La lucha por la vida: Aurora roja

Part 2

Chapter 24,000 wordsPublic domain

Al amanecer, después de una noche de insomnio, sobre el duro saco de paja, se levantó Juan; en la cocina de la venta estaban ya los guardias. Salieron los tres. Aún no había amanecido cuando comenzaron á subir por un camino en zig-zag lleno de piedras blancas que escalaba el monte entre encinas corpulentas de hojas rojizas. Salió el sol; desde una altura se veía el pueblo en el fondo de un valle estrecho; Juan buscó con la mirada la casa del médico; en una de las ventanas había una figura de mujer. Juan sacó su pañuelo y lo hizo ondear en el aire; luego se secó disimuladamente una lágrima... Siguieron andando; desde allá el sendero corría en línea recta por el declive de una falda cubierta de césped en la que los rebaños blancos y negros pastaban al sol; luego las sendas se dividían y se juntaban camino adelante. Encontraron al paso un viejo harapiento, con las guedejas largas y la barba hirsuta. Iba descalzo, apenas vestido, y llevaba una piedra al hombro. Le llamaron los dos guardias, el hombre miró de través y siguió andando.

--Es un inocente--dijo el de los bigotes--ahí abajo vive solo con su perro--y mostró una casa de ganado, con una huerta limitada por una tapia baja hecha de grandes piedras.

Al final del sendero que atravesaba el declive, el camino se torcía y entraba por unos pinares hasta terminar junto al lecho seco de un torrente lleno de ramas muertas. Los guardias y Juan comenzaron á subir por allá. Era la ascensión fatigosa. Juan, rendido, se paraba á cada instante, y el guardia de los bigotes le gritaba con voz campanuda:

--No hay que pararse. Al que se pare le voy á dar dos palos--y después añadía riendo y haciendo molinetes con una garrota que acababa de cortar:--¡Arriba, chiquito!

Terminó la subida por el lecho del torrente y pudieron descansar en un abrigadero de la montaña. Se divisaban desde allá extensiones sin límites, cordilleras lejanas como murallas azules, sierras desnudas de color de ocre y de color de rosa, montes apoyados unos en otros. El sol se había ocultado; algunos nubarrones violáceos avanzaban lentamente por el cielo azul.

--Tendrás que volver con nosotros, chiquito--dijo el guardia de los bigotes--; se barrunta la borrasca.

--Yo sigo adelante--dijo Juan.

--¿Tanta prisa tienes?

--Sí, no quiero volver atrás.

--Entonces no esperes, vete de prisa á ganar aquella quebrada. Pasándola, poco después hay un chozo donde podrás guarecerte.

--Bueno. ¡Adiós!

--¡Adiós, chiquito!

Juan estaba cansado, pero se levantó y comenzó á subir la última estribación del monte por una escabrosa y agria cuesta.

--No hay que retroceder nunca--murmuró entre dientes.

Los nubarrones iban ocultando el cielo; el viento venía denso, húmedo, lleno de olor de tierra; en las laderas, las ráfagas de aire rizaban la hierba amarillenta; en las cumbres, apenas movían las copas de los árboles de hojas rojizas. Luego, las faldas de los montes se borraron envueltas en la niebla; el cielo se obscureció más; pasó una bandada de pájaros gritando.

Comenzaron á oirse á lo lejos los truenos, algunas gruesas gotas de agua sonaron entre el follaje, las hojas secas danzaron frenéticas de aquí para allá, corrían en pelotón por la hierba, saltaban por encima de las malezas, es calaban los troncos de los árboles, caían y volvían á rodar por los senderos... de repente un relámpago formidable desgarró con su luz el aire, y al mismo tiempo, una catarata comenzó á caer de las nubes. El viento movió con rabia loca los árboles y pareció querer aplastarlos contra el suelo.

Juan llegó á la parte más alta del monte, un callejón entre paredes de roca. Las bocanadas de viento encajonado no le dejaban avanzar.

Los relámpagos se sucedían sin intervalos; el monte, continuamente lleno de luz, temblaba y palpitaba con el fragor de la tempestad y parecía que iba á hacerse pedazos.

--No hay que retroceder--se decía Juan á sí mismo.

La hermosura del espectáculo le admiraba en vez de darle terror; en las puntas de los hastiales de ambos lados de esquistos agudos caían los rayos como flechas.

