La lucha por la vida: Aurora roja

Part 4

Chapter 43,981 wordsPublic domain

--Creo que ha andado en algunas épocas hecho un golfo, ¿eh?--preguntó Juan mientras modelaba el barro con los dedos.

--Sí; pero ahora está muy bien; no sale de casa nunca.

--Yo, el primer día que vine, me figuré que estaban ustedes casados.

--Pues no--replicó la Salvadora ruborizada.

--Pero acabarán ustedes casándose.

--No sé.

--Sí, ya lo creo; Manuel no podría vivir sin usted. Está muy cambiado y muy pacífico. De chico, era muy valiente; tenía verdadera audacia, y yo le admiraba. Recuerdo que en la escuela vino un día uno de los mayores con una mariposa tan grande que parecía un pájaro, clavada con un alfiler. «Quítale ese alfiler», le dijo Manuel. «¿Por qué?» «Porque le estás haciendo daño.» Me chocó la contestación; pero me chocó más todavía cuando Manuel fué á la ventana, la abrió y cogió la mariposa, le sacó el alfiler y la tiró á la calle. El chico se puso tan furioso, que desafió á Manuel, y á la salida se dieron los dos una paliza, que tuvieron que separarlos á patadas, porque ya hasta se mordían.

--Sí. Manuel tiene esas cosas.

--En casa de mi tío solíamos jugar él y yo con un primo nuestro, que tendría entonces uno ó dos años. Era un chico enfermo con las piernas débiles, muy pálido, muy bonito, de mirada muy triste. A Manuel se le ocurrió hacerle un coche, y dentro de un banco viejo de madera, puesto del revés, con el asiento en el suelo, y tirando nosotros con unas cuerdas, lo llevábamos al chico de un lado á otro.

--¿Y qué fué de aquel chico?

--Murió el pobrecillo.

Mientras hablaban, Juan seguía trabajando. Al obscurecer clavó los palillos en el barro y cubrió el busto con una tela mojada.

Llegó Manuel de la imprenta.

--Hemos estado hablando de cosas antiguas--le dijo Juan.

--¿Para qué recordar lo pasado? ¿Qué has hecho hoy?

Juan descubrió el busto. Manuel encendió la luz y quedó contemplando la estatua.

--Chico--murmuró--, ya no la debes tocar. Es la Salvadora.

--¿Crees tú?--preguntó Juan preocupado.

--Sí.

--En fin, mañana lo veremos.

Efectivamente, después de muchos ensayos, el escultor había encontrado la expresión. Era una cara sonriente y melancólica, que parecía reir mirada de un punto, y estar triste mirada de otro, y que sin tener una absoluta semejanza con el modelo, daba una impresión completa de la Salvadora.

--Es verdad--dijo Juan al día siguiente--; está hecho. ¡Tiene algo esta cabeza de emperatriz romana!, ¿verdad? De este busto se ha de hablar--añadió, y, contentísimo, fué á que sacaran de puntos á la estatua. Tenía tiempo de llevarla á la Exposición.

Un sábado por la noche, Juan se empeñó en convidar al teatro á su familia. La Salvadora y la Ignacia no quisieron ir y Manuel no manifestó tampoco muchas ganas.

--A mí no me gusta el teatro--dijo--. Lo paso mejor en casa.

--Pero hombre, de vez en cuando...

--Es que me fastidia ir al centro de Madrid por la noche. Casi casi le tengo miedo.

--¡Miedo!, ¿por qué?

--Es que yo soy un hombre que no tiene energía para nada, ¿sabes?, y hago lo que hacen los demás.

--Pues hay que tener energía.

--Sí, eso me dicen todos; pero no la tengo.

Salieron los dos, y fueron á Apolo. No hacía un momento que estaban en el pórtico del teatro, cuando una mujer se acercó á Manuel.

--¡Demonio!... la Flora.

