La letra escarlata novela escrita en inglés
Part 5
Pero estas ideas se me ocurrieron demasiado tarde. Á la sazón, tenía tan solamente la conciencia de que lo que en un tiempo había sido un placer para mí, era ahora una tarea irrealizable. No era ocasión para entrar en lamentaciones acerca del estado de las cosas. Había cesado de ser un escritor de historietas y de artículos, bastante malos, para convertirme en un Inspector de Aduana tolerablemente bueno. Ni más ni menos. Sin embargo, no es nada agradable verse acosado por la sospecha de que nuestra inteligencia se va extinguiendo; ó que se va desvaneciendo, sin darnos cuenta de ello, como el éter en una redoma, que hallamos más y más reducido á cada mirada que le dirigimos. No me quedaba duda alguna del hecho; y al examinarme á mí mismo y á otros de mis compañeros, llegué á conclusiones no muy favorables relativamente al efecto que produce un empleo del gobierno en el carácter de los individuos. Acaso algún día me extienda más sobre la materia; por ahora, baste decir que un empleado del resguardo, de larga fecha, á duras penas puede ser persona digna de elogios ó de mucho respeto, por numerosas razones; entre otras, por las circunstancias á que debe su destino; y luego, por la naturaleza especial del mismo, que si bien muy honroso, como creo, es esta una opinión de que no participa todo el género humano.
Uno de los efectos que he notado, y creo que puede observarse más ó menos en cada persona que haya tenido uno de esos destinos, es que al paso que el hombre se reclina en el brazo poderoso de la República, su propia fuerza individual le abandona. Si posee una gran suma de energía natural, ó si el empleo público no ejerce en él su enervante influjo por mucho tiempo, podrá recobrar sus facultades embotadas. El empleado que ha perdido su destino, puede volver sobre sus pasos, y ser de nuevo todo lo que era antes. Pero esto rara vez acontece, pues por lo regular permanece en su puesto el tiempo necesario para que se efectúe su propia perdición y decadencia, y entonces le ponen de patitas en la calle, para que continúe su marcha por el camino de la vida como mejor pueda. Teniendo conciencia de su propia debilidad, y de que todo el temple de su espíritu ha desaparecido, en adelante sólo dirige miradas inquietas en torno suyo en demanda de quien le auxilie. Su constante esperanza,--que viene á ser una especie de alucinación que, á despecho de todo lo que sea desalentador, y sin hacer alto en imposibilidades le persigue mientras viva,--consiste en que al fin y al cabo, y en no lejano tiempo, merced á una reunión de circunstancias felices, será restablecido en su empleo. Esta esperanza, más que ninguna otra cosa, mina por completo y hiere de muerte, desde sus principios, cualquiera empresa que intente llevar á cabo. ¿Por qué trabajar y afanarse y tratar de salir de la miseria en que se encuentra, si de un momento á otro el brazo del Gobierno lo pondrá á flote? ¿Por qué procurar librarse la subsistencia aquí con el sudor de su frente, ó ir á California á extraer oro,[11] cuando no pasará mucho tiempo sin que ese mismo Gobierno le haga feliz, poniendo en sus bolsillos, con intervalos mensuales, un puñado de monedas brillantes procedentes de las arcas de la República? No deja de ser curioso, y triste al mismo tiempo, observar cuán pronto se inficiona con esta enfermedad un pobre diablo, por poco que haya probado el turrón de un destinillo. El dinero del Gobierno tiene, bajo este concepto, una cualidad semejante á la de los pactos con el demonio: quien lo toca, tiene que andar muy listo, ó de lo contrario al fin y al cabo, si no pierde su alma, como con el pacto mencionado, perderá muchas de sus mejores cualidades: la fuerza, el valor y constancia, la sinceridad, la confianza en sí mismo, y todo lo que constituye un carácter varonil.