Juan siguió á la luz de los relámpagos á lo largo de aquel desfiladero hasta encontrar la salida.

Al llegar aquí, se detuvo á descansar un instante. El corazón le latía con violencia; apenas podía respirar.

Ya la tempestad huía; abajo, por la otra parte de la quebrada, se veía brillar el sol sobre la mancha verde de los pinares... el agua clara y espumosa corría á buscar los torrentes; entre las masas negruzcas de las nubes aparecían jirones de cielo azul.

--Adelante siempre--murmuró Juan. Y siguió su camino.

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PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I

Un barrio sepulcral.--Divagaciones trascendentales.--Electricidad y peluquería.--Tipos raros, buenas personas.

La casa estaba en una plazoleta sin nombre, cruzada por la calle de Magallanes, cerca de unos antiguos y abandonados cementerios. Limitaban la plazoleta, por un lado, unas cuantas casas sórdidas que formaban una curva, y por el otro, un edificio amarillo, bajo, embutido en una larga tapia. Este edificio amarillo, con una bóveda pizarrosa y un tinglado de hierro con una campana, era, á juzgar por un letrero medio borrado, la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores.

A derecha y á izquierda de esta iglesia, seguía una tapia medio derruida; á la izquierda, la tapia era corta y tenía una puerta pequeña, por cuyas rendijas se veía un cementerio con los nichos vacíos y las arcadas ruinosas; á la derecha, en cambio, la pared, después de limitar la plazoleta, se torcía en ángulo obtuso formando uno de los lados de la calle de Magallanes, para lo cual se unía á las verjas, paredones, casillas y cercas de varios cementerios escalonados unos tras otros. Estos cementerios eran el general del Norte, las Sacramentales de San Luis y San Ginés y la Patriarcal.

Al terminar los tapiales en el campo, desde su extremo se veían en un cerrillo las copas puntiagudas de los cipreses del cementerio de San Martín, que se destacaban rígidas en el horizonte.

Por lo dicho, se comprende que pocas calles podrían presentar méritos tan altos, tan preeminentes para obtener los títulos de sepulcral y de fúnebre, como la de Magallanes.

En Madrid, donde la calle profesional no existe, en donde todo anda mezclado y desnaturalizado, era una excepción honrosa la calle de Magallanes, por estar francamente especializada, por ser exclusivamente fúnebre, de una funebridad única é indivisible. Solamente podía parangonarse en especialización con ella alguna que otra callejuela de barrios bajos y la calle de la Justa, hoy de Ceres. Esta última, sobre todo, dedicada galantemente á la diosa de las labores agrícolas, con sus casuchas bajas en donde hacen tertulia los soldados; esta calle resto del antiguo burdel, poblada de mujeronas bravías, con la colilla en la boca, que se hablan de puerta á puerta, acarician á los niños, echan céntimos á los organilleros y se entusiasman y lloran oyendo cantar canciones tristes del presidio y de la madre muerta, podía sostener la comparación con aquélla, podía llamarse sin protesta alguna calle del Amor, como la de Magallanes podía reclamar con justicia el nombre de calle de la Muerte.

Otra cualidad un tanto paradójica unía á estas dos calles, y era que así como la de Ceres á fuerza de ser francamente amorosa recordaba el sublimado corrosivo y á la larga la muerte, así la de Magallanes por ser extraordinariamente fúnebre parecía á veces una calle jovial, y no era raro ver en ella á algún obrero cargado de vino ó alguna pareja de golfos sentados en el suelo, recordando sus primeros amores.

La plazoleta innominada, cruzada por la calle de Magallanes, tenía una parte baja por donde corría ésta y otra á un nivel más alto que formaba como un raso delante de la parroquia. En este raso ó meseta, con una gran cruz de piedra en medio, solían jugar los chicos novilleros de la vecindad.

Todas las casas de la plazoleta y de la calle de Magallanes eran viviendas pobres, la mayoría de piso bajo, con un patio grande y puertas numeradas; casi todas ellas eran nuevas, y en la línea entera únicamente había una casa aislada, una casita vieja de un piso, pequeña y rojiza.

Tenía la tal casucha un tejado saliente y alabeado, una puerta de entrada en medio, á un lado de ésta una barbería y al otro una ventana con una reja.

