La lucha por la vida: Aurora roja

Part 12

Chapter 123,803 wordsPublic domain

Para los socialistas la importancia que el anarquismo activo tenía en España era consecuencia de la torpeza del gobierno. En ningún lado, según ellos, eran tan ineptos los hombres de la anarquía militante como en España; ni un escritor, ni un orador, ni un hombre de acción; sólo la torpeza del Estado podía dar relieve á hombres de una insignificancia tan absoluta. Con un gobierno libre como el de Inglaterra, aseguraban ellos, al año ya no se sabía si había anarquistas ó no en España.

Según los amigos de Morales, la crisis, aunque existía también en el socialismo activo, no era tan honda. Los oradores y los escritores del partido socialista no tenían el atrevimiento de ser pastores de conciencias; se contentaban con recomendar la asociación y con poner los medios para mejorar la vida de las clases obreras. Aun la misma cuestión de la doctrina se subordinaba á la asociación para la lucha.

--Nosotros--terminaba diciendo Morales--, tendemos á la organización, á la disciplina social, que en todas partes es necesaria, y en España más.

Esto de la disciplina hacía torcer el gesto á Manuel; le parecía mejor aquella frase dantoniana «¡Audacia! ¡Audacia! ¡Audacia!»; pero no decía nada, porque era burgués.

* * * * *

Como es natural y frecuente entre sectarios de ideas afines, socialistas y anarquistas se odiaban, y como en el fondo y á pesar de los nombres pomposos, la evolución de las ideas en los dos partidos era bastante superficial, unos y otros se insultaban en las personas de sus respectivos jefes, que eran unos buenos señores, que convencidos de que el divino papel que representaban era demasiado grande para sus fuerzas, hacían lo posible para sostenerse en el pedestal en que estaban subidos.

Para los socialistas, los otros eran unos imbéciles, locos que había que curar, ó pobres ingenuos, capitaneados por caballeros de industria, que se pasaban de cuando en cuando por el ministerio de la Gobernación.

En cambio, para los anarquistas, los _socialeros_ eran los que se vendían á los monárquicos, los que se pasaban de cuando en cuando por el ministerio á cobrar el precio de su traición.

Los dirigidos en general en uno y otro bando valían mucho más que los directores; eran más ingenuos, más crédulos, pero valían más como carácter y como arranque entre los anarquistas que entre los socialistas.

Al bando anarquista iban sólo los convencidos y exaltados, y al ingresar en él sabían que lo único que les esperaba era ser perseguidos por la justicia; en cambio, en las agrupaciones socialistas, si entraban algunos por convencimiento, la mayoría ingresaba por interés. Estos obreros, socialistas de ocasión, no tomaban de las doctrinas más que aquello que les sirviera de arma para alcanzar ventajas: el societarismo, en forma de sociedades de socorros ó de resistencia. Este societarismo les hacía autoritarios, despóticos, de un egoísmo repugnante. A consecuencia de él, los oficios comenzaban á cerrarse y á tener escalafones; no se podía entrar á trabajar en ninguna fábrica sin pertenecer á una sociedad, y para ingresar en ésta había que someterse á su reglamento y pagar además una gabela.

Tales procederes constituían para los anarquistas la expresión más repugnante del autoritarismo.

* * * * *

Casi todos los anarquistas eran escritores y llevaban camino de metafísicos; en cambio, entre los socialistas, abundaban los oradores. A los anarquistas les entusiasmaba la cuestión ética, las discusiones acerca de la moral y del amor libre; en cambio á los socialistas les encantaba perorar en el local de la Sociedad, constituir pequeños congresos, intrigar y votar. Eran sin duda más prácticos. Los anarquistas, en general, tenían más generosidad y más orgullo, y se creían todos apóstoles, hombres superiores. Se figuraban muchas veces que con cambiar el nombre de las cosas cambiaba también su esencia. Para la mayoría era evidente que desde el momento en que uno se declaraba anarquista, ya discurría mejor, y que en el acto de ponerse esta etiqueta cogía uno sus defectos, sus malas pasiones, sus vilezas todas y las arrojaba fuera como quien echa la ropa sucia á la colada.

