La lucha por la vida: Aurora roja
Part 17
Hormigueaba la gente por las calles. En los balcones y en las ventanas, en las cornisas y los tejados, en las tiendas y en los portales, se amontonaban los curiosos. El sol reía en los trajes claros de las mujeres, en los sombreros vistosos, en las sombrillas rojas y blancas, en los abanicos que aleteaban como mariposas, y bajo el cielo azul de Prusia todo palpitaba y refulgía y temblaba á la luz del sol con una vibración de llama.
Manuel fué husmeando por entre la multitud; á veces el gentío lo llevaba á un lado y tenía que estarse en la esquina de una calle quieto durante algún tiempo.
Un temblor le iba y otro le venía, pensando que á cada momento podía oir una explosión. Por fin se hizo la masa menos compacta y Manuel pudo avanzar; la gente iba hacia la Carrera de San Jerónimo.
--¿Ha pasado algo?--dijo Manuel á un municipal.
--No.
--¿Por qué va la gente hacia allá?
--Para ver otra vez al rey.
--¿Tiene que volver á pasar por aquí?
--Sí.
Manuel avanzó hasta ponerse en primera fila, cerca de los soldados, en la calle Mayor. Miró á todas partes por si veía á Juan ó alguno de los compañeros. No vió á nadie.
No tardó mucho en estar la comitiva de vuelta. A la entrada de la Carrera de San Jerónimo se veía avanzar la tropa de jinetes que abría el paso.
La muchedumbre, mal contenida por los guardias civiles, avanzaba en oleadas; pasaban por entre los caballos, hombres y mujeres congestionados, rojos, sudando. Los soldados que formaban la carrera, hacían retroceder á la gente con la culata de sus fusiles.
Comenzó á pasar la comitiva por entre las filas de soldados y los cuchillos del maüser, que refulgían al sol; aparecieron los palafreneros á caballo, abriendo la marcha, con sus trajes vistosos, de casaca, media blanca y sombrero de tres candiles; luego siguieron varios coches, de concha y de laca pintados y dorados, con sus postillones á la grupa y sus lacayos tiesos, empelucados, llenos de galones, y los caballos hermosos, de movimientos petulantes, con penachos blancos y amarillos. Después de estos coches de respeto, pasaron otros también dorados, ocupados por señoras ajadas, adornadas con diademas, con el traje cubierto por montones de perlas, acompañadas por hombres de aire insignificante, enfundados en uniformes vistosos, con el pecho lleno de cruces y de placas.
--¿Quiénes son?--preguntó Manuel.
--Serán diputados ó senadores.
--No--repuso otro--; éstos son mayordomos de Palacio. Criados elegantes.
Dos viejas gordas sudorosas, vociferando, peleándose con la gente, llegaron hasta ponerse en primera fila.
--Ahora veremos bien--dijo una de ellas.
--¿Ve usted esas que pasan ahí?--las dijo un aprendiz con sorna señalando á las damas con el dedo--. Pues esas son las que hacen subir los garbanzos.
--Y que el pueblo no pueda vivir--añadió un hombre de malas trazas.
--¡Qué feas son!--murmuró una de las viejas gordas á su compañera.
--No, que serán guapas--replicó el aprendiz--. Con esa señora se podría poner una carnicería--añadió señalando con el dedo una anciana y melancólica ballena que iba en un coche suspendido por muelles.
--Y _tó_ lo llevan al aire--siguió diciendo la vieja á su compañera sin hacer caso de las observaciones del muchacho.
--_Pa_ que no las entre la polilla--replicó el aprendiz.
--Y _tien_ las tetas _arrugás_.
--No, que las tendrán duras.
--¿Y esas señoras son las ricas?--preguntó la lugareña á Manuel muy preocupada.
--Sí.
--Parece que tienen cara de no haberse desayunado nunca. ¿Verdad, usted?--preguntó el aprendiz en serio.
--Ya vienen, ya vienen.
Se estrechó más la gente. Manuel tembló. Pasaron las infantas en sus coches con los caballerizos á los lados; luego los príncipes de Asturias.
--¡Ahí va Caserta!--se oyó decir.
Luego del coche de los príncipes, vino otro vacío, después unos cuantos soldados de la Escolta Real y el rey, la reina y una infanta.
El rey saludaba militarmente, hundido en el coche, con el aire fatigado é inexpresivo.