Algunas casas, como los hombres, tienen fisonomía propia, y aquélla la tenía; su fachada era algo así como el rostro de un viejo alegre y remozado; los balcones, con sus cortinillas blancas y sus macetas de geranios rojos y capuchinas verdes, debajo del alero torcido y prominente, parecían ojos vivarachos sombreados por el ala de un chambergo.

La portada de la barbería era azul, con un rótulo blanco que decía:

LA ANTISÉPTICA

PELUQUERÍA ARTÍSTICA

En los tableros de ambos lados de la tienda había pinturas alegóricas: en el de la izquierda se representaba la sangría por un brazo, del cual manaba un surtidor rojo, que iba á parar con una exactitud matemática al fondo de una copa; en el otro tablero se veía una vasija repleta de cintas obscuras. Después de contemplar éstas durante algún tiempo, el observador se aventuraba á suponer si el artista habría tratado de representar un vivero de esos anélidos, vulgarmente llamados sanguijuelas.

¡La sangría! ¡Las sanguijuelas! ¡A cuántas reflexiones médico-quirúrgicas no se prestaban estas elegantes alegorías!

Del otro lado de la puerta de entrada, en el cristal de la ventana con rejas, escrito con letras negras se leía:

REBOLLEDO

MECÁNICO-ELECTRICISTA

SE HACEN INSTALACIONES DE LUCES,

TIMBRES, MOTORES, DÍNAMOS

LA ENTRADA POR EL PORTAL

Y para que no hubiera lugar á dudas, una mano con ademán imperativo mostraba la puerta, oficiosidad un tanto inútil, porque no había más portal que aquél en la casa.

Los tres balcones del único piso, muy bajos, casi cuadrados, estaban atestados de flores. En el de en medio, la persiana verde antes de llegar al barandado, se abombaba al pasar por encima de un listón saliente de madera; de este modo, la persiana no cubría completamente el balcón y dejaba al descubierto un letrero que decía:

BORDADORA

SE DAN LECCIONES

El zaguán de la casa era bastante ancho, en el fondo una puerta daba á un corralillo, á un lado partía una recia escalera de pino, muy vieja, en donde resonaban fuertemente los pasos.

Eran poco transitados aquellos parajes; por la mañana pasaban carros con grandes piedras talladas en los solares de corte y volquetes cargados de escombros.

Después, la calle quedaba silenciosa y en las horas del día no transitaba por ella más que gente aviesa y maleante.

Algún trapero, sentado en los escalones de la gran cruz de piedra, contemplaba filosóficamente sus harapos; algunas mujeres pasaban con la cesta al brazo, y algún cazador, con la escopeta al hombro, cruzaba por aquellos campos baldíos.

Al caer de la tarde los chicos que salían de una escuela de párvulos llenaban la plaza; pasaban los obreros de vuelta del Tercer Depósito, en donde trabajaban, y ya al anochecer, cuando las luces rojas del Poniente se obscurecían y las estrellas comenzaban á brillar en el cielo, se oía melancólico y dulce el tañido de las esquilas de un rebaño de cabras...

* * * * *

Una tarde de Abril, en el taller de Rebolledo, el mecánico electricista, Perico y Manuel charlaban.

--¿No salís hoy?--preguntó Perico.

--¿Quién sale con este tiempo? Va á llover otra vez.

--Sí, es verdad.

Manuel se acercó á mirar por la ventana. El cielo estaba nublado, el ambiente gris; el humo de una fábrica salía de la alta chimenea y envolvía la torre de ladrillo y la cúpula pizarrosa de una iglesia cercana. El lodo cubría el raso de la parroquia de los Dolores, y en la calle de Magallanes el camino, roto por la lluvia y por las ruedas de los carros, tenía profundos surcos llenos de agua.

--¿Y la Salvadora?--preguntó Perico.

--Bien.

--¿Ya está mejor?

--Sí. No fué nada... un vahído.

--Trabaja mucho.

--Sí; demasiado. Se lo digo, pero no me hace caso.

--Vais á haceros ricos pronto. Ganáis mucho y gastáis poco.

--¡Pchs!... no sé.

--¡Bah!... que no sabes...

--No. Que esas deben tener algún dinero guardado, sí; pero no se cuánto... para emprender algo; nada.

