La lucha por la vida: Aurora roja

Part 10

Chapter 103,977 wordsPublic domain

Al día siguiente le sucedió lo mismo, y así, por tránsitos de la guardia civil, comiendo rancho, durmiendo de cárcel en cárcel, vestido de harapos, entre basura y piojos, don Alonso llegó á Madrid. Lo llevaron al Gobierno civil y le presentaron á un señor. Interrogado por él, le contó sus cuitas, con un acento tal de verdad, que el hombre se compadeció y le dejó marcharse.

--Si no encuentra usted destino, añadió el señor--quizás le pueda yo proporcionar algo.

Don Alonso escribió á Salomón, pero éste no le contestó. Fué repetidas veces al Gobierno civil, y una de ellas el señor aquel le dijo:

--¿Quiere usted ser de la policía?

--Hombre...

--Dígame sí ó no, porque si no, le doy el cargo á otro.

--Sí, sí; yo no sé si tendré condiciones...

--¿Quiere usted, sí ó no?

--Sí, señor.

--Entonces, dentro de unos días tendrá usted el nombramiento.

Por esta serie de circunstancias, don Alonso fué de la policía.

* * * * *

Meses después de su ingreso en las huestes del Gallo, don Alonso tuvo que entrar en campaña. Una noche, en el soto de Migascalientes, cerca de la Virgen del Puerto, encontraron una mujer muerta, con una puñalada en los riñones. Era una mujer ya de cierta edad, llamada la Galga; una desdichada que ganaba algunos céntimos por aquellos andurriales.

Al día siguiente, la policía detuvo en un merendero á un randa, á quien le decían el Chaval.

Muchos le habían visto repetidas veces con la Galga; todos los indicios estaban contra él.

Prendieron al mozo, que al principio negó con energía su participación en el crimen; pero al último confesó la verdad.

El no era el asesino. La Galga tenía dos amantes, uno él y otro el Bizco. El Bizco le había amenazado varias veces á él si no dejaba á la Galga, y un día se habían desafiado; pero al llegar al lugar del desafío, el Bizco le dijo que la Galga les engañaba á los dos.

Se le había visto con uno á quien llamaban el Malandas, en un merendero. El Bizco y el Chaval decidieron castigar á la Galga, y el Bizco la citó en el Soto.

Era un día encapotado y frío. Al presentarse la Galga, salieron juntos el Chaval y el Bizco. El Bizco se lanzó sobre ella, y le pegó un puñetazo en la cara, ella volvió la espalda, y entonces él, sacando una navaja, se la hundió por los ríñones. Esto era lo que había ocurrido.

Don Alonso y Ortiz fueron los encargados de seguir la pista al Bizco. Tenían confidencias de que se le había visto después del crimen, una vez en el puente de Vallecas y otra en la California.

--Usted--le dijo Ortiz á don Alonso--hace lo que yo le diga, nada más.

--Está bien.

--Hay necesidad de cogerle á ese hombre cuanto antes.

El primer día registraron los dos el Cuartelillo de la plaza de Lavapiés, la Casa del Cura, de la calle de Santiago el Verde, los rincones de la Huerta del Bayo, y las tabernas de la calle de Peña de Francia y de Embajadores, hasta el Pico del Pañuelo. Al anochecer se sentaron á descansar en el merendero de la Manigua.

--¿A que no sabe usted por qué le llaman á esto la Manigua?--le dijo Ortiz á Don Alonso.

--No.

--Pues es muy sencillo. Viene la gente aquí, bebe este vinazo, se emborracha y vomita... y claro, tienen el vómito negro... por eso se llama la Manigua.

Fuera de este descubrimiento, no hicieron ningún otro relacionado con sus pesquisas.

Al día siguiente, muy de mañana, se metieron los dos por la calle del Sur.

--Vamos á ver si aquí nos enteramos--dijo Ortiz señalando una taberna.

Entraron en una tabernucha próxima á unos campos santos. Ortiz conocía al tabernero, y hablaron los dos de los buenos tiempos en que se pasaba el vino de matute á carros.

--Aquello era un negocio, ¿eh?--exclamó Ortiz.

--Sí, era--dijo el tabernero--; entonces se veía aquí _luz divina_. Ganaban lo que querían.

--Y tranquilamente.

--Me parece. Aquí se detenían los matuteros y los mismos de consumos les acompañaban á dejar el contrabando. Hubo días que se metieron en la bodega de esta casa más de treinta cubas.

