La lucha por la vida: Aurora roja

Part 16

Chapter 163,996 wordsPublic domain

--Mi hermano dijo que era un italiano que iba á pasar la noche.

--¿Llevaba ese italiano una maleta pesada?

--No sé; yo no lo vi. Cuando llegué de la imprenta estaba cenando. Las mujeres de casa le hicieron la cama en el desván y yo no me enteré de más.

--Bueno. Espere usted un instante.

Al cabo de poco tiempo le dijeron que podía marcharse.

Volvió de prisa á su casa. La Salvadora estaba sonriendo. Contó la escena entera. Juan había quedado asombrado al ver que en la maleta no había bombas ni cuchillo, ni folletos.

Passalacqua, al ser registrado por los agentes, no había dicho esta boca es mía; los policías lo registraron todo y se llevaron unos libros de Juan.

Después del registro habían detenido al italiano como indocumentado y á Juan le habían dejado libre.

Por la noche los periódicos hablaron del registro llevado á cabo en casa de Manuel. Lo consideraban como una plancha de la policía.

Passalacqua había declarado que efectivamente era anarquista, pero no anarquista de acción y que venía á España á buscar trabajo.

Había indicios para creer que no se llamaba Passalacqua, sino Butti, y que estaba reclamado por la policía italiana. Venía de América, en donde había estado preso por varios robos. El gobierno decretaría inmediatamente su expulsión.

Por la noche, al volver Manuel de la imprenta, se encontró con Juan.

--¿Pero cómo es posible que hayas tomado parte en un proyecto tan estúpido?--le preguntó.

--Es necesario; hay que hacer la revolución; hay que sacrificarse por ella.

--Pero es imbécil; ¿qué íbais á adelantar con eso?

--¿Qué? Hacer saltar este armazón social, este conglomerado de iniquidades á fuerzas de bombas. Hay que barrer todo lo que queda de esta sociedad podrida.

--En nombre del bienestar de todos, ¿eh?

--Tú lo has dicho--contestó Juan.

--Y en nombre del derecho á la vida de los que han de vivir, vais á matar al niño y al viejo y á la mujer... que ya viven.

--Es necesario--replicó Juan con voz sombría.

--¡Ah! ¡es necesario!

--Sí. El cirujano que amputa un miembro gangrenado tiene que cortar carne sana.

--Y tú, libertario--repuso Manuel--tú que crees que el derecho de vivir de un hombre está por encima de todo, tú que no aceptas que uno evite la fatiga y haga trabajar á otro, aceptas que un inocente tenga que sacrificar su vida para que los hombres de mañana vivan bien. Pues yo te digo que eso es imbécil y es monstruoso. Y si á mí me dijeran que la felicidad de la humanidad entera se podría conseguir con el lloro de un niño, y eso estuviera en mi mano, yo te digo que no le haría llorar á un niño, aunque todos los hombres del mundo se me pusieran de rodillas...

--Y harías bien--murmuró Juan--. Por los niños, por las mujeres, por los débiles, nosotros trabajamos. Y por ellos hay que destruir la sociedad actual basada en la iniquidad, por ellos hay que cauterizar brutalmente la llaga social.

Para Juan en su exaltación todos los caminos, todos los procedimientos eran buenos, con tal de que trajeran la revolución soñada. Esta sería la aurora de un nuevo día, la aurora de la justicia, el clamor del pueblo entero, durante tantos años vejado, martirizado, explotado, reducido á la miserable situación de bestia de carga. Sería una aurora sangrienta en donde á la luz de los incendios crujiría el viejo edificio social sustentado en la ignominia y en el privilegio, y no quedaría de él ni ruinas, ni cenizas, y sólo un recuerdo de desprecio por la vida abyecta de nuestros miserables días.

Sería el barro negro de las Injurias y de las Cambroneras que ahogaría á los ricos; la venganza justa contra las clases directoras que hacían del Estado una policía para salvar sus intereses obtenidos por el robo y la explotación, que hacían del Estado un medio de calmar á tiros el hambre de los desamparados...

Aquella mayor parte de la humanidad que agonizaba en el infierno de la miseria se rebelaría é impondría la piedad por la fuerza, é impediría que se siguieran cometiendo tantas infamias, tantas iniquidades. Y para esto, para excitar á la rebelión á las masas, todos los procedimientos eran buenos, la bomba, el incendio, el regicidio...