--¡Andala!..., si es Manuel--dijo ella--. ¿Qué es de tu vida?

--Estoy trabajando.

--¿Pero vives en Madrid?

--Sí.

--Pues hace una barbaridad de tiempo que no te veo, chico.

--No vengo por estos barrios.

--¿Y á la Justa, no la ves?

--No. ¿Qué hace?

--Está en la misma casa.

--¿En qué casa?

--¡Ah!, ¿pero no sabes?

--No.

--¿No sabes que está en una casa de esas?

--No sabía nada. Desde lo de Vidal, no la he vuelto á ver. ¿Cómo está?

--Hecha una jamonaza. Se da al aguardiente.

--¿Sí, eh?

--Una barbaridad; lo da también la vida. No hace más que beber y engordar.

--Pues tú estás igual que antes.

--Más vieja.

--¿Y qué haces?

--_Na_, por ahí trampeando. Yo hecha la Pascua, chiquillo; marchando mal. Si tuviera algún dinero, pondría una tiendecilla, porque para hacer como la Justa, yo no tengo redaño. ¡Palabra de honor, chico, aunque apabullado!, yo no podría vivir entre esas tías cerdas, porque, aunque una sea cualquier cosa, estando libre, puede una hacer su capricho, y si un hombre le da á una asco, mandarlo á tomar dos duros; pero, ¡leñe!, en una casa de esas hay que apencar con todo.

--¿Y la Aragonesa?

--¡La Aragonesa!, por ahí anda en coche; ya no saluda... Está con un señor rico.

--¿Y Marcos, el cojo?

--En la cárcel; ¿no te enteraste?

--No. ¿Qué pasó?

--Pues nada, que fué al Círculo un militar, que está más loco que una cabra, y se llevó todo el dinero que había en la casa. Entonces Marcos y otro matón, lo esperaron en la escalera, pero el militar echó á correr y no le cogieron. Al día siguiente, el militar, que está _guillao_, se presentó en el Círculo, tomó café, y le dijo al mozo: «Dígales usted á los dos matones de esta casa que vengan aquí, que tengo que darles á cada uno un encargo.» Fueron el cojo y el otro, y el militar empezó á bofetadas con ellos, y se armó una de tiros que todos fueron á la cárcel.

--¿Y al Maestro? ¿Le conocías tú?

--Sí; aquel se largó hace tiempo; no se sabe dónde está.

--¿Y la Coronela?

--Esa tiene una academia de baile.

La gente comenzaba á salir de la función, y los que iban á entrar se estrujaban esperando que dieran la señal. Ya la masa de público iba avanzando, cuando la Flora preguntó:

--¿Te acuerdas de la Violeta?

--¿De qué Violeta?

--Una gorda, alta, amiga de Vidal, que vivía en la calle de la Visitación.

--¿Una que hablaba francés?

--Esa.

--¿Qué le ha pasado?

--Que le dió _un paralís_ y ahora anda pidiendo limosna. Si pasas por la calle del Arenal, de noche, la verás. Espérame á la salida.

--Bueno.

Manuel, preocupado, no pudo prestar atención á lo que se representaba. Salieron del teatro. En la Puerta del Sol, Juan se encontró con un escultor, compañero suyo, y se enfrascó en una larga discusión artística. Manuel, harto de oir hablar de Rodín, de Meunier, de Puvis de Chavannes y de otra porción de gente, que no sabía quiénes eran, dijo que tenía que marcharse, y se despidió de su hermano. Antes de entrar en la calle del Arenal, en el hueco de una puerta, había una mendiga. Estaba envuelta en un mantón blanco destrozado; tenía un pañuelo en la cabeza, una falda haraposa y un palo en la mano.

Manuel se acercó á mirarla. Era la Violeta.

--Una caridad. Estoy enferma, señorito;--tartamudeó ella con una voz como un balido.

Manuel le dió diez céntimos.

--¿Pero no tiene usted casa?--la preguntó.