¡Hermoso porvenir me esperaba por cierto! Y no porque el Inspector se hubiese aplicado á sí propio la moral de la historia, ó pudiese admitir que la continuación en su empleo, ó la cesantía, influiría en él de un modo desastroso. Nada de eso: pero á pesar de todo, mis reflexiones sobre el asunto no eran muy alentadoras. Comencé á volverme melancólico é inquieto, examinando constantemente mi inteligencia para descubrir si mis facultades estaban cabales, y ver qué detrimento habían experimentado. Traté de calcular cuánto tiempo podría aun permanecer en la Aduana, y salir de ella siendo todavía lo que se llama un hombre. Para decir la verdad, comencé á temer que,--puesto que no habría sido político declarar cesante á las calladas á un hombre de mi importancia, ni es muy corriente en un empleado del Gobierno hacer dimisión de su destino,--comencé á temer, repito, que podría darse conmigo el caso de envejecer y hasta de volverme decrépito en mi puesto de Inspector, convirtiéndome en algo parecido al octogenario empleado de marras. Y ¿por qué, en el curso de los largos años de la vida oficial que creía me estaban aun reservados, no me sucedería al fin y á la postre lo mismo que á mi venerable amigo; esto es, llegar á convertir la hora de la comida en la más importante del día, y el resto del tiempo pasarlo durmiendo á la sombra ó al calor del sol? ¡Triste perspectiva para un hombre que hace consistir la felicidad en vivir en el pleno ejercicio de sus facultades y de sus sentimientos! Pero durante todo este tiempo me estuve atormentando inútilmente, porque la Providencia había dispuesto la realización de cosas mucho mejores y benéficas para mí, que las que yo mismo pude jamás idear.
En el tercer año de mi empleo de Inspector hubo un acontecimiento notable, cual fué la elección del General Taylor á la Presidencia de los Estados Unidos. Para que se comprendan perfectamente las tribulaciones de la vida de un empleado del Gobierno, es preciso considerarlo en los primeros tiempos de la Administración de un Presidente que pertenece á un partido político distinto del suyo. Su posición es entonces realmente la más dificultosa y hasta desagradable en que pueda hallarse un infeliz mortal, casi sin alternativa alguna en buen sentido, aunque lo que él juzga como lo peor que le puede acontecer, sea tal vez lo mejor. Mas para un hombre digno y sensible es bien doloroso saber que sus intereses dependen de personas que ni le estiman ni le comprenden, y quienes más bien tratarán de hacerle daño que de beneficiarlo. Ni deja tampoco de sorprenderle, y mucho, al que supo conservar toda su calma durante una contienda electoral, ver la sed de sangre que se desarrolla en la hora del triunfo, y tener la conciencia de que él es una de las víctimas en que los vencedores tienen fijas las miradas. Pocas cosas hay tan feas en la naturaleza humana como esta tendencia á la crueldad, tan sólo porque se tiene el poder de hacer daño, que llegué entonces á notar en personas que después de todo no eran peores que sus vecinos. Si en vez de ser una expresión metafórica, aunque muy apropiada, fuera un hecho real lo de la guillotina aplicada á los empleados del Gobierno, después de una nueva Administración, creo sinceramente que los miembros del partido victorioso, en los primeros momentos de la agitación causada por su triunfo, nos habrían cortado la cabeza á todos los del partido opuesto.
Pero sea de ello lo que fuere, y á pesar de lo poco agradable que era mi situación, hallé que tenía más de un motivo para congratularme de estar del lado de los vencidos más bien que del de los vencedores. Si hasta entonces no habían sido muy ardientes mis convicciones políticas, en aquella hora de peligro y de adversidad comencé á sentir vivamente hacia qué partido se inclinaban mis predilecciones; y no sin cierto dolor y vergüenza llegué á vislumbrar que, según cálculos razonables, tenía yo más probabilidades de conservar mi destino que mis otros correligionarios políticos. Pero ¿quién puede ver en lo futuro más allá de sus narices? Mi cabeza fué la primera que cayó.