* * * * *

¡Qué se podía contestar á un fanatismo así!

No había argumentos posibles; pero Manuel, cuando vió á Juan ya más tranquilo, le atacó de soslayo.

--Por lo menos--dijo--ya que estás dispuesto á un sacrificio tan grande, entérate primero de si no te engañan. Este Passalacqua era de la policía.

--¿Crees tú?

--Sí. Estoy seguro. ¿Quién viaja con un montón de papeles comprometedores, con un cuchillo grande con el mango lleno de nombres de anarquistas?

--Eso no tiene nada de particular.

--Pues bien, yo te digo que Passalacqua es de la policía, que sabía que iban á venir á registrar esta casa, y que si sigues fiándote así de cualquiera no te sacrificarás por la anarquía, sino que harás el caldo gordo al gobierno. Tú no le conocías antes á Passalacqua, ¿verdad?

--No.

--¿Cómo te relacionaste con él?

--Hace una semana recibí una carta de Passalacqua, de Barcelona; me decía que venía por un asunto urgente y si yo tenía un sitio seguro donde acogerle. Le contesté que sí, y entonces me escribió que el día I.º del mes llegaría, que tenía la intención de poner una bomba al paso de la comitiva en las fiestas de la Coronación, y que le reconocería por estas señas: joven, afeitado, con boína, con una maleta amarilla en la mano derecha y un paraguas negro en la izquierda. Al verle, debía preguntarle: ¿Este es el tren de Barcelona? Y el me contestaría: Yo no sé, señor; no entiendo bien el castellano. Efectivamente, así lo hice; bajé á la estación del Mediodía y me encontré con el italiano. Tomamos un coche. Passalacqua me indicó lo que trataba de hacer y que llevaba la bomba en la maleta. Iba yo á llevarle á mi antigua casa de huéspedes, cuando me dijo:--Soy indocumentado. Quizás no me quieran admitir aquí.

--Ves--saltó Manuel--, tenía interés en venir á tu casa.

--Yo le dije que sí, que le admitirían; pero él se empeñó en que estaría más seguro en mi casa. Yo no hubiera querido comprometeros á vosotros; pero lo traje aquí. Al irme á la cama pensaba: Si viene la policía, nos revienta. Cuando me han despertado, he dicho: Aquí está, y la verdad, al resultar que no había nada, ni bomba ni papeles, me he quedado asombrado. ¿Cómo habéis podido saber que iban á registrar la casa?

--La Salvadora lo sospechó; después yo tengo indicios para creer que Passalacqua es de la policía.

Manuel insistió en este punto para ver si llevaba la duda y la desconfianza al ánimo de su hermano.

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CAPÍTULO VII

Otra vez Roberto.--La lucha por la vida.--El regalo del inglés.--El amor.

Una tarde, después de comer, estaba Manuel regando las plantas de su huertecillo, cuando se presentó Roberto.

--Hola, chico, ¿qué tal? ¿Estás de jardinero?

--Ya ve usted. ¿Y la señorita Kate?

--Muy bien. Allí en Amberes con su madre. Hemos hablado mucho de ti.

--¿Sí? ¿De veras?

--Te recuerdan con verdadero cariño.

--Son muy buenas las dos.

--Tengo ya un chico.

--¿Sí? ¡Cuánto me alegro!

--Es un pequeño salvaje. Su madre lo está criando. ¿Y tus negocios? ¿Qué tal van?

--No tan bien como yo quisiera; no le voy á poder devolver el dinero tan pronto como creía.

--No importa. Cuando puedas. ¿Qué te pasa? ¿No marcha el negocio?

--Sí, va muy despacio; pero me matan los obreros socialistas.

--¿Los socialistas?

--Sí. Está uno atado de pies y manos. Las sociedades hacen ya en todos los oficios lo que quieren, ¡con un despotismo! Uno no puede tener los obreros que se le antoje, sino los que ellos quieran. Y se ha de trabajar de esta manera, y se ha de despachar á éste, y se ha de tomar al otro... Es una tiranía horrible.

--Y con esto, tu tendencia anarquista se habrá aumentado.

--Claro que sí. Porque si hay que hacer la revolución social, que la hagan de una vez; pero que le dejen á uno vivir... ¿Quiere usted subir un rato, don Roberto?

--Bueno.

Subieron los dos y pasaron al comedor. Roberto saludó á la Salvadora.