--No; duermo en la calle--contestó ella en tono quejumbroso.--Y esos brutos de guardias me llevan á la Delegación y no me dan de comer. Y lo que temo es el invierno, porque me voy á morir en la calle.

--Pero ¿por qué no va usted á algún asilo?

--Ya he estado, pero no se puede ir, porque esos granujas de golfos nos roban la comida. Ahora voy á San Ginés, y gracias que en Madrid hay mucha caridad, sí, señor.

Mientras hablaban, se acercaron dos busconas, una de ellas una mujer abultada y bigotuda.

--¿Y cómo se ha quedado usted así?--siguió preguntando Manuel.

--De un enfriamiento.

--No le hagas caso--dijo la bigotuda con voz ronca--; ha tenido un _cristalino_.

--Y se me han caído todos los dientes--añadió la mendiga mostrando las encías--, y estoy medio ciega.

--Ha sido un _cristalino_ terrible--agregó la bigotuda.

--Ya ve usted, señorito, cómo me he quedado. ¡Me caigo cada costalada! No tengo más que treinta y cinco años.

--Es que era muy viciosa además--dijo la mujer bigotuda á Manuel--. ¿Qué, vienes un rato?

--No.

--Yo... yo también he sido de la vida--dijo entonces la Violeta--; y ganaba... ganaba mucho.

Manuel, aterrado, le dió el dinero que llevaba en el bolsillo; dos ó tres pesetas. Ella se levantó temblando con todos sus miembros, y apoyándose en el palo comenzó á andar arrastrando los pies y sosteniéndose en las paredes. Tomó la paralítica por la calle de Preciados, luego por la de Tetuán y entró en una taberna.

Manuel, cabizbajo y pensativo, se fué á su casa.

En el comedorcito, á la luz de la lámpara, cosía la Ignacia, y la Salvadora cortaba unos patrones. Había allá un ambiente limpio, de pureza.

--¿Qué habéis visto?--preguntó la Salvadora.

Y Manuel contó, no lo que había visto en el teatro, sino lo que había visto en la calle...

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CAPÍTULO V

A los placeres de Venus.--Un hostelero poeta.--¡Mátala!--Las mujeres se odian.--Los hombres también.

Juan llevó á la Exposición el grupo de los Rebeldes, una figura de una trapera hecha en París y el busto de la Salvadora. Estaba contento; había ambiente para su obra.

Algunos decían que el grupo de los Rebeldes recordaba demasiado á Meunier, que en la Trapera se veía la imitación de Rodin; pero todos estaban conformes en que el retrato de la Salvadora era una obra exquisita, de arte tranquilo, sin socaliñas ni martingalas.

A los pocos días de inaugurarse la Exposición, Juan tenía ya varios encargos.

Satisfecho de su éxito y para celebrarlo, invitó á su familia á comer un día en el campo. Fué un domingo, una tarde de Mayo, hermosa.

--Vamos á la Bombilla--dijo Juan--. Eso debe ser muy bonito.

--No, suele haber demasiada gente--replicó Manuel--. Iremos á un merendero del Partidor.

--Donde queráis; yo no conozco ninguno. Salieron de casa, la Ignacia, la Salvadora, Juan, Manuel y el chico; siguieron la calle de Magallanes, entre las dos tapias, hasta salir por el antiguo camino de Aceiteros, frente al cementerio de San Martín. Las copas de los negros cipreses se destacaban por encima de las tapias en el horizonte luminoso. Pasaron por delante del campo santo; había allí sombra y se sentaron á contemplar los patios á través de la verja.

--¡Qué hermoso es!--dijo Juan.

El cementerio, con su columnata de estilo griego y sus altos y graves cipreses, tenía un aspecto imponente. En las calles y en las plazoletas, formadas por los mirtos amarillentos, había cenotafios de piedra ya desgastados, y en los rincones tumbas, que daban una impresión poética y misteriosa.

