La lucha por la vida: Aurora roja
Part 6
Sentados bajo el emparrado, el Libertario hablaba. Era éste un hombre delgado y alto, de nariz corva, barba larga, y un modo de expresarse irónico y burlón. A pesar de que á primera vista parecía indiferente y hombre que tomaba todo á broma, era un fanático. Trataba de convencer á Juan. Hablaba con un tono un tanto sarcástico, manoseando con sus dedos largos y delgados su barba antigua de prócer, suave y flexible. Para él, lo principal en el anarquismo era la protesta del individuo contra el Estado; lo demás, la cuestión económica, casi no le importaba; el problema para él estaba en poder librarse del yugo de la autoridad. El no quería obedecer; quería que si él se asociaba con alguien fuese por su voluntad, no por la fuerza de la ley. Afirmaba también que las ideas de bien y de mal tenían que transformarse por completo y con ellas la del deber y la de la virtud.
Hacía sus afirmaciones con cierta reserva, y de cuando en cuando observaba á Juan con una mirada escrutadora.
El Libertario quería dejar una buena impresión en Juan, y ante él, sin alardes, iba exponiendo sus doctrinas.
Juan escuchaba y callaba; asentía unas veces, otras manifestaba sus dudas. Juan había tenido un gran desengaño al conocer á los artistas de cerca. En París, en Bruselas, había vivido aislado, soñando; en Madrid llegó á intimar con pintores y escultores, y se encontró asombrado al ver una gente mezquina é indelicada, una colección de intrigantuelos, llenos de ansias de cruces y de medallas, sin un asomo de nobleza, con todas las malas pasiones de los demás burgueses.
Como en Juan las decisiones eran rápidas y apasionadas, al retirar su fe de los artistas, la puso de lleno en los obreros. El obrero para él era un artista con dignidad, sin la egolatría del nombre y sin envidia. No veía que la falta de envidia del obrero, más que de bondad, dependía de indiferencia por su trabajo; de no sentir el aplauso del público, y tampoco notaba que si á los obreros les faltaba la envidia, les faltaba también en general el sentimiento del valor, de la dignidad y de la gratitud.
--Aquí se está bien--dijo el Libertario, ¿verdad?
--Sí.
--Podíamos reunirnos los domingos por la tarde; yo vivo por aquí cerca.
--Sí, hombre.
--Yo vendré con algunos amigos que tienen ganas de conocerle. Todos han visto _Los Rebeldes_, y son entusiastas de usted.
--¿Son anarquistas también?
--Sí.
Salieron al paseo de Areneros por la taberna.
--Voy á ver el número de esta casa para decírselo á los amigos--dijo el Libertario.
--Pues no tiene número--replicó Juan--; pero tiene nombre: La Aurora.
--Buen nombre para una reunión de los nuestros.
Se despidieron. Juan marchó á casa de Manuel. En el cerebro del escultor comenzaba á germinar la idea de que había una misión social que cumplir, y que esta misión era él el encargado de llevarla á cabo.
Mientras Juan se reunía con sus nuevos amigos, Manuel trabajaba en la imprenta. Iban poco á poco viniendo los encargos.
Una vez Manuel había dicho á la Salvadora:
--Quisiera hablar contigo despacio.
--¿Por qué no esperar á ver si salimos adelante?--le había contestado ella.
Y se entendieron sin más explicaciones, y los dos se pusieron á trabajar. Manuel, de noche, después de cerrar la imprenta, llevaba él mismo los encargos en una carretilla. Se ponía una blusa blanca y echaba á andar. Hay trabajos que parece que despiertan el pensamiento, y uno de ellos es empujar una carretilla. Al cabo de algún tiempo no se nota si uno lleva el carretón, ó si es el carretón el que le lleva á uno. Así en la vida muchas veces no se sabe si es uno el que empuja los acontecimientos ó si son los acontecimientos los que le arrastran á uno.
A Manuel su vida pasada le parecía un laberinto de callejuelas que se cruzaban, se bifurcaban y se reunían sin llevarle á ninguna parte; en cambio, su vida actual, con la preocupación constante de allegar para echar el ancla y asegurarse un bienestar, era un camino recto la calle larga que él iba recorriendo con el carretoncillo poco á poco.
El recuerdo de la Justa había quedado ya borrado para siempre en su memoria. Algunas veces, al pensar en ella, se preguntaba: ¿Qué hará aquella pobre mujer?