--¿Usted habrá hecho su pacotilla?--preguntó don Alonso.

--¡Quia, hombre! Eso era en tiempo del que me traspasó la taberna. Cuando tomé yo esto, estaban arrendados los Consumos; pusieron esa fila de estacas altas, entre la vía y las casas, y ahora no entra ni un cuartillo de vino sin pagar.

Preguntó Ortiz por el Bizco, de pasada, pero el tabernero no le conocía, ni había oído hablar de él.

Salieron los dos polizontes de la taberna, y en vez de seguir por el camino de Yeseros, fueron por la margen del arroyo de Atocha, hasta el punto en que éste vierte sus aguas sucias en el Abroñigal. Pasaron por debajo de un puente del ferrocarril, y siguieron remontando el curso del arroyo. En la orilla, en medio de un huerto, se levantaba una casucha blanca con un emparrado. En la pared, encalada, se leía un letrero trazado con mano insegura: «Ventorro del Cojo».

--Vamos á ver si aquí saben algo--dijo Ortiz.

Un raso empedrado con cantos, con una higuera en medio, había delante de la puerta del ventorrillo. Entraron. En el zaguán, un hombre de malas trazas y de mirada torva, que estaba sentado en un banco, hizo un movimiento de sorpresa y de desconfianza al ver á Ortiz.

Este no se dió por enterado; pidió dos copas en el mostrador, á una mujer flaca y negruzca, y con el vaso en la mano, y mirando al hombre de reojo, le preguntó:

--¿Y qué tal por el ventorro del Maroto?

--Bien.

--¿Se reune buena gente por allá?

--Tan buena como en cualquier otra parte.

--¿Sigue andando por ahí el Bizco?

--¿Qué Bizco?

--El Bizco, hombre... ese rojo...; demasiado que lo conoce usted.

--Ese nunca ha ido por el ventorro del Maroto, sino por el Puente.

Ortiz vació la copa, se limpió los labios con el dorso de la mano, y saludando á la ventera salió de allá.

--Este gachó--dijo en voz baja á don Alonso--, mató á un segador, y se salvó del presidio no sé cómo.

--Parece que nos sigue--murmuró don Alonso, mirando hacia atrás.

--No nos vaya á hacer la santísima--exclamó Ortiz, y sacando el revólver del cinto esperó un instante.

El hombre del ventorro del Maroto se había apostado tras de un ribazo; luego, viéndose descubierto, huyó.

--Vámonos de aquí--dijo Ortiz.

Echaron los dos á andar de prisa y salieron pronto al Puente de Vallecas.

Entraron en un merendero. Una mujer gorda, bajita, ya vieja, de pómulos salientes, con un pañuelo rojo atado á la cabeza, daba al manubrio de un organillo.

--¿Está el Manco?--la preguntó Ortiz.

--Ahí debe estar.

Unas cuantas parejas que bailaban al son del organillo, se pararon al ver á Ortiz y á don Alonso.

El Manco, un hombre alto, rubio, afeitado, con el pecho de gigante, y el cuello redondo de mujer, les salió al encuentro.

--¿Qué buscan?--dijo con voz afeminada.

--A uno á quien llaman el Bizco.

--Aquí no viene ese hace ya tiempo.

--¿Pues dónde anda?

--Por las Ventas.

Salieron del merendero y siguieron nuevamente por la orilla del arroyo Abroñigal. Algunos chiquillos negruzcos se chapoteaban en el agua...

Comenzaba á anochecer cuando aparecieron entre los tejares del barrio de Doña Carlota. Madrid brotaba por encima de las frondas del Retiro. Sonaban las esquilas de algunos rebaños.

En los alrededores de la barriada había grandes hoyos con pilas de ladrillo. Estaban ardiendo los hornos; salía de ellos un humo espeso de estiércol quemado que, rasando la tierra, verde por los campos de sembradura, se esparcía en el aire y lo dejaba irrespirable. A lo lejos, algunas humaredas pálidas subían de la tierra al horizonte incendiado por un crepúsculo espléndido de nubes de púrpura.

Ortiz preguntó á un hombre que estaba levantando ladrillos si conocía al Bizco.

--¿Ese randa de pelo rojo?

--Sí.

--Le he visto hace unos días. Debe vivir por la Elipa.

--Bueno, vamos por allá--murmuró Ortiz.

Siguieron por la orilla del arroyo. El cielo de nubes rojizas iba obscureciéndose. Cruzaron el camino de Vicálvaro.