Mientras contemplaban el campo santo, aparecieron los dos Rebolledos y el señor Canuto.

--¿Qué, se va de paseo?--dijo el jorobado.

--Sí, á merendar--contestó Juan--. ¿Si quieren venir con nosotros?

--Hombre... vamos allá.

Siguieron todos reunidos el curso del canalillo. Luego, abandonándolo y á campo traviesa, marcharon en dirección de Amaniel.

Bajaron el repecho de una colina.

Se veía enfrente una vallada ancha, dorada por el sol, y en el fondo, sobre el cielo de turquesa, el Guadarrama, muy azul, con sus cumbres de plata bruñida. Resplandecía el césped cuajado de flores silvestres, brillaban los macizos de amapolas como manchas de sangre caídas en la hierba, y en los huertos, entre las filas de árboles frutales, se destacaban con violencia las rosas rojas, los lirios de color venenoso, las campanillas de las azucenas y las grandes flores extrañas de los altos y espléndidos girasoles.

Un estanque rectangular ocupaba el centro de una de las huertas, y por su superficie plana, negra y verdosa, nadaban los patos, blancos como copos de nieve, y al cortar el agua dejaban en ella un temblor refulgente de rayos deslumbradores.

--Pero esto es muy bonito--decía Juan á la Salvadora--; todo el mundo me ha dicho que Madrid era muy feo.

--Yo no sé, como no he visto nada--replicó ella sonriendo.

Desde una loma se veían unos merenderos hundidos entre árboles. Se oía rumor de organillos.

--Vamos á meternos en uno de éstos--dijo Juan.

Bajaron hasta llegar frente á un arco con este letrero:

Á LOS PLACERES DE VENUS

(HAY PIANO Y MUCHO MOVIMIENTO)

--No vaya á venir aquí golfería--dijo Manuel á su hermano.

--Quia, hombre.

Entraron, y por una rampa en cuesta entre boscaje, bajaron á un cobertizo de madera, con mesas rústicas, espejos y unas cuantas ventanas con persianas verdes. A un lado, había un mostrador como de taberna; en medio un organillo con ruedas.

No había más que tres ó cuatro mesas ocupadas, y en el mostrador un viejo y varios mozos de café.

--Esto parece una casa de baños--dijo Juan--; parece que por una de esas ventanas se ha de ver el mar. ¿No es verdad?

Se acercó uno de los mozos á la mesa á preguntarles lo que deseaban.

--Pues nada; queremos merendar.

--Tendrán ustedes que esperar algo.

--Sí; esperaremos.

En esto, el señor viejo que estaba en el mostrador salió de allá, se acercó á ellos, les saludó respetuosamente, agitando la gorra en la mano, y sonriendo dijo:

--Señores: soy el amo de este establecimiento, en donde han tomado ustedes asiento y se les servirá el alimento con un buen condimento, que aquí hay muy buen sentimiento, aunque poco ornamento, y si alguno está sediento, se le traerá un refrescamiento; conque vean este documento--y enseñó una lista de los precios--y ande el movimiento.

Ante un discurso tan absurdo, todo el mundo quedó asombrado; el viejo se sonrió y remató su perorata exclamado:

--¡Mátala! ¡Viva la niña!

Leyeron la lista de los precios; llamaron al mozo, quien les dijo que si les parecía bien, podrían trasladarse á un cuarto que daba á la terraza donde estarían solos.

Subieron por unas escaleras á un barracón largo, dividido en compartimientos con un corredor á un lado.

Un par de chulos de chaqueta corta y pantalón de odalisca, sacaron el organillo á la terraza. Iba entrando gente, y las parejas comenzaban á bailar.

Trajeron la merienda, el vino y la cerveza, y se iban á poner á comer, cuando volvió el amo del merendero y saludó con la gorra en la mano.