La regente, rígida, miraba á la multitud con indiferencia, y sólo en los ojos de la infanta, de tez morena, había un relámpago de vida y de alegría.
--Qué delgado está.
--Parece enfermo--se oía decir á un lado y á otro.
Pasó todo el cortejo; la masa de gente se hizo más permeable. Manuel pudo acercarse á la esquina de la calle Mayor y en ella se encontró con el señor Canuto. Por el brillo de las mejillas le pareció que debía estar borracho.
--¿Qué hay?--le dijo Manuel--. ¿De donde viene usted?
--De Barcelona.
--¿Ha visto usted á Juan?
--Ahí está en la calle Mayor.
--¿No ha pasado nada?
--¿Te parece poco? Se ha acabado el reinado de María Cristina--dijo el señor Canuto en voz alta--. Esta buena señora tendrá muchas virtudes; pero lo que es suerte, no nos ha dado muy buena á los españoles. ¡Vaya un reinado! Miles de hombres muertos en Cuba, miles de hombres muertos en Filipinas, hombres atormentados en Montjuich, inocentes como Rizal fusilados, el pueblo muriéndose de hambre. Por todas partes sangre... miseria... ¡Vaya un reinado!
Manuel abandonó al señor Canuto en su peroración y se dirigió á la esquina de la calle Mayor.
Juan estaba pálido y sin fuerzas, formando un grupo con Prats, Caruty y el Madrileño.
Estos dos últimos borrachos gritaban y escandalizaban.
--Vamos, tú--le dijo Manuel á Juan--. Esto se ha terminado.
Volvieron todos por la Puerta del Sol y se encontraron con el Libertario y con el señor Canuto.
--¿No decía yo que no pasaría nada?--dijo el Libertario sarcásticamente. Yo no sé qué ilusiones os habíais hecho vosotros. Nada. Los terribles revolucionarios que iban á pedir cuenta al gobierno de los miles de hombres sacrificados en Cuba y en Filipinas para sostener la Monarquía, modelos de corrección y de sensatez, se han marchado de Madrid á derrochar su oratoria fanfarrona por los rincones de provincias. Nada. Esto es la sociedad española; este desfile de cosas nuestras ante la indiferencia de un pueblo de eunucos.
El Libertario tenía una exaltación fría.
--Aquí no hay nada--siguió diciendo burlonamente--; esto es una raza podrida; esto no es pueblo; aquí no hay vicios ni virtudes, ni pasiones; aquí todo es m...--y repitió la palabra dos ó tres veces.--Política, religión, arte, anarquistas, m... Puede ese niño abatido y triste recorrer su ciudad. Lo puede hacer y puede andar si quiere á latigazos con esta morralla. Ese rebaño de imbéciles no se incomodará.
--¡Tienes razón!--exclamó el señor Canuto.
En esto cruzó la Puerta del Sol, entre la gente, un batallón. Sonaban estrepitosamente los tambores, brillaban las bayonetas y los sables. Al llegar frente á la calle del Arenal la banda comenzó á tocar un paso doble.
Se pararon.
--Aquí está la _mili_, como siempre, haciendo la pascua--dijo el señor Canuto.
Al pasar la bandera los soldados se cuadraban; el teniente decía: ¡Firmes! y saludaba con el sable.
--El trapo glorioso--exclamó alto el señor Canuto--; el símbolo del despotismo y de la tiranía.
Un teniente oyó la observación y se quedó mirando al viejo amenazadoramente.
Caruty y el Madrileño intentaron cruzar por en medio de los soldados.
--No se puede pasar--dijo un sargento.
--Estos _sorchis_, porque visten con galones--dijo el Madrileño--, ya se figuran que son superiores á nosotros.
Pasó una bandera y dió la coincidencia de que se parara delante de ellos.
El teniente se acercó al señor Canuto:
--Quítese usted el sombrero--le dijo.
--¿Yo?
--Sí.
--¡No me da la gana!
--Quítese usted el sombrero.
--He dicho que no me da la gana.
El teniente levantó el sable.
--¡Eh, guardias!--gritó--. ¡Prendedle!
Un hombre bajito, de la policía secreta, se echó sobre el señor Canuto.
--¡Muera el ejército! ¡Viva la Revolución social! ¡Viva la Anarquía!--gritó el viejo temblando de emoción y levantando el brazo en el aire.
