La lucha por la vida: Aurora roja
Part 7
Esta exclusión de su persona entre los hombres de talento indignó al catalán, que dijo en un arranque de mal humor:
--Esos, que vayan á romper piedra á la carretera.
--No--arguyó Maldonado--, que cada uno haga su obra. El uno dirá: «he escrito este libro»; el otro: «he cultivado este prado»; el otro: «he hecho este par de zapatos», y no será el uno superior al otro.
--Bueno--replicó Rebolledo--, pero aun suponiendo que el inventor no sea superior al zapatero, dentro de los inventores habrá uno que invente una máquina importante y otro que haga un juguete, y uno será superior á otro, y dentro de los zapateros habrá también unos buenos y otros malos, y unos superiores á otros.
--No, porque la idea de categoría habrá desaparecido.
--Pero eso no puede ser.
--¿Por qué no?
--Porque es como si yo le dijera á usted: «Este banco es mayor que esa bocha», y usted me dijera: «Mañana no lo será, porque vamos á suprimir los metros, las varas, los palmos, todas las medidas, y no se verá si es mayor ó menor.»
--Es que usted todo lo mira tal como es ahora, y no puede usted comprender que el mundo cambie en absoluto--dijo Maldonado con desdén.
--¡Sí, no lo he de poder comprender! Tan bien como usted. Yo no dudo de que tenga que variar; de lo que dudo es de que ustedes sepan cómo va á variar. Porque usted me dice no habrá ladrones, no habrá criminales, todos serán iguales... no lo creo.
--No lo crea usted.
--Claro que no; porque si tuviera que creer en esos milagros, por su palabra de usted, antes hubiera creído en el Papa.
Maldonado se encogió de hombros, y dijo algunas impertinencias respecto del barbero.
* * * * *
--Me ha convencido usted--le dijo Manuel al jorobado.
--Claro--exclamó el Madrileño impaciente--, como que todas esas fórmulas son mamarrachadas. No hay más que una cosa: la Revolución por la Revolución, _pa_ divertirse.
--Eso es--dijo el señor Canuto--; qué tanta teoría, ni tanta alegoría, ni tanta chapucería. ¿Qué hay que hacer? ¿Pegarle fuego á todo? pues á ello y echar con las tripas al aire á los _burgantes_, y tirar todas las iglesias al suelo, y todos los cuarteles, y todos los palacios, y todos los conventos, y todas las cárceles..... Y si se ve á un cura, ó á un general, ó á un juez, se acerca uno á él disimuladamente y se le da un buen _cate_ ó una _puñalá_ trapera... y adivina quién te dió... Eso es.
Prats protestó diciendo que los anarquistas eran hombres dignos y humanos y no una partida de asesinos.
--¡Pero será este hombre mendrugo!--exclamó el señor Canuto en el colmo del desprecio; luego, compadecido de las pocas luces de su interlocutor, le dijo:--Mire usted, pollo, antes de que usted viniera al mundo, me dolían á mí los molares de saber lo que es la anarquía; pero he visto algo en la vida--poniéndose el dedo índice junto al párpado inferior del ojo derecho--más que muchos y he cambiado de táctica militar. ¿Está usted enterado? Y me he convencido de que la cuestión está en echar el sello y no meter el zueco. ¿Me comprende usted? Pues bien; mi sistema actual es mismamente tan científico como un maüser. Echa usted el cañón para fuera y dispara... pum... pum... pum... todas las veces que usted quiera; ahora, si pone usted el fusil apuntándose al pecho, es posible que se atraviese usted el corazón.
--No le entiendo á usted--dijo el catalán.
--¿No?--y el señor Canuto sonrió mirando á su interlocutor con lástima--. ¡Qué le vamos á hacer! Quizá yo no dé pie con bola--y haciéndose el humilde continuó--: pero sí que me figuraba conocer un poquito de la vida y del rentoy. Pero vamos á cuentas. Si usted tiene una caballería ó un niño, es igual para el caso, con úlceras escrofulosas, ¿qué hace usted?
