La lucha por la vida: Aurora roja
Part 3
Algunas veces Manuel, cuando salía pronto de la imprenta, bajaba por la calle Ancha y esperaba á la Salvadora. Pasaban las modistas en grupos, hablando, bromeando, casi todas muy peripuestas y bien peinadas; la mayoría finas, delgaditas, la cara indicando la anemia, los ojos maliciosos, obscuros, verdes, grises; unas con mantilla, otras de mantón y sin nada en la cabeza. En medio de algún grupo de éstos solía aparecer la Salvadora, en invierno de mantón, en verano con su traje claro, la mantilla recogida y las tijeras que le colgaban del cuello. Se destacaba del grupo de sus amigas y se acercaba á Manuel, y los dos juntos marchaban calle arriba hablando de cosas indiferentes, algunas veces sin cambiar una palabra.
A Manuel le halagaba que supusieran que la Salvadora era su novia, y constituía para él un motivo de orgullo verla acercarse y ponerse á su lado y notar las miradas maliciosas de las amigas.
* * * * *
A los dos años de estar Manuel instalado en la calle de Magallanes, los Rebolledos alquilaron el piso bajo de la casa. El jorobado fué quien arregló la barbería y el taller de su hijo. Se encontraban los dos en auge; el barbero se había transformado en peluquero y su Barbería Antiséptica de la tapia del Rastro se llamaba en la calle de Magallanes La Antiséptica, peluquería artística. Perico Rebolledo, estaba hecho un hombre. Después de pasar tres años con un ingeniero electricista había aprendido tal número de cosas, que Rebolledo padre, no se atrevía ya á discutir con él para no demostrar su ignorancia.
El jorobado experimentaba una mezcla de orgullo y de envidia; sólo discutiendo con su hijo, sentía más la envidia que otra cosa; pero en presencia de extraños, los elogios que se hacían de Perico le llenaban de orgullo y de júbilo.
Siempre que podía, el jorobado dejaba su barbería en manos de un mancebo chato como un rodaballo, con menos frente que un chimpancé, con los pelos pegados y llenos de cosmético, y entraba en el taller.
--¡Si uno no tuviera que estar rapando barbas!--murmuraba melancólicamente.
Cuando cerraba la barbería era cuando el hombre se encontraba á sus anchas. Miraba y remiraba lo que hacía Perico y encontraba defectos en todo. Como no había llegado á comprender por falta de nociones de matemáticas la manera de resolver problemas en el papel, se refugiaba para demostrar su superioridad en los detalles, en las cosas que exigian habilidad y paciencia.
--Pero, chico, esto no está bien limado. Trae esa lima, hombre, no sabéis hacer nada.
Perico le dejaba hacer.
El jorobado había encontrado la manera de que el contador de la luz eléctrica marcara al revés ó no marcara, y hacía un gasto de flúido tremendo.
Muchas veces la Ignacia, la Salvadora y Manuel, después de acostar al chico bajaban al taller. Manuel hablaba de la imprenta y de las luchas de los obreros; la Salvadora de su taller y de las chicas de su escuela; Perico explicaba sus proyectos, y el jorobado jugaba al tute con la Ignacia ó dejaba volar su imaginación.
En el invierno crudo, unos días el jorobado y otros la Ignacia, llenaban un brasero de cisco y alrededor solían pasar la velada.
Algunas noches se oía en la ventana un golpecito suave, salía la Ignacia á abrir, se oían pasos en el portal, y entraba el señor Canuto envuelto en su parda capa, con la gorra de pelo hasta las orejas, y una pipa corta entre los dientes.
--¡Fresco, fresco!--decía, frotándose las manos--. Buenas noches á todos.
--Hola, señor Canuto--contestaban los demás.
--Siéntese usted--le indicaba el jorobado.
Se sentaba el hombre, y terciaba en el juego.
Luego había una pregunta que todas las noches se la hacían maliciosamente.
--¿Y de historias? ¿qué hay, señor Canuto?
--Nada, murmuraciones, nada--replicaba él--. Cuchichí, cuchichá... cuchichear.
Sonreían los circunstantes, y á veces la Salvadora no podía contener la carcajada.
El señor Canuto el veterinario, era un tipo raro, un tanto misántropo, que vivía en una casilla del cementerio de la Patriarcal.
