La lucha por la vida: Aurora roja
Part 15
--Ustedes los sociólogos, los ateneístas--murmuró el de las barbas con sorna--, quieren catalogar las ideas y los hombres, como los naturalistas clasifican las piedras y las mariposas. Se han muerto doscientas personas de hambre. No hay que indignarse, la cuestión es ver si el año pasado se murieron más ó menos.
--¿Nos vamos á poner á llorar?
--No digo eso. Lo que quiero decir es que todos los números y todas las estadísticas no sirven para nada. Dice usted: la idea anarquista, sí; el sentimiento anarquista, no. Pero eso no puede ser, no ha sido nunca. Entre miles de anarquistas que habrá actualmente en el mundo, no llegarán á quinientos los que tengan una idea clara y completa de la doctrina. Los demás son anarquistas, como hace treinta años eran federales, como antes progresistas, y como en épocas pasadas monárquicos fervientes. Podrá ser un sociólogo anarquista por un espejismo científico; pero el obrero lo será porque actualmente es el partido de los desesperados y de los hambrientos. El obrero se contagia con el sentimiento anarquista que hay en el ambiente; el sabio no; toma la idea, la estudia como una máquina, ve sus tornillos, observa su funcionamiento, señala sus imperfecciones y luego va á otra cosa; el obrero, por el contrario, no tiene términos de comparación, se agarra á la idea como á un clavo ardiendo; ve que el anarquismo es el coco de la burguesía, un partido execrado por los poderosos, y dice: «¡Ese es el mío!»
--Está bien; pero yo no soy anarquista de ese modo. Para mí la anarquía es un sistema científico.
--Pues para el pueblo no es más que la protesta de los hambrientos y de los exaltados.
* * * * *
--Seguramente no nos entendemos--dijo Juan--, ¡vámonos!
--No; no nos podemos entender--replicó incomodado el sociólogo--. Primeramente debíamos saber cuál es el programa de ustedes.
--Creo que mi compañero ha dicho que somos anarquistas.
--Yo también lo soy.
--Pues entonces debemos estar conformes. Nosotros queremos aligerar esta atmósfera pesada, abrir los balcones, que entre la luz para todos; queremos una vida más intensa, más fuerte; queremos agitar, remover esto.
--Pero eso no es un programa claro.
--¡Programa claro! ¿Para qué?--exclamó el Libertario--. ¿Para no realizarlo nunca? ¿Es que vamos á tener la vanidad de suponer que los que vengan detrás de nosotros van á considerar como infalibles los planes que nosotros hemos forjado? No, ¡qué demonio! Lo que se siente es la necesidad del cambio, la necesidad de una vida nueva. Todos sentimos que esta organización social no responde á las necesidades de hoy. Está todo variando, evolucionando con una rapidez enorme; no sólo varía la ciencia, sino las ideas de moral; lo que ayer se tenía por monstruoso hoy se considera natural; lo que ayer pasaba por lógico hoy se tiene como injusto. Se está verificando un cambio completo en las ideas, en los valores morales, y en medio de esta transformación la ley sigue impertérrita, rígida. Y ustedes nos preguntan: ¿Qué programa tienen ustedes? Ese. Acabar con las leyes actuales... Hacer la revolución; luego ya veremos lo que sale.
--No estamos conformes.
--Bueno. ¡Vámonos!--dijo Juan.
Se levantaron los cuatro. El dueño de la casa les aseguró que les había oído con verdadero placer y que tendría una gran satisfacción en ser su amigo.
El militar les saludó con efusión y también el de los anteojos.
Salieron los cuatro á la calle.
--Abrígate--le dijo Manuel á Juan.
--Quia, no hace frío.
La noche estaba suave y tibia; la tierra abrillantada por una lluvia menuda. El cielo obscuro, gris, parecía pesar sobre la ciudad como un manto de plomo; las luces de los escaparates brillaban resplandecientes en la atmósfera húmeda y este aire limpió las aceras mojadas, las luces de los faroles y de las tiendas; todo esto daba una impresión de vida amplia y hermosa.
--¡Qué imbéciles son!--dijo Prats.
--No; que no se quieren comprometer--replicó el Libertario--. Es natural. Cada uno defiende su posición. Quizás nosotros hiciéramos lo mismo. Lo que es interesante es el instinto anarquista que hay en todos los españoles.