--¡Yo qué sé! No soy veterinario ni médico.
--Usted tratará de que desaparezcan esas úlceras, ¿no es verdad?
--Claro.
--Y para esto puede usted hacer muchas cosas. Primera, intentar curar al enfermo; yodo, hierro, nueva vida, nuevo alimento, nuevo aire; segunda, aliviarlo, limpiar las úlceras, desinfectarlas y demás; tercera, paliar, ó lo que es lo mismo, hacer la enfermedad menos dura, y cuarta cosa, disimular las úlceras, ó sea poner encima una capa de polvos de arroz. Y esto último es lo que usted quiere hacer con las úlceras sociales.
--Será verdad; á mí no me lo parece.
--¿No?, pues á mi sí. Yo le daría á usted un consejo. No se si se ofenderá usted. Eso es.
--No, señor; yo no me ofendo.
--Pues hágase usted socialista.
--¿Por qué?
--Porque eso que dice usted y hacerse _socialero_, es lo mismo que ir á cazar al Pardo con un morral muy grande, ¿sabe usted? y una escopeta de caña. Eso es.
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CAPÍTULO III
No hay que confiar en los relojes ni en la milicia.--Las mujeres son buenas, aun las que dicen que son malas.--Los borrachos y los perros.
Comenzaba ya á encarrilarse la imprenta. El trabajo se iba regularizando; pero Manuel ni un momento podía dejar el taller. Así, que si alguna diligencia tenía que hacer, la hacía de noche, después de cerrar la tienda. Jesús seguía viviendo en la casa, sin trabajar y sin hacer nada. Por las tardes iba á ver al señor Canuto, á charlar con él; luego cenaba, se acostaba, y al día siguiente aparecía á la hora de comer; muchas veces no se le veía el pelo.
--Jesús tiene dinero--le dijo una vez la Salvadora á Manuel--, ¿qué hace? ¿trabaja en algún lado?
--Que yo sepa, no.
--Pues tiene dinero.
--No sé cómo se las arreglará.
Una noche que Manuel fué á casa de un editor á entenderse con él para la publicación de unos libros, se le hizo tarde, y al llegar á la plaza del Callao vió á Jesús parado en una esquina, borracho, sin poder sostenerse. Manuel pensó en seguir adelante sin hacerle caso, pero luego le dió lástima y se acercó á él.
--¿Qué haces aquí?--le dijo.
--¿Quién es usted... para preguntarme á mí eso?--tartamudeó Jesús--. Ah, ¿eres tú? Estaba tomando el fresco.
--Tienes una curda indecente. Vamos á casa. ¡Anda!
--¿Qué anda? ¿Qué?
--¡Cómo estás! No te puedes tener.
--¿Y á ti qué te importa? Tú no eres más que un cochino burgués... eso... y un avaro. Entre tu hermano y esa otra te han hecho un roñoso... y un mal compañero.
--Bueno; yo seré un burgués; pero no huelo que apesta, como tú.
--Pero ¿á qué huelo yo? A vino, á vino...
Jesús decía á vino, como hubiera dicho á rosas.
--Eres un sinvergüenza--exclamó Manuel--, un borracho indecente.
--¿Tú sabes por qué me emborracho yo? ¿Tú sabes? Porque tengo un ansia muy grande; porque tengo una sed...
--Sí, una sed de vino y aguardiente.
--Pero, ¿para qué hablo yo con hombres que no me comprenden?... Soy un huérfano...
--Mira, no me vengas con cosas de zarzuela. ¡A casa!
--¿A casa?... No quiero. Mira, Manuel, yo no sé qué tengo más grande, si el cerebro ó el corazón..., porque mira que yo tengo cerebro...
--Yo creo que lo que tú tienes mayor es la _asaúra_.
--Pues aún tengo mayor el estómago, ¡gracioso! Y á mí no me vengas tú con esos ratimagos de chulo, ¿sabes?, porque tú serás un buen tipógrafo; pero de gracia madrileña... no tienes ni tanto así.