De buenas intenciones y de buenos instintos, excepto los impulsivos y los degenerados, hubiesen podido ser, con otra cultura, personas útiles; pero tenían todos ellos un vicio que les imposibilitaba para vivir tranquilamente en su medio social: la vanidad. Era la vanidad vidriosa del jacobino, más fuerte cuanto más disfrazada, que no acepta la menor duda, que quiere medirlo todo con compás, que cree que su lógica es la única lógica posible.

En general, todos ellos, por el sobrecargo que representaba la lectura y las discusiones después de un trabajo fuerte y fatigador, por el abuso que hacían del café, estaban en excitación constante, que aumentaba ó remitía como la fiebre. Unos días se notaba en todos ellos la fatiga y la desilusión; otros, en cambio, el entusiasmo se comunicaba y había una verdadera borrachera de hablar y de pensar.

* * * * *

Los dos partidos obreros, con sus hombres, representaban en la clase proletaria los partidos burgueses: el socialismo, el conservador, oportunista, prudente; el anarquismo, el paralelo al republicano, con las tendencias levantiscas de los partidos radicales.

La diferencia entre estos partidos, las agrupaciones de la burguesía, estaba más que en las ideas, en los hombres. Ambos partidos obreros tenían la seguridad de no llegar nunca al poder; en sus filas se alistaban hombres exaltados ó creyentes, á lo más algunos interesados; pero no ambiciosillos de dinero ó de gloria como en las oligarquías burguesas. Les daba sobre éstas una gran superioridad á los dos partidos obreros, su internacionalismo que hacía que buscasen sus hombres tipos, sus modelos, más bien fuera que dentro de España. La táctica de la adulación, del servilismo, empleada para escalar puestos en las oligarquías burguesas, liberales, conservadoras ó repúblicanas, no servía para nada entre socialistas y anarquistas...

A veces, cuando discutían en el despacho de la imprenta, solía entrar Jacob el judío á preguntar si los pliegos tales ó cuales estaban ó no tirados. Oía las discusiones, las apologías entusiastas del socialismo y de la anarquía, y nunca decía su opinión. Indudablemente no le interesaba nada aquello. Para él eran los que se debatían asuntos de otra raza, de hombres de otra religión, y le eran perfectamente indiferentes.

{imagen decorativa}

CAPÍTULO II

Paseo de noche.--Los devotos de Santa Dinamita. El cerro del Pimiento.

Había dicho el médico que Juan se encontraba enfermo de gravedad, le recomendó que estuviese el mayor tiempo posible al aire libre; casi todos los días que hacía bueno salía á pasear.

Juan tosía mucho; tenía grandes fiebres y sudaba hasta derretirse. Mientras estuvo así, la Salvadora y la Ignacia no le dejaron salir de casa. La Ignacia dijo que, si sus amigos los anarquistas iban á visitarle, ella los despacharía á escobazos.

La Salvadora y la Ignacia cuidaban á Juan, le instaban para que descansara; no le dejaban trabajar.

A Manuel, entonces, se le ocurrió si la Salvadora estaría enamorada de su hermano. En este caso, él era capaz de marcharse de casa, decir que se iba á América y pegarse un tiro.

Tenía Manuel con esta idea una gran preocupación moral y se sentía inquieto. Si su hermano quería también á la Salvadora, ¿qué debía desear él? ¿Qué viviese ó no? Estas dudas y casos de conciencia le perturbaban.

Le obsesionaba la enfermedad de Juan, y cuando se libertaba de esta idea, le asaltaba otra, el temor por la marcha de la imprenta, ó un miedo pueril por un peligro lejano.

* * * * *

Juan, á pesar de las recomendaciones del médico no reposaba. Se había agenciado veinte ó treinta libros anarquistas, y continuamente estaba leyendo ó escribiendo. Se veía que ya no vivía más que por su idea.

Sin decir á nadie nada, había vendido los _Rebeldes_ y el busto de la Salvadora, y el dinero lo había dado para la propaganda.

Manuel, muchas veces en la calle, se encontraba con algunos obreros desconocidos, que se le acercaban tímidamente:

--¿Cómo está su hermano?--le preguntaban.

--Está mejor.

--Bueno, eso quería saber. ¡Salud!--y se marchaban.

--Mira--le dijo un día Juan á Manuel--vete al Círculo del Centro y diles que mañana por la tarde iré á la Aurora y que hablaremos.