--Señores--dijo--: Si están ustedes bien en este departamento y sienten desfallecimiento, deben dedicarse pronto al mandamiento y echar fuera el entristecimiento, el descontento y el desaliento. Por eso digo yo y no miento, mi mejor argumento: ¡Ande el movimiento!

Rebolledo el jorobado que miraba al viejo sonriendo, agazapado en su silla como un conejo, terminó la alocución gritando:

--¡Mátala! ¡Viva la niña!

El viejo sonrió y ofreció su mano al jorobado, quien se la estrechó cómicamente. Todos se echaron á reir á carcajadas, y el viejo, muy satisfecho de su éxito, se marchó por el corredor. Al único á quien no le pareció bien la cosa fué al señor Canuto, que murmuró:

--¿A qué viene este burgante con esas teorías?

--¿Qué teorías?--preguntó Juan algo asombrado.

--Esas simplezas que viene diciendo, que no son más que teorías... alegorías, chapucerías y nada más. Eso es.

--En vez de tonterías, dice teorías el señor Canuto--advirtió Manuel á Juan por lo bajo.

--Ah... vamos.

Comieron alegremente al son del pianillo, que tocaba tangos, polcas y pasos dobles. La terraza poco á poco se había llenado de gente.

--Qué, ¿echamos un baile, señora Ignacia?--dijo Perico á la hermana de Manuel.

--Yo, ¡Dios bendito! ¡Qué barbaridad!

--Y usted, ¿no baila?--preguntó Juan á la Salvadora.

--No, casi nunca.

--Yo la sacaría á usted si supiera. Anda tú, Manuel. No seas poltrón. Sácala á bailar.

--Si quiere, vamos.

Salieron por el corredor al patio enlosado mientras el organillo tocaba un paso doble. Bailaba la Salvadora recogiéndose la falda con la mano, con verdadera gracia y sin el movimiento lascivo de las demás mujeres. Cuando acabó el baile, Perico Rebolledo, algo turbado, le pidió que bailara con él.

Al volver Manuel al sitio donde había merendado, tropezó en el corredor con dos señoritos y dos mujeres. Una de éstas se volvió á mirarle. Era la Justa. Manuel hizo como que no la había conocido y se sentó al lado del señor Canuto.

Volvió la Salvadora de bailar, con las mejillas rojas y los ojos brillantes, y se puso á abanicarse.

--¡Olé ahí las chicas bonitas!--dijo el jorobado--. Así me gusta á mi la Salvadora; coloradita y con los ojos alegres. Señor artista, fíjese usted y vaya tomando apuntes.

--Ya me fijo--contestó Juan.

La Salvadora sonrió ruborizada y miró á Manuel que estaba violento. Trató de buscar el motivo del malestar de Manuel, cuando sorprendió una mirada de la Justa, fija, dura, llena de odio.

--Será la que vivió antes con él--pensó la Salvadora, y con indiferencia la estuvo observando.

En esto vino el mozo, y acercándose á Manuel, le dijo:

--De parte de aquella señora, que si quiere usted pasar por su mesa.

--¡Gracias! Dígale usted á esa señora que estoy aquí con mis amigos.

Al recibir la contestación, la Justa se levantó y fué acercándose por la galería á donde estaba Manuel.

--Viene hacia aquí esa pelandusca--dijo la Ignacia.

--Más te vale ver lo que quiere--añadió la Salvadora con ironía.

Manuel se levantó y salió al corredor.

--¿Qué?--exclamó de un modo agresivo--. ¿Qué hay?

--_Ná_--contestó ella--. ¿Es que no te dejaban esas salir?

--No; es que á mí no me daba la gana.

--¿Quién es esa que está contigo? ¿Tu querida?--y señaló á la Salvadora.

--No.

--¿Tu novia?... Chico, tienes mal gusto. Parece un fideo raido.

--¡Psch! Bueno.

--¿Y ese de los pelos?

--Es mi hermano.

--Es simpático. ¿Es pintor?

