Magallanes. En algunas ventanas brillaba la luz de algunos vecinos madrugadores. Manuel se acercó á su casa. La puerta estaba cerrada, pero el balcón había quedado abierto.
--Vamos á ver si tengo pulso--se dijo Manuel, y se encaramó por la reja del taller de Rebolledo hasta agarrarse al hierro del balcón; allá, con algún esfuerzo, logró subir. Cerró el balcón y volvió á acostarse...
* * * * *
Al día siguiente, Manuel contó á la Salvadora lo que pasaba. La muchacha quedó aterrada.
--Pero ¿será verdad? ¿Habrás oído bien?
--Sí; estoy seguro. ¿Se ha levantado Jesús?
--No; creo que no.
--Bueno; pues cuando se levante, dile á la Ignacia que le siga de lejos.
--Bueno.
Al volver Manuel á comer, la Salvadora le dijo que Jesús había ido con un saco oculto en la capa, á una prendería de la calle del Noviciado.
--¿Ves como es verdad?
--Pues si le cogen le llevan á presidio.
--Hay que quitarle la llave y además asustarle.
--Mañana hablad de que se dice por ahí que roban en el campo santo.
En la comida, la Salvadora de sopetón dijo:
--Ha habido ladrones en los cementerios de al lado estas noches pasadas.
--¿Quién dice eso?--preguntó Jesús inquieto.
--Eso han dicho en la calle unas mujeres.
--¿Pero qué van á robar ahí? Si no hay nada--murmuró Jesús.
--Pueden robar lápidas de mármol--replicó Manuel--, garras de ataúdes, crucifijos, lo que suele haber en los cementerios.
--¿Y para qué van á robar eso?--repuso Jesús cándidamente.
--¿Toma! ¿para qué? Para venderlo.
--Esas cosas no valen nada. Ya sé yo por qué han dicho eso.
--¿Por qué?
--Porque habrán visto al chico ese que va á hablar con la hija del conserje.
--Yo también he oído--añadió la Ignacia--que en este campo santo se robaba. Hasta he oído contar que hace algún tiempo se sacó el cadáver de una niña.
--¡Bah!
--Sí; dicen que se presentó un señor en un coche delante de la puerta que hay cerca de las casillas. El señor y otro hombre entraron en el cementerio, rompieron un nicho, sacaron una caja, la llevaron al coche, la metieron dentro, y salieron echando chispas hacia Madrid.
--¿Quién sería ese señor?--preguntó la Salvadora.
--Pero si todas esas cosas son mentiras y majaderías--exclamó Jesús incomodado--. ¿Quién sabe que robaron ese muerto?
--La señora Jacoba, la que vive en una de las casas de la Patriarcal, lo decía--contestó la Ignacia.
--La señora Jacoba estaría idiota.
--No; pues hay hombres que desentierran los muertos para sacarles los untos--añadió la hermana de Manuel.
--Usted también es imbécil--gritó furioso Jesús--. ¿Usted cree que los muertos sirven para algo? Pues no sirven más que para oler mal.
--Bueno, no grites tanto--replicó Manuel--; que roban y que se han llevado muchas cosas del cementerio, es verdad, y que han avisado á la policía, también es verdad; ahora lo del muerto probablemente será mentira.
Jesús se calló.
* * * * *
Con el pretexto de que se había encontrado una noche la puerta de la calle abierta, al día siguiente encargaron al cerrajero que pusiera una cerradura. Jesús no dijo nada hasta unos días después.
--¿Por qué se cierra la puerta ahora?--preguntó á Manuel.
--Para que no entre nadie.
--Bueno; dadme una llave á mí.
--No hay más que una.
--Mandad hacer otra.
--No puede ser.
--¿Por qué?
--Porque no queremos que andes en malos pasos.
--¿Qué malos pasos?
--Ya sabes lo que te quiero decir.
--No sé; no te entiendo.
--¡Bah! Sí me entiendes.