Manuel fué á un Círculo que estaba próximo á la calle del Arenal. Una porción de gente, á quien no conocía, le preguntó por Juan; al parecer, tenían por él un gran entusiasmo. Vió al Libertario, al Madrileño y á Prats.

--¿Cómo está Juan?--le dijeron.

--Ya va mejor. Mañana os espera en la taberna.

--Bueno; ¿qué, te vas?

--Sí.

--Espera un momento--le dijo el Libertario.

Estaban discutiendo una huelga de canteros. Manuel se cansó de una discusión que para él no tenía interés y dijo que se marchaba.

--Nos iremos nosotros también.

Salieron con Manuel, Prats, el Libertario y el Madrileño.

Estos dos últimos tenían que andar siempre juntos mortificándose.

El anarquismo del catalán, era sobre todo catalán, y Barcelona el modelo ideal de anarquismo, de industria, de cultura; en cambio, al Madrileño, bastaba que una cosa fuera catalana para que le pareciera mala.

--Allá no hay más que pacotilla--decía el Madrileño--, desde los géneros de punto, hasta el anarquismo, todo es ful.

--Y aquí, ¿qué hay en este pueblo indecente?--replicó Prats--. Si esto debían convertirlo en cenizas.

--¿Aquí? Aquí hay la mar de sal.

--Aquí... chistes es lo que saben hacer. ¡Cochina _rasa_!

--Dejad eso...--gritó el Libertario--. ¡Vaya unos anarquistas! Se pasan la vida discutiendo si valen más los castellanos ó los catalanes. Y luego quieren que desaparezcan las fronteras.

Manuel se echó á reir.

Siguieron los cuatro por la calle del Arenal, atravesaron la Puerta del Sol y subieron por la calle de Preciados.

--Es que á mí me da asco lo que pasa aquí--dijo Prats--. Esto está muerto... En aquella época, en Barcelona, allá había alma... aunque éste no lo crea--y señaló al Madrileño; después siguió dirigiéndose á Manuel--. Había agitación, que es lo que se necesita; solíamos dar conferencias bíblicas, y teníamos reuniones en donde cada noche se explicaba un punto de las ideas libertarias. Nosotros les convencíamos á los estudiantes y á los hijos de los burgueses y les atraíamos á nuestro campo. Recuerdo en una reunión de éstas á Teresa Claramunt, embarazada, que gritaba furiosa: ¡Los hombres son unos cobardes! ¡Mueran los hombres! Las mujeres haremos la revolución!...

--Sí, fué una época de fiebre de todo el pueblo entero--dijo el Libertario.

--¡Sí fué! En todas partes se daban mitins de propaganda, se hacían bautizos anarquistas, matrimonios anarquistas, se mandaban proclamas á los soldados para que se indisciplinaran y no fueran á Cuba, y gritábamos en los teatros: ¡Muera España! ¡Viva Cuba libre!... Luego, ya hubo día en que las calles de Barcelona estuvieron dominadas por los anarquistas.

--¡Bah!--exclamó el Madrileño.

--Que lo diga éste.

--Sí, es verdad--contestó el Libertario--; hubo días en que los polizontes no se atrevieron á dar la cara á los anarquistas; en el Centro de Carreteros, en el Club de la Piqueta Demoledora y en algunos otros sitios, había bombas cargadas y botellas explosivas puestas en los armarios á la vista de todos los socios y al servicio del que las pidiera.

--¡Qué barbaridad!--dijo Manuel.

--Y eran bonitas las bombas--añadió el Libertario--; había unas en forma de naranja, otras de pera, otras eran de cristal, redondas, con balas también de cristal, que pesaban muy poco.

--A todas les llamábamos _corre-cames_--repuso Prats--, lo que llaman aquí los chicos carretillas... ¿Te acuerdas--preguntó el Libertario--cuando pasábamos en grupos y nos saludábamos, gritando: ¡_Salut y bombes d'Orsini_!...? Un día nos comprometimos más de doscientos á entrar en la Rambla, un domingo por la tarde, echando bombas á un lado y á otro.

--Y no hicísteis nada--dijo el Madrileño--. _Pa_ mí que los catalanes son muy blancos para eso.