--Por aquí fuí yo al Este á enterrar á una chica que se me murió--dijo Ortiz--; la llevé á la pobrecita debajo del brazo envuelta en un mantón. No tenía ni para una caja...

Este recuerdo trajo á la memoria del guardia sus miserias y contó á don Alonso su vida.

Don Alonso estaba deseando que acabase para asombrarle á Ortiz con sus historias de América.

El guardia seguía y seguía hablando, y don Alonso murmuraba distraídamente:

--Ya vendrá la buena.

Mientras charlaban fué anocheciendo. Salió la luna en menguante; una neblina tenue comenzó á cubrir el campo; algún árbol solitario se erguía derecho y proyectaba la sombra de su follaje en el camino; alguna estrella cruzaba el cielo dejando una ráfaga blanca. El agua plateada del arroyo se deslizaba por la tierra silenciosa, trazando curvas como una larga serpiente.

Seguían hablando cuando don Alonso vió la silueta de un hombre que aparecía entre dos árboles. Agarró del brazo á Ortiz, indicándole que se callara. Se oyó un ruido de ramas y el paso furtivo de alguien que huyó.

--¿Qué era?--dijo Ortiz.

--Un hombre que ha salido de ahí.

--¿De dónde?

--No sé á punto fijo. Me ha parecido que de entre esos árboles.

Se acercaron; había en el ribazo, que allí tenía más de un metro de alto, un montón de maleza y unos pedruscos.

--Aquí hay algo--dijo Ortiz metiendo su bastón. Quitó dos piedras grandes, luego una tabla y apareció la boca de un agujero. Encendió un fósforo. Era un boquete cuadrado abierto en la tierra arenosa y húmeda. Entraron los dos. Tendría la cueva tres metros de profundidad por uno y medio de anchura. Ocupaba el fondo una cama de paja y de papeles con una manta gris. En un rincón había huesos mondados y latas de conserva vacías.

--Aquí tiene el lobo la madriguera--dijo Ortiz--. Sea el Bizco ú otro, este ciudadano no está dentro de la ley.

--¿Por qué?

--Porque no paga contribución.

--¿Qué vamos á hacer?

--Esperarle. Yo le aguardo aquí dentro. Usted pone la tabla como estaba antes, con dos piedras encima, y se queda ahí fuera. Cuando venga, que vendrá, le deja usted entrar, y en seguida se echa usted á la puerta.

--Bueno.

Ortiz amartilló el revólver y se sentó en la cama. Don Alonso, después de tapar la boca del agujero, buscó un sitio resguardado en donde no se le viera y se tendió en el suelo. Le molestaba bastante haber tenido que oir la historia vulgar de Ortiz y no haber podido contar sus aventuras. La verdad es que su vida era rara. ¡Él convertido en policía! ¡Acechando á un hombre!

Horas y horas esperaron, Ortiz dentro y don Alonso fuera. Estaba ya clareando cuando apareció el Bizco. Llevaba algo debajo del brazo. Atravesó el arroyo, se acercó al ribazo, quitó la tabla... Don Alonso, empuñando el revólver, se levantó con rapidez y se asomó á la boca del agujero.

--Ya está--dijo Ortiz desde dentro, y salieron inmediatamente el guardia y el Bizco.

--¿Será éste?--preguntó el guardia.

-Sí.

--Si trata de huir, tire usted--dijo Ortiz á don Alonso.

Don Alonso apuntó con el revólver al bandido, que temblaba, sin oponer resistencia, y Ortiz le ató codo con codo.

--Ahora, andando.

Don Alonso estaba entumecido; le dolía todo el cuerpo. Echaron á andar los tres por el camino de la Elipa.

Al llegar cerca del nuevo hospital de San Juan de Dios estaba amaneciendo; un amanecer tristón y anubarrado.

Don Alonso se encontraba cada vez peor; sentía escalofríos por todo el cuerpo, un dolor de cabeza violento y una lancetada en el pecho.

--Yo estoy malo--le dijo á Ortiz--, no puedo con mi alma.

--Bueno; entonces yo me marcho.

Ortiz y el Bizco se alejaron.

Don Alonso quedó solo y fué avanzando penosamente. Cuando llegó cerca de la tapia del Retiro pidió auxilio á un guardia municipal. Este le acompañó, y en la calle de Alcalá tomaron un coche. Don Alonso tosía y no podía respirar; le sacaron del coche al llegar al hospital y le metieron en una camilla.

