La lucha por la vida: Aurora roja
Part 13
Había aclarado ya el campo; algún tinte de rosa brotaba en el cielo; el Guadarrama iba apareciendo velado por nieblas alargadas y blancas; cerca surgía una como ciudad amurallada, con una tapia de ladrillos y unas casitas pequeñas de tejados rojos, con una iglesia enmedio. Un sendero violáceo á la claridad de la mañana, iba ondulando por el campo hasta llegar á aquella aldea roja. Se acercaron á ella. Desde un altozano se veía el interior. En una de las casetas ponía: «Desinfección».
--Este es el hospital del Cerro del Pimiento--dijo el Libertario.
Siguieron adelante.
Salió el sol por encima de Madrid. La luz se derramó de un modo mágico por la tierra; las piedras, los árboles, los tejados del pueblo, las torres, todo enrojeció y fué luego dorándose poco á poco.
El cielo azul se limpió de nubes; el Guadarrama se despejó de nieblas; un pálido rubor tiñó sus cimas blancas, nevadas, de un color de rosa ideal. En los desmontes, algún rayo de sol vivo y fuerte al caer sobre la arena, parecía derretirla é incendiarla.
Se metieron los anarquistas por una zanja y salieron al paseo de Areneros y siguieron adelante hasta desembocar en la calle de Rosales.
El paisaje desde allá era espléndido. Sobre las orillas del río se extendía una niebla, larga y blanca; los árboles de la Casa de Campo, enrojecidos por el otoño, formaban masas espesas de ocre y de azafrán; algunos chopos altos y amarillos, de color de cobre, heridos por el sol, se destacaban con sus copas puntiagudas entre el follaje verde obscuro de los pinos; las sierras lejanas se iban orlando con la claridad del día y el cielo azul, con algunas nubes blancas, clareaba rápidamente.
Se despidieron al llegar á la calle de Ferraz.
--Hay algo de loco en todos ellos--se dijo Manuel--. Habrá que separarse de esta gente.
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CAPÍTULO III
El mitin en Barbieri.--Un joven de levita.--La carpintería del arca de Noé.--¡Viva la Literatura!
Había que hacer el mitin cuanto antes. Juan, no sólo no estaba aún repuesto, sino que se encontraba peor. Desde casa iba dirigiendo el movimiento de propaganda; tenía gran correspondencia con los anarquistas de provincias y con los extranjeros. El médico no le permitía salir más que un momento por las tardes, en las horas de sol. Manuel era el encargado de no permitir la menor transgresión.
--Yo haré lo que sea--le decía á su hermano--, pero tú quédate en casa.
--Bueno; pues no hay que perder el tiempo para hacer el mitin.
--¿Le veremos á Grau?
--Psch... bueno; no querrá ir.
Prats era partidario de que se viera á Grau. Manuel le acompañó. Fueron los dos á Vallehermoso y en una callejuela subieron al tercer piso de una casa. Llamaron; una muchacha les preguntó qué querían, dijeron á lo que iban, la muchacha vaciló y abrió la puerta. Pasaron por un pasillo á un despacho con un balcón en donde apenas cabían tres personas. En la pared había una porción de retratos. Manuel y Prats estuvieron contemplándolos.
--Esta es Luisa Michel--dijo Prats.
Era una mujer de rostro escuálido y perfil aguileño, con la frente desguarnecida y el cabello corto. Después Prats mostró á Kropotkine, calvo y barbudo, agazapado tras de sus anteojos, con cierto aire de gato fosco; á Elíseo Reclus, de cara apacible de soñador y de poeta; á Gorki, con su tipo innoble y repulsivo.
Se sentaron Prats y Manuel, y pasó media hora larga sin que apareciera nadie.
--Hay que hacer aquí más antesala que para ver á un ministro--dijo Manuel.
Por fin, salió una señora flaca, de aire autoritario. Escuchó lo que dijo Prats, de pie, con marcada impaciencia, y contestó que su marido estaba trabajando. Le daría el encargo y él les enviaría la contestación.
Salieron de casa de Grau, y Manuel, en derechura, se fué á la imprenta.