--¿Y qué emprenderías tú si tuvieras dinero?

--¡Hombre!... tomaría una imprenta.

--¿Y qué le parece eso á la Salvadora?

--Bien; ella, como es tan decidida, cree que todo se puede conseguir con voluntad y con paciencia, y cuando le digo que hay alguna máquina que se vende, ó algún local que se alquila, me hace ir á verlos... Pero todavía eso está muy lejos; quizás, tiempo adelante, podamos hacer algo.

Manuel volvió á mirar distraído por la ventana, mientras Perico le contemplaba con curiosidad. Comenzó á llover, cayeron gruesas gotas como perlas de acero que saltaron en el agua negra de los charcos; poco después una ráfaga de viento arrastró las nubes y salió el sol; se aclaró el cuarto; al poco tiempo volvió á nublarse y el taller de Perico Rebolledo quedó á obscuras.

Manuel seguía con la vista los cambios de forma del humo negrísimo espirado por la chimenea de la fábrica; unas veces subía á borbotones oblicuamente en el aire gris; otras era una humareda tenue que rebasaba los bordes del tubo como el agua en un surtidor sin fuerza y se derramaba por las paredes de la chimenea; otras subía como una columna recta al cielo y cuando venía una ráfaga huracanada el viento parecía arrancar violentamente pedazos de humo y escamotearlos en la extensión del espacio.

El cuarto en donde hablaban Perico y Manuel era el taller del electricista, un cuartito pequeño y bajo de techo como un camarote de barco. En la ventana, sobre el alféizar, había un cajón lleno de tierra en donde nacía una parra que salía al exterior por un agujero de la madera. En medio del cuarto estaba la mesa de trabajo, y unido á ésta, un banco de carpintero con un tornillo de presión. A un lado de la ventana, en la pared, había un reloj de pesas, de madera pintarrajeada, y al otro lado una librería alta con unos cuantos tomos y en el último estante un busto de yeso que desde la altura en que se encontraba miraba con cierto olímpico desdén á todo el mundo. Había además en las paredes un cuadro para probar lamparillas eléctricas, dos ó tres mapas, fajos de cordones flexibles, y en el fondo, un viejísimo y voluminoso armario desvencijado. Encima de este armatoste, entre llaves de metal y de porcelana, se advertía un aparato extraño cuya aplicación práctica era difícil de comprender al primer golpe de vista y quizás también al segundo.

Era un artificio mecánico movido por la electricidad, que Perico tuvo en el escaparate durante mucho tiempo como anuncio de su profesión. Un motor eléctrico movía una bomba, ésta sacaba el agua de una cubeta de cinc y la echaba á un depósito de cristal colocado en alto; de aquí el agua pasaba por un canalillo y después de mover una rueda caía á la cubeta de cinc de donde había partido. Esta maniobra continua del aparato atraía continuamente un público de chiquillos y de vagos. Por último, Perico se cansó de exhibirlo, porque se colocaban los grupos delante de la ventana y le quitaban la luz.

* * * * *

--Sí, hombre--dijo Perico después de un largo rato de silencio--, debías establecerte cuanto antes y casarte.

--¡Casarme! ¿Con quién?

--¡Toma! ¿con quién? Con la Salvadora. Tu hermana, el chiquillo, tú y ella... podéis vivir al pelo.

--Es que la Salvadora es una mujer muy rara, chico--dijo Manuel--¿Tú la entiendes? Pues yo tampoco. Me tiene, creo yo, algún cariño, porque soy de la casa, como al gato; pero en lo demás...

--¿Y tú?

--Hombre, yo no sé si la quiero ó no.

--¿Aún te acuerdas de la otra?

--Al menos aquella me quería.

--Lo que no impidió que te dejara; la Salvadora te quiere.

-¡Qué sé yo!

--No digas. Si no hubiese sido por ella, ¿dónde estarías tú?

--Estaría hecho un golfo.

--Me parece.

--Si no lo dudo; pero el cariño no es como el agradecimiento.

--¿Y tú no tienes más que agradecimiento por ella?

--No lo sé, la verdad. Yo creo que por ella sería capaz de hacer cualquier cosa; pero me impone como si fuera una hermana mayor, casi como si fuera mi madre.

Manuel calló, porque el padre del electricista, Rebolledo el jorobado y un amigo suyo entraron en el taller.