Tengo para mí, que cuando á un empleado lo declaran cesante, ó, para hablar metafóricamente, le cortan la cabeza, rara vez, ó nunca, es aquella la época más feliz de su vida. Sin embargo, como sucede en la mayor parte de nuestros grandes infortunios, aun ese grave acontecimiento trae aparejado consigo su remedio y su consuelo, con tal de que la víctima trate de sacar el mejor partido de su desgracia. Por lo que á mí respecta, el consuelo lo tenía á la mano, y ya se me había presentado en mis meditaciones mucho tiempo antes de que fuera absolutamente necesario apelar á ese remedio. En la Aduana de Salem, como anteriormente en la Antigua Mansión, pasé tres años; tiempo más que suficiente para que descansara mi cerebro fatigado y para que rompiera con antiguos hábitos intelectuales y adoptara otros nuevos; y tiempo también demasiado largo para la vida que llevé, tan completamente ajena á mis inclinaciones naturales, sin haber hecho en realidad nada que fuera provechoso ó agradable á algún sér humano, habiéndome retraído de una labor que, por lo menos, habría satisfecho los latentes deseos de mi espíritu. Además, la manera poco ceremoniosa con que le declararon cesante, y el haber sido considerado como enemigo por sus adversarios políticos, fué en cierto modo agradable al ex-Inspector de Aduana, puesto que su apatía en los asuntos de la política,--su tendencia á divagar, á merced de su voluntad, por el vasto y apacible campo en que todo el género humano puede codearse sin reparo, antes que ceñirse á los estrechos senderos en que los hermanos de un mismo hogar tienen que separarse unos de otros,--había hecho que sus mismos correligionarios le mirasen con cierta sospecha, dudando si en realidad les pertenecía. Pero ahora, después de haber obtenido la corona del martirio, la duda desapareció. Por otra parte, á pesar de lo poco heroica que es su naturaleza, parecía más decoroso verse también arrastrado en la caída del partido á que estaba afiliado, que no permanecer de pie cuando tantos hombres, mucho más meritorios, iban cayendo día tras día; y, por último, era eso preferible á quedarse cuatro años más en su puesto, á la merced de una Administración hostil, para verse á la postre obligado á definir su posición de nuevo, y mendigar tal vez la buena voluntad de los vencedores.[12]
Entretanto, la prensa periódica había tomado por su cuenta el asunto de mi cesantía, y durante un par de semanas me exhibió ante el público en mi nuevo estado de persona decapitada, deseando yo que me dejaran en paz y me enterrasen al fin, como conviene á un hombre políticamente muerto. Esto, hablando naturalmente en el sentido figurado, porque en la realidad, todo este tiempo en que se trataba de mí en los periódicos como del Inspector decapitado, tenía yo muy bien asegurada la cabeza en los hombros, y había llegado á la excelente conclusión de que no hay mal que por bien no venga; y empleando algunos cuantos reales en tinta, papel y plumas, abrí mi olvidado escritorio, y me convertí de nuevo en hombre de letras.
Entonces fué cuando dediqué toda mi atención á las lucubraciones de mi antiguo predecesor el Inspector de Aduana Sr. Pue; y como mis facultades intelectuales se hallaban un tanto entorpecidas por la falta de conveniente uso durante largo tiempo, pasó también alguno antes de que me fuera dado trabajar en mi narración de una manera algo satisfactoria. Y con todo, á pesar de que la obra absorbía por completo mis pensamientos, ésta se presenta á mi vista con un aspecto sombrío y grave, sin que la alegre un festivo rayo de sol, sin que se hagan sentir mucho en ella las dulces y familiares influencias que á menudo suavizan casi todas las escenas de la naturaleza y de la vida real, y debieran suavizar también la pintura que de ellas se hace. Este efecto poco halagüeño es quizás el resultado del período de agitación é incertidumbre en que la historia tomó forma; sin que indique carencia de buen humor en el espíritu del novelista, pues era más feliz mientras divagaba entre la lobreguez de estas tristes fantasías suyas, que en ninguna otra época desde que salió de la Antigua Mansión. Pero continuando con la metáfora de la guillotina política, si este bosquejo de la Aduana, que voy á terminar, pareciere por ventura demasiado autobiográfico para que lo publique en vida una persona que, como su autor, no es de mucho viso, téngase en cuenta que procede de un caballero que lo escribe desde ultratumba. ¡La paz sea con el mundo! ¡Mi bendición para mis amigos! ¡Mi perdón para mis enemigos! ¡Me encuentro en la región del reposo!