--¡Quia, no!--replicó el Libertario--. Es gente templada.

--Sí, lo será--replicó el Madrileño--; pero yo te digo á ti que estuve en Barcelona trabajando cuando la bomba de Cambios Nuevos y pude ver el valor tan decantado de los anarquistas catalanes. Empezaron á encerrar gente en Montjuich y había que ver la _jinda_. Todos aquellos señoritos que se las echaban de terribles y que no les importaba la vida tres pepinos, empezaron á correr como liebres. Unos se metieron en Francia, otros se escondieron en el campo... y los que cayeron, todos ó casi todos renegaron de la idea; el uno era federal, el otro librepensador, el otro regionalista, pero anarquista ninguno... un hatajo de sinvergüenzas.

--No tienes razón--dijo el Libertario.

--No; casi nada.

Siguieron bajando por la calle Ancha y se cruzaron con Caruty que iba oliendo á éter, encogido, envuelto en un gabán desgarrado.

Caruty les saludó estrechándoles la mano con toda su fuerza.

--Vengo de dejar á Avellaneda--dijo--. Está un hombre admirable. El se ha comprado un pequeño perro y unos dientes postizos. Hoy ya no tenía demasiado dinero y me ha dicho: «Vamos á cenar á la Bombilla». Hemos cenado efectivamente; yo he recitado los versos de papá Verlaine, y él ha principiado los suyos; pero los dientes que venía de comprar le molestaban mucho, y al comenzar su poesía «Los Desesperados» me ha dicho: «Espera un momento», y él se ha metido los dedos en la boca y ha agarrado la dentadura y la ha arrojado por la ventana y ha seguido recitando sus versos. ¡Pero con un fuego, con una _verva_! ¡Y una _dignitá_ en el ademán! Tiene una _pose_ amplia ese hombre. Sí. Está un poeta admirable--dijo Caruty convencido.

Siguieron los cinco por la calle Ancha. Se detuvieron cerca de casa de Manuel, delante de una fábrica. Por los ventanales se veía el local ancho, iluminado fuertemente, y los grandes volantes negros que giraban zumbando; los reguladores de Wat, de acero, unos con las bolas muy separadas que volteaban con rapidez, otros con las bolas juntas.

--¿Te vas ya?--le dijo á Manuel el Libertario--. Hace una hermosa noche.

--¡Hombre! Entraré en casa á decir que se acuesten.

Subió rápidamente sin hacer ruido y pasó al comedor.

--Voy á dar una vuelta--le dijo á la Salvadora.

--Bueno.

--¿Y Juan?

--Acostado.

--Acuéstate tú también.

Salió. Los cinco entraron por la calle de Magallanes, entre las dos tapias. Era una de esas noches negras, en las que no se ve dos pasos más allá. Hacía una temperatura suave, tibia. Al principio de la calle estrecha la luz de un farol oscilaba con el viento y alumbraba el suelo lleno de piedras; luego, en la obscuridad, se divisaban vagamente las tapias y por encima las copas negras de los cipreses. Los alambres del telégrafo zumbaban misteriosamente.

--Una noche también muy negra--dijo el Libertario--fuimos en Barcelona al Tibidabo unos amigos, entre ellos Angiolillo. Los catalanes cantaban trozos de óperas de Wagner. Angiolillo empezó á cantar canciones napolitanas y sicilianas y le hicieron callar. Decían los catalanes que la música italiana era una porquería. Angiolillo calló, se apartó del grupo y cantó á media voz las canciones de su tierra. Yo me reuní con él. Ibamos por el monte, cuando de pronto, á lo lejos, oímos la marcha de _Tanhäuser_, que entonaban los otros á coro; había salido la luna llena. Angiolillo enmudeció, y en voz baja murmuró varias veces: _¡Oh come e bello!_

Llegaron los cuatro al cementerio de San Martín y se sentaron delante de un patio; en la obscuridad, los altos cipreses se erguían majestuosos.

Caruty habló de sus paseos con el papá Verlaine, borracho por las calles de París; de las frases rotundas y brillantes de Laurent-Tailhade, y de sus conversaciones con Emilio Henry.

--Aquel estaba un joven hombre terrible--exclamó Caruty--; solía ir á Londres por bombas y las llevaba á París sin que lo notara nadie.