Jesús seguía viviendo en su guardilla y trabajaba en la imprenta con intermitencias.
Un domingo del mes de Noviembre, después de comer, Jesús preguntó á Manuel:
--¿No vas á ir hoy á La Aurora? Vamos á tener junta.
--¿En dónde? ¿En la taberna de Chaparro?
--Sí.
--Yo no voy. ¿A qué?
--¡Qué burgués te estás haciendo! Allá estará tu hermano; va todas las noches.
--Le están haciendo la pascua á Juan, metiéndole en esas cosas de anarquismo, que no son más que memadas.
--¿Ya has renegado también de la idea?
--Hombre, á mí la anarquía me parece bien, con tal de que venga en seguida y le dé á cada uno los medios de tener su casita, un huertecillo y tres ó cuatro horas de trabajo; pero para no hacer más que hablar y hablar, como hacéis vosotros, para llamarse compañeros, y saludarse diciendo: ¡Salud! Para eso prefiero ser sólo impresor.
--Tú con anarquía ó sin anarquía serás siempre un burgués infecto.
--¿Pero es que es necesario ser anarquista y emborracharse para vivir?
--Claro que sí; por lo menos tomar la vida de otra manera. Conque, ¿vienes ó no á La Aurora?
--Bueno; iré á ver lo que es eso. El día menos pensado os van á meter á todos en la cárcel.
--¡Quia! hay la mar de puertas en el solar ese.
Jesús contó que hacía unos días habían estado unos polizontes, por una delación, en la taberna y se encontraron con que no había nadie.
Entraron Jesús y Manuel en la taberna, y por la puerta de al lado del mostrador pasaron á un cuarto con un zócalo de madera, con una mesa redonda en medio. Había ya diez ó doce personas, y entre los conocidos de Manuel, estaba el señor Canuto y Rebolledo. El cuarto era tan chico, que no cabían en él. Iba viniendo más gente.
El Libertario llamó á Chaparro.
--¿No hay un sitio por ahí donde pudiéramos meternos?--le preguntó.
--No.
--En esa cosa con cristales que tienen ustedes, ¿no se podría entrar?
--¿En el invernadero? Ahí no hay sillas, ni mesa ni nada.
--Sí; pero ya ve usted. Aquí no cabemos. ¿Hay luz?
--No.
--Bueno; pues traiga usted unas velas.
Salieron al solar; estaba lloviendo á cántaros. Corriendo se metieron en el invernadero. El Inglés y el Libertario trajeron entre los dos una mesita, la pusieron en el centro y encima dos bujías metidas en dos frascos vacíos. No había sillas y se fueron sentando unos sobre un banco, otros en tiestos colocados del revés, y otros en el suelo. Tenía aquello un aspecto tétrico; la llama de las bujías temblaba á impulsos del viento, sonaba la lluvia densa y ruidosa en los cristales y al escampar se oía el tintineo acompasado y metálico de las goteras. Sin saber por qué todos hablaban bajo.
--Yo creo, compañeros--dijo Juan, levantándose y acercándose á la mesa--, que el que tenga algo práctico que decir debe levantarse y hablar. Hemos constituído este grupo de partidarios de la idea. Casi todos conocemos este sitio por el nombre de Aurora; como nuestro grupo debe tener un nombre, por si hay que relacionarlo con otras sociedades, propongo que desde hoy se llame Aurora Roja.
--¡Aceptado! ¡Aceptado!
La mayoría estuvo conforme. Algunos propusieron otros nombres, como Ravachol, Angiolillo, Ni Dios ni amo; pero en general, todos fueron de parecer que se pasara á otro punto y que quedase el nombre de Aurora Roja.
Luego de aclarado esto, se levantó un joven delgado, vestido de negro, y echó un verdadero discurso. ¿Qué había que hacer? ¿Qué fin había de perseguir el grupo designado con el nombre de Aurora Roja? Unos eran partidarios de la labor puramente individual; pero él encontraba que esta labor individual tenía un carácter poco revolucionario y era demasiado cómoda. Uno que no fuese escritor, ni orador, ni anarquista de acción, que no se reuniera ni se asociara, podía echárselas de anarquista tremendo y hasta podía serlo con la misma tranquilidad que un coleccionista de sellos. Además, no había peligro en esto.