--¿Tomará usted café, don Roberto? ¿eh?--le preguntó Manuel.

--Sí.

Le trajeron una taza de café.

--¿Tu hermano es también anarquista?--preguntó Roberto.

--Mucho más que yo.

--Usted debe curarles de ese anarquismo--dijo Roberto á la Salvadora.

--¿Yo?--preguntó ella ruborizándose.

--Sí, usted; que seguramente tiene más buen sentido que Manuel. Al artista no le conozco. A éste sí, desde hace tiempo, y sé cómo es: muy buen chico; pero sin voluntad, sin energía. Y no comprende que la energía es lo más grande; es como la nieve del Guadarrama, que sólo brilla en lo alto. También la bondad y la ternura son hermosas; pero son condiciones inferiores, de almas humildes.

--Y si yo soy humilde, ¿qué le voy á hacer?

--¿Ve usted?--replicó Roberto dirigiéndose á la Salvadora--. Este chico no tiene soberbia. Luego es un romántico, se deja arrastrar por ideas generosas; quiere reformar la sociedad...

--No me venga usted con bromas. Yo ya sé que no puedo reformar nada.

--Eres un sentimental infecto.

Luego añadió, dirigiéndose también á la Salvadora:

--Yo cuando hablo con Manuel, tengo que discutir y que reñirle. Perdone usted.

--¿Por qué?

--¿No le molesta á usted que le riña?

--Si le riñe usted con razón, no.

--¿Y que discutamos tampoco le molesta?

--Tampoco. Antes me aburrían las discusiones, ahora ya no; me interesan muchas cosas y también soy algo avanzada.

--¿De veras?

--Sí; casi, casi libertaria, y no es por mí, precisamente; pero me indigna que el gobierno, el Estado ó quien sea, no sirva más que para proteger á los ricos contra los pobres, á los hombres contra las mujeres, y á los hombres y á las mujeres contra los chicos.

--Sí, en eso tiene usted razón--dijo Roberto--. Es el aspecto más repugnante de nuestra sociedad ese, el que se encarnice con los débiles, con las mujeres, con los niños, y que, en cambio, respete todas las formas de la bravuconería y todas las formas del poder.

--Yo, cuando leo esos crímenes--siguió diciendo la Salvadora--en que los hombres matan á una mujer, y luego se les perdona, porque han llorado, me da una ira.

--Sí, ¿qué quiere usted? Es el jurado, sentimental, que va á la Audiencia como quien va al teatro. Así le condenan á veinte años de presidio á un falsificador y dejan libre á un asesino.

--¿Y por qué las mujeres no habían de ser jurados?--preguntó la Salvadora.

--Sería peor; se mostrarían seguramente más crueles para ellas mismas.

--¿Cree usted?

--Para mí es seguro.

--La pena debía ser--dijo Manuel--menor para la mujer que para el hombre; menor para el que no sabe que para el que sabe.

--A mí me parece lo mismo--añadió la Salvadora.

--Y á mí también--repuso Roberto.

--Eso es lo que debía modificarse--siguió diciendo Manuel--; las leyes, el Código. Porque eso de que haya república ó monarquía ó congreso, bastante nos importa á nosotros. ¿Por qué, por ejemplo, han de poner en el Registo civil si un niño es legítimo ó no? Que le apunten y nada más.

--Pues eso se va consiguiendo poco á poco--replicó Roberto--. Se van haciendo liquidaciones parciales, y las leyes cambian. En España todavía no; pero vendrán esas modificaciones y vendrán mejor ¡créelo! si hay una voluntad fuerte, un poder audaz encargado de dominar el desconcierto de los egoísmos y de los apetitos.

--Pero eso sería el despotismo.

--Sí; el despotismo ilustrado. Para mí la autoridad es mejor que la ley. La ley es rígida, estable, sin matiz; la autoridad puede ser más oportuna, y en el fondo más justa.

--Pero obedecer á un hombre es horrible.

--Yo prefiero obedecer á un tirano que á una muchedumbre; prefiero obedecer á la muchedumbre que á un dogma. La tiranía de las ideas y de las masas es para mí la más repulsiva.

--¿No cree usted en la democracia?

--No; la democracia es el principio de una sociedad, no el fin; es como un solar lleno de piedras de un edificio derruido. Pero este estado es transitorio. Lentamente se va edificando, y cada cosa toma su lugar, no el antiguo, sino otro nuevo.