--Sí; desgraciadamente es verdad--pensaba Manuel.
--Estas tentativas de unión fracasan siempre--dijo Prats--. Sólo en Barcelona, cuando funcionaba el Centro de Carreteros, y había allí reuniones secretas, se vió á la juventud radical burguesa ayudar á los anarquistas.
--Sí, es verdad--repuso el Libertario--; ese elemento radical burgués es el que mejor podría ayudarnos. Los ingenieros, los médicos, los químicos, todos esos van preparando la revolución social, como los aristócratas prepararon la revolución política.
Se despidieron.
--Salud, amigos--dijo el Libertario.
--¡Salud!
Manuel y Juan fueron á su casa.
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CAPÍTULO VI
Miedos pueriles.--Los hidalgos--El hombre de la Puerta del Sol.--El enigma Passalacqua.
Hay entre las diversas formas y especies de miedos, pavores y terrores, algunos extraordinariamente cómicos y grotescos.
A esta clase pertenecen el miedo de los católicos por los masones; el miedo de los republicanos por los jesuítas; el miedo de los anarquistas por los polizontes y el de los polizontes por los anarquistas.
El miedo al coco de los niños es mucho más serio, mucho menos pueril que esa otra clase de miedos.
Al católico no se le convence de que la masonería es algo así como una sociedad de baile, ni el republicano puede creer que los jesuítas son unos frailucos vanidosillos, ignorantuelos, que se las echan de poetas y escriben versos detestables y se las echan de sabios y confunden un microscopio con un barómetro.
Para el católico, el masón es un hombre terrible; desde el fondo de sus logias dirige toda la albañilería antirreligiosa, tiene un papa rojo, y un arsenal de espadas, triángulos y demás zarandajas.
Para el republicano, el jesuíta es un diplomático maquiavélico, un sabio, un pozo de ciencia y de maldad.
Para el anarquista, el polizonte es un individuo listo como un demonio, que se disfraza y no se le conoce, que se cuela en la taberna y en el club, y que está siempre en acecho.
Para el polizonte, el que está siempre en acecho, el listo, el terrible, es el anarquista.
Todos suponen en el enemigo un poder y una energía extraordinarios.
¿Es por tontería, es por romanticismo ó solamente por darse un poco de importancia?
Es muy posible que por todas estas cosas juntas. Lo cierto es que al católico no se le puede convencer de que si las ideas anti-religiosas cunden no es por influencia de los masones ni de las logias, sino porque la gente empieza á discurrir; á los republicanos tampoco habrá nadie que les convenza de que la influencia jesuítica depende, no de la listeza ni de la penetración de los hijos de San Ignacio, sino de que la sociedad española actual es una sociedad de botarates y de mequetrefes dominados por beatas.
Los polizontes no pueden creer que los atentados anarquistas sean obras individuales, y buscan siempre el hilo del complot; y los anarquistas no pueden perder la idea de que son perseguidos en todos los momentos de su vida.
Los anarquistas padecen además la obsesión de la traición. En cualquier sitio donde se reúnan más de cinco anarquistas, hay casi siempre, según ellos, un confidente ó un traidor.
Muchas veces este traidor no es tal traidor, sino un pobre diablo á quien algún truchimán de la policía, haciéndose pasar por un dinamitero feroz, le saca todos los datos necesarios para meter en la cárcel á unos cuantos.
* * * * *
Al acercarse el período de la coronación, los periódicos por hablar de algo, dijeron que se preparaban á venir á Madrid policías extranjeros por si llegaban anarquistas con fines siniestros.
Al leer esto hubo un hombre que pensó que la tal noticia podía valer dinero. Este hombre no era un hombre vulgar, era Silvio Fernández Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol.
Entre los muchos Fernández más ó menos ilustres del mundo, Fernández Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol, era indudablemente el más conocido. No había más que preguntar por él en la acera del café Oriental, en cualquiera de esos clubs al aire libre que en la Puerta del Sol se forman junto á los urinarios; todo el mundo le conocía.
Trascanejo era un hombre alto y barbudo, con un sombrero blando de ala ancha á lo mosquetero que le cubría media cara, una chaqueta de alpaca en verano, un abrigo seboso en invierno, y en las dos estaciones una sonrisa suntuosa y un bastón.