Al echarse, don Alonso quedó rendido y sintió como si le dieran un martillazo en la cabeza.

--Yo tengo algo muy grave, y quizás me vaya á morir--pensó con angustia.

No se dió cuenta de cuando le metieron en la cama; comprendió que estaba en el hospital y sintió que su cuerpo ardía. Una monja se le acercó y puso un escapulario en el hierro de la cama.

Don Alonso entonces recordó un cuento, y á pesar de la fiebre el cuento le hizo reir. Era un gitano que estaba muriéndose y llamaba á todos los santos de la corte celestial en su ayuda; viéndole tan apurado, una vecina le llevó un niño Jesús, y le dijo al enfermo:

--Rece, hermano, que éste le salvará.

Y el gitano contestó compungido:

--¡Ay, hermana! Si lo que yo necesito es un Santo Cristo con más... barbas que un capuchino.

Luego el cuento se complicó con recuerdos lejanos, la fiebre aumentó y don Alonso murmuró convencido:

--Ya vendrá la buena.

* * * * *

Después de ocho días, pasados entre la vida y la muerte, el médico de la sala dijo que la pleuresía de don Alonso se había complicado con el tifus y que era necesario trasladar el enfermo al hospital del Cerro del Pimiento.

Una mañana fueron los camilleros, cogieron á don Alonso, lo sacaron de la cama y lo metieron en una camilla.

Luego los dos mozos bajaron las escaleras del hospital, tomaron por la calle de Atocha arriba, después por la de San Bernardo hasta el paseo de Areneros. Entraron hacia las proximidades de San Bernardino por una zanja cortada en la tierra arenosa y amarillenta, y llegaron al Cerro del Pimiento. Llamaron; pasaron á un vestíbulo y levantaron el hule de la camilla.

--¡Anda la!... Se ha muerto el socio--dijo uno de los mozos--¿Lo dejaremos aquí?

--No, no, llevadlo--replicó el conserje del hospital.

--¡Pues es una broma tener que llevarlo otra vez!--dijo el otro--. Más valiera morirse.

Cogieron con resignación la camilla y salieron.

Hacía una mañana espléndida, hermosísima. Se sentía con intensidad la primavera.

El césped brillaba sobre las lomas; temblaban las hojas nuevas de los árboles; refulgían al sol las piedras en las calzadas, limpias por las lluvias recientes... Todo parecía nuevo y fresco, los colores y los sonidos; el brillo de los árboles y el piar de los pájaros; la hierba salpicada de margaritas blancas y amarillas, y las mariposas sobre los sembrados. Todo, hasta el sol. Todo, hasta el cielo azul que acababa de brotar del caos de las nubes, tenía un aire de juventud y frescura...

Entraron los dos camilleros de nuevo por la zanja, entre las altas paredes cortadas á pico.

--¿Y si lo dejáramos aquí?--preguntó uno de los mozos.

--Dejémosle--contestó el otro.

Levantaron el hule de la camilla, y poniéndola de lado, hicieron que el cadáver cayera desnudo en una oquedad. Y el muerto quedó despatarrado, mostrando sus pobres desnudeces ante la mirada azul, clara y serena del cielo, y los camilleros se fueron á tomar una copa...

Indudablemente no había venido la buena.

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CAPÍTULO IX

La Dama de la Toga Negra.--Los amigos de la Dama.--El pajecillo, el lindo pajecillo.

Hay en Madrid en un palacio con grandes salas y largas galerías, en las que por todas partes no se ven más que Cristos, una vieja dama de gran alcurnia, que ejerce una de las funciones más importantes y severas de la sociedad.

Esta vieja dama viste toga negra, cala birrete, también negro, habla gravemente y entre las imágenes de Cristo administra á diestro y siniestro reprimendas y castigos.

Antes, en el Olimpo, era una severa matrona con los ojos vendados; ahora es una vieja arpía, con la vista de lince, el vientre abultado, las uñas largas y el estómago sin fondo.

En el Olimpo esta dama discurría y estaba rodeada de inmortales; ahora, en vez de discurrir, tiene un libro con más interpretaciones que la Biblia, y en vez de personas dignas á su alrededor, está rodeada de curiales, alguaciles, escribanos, relatores, prestamistas, corredoras de alhajas, hombres buenos, abogados de fama y abogados de poyete.., una larga procesión de sacacuartos y de escamoteadores, que empieza muy alto y acaba en el verdugo, que es un escamoteador de cabezas.