--Ni me importa.
--Y tú, ¿por qué no te emborrachas?
--Porque no quiero.
--Porque no quieres, ¿eh?... Te conozco, lebrel... Tu tienes una tristeza muy honda...
--Sí; soy un pobre huerfanito como tú.
--No...; tú no eres más que un burgués..., y la otra tiene la culpa..., porque antes eras un buen compañero...; pero la otra te domina, y tú ya no sabes hacer nada sin ella.
--Bueno, hombre; me domina; ¿qué le vamos á hacer?
Al llegar á una taberna de la calle Ancha, Jesús se detuvo, se apoyó de espaldas á la pared, y afirmó rotundamente que no se iba de allí aunque lo mataran.
--¡Anda, no seas estúpido!--le dijo Manuel--; te voy hacer andar á patadas.
--Pégame; pero no me voy.
--Pero, ¿qué quieres hacer?
--Tomar aquí unas copas.
--Bueno, tómalas.
En esto pasó de prisa una mujer. Jesús se abalanzó sobre ella; la mujer comenzó á chillar asustada.
--Está borracho; no le haga usted caso--le dijo Manuel interponiéndose entre los dos.
--¿Y qué?--replicó Jesús--. La convido á cenar. ¿Quieres venir á cenar conmigo, prenda?
--No.
--¿Y por qué no?
--Porque tengo que ir á casa.
--¿A casa á las dos de la mañana? ¿A qué?
--Pero, ¿son las dos?--preguntó la muchacha á Manuel.
--No debe faltar mucho.
Pasaron por delante de la Universidad y miraron al reloj. Eran las dos en punto. La muchacha quedó asombrada y vacilante luego se decidió y se echó á reir. Estaba algo alegre, y tenía la blusa con las puntillas rotas y manchada de vino. Contó que había ido con su novio, que era sargento, y con otra amiga, con su correspondiente galán, á los Cuatro Caminos. Allí los novios les habían hecho beber á las dos, hasta emborracharlas; luego las engañaron, diciéndoles que eran las seis, cuando daban las nueve, y que eran las nueve cuando daba ya la una. Ella estaba sirviendo y pensaba llegar á una hora regular á casa; pero ya que no podía, le tenía todo sin cuidado.
--¿Y qué vas á hacer?--le preguntó Manuel.
--Dejaré la casa y buscaré otra.
--Lo que vamos á hacer--dijo Jesús--es irnos los tres á cenar ahora mismo.
--Bueno; vamos donde queráis--exclamó la muchacha, y se agarró del brazo á Manuel y á Jesús.
--¡Bravo!--gritó Jesús--. ¡Olé por las mujeres valientes!
Manuel vaciló; le esperarían en casa... Aunque ya se habrían acostado.
--Un día es un día--murmuró--. Vamos allá--; además, la muchacha era agradable, con la nariz respingona, abundante de pecho y de caderas.
--¿De modo que vas á dejar á tus amos?--preguntó Manuel.
--¡Qué voy á hacer!
--Bien hecho--gritó Jesús--; deja á los amos...; que les sirva su señora mamá... ¡Mueran los burgueses!
--Calla--exclamó Manuel--; van á venir los guardias.
--Que vengan... Yo me río de los guardias municipales..., y de los guardias civiles... y de los guardias de orden público... Y yo le digo á esta mujer que es un cachito de gloria, que hace bien en ir á los Cuatro Caminos... con el sargento, con el soldado ó con quien le dé la gana... Todos somos libres. Pues ¡qué!, ¿las amas no tienen también sus líos?... ¿Verdad, corazón?
--Ya lo creo.
La muchacha cogió estrechamente del brazo á Manuel.
--¿Y tú no dices nada?
--Que tienes una espetera, que ya ya.
--Mientras más gracia dé Dios, ¡mejor!--replicó ella riendo--. ¿Cómo te llamas?