--¿Y siempre habrá piedras altas y piedras bajas?

--Seguramente.

--¿Usted no cree que los hombres van á la igualdad?

--Quia, al revés, vamos á la diversidad; vamos á la formación de nuevos valores, de otras categorías. Claro que es inútil actualmente y además perjudicial, que un duque por ser hijo de duque y nieto de otro y descendiente de un cobrador de gabelas del siglo XVII, ó de un lacayo de un rey, tenga más medios de vida que un cualquiera; pero en cambio es natural y justo que Edison tenga más medios de vida y de cultura que ese cualquiera.

--Pero entonces se va á la formación de otra aristocracia.

--Sí; pero de una aristocracia cambiante en consonancia con las aristocracias de la naturaleza. No vas á cruzar el Támesis con un puente de las mismas dimensiones con que cruzas el Manzanares.

--Me parece una desigualdad. Una cosa que había que evitarla.

--¡Evitarla! Es imposible. La humanidad lleva su marcha, que es la resultante de todas las fuerzas que actúan y que han actuado sobre ella. Modificar su trayectoria es una locura. No hay hombre, por grande que sea, que pueda hacerlo. Ahora sí, hay un medio de influir en la humanidad y es influir en uno mismo; modificarse á sí mismo, crearse de nuevo. Para eso no se necesitan bombas, ni dinamita, ni pólvoras, ni decretos, ni nada. ¿Quieres destruirlo todo? Destrúyelo dentro de ti mismo. La sociedad no existe, el orden no existe, la autoridad no existe. Obedeces la ley al pie de la letra y te burlas de ella. ¿Quieres más nihilismo? El derecho de uno llega hasta donde llega la fuerza de su brazo. Después de esta poda, vives entre los hombres sin meterte con nadie.

--Sí, ¿pero usted no cree que fuera de uno mismo se puede hacer algo?

--Algo, sí. En mecánica podrás encontrar una máquina nueva; lo que no podrás encontrar será el movimiento continuo, porque es imposible. Y la felicidad de todos los hombres es algo como el movimiento continuo.

--¿Pero no es posible un cambio completo de las ideas y de las pasiones?

--Durante muchos años, sí. El agua que cae en el Guadarrama tiene que ir al Tajo necesariamente. Las ideas, como el agua, buscan sus cauces naturales, y se necesitan muchos años para que varíe el curso de un río y la corriente interna de las ideas.

--¿Pero usted no cree que con una medida enérgica podía cambiarse radicalmente la forma de la sociedad?

--No. Es más, creo que no hay actualmente, ni aun pensada siquiera, una reforma tan radical que pueda cambiar las condiciones de la vida moderna en su esencia. Respecto al pensamiento, imposible. Se destruye un prejuicio; nace en seguida otro. No se puede vivir sin ellos.

--¿Por qué no?

--¿Quién va á vivir sin afirmar nada por el temor de engañarse esperando la síntesis última? No es posible. Se necesita alguna mentira para vivir. La República, la Anarquía, el Socialismo, la Religión, el Amor... cualquier cosa, la cuestión es engañarse. En el terreno de los hechos no hay tampoco solución. Que venga la anarquía, que no vendrá, porque no puede venir; pero bueno, supón que venga y tras ella una repartición pacífica y equitativa de la tierra y que esta repartición no traiga conflictos ni luchas... Al cabo de algún tiempo de cultivo intensivo, de fecundidad, ya está el problema de las subsistencias y la lucha por la vida en circunstancias más duras, más horrorosas que ahora.

--¿Y qué remedio habrá entonces?

--Remedio, ninguno. El remedio está en la misma lucha; el remedio está en hacer que la sociedad se rija por las leyes naturales de la concurrencia. Lo que en castellano quiere decir: «Que á quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga». Y para esto, lo mejor sería echar todos los estorbos; quitar la herencia, quitar toda protección comercial, todo arancel; romper con las reglamentaciones del matrimonio y de la familia; quitar la reglamentación del trabajo; quitar la religión del Estado; que todo se rija por la libre concurrencia.

--¿Y los débiles?--preguntó Manuel.

--A los débiles se les llevará á los asilos para que no molesten, y si no se puede, que se mueran.

--Pero eso es cruel.

--Es cruel, pero es natural. Para que pueda perpetuarse una raza es preciso que gran número de individuos mueran.

