La lucha por la vida: Aurora roja
Part 11
--¿Y qué? ¿Cuántos has ejecutado hasta ahora?--le preguntó el Libertario hablándole de pronto de tú.
--Uno catorse ó quinse.
--¿Y usted, no bebe?--le dijo Manuel viendo que no se echaba vino en el vaso.
--No; yo no bebo nunca.
--¿Ni cuando tiene usted que trabajar?
--Entonse meno.
--¿Ha ejecutado usted algún anarquista?
--¿Anarquista? No sé lo que es eso.
* * * * *
--Y los que tú has matado... ¿han muerto valientes?--preguntó el Libertario.
--Sí; casi tós. Yo los trato bien, aunque me esté mal el desirlo. No soy como el de antes que les hasía sufrí á posta.
--¿Pero eso es verdad?--dijo Juan.
--Sí; iba borracho, y el hombre se dormía en la brega.
--¡Qué barbaridad!--exclamó el Libertario--. Y todos van templados, ¿eh?
--Tós. Pero tan templao como el Diente, ninguno. ¡Vaya un gaché! Entré en la capiya y él estaba tendió. «¡Eh!--le dije--. Compare; soy el ejecutó de la Justisia. ¿Me perdona?» «Sí, hombre, ¿por qué no?» «Anda, ponte esto--y le dí la túnica.» «Y esto ¿qué é? ¿E que me voy á vestí de máscara?» Echamos un sigarro, y como éramo paisanos, jablando de la tierra fuimo al tablao. Se sentó en el banquiyo, pero como era bajito no yegaba; entonse se levantó un poco y serró la argoya. «A ti te perdono--me dijo--, á estos farsantes, que les den morsiya. ¡Aprieta, y buena suerte!» Era un hombre el Diente.
--Y tal... que debía ser un hombrecito--dijo el Libertario sonriendo.
--Con él estrené yo el correaje nuevo... porque yo no ato con cuerda. Lo veréis ustedes. ¡Chica! Trae esa correas para que las vean esto señore.
La mujer fatídica, con el niño en brazos, trajo una cincha negra, con varias hebillas brillantes. Todos hicieron un ademán de repulsión al verla.
--¿Y el aparato, cómo es?--dijo el Libertario.
--El aparato... mu sensiyo. Do planchas de asero que se ajuntan. Se pone así--y el verdugo cogió el frasco de vino por el cuello con su mano ancha y velluda--, y luego se hase ¡crac! y ya está.
Juan, densamente pálido, se secaba la frente llena de sudor frío. Caruty recitaba en francés unos versos de Villon, sobre la horca.
--Ya ve usted--siguió diciendo el verdugo--, estas correas las he tenío que pagar yo; pues no se lo agradesen á uno. Toavía lo quieren á uno desacreditá. Lo que me pasó en Almería con el cura y su sobrino. Vamo, ¡que me dió una ira! Teníamo que acabá con do y fuimo el de Graná y yo, y echamo á suerte; á mí me tocó er cura: Bueno--dije--, ya que ha de sé uno de lo do, prefiero cargarme la corona. Pue bien, cuando iba en el tren tó el mundo se separaba de mí; voy á una posá y disen que no me dan de comé, y voy á otra y me quieren reventá... ¡Redió! ¿soy yo er que lo manda matá? ¿soy yo ó é el presidente de la Audiensia, que pone su firma en la sentensia de muerte? Entonse, ¿por qué me despresian á mí? ¿No le pasan el expediente de indurto al minitro y á la reina y lo niegan? Pues entonse mata la reina y el minitro y el presidente de la Audiensia y el jué y tóos, tanto como yo... ¡Mardito sea el veneno! Pero hay que viví; que si no fuera por eso...
El verdugo se levantó para dejar las correas, cantando:
Mala puñalá le den Mala puñalá le diera.
--Como uno de los tío de la taberna de esta calle--siguió diciendo al volver y sentarse--, que solía jugar á la brisca conmigo, y como é natural, una vese ganaba y otra perdía. Y la otra ve, porque perdió cuatro jugás seguías, me dijo: «¡Dio me libre de su mano de usté, compare!» ¡Molé! si yo ya sé que soy el verdugo; si yo ya sé que tengo un ofisio mardesío...