--Manuel.
--¿Y qué eres?
--Este--saltó Jesús--, este es un cochino burgués... que quiere hacerse rico... para casarse con una mujer... y poner entre los dos una casa de préstamos... ¡Ja... ja!...
--No le hagas caso--dijo Manuel--, no sabe lo que se dice. ¿Cómo te llamas tú?
--Yo, Paca.
--¿Estás sirviendo de veras?
--Sí.
Varias veces Jesús trató de coger á la muchacha por el talle y de darle un beso.
--Bueno; si éste me agarra, me voy--dijo ella.
Jesús, ofendido, comenzó á insultarla.
--A mí lo que me sobran son mujeres más guapas que tú... ¿sabes?... y tú no eres más que una fregona..., y yo tengo siempre cinco duros en el bolsillo _pa_ tirarlos..; ese que va contigo es un gallina..., y si no, que salga..., porque le voy á romper un ala.
Manuel se volvió y cogió de un brazo á Jesús.
--Si es una broma--dijo éste--. Parece mentira que te pongas así por una broma. ¡Si á mí me gusta que vayas con ella, hombre! ¡Si yo no soy un ganguero como tú! Y ahora voy á convidar yo á otra, y nos iremos á cenar.
Efectivamente, invitó á una mujer, y los cuatro entraron en una taberna de la calle del Horno de la Mata, que estaba llena, y pasaron á un cuartito, precedidos de un muchacho con un mandil azul.
--¿Qué desean los señores?--preguntó éste.
--Tráete--le dijo Jesús--dos raciones de pescado frito, chuletas asadas para cuatro..., queso, y que manden por unos cafés... ¡Ah!, y mientras tanto, á ver si hay por ahí unas aceitunas y una botella de vino blanco.
--Todo esto lo voy á tener que pagar yo--pensó Manuel.
Sirvieron las aceitunas y el vino, y Jesús llenó las copas. La mujer que había venido con Jesús, era pálida, con el pelo negro y lustroso, peinado como un casco. Contempló á la criada con curiosidad.
--Tú no eres de la vida--la dijo.
--¿Cómo?--preguntó la muchacha.
--No--saltó Manuel--; es una chica que está sirviendo. Oye--y Manuel atrajo hacia sí á la Paca--, ¿qué te suelen decir los amos?
--¡Tantas cosas!
--¿Y tú qué les contestas?
--¿Yo?... pues, según.
--Bah--murmuró Manuel--, ya veo que ese sargento no ha sido el primero.
La muchacha se echó á reir á carcajadas. La otra mujer se quitó de la cintura el brazo con que Jesús la estrechaba.
--No seas pelma--le dijo.
La mujer aquella tenía la tez marchita, los ademanes tímidos. Había en ella cierta dignidad, que indicaba que no era de las nacidas con vocación para su triste oficio. En los ojos negros, en el rostro prematuramente arrugado, se leía la fatiga, el insomnio, el abatimiento, todo esto amortiguado por un velo de indiferencia y de insensibilidad.
--¿De manera que tú estás sirviendo?--preguntó la mujer pálida á la criada.
--Sí.
--¿Qué edad tienes?
--Diez y ocho años.
--Yo tengo una hija que tiene quince.
--¿Usted?
--Sí.
--No parece que tenga usted edad bastante.
--Sí, soy vieja; he cumplido ya treinta y cuatro. La chica está en Avila con mis padres. Yo, claro, no quiero que venga conmigo, y los abuelos suyos son pobres. Cuando tengo algún dinero se lo envío.
Jesús se puso serio, y comenzó á preguntarle por su vida.
--Hace un año tuve un hijo, y me lo tuvieron que sacar con unos ganchos--siguió contando la mujer mientras cortaba la carne con el cuchillo--. Desde entonces estoy mala; luego, hace unos meses, he tenido el tifus, me llevaron al Cerro del Pimiento, y allí me quitaron toda la ropa que tenía. Salí tan desesperada, que quise matarme.
