La lucha por la vida: Aurora roja

Part 14

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--Sólo lo libre es hermoso--exclamó y en una divagación pintoresca dijo:--El agua, que corre clara y espumosa en el torrente, es triste y negra en el pantano; al pájaro se le envidia en el aire y se le compadece en la jaula. Nada tan bello como un barco de vela, limpio y preparado para zarpar. Es pez en su casco y pájaro en su arboladura; tiene velas blancas que parecen alas; un bauprés que parece un pico; tiene una aleta larga que se llama quilla y una aleta caudal que es el timón. Es una gaviota que navega; marcha y se le mira con envidia como á un amigo que se va. En cambio, ¡qué triste el barco viejo y desarbolado que ya no puede salir del puerto! Y es que la vejez también es una cadena.

Y Juan siguió hablando así, pasando de un asunto á otro.

El quería que las pasiones, en vez de ser constantemente reprimidas por una férula implacable, fuesen aprovechadas como fuerza de bienestar.

El no veía en la cuestión social una cuestión de jornales, sino una cuestión de dignidad humana; veía en el anarquismo la liberación del hombre.

Además, para él, antes que el obrero y el trabajador, estaban la mujer y el niño, más abandonados por la sociedad, sin armas para la lucha por la vida...

Y habló con ingenuidad de los golfillos arrojados al arroyo, de los niños que van á los talleres por la mañana muertos de frío, de las mujeres holladas, hundidas en la muerte moral de la prostitución, pisoteadas por la bota del burgués y por la alpargata del obrero.

Y habló del gran deseo de cariño del desheredado, de su aspiración nunca satisfecha de amor. Una misma congoja agitaba todos los corazones; algunas mujeres lloraban. Manuel contempló á la Salvadora y vió que en sus ojos trataban de saltar las lágrimas. Ella sonrió, y entonces dos lágrimas gruesas corrieron por sus mejillas.

Y Juan siguió hablando; su voz, que se iba haciendo opaca, tenía entonaciones de ternura; sus mejillas estaban encendidas. En aquel momento parecía sentir los dolores y las miserias de todos los abandonados.

Nadie seguramente pensaba en la posibilidad ó imposibilidad de las doctrinas. Todos los corazones de la multitud latían al unísono. Ya iba á terminar Juan su discurso, cuando se produjo un escándalo en las últimas filas de butacas.

Era Caruty que se había subido al asiento, pálido, con la mano abierta.

--¡Fuera! ¡Fuera!, que se siente--gritaron todos, creyendo quizás que intentaba replicar al orador.

--No, no me sentaré--dijo Caruty--. Tengo que hablar. Sí. Tengo que decir: ¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Literatura!

Juan le saludó con la mano y dejó la tribuna.

Una agitación extraña se sintió en el público. Entonces, como despertado de un sueño y dándose cuenta de su belleza, todos, de pie, se pusieron á aplaudir de una manera rabiosa. La Salvadora y Manuel se miraban conmovidos, con lágrimas en los ojos.

El presidente dijo algunas palabras que no se oyeron y terminó la reunión.

Comenzó á salir la gente. En el pasillo del escenario se habían amontonado grupos de entusiastas de Juan. Eran obreros jóvenes y aprendices, con trajes azules; casi todos anémicos, tímidos, con aire de escrofulosos.

Al salir Juan le estrecharon alternativamente la mano con una efusión apasionada.

--¡Salud, compañero!

--Salud.

--Dejadle al hombre, que está malo--dijo el Libertario.

Caruty se pavoneaba entusiasmado. Sin notarlo, sin comprenderlo quizás, había dado la nota verdadera del discurso de Juan: ¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Literatura!

En el momento de salir á la calle, dos agentes de la policía se echaron sobre el francés y le prendieron. Caruty sonrió y cantó entredientes, mirando con desprecio á una burguesía imaginada, la canción de Ravachol.

Juan, Manuel y la Salvadora volvieron en coche á casa.

--¿Qué ha querido decir Caruty?--preguntó Manuel--. ¿Qué la anarquía es cosa de literatura?

--Ni él mismo lo sabrá--dijo Juan.

--No, no; él ha querido decir algo--repuso Manuel.

¡Anarquía! ¡Literatura! Manuel encontraba una relación entre estas dos cosas; pero no sabía cuál.