Había sido anarquista militante y murguista, pero hacía ya mucho tiempo que no practicaba ni una cosa ni otra. Este hombre no leía libros, ni periódicos, ni nada, y á pesar de esto, sabía muchas cosas; había llegado á formar en su cabeza una verdadera enciclopedia de conocimientos caseros, y como tenía un ingenio recatado y sagaz, todo lo que oía lo guardaba en su memoria; después discurría acerca de las cosas oídas, las estudiaba desde todos sus puntos de vista y sacaba sus consecuencias; así es que encontraba en sus paseos solitarios soluciones para todos los problemas humanos, aun los más trascendentales y abstrusos. Su individualismo era tan feroz, que hasta el lenguaje lo había transformado para su uso particular.
Cuando murmuraba por lo bajo:
--¡Teorías, alegorías, chapucerías!--era que lo que le contaban le parecía era una cosa desdichada y absurda.
En cambio cuando aseguraba:
--Eso reúne... pero que reúne mucho, era que estaba satisfecho.
Ahora, cuando llegaba á decir:
--Ná, que ese gachó ha echado el sello y que va _coayugando_, era que para él no se podía hacer mejor una cosa.
Además de trastornar la significación y el sentido de las palabras, para hacerlas más incomprensibles, las cortaba. Así el depen era el dependiente; el coci, el cocido; la galli, la gallina, y no se contentaba con esto sino que muchas veces daba á las palabras una terminación cualquiera, y decía: el depen...dista, la galli...menta, el coci...mento y el burg...ante en vez del burgués.
El señor Canuto era amigo íntimo de Rebolledo. El uno decía del otro:
--Es de los pocos hombres de inteligencia que hay en España.
En general, estas tertulias se suspendían el verano para tomar el fresco.
Algunas noches de Julio y de Agosto iban al bulevar de la calle de Carranza, y allí refrescaban con horchata ó limón helado, y para las once ú once y media estaban en casa.
Verano é invierno, la vida de las dos familias transcurría tranquilamente, sin disputas, sin grandes satisfacciones; pero también sin grandes dolores.
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CAPÍTULO III
Los dos hermanos.--Juan charla.--Recuerdos de hambre y de bohemia.
Manuel subió las escaleras con su hermano, abrió la casa, y pasaron al comedor. Manuel estaba completamente azorado; la llegada de Juan le perturbaba por completo. ¿A qué vendría?
--Tienes una bonita casa--dijo Juan, contemplando el cuartito limpio con la mesa redonda en medio y el aparador lleno de botellas.
--Sí.
--¿Y la hermana?
--Ahora vendrá. No sé qué hace. ¡Ignacia!--llamó desde la puerta.
Entró la Ignacia, que recibió á su hermano más sorprendida que satisfecha. Tenía la mujer ya su vida formada y reglamentada, y su egoísmo se sentía inquieto ante un nuevo factor que podía perturbarla.
--¿Y este perro, de dónde ha venido?--preguntó alborotada la mujer.
--Es mío--dijo Juan.
Al entrar la Salvadora, Juan no pudo evitar un movimiento de sorpresa.
--Es una amiga que vive con nosotros como una hermana--murmuró Manuel.
Al decir esto, Manuel se turbó un poco, y la turbación se comunicó á la Salvadora; Juan saludó, y se inició entre los cuatro una conversación lánguida. De pronto entró gritando el hermano de la Salvadora en el comedor; Juan le acarició, pero no preguntó quién era; el chico se puso á jugar con el perro. La discreción de Juan, al no decir nada, les azoró aún más; las mejillas de la Salvadora enrojecieron, como si fueran á echar sangre, y balbuceando un pretexto, salió del cuarto.
--¿Y qué has hecho? ¿qué ha sido de tu vida?--preguntó maquinalmente Manuel.
Juan contó cómo había salido del seminario; pero el otro no le oía, preocupado por la turbación de la Salvadora.
Luego Juan habló de su vida en París, una vida de obrero, haciendo chucherías, bibelots y sortijas, mientras estudiaba en el Louvre y en el Luxemburgo, y trabajaba en su casa con entusiasmo.
Mezcló en sus recuerdos sus impresiones artísticas, y habló de Rodín y de Meunier, con un fuego que contrastaba con la frialdad con que era escuchado por la Ignacia y Manuel; después expuso sus ideas artísticas; quería producir ese arte nuevo, exuberante, lleno de vida, que ha modernizado la escultura en las manos de un genio francés y de un gran artista belga; quería emancipar el arte de la fórmula clásica, severa y majestuosa de la antigüedad, quería calentarlo con la pasión, soñaba con hacer un arte social para las masas, un arte fecundo para todos, no una cosa mezquina para unos pocos.