--¡Se quiso usted matar!--exclamó la criada.
--Sí.
--¿Y qué hizo usted?
--Cogí las cabezas de unos fósforos, las eché en un vaso de aguardiente, hasta que se deshicieron, y lo bebí. ¡Me entraron unos dolores!... Vino un médico y me dió un vomitivo. Luego, durante cuatro ó cinco días, echaba el aliento en la obscuridad, y brillaba.
--¿Pero tan desesperada estaba usted?--preguntó la criada.
--Tú no sabes cómo vivimos nosotras. ¿Ves? Hoy yo no gano; pues mañana tengo que empeñar esta blusa, y si me ha costado tres duros, me dan por ella dos pesetas. Luego, á los hombres les gusta hacer sufrir á las mujeres... Créeme, hija, sigue sirviendo; por muy mal que estés, no estarás peor que así...
Jesús dijo que se había puesto malo, y salió del cuarto.
--¿Y no podría usted encontrar algún trabajo?--preguntó Manuel á la mujer.
--¿Yo? ¿A dónde voy? No tengo fuerza... estoy _anemia_. Además, está una acostumbrada á hablar mal y á beber, y la conocen á una lo que es en seguida. Si tuviera salud, me hubiera puesto á nodriza. Todavía tengo leche. Con tu permiso, rubia--dijo á la criada--y se desabrochó la blusa, sacó el pecho, y apretó la ubre con dos dedos.--Ahora, que esto debe estar envenenado--añadió--. Si yo pudiera colocar á mi hija en un taller ó en una buena casa, ya no me importaría nada. Porque cuando se empieza la vida mal...
La conversación tomó entre los tres un giro tétrico, y se contaron sus respectivas lástimas. De pronto se oyó la voz de Jesús que gritaba:
--¡Socorro! ¡Socorro!
--¿Qué le pasa á ese hombre?--preguntó Manuel, y salió al pasillo de la taberna.
--¡Socorro! ¡Socorro!--seguía gritando Jesús.
Manuel se encontró en el corredor con el mozo de la taberna.
--¿Qué hay?--le dijo.
--No sé; su compañero debe ser; hace un momento me ha preguntado dónde estaba el retrete; no sé qué le habrá pasado.
Entraron en la cocina de la taberna.
--Dejadme salir--gritaba Jesús--. ¡Socorro! ¡Socorro! Que me han cerrado la puerta.
Y se oía un estrépito de puñetazos y patadas.
--Pero si la puerta está abierta--dijo el muchacho--; y efectivamente, la abrió, y salió Jesús espantado de dentro.
Manuel no pudo menos de soltar una carcajada al ver á Jesús manchado de yeso, con los pelos alborotados, lleno de espanto.
Jesús abrió y cerró la puerta del retrete varias veces para convencerse de que estaba abierta, y no replicó.
--Vamos á tomar café, y andando--dijo Manuel--, que ya es tarde. A ver qué se debe--preguntó al mozo.
--A ti no te importa lo que se debe--exclamó Jesús--, porque esto no lo paga nadie mas que yo.
--¿Pero tienes _jierro_?
--Mira--y Jesús enseñó cinco ó seis duros á Manuel.
--¿Pero de dónde sacas ese dinero?
--Ah... eso no se puede decir... eres muy curioso.
--Yo creo que el señor Canuto y tú os dedicais á hacer moneda falsa.
--Je... je; tú lo que quieres es averiguar mi secreto..., pero nones.
Tomaron el café, bebieron unas copas de aguardiente y salieron de la taberna, Jesús con la mujer pálida, y Manuel con la criada.
--¿A dónde quieres ir?--preguntó Manuel á ésta.
--Yo, á mi casa.
--¿No quieres venir conmigo?
--No; yo no soy una perdida. ¿Usted qué se ha figurado?
--Nada, mujer, nada. Vete á donde te dé la gana. ¡Adiós!
La muchacha se detuvo; luego llamó:
--¡Manuel!