La vida de la Aduana yace en lo pasado, como si fuera un sueño. El octogenario empleado del resguardo,--que, siento decirlo, murió hace algún tiempo en consecuencia de la coz de un caballo, pues de lo contrario habría vivido de seguro eternamente,--así como todos los demás venerables personajes que se sentaban junto con él en la Aduana, se han convertido para mí en sombras: imágenes de rostros arrugados y cabezas blancas en canas, con quienes mi fantasía se ocupó algún tiempo y que ya ha arrojado á lo lejos para siempre. Los comerciantes, cuyos nombres me eran tan familiares hace sólo seis meses, estos hombres del tráfico que parecía ocupaban una posición tan importante en el mundo,--¡cuán corto tiempo se ha necesitado para separarme de todos ellos, y aun para borrarlos de la memoria, hasta el punto de haberme sido preciso un esfuerzo para recordar el rostro y nombre de alguno que otro!
Pronto, igualmente, mi antigua ciudad nativa se me presentará al través de la bruma de los recuerdos que la envolverá por todas partes, como si no fuera una porción de este mundo real y positivo, sino una gran aldea allá en una región nebulosa, con habitantes imaginarios que pueblan sus casas de madera, y pasean por sus feas callejuelas y su calle principal tan uniforme y poco pintoresca. Desde ahora en adelante cesa de ser una realidad de mi vida: soy un ciudadano de otro lugar cualquiera. No lo sentirán mucho las buenas gentes de Salem, pues aunque me he empeñado en llegar con mis tareas literarias á ser algo á los ojos de esos paisanos míos, y dejar una memoria grata de mi nombre en esa que ha sido cuna, morada y cementerio de tantos de mis antepasados,--nunca encontré _allí_ la atmósfera genial que requiere un hombre de letras para que se sazonen debidamente los frutos de su inteligencia. Haré algo mejor entre otras personas; y apenas tengo que añadir que aquellas, que me son tan familiares, no echarán de menos mi ausencia.
LA LETRA ESCARLATA
I
LA PUERTA DE LA PRISIÓN
Una multitud de hombres barbudos, vestidos con trajes obscuros y sombreros de copa alta, casi puntiaguda, de color gris, mezclados con mujeres unas con caperuzas y otras con la cabeza descubierta, se hallaba congregada frente á un edificio de madera cuya pesada puerta de roble estaba tachonada con puntas de hierro.
Los fundadores de una nueva colonia, cualesquiera que hayan sido los ensueños utópicos de virtud y felicidad que presidieran á su proyecto, han considerado siempre, entre las cosas más necesarias, dedicar á un cementerio una parte del terreno virgen, y otra parte á la erección de una cárcel. De acuerdo con este principio, puede darse por sentado que los fundadores de Boston edificaron la primera cárcel en las cercanías de Cornhill, así como trazaron el primer cementerio en el lugar que después llegó á ser el núcleo de todos los sepulcros aglomerados en el antiguo campo santo de la Capilla del Rey. Es lo cierto que quince ó veinte años después de fundada la población, ya la cárcel, que era de madera, presentaba todas las señales exteriores de haber pasado algunos inviernos por ella, lo que le daba un aspecto más sombrío que el que de suyo tenía. El orín de que estaba cubierta la pesada obra de hierro de su puerta, la dotaba de una apariencia de mayor antigüedad que la de ninguna otra cosa en el Nuevo Mundo. Como todo lo que se relaciona de un modo ú otro con el crimen, parecía no haber gozado nunca de juventud. Frente á este feo edificio, y entre él y los carriles ó rodadas de la calle, había una especie de pradillo en que crecían en abundancia la bardana y otras malas hierbas por el estilo, que evidentemente encontraron terreno apropiado en un sitio que ya había producido la negra flor común á una sociedad civilizada,--la cárcel. Pero á un lado de la puerta, casi en el umbral, se veía un rosal silvestre que en este mes de Junio estaba cubierto con las delicadas flores que pudiera decirse ofrecían su fragancia y frágil belleza á los reos que entraban en la prisión, y á los criminales condenados que salían á sufrir su pena, como si la naturaleza se compadeciera de ellos.