Por la noche, en la Aurora, donde había gran movimiento para concertar los preparativos del mitin de propaganda, se habló de la negativa de Grau á tomar parte en la reunión.
El Madrileño despotricó contra Grau.
--Es un vividor--dijo--, un farsante vendido al gobierno.
--No--replicó el Libertario--, es un temperamento de burgués, que vende su periódico como otro vende pastillas de chocolate.
--Sí--dijo el Madrileño--; pero cuando uno tiene un temperamento de burgués, pone uno una tienda de ultramarinos, ó una zapatería ó cualquier cosa; todo menos un periódico anarquista. Cuando uno es partidario del amor libre y enemigo del matrimonio, no se casa; cuando se predica contra la propiedad, no se trabaja para reunir cuatro cuartos.
--Grau será lo que se quiera--dijo Prats--; pero es una persona honrada y decente. En cambio, el director de _El Libertario_, es un miserable, una cucaracha, un reptil.
--¡Bah! ¡Como es amigo tuyo!--replicó el Madrileño--, por eso le defiendes á ese farsante!
--¡Farsantes, vosotros!
--Si estáis todos vendidos al gobierno.
--Vosotros sí que lo estáis. Queréis sembrar la cizaña en el campo anarquista--gritó Prats enfurecido--. ¿Cuánto dieron á vuestro periódico por hablar bien de Dato?
--Y vosotros--exclamó el Madrileño--¿qué cobrásteis por la campaña rabiosa que hicísteis contra los republicanos?
--La hicimos por dignidad.
--¡Por dignidad! Para vosotros todo es negocio. Habéis comido pan de Montjuich. Estáis engañando á la gente de una manera asquerosa. Todos tenéis salvoconducto de la policía.
--¡Canallas!--vociferó Prats fuera de sí--. Vosotros sí que estáis vendidos al gobierno y á los jesuítas para desacreditarnos. Pero tened en cuenta, que hemos desenmascarado á muchos farsantes.
--Claro, queréis ser vosotros los únicos y os molestan los hombres dignos. ¿Por qué odiáis á Salvochea? Porque vale más que vosotros; porque ha sacrificado su fortuna y su vida por la anarquía, y vosotros no habéis hecho más que vivir de ella.
--Escupe tu baba, ¡miserable!--exclamó Prats.
--El miserable eres tú--gritó el Madrileño, acercándose á su contrincante con el puño levantado.
El Libertario y Juan se interpusieron entre los dos y lograron calmarlos.
--¡Imbéciles! ¡Idiotas!--murmuró el Libertario--. Saben que lo que dicen es mentira y lo dicen á pesar de todo... No parece sino que tienen interés en desacreditarse á sí mismos... Créelo, Juan, necesitamos un hombre...
* * * * *
--¿Y por qué no citáis al mitin á los socialistas?--preguntó Manuel.
--¿Para qué?--preguntó el Libertario.
--Para discutir con ellos.
--¡Quia!--replicó en tono humorístico el Madrileño--. A esos, todo lo que no tenga que ver con la bazofia y con el jornal no les importa nada.
--La cuestión sería dar el mitin en un teatro del centro--dijo el Libertario.
--Hombre, yo conozco á uno que está empleado en la Zarzuela--contestó Manuel.
--Podríamos ir á verle.
--Bueno.
A Manuel le molestaban estas idas y venidas. Afortunadamente, Morales llevaba la imprenta como una seda.
* * * * *
Unos días después, el Libertario y Manuel fueron á la Zarzuela, aunque convencidos de que no les habían de ceder el teatro.
Se acercaron á allá, vieron que unos coristas ó comparsas entraban por un pasillo, y siguieron tras ellos. Preguntaron en la portería por el Aristas, y les dijeron que estaba en el escenario.
Recorrieron un largo callejón sombrío hasta aparecer frente á una puerta atada con una cuerda y que se cerraba á golpes por un resorte.
Empujaron la puerta.
--¿Qué quieren ustedes?--les dijo un hombre con gorrilla.
--Preguntamos por el Aristas.
--En el otro lado.
Pasaron; el escenario estaba en una semiobscuridad extraña; al lado de las candilejas cantaban una mujer y un hombre; en el fondo, sentados en corros, había coristas embozados en la capa y mujeres arrebujadas en el mantón con toquilla en la cabeza.