Se veía que el hombre se rebelaba contra su ignominia. Luego le pasó el arrechucho y siguió diciendo:
--¿Y luego qué porvení tenemo lo verdugo? Ná; no tenemo jubilasión, y cuando uno é viejo, como el maetro Lorenso, de Graná, que el pobretico no tiene fuersa ni para mové el torno, á morirse de jambre. El verdugo de Fransia, sí, ese está bien; ese tiene treinta mil reale y jubilasión. A mí, si me dejasen, haría también dinero.
--¿Pues qué haría usted?--le dijo Juan.
--¡Yo! ¿Qué haría? Alquilá una tienda ó un entresuelo en la calle de Alcalá, y con mi chico haser ejecusiones en figuras de sera.
Todos hicieron un movimiento de asco. ¡Un verdugo de figuras de cera! La idea era macabra.
Quedaron largo tiempo silenciosos. Sonaron horas en un reloj de la vecindad.
--Vámonos--dijo el Bolo de pronto. Se despidieron todos dando la mano al verdugo y salieron al paseo de Areneros. La noche estaba negra, el cielo obscuro y sombrío como una amenaza.
--Dicen que es necesaria la pena de muerte--murmuró Juan--. Nosotros, los pobres, debíamos decir á los burgueses: ¿Queréis matar? Matad vosotros.
--Mientras haya desdichados con hambre--repuso el Libertario--habrá hombres capaces de ser verdugos.
--¿Qué pasaría si estos hombres llegasen á tener conciencia?--dijo Juan--. Una huelga de verdugos sería curiosa.
--Sería quitar un puntal á la sociedad--, repuso el Libertario--. El verdugo, como el cura, como el militar y el magistrado, es uno de los sostenes de esta sociedad capitalista.
--¿Cuánto durarán todavía los verdugos?--preguntó el Bolo.
--Mientras los magistrados castiguen, mientras los militares maten, mientras los curas engañen...--contestó con voz sombría el Libertario--los habrá.
Caruty recitó una canción de un condenado á muerte que escribe una carta á su querida desde la prisión de la Roquette y le cuenta cómo oye con estremecimientos de angustia el ruido que hacen al armar la guillotina.
TERCERA PARTE
CAPÍTULO I
Las evoluciones del Bolo.--Danton, Danton, ese era el hombre.--¿Anarquía ó socialismo?... lo que gustéis.
Dejó de aparecer Juan por casa de Manuel. Este creyó que estaría trabajando, cuando supo por los amigos que se encontraba malo, con un catarro terrible. Fué á buscarle, y lo vió en la casa de huéspedes muy abandonado, con mal aspecto. Tosía mucho, tenía las manos ardorosas y rosetas malares en las mejillas.
--Lo mejor es que vayas á casa--le dijo Manuel.
--Si no tengo nada.
--Vale más que vayas allá.
Fué efectivamente, y al cabo de una semana de cuidados, Juan se puso mejor y volvió á la vida normal.
* * * * *
Mientras los demás peroraban en las reuniones de la taberna de Chaparro, Manuel se hizo amigo del Bolo, un zapatero de portal, de la calle de Palafox, hombre bajito, rechoncho, encarnado, muy feo y algo cojo.
Una noche el zapatero se presentó en casa de Manuel á llevarle la _Historia de la Revolución Francesa_, de Michelet. Al ver aquel tipo la Salvadora, y sobre todo la Ignacia, exigieron á Manuel que no volviera más á aparecer por casa semejante hombre. Manuel se echó á reir, y por más que dijo que el Bolo era una buena persona, no llegó á convencer á las dos mujeres.
El Bolo procedía, políticamente, de los republicanos. Al principio, según decía, se había afiliado al partido socialista; pero después, viendo el aspecto gubernamental que iba tomando poco á poco el socialismo en España, y sobre todo, la lucha que se entablaba entre socialistas y republicanos, se separó de los socialistas, considerándose ácrata. Como sus inclinaciones eran las de un hombre normal, no podía menos de encontrar bárbaro todo esto de las bombas y de la dinamita; pero delante de los _socialeros_, de las adormideras del socialismo, defendía la utilidad y la necesidad de los atentados.