En su entusiasmo, Juan no comprendía que hablaba á sus hermanos en un lenguaje desconocido para ellos.
--¿Tienes ya casa?--le preguntó Manuel en un momento en que Juan dejó de hablar.
--Sí.
--¿No quieres cenar con nosotros?
--No, hoy no; mañana. ¿Qué hora es?
--Las seis.
--Ah, entonces me tengo que marchar.
--Y, oye, ¿cómo has llegado á encontrarme?
--Por una casualidad; hablando con un escultor compañero mío que se llama Alex.
--Sí lo conozco. ¿Y cómo sabía dónde vivía yo?
--No, ese no lo sabía; ese me dirigió á un inglés que se llama Roberto, y éste sabía donde estabas de cajista. Por cierto me encargó que fueras á verle.
--¿En dónde vive?
--En el Hotel de París.
--Pues iré á verle. ¡Qué! ¿te vas ya?
--Sí, mañana vendré.
Se fué Juan, y la Ignacia, la Salvadora y Manuel hicieron largos comentarios acerca de él. La Ignacia era la que más escamada estaba con la llegada; suponía si trataría de vivir á su costa; la Salvadora lo encontraba simpático; Manuel no decía nada.
--La verdad es que viene hecho un tipo raro--pensó--; en fin, ya veremos qué le trae por aquí.
Al día siguiente, al llegar Manuel á casa, se encontró con su hermano, que charlaba en el comedor con la Ignacia y la Salvadora.
--¡Hola! ¿Te quedas á cenar?
--Sí.
--A ver si ponéis alguna cosa más--dijo Manuel á la Ignacia--. Este estará acostumbrado á comer bien.
--¡Quia!
Manuel notó que en poco tiempo Juan había logrado hacerse agradable á las dos mujeres; el hermano de la Salvadora hablaba con él como si le hubiese conocido toda su vida.
Encendieron la luz, pusieron la mesa y se sentaron á cenar.
--¡Qué agradable es este cuarto!--dijo Juan--. Se ve que vivís bien.
--Sí--contestó Manuel con cierta indiferencía--, no estamos mal.
--Este--replicó la Ignacia--nunca te dirá que está bien. Todo lo de fuera de casa le parece mejor. ¡Ay, Dios bendito! ¡Qué mundo tan desengañado!
--Qué desengañado ni qué nada--replicó Manuel--, yo no he dicho eso.
--Lo dices á cada paso--añadió la Salvadora.
--Bueno. ¡Qué opinión tienen de uno las mujeres! Aprende aquí, Juan. No vivas nunca con ninguna mujer.
--Con ninguna mujer decente, quiere decir--interrumpió la Salvadora con amable ironía--; si es con una golfa, sí. Esas tienen muy buen corazón, según dice éste.
--Y es verdad--repuso Manuel.
--Ya se desengañará--exclamó la Ignacia.
--No le haga usted caso--murmuró la Salvadora--; habla por hablar.
Manuel se echó á reir de tan buena gana, que los demás rieron con él.
--Tengo que hacer un busto de usted--dijo de pronto el escultor á la Salvadora.
--¿De mí?
--Sí, la cara solamente; no se alarme usted. Cuando tenga usted tiempo de sobra, lo empezaremos. Si lo concluyera en este mes, lo llevaría á la Exposición.
--¿Pues qué, tiene mi cara algo de particular?
--Nada--dijo Manuel burlonamente.
--Ya, ya lo sé.
--Sí tiene de particular, sí, mucho. Ahora que será muy difícil coger la expresión.
--Sí que será difícil, sí--dijo Manuel.
--¿Por qué?--preguntó la Salvadora algo ruborizada.
--Porque tienes una cara especial. No eres como nosotros, por ejemplo, que siempre somos guapos, elegantes, distinguidos...; tú no, un día estás fea y desencajada y flaca, y otro día de buen color, y casi casi hasta guapa.
--¡Qué tonto eres, hijo!
--¿Será muy nerviosa?--preguntó Juan.
--No--replicó la Ignacia--; es que trabaja como una burra, y así se va á poner mala; ya lo ha dicho el señor Canuto. Una enfermedad viene con cualquier cosa...