Luego ya no se le vió; desapareció entre la multitud; unos polizontes se arrojaron sobre él; los guardias civiles metieron sus caballos entre la gente... Juan intentó ir en socorro del viejo; pero le faltaron las fuerzas, y se hubiera caído si no le hubiera agarrado Manuel. Este fué sosteniéndole hasta sacarle de en medio del gentío. Pasaron entre los caballos y los coches amontonados en la Puerta del Sol. Juan iba poniéndose muy pálido.
--Ten fuerza un momento, ya vamos á salir--le decía Manuel.
Llegaron á la acera y tomaron un coche. Cuando pararon delante de casa en la calle de Magallanes, Juan estaba desmayado y tenía las ropas llenas de sangre.
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CAPÍTULO IX
La noche.--Los cuervos.--Amanece.--Ya estaba bien.--Habla el Libertario.
Al llegar, Manuel tomó en brazos á Juan y le subió á su casa.
La Ignacia y la Salvadora, al verle en aquel estado, preguntaron desoladas.
--¿Qué ha sido? ¿Qué ha sido?
--Nada, qué le ha dado un vómito y no sé cómo no se ha muerto. Está desmayado.
Le desnudaron entre los tres, le pusieron botellas de agua caliente y llamaron al médico. Le dió éste una poción de morfina, porque de cuando en cuando el enfermo seguía tosiendo y echando sangre.
--¿Cómo está?--le preguntó la Salvadora al médico.
--Mal, muy mal. Hay una depauperación grande y la enfermedad se encuentra muy avanzada. No puede resistir más que días.
Se marchó el médico, se tranquilizó Juan, y pasó toda la noche durmiendo, con un sueño tranquilo. A veces su respiración se hacía bronca y sibilante; otras, de su pecho salía un gorgoteo, como el del agua al salir de una botella. Pasaban minutos en que parecía que ya no alentaba, hasta que un suspiro profundo normalizaba de nuevo la respiración.
La Salvadora y Manuel pasaron toda la noche en el cuarto, observando al enfermo.
Por la mañana la Ignacia salió de casa á oir misa.
--Vete tú también á la imprenta--dijo la Salvadora á Manuel--; si pasa algo, ya te avisaré.
Al volver de la calle la Ignacia, dijo con cierto misterio á la Salvadora:
--¿Se ha marchado Manuel?
--Sí.
--Me alegro.
--¿Por qué?
--Porque he avisado un cura para que confiese á Juan. El pobre lo está deseando. ¡Como ha sido seminarista! Pero no se atreve á pedirlo.
Quedó la Salvadora azorada con la noticia.
--¿Pero sabes tú si él querrá confesarse?--preguntó.
--Sí, ya lo creo. Se lo diremos nosotras.
--Yo no, yo no se lo digo.
--Pues se lo diré yo. Y la Ignacia se acercó á la cama.
--No, no le despiertes.
--Déjame.
En aquel momento sonó la campanilla de la casa.
--Aquí está--dijo la Ignacia.
Al ruido de abrir y cerrar la puerta, Juan abrió los ojos, y al ver á la Salvadora sonrió.
--Siento una gran debilidad, pero estoy muy á gusto. ¿He dormido mucho rato?--preguntó.
--Sí, todo el día. Nos has dado un susto grande--balbuceó la Salvadora--, y la Ignacia, como es así, ha llamado á un cura, y está ahí.
El rostro de Juan se demudó:
--¿Está ahí?--preguntó intranquilo.
--Sí.
--No le dejes entrar. Defíendeme, hermana mía. Quieren turbar mis últimos momentos. Defíendeme. Y Juan buscó la mano de la Salvadora.
--No tengas cuidado--dijo ella--. Si no quieres, no entrará.
--No, no, nunca.
--Espera un momento, le voy á decir que se vaya.
Salió la Salvadora al comedor. Un cura, alto, flaco, huesudo, con una sotana raida, paseaba de arriba á abajo.
--Permítame usted, señor cura--le dijo la Salvadora.
--¿Qué quieres, hija mía?
--Mire usted, señor cura, mi cuñado nos ha dado un susto grande. Creíamos que se iba á morir; por eso su hermana le ha avisado á usted; pero ahora ya ha pasado el peligro y no queremos asustarle.
--¿Asustarle?--repuso el cura--no, al revés; se tranquilizará.
--Es que ha tomado hace poco una medicina y está entontecido.
--No importa, no importa; me han dicho que es un chico muy bueno, pero de ideas avanzadas, antirreligiosas; además, ha sido seminarista y es necesario que se retracte. Y el cura trató de pasar á la alcoba.