Era un desarrapado que se las echaba de marqués.
--No me gustan los términos medios, ¿está usted?--decía--, ó voy hecho un andrajoso, ó elegante hasta el paroxismo.
El hombre de la Puerta del Sol vestía y calzaba indudablemente de prestado, y el que le prestaba las ropas debía ser más grueso que él porque siempre estaba holgado en ellas; pero en cambio el donador tenía el pie más pequeño, porque á Trascanejo los tacones le caían hacia la mitad de la planta del pie, con lo cual solía caminar á modo de bailarina.
Trascanejo no trabajaba, no había trabajado nunca. ¿Por qué?
Un sociólogo de estos que ahora se estilan me ha dicho en secreto que piensa escribir una memoria para demostrar casi científicamente, que el 80 al 90 por 100 de la golfería en España, literatos, cómicos, periodistas, políticos, etc., proviene en línea directa de los hidalguillos de las aldeas españolas en el siglo XVII y XVIII. La tendencia á la holganza, según el tal sociólogo, se ha transmitido pura é incólume de padres á hijos, y según él, la clase media española es una prolongación de esta caterva de hidalgos de gotera, hambrones y gangueros.
Trascanejo era hidalgo á cuatro vientos y por eso no trabajaba; su familia había tenido casa solariega y un escudo, con más cuarteles que Prusia, entre los cuales había un jefe que representaba tres conejos en campo de azur.
El hidalgo se pasaba el día en ese foro que tenemos en el centro de Madrid, al que llamamos la Puerta del Sol.
Siempre tenía este hombre, que era un pozo de embustes y de malicias, alguna noticia estupenda para solazar á sus amigos íntimos.
--Mañana se subleva la guarnición de Madrid--decía con gran misterio--. Tenga usted cuidado. Están comprometidos la Montaña, San Gil y algunos sargentos de los Docks. ¿Tiene usted un pitillo? Yo iré á la estación del Mediodía con los de los barrios bajos.
Este hombre, almacén de noticias falsas, que anunciaba revoluciones y pedía cigarros, tenía una vida interesante. Vivía con su novia, señorita ya vieja entre cuero y mojama, y la madre de ella, señora pensionista, viuda de un militar. Con la pensión y con lo que trabajaban las dos damas pasaban con cierta holgura y hasta tenían bastante para convidar á comer á Silvio á diario.
Cada día este hombre, de una imaginación volcánica, preparaba un nuevo embuste para explicar que no le hubiesen dado un cargo de gobernador ó de cosa parecida, y ellas le creían y tenían confianza en él. El hombre de la Puerta del Sol, que en la calle era el prototipo del hablar cínico, desvergonzado é insultante, en casa de su novia era un hombre delicado, tímido, que trataba á su prometida y á la madre de ella con un gran miramiento. Entre la señorita ya acartonada y el golfo callejero se había desarrollado desde hacía veinte años un amor platónico y puro. Algún beso en la mano, y una porción de cartas ya arrugadas, eran las únicas prendas cambiadas de su amor.
* * * * *
Silvio había cobrado algunas veces por servicios prestados á la policía, y la noticia de los posibles atentados anarquistas le puso en guardia.
--Hay un complot que explotar--se dijo--. Este complot está incubándose, en cuyo caso no hay más que descubrirlo, ó no hay nada pensado, y en este caso la cuestión está en organizarlo.
Trascanejo olfateó por dónde olía á anarquismo, y á los pocos días cayó en la taberna de Chaparro.
Habló con Juan.
--Si ustedes están dispuestos á ayudar, nada más que ayudar, tengo gente para dar el golpe. Contamos con Pepe el Pollero, con Matías, el cortador de la Plaza de la Cebada. No necesitamos más que una señal.
Se discutió por todos los socios, con gran misterio, si se tomaría parte en el complot.
Una tarde, al salir Manuel de la imprenta, se encontró con el Libertario.
--Te venía á buscar--le dijo éste.
--¿Pues qué hay?
--Vigila á Juan. Es muy cándido y lo van á meter en algún lío. Me da en la nariz que hay algún manejo de la policía. Ahí por la taberna se han descolgado tipos que me escaman. Ahora un descubrimiento de un complot vendría al gobierno de perillas.