En el fondo de su odio por los socialistas, latía la idea de que ellos habían quitado toda la masa obrera al partido republicano, inutilizándolo, quizás para siempre, sólo con el calificativo de partido burgués. El Bolo no podía acostumbrarse á oir á los compañeros tratar sin consideración intelectual á hombres como Salmerón, Ruiz Zorrilla, que habían sido siempre sus ídolos; no podía acostumbrarse á oir tratar á estos hombres ilustres como reaccionarios sin relieve; figurones de cartón, más ó menos serios, que barajaban con grandes aires de hierofante frases conceptuosas, sin ningún valor filosófico ni práctico.
La única satisfacción del zapatero como político, era ver que los libertarios tenían casi como uno de los suyos á Pí y Margall, y que el recuerdo del viejo y venerable don Francisco se conservaba en todos ellos con entusiasmo y con respeto...
Manuel tardó mucho tiempo en comenzar á leer la _Historia de la Revolución_. Al principio, le aburrió; pero luego, poco á poco, se sintió arrastrado por la lectura. Primero se entusiasmó con Mirabeau, luego con los girondinos: Vergniaud, Petion, Condorcet; después con Danton, luego llegó á creer que Robespierre era el verdadero revolucionario, después Saint-Just; pero al último, la figura gigantesca de Danton fué la que más le apasionó. De los revolucionarios, el más repugnante le pareció Sieyes; el más simpático Anacarsis Cloots, el ateo prusiano.
Sentía Manuel una gran satisfacción sólo por haber leído aquella historia. Algunas veces pensaba:
--Ya no me importaría ser golfo, no tener dinero; habiendo leído la _Historia de la Revolución Francesa_, creo que sabría ser digno...
Después de Michelet, leyó un libro acerca, de la revolución del 48; luego otro sobre la _Commune_, de Luisa Michel, y todo esto le produjo una gran admiración por los revolucionarios franceses. ¡Qué hombres! Además de los colosos de la Convención: Babeuf, Proudhon, Blanqui, Baudin, Delescluze, Rochefort, Félix Pyat, Valles... ¡qué gente!
* * * * *
--Lo que se debía hacer--le dijo un día Morales á Manuel--es poner una encuadernación aquí al lado.
--¿Pero sólo para lo que se trabaja en casa?--preguntó Manuel.
--No, buscar un encuadernador que alquile la puerta de al lado, y á él le convendría estar junto á una imprenta, y á nosotros tener aquí una encuadernación.
--Eso sí es verdad.
--Estése usted á la mira.
Se enteró Manuel, preguntó en varias imprentas, y ya iba á abandonar sus gestiones, cuando el dueño de _La Tijera_, periódico órgano de los sastres, le dijo:
--Yo conozco á un encuadernador que piensa mudarse de casa. Y tiene parroquia, porque trabaja bien.
--Pues voy á verlo.
--Le advierto á usted que es muy zorro. Como que es judío.
--¡Hombre, judío!
--¿Eso qué importa?
--Después de todo, nada. ¿Y cómo se llama?
--Jacob.
--¿Jacob? ¿Uno de barba negra, bajito?--preguntó Manuel.
--Sí.
--Entonces es amigo mío. Voy á verlo en seguida.
Le indicó el propietario de _La Tijera_, órgano de los sastres, dónde estaba la casa, y por la tarde Manuel fué á ver á Jacob. Llamó en un piso bajo en una puertecilla, y pasó á la encuadernación.
Era un cuartucho con dos rejas á la calle, por las cuales entraba en aquel instante la luz del anochecer. Cerca de una ventana, Mesoda, la mujer de Jacob, cosía las hojas de un libro. En medio había una mesa grande, iluminada con dos bombillas eléctricas, y sobre la mesa una niña doblaba unos pliegos impresos. El viejo judío, padre de Jacob, pegaba en el lomo de unos libros tiras de papel que antes embadurnaba con engrudo. A un lado de la mesa, en la zona de sombra, entre una prensa y una guillotina de cortar papel, andaba Jacob colocando pilas de libros sin cubierta aún.
En la pared, de un ancho listón de madera con escarpias, colgaban tijeras, punzones, compases, escuadras, reglas y otros instrumentos del oficio.