--Anda á paseo.
--¡Manuel!--volvió á llamar.
--¿Qué quieres?
--El domingo que viene ¡espérame!
--En dónde.
--En casa de mi hermana.
La muchacha dió las señas de su casa.
--Bueno. ¡Adiós!
La muchacha le presentó la mejilla; Manuel la besó. Trató de abrazarla; pero ella huyó riendo. Cuando Manuel llegó á su casa, la Salvadora estaba cosiendo aún; Roch, acurrucado en la mesa debajo de la lámpara, dormía; por las maderas entreabiertas del balcón se filtraba la claridad triste de la mañana.
--¿Has estado hablando con ese señor hasta ahora?--preguntó la Salvadora.
--No.
Y contó lo que había pasado con Jesús.
Como era ya de día, Manuel no se acostó. Al salir, camino de la imprenta, vió á Jesús sentado en un portal de la calle de San Bernardo; un perro vagabundo le lamía las manos y Jesús le acariciaba, y le dirigía largos discursos.
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CAPÍTULO IV
El inglés quiere dominar.--Las razas.--Las máquinas.--Buenas ideas, bellos proyectos.
Una tarde lluviosa de Febrero, Manuel había encendido la luz en su despacho de la imprenta, cuando se detuvo un coche á la puerta, y entró Roberto.
--¡Hola! ¿Qué tal estás?
--Bien, ¿y usted?, ¿qué le trae por aquí con un tiempo tan malo?
--Te traigo trabajo.
--¡Hombre!
--He encontrado á mi antiguo editor, y hablando de sus negocios, me he acordado de tu imprenta...
--De nuestra imprenta, querrá usted decir.
--Es verdad, de nuestra imprenta. Se me quejaba de que le hacían sin cuidado los libros. Yo conozco, le he dicho, á un impresor nuevo que trabaja bien. Pues dígale usted que venga, me ha contestado.
--¿Y qué hay que hacer?
--Unos libros con grabados, estadísticas y números. ¿Tú podrás tirar grabados?
--Sí; muy bien.
--Pues vete hoy ó mañana á verle.
--Descuide usted; iré. ¡Ya lo creo! Tendré que tomar otro cajista bueno.
--¿Y qué? ¿Trabajas mucho?
--Sí.
--Pero ganas poco.
--Es que como los obreros están asociados, se imponen.
--¿Y tú, no estabas asociado antes?
--Yo, no.
--¿No eres socialista?
--Pse.
--¿Anarquista quizás?
--Sí; me es más simpática la anarquía que el socialismo.
--¡Claro! Como es más simpático para un chico hacer novillos que ir á clase. ¿Y cuál es la anarquía que tú defiendes?
--No; yo no defiendo ninguna.
--Haces bien; la anarquía para todos no es nada. Para uno sí, es la libertad. ¿Y sabes cómo se consigue hacerse libre? Primero, ganando dinero; luego, pensando. El montón, la masa, nunca será nada. Cuando haya una oligarquía de hombres selectos, en que cada uno sea una conciencia, entre ellos la libre elección, la simpatía, lo regirán todo. La ley sólo quedará para la canalla que no se haya emancipado.
Un cajista entró con el componedor y unas cuartillas en la mano á hacer una pregunta á Manuel.
--Iré luego--dijo éste.
--No, hombre; vete ahora--repuso Roberto.
--Es que quería oirle á usted.
--Me quedaré un rato todavía y filosofaremos.
Salió Manuel del despacho y á los pocos minutos volvió y se sentó.
--Usted también es algo anarquista, ¿verdad?--preguntó á Roberto.
--Sí; lo he sido á mi manera.
--¿Cuando vivía usted mal quizás?