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CAPÍTULO IV

Gente sin hogar.--El Mangue y el Polaca.--Un vendedor de cerbatanas.--Un gitano.--El Corbata.--Santa Tecla y su mujer.--La Filipina.--El oro escondido.

En los paseos que Juan daba el invierno por las tardes al sol, un día que le sorprendió la lluvia, entró en una de las casuchas que había al lado de la tapia de la Patriacal, mirando al Tercer Depósito.

Se encontró que la casucha estaba habitada por dos muchachuelos y una chiquilla. Los dos chicos le contaron al momento su vida y milagros. Uno se llamaba el Mangue y el otro el Polaca; los dos eran aprendices de torero. A la chica le decían la Chai.

El Mangue era un chiquillo delgaducho y listo como una sabandija; el Polaca tenía una cabeza enorme, unos ojos inexpresivos, redondos como dos botones, y los labios abultados. El padre del Mangue era carbonero y quería obligarle á trabajar; pero él se había escapado de casa con la Chai y el Polaca, y durante todo un verano y un otoño habían andado en las capeas. El Polaca había estado en un asilo hasta los seis años. Un día, por una falta leve, una monja le tuvo durante ocho días desnudo, atado con cuerdas de esparto, á pan y agua. A consecuencia de este bárbaro castigo, el Polaca enfermó y lo llevaron al hospital. A la salida se echó á andar por las calles.

--¡Qué infamia es esa farsa de caridad oficial!--murmuró Juan--. ¡Qué infamia!

El Mangue y el Polaca, con la ilusión de ser toreros, vivían contentos.

--¿Y ganábais algo en esas capeas?--les preguntó Juan.

--Sí, lo que nos daban.

--¿Y cómo ibais de un pueblo á otro?

--Nos subíamos á los estribos del tren, y antes de llegar á una estación bajábamos.

--Pero todos los días no habría capeas.

--No.

--Y mientras tanto, ¿qué comíais?

--Sacábamos patatas del suelo y comíamos uvas y frutas.

--¿Y ahora qué hacéis?

--Ahora nada. Esperando el verano.

La Chai era una muchacha fea y de aspecto encanallado, y por lo que pudo observar Juan, trataba como esclavos á sus dos amantes.

--¿Y vivís solos aquí vosotros?

--No, hay más en estas casillas.

A Juan le interesó aquella madriguera y volvió al día siguiente. Hacía una hermosa tarde de sol. En el antiguo patio del cementerio, arrimados á una tapia, había un vendedor de cerbatanas y de majuelas, que tenía su mercancía en una cesta; un gitano y un golfo. Les preguntó Juan por el Mangue y por el Polaca, y se sentó junto á ellos.

El gitano dijo que tenía como profesión la de matar pájaros con tirabeque; profesión que á Juan le pareció bastante cómica.

--No crea usted... que es guasa--dijo el gitano--. ¿A que le doy á aquel bote de pimiento?

--¿A que no? Una perra gorda--apostó el de las cerbatanas.

El gitano arregló su tirabeque, disparó... y no le dió al bote.

Se trabó una larga discusión entre el gitano y el de las cerbatanas.

--Y usted, ¿qué hace?--le preguntó Juan al golfo.

--¿Yo?--exclamó el otro en tono displicente.

--Sí.

--Yo soy ladrón.

--¡Mal oficio!

--¿Por qué?

--Porque no produce más que disgustos.

--¡Psch! También suelo vender perros; pero eso es peor.

--¿Y qué es lo que roba usted?

--Lo que se tercia. Antes robábamos aquí, en este camposanto.

--¿Entonces conocería usted á Jesús?

--A Jesús, el cajista, ya lo creo. ¿Era amigo de usted?

--Sí, amigo y compañero. Yo soy anarquista.

--Pues yo soy el Corbata. Cuando hago de Don Tancredo me llaman el Raspa.

--¡Ah! ¿Hace usted de Don Tancredo?

--Sí; el año pasado un toro me dejó á la muerte. Y espero el año que viene para ir á los pueblos á repetir el experimento.

--¿Y si le matan á usted?

--¡Psch! Es igual.

--¿Y cómo le han soltado ya de la cárcel?

--Me las he arreglado para que me saquen.

--¿Y qué tal en la cárcel? ¿Hay buena gente?

--¡Si hay! mejor que fuera. Ahí he conocido á los Ladrilleros, dos buenas personas.