Manuel se dió á conocer, y toda la familia le agasajó en extremo; luego, cuando hizo la proposición de mudarse de casa á Jabob, éste muy serio, presentó grandes dificultades; le perjudicaba el traslado; la casa era más cara; además, había que hacer gastos.
--Bueno--le dijo Manuel--, tú, decídete; el trabajo que yo tengo de encuadernación te lo daré á ti si vas allá; ahora, si no quieres, no vayas.
Jacob volvió á lamentarse y á quejarse, y después de hacer prometer á Manuel una indemnización pequeña para gastos de traslado, se decidió á establecerse en la vecindad de Manuel.
Como había supuesto Morales, fué esto muy ventajoso; se evitaban el llevar y el traer los pliegos á la encuadernación; además, Jacob trabajaba más barato y proporcionaba parroquia.
* * * * *
Morales solía ir con mucha frecuencia á casa de Manuel por la noche, y allí discutía, sobre todo con Juan. Los Rebolledos terciaban también en las discusiones.
Manuel no pensaba afiliarse á ningún partido; pero en medio de aquel ambiente apasionado, le gustaba oir y orientarse.
De las dos doctrinas que se defendían, la anarquía y el socialismo, la anarquía le parecía más seductora; pero no le veía ningún lado práctico; como religión, estaba bien; pero como sistema político-social, lo encontraba imposible de llevarlo á la práctica.
Morales, que había leído libros y folletos socialistas, llevaba las discusiones por caminos distintos que Juan, y consideraba las cosas desde otros puntos de vista. Para Morales, el progreso no era más que la consecuencia de una lenta y continua lucha de clases, terminada en una serie de expropiaciones. El esclavo expropiaba á su amo al hacerse libre; el noble expropiaba al villano y nacía el feudalismo; el rey al noble y nacía la monarquía; el burgués al rey y al noble y llegaba la revolución política; el obrero expropiaría al burgués y vendría la revolución social.
El aspecto económico, que Morales encontraba el más importante, para Juan era secundario. Según éste, el progreso era únicamente el resultado de la victoria del instinto de rebeldía contra el principio de autoridad.
La autoridad era todo lo malo; la rebeldía todo lo bueno; la autoridad era la imposición, la ley, la fórmula, el dogma, la restricción; la rebeldía era el amor, la libre inclinación, la simpatía, el altruísmo, la bondad...
El progreso no era más que esto: la supresión del principio de autoridad por la imposición de las conciencias libres.
Manuel, algunas veces decía:
--Yo creo que lo que se necesita es un hombre... un hombre como Danton.
* * * * *
Morales y Juan trataban de demostrar sus ideas con argumentos. Morales afirmaba que las predicciones socialistas se verificaban. La concentración progresiva del capital era un hecho comprobado. La máquina grande mataba la pequeña; el almacén, la tiendecita; la posesión, la heredad. El gran capital iba absorbiendo al pequeño; las sociedades en comandita y las compañías, absorbían al gran capital; los _truts_, absorberían á las sociedades; todo iba pasando á un número de manos más reducido; todo iba convergiendo á un poseedor único, hasta que el Estado, la colectividad, expropiaría á los expropiadores, se posesionaría de la tierra y de los instrumentos de trabajo.
Mientras la evolución se verificaba, los capitalistas chicos, expropiados, y los trabajadores actualmente burgueses, como médicos, abogados, ingenieros, irían engrosando la masa obrera, intelectualizándola, lo que apresuraría la revolución social.
Replicaba Juan, que si era verdad este movimiento de concentración, era también cierto que existía contrario y quizás mayor que éste un impulso de difusión, y que en Inglaterra y Francia, la propiedad, sobre todo territorial, tendía al fraccionamiento, á la diseminación, y que esto no sólo ocurría con la tierra sino también con el dinero, que se iba democratizando. En Francia, sobre todo, el número de contribuyentes con cinco mil pesetas de renta había cuadruplicado desde la tercera República.
--En el fondo, llegáis los dos á la misma conclusión--decía Manuel--; á la necesidad de generalizar la propiedad; sólo que Morales quiere que esto lo haga el Estado, y tú quieres que se haga libremente.
--Yo no veo la necesidad del Estado--decía Juan.