--Y eso ¿qué importa?--dijo Juan--; á nadie se le exige que sea valiente. Los actos de los anarquistas tienen más valor por eso, porque nacen de su conciencia y no de mandato alguno.
--Es verdad--dijeron los demás.
--Yo no lo niego; lo que yo quiero decir es que no necesitamos liebres con piel de león, y que sería conveniente un compromiso entre todos nosotros.
Mientras este joven defendía la necesidad de la asociación, Jesús explicó á Manuel quién era. Se llamaba César Maldonado y era estudiante; había figurado entre la juventud republicana. Era hijo de un mozo de café y había muchas probabilidades para creer que su anarquismo era una manera de vengarse de la posición humilde de su padre. En el fondo, el joven aquel era un presuntuoso, lleno de esa soberbia jacobina que sabe disimular las bajas pasiones con grandes frases.
A su lado, y defendiendo todas sus ideas, había un vascongado, alto y ancho, cargado de espaldas, que se llamaba Zubimendi, hombre triste, con unos puños formidables, que no hablaba apenas, que había sido pelotari, y últimamente se dedicaba á servir de modelo.
--Para formar una asociación habrá que hacer un reglamento, ¿no es eso?--preguntó el Libertario levantándose.
--Según--contestó Maldonado--. Yo no creo que deba haber reglamento; basta un lazo de unión; pero lo que sí considero indispensable es poner un límite al ingreso en el grupo y otorgar ciertas prerrogativas para los directores; pues si no, los elementos extraños podían llegar hasta cambiar el objeto que perseguimos.
--Yo--replicó el Libertario--, soy enemigo de todo compromiso y de toda asociación que no esté basada en la inclinación libre. ¿Vamos á comprometernos á una cosa y á resolver nuestras dudas por el voto? ¿por la ley de las mayorías? Yo, por mi parte, no; si hay necesidad de comprometerse y de votar, no quiero pertenecer al grupo.
--Hay que ser prácticos--replicó Maldonado.
--Si yo fuera práctico, hace tiempo hubiese puesto una casa de empeños.
Se levantó un hombre alto, delgado, rubio, picado de viruelas, de aspecto enfermizo, con el bigote fino y bien cuidado, y se acercó á la mesa.
--Compañeros--dijo sonriendo.
--¿Quién es éste?--preguntó Manuel á Jesús.
--El Madrileño, un chico listo que trabaja en el Tercer Depósito.
--Compañeros: A mí me parece que vuestro pleito se puede resolver con mucha facilidad. El que quiera asociarse y comprometerse, que lo haga; el que no, que lo deje.
Excepto tres ó cuatro partidarios de Maldonado que defendieron la utilidad del compromiso, los demás no quisieron asociarse.
--Entonces, ¿para qué reunirnos?--preguntó uno de los amigos del estudiante.
--¿Para qué?--contestó Juan--; para hablar, para discutir, para prestarnos libros, para hacer la propaganda, y si llega el momento de ejecutar, individual ó colectivamente, cada uno hará lo que su conciencia le dicte.
--Yo, por mi parte, estoy conforme con esto--dijo el Libertario--. Que cada cual sea responsable de sus actos. No podemos aceptar una solidaridad con nadie desde el momento que todavía ni siquiera nos conocemos... De manera que el que quiera reunirse libremente, el domingo que viene aquí estaremos.
Se levantaron todos.
--Bueno, vamos--dijo uno--; que ha dejado de llover.
Salieron al solar, que estaba encharcado, y se despidieron, dándose fuertes apretones de manos.
--¡Salud, compañero!
--¡Salud!
Y en todos ellos se notaba cierta alegría de jugar á los revolucionarios...
* * * * *
El mismo Manuel, á pesar de su aburguesamiento, sintió el atractivo de aquella reunión, y al domingo siguiente estaba en la Aurora fraternizando con los compañeros.
Formaron la peña en la tejavana de uno de los juegos de bolos, que no se utilizaba. Allí se podía hablar libremente. Cada domingo se iba haciendo el grupo más numeroso; se habían comprado folletos anarquistas de Kropotkine, de Réclus y Juan Grave, y pasaban de una mano á otra. Ya comenzaban á hablar todos con cierta terminología pedante, entre sociológica y revolucionaria, traducida del francés.