--¿Y qué dicen que van á hacer?
--Dicen que van á matar al rey. Es una añagaza burda. Figúrate tú, á los anarquistas qué nos importa que el rey viva ó que no viva, que mande Sagasta ó cualquier mamarracho de los republicanos.
La Salvadora y Manuel, ya sobre aviso, vigilaron á Juan.
Un día Juan recibió una carta que leyó con gran interés.
--Es un amigo de París--dijo--que aprovechándose de los trenes baratos quiere ver Madrid.
--Un amigo; ¿no será algún anarquista?--dijo la Salvadora alarmada.
--No. ¡Quiá!
Manuel no se hizo cargo de la cosa. Juan fué á su trabajo y Manuel á la imprenta.
A los siete ú ocho días llego otra carta, y una noche, antes de cenar, Juan salió de casa y se presentó con un hombre joven, afeitado, mal vestido.
--Es mi amigo Passalacqua--dijo Juan á Manuel cuando éste volvió de la imprenta--; le he conocido en París.
Manuel contempló con atención al amigo.
Era un muchacho afeitado, de tez pálida y aceitosa. Tenía la cabeza piriforme, la frente estrecha y unas greñas negras y ensortijadas que le caían en rizos, el cuello redondo, de mujer; los ojos azules claros, y los labios pálidos. Su aspecto era de un ser linfático y poltrón. Cenaron todos y como el italiano no sabía apenas español habló únicamente con Juan en francés. De vez en cuando se echaba á reir y entonces su cara estúpida se transformaba y tomaba un aspecto de ironía y de ferocidad.
Al terminar la cena, Juan quiso ceder el cuarto suyo á Passalacqua y dormir él en una butaca; pero el otro le contestó que no, que dormiría en el suelo, que estaba acostumbrado.
--Haced la cama arriba en el cuarto de Jesús--dijo Juan á la Ignacia y á la Salvadora--. Llevaron las dos mujeres un colchón y mantas al sobrado.
--Ya está la cama--dijo la Salvadora.
El italiano al despedirse estrechó la mano de Juan y de Manuel, cogió su maleta y subió las escaleras hasta el cuarto de la guardilla. Luego tomó el candelero con un cabo de vela de manos de la Ignacia.
--¿Tiene llave este cuarto?--preguntó.
--No.
Dejó su maleta con gran cuidado sobre la silla.
--Está bien--añadió--. Mañana al amanecer quisiera que se me llamara.
--Se le llamará.
--Buona sera.
--Malas trazas tiene el pájaro--dijo Manuel á su hermano.
--Quia, es una excelente persona--replicó éste.
--¿Por qué no vas á la cama?--preguntó la Salvadora á Juan.
--Todavía es temprano.
--¡Qué ganas tiene de enviarte á la cama hoy la Salvadora!--dijo torpemente Manuel.
Ella le lanzó una mirada y Manuel comprendió que se trataba de algo extraño y se calló. Juan estaba muy pensativo; por más esfuerzos que hacía se le notaba una honda preocupación. Entró en el cuarto y estuvo paseándose largo rato.
--¿Qué pasa?--preguntó Manuel cuando se quedaron solos.
La Salvadora puso un dedo en los labios.
--Aguarda--murmuró.
Esperaron largo rato.
Juan apagó la luz en su cuarto; entonces la Salvadora en voz baja dijo á Manuel:
--Ese hombre trae algo en la maleta; quizás una bomba.
--¡Eh!
--Sí.
--¿Por qué supones eso?
--Tengo indicios para creerlo. Es más, estoy segura.
--Pero bueno, ¿qué has visto?
--He visto que cuando ha dejado la maleta lo ha hecho con un gran cuidado; luego, al venir con Juan, he visto que por la calle, detrás de ellos, iban siguiéndoles dos hombres; además ya ves cómo está Juan... preocupado...
--Sí, es verdad.
--Ese hombre trae algo.
--Sí, creo que sí.
--¿Y qué hacemos?
--Hay que coger esa maleta--dijo Manuel.
--Iré yo--exclamó la Salvadora.
--¿Y si se despierta?
--No se despertará. Viene muy cansado.
* * * * *
Pasada una hora salieron á la escalera, y subieron los dos despacio. Acercaron el oído á la puerta del desván. Se oía la respiración lenta del hombre que dormía.