Los Ladrilleros no habían hecho más que asesinar á uno para robarle.

--Uno de los Ladrilleros, domesticaba gorriones en el pasillo de arriba--contó el Corbata--. Solía hacer que los pájaros fuesen á comer miguitas de pan en su mano, y les hacía bailar y dar vueltas. Tenía dos en su cuarto más listos que una persona, y no dejaba que los tocara nadie. Un día va el director y le ve que no tenía más que un gorrión: «¿Y el otro gorrión? ¿Se ha muerto?»--le preguntó. «No, señor director.» «¿Es que se ha escapado?» «Tampoco.» «¿Pues dónde está?» «Usted me perdonará, señor director--le dijo el Ladrillero sonriendo--, pero el preso de ahí al lado estaba tan triste el pobrecillo, que le he prestado el gorrión por tres días para que se distraiga.»

El Corbata contó esto sonriendo, como una debilidad disculpable de un niño. El de las cerbatanas dijo que esto no le chocaba, porque en los presidios había tan buena gente ó más que fuera.--Un acaloro cualquiera lo puede tener--terminó diciendo. Al marcharse Juan, el Corbata distraídamente le quitó el pañuelo. Juan lo notó, pero no dijo nada.

* * * * *

Unos días después, Juan vió en la era de la Patriarcal á un amigo del Corbata, que se llamaba el Chilina. Era éste un joven delgado, de bigotillo negro, con la cara redonda, afeminada, y una mirada indiferente y fría de unos ojos verdes. El Corbata le había conocido en la cárcel y le tomó bajo su protección.

El Chilina era un golfo siniestro, lleno de pereza, de vicios y de malas pasiones.

--He vivido en una casa de zorras--le dijo á Juan riendo--, hasta que se murió mi madre, que estaba allá. Me echaron de la casa, y la misma noche me encontré con una mujer. «¿Quieres venir?» me dijo. «Si me das todo lo que ganas, sí»; le contesté. «Bueno, toma la llave»; me dió la llave y nos arreglamos. Así estuve hasta hace un año, viviendo bien, pero una mujer me faltó y la dí una _puñalá_. Ahora estoy aquí porque me tengo que ocultar.

Unos días después, el Chilina llevó á las casas del cementerio una mujer tagala con el objeto de explotarla.

Esta mujer ganaba algunos céntimos entregándose á los hombres por aquellos descampados.

Le llamaban la Manila, era bastante fea, tenía un cándido cinismo, el instinto natural de su vida salvaje; se ofrecía con una absoluta ignorancia de ideas de moralidad sexual. No sentía el desprecio de la sociedad cerniéndose sobre su cabeza. Acostumbrada desde la infancia á ser maltratada por el blanco, no llegaba á herirle la abyección de su oficio, y por esto no manifestaba odio contra los hombres. Lo que le daba miedo era el tener que andar de noche por aquellos andurriales.

El Corbata y el Chilina la poseían cuando querían en los rincones apartados, cerca de las tapias del cementerio, y ella se entregaba como quien hace un favor. El Chilina, además, le sacaba el dinero.

Otras dos personas se acogieron en las casuchas en aquel invierno: un mendigo viejo, sucio y repugnante, con una barba enmarañada y ojos purulentos, y su mujer, una arpía con la que estaba amontonado.

Este mendigo se ponía en las bocacalles y golpeando la acera con la garrota, gritaba varias veces el santo del día.

El Corbata, la primera vez que le vió, le oyó decir:

--Hoy, hoy... Santa Tecla... Santa Tecla... hoy... hoy--y desde entonces le llamaba Santa Tecla.

* * * * *

--¡Qué hermoso!--pensaba Juan--sería sacar á estos hombres de las tinieblas de la brutalidad en que se encuentran y llevarlos á una esfera más alta, más pura! Seguramente en el fondo de sus almas hay una bondad dormida; en medio del fango de sus maldades hay el oro escondido que nadie se ha tomado el trabajo de descubrir. Yo trataré de hacerlo...

Todas las tardes, lloviera ó hiciera bueno, iba Juan á las casuchas del campo santo á hablarles á aquellos hombres. Acudían algunos mendigos de San Bernardino y escuchaban con atención. Formaban un corro. Enfrente los cipreses del cementerio de San Martín sobresalían por encima de las tapias. Oían todos las palabras de Juan como una música agradable y dulce y la Filipina, quizás la que menos entendía, era la que con más fe le escuchaba.