--¿Y los criminales?

--Exterminarlos.

--Eso es feroz. Es usted muy duro, muy pesimista.

--No. Eso de pesimismo y optimismo no son más que fórmulas vacías, absolutamente artificiales. ¿Que el dolor está mezclado á nuestra vida en mayor cantidad que el placer ó al contrario? Eso no lo puede calcular nadie ni importa tampoco el calcularlo. ¡Créeme! En el fondo no hay más que un remedio y un remedio individual: la acción. Todos los animales, y el hombre no es más que uno de ellos, se encuentran en un estado permanente de lucha; el alimento tuyo, tu mujer, tu gloria, tú se lo disputas á los demás; ellos te lo disputan á ti. Ya que nuestra ley es la lucha, aceptémosla, pero no con tristeza, con alegría. La acción es todo, la vida, el placer. Convertir la vida estática en vida dinámica; este es el problema. La lucha siempre, hasta el último momento, ¿por qué? Por cualquier cosa.

--Pero no todos están á bastante altura para luchar--dijo Manuel.

--El motivo es lo de menos. El acontecimiento está dentro de uno mismo. La cuestión es poner en juego el fondo de la voluntad, el instinto guerrero que tiene todo hombre.

--Yo no lo siento, la verdad.

--Sí, tus instintos se funden en un sentimiento de piedad para los demás; ¿no es verdad? No sientes el egoísmo fiero... Estás perdido.

Manuel se echó á reir.

Pasó Juan por el corredor.

--Este muchacho está mal--dijo Roberto--. Debía marcharse de Madrid; al campo.

--Pero no quiere.

--¿Trabaja mucho ahora?

--No; preocupado con esas cosas de anarquía, no hace nada.

--¡Qué lástima!

Se levantó Roberto y se despidió de la Salvadora muy afectuosamente.

--Crea usted que le envidio á Manuel--la dijo.

La Salvadora sonrió.

Manuel acompañó á Roberto á la puerta.

--¿Sabes quién me persigue todos los días?

--¿Quién?

--Un señor Bonifacio Mingote. Creo que tú le conoces.

--Sí.

--Me habló pestes de la madre de Kate, sin saber quién era yo. ¡Figúrate! Yo me las eché de incomodado y ahora no hace más que escribirme cartas que yo no leo.

--¿Y qué es de él? ¿cómo vive ahora?

--Creo que vive con una mujer que le pega y le hace barrer la casa.

--El, que era tan conquistador.

--Sí, ¿eh?... pues ya ves; ha sido conquistado... Oye, te tengo que decir una cosa--dijo Roberto en la puerta de la escalera.

--Usted dirá.

--Mira, no sé cuándo volveré á España; es muy posible que tarde, ¿sabes?

--Sí.

--He hablado con mi mujer y con mi suegra de ti, las he enterado de cómo vivías; las he hecho un retrato de la Salvadora y se han alegrado mucho al saber que estabas bien y las dos me han dicho que en recuerdo de su amistad te quedes tú solo con la imprenta.

--Pero eso no puede ser.

--¡No ha de poder ser! Aquí tienes la escritura de venta. Guárdala.

--¡Pero es mucho dinero!

--¡Quia, hombre; qué ha de ser mucho dinero! Oye ahora un consejo. Cásate cuanto antes con esa muchacha. ¡Adiós!

Y Roberto cogió la mano de Manuel, se la estrechó afectuosamente y bajó las escaleras; luego, desde el portal, exclamó:

--¡Ah! Hay una advertencia; si al primer chico que tengas le llamas Roberto, vendré desde Inglaterra á ser su padrino.

* * * * *

Manuel, sin salir aún de su asombro, volvió al comedor, al lado de la Salvadora.

--Me ha regalado la imprenta--dijo.

--¡Eh!

--Sí. Esta es la escritura. Ya no tienes necesidad de trabajar tanto, ni de ahorrar. ¿Es un barbián mi amigo, verdad?

--Sí; es muy simpático.

--Y generoso.

--Debe serlo.

--Y enérgico, ¿verdad?

--Sí.

De pronto Manuel, con aire cómicamente desolado, dijo:

--¿Sabes que estoy celoso?

--¡Celoso! ¿De quién?

--De Roberto.

--¿Por qué?

--Porque le has oído con admiración.