* * * * *

--Tienes que ir á ver á tu amigo--dijo Juan á Manuel.

--Bueno.

Buscaron á Ortiz, y con él entraron en la Audiencia. Había en los pasillos una gran animación. Uno de los patios estaba plagado de gente. Por las ventanas de las galerías se veían señores de birrete escribiendo ó leyendo. En los armarios de aquellas oficinas se amontonaban expedientes.

--Todos esos papeles, todos esos legajos--dijo Juan--, estarán empapados de sangre; habrá ahí más almas marchitas y desecadas que flores en un herbario.

--¡Y qué se va á hacer!--repuso Manuel--; si no hubiera criminales...

--Estos sí que son criminales--murmuró Juan.

--Vamos á ver si podéis pasar--dijo Ortiz.

Entraron en una antesala de la galería baja. Había allá un señor de barba blanca y mirada severa y dos jóvenes. Los tres estaban vestidos con toga y birrete.

--Soy enemigo del indulto--decía el señor de la barba blanca--; le he condenado dos veces á muerte y las dos le han indultado. Ahora espero que lo ejecutarán.

--Pero es una pena tan severa--murmuró uno de los jóvenes sonriendo.

--¿Hablan del Bizco?--preguntó Manuel á Ortiz.

--No.

--¡Nada, nada!--exclamó el viejo de la barba blanca--; hay que hacer un escarmiento. Hemos quedado en que se fije la fecha del recurso para después de Mayo, no vaya á ser indultado por el santo del rey.

--¡Qué bárbaros!--exclamó Juan.

--En estos casos--repuso el joven togado tímidamente--, es cuando se pregunta uno si la sociedad tiene derecho para matar; porque indudablemente este hombre no ha estado nunca en posesión de su conciencia, y la sociedad que no se ha cuidado de educarle, que le ha abandonado, no debía tener derecho...

--La cuestión de derecho, es una cuestión vieja de la que nadie se ocupa--replicó el viejo con cierta irritación--. ¿Existe la pena de muerte? Pues matemos. Considerar la pena como medio de rehabilitación moral, aquí entre nosotros, es una estupidez. ¡Enviar á uno á que se rehabilite á un presidio!... El derecho á la pena, el derecho á ser rehabilitado... muy bonito para la cátedra. El presidio y la pena de muerte no son más que medidas de higiene social, y desde este punto de vista, nada tan higiénico como cumplir la ley en todos los casos, sin indultar á nadie.

Manuel miró á su hermano.

--¿No tiene razón?

--Sí; dentro de lo suyo, tiene razón--replicó Juan--. A pesar de eso, yo encuentro á ese viejo sanguinario bastante repulsivo.

* * * * *

Se abrió una puerta y apareció un hombre bajito, de bigote negro y rizado, con lentes, algo ventrudo, movedizo y calvo.

--¿Qué tal?--le preguntó el juez.

--Mal; el jurado está cada vez más torpe. Yo le advierto á usted que lo hago á propósito y todos los pretextos que envían las personas discretas para no ser jurados, los acepto. Cuantos más brutos sean los que componen el jurado, mejor. A ver si se desacredita de una vez.

--También la ley debían modificarla...--comenzó diciendo el joven.

--Lo que debían hacer era suprimir el jurado--afirmó el hombre chiquito.

--Ahora puedes bajar un momento--dijo Ortiz á Manuel--y preguntarle si quiere algo.

Bajó Manuel unos escalones. Se abrió la puerta de un calabozo. Había allí una medrosa semiobscuridad. Un hombre estaba tirado en un banco. Era el Bizco.

El Bizco en aquel instante pensaba. Pensaba que afuera hacía un sol hermoso; que en las calles andaría la gente disfrutando de su libertad; que en el campo habría sol y pájaros en los árboles. Y que él estaba encerrado. Entre la bruma de su cerebro no había ni un asomo de remordimiento, sino una gran tristeza, una enorme tristeza. Pensaba también que estaba condenado á muerte, y se estremecía...

Nunca se había preguntado por qué era odiado, por qué era perseguido. El había seguido el fatalismo de su manera de ser. Ahora mil cuestiones se iban amontonando en su cerebro.

La vagancia había sido para su alma como una hemorragia del espíritu. Su poca inteligencia se había esparcido en las cosas como se esparce el perfume en el aire.