--No, es escultor.

--Vamos, artista. Chico, pues me gusta. Preséntame á él.

Manuel la miró y sintió una impresión repelente. La Justa había tomado un aspecto de bestialidad repulsiva; su cara se había transformado haciéndose más torpe, el pecho y las caderas estaban abultados, el labio superior lo sombreaba un ligero vello; todo su cuerpo parecía envuelto en grasa y hasta su antigua expresión de viveza se borraba, como ahogada en aquella gordura fofa. Tenía todas las trazas de una mujerona de burdel, que ejerce su oficio con una perfecta inconsciencia.

--¿Dónde vives?--la pregunto Manuel.

--En la calle de la Reina, en casa de la Andaluza. No es cara la casa. ¿Irás?

--No--dijo Manuel secamente, y volviéndole la espalda se acercó á donde estaban los suyos.

--Muy flamenca, guapetona--dijo el jorobado. Manuel se encogió de hombros con indiferencia.

--¿Qué le has dicho?--preguntó Perico--. Se ha quedado paralizada.

El organillo no dejaba de tocar un momento; la Justa, su compañera y los dos señoritos, comenzaron á ponerse impertinentes. Reían, gritaban; tiraban huesos de aceituna. La Justa miraba siempre á la Salvadora de una manera fulminante.

--¿Por qué me mira así esa mujer?--y la Salvadora hizo esta pregunta á Manuel sonriendo.

--¿Qué sé yo?--contestó él con tristeza--. ¿Vámonos?

--Estamos bien aquí, hombre--dijo Juan.

--¿Os habéis incomodado porque he hablado con esa?--preguntó Manuel á la Salvadora.

--¿Nosotras? ¿Por qué?--y la Salvadora volvió rápidamente la cabeza y relampaguearon sus ojos.

Uno de los señoritos salió á bailar con la Justa, y al pasar por delante de donde estaban Manuel y los otros, dijo en voz alta algo insultante de las melenas de Juan.

--Vámonos--repitió Manuel.

A sus instancias, se levantaron; pagó Juan y salieron.

--Ahí va uno que se lleva la merienda guardada--dijo uno de los que bailaban al ver al jorobado.

Perico se detuvo, dispuesto á pegarse con el que insultara á su padre; pero Manuel le cogió del brazo y lo empujó hacia la salida.

--Esto es lo que no pasa en ningún lado--dijo Juan--. Sólo aquí hay este afán de insultar y de molestar á la gente.

--Falta de educación--murmuró el jorobado con indiferencia.

--Y luego no pasa nada--añadió Perico--; porque á uno de estos chulapones, con toda su fachenda, se le da un golpe y se queda con él, alborota mucho y nada.

--Pero es muy desagradable--repuso Juan--eso de no poder ir á ningún lado sin que alguien trate de ofenderle á uno. En el fondo de esto--dijo después burlonamente--hay un espíritu provinciano. Recuerdo que en Londres, en uno de esos parques enormes que hay allá, por las tardes veía jugar á la raqueta á dos señores, uno gordo, bajito, con una gorrita en la cabeza y el otro flaco, esquelético, con levita y sombrero de paja. Yo iba con un español y un inglés, y el español, como es natural, se las echaba de gracioso. Al ver aquel par de tipos, verdaderamente ridículos, que jugaban en medio de una porción de personas que les miraban muy serios, el español dijo: «Esto no podría pasar en Madrid, porque se reirían de ellos y tendrían que dejar su juego». «Sí--contesto el inglés--; ese es el espíritu provinciano, propio de un pueblo pequeño; pero á un inglés de Londres, no le asombra nada, ni por muy grande, ni por muy ridículo que sea.»

--Lo partió por el eje--dijo el señor Canuto guiñando un ojo maliciosamente.

--Yo no les hubiera hecho caso--dijo la Salvadora, que no oyó el cuento de Juan.