--Es verdad--replicó burlonamente la Salvadora.

--¿Y á mí no me admiras?

--Ni pizca. Tú no eres tan enérgico...

--Ni tan guapo, ¡eh!...

--Es verdad.

--Ni tan listo...

--Claro que no.

--¿Y dices que me quieres?

--Te quiero, porque tengo mal gusto; te quiero así, brutito, feo, poco enérgico.

--Entonces... déjame que te bese.

--No; cuando estemos casados.

--¿Y qué necesidad hay de esa farsa?

--Sí; por los hijos.

--¡Ah! ¿Tú quieres que tengamos hijos?

--Sí.

--¿Muchos?

--Sí.

--¿Y no te da miedo tener muchos hijos?

--No; para eso somos las mujeres.

--Entonces tengo que besarte; no hay más remedio. Te besaré con respeto; ¿no quieres? Te besaré como á una santa. ¿No te convences tampoco? Te besaré como si besara la bandera roja, ¿sabes?

La Salvadora vaciló y presentó la mejilla; pero Manuel la besó en los labios.

CAPÍTULO VIII

La Coronación.--Las que encarecen los garbanzos. El final del señor Canuto.

No se varió nada en la casa con el matrimonio, que se celebró sin ceremonias de ninguna clase. Manuel estaba resplandeciente. El estado de Juan era lo que turbaba su felicidad; le veía siempre inquieto, febril. De noche, soñando, hablaba á gritos, y tosía continuamente hasta romperse el pecho. Ya no tomaba las medicinas ni hacía caso de las prescripciones del médico; salía á todas horas, bebía aguardiente para excitarse algo y se reunía con los amigos en la taberna de Chaparro.

Mientas tanto, Silvio Fernández Trascanejo maniobraba á sus anchas. Se había ganado la confianza de todos los socios de la Aurora, y les había hecho creer que había una conjuración revolucionaria terrible para el día de la Coronación.

--Con que uno dé la señal--decía Trascanejo--, yo me echo al centro con la gente de barrios bajos.

El más convencido de todos era Juan.

--La cosa está ya hecha--le dijo el Madrileño á Manuel una vez--. Ahora se va á batir el cobre bien. Hay además setenta y dos compañeros que han venido á Madrid. Están perseguidos de cerca por la policía española y extranjera; pero no saben dónde se encuentran. Hemos recibido instrucciones de Londres; nos pondremos á lo largo de la carrera á esperar. Si podemos coger al rey vivo, mejor.

Juan estaba febril, deseando que llegara el momento; sus nervios, en constante tensión, no le dejaban reposar un instante. Estaba dispuesto á sacrificarse por la causa. Además, y esto le perdía, veía el acontecimiento en artista. Veía la brillante comitiva de reyes, de príncipes, de embajadores, de grandes damas, pasando por en medio de las bayonetas, y se veía á él avanzando, deteniendo la comitiva con el grito estridente de ¡Viva la Anarquía!

La noche antes del día de la fiesta, Juan no apareció por la casa. Manuel fué á la Aurora por ver si le encontraba.

Estaban allá el Inglés, Prats, el Madrileño y Silvio, que peroraba. No le habían visto á Juan. En esto entró el Libertario, se acercó á Silvio, le agarró de la solapa, y le dijo:

--Usted es un soplón y un polizonte. ¡Hala! Fuera de aquí.

Quedaron todos extrañados. Silvio, que estaba sentado, se levantó dignamente; recibió también dignamente un puntapié certero que le arreó el Inglés, el del juego de bolos. Al llegar á la puerta de la taberna, el hombre de los tres conejos en campo de azur se sintió hidalgo, recordó su apellido, se volvió, hizo un corte de mangas á todos y echó á correr por el paseo de Areneros como un huracán, llevándose una mano á atrás y otra al sombrero, sin duda para que no se lo llevara el aire.

--¿Era un polizonte?--dijeron Prats y el Madrileño asombrados.

--Sí.

--¿Y todo lo que nos ha contado es mentira?

--Y tan mentira.

Al día siguiente no había venido Juan, y Manuel salió de casa. La Salvadora quedo cosiendo, desazonada.

Era un día de Mayo esplendoroso; un cielo azul; una tarde de oro. La luz intensa, cegadora, vibraba llameante en las colgaduras amarillas y rojas, en las banderas, en los gallardetes, en los farolillos de las iluminaciones.