--Como no te expliques más claro.
--¿De dónde sueles tener el dinero que gastas?
--Hago mis combinaciones.
--¿Quieres que te diga una cosa?
--¿Qué?
--Que tus combinaciones huelen á cementerio que apestan.
Jesús palideció profundamente.
--¿Me has espiado, eh?--dijo con voz débil.
--Sí.
--¿Cuándo?
--Hará unos ocho días.
--¿Y qué? ¿Qué has visto?
--He visto, que tú, el señor Canuto y otros, os vais á ganar el presidio.
--Bueno.
--Te advierto que está avisada la policía.
--Ya lo sé.
--¡Parece mentira; el señor Canuto metido en eso! Yo que lo creía una buena persona.
--¿Y qué? ¿No se puede ser una buena persona y aprovecharse de lo que no sirve para nadie? ¿Para qué quieren _ellos_ el cobre, las lápidas, ni lo demás?
--Hombre... para nada.
--¿Pues entonces?... la gente está llena de preocupaciones...
--Sí; pero eso de abrir una sepultura... es muy grave. ¡Rediez!
--Todos los días traen momias á los museos y las venden, y nadie se indigna.
--No es igual. Esas momias murieron hace tiempo.
--Y los chicos de San Carlos, ¿no abren á los muertos _frescos_ y les cortan las orejas y el corazón?
--Pero eso es para estudiar.
--Y lo nuestro para comer, que es más serio... Hacemos como Ravachol.
--¿También Ravachol se dedicaba á robar sepulturas?
--Sí; no tenía supersticiones como vosotros.
--¿Y cuánto tiempo hace que desvalijáis ese cementerio?
--Cerca de un año.
--¿Y habéis apañado muchas cosas?
--Psch... la mar de porquerías... lápidas de mármol, verjas, cadenas de hierro, asas de metal, crucifijos, bustos, candelabros, letras de bronce... la Biblia en verso.
--¿Y dónde habéis vendido tanta cosa?
--En las prenderías. En un cafetín teníamos el centro de operaciones.
--Bueno; pues ya sabéis, la policía anda rondando. Avísale al señor Canuto.
--No; si ya lo sabe.
Unos días después le dijo Jesús á Manuel:
--¿Quiéres darme diez duros?
--¿Para qué?
--Para irme al Moro.
--¿Al Moro?
--Sí; voy á Tánger. Os dejaré en paz.
--¿Y qué vas á hacer allá?
--Eso es cuenta mía. ¿Tú me das el dinero?
--Sí, hombre; ahí tienes los diez duros.
--¡Gracias! ¡Que os vaya bien!
--¿Pero cuándo te vas?
--Hoy mismo.
--¿No quieres despedirte de la Salvadora?
--No; ¿para qué?
--Como quieras--le dijo Manuel fríamente.
[Iillustration]
CAPÍTULO VI
El francés que canta.--El protylo.--Cómo se llegan á tener las ideas.--Sinfonía en rojo mayor.
Casi todos los domingos había presentación de un compañero en la Aurora Roja. Los dos más curiosos, por lo exóticos, fueron un francés y un ruso.
El francés era un joven anguloso, torcido, raro, con los ojos bizcos, los pómulos salientes y una perilla de chivo.
Se presentó dando grandes apretones de mano y haciendo reverencias ceremoniosas á todos. Habló largamente de sus viajes de vagabundo. El era el hombre de las carreteras; ninguno le entendía bien, parte porque hablaba incorrectamente el castellano y parte porque sus teorías eran incomprensibles.
--¿Y no tienes familia, compañero?--le preguntó alguno.
--Sí--contestó él--, pero quisiera ver á mi padre, á mi madre y á mis hermanos, ahorcados en un jardín reducido.
Después de contar sus aventuras, habló de que había visto á Ravachol, y cantó la canción del _Pere Duchesne_, á la cual el terrible anarquista había puesto letra, y que iba entonando al ir á la guillotina, en Montbrison.