Cuando se marchaba Juan á su casa, muchas veces se decía á sí mismo:

--El oro está dentro; saldrá á la superficie.

Un anochecer Juan presenció una apuesta entre Santa Tecla y la vieja arpía, con quien se hallaba amontonado.

--¿Qué sabes tú, vieja zorra?--decía Santa Tecla.

--¿Qué sé yo? Más que tú, asqueroso; mucho más que tú--replicaba la vieja haciendo gestos repugnantes.

--Tú crees que toda la gente es tan mala como tú.

--Si parece que tienes telarañas en los ojos.

--Calla, calla, _arrastrá_.

--Si es que tú pareces tonto; ya te figuras tú que la gente te da dinero porque eres tú.

--Calla... ¡leñe! ¡tanto moler y tanto amolar!... porque tú eres una cochina zorra, ya crees que todas lo han de ser.

--Y lo son. ¡Me parece!--y la vieja hizo un gesto desvergonzado.

Santa Tecla metió la mano por la abertura y se puso á rascarse el pecho con dignidad.

--Pues sí, pues sí--chilló la vieja--, mañana va otro ciego cualquiera al Buen Suceso y le dan limosna lo mismo que á ti.

--¡Cállate, cerda! Si eres más venenosa que un sapo. ¿Tú qué sabes?

--¿Que no sé? Haz una apuesta. A que mañana domingo, si voy yo de tu parte á las señoras del coche y les digo que tú estás malo, ¿á que no dan nada?

--A que sí.

--¿Cuánto apostamos?

--Una botella.

--Está.

--Hay que ver en qué termina la apuesta--dijo el Corbata.

Al día siguiente fué Juan. Santa Tecla paseaba por la era dando muestras de impaciencia. El Corbata y el Chilina tomaban el sol tendidos en la hierba.

Al medio día apareció la vieja en la vuelta del camino con una botella en la mano.

Santa Tecla sonrió.

--¿Qué?--dijo cuando se asomó la vieja--. ¿Han dado?

--_Ná_, ni una perra. Les dije: «¡Señoritas, una limosna _pa_ el cieguecito, que mi pobre _marío_ está _mu_ malo y no tenemos ni _pa melecinas_!

--¿Y qué?

--_Pus ná_, que entraron en la iglesia sin mirarme. Luego las seguí hasta su casa... y la señora ha _llamao_ al portero y le ha dicho que me eche. ¡Ah, perras! Aquí traigo la botella. ¡Dame los dos reales!

--¡Los dos reales! ¿Pero tú te has _figurao_ que á mí me la das? Lo que te voy á dar es un estacazo por liosa.

--No pagues si no quieres. Pero que me muera si no es verdad lo que digo.

--Bueno, trae la botella--y Santa Tecla cogió la botella, la destapó y comenzó á beber y á murmurar.

--¡_Desagradecías_, más que _desagradecías_!

--¿Ves?--gritaba la vieja atenta al odio más que á la golosina--. ¿Ves lo que son?

--_¡Desagradecías!_--gruñía el viejo.

--Pero oiga usted, compadre--le preguntó el Corbata en tono de chunga--. ¿Usted qué ha hecho por esa gente? ¿Rezar?

--¿Y te parece poco?--replicó el mendigo componiendo el semblante.

--A mí muy poco.

--Si tú eres un hereje, yo no tengo la culpa--refunfuñó el viejo con la barba llena de vino. El Corbata y el Chilina se echaron á reir á carcajadas, mientras Santa Tecla, con la botella ya vacía en la mano, murmuraba entre dientes cabeceando:

--Son unas _desagradecías_. ¡Para que haga uno por ellas nada!

* * * * *

Juan había contemplado entristecido la escena. Vino la Manila; el Chilina se acercó á ella á pedirle el dinero que había ganado. Era domingo y quería divertirse el mozo.

--No tengo más que unos céntimos--dijo ella.

--Te los habrás gastado.

--No; es que no he ganado.

--A mí no me vienes tú con infundios. Venga el dinero.

Ella no replicó. El le dió una bofetada, luego otra; después furioso la echó al suelo, la pateó y la tiró de los pelos. Ella no lanzaba ni un grito.

Al fin ella sacó de la media unas monedas y el Chilina, satisfecho, se marchó.