--Yo sé dónde ha dejado la maleta--dijo la Salvadora--; á tientas estoy segura de cogerla; empujó la puerta, que rechinó suavemente, entró en el desván y salió al instante con la maleta en la mano.
Bajaron los dos al comedor sin hacer el menor ruido y pusieron la maleta encima de la mesa. Estaba cerrada y bien cerrada. Manuel cogió un cuchillo y, forcejeando, la descerrajó.
Sacaron un manojo de ropa; luego folletos, y de enmedio una cosa dura envuelta en periódicos. Por el peso comprendieron que era algo terrible. Se quedaron pálidos, horrorizados. Destaparon el bulto. Era una caja de metal, cuadrada, de un palmo de alta, reforzada con alambres y con una asa de cuerdas.
--¿Qué hacemos con esto?--se preguntó Manuel, perplejo. No se atrevían á tocarlo.
--¿Por qué no llamas á Perico?--dijo la Salvadora.
Bajó Manuel de puntillas la escalera. El electricista estaba todavía en el taller. Le llamó y le contó lo que pasaba.
--Vamos á ver eso--dijo Perico al oir la relación de Manuel--. Subieron los dos despacio, sin hablarse y contemplaron el aparato.
--¡Ah, ya comprendo lo que es!--dijo Perico--. Esto--y señaló un tubito de cristal que salía por enmedio de la caja y que estaba lleno de un líquido amarillento--debe tener un ácido. Si se quiere que estalle la máquina, se le da vuelta, el ácido corroe este corcho, lo que da tiempo al que pone la bomba de escapar; luego entra el ácido dentro y provoca la explosión. Si llegáis á dar vuelta á la caja, creo que á estas fechas ya no lo podríais contar.
La Salvadora y Manuel se estremecieron.
--¿Y qué hacemos?--preguntaron los dos.
--Hay que romper el tubo. ¡Animo! Y salga lo que saliere. Perico apretó el tubito con un alicate y lo hizo saltar.
--Ahora ya no hay cuidado. Vamos abajo.
Cogió el electricista la caja, y seguido de Manuel bajó la escalera. En el taller cortaron los alambres que reforzaban el aparato, y con un destornillador Perico soltó una tapadera sujeta á tuerca. Hecho esto, volcó la lata y salió una gran cantidad de polvo rojizo, que recogieron en un periódico. Había un par de kilos.
--¿Esto será dinamita?--preguntó Manuel.
--Debe serlo.
--¿Y qué hacemos con ella?
--Echala en la pila de la fuente con cuidado, y abre el grifo. Se irá marchando poco á poco.
Hizo esto Manuel, y dejó la llave de la fuente abierta.
--Aquí queda algo dentro--murmuró Perico--. Metió la punta de una tijera en la lata y la fué abriendo.
Había pedazos de hierro retorcidos, y en el sitio de donde partía el tubo de cristal lleno de ácido había una cajita pequeña hecha con dos naipes y llena de polvos blancos, que olían á almendras amargas.
Lavaron la caja y tiraron los trozos de hierro por el sumidero del patio.
Terminada la operación, subieron de nuevo. La Salvadora había separado las ropas, los papeles encontrados en la maleta y un cuchillo largo, de cocina, con su vaina. Este cuchillo tenía un mango de madera pintado de rojo adornado con los nombres de todos los anarquistas célebres, y en medio de todos ellos se leía: _Germinal_. Fueron mirando uno á uno los papeles. Había proclamas impresas, recortes de periódicos, grabados y notas manuscritas. En uno de los papeles estaba el dibujo de la bomba. Perico lo cogió para verlo. Por lo que señalaba el papel en el compartimiento pequeño, hecho con dos naipes, lleno de polvos con olor á almendras amargas, había una mezcla de bicromato, permanganato y clorato potásicos empapados en nitrobencina. En el tubito había ácido sulfúrico, y el resto estaba lleno de dinamita y de pólvora cloratada.
--Yo voy á quemar todos estos papeles--dijo Manuel.
Hicieron fuego en la cocina y echaron los periódicos, y sobre ellos el cuchillo. Cuando se carbonizó el mango, bajó Manuel el cuchillo al patio y lo metió en la tierra. Rebolledo, el jorobado, que había notado los pasos por la escalera, se levantó á ver lo que ocurría.