--No entre usted, señor cura--murmuró la Salvadora.
--Mi obligación es salvar su alma, hija mía.
--Entonces espere usted un momento; yo le hablaré de nuevo--replicó ella--. Y entrando en la alcoba cerró la puerta con llave.
--¿Se ha marchado?--la preguntó Juan débilmente.
--Sí.
--Defiéndeme, hermana mía--gimió el enfermo--, que no entre nadie más que mis amigos.
--Nadie entrará--repuso ella.
--¡Gracias! ¡gracias!--murmuró él--y volviéndose de lado añadió--: Voy á seguir con mi sueño.
De cuando en cuando la Ignacia, con voz imperiosa, llamaba á la puerta de la alcoba, pero Juan apenas oía y la Salvadora no contestaba.
--Si vieras--murmuró el enfermo--las cosas que he soñado esta noche. ¡Oh qué sueños tan hermosos!
En esto se oyó un murmullo de voces; luego llamaron más fuerte á la puerta de la alcoba.
--Abre, Salvadora--dijo la voz de Manuel.
Abrió ella y Manuel entró de puntillas en el cuarto.
--Ya se ha marchado--advirtió en voz baja.
--Tu mujer es una mujer valiente--murmuró sonriendo Juan--; le ha despedido al cura que venía á confesarme.
Juan tendió una mano á la Salvadora y otra á Manuel.
--Nunca he sido tan feliz--dijo--. Parece que la proximidad de la muerte ha de ser terrible, ¿verdad? Pues yo la veo venir como una cosa tan vaga, tan dulce...
Durante todo el día Juan estuvo hablando con sus hermanos, de la infancia, de sus ideas, de sus sueños...
Los Rebolledos estaban en el comedor por si se ofrecía algo.
Al anochecer se oyó una aldabada discreta, se cerró recatadamente la puerta y alguien subió salvando de dos en dos los escalones. Era el Libertario que venía á enterarse de lo que pasaba. Al saber el estado de Juan, hizo un ademán de desesperación.
Contó que el señor Canuto estaba en el hospital gravísimo. Le habían dado sablazos en la cabeza y en la espalda. Tenía una conmoción cerebral y probablemente moriría.
--¿Va usted á entrar á ver á Juan?--le preguntó Perico Rebolledo.
--No, voy á avisar á los amigos y luego volveré.
Salió el Libertario corriendo y al poco rato volvió acompañado de Prats, del Bolo y del Madrileño.
Pasaron los cuatro á la alcoba. Juan estaba cansado de hablar y sentía una gran debilidad. Alargó la mano á los amigos, y murmuró:
--Ahora estoy soñando cosas hermosas, muy hermosas. Adiós, compañeros. Yo he cumplido mi misión, ¿verdad?... seguid trabajando. Ahí os dejo mis papeles... Si creéis que son útiles para la idea, publicadlos... ¡Adiós!
Se quedaron los anarquistas en el comedor charlando. Dejaron el balcón abierto. De la taberna alguien había dado la noticia al Círculo de la gravedad de Juan, y de vez en cuando se acercaba alguno á la casa y desde la misma calle gritaba:
--¿Eh?
--¿Quién es?--decía Prats ó el Libertario saliendo al balcón.
--¡Salud, compañero!
--Salud.
--¿Cómo está Juan?
--Mal.
--¡Qué lástima! Vaya... salud.
--Salud.
Al cabo de un rato se repetía lo mismo.
La Salvadora y Manuel estaban en el cuarto de Juan, que divagaba continuamente: Sentía el enfermo la preocupación de ver la mañana, y á cada paso preguntaba si no había amanecido.
Tenían abiertas las contraventanas por orden de Juan. A las cuatro empezó á amanecer; la luz fría de la mañana comenzó á filtrarse por el cuarto. Juan durmió un rato y se despertó cuando ya era de día.
En el cielo azul, con diafanidades de cristal, volaban las nubes rojas y llameantes del crepúsculo.
--Abrid el balcón--dijo Juan.
Manuel abrió el balcón.
--Ahora levantadme un poco la cabeza.
Metió la Salvadora el brazo por debajo de la almohada y le irguió la cabeza. Luego le colocaron un almohadón debajo para que estuviera más cómodo.
Ya el sol de una mañana de Mayo, brillante como el oro, iba iluminando el cuarto.