--Pero el Estado se impone--replicaba Morales--. Nosotros no decimos un Estado tal como es ahora, sostenido por el capitalismo y el ejército; sino un centro de contratación... el Municipio, por ejemplo.
--¿Pero para qué queremos ese centro?
--Para realizar las obras comunes, útiles á todos, y además para impedir el desarrollo de los egoísmos.
--Vamos entonces al despotismo--replicaba Juan.
--No; el Ayuntamiento de un pueblo suizo ejerce actualmente una acción en los individuos más fuerte que el de San Petersburgo, pero es una acción útil. Uno que nace en Basilea, tiene, desde que nace, la atención del Estado; el Estado le vacuna, el Estado le educa y le enseña un oficio; el Estado le da alimentos baratos y sanos; el Estado le envía un médico gratis cuando está enfermo; el Estado le consulta por un plebiscito por si hay que hacer reformas en las leyes ó en las calles; el Estado le entierra gratis cuando se muere...
--Pero eso es una tiranía.
--Una tiranía, ¿por qué?
--Vivir uniformados, haciendo todos lo mismo...
--Uniformados, no. Haciendo todos lo mismo, en parte, sí. Porque todos comemos, dormimos y paseamos. Nosotros no queremos la uniformidad en la vida de una nación, y menos aún en la vida de los individuos; que cada Municipio tenga su autonomía, que cada hombre viva como quiera sin molestar á los demás. Nosotros no queremos más que organizar la masa social y dar forma práctica á la aspiración de todos, de vivir mejor.
--Pero á costa de la libertad...
--Eso es según á lo que se llame libertad. La libertad absoluta llevaría á la concurrencia libre. El fuerte se tragaría al débil.
--No; ¿para qué?
--Son ustedes unos visionarios. Afirman ustedes brutalmente la individualidad, y cuando se les dice que el individuo puede extralimitarse en el uso de la libertad, no lo creen.
Con estas discusiones, Manuel iba haciéndose cargo de la cuestión en sus distintos puntos de vista, y al mismo tiempo, aunque no tuviese una dependencia directa, comprendía y se explicaba otras muchas cosas que antes no se había tomado el trabajo de comprender.
Esta actitud suya de expectación le hacía ecléctico; unas veces estaba con su hermano, otras con Morales.
Manuel no encontraba mal el anarquismo como necesidad de cambio de valores. Comparando este período con el anterior á la revolución francesa, encontraba que los anarquistas de hoy eran en menor intensidad y en menor altura; algo semejante á los filósofos de entonces. Lo que le parecía absurdo y estúpido á Manuel era el procedimiento anarquista. En cambio, respecto al socialismo que defendía Morales, le parecía lo contrario; le resultaba antipático el plan y su sistema de organización del trabajo por el Estado, sus bonos, sus almacenes nacionales, su intento de hacer del Estado un Proteo monstruoso (panadero, zapatero, quincallero), y de convertir el mundo en un hormiguero de funcionarios, marchando todos al compás. A esto Morales decía que el socialismo, por boca de Bebel, había dicho que toda concepción sobre la futura sociedad socialista, no tenía ningún valor.
En principio á Manuel la teoría socialista le parecía mucho más útil para el obrero que la de los anarquistas.
El anarquismo se consideraba siempre en vísperas de un cambio total; de una revolución completa. Se encontraba en el caso del que le ofrecen un empleo modesto para vivir y lo desprecia porque cree que va á heredar una gran fortuna. O todo ó nada. Y los anarquistas esperaban la revolución como los antiguos el santo advenimiento, como un maná, como una cosa que vendría sin esfuerzos pesados y molestos.
--¿Pero no es más lógico--decía Morales--, reunir las energías de toda la clase, para ir avanzando poco á poco hasta llegar á un gran desarrollo, que no esta revolución providencial de los anarquistas, que es una cosa como los polvos de la madre Celestina, para traer la felicidad del mundo?
Juan sonreía.
--La anarquía hay que sentirla--solía decir.
--Pero ¿por qué no han de aceptar ustedes la asociación? Es la mayor defensa del proletariado. Ustedes no admiten más que la propaganda individual por la idea ó por el hecho. La propaganda de la idea es, al cabo de poco tiempo, para un señor que hace un periodiquito, un buen negocio, y la propaganda por el hecho, es sencillamente un crimen.