Eran los recién venidos un par de tipos extravagantes; llevaba Rebolledo, padre, un sombrero hongo de color café con leche con una gran gasa negra, una chaqueta casi morada, unos pantalones casi amarillentos, del color de la bandera de la peste y un bastón de caña con puño de cuerno.

El amigo era un viejecillo con aire de zorro, de ojos chiquitos y brillantes, nariz violácea surcada por rayas venosas y bigote corto y canoso. Iba endomingado. Vestía una chaqueta de un paño duro como piedra, un pantalón de pana, un bastón hecho con cartas con una bola de puño y en el chaleco una cadena de reloj adornada con dijes. Este hombre se llamaba Canuto, el señor Canuto, y vivía en una de las casas anejas al cementerio de la Patriarcal.

--¿No está tu hermana?--preguntó Rebolledo el barbero á Manuel.

--No; ya ve usted.

--Pero bajará.

--Creo que sí.

--La voy á llamar.

El jorobado salió al portal y gritó varias veces:

--¡_Señá_ Ignacia! ¡_Señá_ Ignacia!

--Ya vamos--contestaron de arriba.

--¿Tú querrás jugar?--preguntó el barbero á Manuel.

--Hombre... la verdad; no me distrae.

--¿Y tú?--añadió, dirigiéndose á su hijo.

--No, padre, no.

--Bueno; como quieras.

--A éstos no les gustan las diversiones manuales--dijo muy serio el señor Canuto.

--¡Pchs! si no somos más que tres, jugaremos al tute arrastrado--murmuró el barbero.

Se presentó la Ignacia en el cuarto, una mujer de treinta á cuarenta, muy esmirriada, y poco después entró la Salvadora.

--¿Y Enrique?--la dijo Manuel.

--En el patio de al lado, jugando.

--¿Quieres echar una partida?--preguntó Rebolledo á la muchacha.

--Bueno.

--Entonces somos dos contra dos.

--Ya la han pescado á usted--dijo Perico á la Salvadora--; la compadezco.

--Tú cállate--exclamó el barbero--; estos muchachos son unos sosos. Anda, siéntate aquí, Salvadora. Tú y yo en contra de la _señá_ Ignacia y del señor Canuto. Les vamos á ganar; ya verás... y eso que son dos marrajos. Corte usté, _señá_ Ignacia... Vamos allá. Los dos hombres y la Ignacia jugaban con gran atención; la Salvadora se distraía, pero ganaba.

Mientras tanto, Perico y Manuel hablaban cerca de la ventana. Sonaba en la calle el gotear de la lluvia densa y ruidosa. Perico explicaba las cosas que tenía en estudio, entre las cuales había una que se figuraba haber ya resuelto y que era la simplificación de los arcos voltaicos; pensaba pedir una patente para explotar su invento.

Hablaba el electricista con Manuel, pero no dejaba de contemplar á la Salvadora con una mirada humilde llena de entusiasmo. En esto, apareció en el cristal de la ventana una cabeza que estuvo largo rato mirando hacia adentro.

--¿Quién es ese fisgón?--preguntó Rebolledo.

Manuel se asomó á la ventana. Era un joven vestido de negro, delgado, con un sombrero puntiagudo en la cabeza y el pelo largo. El joven retrocedió hasta el medio de la calle para mirar la casa.

--Parece que anda buscando algo--dijo Manuel.

--¿Quién es?--preguntó la Salvadora.

--Un tipo raro con melena, que anda por ahí mojándose--contestó Perico.

La Salvadora se levantó para verle.

--Será algún pintor--dijo.

--Mal tiempo ha escogido para pintar--repuso el señor Canuto.

El joven, después de mirar y remirar la casa, se decidió á meterse en el portal.

--Vamos á ver lo que quiere--murmuró Manuel, y abriendo la puerta del cuarto salió al zaguán en donde estaba el joven de las melenas, seguido de un perro negro de lanas finas y largas.

--¿Vive aquí Manuel Alcázar?--preguntó el joven de las melenas, con ligero acento extranjero.

--¡Manuel Alcázar! ¡Soy yo!

--¿Tú?... Es verdad... ¿No me conoces? Soy Juan.

--¿Qué Juan?

--Juan... tu hermano.