--¡Oh! Ahora estoy bien--murmuró el enfermo.
El reflejo rojo del día daba en el rostro pálido del enfermo. De pronto hubo una veladura en sus pupilas, y una contracción en la boca.
Estaba muerto.
La Salvadora y la Ignacia vistieron á Juan, que había quedado como un esqueleto. Quitaron la mesa del comedor y allí pusieron el cadáver.
Su rostro después de la muerte, tomó una expresión de serenidad grande.
Durante todo el día no pararon de ir y venir compañeros. Entraban, hablaban en voz baja y se marchaban entristecidos.
Por la noche se reunieron más de doce personas á velar al muerto. Manuel entraba también á contemplarle.
¡Quién le había de decir que aquel hermano á quien no había visto en tanto tiempo iba á dejar una huella tan profunda en su vida!
Recordaba aquella noche de su infancia, pasada junto á su madre muerta. El mismo flujo tumultuoso de pensamientos le sobrecogían. ¿Qué hacer? pensaba. Se ha hundido todo. ¿Es que ya no quedaba en la vida cosa digna de ser deseada? ¿Es que ya no había más plan que hundirse para siempre en la muerte?
--¡Te has ido al otro mundo con un hermoso sueño--y miraba el cadáver de Juan--, con una bella ilusión! Ni los miserables se levantarán, ni resplandecerá un día nuevo, sino que persistirá la iniquidad por todas partes. Ni colectiva ni individualmente podrán libertarse los humildes de la miseria, ni de la fatiga, ni del trabajo constante y aniquilador.
--¡Acuéstate!--dijo la Salvadora á Manuel viéndole tan excitado.
Estaba rendido y se tendió en la cama.
Tuvo un sueño extraño y desagradable. Estaba en la Puerta del Sol y se celebraba una fiesta, una fiesta rara. Llevaban en andas una porción de estatuas; en una ponía «La Verdad», en la otra «La Naturaleza», en la otra «El Bien»; tras ellas iban grupos de hombres de blusa con una bandera roja. Miraba Manuel asombrado aquella procesión, cuando un guardia le dijo:
--¡Descúbrete, compañero!
--¿Pues qué es lo que pasa? ¿Qué procesión es esta?
--Es la fiesta de la Anarquía.
En esto pasaron unos andrajosos en los cuales Manuel reconoció al Madrileño, á Prats y al Libertario, y gritaron: «¡Muera la Anarquía!» y los guardias los persiguieron y fueron dándoles sablazos por las calles.
Enredado en este sueño le despertó la Salvadora.
--Está la policía--le dijo.
Efectivamente, á la puerta había un hombre bajito, de barba, elegante, acompañado de otros dos.
--¿Qué quiere usted?--le dijo Manuel.
--Tengo entendido que hay una reunión de anarquistas aquí y vengo á hacer un registro.
--¿Trae usted auto del Juez?
--Sí, señor. Traigo también orden de prender á Juan Alcázar.
--¡A mi hermano! Ha muerto.
--Está bien; pasemos.
Entraron los tres policías en el comedor sin quitarse el sombrero. Al ver la gente allí reunida uno de ellos preguntó:
--¿Qué hacen ustedes aquí?
--Estamos velando á nuestro compañero--contestó el Libertario--. ¿Es que está prohibido?
El principal de los polizontes, sin contestar, se acercó al cadáver y lo contempló un instante.
--¿Cuándo lo van á enterrar?--preguntó á Manuel.
--Mañana á la tarde.
--Es usted su hermano, ¿verdad?
--Sí.
--A usted le conviene que no haya atropellos, ni escándalos; ni ninguna manifestación en el entierro.
--Está bien.
--Nosotros haremos lo que nos parezca--dijo el Libertario.
--Tenga usted cuidado de no ir á la cárcel.
--Eso lo veremos--y el Libertario metió la mano en el pantalón y agarró su revólver.
--Bueno--dijo el polizonte dirigiéndose á Manuel--; usted es hombre de buen sentido y atenderá mis indicaciones.
--Sí, señor.
--Buenas noches--saludaron los policías.
--Buenas noches--contestaron los anarquistas.
--Cochina _rasa_--gruñó Prats--. Este maldito pueblo había que quemarlo.
Todos hablaron en el mismo sentido. Odio eterno, eterna execración contra la sociedad.
Por la mañana algunos se fueron al trabajo y quedaron Prats, el Libertario y Manuel. Estaban hablando cuando se presentó en el cuarto la Filipina.