Y ahora, en la soledad, en el aislamiento, la inteligencia dormida del Bizco se despertaba y comenzaba á interrogarse á sí misma...

* * * * *

--¡Eh, tú!--le dijo el carcelero--aquí vienen á verte.

El Bizco se levantó y quedó contemplando á Manuel con el mayor estupor.

Al ver á Manuel no se extrañó; le miró fijamante con estúpida indiferencia.

--¿No me conoces?

--Sí.

--¿Quieres algo?

--No quiero nada.

--¿No necesitas algún dinero?

--No.

--¿No tienes que hacerme algún encargo?

--No.

Se miraron los dos atentamente. El Bizco volvió á tenderse en el banco.

--Si me matan, dile al verdugo que no me haga mucho daño--dijo.

--¿Pero no quieres nada más?

--No quiero nada de ti.

Salió Manuel del calabozo y se reunió á su hermano.

* * * * *

Hablando Manuel con sus amigos de la extraña recomendación que le había hecho el Bizco, el Bolo, el zapatero de portal, le dijo:

--Yo le conozco al verdugo. ¿Quieres que vayamos á verle una noche?

--Bueno.

--Pues yo iré á buscarte á la imprenta un día de estos.

--Sería mejor que me dijeras un día fijo.

--¿El sábado?

--Bueno.

Fueron Juan, Caruty y el Libertario á la imprenta y esperaron á que llegara el Bolo. Luego, en compañía de éste y de Manuel, se encaminaron por la calle de Bravo Murillo.

En la puerta de una taberna de una calle próxima había un hombre de mediana estatura, fuerte, fumando un cigarro.

--Ahí está--dijo el Bolo señalándole con disimulo é indicándolo á los amigos.--Ese es.

Se acercó á saludarle.

--Que hay, compadre--le dijo dándole la mano--. ¿Cómo estamos?

--Bien y usted.

--Estos--advirtió el Bolo, mostrando á Manuel, al Libertario, á Juan y á Caruty--son amigos míos.

--Por muchos años--contestó él--. Vamo á tomá una copa--añadió con acento andaluz cerrado.

--Nos sentaremos un rato--saltó Manuel.

--No; hablaremo en casa.

Bebieron una copa y salieron á la calle.

--¿De manera que usted es el ejecutor de la justicia?--preguntó el Libertario.

--Sí, señó.

--Mal oficio tiene usted, paisano.

--Malo é--contestó él--, pero peó é morirse de jambre.

* * * * *

Fueron los cinco andando hasta detenerse frente á una casa alta, de ladrillo. Atravesaron el portal y entraron en un cuarto pequeño, iluminado por un quinqué encendido, puesto encima de una mesa. Nada indicaba allí al personaje sombrío y terrible que en aquel rincón vivía. Era un cuarto pobre, igual á todos los cuartos pobres. Había en las paredes algunos retratos. A un lado una puerta de cristales con cortinillas, que daba á una alcoba, y enfrente de ésta una cama.

Al entrar ninguno percibió una mujer, de negro, pequeña, sentada en un taburete, con un niño en brazos. Era la hembra del buchí; al verla la saludaron; tenía aquella mujer un aspecto tétrico, una cara de japonesa, una seriedad fatídica.

El verdugo les invitó á sentarse á todos; salió al portal en seguida, y llamando al chico de la portera, le envió por un frasco de vino; luego tomó una silla y se sentó. Era un tipo rechoncho, con la cabeza cuadrada, de patillas y bigote rubios, la cara juanetuda. Vestía decentemente y llevaba sombrero hongo. Hablaron durante algún tiempo de una porción de cosas indiferentes y Manuel contó lo que le había pedido el Bizco.

--Esté usté sin cuidao--dijo el verdugo--; si yega el caso, se hará tó lo que se pueda.

--Y antes de ser ejecutor--le preguntó de pronto el Libertario--, ¿ha probado usted otras cosas?

--¡Si he probao!... La mar. He sío sordao en Cuba durante muchos años; he sío herraor, barbero, carretero, vendeor de juguetes... ¿y qué? no podía viví.

--¡Tan mal le iba!--exclamó Juan.

--Muriendo de jambre estaba, y cuando ya acosao dice uno: prefiero viví matando que no morirme de jambre, entonse tóos son despresios.

Interrumpió su palabra un golpecito dado en la puerta recatadamente; era el chico que traía el frasco de vino. El verdugo cogió el frasco y comenzó á escanciar en los vasos.