--Pero eso de poner bombas así es una barbaridad--dijo Manuel.

--Al terrorismo de Estado no hay más remedio que contestar con el terrorismo anarquista--exclamó el Libertario.

--Pero hay que confesar que los provocadores son siempre los anarquistas--replicó Manuel.

--No; no es cierto. El primer provocador ha sido el gobierno.

--¿En España también?

--Sí; en España también.

--Pero yo creo que antes de los atentados no iban á comenzar la represión.

--Pues se comenzó--repuso el Libertario. Cuando Lafargue, el yerno de Karl Marx, vino á España á pactar con Pí y Margall la formación del partido socialista obrero, Pí le contestó que la mayoría de los españoles que habían seguido la marcha de la Internacional estaban del lado de Bakounine. Y era verdad. Vino la Restauración y se trató de arrancar violentamente esta semilla revolucionaria. Ya con la Mano Negra, que no era más que un comienzo de asociación obrera, el gobierno cometió un sin fin de atropellos y quiso ver en ella una cuestión de bandolerismo..... Pasados bastantes años, vienen los sucesos de Jerez, se demuestra que Busiqui y el Lebrijano, que eran dos bárbaros que no se habían distinguido como anarquistas, ni como nada, habían asesinado á dos personas y se les agarrota, pero al mismo tiempo que á ellos se agarrota á Lamela y á Zarzuela que eran anarquistas, pero que no tenían participación alguna en los asesinatos. Se les mató porque eran propagandistas de la idea. El uno era corresponsal de _El Productor_ y el otro de _La Anarquía_; los dos incapaces de matar á nadie, los dos inteligentes; por eso más peligrosos para el gobierno, cuyo fin era exterminar á los anarquistas. Pasan años y Pallás comete, para vengar á los de Jerez, el atentado de la Gran Vía. Fusilan á Pallás, y Salvador echa la bomba desde el quinto piso del Liceo. Se prende á una porción de anarquistas, y cuando iban á condenar á Archs, Codina, Cerezuela, Sabat y Sogas, como culpables, encuentran á Salvador, el autor del atentado. Entonces, viendo que estos cinco anarquistas se les escapaban de entre las manos, ¿qué hace el gobierno? Manda abrir nuevamente el proceso de Pallás y como cómplices fusila á los cinco. Agarrotan á Salvador y luego viene una cosa estupenda: la bomba de la calle de Cambios Nuevos, que cae desde una ventana al final de una procesión. No la echan cuando pasan los curas ni el obispo, ni cuando pasa la tropa, ni cuando pasa la burguesía; la echan entre la gente del pueblo. ¿Quién la arrojó? No se sabe; pero seguramente no fueron los anarquistas; si alguien tenía interés entonces en extremar la violencia, era el gobierno, eran los reaccionarios, y yo pondría las manos en el fuego apostando á que el que cometió aquel crimen tenía relación con la policía. Se consideró el atentado como un ataque á la fuerza armada, se proclamó el estado de sitio en Barcelona y se hizo un copo de todos los elementos radicales, que fueron á parar á Montjuich. Se fusiló á Molas, Alsina, Ascheri, Nogués y Más. De éstos, todos, menos Ascheri, eran inocentes. Después viene Miguel Angiolillo--concluyó diciendo el Libertario--, que había leído en los periódicos franceses lo que estaba pasando en Montjuich, oye á Enrique Rochefort y al Dr. Betances, que achacaban la culpa de todo lo ocurido á Cánovas, de quien decían horrores; llega á Madrid, aquí habla con algunos compañeros, le confirman lo dicho por los periódicos franceses; va á Santa Águeda y mata á Cánovas... Esta ha sido la obra del gobierno y la réplica de los anarquistas.

Manuel no podía comprobar si esta versión era cierta ó no; tenía bastante confianza en el Libertario; pero podía estar engañado por sus entusiasmos de fanático.

--Yo lo que no puedo creer--dijo Manuel--, es que la policía haya llegado á producir un atentado sólo para extremar la represión.

--¡Pues si eso se ha visto aquí en pequeño!--exclamó el Madrileño--. Cuando el complot de la calle de la Cabeza... en lo de los Cuatro Caminos. Se puede decir que cuando en un círculo de obreros anarquistas aparecen cartuchos de dinamita, proceden de la policía.