--No. Eso no ha influído en mis ideas para nada. Puedes creerlo. Mi primer sentimiento de rebeldía lo experimenté en el colegio. Yo trataba de comprender lo que leía, de desentrañar el sentido de las cosas. Mis profesores me acusaban de holgazán porque no aprendía las lecciones de memoria; yo protestaba furioso. Desde entonces, todo pedagogo para mí es un miserable. Hasta que comprendí que hay que adaptarse al medio ó aparentar conformidad con él. Ahora, por dentro, soy más anarquista que antes.
--¿Y por fuera?
--¡Por fuera! Si en Inglaterra llego á entrar en política, seré conservador.
--¿De veras?
--¡Claro! ¿Qué haría yo en Inglaterra siendo anarquista? Vivir obscurecido. No; yo no puedo despreciar ninguna ventaja en la lucha por la vida.
--Pero usted ha resuelto ya su problema.
--En parte, sí.
--¿En parte? ¿Pues qué quiere usted más? Tiene usted el dinero que quiere; se ha casado usted con una mujer preciosa, bonísima...
--Aún queda algo que conseguir.
-¿Qué?
--El dominio, el poder. Si yo ya no deseara, estaría muerto. En la vida hay que luchar siempre; dos células lucharán por un pedacillo de albúmina; dos tigres, por un trozo de carne; dos salvajes, por unas cuentas de vidrio; dos civilizados, por el amor ó por la gloria... yo lucho por el dominio.
--¿Y siempre habrá que luchar?
--Siempre.
--¿No cree usted que vendrá la fraternidad?
--No.
--¿No se podrá conseguir que deje de haber explotadores y explotados?
--Nunca. Viviendo en sociedad, ó es uno acreedor ó es uno deudor. No hay término medio. Actualmente, todo hombre que no trabaja, que no produce, vive de la labor de otro, ó de otros cien; es indudable; cuanto más rico es, más esclavos tiene; esclavos que él no conoce, pero que existen. Y mañana sucederá igual; siempre habrá suplementos de hombres que suden por el sabio, por la mujer bonita, por el artista...
--Tiene usted unas ideas muy negras.
--No; ¿por qué? En el porvenir no pueden suceder más que dos cosas: ó que á pesar de las leyes que están hechas á beneficio de los débiles, de los inmorales, de los no inteligentes, sigan como hasta ahora dominando los fuertes, ó que la morralla se imponga y consiga debilitar y acabar con los fuertes.
--Me chocan mucho las ideas de usted; quisiera verle discutir con el Libertario.
--¿Quién es el Libertario?
--Un amigo mío.
--No nos convenceríamos.
--¿Por qué?
--Porque cada uno es como es, y no puede ser de otra manera. Yo soy una mezcla del individualismo inglés de los manchesterianos y del individualismo español, agresivo y cabileño. En el fondo experimentamos todos la fatalidad de la raza. Tú no sabes por qué eres anarquista, y por qué siéndolo no tienes instinto de destrucción... A todos les pasa lo mismo.
--No, á todos no.
--A todos. Si el español es más individualista que el alemán, ¿crees tú que es por su gusto? No. Es un resultado del clima... de la alimentación. Una fatalidad, no tan clara, pero parecida á la que hace el Jerez fuerte y el Rhin suave.
--Pero hay anarquistas alemanes.
--Sí; como hay naranjos en Inglaterra y abetos en España.
--Bueno; pero las ideas, ¿no las pueden tener allí como aquí?
--Sí; pero las ideas son lo de menos. Tú serás un buen chico, de poca voluntad, de buenas intenciones, y lo serías igual siendo carlista, protestante, ó mahometano. Y es que debajo de las ideas están los sentimientos y los instintos, y los instintos no son más que el resultado del clima, de la alimentación, de la vida que ha llevado la raza de uno. En ti está toda tu raza, y en tu raza está toda la tierra donde ella ha vivido. No somos hijos de la tierra, somos la misma tierra, que siente y piensa. Se cambia el terreno de un país, y cambian los hombres en seguida. Si fuera posible poner Madrid al nivel del mar, al cabo de cincuenta años los madrileños discurrirían de otra manera.
--¿Entonces usted da poca importancia á las ideas?