--¡Vaya una autoridad!--dijo riéndose la Salvadora--. ¡Un veterinario! A ese le debía usted hacer el retrato. Ese sí que tiene la cara rara.
--No, no me interesan los veterinarios. Pero de veras, ¿no tiene usted al día una hora libre para servirme de modelo?
--Sí--dijo Manuel--; ¡ya lo creo!
--¿Y hay que estarse quieta, quieta? Porque no lo voy aguantar.
--No, podrá usted hablar, y descansará usted cuando quiera.
--¿Y de qué va usted á hacer el retrato?
--Primero de barro, y luego lo sacaré en yeso ó en mármol.
--Nada, mañana se empieza--dijo Manuel--. Está dicho.
Estaban en el postre cuando llamaron á la puerta, y entraron en el comedor los dos Rebolledos y el señor Canuto. Manuel los presentó á Juan, y mientras tomaban café, charlaron. Juan, á instancia del barbero, contó las novedades que había visto en París, en Bruselas y en Londres.
Perico le hizo algunas preguntas relacionadas con cuestiones de electricidad; Rebolledo el padre y el señor Canuto escuchaban atentos, tratando de grabar bien en la memoria lo que oían.
--Sí, en esos pueblos se debe poder vivir--dijo el señor Canuto.
--Cuesta trabajo llegar--contestó Juan--; pero el que tiene talento, sube. Allí la sociedad no desperdicia la inteligencia de nadie; hay mucha escuela libre...
--Ahí está. Eso es lo que no se hace aquí--dijo Rebolledo--. Yo creo que si hubiera tenido sitio donde aprender, hubiera llegado á ser un buen mecánico, como el señor Canuto hubiera sido un buen médico.
--Yo, no--dijo el viejo.
--Usted, sí.
--Hombre, hace algún tiempo, quizás. Cuando vine aquí y puse mi máquina en movimiento, no sé si por la primera expansión de los gases, fuí encaramándome, encaramándome poco á poco, eso es; pero luego vino el desplome. Y yo no sé si ahora mi cerebro se ha convertido en un caracol ó en un cangrejo, porque voy en mi vida reculando y reculando. Eso es.
Este extraño discurso fué acompañado de ademanes igualmente extraños, y no dejó de producir cierta estupefacción en Juan.
--¿Pero por qué no habla usted como todo el mundo, señor Canuto?--le preguntó, burlonamente, la Salvadora por lo bajo.
--Si tuviera veinte--y el viejo guiñó un ojo con malicia--ya te gustaría mi parafraseo, ya. Te conozco, Salvadorita. Ya sabes lo que yo digo. Cuchichí, cuchichá... cuchichear.
Se echaron todos á reir.
--¿Y cómo llegó usted á París?--preguntó Perico--. En seguida que se escapó usted del seminario, ¿fué usted allá?
--No, ¡quia! Pasé las de Caín antes.
--Cuenta, cuenta eso--dijo Manuel.
--Pues nada. Anduve cerca de un mes de pueblo en pueblo, hasta que en Tarazona entré á formar parte de una compañía de cómicos de la legua, constituída por los individuos de una sola familia. El director y primer actor se llamaba don Teófilo García; su hermano, el galán joven, Maximiano García, y el padre de los dos, que era el barba, don Símaco García. Allí todos eran Garcías. Era esta familia la más ordenada, económica y burguesa que uno puede imaginarse. La característica, doña Celsa, que era la mujer de don Símaco, repasaba los papeles mientras guisaba; Teófilo tenía una comisión de corbatas y de botones; don Símaco vendía libros; Maximiano ganaba algunas pesetas jugando al billar, y las muchachas, que eran cuatro, Teodolinda, Berenguela, Mencía y Sol, las cuatro á cual más feas, se dedicaban á hacer encaje de bolillos. Yo entré como apuntador, y recorrimos muchos pueblos de Aragón y de Cataluña. Una noche, en Reus, habíamos hecho _La cruz del matrimonio_, y al terminar la función, fuímos Maximiamo y yo al Casino. Mientras él jugaba, á mi lado vi á un chico que estaba haciendo un retrato, al lápiz, de un señor. Me puse yo también á hacer lo mismo en la parte de atrás de un prospecto.