--Para los burgueses, sí.
--Para todo el mundo. Matar, herir, es un crimen.
--Puede ser un crimen conveniente.
--Sí, puede serlo. Pero si esta doctrina se aceptara tendría unas consecuencias horribles. No habría bandido ni déspota que no afirmara la conveniencia de sus crímenes.
--La anarquía hay que sentirla--terminaba diciendo Juan.
Manuel, casi siempre, se inclinaba del lado de Morales.
* * * * *
Las discusiones con los amigos de Morales, que eran todos socialistas, le hacían ver á Manuel el lado flaco del anarquismo militante.
Según ellos, la idea anarquista iba perdiendo su virulencia rápidamente, y ya, al menos entre los obreros, no asustaba á nadie. El mismo radicalismo de las teorías fatigaba á la larga, se llegaba en la anarquía pronto al fin, y el fin era un dogmatismo como otro cualquiera. Luego la predicación de la rebeldía terminaba en los espíritus independientes en ser rebelión contra el dogma y nacían los libertarios, los ácratas, los naturistas, los individualistas... y el anarquismo con su crítica destructora se destruía y se descomponía á sí mismo. Se había disgregado, fundido, había entrado en su cuerpo de doctrina el germen de la descomposición, y quedaba del anarquismo lo que debía quedar, su crítica de negación política, su metafísica, su filosofía libre, y la aspiración de un cambio social.
En todas partes sucedía lo mismo. El dogma-anarquía con su andamiaje de principios marchaba á la bancarrota y al mismo tiempo que el desprestigio del dogma, venía el de sus defensores y propagandistas. Después de los Quijotes de la anarquía, de los filósofos nihilistas, de los sabios, de los sociólogos, de los anarquistas dinamiteros, venían los anarquistas editores, Sancho Panzas del anarquismo, que vivían del dogma y explotaban á los compañeros con periodiquitos en donde se las echaban de importantes y de grandes moralistas.
Estos buenos Sanchos largaban su sermón plagado de lugares comunes de sociología callejera, hablaban de la abulia, de la degeneración burguesa, de la amoralidad y del egotismo; en vez de citar á Santo Tomás, citaban á Kropotkin ó á Juan Grave; definían lo lícito y lo ilícito para el anarquista; tenían la exclusiva de la buena doctrina; sólo ellos despachaban en su tienda el verdadero paño anarquista; los demás eran viles falsificadores vendidos al gobierno. Tenían la manía de decir que eran fuertes y sonrientes, y que vivían sin preocupaciones, cuando la mayoría de ellos eran pobres animales domésticos, que se pasaban la vida haciendo artículos, poniendo fajas á los paquetes postales de sus periódicos, y reclamando el dinero á los corresponsales morosos.
Cada pequeño mago de éstos reunía un público de papanatas que le admiraba, y ante quienes ellos hacían la rosca como pavos reales, y tenían una petulancia tal, que no era raro ver que el más insignificante Pérez se encarara desde su periodiquín con Ibsen ó con Tolstoy, y le llamara viejo cretino, cerebro enfermo, y hasta le expulsara del partido como indigno de pertenecer á él.
* * * * *
En Madrid eran dos los periódicos que se disputaban el público anarquista: _La Anarquía_ y _El Libertario_, y los dos se odiaban cordialmente.
El odio entre _La Anarquía_ y _El Libertario_ era un odio de empresa. El dueño de _La Anarquía_ había llegado hacía unos años á defender las ideas libertarias en un sentido radical y científico, y con la aparición de su periódico mató las publicaciones ácratas anteriores. Poco á poco, al asegurar la vida económica de _La Anarquía_, el propietario, sin darse él cuenta quizás, había ido moderando su radicalismo, quitando _jierro_, como se dice vulgarmente, considerando la idea como un diletantismo y este momento lo aprovecharon los de _El Libertario_ para echar su periódico á la calle. Inmediatamente la escisión se produjo.
Trataban los de una y otra publicación de demostrar que les separaban ideas, principios, una porción de cosas, y lo único en el fondo que les separaba era una cuestión de perros chicos.