En el grupo se manifestaron pronto tres tendencias: la de Juan, la del Libertario y la del estudiante César Maldonado. El anarquismo de Juan tenía un carácter entre humanitario y artístico. No leía Juan casi nunca libros anarquistas; sus obras favoritas eran las de Tolstoï y las de Ibsen.
El anarquismo del Libertario era el individualismo rebelde, fosco y huraño; de un carácter más filosófico que práctico; y la tendencia de Maldonado entre anarquista y republicana radical, tenía ciertas tendencias parlamentarias. Este último quería dar á la reunión aire de club; pero ni Juan ni el Libertario aceptaban esto; Juan, porque veía una imposición, y el Libertario, además de esto, por temor á la policía.
Una última forma de anarquismo, un anarquismo del arroyo era el del señor Canuto, del Madrileño y de Jesús. Predicaban éstos la destrucción, sin idea filosófica fija, y su tendencia cambiaba de aspecto á cada instante, y tan pronto era liberal como reaccionaria.
El primer domingo, en la reunión del juego de bolos, el señor Canuto llevó la voz cantante. El señor Canuto había sido uno de los entusiastas de La Internacional, y cuando la escisión de los partidarios de Marx y de los de Bakounine, el señor Canuto se había puesto del lado de Bakounine. Había saludado con entusiasmo la Commune, creyendo que venía con ella la revolución social; después tuvo sus ilusiones con el levantamiento de Cartagena; luego, todas las asonadas, todos los motines, pensó que iban á traer la gorda; hasta que al último, desesperanzado ya, no quería oir hablar de nada. Era de los entusiastas de Pí y Margall; había conocido al caballero Fanelli, á Salvochea, á Serrano, á Mora, y recordaba una porción de frases extravagantes de Teobaldo Nieva, el autor de la _Química de la cuestión social_.
Las historias del señor Canuto tenían para todos cierto carácter arcaico, y no llegaron á interesar. Hablaba de cosas pasadas, de artículos de _El Condenado_ y de _La Solidaridad_, y de las épocas en que él había tenido gran mano en las cuestiones de los anarquistas.
Apenas estaba enterado de las corrientes modernas, y la fama de Kropotkine y Grave, cuyos libros no había leído, le parecía una usurpación cometida en contra de Fourrier, Proudhon y otros. Es verdad que tampoco había leído las obras de éstos; pero sus nombres le sonaban.
El quería su anarquía, la de su tiempo, la de Ernesto Alvarez, sobre todo. Estas últimas cosas catalanas, como decía él con cierto desdén, le molestaban.
No tuvo esta segunda reunión el mismo atractivo que la primera, y muchos salieron aburridos. Con el objeto de avivar el interés, se anunció para el domingo siguiente, que se discutirían puntos de la doctrina y que Maldonado y Prats contestarían á las objeciones que se les hicieran.
--Este Prats, ¿quién es?--preguntó Manuel al Madrileño.
Se lo presentó. Era un hombre bajo, barbudo, con una cara de pirata berberisco, de un color bronceado, con rayas y vetas negruzcas. Tenía este hombre pelos en toda la cara, alrededor de los ojos, en la nariz aguileña, en las orejas. Con su aspecto terrible, su manera de hablar bronca, las manos de oso, peludas y deformes, imponía.
--¿Vendrás el domingo, compañero?--le dijo á Manuel después de saludarle.
--Sí.
--Entonces, hasta el domingo.
Y se dieron un apretón de manos.
--Vaya un tipo--dijo Manuel.
--No es tan tremendo como parece este Rama Sama--añadió el Madrileño--. En fin, veremos si el domingo esto se anima.
Salieron Manuel y el Madrileño. Era el Madrileño, por lo que le oyó decir Manuel, hombre burlón y paradójico y que tenía un gran fondo de malicia. Su tipo de anarquista, según aseguraba, era Pini el estafador, y le encantaba que unos ladrones hubiesen dado dinero á Juan Grave. A Manuel le pareció que debía ser un hombre capaz de sacrificarlo todo por una frase ingeniosa ó por un chiste.
El Madrileño había sido amigo de Olvés, de Ruiz y Suárez, autores de una explosión en la Huerta, el hotel donde vivía Cánovas.
--Paco Ruiz era un hombre de buen corazón--le dijo á Manuel. Si yo hubiera estado en Madrid, no hubiese hecho la barbaridad de poner la bomba en casa de Cánovas.