Encontraron al Aristas y le expusieron lo que querían.
--No, no puede ser. ¡Para un mitin anarquista! ¡En la Zarzuela! Imposible--dijo el Aristas--. Ahora, se lo diré al representante.
--Como usted quiera--dijo con indiferencia el Libertario, á quien le molestaba el aire de superioridad del Aristas.
Dirigidos por él, cruzaron el escenario y por una escalerilla de un extremo bajaron al patio de butacas. La sala estaba á obscuras; arriba, de la claraboya del techo, se filtraba pálida luz.
Se sentaron el Libertario, Manuel y el Aristas. Habían concluído de cantar un coro; el músico, sentado al piano, daba instrucciones.
Un cómico, con aire acaponado, se asomó á las candilejas y comenzó á decir, con una voz aguda y unos visajes repulsivos, que él se llamaba Fulano de Tal y de Tal, que le gustaba seguir á las modistas, porque era un pillín y una porción de sandeces y de cosas incongruentes.
--¿Qué bien trabaja, eh?--exclamó el Aristas sonriendo--. Gana ocho duros al día.
--¡Qué barbaridad!--murmuró el Libertario!--. ¡Cuántos de nosotros tenemos que ser explotados para que viva uno de estos mamarrachos!
--¿Qué tiene que ver eso?--¿A usted le quitan el dinero?--preguntó el Aristas.
--Sí, señor. El dinero que nos quitan los burgueses á mí y á otros como yo, lo vienen á gastar con nenes como este capón.
--Ya se ve que no entiende usted nada de arte--dijo desdeñosamente el Aristas.
--¿De arte? ¡Pero si eso no es arte ni es nada! Sirve para distraer á los burgueses mientras hacen la digestión. Es como el bicarbonato de sosa para el flato.
El Aristas se levantó y se fué. Volvió al poco rato y secamente le dijo á Manuel que de ningún modo podían dar el teatro para un mitin, y menos para un mitin anarquista.
--Está bien--dijo el Libertario--. Vámonos.
Volvieron á subir por la escalerilla al tablado, buscaron la puerta y salieron del teatro.
* * * * *
No hubo más remedio que hacer el mitin en Barbieri. El Libertario, el Madrileño, Prats y otros compañeros, hicieron los preparativos. El día fijado, un domingo de Enero, frío y desapacible, Manuel avisó un coche, y él, la Salvadora y Juan, fueron al teatro. Juan iba muy abrigado.
Entraron en el teatro. La sala estaba bastante obscura; la luz entraba por un alto ventanal é iluminaba con una luz borrosa la sala aún vacía.
Juan fué al escenario.
--Ten cuidado--le dijo la Salvadora--, no te enfríes.
Manuel y la Salvadora se sentaron en las butacas.
Se encendieron dos lámparas del telón de boca. A la luz mezclada del día triste y de las bombillas eléctricas, se vió el escenario como una cueva. En medio se habían sentado alrededor de una mesa, unos cuantos hombres mal vestidos; á un lado había una mesita pequeña, con un tapete azul y una botella y un vaso. En el fondo del escenario se veía una fila de hombres sentados en un banco, á los cuales no se les distinguía y entre éstos se sentó Juan.
Iba llenándose el teatro; entraban obreros endomingados con sombrero hongo, otros de blusa y gorra, andrajosos y sucios. En las plateas se instalaban algunos que parecían capataces, con sus mujeres y chicos, y en un palco del proscenio había unos cuantos escritores ó periodistas, entre los que se señalaba un hombre con el pelo rojo y la barba también roja, en punta. Entró el Libertario en el teatro y se acercó á saludar á Manuel. Este le presentó á la Salvadora.
--¡Salud, compañera!--dijo el Libertario estrechándole la mano.
--¡Salud!--contestó ella riendo.
--La conocemos á usted mucho--añadió el Libertario--; éste y su hermano, no saben más que hablar de usted.
La Salvadora sonrió y se turbó un tanto.
--Y qué, ¿vas á hablar?--le preguntó Manuel al Libertario.