--¿Qué pasa?--dijo en alta voz.
Le hicieron enmudecer y le enteraron de lo ocurrido.
--¿Qué hay?--dijo Juan desde su cuarto, que al ruido se había alarmado.
--Nada--le contestó la Salvadora--. Perico que ha perdido la llave.
--Registradle á Juan por si acaso--dijo el jorobado--no tenga alguna carta que le comprometa.
--Es verdad--dijo Manuel--. ¡Qué torpes hemos estado! Precisamente hace unos días ha recibido dos cartas.
Entró la Salvadora como á dar nuevas explicaciones al enfermo y volvió con la chaqueta y el gabán de Juan. Allí estaban las dos cartas, una de ellas horriblemente comprometedora, pues se hablaba claramente de un complot. Se registraron las ropas de Juan y se quemaron todos los papeles.
--Yo creo que ahora podéis estar tranquilos--dijo Rebolledo--. ¡Ah!, una cosa. Cuando venga la policía, que vendrá por lo que decís, si no traen los agentes auto del juez, preguntarán si les dejáis entrar, y les contestáis que sí, pero que vengan con dos testigos. En el mismo momento advertirle á Juan y decirle lo que habéis hecho, pero que no tenga tiempo de advertir nada al otro.
Pasaron la noche la Salvadora y Manuel en el comedor con una gran inquietud. Como si aquella máquina infernal hubiese estallado en su cerebro, Manuel sentía que todas sus ideas anarquistas se desmoronaban y sus instintos de hombre normal volvían de nuevo. La idea de un aparato así calculado fríamente le sublevaba. Nada podía legitimar la mortandad que aquello podía producir. ¡Cómo Juan podía intervenir en un proyecto tan salvaje! ¡El, tan exageradamente bueno y humano! Es verdad, como había dicho Prats una vez, que en la guerra se bombardeaban pueblos enteros y se sembraba la muerte por todas partes; pero en la guerra había una presión nacional sobre los ejércitos que combatían, había además una disgregación de la responsabilidad; cada uno hacía lo que le mandaban, y no podía hacer otra cosa, á riesgo de ser fusilado; pero en el caso de los anarquistas era distinto; no había fuerza que les impulsara á cometer el crimen; al contrario, todo conspiraba para que no lo cometiesen... y, sin embargo, ellos iban llevados por un bárbaro fanatismo, salvando todos los obstáculos, á sembrar la muerte entre infelices.
* * * * *
A la hora de costumbre Manuel salió de casa; no había dado la vuelta á la calle de Magallanes cuando dos hombres le detuvieron.
--¿Es usted Manuel Alcázar?
--Servidor de usted.
--Queda usted detenido.
--Está bien.
--Vamos á registrar su casa. ¿Quiere usted darnos permiso para hacerlo, ó quiere que vengamos con auto del juez?
--Lo mismo me da.
--Entonces, haga el favor de decírselo así á su familia.
--Bueno.
Volvieron á la casa.
--Ah, yo exijo una cosa--dijo Manuel al entrar en el portal.
-¿Qué?
--Que asistan dos vecinos al registro.
--Está bien.
* * * * *
Manuel, con un agente, fué al Juzgado de guardia é inmediatamente le llevaron á presencia del juez.
--Tengo entendido--le dijo el juez--que es usted un anarquista peligroso.
--¿Yo?, no señor, no soy anarquista.
--Entonces, el agitador es un hermano de usted.
--Mi hermano es anarquista, pero no de acción.
--Su hermano es escultor, ¿verdad?
--Sí, señor.
--Y un escultor notable. ¡Cómo no influye usted para que abandone esas ideas!
--Si pudiera, crea usted que lo haría; pero no tengo influencia para eso. El ha estudiado y ha visto más que yo.
--Pues siento que su hermano se haya metido en un mal negocio. ¿Cuándo recibió su hermano las cartas de Passalacqua?
--¿Qué cartas?--preguntó cándidamente Manuel.
--¿No ha recibido su hermano de usted unas cartas?
--No sé; no le puedo decir á usted, porque yo paso muy poco tiempo en casa.
--¿Usted vió ayer al forastero que su hermano Juan ha hospedado en su casa?
--Sí, señor.
--¿Sabe usted cómo se llama?