Juan y la Filipina encendieron una hoguera de ramas y los dos, muy tristes, se calentaron en ella.

Juan se fué á su casa. El oro de las almas humanas no salía á la superficie.

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CAPÍTULO V

Esnobismo sociológico.--Anarquistas intelectuales.--Humo.

Un día Juan recibió una carta de un señor desconocido. Le decía este señor que había pensado hacer un periódico radical, casi anarquista, y quería saber si podía contar con él y con sus amigos. En el caso de que no tuvieran inconveniente, les invitaba á tomar café en su casa, en donde les presentaría unos compañeros.

--¿Iremos?--le preguntó el Libertario á Juan.

--Por qué no.

* * * * *

Fueron Juan, Manuel, el Libertario y Prats.

Los pasaron á un gabinete amueblado con ese carácter deplorable, que es el encanto de los carpinteros y de los cursis, que se llama estilo modernista. Había desparramados por el cuarto sillones bajos, sillas blancas con las patas torcidas, y dos ó tres veladores repletos de baratijas. En las paredes había encuadrados con marcos blancos algunos grabados ingleses, en donde no se veían más que mujeres delgadas con el talle largo, un lirio en la mano y una expresión de estupidez desagradable.

Estaban sentados esperando cuando entró el amo de la casa, y saludó afectuosamente á todos. Era un joven alto, afeitado, con levita, gran corbata azul y un chaleco claro rameado.

--Pasemos á mi despacho--dijo--. Les presentaré á mis amigos.

Pasaron á un cuarto más grande; después de hacer una porción de ceremonias chinescas en la puerta, el anfitrión presentó á los anarquistas á unos cuantos jóvenes, entre ellos un militar.

El despacho era grande, de techo alto; tenía varios retratos al óleo, y cerca de los balcones, había vitrinas llenas de miniaturas y sortijas. En el fondo había una chimenea encendida.

--Sentémonos por aquí, al lado del fuego--dijo el anfitrión.

Se sentaron todos y el dueño de la casa tocó un timbre. Vino un criado y acercó una mesita de te con tazas y pastas.

Sirvió el criado á unos te á otros café.

El Libertario y Prats sonreían burlonamente, sobre todo cuando el criado les preguntó:

--¿De qué quiere la copa el señor? ¿de ron? ¿de Chartreuse?

--Me es igual.

Pasó luego el criado con una caja de puros y mientras fumaban se habló de la compañía del Español, de los cómicos extranjeros, de Gabriel d'Annunzzio y de otra porción de cosas.

Cuando ya la conversación languidecía, el dueño de la casa se arrellanó en la butaca y dijo:

--Vamos á hablar de nuestro asunto. Yo quisiera hacer una revista de una gran independencia de criterio y que representara las tendencias más avanzadas en sociología, en política y en arte, y para eso me he permitido llamarles. Yo, digo la verdad, soy anarquista, en el sentido filosófico, por decirlo así. Yo creo que hay que renovar esta atmósfera en que vivimos. ¿No les parece á ustedes?

El anfitrión sonrió amablemente. No estaba al parecer muy convencido de la necesidad de la renovación.

--Yo quisiera saber--prosiguió--si ustedes podrían llegar á un acuerdo para poder trabajar en común, porque de la parte económica me encargaría yo.

--Nosotros somos anarquistas--dijo el Libertario--, y cada uno de nosotros tiene sus opiniones particulares; pero nosotros cuatro y con nosotros todos nuestros amigos, ayudarán en lo que puedan con el trabajo y con la propaganda, á un periódico que sirva para atacar la actual sociedad.

Juan, Prats y Manuel asintieron á lo dicho por su compañero.

--Pero eso es muy vago--dijo con cierto aire displicente un joven acicalado y repeinado, hablando con ceceo de gomoso.

--¿Vago? Yo no veo la vaguedad--replicó con rudeza el Libertario--. Ayudaremos con gusto á todo lo que sirva para desprestigiar el Estado, la Iglesia y el Ejército. Somos anarquistas.

--Pero hay que saber qué anarquismo es el de ustedes--indicó el gomoso, y añadió dirigiéndose al anfitrión--; porque hay el nihilismo filosófico, hay la anarquía, que es la fórmula lógica y científica del socialismo radical, y además de esto hay el sentimiento anarquista, que es un sentimiento bárbaro, salvaje, de hombres primitivos...