--Eso quieren; pero no me hace gracia. Si les pudiera convencer de que no... Yo no sirvo para orador.
Luego se apoyó en una butaca de espaldas al escenario, miró hacia atrás y añadió:
--¡Qué pocos son los que tienen caras de persona! ¿eh?
La Salvadora y Manuel volvieron la cabeza. La verdad que ninguno de los tipos tenía mucho que celebrar. Había rostros irregulares, angulosos, de expresión brutal, frentes estrechas y deprimidas, caras amarillas ó cetrinas, mal barbadas, llenas de lunares; cejas torvas, bajo las cuales brillaba una mirada negra. Y sólo de trecho en trecho alguna cara triste, plácida, de hombre ensimismado y soñador...
--¡En qué pocas miradas hay algo de inteligencia, y sobre todo, en qué pocas hay bondad!--añadió el Libertario--. Aires solemnes, graves, tipos de orgullosos y de farsantes... La verdad es que con esta raza no se va á ninguna parte. Bueno, me voy al escenario. ¡Salud, compañeros!
--Salud.
Estrechó la mano de la Salvadora, dió una palmada en el hombro de Manuel y se fué.
Se encendió la batería de las candilejas. El presidente, un viejo de barba blanca que estaba sentado entre Prats y un obrero enfermizo, pálido, de mirada vaga, hizo sonar la campanilla y se levantó. Dijo unas cuantas palabras, que no se oyeron, y concedió la palabra á uno de los oradores.
Inmediatamente uno de los que se hallaban sentados en el fondo del escenario, avanzó hasta colocarse delante de la mesa, llenó un vaso de agua, bebió un sorbo y... ¡Compañeros!--dijo.
A pesar de las amonestaciones del presidente, que reclamó silencio, al orador no se le entendió gran cosa, parte por el ruido que el público hacía al entrar, y parte por la monotonía del discurso, que debía estar aprendido de memoria y recitado. Al terminar se le aplaudió y se fué.
Después vino un viejecillo, cogió la botella muy pausadamente, llenó el vaso de agua, se caló unas antiparras, dejó sobre la mesa un paquete de periódicos y comenzó á hablar.
Era sin duda el compañero un señor muy metódico y prudente; porque no decía una palabra sin referirse á lo que había publicado este ó el otro periódico. A cada paso leía trozos con una lentitud desesperante. El público aburrido hablaba en voz alta, y algunos chuscos en el gallinero relinchaban con gran maestría.
Dijo el viejecillo que era zapatero y contó cosas interesantes de la gente de su oficio, siempre documentándose. Cuando concluyó hubo en todo el mundo un suspiro de alivio.
Tras del viejo se presentó un joven de gran levita y cuello almidonado muy alto. Era un periodista desconocido, que indudablemente trataba de pescar algo en las turbias aguas del anarquismo.
El público, que había acogido con indiferencia á los dos primeros oradores, rompió á aplaudir á las primeras frases que pronunció el joven de la levita.
En su discurso enfático, petulante, hueco, barajó términos científicos de sociología y de antropología.
En la actitud de aquel joven, siempre había algo así como un reto. A cada instante parecía decir á los cuitados del público:
¡Ya veis que llevo levita!, ¡que llevo sombrero de copa!, ¡que soy hombre ilustrado!; pues, ¡asombraos!, ¡admiradme! He descendido hasta vosotros. Me he identificado con vosotros.
Puesto en el camino de las jactancias, el joven de la levita dijo que despreciaba á los políticos, porque eran unos asnos; despreciaba á los sociólogos que no se afiliaban á la anarquía, porque eran unos ignorantes; despreciaba á los socialistas, por vendidos al gobierno; despreciaba á todo el mundo, y cada baladronada de éstas era acogida por los papanatas del público con estrepitosos aplausos.
El acogía los aplausos con cierto gestillo desdeñoso, del hombre á quien le convencen en su casa de que tiene mucho talento.
Para final de su oración, el joven enlevitado hizo una frase de latiguillo.
--Al poder de las armas--dijo--, opondremos nosotros nuestra austeridad; si ésta no basta, á las armas contestaremos con las armas, y si la fuerza del gobierno quiere arrollarnos y exterminarnos, recurriremos al poder destructor de la dinamita.