Al terminar él su retrato, se lo entregó al señor, quien le dió un duro; después, se acercó donde yo estaba y miró el dibujo mío. «Está bien eso», dijo. ¿Has aprendido á dibujar?» No. «Pues lo haces bien. ¡Ya lo creo!» Hablamos; me dijo que andaba á pie por los pueblos haciendo retratos, y que se marchaba á Barcelona. Yo le conté mi vida, nos hicimos amigos, y al final de la conversación, me dice: «¿Por qué no vienes conmigo?» Nada; dejé los cómicos y me fuí con él.
Era un tipo extraño este muchacho. Se había hecho vagabundo por inclinación, y le gustaba vivir siempre andando. Llevaba en la espalda un morralito y dentro una sartén. Compraba sus provisiones en los pueblos, y él mismo hacía fuego y guisaba.
Pasamos de todo, bueno y malo, durmiendo al raso y en los pajares; en algunos pueblos, porque llevábamos el pelo largo, nos quisieron pegar; en otros marchamos muy bien. A mitad del camino, ó cosa así, en un pueblo donde llegamos muertos de hambre, nos encontramos con un señor de grandes melenas y traje bastante derrotado, con un violín debajo del brazo. Era italiano. «¿Son ustedes artistas?» nos dijo. «Sí», contestó mi compañero. «¿Pintores?» Sí, señor; pintores. «¡Oh, magnífico! Me han salvado ustedes la vida. Tengo comprometida la restauración de dos cuadros de la iglesia, en cincuenta duros cada uno, y yo no sé pintar; les estoy entreteniendo al cura y al alcalde, diciendo que necesito pinturas especiales traídas de París. Si quieren ustedes emprender la obra, nos repartiremos las ganancias.»
Aceptamos el negocio, y mi compañero y yo nos instalamos en una posada. Comenzamos la obra, y, mal que bien, hicimos la restauración de uno de los cuadros, y gustó al pueblo. Cobramos nuestros cincuenta duros; pero, al repartir el dinero, hubo una disputa entre mi amigo y el italiano, porque éste quería la mitad y mi amigo no le dió ni la tercera parte. El italiano pareció conformarse; pero al día siguiente, por lo que nos enteramos después, fué á ver al alcalde y le dijo: «Necesito ir á Barcelona para comprar pinturas, y quisiera que me adelantaran dinero». El alcalde le creyó, y le dió los cincuenta duros de la otra restauración por anticipado.
No le vimos al italiano en todo el día, y por la noche vamos á la tertulia, que la hacíamos en la botica del pueblo, y allí nos dice el alcalde: «¿De modo que el italiano ha tenido que ir á Barcelona, eh?» Yo iba á decir que no; pero mi amigó me dió con el pie, y me callé. Al salir de la botica, el compañero me dijo: «El italiano se ha llevado los cuartos; no hemos podido pagar la posada. Si nos quedamos aquí, nos rompen algo; vámonos ahora mismo.»
Echamos á andar y no paramos en dos días. Una semana después llegamos á Barcelona, y como no encontramos trabajo, nos pasamos todo un verano comiendo dos panecillos al día y durmiendo en los bancos. Por fin, salió un encargo: un retrato que hice yo, por el que me pagaron cincuenta pesetas. Poco dinero se habrá aprovechado tan bien. Con estos diez duros, alquilamos una guardilla por treinta reales al mes, compramos dos colchones usados, un par de botas para cada uno, y todavía nos sobró dinero para un puchero, carbón y un saco de patatas, que llevamos al hombro entre los dos, desde el Mercado hasta la guardilla.
Un año pasamos así, dejando muchos días de comer y estudiando; pero mi compañero no podía soportar el estar siempre en el mismo sitio y se marchó. Me quedé solo; al cabo de algún tiempo, me empezaron á comprar dibujos y empecé á modelar. Cogía mi barro, y allí, dale que dale, me estaba hasta que salía algo. Presenté unas estatuítas en la Exposición, y las vendí, y cosa curiosa: el primer encargo de alguna importancia que tuve, fué para un seminario: varios bustos de unos profesores. Cobré y me fuí á París. Allí, al principio, estuve mal; vivía en una guardilla alta, y cuando llovía mucho, el agua se metía en el cuarto; luego encontré trabajo en una joyería y estuve haciendo modelos de sortijas, y al mismo tiempo aprendiendo. Llegó la época del Salón, presenté mi grupo _Los rebeldes_, se ocuparon algo de mí los periódicos de París, y ahora ya tengo encargos suficientes para poder vivir con holgura. Esa ha sido mi vida.