La Salvadora la dejó pasar. Había estado en el hospital, enferma. Se le notaba la enorme palidez en los labios y en los ojos. Le habían operado á la pobre y olía de un modo insoportable á yodoformo. Entró, tocó la cara del cadáver con las manos y empezó á llorar. Manuel la contempló con melancolía. Aquella tristeza de animal en los ojos, el cuerpo débil, las entrañas quemadas por el cirujano...
--¡Maldita vida!--murmuró--. Había que reducirlo todo á cenizas.
Salió la Filipina y á la media hora volvió con lirios blancos y rojos, y los echó en el suelo delante de la caja.
A las dos era el entierro, y para antes de esta hora había ya un grupo grande en la calle de Magallanes. Al dar las dos Perico Rebolledo, Prats, el Libertario y el Bolo, sacaron la caja en hombros y la bajaron hasta el portal. Un amigo de Prats echó una bandera roja encima del ataud y se pusieron todos en marcha. Cruzaron por entre callejuelas, hasta salir al paseo del Cisne. Iban allá á dejar la caja en el coche, cuando cuatro mujeres, á quienes Manuel no conocía, les substituyeron, y siguió el cortejo. Las cuatro, con el mantón terciado, braceaban garbosamente. En la Castellana la gente se paraba á mirarles. En el barrio de Salamanca pusieron la caja en el coche y siguió todo el cortejo á pie. Al pasar de las Ventas, en el camino del Este, por detrás de cada loma, salía una pareja de municipales, y cerca del cementerio había un piquete de guardias á caballo.
Entraron los obreros en el cementerio civil, colocaron la caja al borde de la fosa y la rodearon los acompañantes.
Estaba anocheciendo; un rayo de sol se posó un instante sobre la lápida de un mausoleo. Se bajó con cuerdas la caja. El Libertario se acercó, cogió un puñado de tierra y lo echó á la hoya; los demás hicieron lo mismo.
--Habla--le dijo Prats al Libertario.
El Libertario se recogió en sí mismo pensativo. Luego, despacio, con voz apagada y temblorosa, dijo.
--Compañeros: Guardemos en nuestros corazones la memoria del amigo que acabamos de enterrar. Era un hombre, un hombre fuerte con un alma de niño... Pudo alcanzar la gloria de un artista, de un gran artista, y prefirió la gloria de ser humano. Pudo asombrar á los demás, y prefirió ayudarlos... Entre nosotros, llenos de odios, él sólo tuvo cariños; entre nosotros, desalentados, él sólo tuvo esperanzas. Tenía la serenidad de los que han nacido para afrontar las grandes tempestades. Fué un gran corazón, noble y leal... fué un rebelde, porque quiso ser un justo. Conservemos todos en la memoria el recuerdo del amigo que acabamos de enterrar... y nada más. Ahora, compañeros, volvamos á nuestras casas á seguir trabajando.
Los sepultureros comenzaron á echar con presteza paletadas de tierra que sonaron lúgubremente. Los obreros se cubrieron y en silencio fueron saliendo del campo santo. Luego, por grupos, volvieron por la carretera hacia Madrid. Había obscurecido.
FIN
Madrid, Diciembre 1904.
INDICE
Págs.
Anteportada 1 Obras del mismo autor 2 Portada 3 PRÓLOGO.--Cómo Juan dejó de ser seminarista 5
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I.--El barrio sepulcral.--Divagaciones trascendentales.--Electricidad y peluquería.--Tipos raros, buenas personas 29
CAP. II.--La vida de Manuel.--Las tertulias del enano.--El señor Canuto y su fraseología 44
CAP. III.--Los dos hermanos.--Juan charla.--Recuerdos de hambre y de bohemia 52
CAP. IV.--El busto de la Salvadora.--Las impresiones de Kis.--Malas noticias.--La violeta. No todo es triste en la vida 65
CAP. V.--A los placeres de Venus.--Un hostelero poeta.--¡Mátala!--Las mujeres se odian. Los hombres también 76
CAP. VI.--Las vagas ambiciones de Manuel.--Las mujeres mandan.--Roberto.--Se instala la imprenta 89
CAP. VII.--El amor y la debilidad.--Las intermitentes y las golondrinas.--El bautizo de S. M. Curda I en una imprenta 98
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO I.--Juego de bolos, juego de ideas, juego de hombres 109