--¿Tú eres Juan? ¿Pero de dónde vienes? ¿De dónde has salido?

--Vengo de París, chico; pero déjame que te vea--y Juan llevó á Manuel hasta la calle. Sí, ahora te reconozco--le dijo y le abrazó, echándole los brazos al cuello--pero ¡cómo has variado! ¡qué distinto estás!

--Tú en cambio estás igual, y hace ya quince años que no nos hemos visto.

--¿Y las hermanas?

--Una vive conmigo. Anda, sube á casa.

Manuel, azorado con la llegada imprevista de su hermano, le acompañó hasta el piso principal.

Rebolledo, el señor Canuto y los demás, desde la puerta del taller presenciaron la entrevista con el mayor asombro.

CAPÍTULO II

La vida de Manuel.--Las tertulias del enano.--El señor Canuto y su fraseología.

Manuel había llegado á encarrilarse, á reglamentar su trabajo y su vida. El primer año, la amistad de Jesús le arrastró en algunas ocasiones. Luego dejaron de vivir juntos. La Fea se casó con el Aristón, y la Ignacia, la hermana de Manuel, se quedó viuda. La Ignacia no tenía medios de ganarse la vida; lo único que sabía era lamentarse y con sus lamentaciones convenció á su hermano de que viviera con ella.

La Salvadora se fué con la Fea, á la que consideraba como su hermana; pero á los pocos días salió de la casa porque Jesús no la dejaba á sol y á sombra, empeñado en convencerla de que tenía que amontonarse con él. Entonces la Salvadora fué á vivir con Manuel y con la Ignacia.

Pactaron que ella daría una parte á la Ignacia para la comida de su hermano y la suya. Buscaron casa y la encontraron en la calle de Magallanes que, además de ser barata, estaba cerca del taller donde trabajaba Manuel.

Al poco tiempo, ya no se hicieron cuentas aparte. La Salvadora fué la depositaria del dinero y la Ignacia la que llevaba el peso de la casa y hacía la comida, mientras lanzaba quejas contra el destino adverso.

Con el objeto de librarse de la explotación de los camiseros, la Salvadora y la Fea habían puesto entre las dos una tienda de confecciones de ropas para niños en la calle del Pez. La Salvadora iba todas las mañanas á la tiendecilla, y por la tarde trabajaba en casa. Luego se le ocurrió que podría aprovechar estas horas dando lecciones de bordado y no se descuidó; puso su muestra en el balcón, y al cabo de los cuatro ó cinco meses iban por la tarde cerca de veinte chiquillas con sus bastidores á aprender á bordar.

Este trabajo de día en el taller, por la tarde en la escuela y de noche en casa, y la falta de sueño, tenían á la muchacha flaca y con grandes ojeras. No recordaba lo que había sido de niña; su carácter se había dulcificado de tal manera, que estaba desconocida; lo único que persistía en ella era su afición al trabajo. A los veinte años, la Salvadora era una muchacha alta, esbelta, con la cintura que hubiese podido rodear una liga, y la cabeza pequeña.

Tenía la nariz corta, los ojos obscuros grandes, el perfil recto y la barbilla algo saliente, lo que le daba un aspecto de dominio y de tesón. Se peinaba dejándose un bucle que le llegaba hasta las cejas y le ocultaba la frente, y esto contribuía á darle un aire más imperioso.

Por la calle llevaba siempre un ceño de mal humor, pero cuando hablaba y sonreía variaba por encanto.

Su expresión era una mezcla de bondad, de amargura y de timidez, que despertaba una profunda simpatía; su risa le iluminaba el rostro; pero á veces sus labios se contraían de una manera tan sarcástica, tan punzante, que su sonrisa entonces parecía penetrar como la hoja de un cuchillo.

Aquella cara tan expresiva, en donde se transparentaba unas veces la ironía y la gracia, otras como un sufrimiento lánguido, contenido, producía á la larga un deseo vehemente de saber qué pasaba dentro de aquella cabeza voluntariosa. La Salvadora, como casi todas las mujeres enérgicas y algo románticas, era entusiasta de los animales; con ella la casa, al cabo de algún tiempo, parecía un arca de Noé. Había gallinas, palomas, unos cuantos conejos en el corral, dos canarios, un verderón y un gatito rojo, que se llamaba Roch.