--¿Y no hizo daño á nadie con la bomba?--le preguntó Manuel.
--A nadie más que á él, que murió.
--¿Y cómo no se pudo escapar?
--Se pudo escapar. Verás lo que pasó; él llevaba una botella de pólvora cloratada, la puso delante de la verja del hotel y encendió la mecha. Cuando se retiraba, vió que iba á entrar una criada con unos niños. Inmediatamente Paco volvió, recogió la botella y en la mano le estalló; le arrancó el brazo la explosión y lo dejó muerto.
El Madrileño, conocido de la policía como amigo de anarquistas, había sido víctima de un seudocomplot de la calle de la Cabeza, y había estado algunos meses preso.
{imagen decorativa}
CAPÍTULO II
El derecho.--La ley.--La esclavitud.--Las vacas.--Los negros.--Los blancos.--Otras pequeñeces.
El domingo siguiente llegó Manuel tarde á la reunión; hacía un hermoso tiempo de invierno, y Manuel y Salvadora lo aprovecharon para pasear.
Cuando entró Manuel en el juego de bolos, la discusión estaba en el período álgido.
--Qué tarde--le dijo el Madrileño--te has perdido; la gran juerga; pero, en fin, todavía continúa.
Las caras estaban congestionadas.
--¿Quiénes son los que discuten?
--El estudiante, Prats y ese jorobado amigo tuyo.
El jorobado era Rebolledo.
--Lo que proclamamos nosotros--decía el estudiante Maldonado con voz iracunda--es el derecho al bienestar de todos.
--Ese es el derecho que yo no veo por ningún lado--replicó Rebolledo padre.
--Pues yo sí.
--Pues yo no. Para mí, tener derecho y no poder, es como no tener derecho. Todos tenemos derecho al bienestar; todos tenemos derecho á edificar en la Luna. ¿Pero podemos? ¿No? Pues es igual que si no tuviéramos derecho.
--Se pueda ó no se pueda, el derecho es el mismo--replicó Maldonado.
--Claro--dijo Prats.
--No, claro no--y el jorobado agitó enérgicamente la cabeza con vigorosos signos negativos--, porque el derecho de la persona varía con los tiempos y hasta con los países.
--El derecho es siempre el mismo--afirmó el grupo jacobino.
--¿Pero cómo antes se podía hacer una cosa, por ejemplo, tener esclavos, y ahora no?--preguntó el jorobado.
--Porque las leyes eran malas.
--Todas las leyes son malas--afirmó rotundamente el Libertario.
--Las leyes son como los perros que hay en el Tercer Depósito--dijo con ironía el Madrileño--, ladran á los que llevan blusa y mala ropa.
--Si se suprimiera el Estado y las leyes--afirmó uno de los circunstantes--los hombres volverían á ser buenas personas.
--Esa es otra cuestión--repuso con desdén Maldonado--, yo le contestaba al señor--y señaló á Rebolledo--y ¡la verdad! no recuerdo lo que decía.
--Usted decía--dijo el jorobado--que las leyes antiguas, que permitían tener esclavos, eran malas, y yo no digo que no; lo que sí afirmo es que si volvieran aquellas leyes, volvería á haber el derecho de tener esclavos.
--No... la ley es una cosa, el derecho es otra.
--¿Pero qué es el derecho entonces?
--El derecho es lo que á cada uno le corresponde naturalmente como hombre... Todos tenemos derecho á la vida; creo que no lo negará usted.
--Ni lo niego ni lo afirmo... pero que mañana vengan los negros, por ejemplo, á Madrid, y á este quiero y á este no quiero, empiecen á cortar cabezas; ¿qué hace usted con el derecho á la vida?
--Podrán quitar la vida, no el derecho á la vida--replicó Prats.
--¿De modo que estará uno muerto, pero tendrá derecho á la vida?
--Aquí en Madrid todo se resuelve con chistes--dijo el catalán enfadado.
--No, no es un chiste; es una aplicación de lo que ustedes dicen.
--Es usted un reaccionario.
--Yo discuto como puedo. Presento mis argumentos, y por ahora no me han convencido.
--¿Pero es que usted no cree--gritó Maldonado--que todo el que nace tiene derecho á vivir?
--No sé--contestó el jorobado--; las vacas también nacen y deben tener derecho á vivir; pero, á pesar de esto, las matamos y nos las comemos en bisteck, es decir, se las comen los que tienen dinero.