--Pues es usted un hombre--dijo el señor Canuto, levantándose--, y verdaderamente, me honro dándole á usted la mano. Eso es.
--Templado es el chico--dijo Rebolledo.
Eran ya cerca de las once, y hora de retirarse.
--¿Vienes á dar una vuelta?--dijo Juan á su hermano.
--No, Manuel no sale de noche--repuso la Ignacia.
--Como se tiene que levantar temprano...--añadió la Salvadora.
--¿Ves?--exclamó Manuel--. Esta es la tiranía de las mujeres. ¿Y todo por qué? Por el jornal nada más; no creas que es de miedo á que me dé un aire. Por el jornalito.
--¿A qué hora vendré á empezar el busto?--preguntó Juan.
--¿A las cinco?
--Bueno; á las cinco estaré aquí.
Salieron de casa los Rebolledos, el señor Canuto y Juan, y en la puerta se despidieron.
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CAPÍTULO IV
El busto de la Salvadora.--Las impresiones de Kis.--Malas noticias.--La Violeta.--No todo es triste en la vida.
El busto de la Salvadora, hecho por Juan, fué, durante un mes, el acontecimiento de la casa. Todos los días variaba el retrato; unas veces, era la Salvadora melancólica; otras, alegre; tan pronto imperiosa como lánguida; con la mirada abatida, como con los ojos fijos y relampagueantes.
Había entre los críticos de la casa disparidad de pareceres.
--Ahora está bien--decía el señor Canuto.
--No; ayer estaba mejor--replicaba Rebolledo.
Todas las tardes Juan trabajaba sin descansar un momento, mientras la Salvadora, con su gatillo rojo en la falda, cosía. El perro de Juan también se había ganado la amistad de la Salvadora, y se arrimaba á ella y se acurrucaba á sus pies.
--Este perro está entusiasmado con usted--le dijo Juan.
--Sí. Es muy bonito.
--Quédese usted con él.
--No, no.
--¿Por qué no? Yo no le puedo llevar siempre conmigo, y le tengo que dejar encerrado en casa. Aquí viviría mejor.
--Bueno; pues que se quede. ¿Cómo se llama?
--Kis.
--¿Kis?
--En inglés quiere decir beso.
--¿Es inglés el perro?
--Debe ser; me lo regaló una inglesa; una jorobadita pintora, á quien conocí en el Louvre.
--Si es un recuerdo, no quiero que lo deje usted.
--No; está mejor con usted.
* * * * *
Kis se quedó en la casa, con gran satisfacción de Enrique, el hermano de la Salvadora. Las impresiones que experimentó aquel can inglés en su nueva morada, se desconocen.
Sólo se sabe que le asombró bastante la conducta de Roch, el gatillo rojo, que parecía un conejo, y que tenía las patas de atrás mucho más largas que las de delante.
Kis le invitó varias veces con ladridos alegres á jugar con él, y Roch, que era sin duda un ser insociable y algo hipocondríaco, se puso á bufar, y luego, corriendo, saltó á la falda de la Salvadora, donde parecía haber hecho su nido, y allí se quedó haciendo _rum-rum_.
Este Roch, con su facha de conejo, era un ser extravagante é incomprensible. Cuando la Salvadora cosía á la máquina, se ponía á su lado y le gustaba mirar de cerca la luz eléctrica, hasta que, aturdido, cerraba los ojos y se dormía.
En vista de la insociabilidad de Roch, Kis hizo nuevas exploraciones en la casa; conoció á Rebolledo y á su hijo, que le parecieron personas respetables; en el corral observó á las gallinas y al gallo, y no le inspiraron bastante confianza para proponerles un juego. Las palomas, con sus arrullos monótonos, le parecieron completamente estúpidas, y los pájaros no le dieron la impresión de cosas vivas.
Hizo conocimiento en el patio con unos gatillos blancos, que tomaban el sol, y echaban á correr cuando le veían, y con un burro, un tanto melancólico y no muy fino en sus maneras, á quien llamaban Galán.
Pero de todos los personajes que conoció en aquella extraña casa, ninguno le asombró tanto como un galápago, que le miraba con sus ojillos redondos, parpadeando.
Luego Kis ingresó en una partida de perros vagabundos que andaban por la calle de Magallanes y merodeaban por los alrededores, y como no tenía preocupaciones, á pesar de ser de aristocrática familia, fraternizó al momento con ellos.
* * * * *
Una tarde, la Salvadora y Juan hablaban de Manuel.