--Ese sentimiento bárbaro y salvaje es el nuestro--dijo sonriendo el Libertario.

--¿Un sentimiento puramente de destrucción?

--Eso es, puramente de destrucción.

--Yo estoy con estos señores--saltó un joven de barba y anteojos, de aspecto ensimismado y hablar meloso--; creo que hay que destruir mucho, disolver las ideas hechas, atacar los dogmas en sus principios.

--Hay que construir--interrumpió el gomoso con un gesto de desdén.

--¿Pero usted cree que la sociedad no tiene fuerza de cohesión para resistir todas las ideas, aun las más disolventes?

--Había que discutir eso.

--Discutir, ¿para qué?--repuso el de las barbas--. Es una convicción que yo tengo y de la que usted no participa.

--¿Pero usted qué quiere en último término? Una revolución filosófica.

--Todas las revoluciones son filosóficas. Primeramente cambian las ideas; luego se modifican las costumbres, y por último, vienen las leyes á inmovilizarlas.

--Las ideas están ya transformadas--replicó el gomoso.

--Perdone usted. Yo creo todo lo contrario. Creo que no hay un liberal verdadero en toda España.

--¡Qué exageración! Y entonces, ¿cómo se va á verificar el cambio que usted desea?

--El cambio se hace inconscientemente, por irrespetuosidad en los de abajo y por falta de convicciones en los de arriba. Esto se agrieta, porque se descompone. Nadie cree en su misión, ni el juez que condena, ni el cura que dice misa, ni el militar, perdone usted--dijo al oficial--que mata en la guerra.

--Yo--saltó el oficial--hago una diferencia entre el militar y el guerrero: el uno es el de las paradas, el otro el de las batallas.

--Esta sociedad de los explotadores, de los curas, de los soldados y de los funcionarios, yo creo que se hunde--siguió diciendo el de las barbas.

--¡Bah!

--Es mi opinión--y el de las barbas se quedó mirando al fuego muy ensimismado.

* * * * *

--Yo--dijo el oficial á Juan--encuentro muy simpáticas las ideas de ustedes. No espero más que la sociedad me pise la cola para saltar y clavar las uñas. Ahora, encuentro una cosa que no me gusta, y es que ustedes tratan de suprimir en el hombre el instinto guerrero.

--No--repuso Juan--; lo que queremos es aplicarlo á algo más noble que á exterminarse unos á otros.

--Yo lo que quisiera saber--dijo el joven sociólogo--, quiénes son los que van á hacer esa revolución.

--¿Quiénes?--contestó el Libertario--, los desarrapados, los que viven mal. ¡Que hubiese diez hombres de talento y de iniciativa en España, y la revolución estaba hecha.

* * * * *

--Quizás les parezca absurdo lo que voy á decir--exclamó el oficial--; pero para mí la revolución social es una obra que debía realizarla el ejército.

El oficial explicó su plan. Era un hombre atezado, flaco, con un perfil de aguilucho, un temperamento vehemente. Por su cerebro pasaban las ideas y los proyectos más extraordinarios como una rueda de fuegos artificiales, sin dejar más rastro que un poco de humo. El quería que la revolución social la hiciera el ejército dando la batalla á los capitalistas; quería también que el ejército hiciese en el país las obras públicas de canalización, de construcción de caminos, de tendido de líneas férreas, de repoblación de árboles, y que luego de arreglado el terreno de España, se le licenciara si ya no era útil. Tenía una concepción napoleónica de una Europa federada entre cesarista y anarquista.

El joven gomoso encontró muy mal las ideas del capitán. Este joven gomoso y sociólogo escribía en periódicos y revistas y se llamaba á sí mismo anarquista intelectual. No tenía simpatía por nada, ni por nadie. Para él, lo que había que debatirse antes de todo eran las posibilidades científicas de la doctrina. Su ideal era una sociedad por categorías: arriba los sociólogos, como modernos magos, definiendo y dictando planes y reformas sociales; abajo los trabajadores ejecutando los planes y cumpliendo las órdenes. La parte sentimental del socialismo y de la anarquía le parecía despreciable.

--Yo estaría con ustedes--dijo el joven sociólogo--, siempre que ustedes se atuvieran á la parte científica de la doctrina. La idea anarquista, sí; el sentimiento anarquista, no; porque no produce más que crímenes y brutalidades.