Se echaron todos á reir.
--Es que se va de la cuestión--dijo Prats.
--No--replicó el jorobado--, es que á mí las pamplinas me hacen la santísima, ¿sabe usted? y aquí se habla mucho, pero no se dice _na_. Todos esos derechos que ustedes dicen, yo no los veo por ninguna parte, y _pa_ mí todo eso de los derechos es hablar de la mar. Es como si á mí me quisieran demostrar que tengo derecho á quitarme la joroba. Yo creo que estas cosas las hacen las circunstancias, y pondré un ejemplo: Que tengo que pasar una botella de vino por las puertas y me la ven, que yo haré que no me la vean, y me piden el consumo, y yo ¿qué hago? Pagar. ¿Por qué? Porque tienen el derecho de exigirme el pago; pero que mañana suprimen los consumos, pues no me pueden pedir ni una perra gorda, aunque traiga un bocoy, porque ya no tienen derecho de exigirme nada. Yo encuentro esto más claro que el agua. El hombre vive, si puede, y si no puede, se muere, y al que se muere lo entierran, y no hay más derecho ni más filosofía que eso.
--Así, echándolo todo á rodar, no hay discusión posible--dijo Maldonado.
--Yo encuentro que tiene razón--exclamó el Libertario.
--Sí, desde su punto de vista sí--añadió Juan.
--De esa manera de pensar--repuso el Libertario--son la mayoría de los españoles. En un pueblo donde hay un cacique, no se pregunta si el cacique tiene razón ó no tiene razón, sino si tiene fuerza. Es el más fuerte... pues tiene razón... Es la ley natural... la lucha por la vida.
El jorobado quedó algo engreído de su triunfo, y sin duda no quiso quedar ante el auditorio como un negador sistemático, y con cierta modestia añadió al cabo de un rato:
--Yo no sé de estas cuestiones nada, hablo al buen tum tum... ahora, hay cosas que me parecen bien, como lo que se ha dicho antes, de repartir el trabajo entre todos, y hasta eso de suprimir la herencia.
--Pero si niega usted los principios, ¿con qué derecho va usted á impedir que el hijo herede al padre?--preguntó Maldonado.
--Pondría una ley que lo prohibiera. A mí me parece natural que todos los hombres tengan al empezar su vida medios idénticos de trabajo; luego el listo y el trabajador que vayan arriba; el holgazán que se fastidie.
--Con la anarquía no habrá holgazanes--dijo Prats.
--¿Y por qué no?
--Porque no; porque la holgazanería es un producto de la organización social de hoy; suprima usted ésta, y ya no habrá holgazanes.
--¿Por qué?
--Porque nadie tendrá interés en no trabajar, como no habrá avaros tampoco.
Se entabló entonces un diálogo vivo entre Prats y Rebolledo.
--¿Y el que guarde dinero?--preguntó el jorobado.
--No habrá dinero, ni propiedad, ni guardias para vigilar la propiedad.
--¿Y los ladrones?
--No habrá ladrones.
--¿Y los criminales?... ¿los asesinos?
--No habrá criminales. Sin propiedad, no hay ladrones, ni gente que asesine para robar.
--Pero hay hombres que asesinan porque tienen mala sangre desde chicos.
--Esos son enfermos y hay que curarlos.
--¿Entonces las cárceles se convertirán en hospitales?
--Sí.
--¿Y lo alimentarán á uno allá sin hacer nada?
--Sí.
--Pues va á ser el gran oficio el de criminal dentro de poco.
--Usted todo lo quiere tomar al pie de la letra--dijo Prats--. Esas cosas de detalles se estudiarán.
--Bueno, y otra cosa: ¿Los obreros qué vamos ganando con la anarquía?
--¿Qué? mejorar la vida.
--¿Ganaremos más?
--¡Claro! A cada uno se le dará el producto íntegro de su trabajo.
--Eso quiere decir que á cada uno se le dará lo que merece.
--Sí.
--¿Y quién lo tasa? ¿Y cómo se tasa?
--¿No se ve claramente lo que uno ha trabajado?--dijo Prats de mal humor.
--En el oficio de usted y en el mío, sí; pero en los ingenieros, en los inventores, en los artistas, en los hombres de talento, ¿quién les tasa el trabajo?