Después de esta frase, que fué coreada por los bravos y los aplausos del público, el enlevitado, muy derecho, como si llevara en la cabeza el _Sancta santorum_ de la Anarquía, se retiró con cierto aire displicente de hombre no comprendido.
Después de éste, habló el Libertario. La sala había quedado emocionada con las frases campanudas y huecas del periodista, y la voz algo parda y confusa del Libertario no se llegó á oir; habló de la miseria, de los niños anémicos, y viendo que no le hacían caso, cortó el discurso y se fué sin que nadie se ocupara de él. Manuel aplaudió, y el Libertario se echó á reir, encogiéndose de hombros.
* * * * *
Seguía en el público la marejada producida por el discurso del joven de la levita, cuando se acercó á la mesa, decidido, un hombre de blusa, tostado por el sol, con la mirada atravesada.
El hombre puso los dos puños sobre la mesa y esperó á que se callara la gente. Luego, con voz vibrante y acento andaluz cortado y bravío, dijo:
--¡Esclavos del capital! ¡Vosotros sois unos idiotas, que os dejáis engañar por cualquiera! Vosotros sois unos estúpidos, que no tenéis noción de vuestro interés. Ahora mismo acabáis de oir y de aplaudir á quien ha dicho que hay obreros intelectuales que son como vosotros... ¡Es mentira! Esos que se llaman obreros intelectuales son los más ardientes defensores de la burguesía; esos periodistas son como los perros que lamen la mano del que les da de comer. (_Aplausos._)
Una voz gritó:--No es verdad.
--¡Fuera ese! ¡Fuera!
--Dejadle hablar.
--Yo he conocido un verdadero obrero intelectual--siguió diciendo el orador--, un verdadero apóstol, no como esos gomosos de la _gabina_ y del futraque. (_Aplausos._) Era un maestro de escuela, que predicaba la idea por los pueblos y las cortijadas de la serranía de Ronda. Aquel hombre siempre andaba á pie; aquel hombre vestía peor que cualquiera de nosotros; á aquel pobretico le bastaba para vivir una panilla de aceite y un currusco de pan. En las gañanías, enseñaba á leer á los braceros á la luz del candil. Aquel era un verdadero anarquista, aquel era un amigo de los explotados, no como los de aquí, que hablan mucho y no hacen nada. ¿Qué hace la prensa por nosotros? Nada. Yo soy tejero, y los del oficio, mal comparados, vivimos peor que cerdos, en chozas que no tienen dos varas en cuadro. Y allí, métase usted con toda la familia y gane usted un jornal de dos pesetas. Y eso no todos los días, porque cuando llueve no hay jornal; pero, en cambio, hay que recoger ladrillos y cargar carros, todo gratis, para que el patrón no se arruine. Y esto, comparado con lo que pasa en Andalucía, es la gloria. Y es lo que yo digo, cuando un pueblo sufre todo esto, es que es un pueblo de gallinas...
El orador aprovechó esta oportunidad para hacer gala de nuevo de sus instintos agresivos, y volvió á insultar con verdadera elocuencia al público, que le aplaudió con entusiasmo. Se veía que era un hombre fanático y feroz. Tenía una mandíbula de lobo, unos músculos maséteros abultados, de animal carnívoro, y al hablar se le contraían las comisuras de los labios y se le fruncía la frente. Se comprendía que aquel hombre, irritado, era capaz de asesinar, de incendiar, de cualquier disparate.
Al último, para demostrar la inutilidad de los intelectuales, habló de los astrónomos, á quienes llamó imbéciles, porque perdían el tiempo mirando al cielo.
--¡Qué le habrán hecho á éste los astrónomos!--dijo Manuel á la Salvadora.
Después de una excitación al pillaje, el tejero terminó diciendo:
--No queremos ni Dios ni amo. ¡Abajo los burgueses! ¡Fuera esos farsantes que se llaman obreros de la inteligencia! ¡Viva la Revolución Social!
Se aplaudió al andaluz, y se presentó en la tribuna un hombre grueso, cachazudo y calvo, de unos cincuenta años, que dijo, sonriendo, que él no tenía más odio que la Biblia.