--¿Sí?

--Sí, hombre, sí--dijo el Libertario--. Ascheri, uno de los que fusilaron en Montjuich, había sido de la policía. Cuando un anarquista trabaja por su cuenta, nadie lo suele saber, ni aun sus compañeros muchas veces.

--Es verdad--dijo Prats--. Yo me acuerdo de Molás, uno de los que fusilaron en Montjuich, cuando hacía sus primeras pruebas con la dinamita. Molás era ladrón y solía vivir temporadas robando. Algunas veces pasaba mucho tiempo sin que se le viera. Yo una vez le dije: «¿Qué haces?» «¿A ti qué te importa? ¡Yo trabajo por la causa!»--me contestó--. Una noche me dijo: «¡Anda, ven si quieres á ver lo que hago!» Echamos á andar, y ya por la mañana, llegamos á un sitio desierto donde no había más que un tejar. Sacó de un agujero del suelo un tubo de hierro de una cañería. Por lo que me dijo, estaba cargado de dinamita. Arrimó el tubo al tejar, le puso una mecha, la encendió y echamos á correr. Hubo una explosión formidable. Al volver no se veía más que un agujero en el suelo; del tejar no quedaba ni rastro.

--¿Es que no sabían en Barcelona hacer bombas que estallaran al choque?--preguntó Manuel.

--No.

--Y luego, ¿cómo aprendieron?

--Un relojero suizo hizo las primeras, que pasaron de mano en mano como curiosidad--contestó Prats--, luego aprendieron á hacerias las los cerrajeros, y como los trabajadores de Barcelona son tan hábiles...

--¿Y la dinamita?

--De eso todo el mundo tenía la receta. Luego no sé quién trajo un _Indicador Anarquista_ con una porción de fórmulas.

--Un amigo mío--dijo el Madrileño--, que era mecánico, había escrito un catecismo para su hijo, y le examinaba al chiquillo delante de nosotros. Recuerdo las primeras preguntas que decían así: «¿Qué es la dinamita, niño?» «La dinamita es una mezcla de arena y de nitroglicerina, que se hace detonar por medio de la cápsula de un fulminante.» «¿Cómo se prepara la dinamita, niño?» «Se prepara primero la nitroglicerina, tratando la glicerina por una mezcla, en frío, de ácido nítrico y de ácido sulfúrico, y luego se mezcla con una substancia inerte.» El chico sabía cómo se hacían todas las bombas y todos los explosivos. Cuando al padre lo llevaron á Montjuich nos solía decir: «Yo no sé si me matarán; pero tengo un consuelo, que mi hijo sabe hacer dinamita.»

Se levantaron todos del banco porque sentían frío. Comenzaba á amanecer. La luz fina y velada de la mañana iba filtrándose entre las nubes de un gris de estaño. Desde el repecho de una colina vieron la cavidad inmensa del Tercer Depósito que estaban construyendo. Siguieron después el canalillo, con sus filas de chopos, sin hojas, al lado de la cinta de agua que brillaba y se curvaba en mil vueltas.

--Y eso de las órdenes del Comité Central de Londres, ¿es verdad?--preguntó Manuel.

--¡Quia, hombre! Son leyendas--replicó el Libertario--. No ha habido nunca tales órdenes.

...Ya la claridad de la mañana se esparcía por la tierra, sembrada de hierba. El cielo se llenaba de nubes pequeñas y blancas, como vellones de lana, y en el fondo, cortando el horizonte, iba apareciendo el Guadarrama, orlado por la claridad del día.

Un labrador sembraba marchando detrás del arado; sacaba el grano de una espuerta que le colgaba del cuello y echaba un puñado de semilla al aire que brillaba un momento como una polvareda y caía en los surcos de la tierra obscura.

Caruty cantó una canción en _argot_ campesino, en la que se llamaba ladrones y canallas á los propietarios. Después entonó la _Carmañola Anarquista_:

Ça ira, ça ira, ça ira tous les bourgeois á la lanterne ça ira, ça ira, ça ira, tous les bourgeois on les pendra.

y saltaba el hombre exagerando los movimientos de una manera grotesca...