--Ni yo--añadió la Ignacia--. ¡Jesús bendito, qué mujer! ¡Qué descaro!; es una perdición.

--Bueno, bueno; por eso mismo me he querido yo marchar, por evitar una riña--saltó Manuel--; porque á vosotras os gusta armarla, y luego si viene alguna consecuencia desagradable, entonces vienen las lamentaciones.

--Si tú tienes mal humor por el encuentro, nosotras no tenemos la culpa--repuso la Salvadora.

Manuel enmudeció y volvieron hacia Madrid, tomando el camino de la Moncloa. Después por la calle de Rosales se metieron en el paseo de Areneros.

Al llegar aquí, había obscurecido; pasaban los tranvías atestados haciendo sonar sus timbres; se acercaban unos, otros huían rápidamente hasta que en el aire polvoriento se perdían las miradas rojas ó verdes de sus farolillos redondos.

Desde la proximidad del hospital de la Princesa, hacia el campo, se veían paredones blancos, ventanas abiertas iluminadas de casas de cuatro pisos de Vallehermoso. A lo lejos se divisaba el horizonte confuso, rojizo, y los desmontes dorados por los últimos rayos del sol, que se dibujaban en líneas horizontales en el cielo.

--Da todo esto una impresión angustiosa, ¿verdad?--dijo Juan.

Nadie le contestó. Iba obscureciendo aún más; la noche arrojaba puñados de ceniza sobre el paisaje; el cielo tomaba un color siniestro, gris, sucio, surcado por algunas vagas estrías rojizas; la llama oscilante de los faroles se estremecía en el aire polvoriento.

En el final del paseo, Juan se despidió de todos. Luego, solo, se detuvo un momento á mirar el campo. En frente se veía la torre de ladrillo del Hospital de Clérigos, más lejos una cúpula plomiza y los cipreses del cementerio de San Martín, destacándose en el horizonte. De la chimenea de la fábrica de electricidad salía el humo á borbotones densos, y en el aire pesado del crepúsculo iba extendiéndose paralelamente á la tierra, como un escuadrón de caballos salvajes.

Y el paisaje árido, unido á la pobreza de las construcciones, á los gritos de la gente, á la pesadez del aire, daba una impresión de fatiga, de incomodidad, de vida sórdida y triste...

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CAPÍTULO VI

Las vagas ambiciones de Manuel.--Las mujeres mandan. Roberto.--Se instala la imprenta.

En los días anteriores á la apertura de la Exposición, Juan no apareció por casa de Manuel. Pintores y escultores se pasaban la vida de café en café, discutiendo y, sobre todo, intrigando. Juan estaba asqueado al verse en aquel ambiente de miserias, de ruindades, de bajas maquinaciones.

Su grupo _Los Rebeldes_, mal colocado en el salón adrede, apenas se veía. El retrato de la Salvadora estaba en mejor sitio y había causado efecto; los periódicos hablaban de Juan; uno del jurado le había dicho que él le votaría para una segunda medalla, pero que como todas estaban comprometidas, no le podrían dar más que una tercera. Juan le contestó que hiciesen en conciencia lo que les pareciese, pero el del jurado le advirtió que le dijera si iba ó no á aceptar la tercera medalla, porque en el caso de no aceptarla se la darían á otro.

Juan sintió deseos de rechazarla, pero esto daba á entender que estaba mortificado, y la aceptó.

--¿Cuánto te dan por eso?--le preguntó Manuel.

--Mil pesetas.

--Entonces haces bien en aceptar. Los periódicos dicen que tus estatuas son de lo mejor de la Exposición; para la gente has obtenido un triunfo. Ahora te dan ese dinero. Tómalo.

--¡Psch!

--Si no lo quieres, dámelo á mí; esas pesetas me podrían hacer el gran avío.

--¿A ti? ¿Para qué?

--Hombre, tengo ya desde hace tiempo la idea de tomar una imprenta en traspaso.