Era un tipo contrario al anterior, tranquilo, bien avenido con la vida.
Para él, la Biblia no era más que un conjunto de necedades y de disparates. Se burló con cierta gracia de los siete días del Génesis, de la creación de la luz antes del sol y de otra porción de historias.
Dijo también que una de las cosas que le hacían reir era la existencia del alma.
--Porque ¿qué es el alma?--preguntó él--. Pues el alma no es más que el juego de la sangre que corre por el venaje de todo el sistema humanitario--y se miró á los brazos y á las piernas--, y si se va á ver, lo mismo que el hombre tienen alma los animales; pero no sólo los perros, sino hasta los más _insiznificantes_.
Después de esta explicación materialista del alma, digna del _Ecclesiastes_, explicó el hombre gordo el infundio del arca de Noé, como él lo llamó:
--Yo no sé--dijo--si Noé sería maestro carpintero; yo lo soy; pero lo que sí puedo decir es que el arca aquella no era una chapuza ni mucho menos (_risas_), y que para meter allí una parejita de cada animal, lo mismo terrestre que volátil, que _acuario_, se necesitaba toda una señora arca. Yo no le quito á Noé nada como carpintero, á cada uno lo suyo (_nuevas risas_); pero si le hubiera conocido á este señor, le hubiera preguntado: ¿Qué necesidad tenía usted de meter en el arca los chinches, las cucarachas y otros _inseztos_? ¿No hubiera sido mejor dejarles que se ahogaran?... La verdad es que este Noé debía tener alma de burgués (_risas_). Y si bien se quiere, el hombre era poco galante, porque en _orsequio_ de las señoras, que son á quienes más les pica (_risas_, _gritos_ _y_ _patadas_), debía haber suprimido las pulgas. Y otra cosa se me ocurre. Si las golondrinas comen moscas, y allá dentro del arca las dos golondrinas se comieron las dos moscas, ¿de dónde vienen las que hay ahora? Y los camaleones que se alimentan del aire, ¿cómo vivían allí si no había aire?
--¿Y por qué no había de haber aire?--preguntó uno desde arriba.
--Si había aire, estaría viciado--contestó el hombre gordo--. Porque cuarenta días y cuarenta noches en un sitio cerrado y sin ventilación con todos los animales de la tierra, habría que ver la peste... En fin, compañeros, que todo eso no es más que una filfa muy grande, y he dicho.
Se aplaudió algo burlonamente este discurso y se levantó Juan, muy pálido, con los ojos abiertos, como espantados. Manuel sintió una gran desazón.
--A ver si se trabuca--dijo á la Salvadora.
--No lo hará bien--contestó ella, también intranquila.
* * * * *
Se acercó Juan, modestamente á la mesa, y comenzó á hablar con una voz velada y algo chillona sin equivocarse. Interesado el público por el aspecto de niño enfermo de Juan, quedó silencioso. Juan, al sentirse escuchado, se tranquilizó; tomó el tono natural de su voz y comenzó á hablar con convicción y facilidad, de una manera flúida é insinuante.
--La anarquía--dijo--no era odio, era cariño, era amor; él deseaba que los hombres se libertasen del yugo de toda autoridad, sin violencia, sólo por la fuerza de la razón.
El quería que los hombres luchasen para salir del antro obscuro de sus miserias y de sus odios á otras regiones más puras y serenas.
El quería que el Estado desapareciera, porque el Estado no sirve más que para extraer el dinero y la fuerza que él supone, de las manos del trabajador y llevarlo al bolsillo de unos cuantos parásitos.
El quería que desapareciese la ley, porque la ley y el Estado eran la maldición para el individuo, y ambos perpetuaban la iniquidad sobre la tierra.
El quería que desaparecieran el juez, el militar y el cura, cuervos que viven de sangre humana, microbios de la humanidad.
El afirmaba que el hombre es bueno y libre por naturaleza, y que nadie tiene derecho de mandar á otro. El no quería una organización comunista y reglamentada, que fuera enajenando la libertad á los hombres, sino la organización libre basada en el parentesco espiritual y en el amor.
El prefería el hambre y la miseria con la libertad á la hartura en la esclavitud.