Caruty, con las manos en la espalda, como si estuviera atado, y lanzando á derecha y á izquierda miradas de altivo desprecio, se puso á cantar:
Peuple trop oublieux Nom de Dieu.
Ya se figuraba el francés que era Ravachol y que iba insultando á los burgueses. En la canción, se le aconsejaba al pueblo que no fuera generoso, que no fuera militar, que tirara todos los cuarteles á tierra, y todo esto acentuado por vigorosos _Nom de Dieu_. Terminaba la canción, diciendo:
Coupe le curé en deux Nom de Dieu Et le bon Dieu dans la merde Nom de Dieu Et le bon Dieu dans la merde.
Luego, ya entrenado, Caruty cantó canciones socialistas y otras de café-concierto de Bruant y de Rictus...
* * * * *
Otro de los presentados fué un judío que se llamaba Ofkin. Era éste comisionista y viajaba por una casa de París, y vendía toda clase de esencias y de perfumes. Era un fanático, muy frío y muy seco. Tenía el pelo castaño, la barba en punta, la mirada azul; era muy pálido; en el cuello se le notaban cicatrices escrofulosas; vestía levita larga y negra, pantalón claro, y sombrero de paja pequeño y flexible. Con esta indumentaria parecía un charlatán de feria. Hablaba una mezcla de castellano, de italiano y de francés.
Su conferencia fué de un carácter opuesto á la de Caruty.
La del francés, todo arte, y la del ruso, todo ciencia.
Para Ofkin, la cuestión social era una cuestión de química, de creación de albuminoides por síntesis artificiales. Transformar pronto las substancias inorgánicas en orgánicas: ésta era la base para resolver la lucha por la vida. Que tantos millones de hombres inorganizan tanta cantidad de substancia orgánica, pues todo es cuestión de volver á organizarla. Esto aseguró el ruso que se había hecho ya; se estaba trabajando en crear el protylo, una substancia protoplasmática primitiva parecida al bathibyus de Haeckel, con vida y crecimiento. De aquí á la creación de la célula, no había más que un paso.
El auditorio del juego de bolos no se entusiasmó con el protylo tanto como el judío ruso; se miraron todos, unos á otros, un poco asombrados. A Manuel le produjo el efecto de que la anarquía de aquel señor era también algún producto químico, encerrado en un frasco.
Un domingo de Abril, por la tarde, se habían reunido en el invernadero, huyendo de la lluvia, unos cuantos y charlaban alrededor de la mesa.
--¿Y Maldonado?--preguntó Manuel al llegar y notar su falta.
--Ya no viene--dijo Prats.
--¡Hombre, me alegro!
--Todos dicen lo mismo--exclamó el Madrileño--. Maldonado es el tipo del republicano español. ¡Son admirables esos tíos!
--¿Por qué?--dijo el Bolo.
--Sí, hombre; odian á los aristócratas, porque no pueden ser aristócratas; se las echan de demócratas, y les molesta todo lo plebeyo; se las echan de héroes, y no han hecho ninguna heroicidad; se las echan de Catones, y el uno tiene una casa de juego, el otro una taberna... ¡Rediós! Así es muy fácil ser austero... Luego todos son absolutistas... y toda su emancipación consiste en dejar de creer en el Papa para creer en Salmerón ó en cualquier fabricante de frases por el estilo... A nosotros nos odian porque ya discurrimos sin necesidad de ellos...
--¡Qué mala intención tienes!--dijo el Bolo, que era anarquista con simpatías republicanas. Hay que verles á esos en el Congreso.
--Yo no he estado nunca en el Congreso--replicó el Madrileño.
--Ni yo--añadió Prats.
--Yo sí--repuso el Libertario.
--¿Y qué?--le preguntaron.
--¿Vosotros habéis visto la jaula de monos del Retiro?... pues es una cosa parecida... Uno toca la campana, el otro come caramelos, el otro grita...
--¿Y el Senado?
--¡Ah! Esos son los viejos chimpancés... muy respetables.
--¡Qué guasón!--dijo el Bolo.
Siguieron hablando. Manuel aprovechó la clara para ir á su casa y preguntar á la Salvadora si pensaba salir, y viendo que no quería, volvió al juego de bolos.
Hablaba en aquel momento el Libertario:
--¿Cómo se llega á tener las ideas?--decía--. ¿Quién lo sabe?... Hace ya algunos años, en París, se presentó una mañana en mi guardilla un mocetón alto, fornido, afeitado, con cara de cura.
--¿No me conoce usted?--me dijo con un acento andaluz cerrado.
--No. Ya me figuro que debe usted ser paisano; pero no le conozco.
--¿Pero no se acuerda usted de Antonio, el hijo del sacristán del pueblo?
--¡Ah!... ¿eres tú? ¿y qué haces aquí?
--Nada; vengo de Cardiff; he estado trabajando cerca de un año en las minas.
--¿Y en el pueblo?
--Aquello está muerto. Allá no se puede vivir.
--¿Y qué piensas hacer?
--Me voy á América. Tengo una recomendación para un capitán que hace la travesía de Burdeos á la Habana.
Le llevé á mi restaurant; un agujero de Montrouge; un nido de anarquistas y revolucionarios rusos. Las mujeres se entusiasmaron con mi paisano, por el aire bárbaro é ingenuo que tenía. La verdad es que el chico era simpático y modesto, lo que es bastante raro en un andaluz. Después de comer solíamos cantar todos á coro, hombres y mujeres. El dueño del tabernucho, el Pere David, nos suplicaba que no gritásemos, pero no le hacíamos caso, y desde la calle se oían las canciones anarquistas.
Había una, que cuando le expliqué á mi paisano lo que significaba, le entusiasmó; no la recuerdo ahora, hablaba de la dinamita...
--¿Sería ésta?--preguntó Caruty, y se puso á cantar:
Dame dynamite que l'on danse vite chantons et buvons et dinamytons dynamite, dynamite dinamytons.
--Eso es--dijo el Libertario--. Eso de «dynamitons» entusiasmaba á mi paisano.
--¿Qué quieren _eztos_?--me decía.
--Derribarlo todo--le contestaba yo.
--_¿Tó?_
--¡Todo!... Monarquía, República, curas, reyes, obispos... ¡todo abajo!
--¡Qué _gachos_!--decía él, con una admiración de salvaje...
Se fué con una de las mujeres del restaurant y le perdí de vista; unos meses después, cuando se comenzó la revisión del proceso Dreyfus, en París á cada paso había alborotos en las calles. Un día los anarquistas organizaron una manifestación en la plaza de la República. A la cabeza iban Sebastián Faure y sus amigos. Se veían tipos raros, melenudos, con levitas largas y entalladas, gente pálida, de mirada triste... luego venía una tropa que daba miedo, unos tíos de barbas, chillando, amenazando con el bastón y con los puños, y entre ellos aprendices de taller y gomosos elegantes... una mezcolanza, que ni Dios la entendía. Iban por el bulevar Magenta, hacia la estación de Estrasburgo. Un grupo llevaba una gran bandera roja, y tras él venían otros grupos cantando _Les Lampions_, y gritando de cuando en cuando, pero muchas veces seguidas:
--¡Viva Zola! ¡Viva Zola! ¡Viva Zola!
Se oían también gritos chillones de ¡Viva la Anarquía!, y el público comenzaba á correr asustado.
En esto salieron de una bocacalle doscientos ó trescientos municipales, y como una cuña entraron entre los manifestantes, á puñetazos y á empujones, y cortaron la manifestación. Veinte ó treinta cargaron sobre el grupo que llevaba la bandera é intentaron cogerla. La bandera retrocedió, anduvo si caigo ó no caigo, inclinándose, levantándose... Yo me paré á ver en qué terminaba aquello.