La existencia de este rosal, por una extraña casualidad, se ha conservado en la historia; pero no trataremos de averiguar si fué simplemente un arbusto que quedó de la antigua selva primitiva después que desaparecieron los gigantescos pinos y robles que le prestaron sombra, ó si, como cuenta la tradición, brotó bajo las pisadas de la santa Ana Hutchinson[13] cuando entró en la cárcel. Sea de ello lo que fuere, puesto que lo encontramos en el umbral de nuestra narración, por decirlo así, no podemos menos que arrancar una de sus flores y ofrecérsela al lector, esperando que simbolice alguna apacible lección de moral, ya se desprenda de estas páginas, ó ya sirva para mitigar el sombrío desenlace de una historia de fragilidad humana y de dolor.
II
LA PLAZA DEL MERCADO
El pradillo frente á la cárcel, del cual hemos hecho mención, se hallaba ocupado hace unos doscientos años, en una mañana de verano, por un gran número de habitantes de Boston, todos con las miradas dirigidas á la puerta de madera de roble con puntas de hierro. En cualquiera otra población de la Nueva Inglaterra, ó en un período posterior de su historia, nada bueno habría augurado el aspecto sombrío de aquellos rostros barbudos; se habría dicho que anunciaba la próxima ejecución de algún criminal notable, contra el cual un tribunal de justicia había dictado una sentencia, que no venía á ser sino la confirmación de la expresada por el sentimiento público. Pero dada la severidad natural del carácter puritano en aquellos tiempos, no podía sacarse semejante deducción, fundándola sólo en el aspecto de las personas allí reunidas: tal vez algún esclavo perezoso, ó algún hijo desobediente entregado por sus padres á la autoridad civil, recibían un castigo en la picota. Pudiera ser también que un cuákero ú otro individuo perteneciente á una secta heterodoxa, iba á ser expulsado de la ciudad á punta de látigo; ó acaso algún indio ocioso y vagamundo, que alborotaba las calles en estado de completa embriaguez, gracias al aguardiente de los blancos, iba á ser arrojado á los bosques á bastonazos; ó tal vez alguna hechicera, como la anciana Señora Hibbins, la mordaz viuda del magistrado, iba á morir en el cadalso. Sea de ello lo que fuere, había en los espectadores aquel aire de gravedad que cuadraba perfectamente á un pueblo para quien religión y ley eran cosas casi idénticas, y en cuyo carácter se hallaban ambos sentimientos tan completamente amalgamados, que cualquier acto de justicia pública, por benigno ó severo que fuese, asumía igualmente un aspecto de respetuosa solemnidad. Poca ó ninguna era la compasión que de semejantes espectadores podía esperar un criminal en el patíbulo. Pero por otra parte, un castigo que en nuestros tiempos atraería cierto grado de infamia y hasta de ridículo sobre el culpable, se revestía entonces de una dignidad tan sombría como la pena capital misma.
Merece notarse que en la mañana de verano en que comienza nuestra historia, las mujeres que había mezcladas entre la multitud, parecían tener especial interés en presenciar el castigo cuya imposición se esperaba. En aquella época las costumbres no habían adquirido ese grado de pulimento en que la idea de las consideraciones sociales pudiera retraer al sexo femenino de invadir las vías públicas, y si la oportunidad se presentaba, de abrir paso á su robusta humanidad entre la muchedumbre, para estar lo más cerca posible del cadalso, cuando se trataba de una ejecución. En aquellas matronas y jóvenes doncellas de antigua estirpe y educación inglesa había, tanto moral como físicamente, algo más tosco y rudo que en sus bellas descendientes, de las que están separadas por seis ó siete generaciones; porque puede decirse que cada madre, desde entonces, ha ido trasmitiendo sucesivamente á su prole un color menos encendido, una belleza más delicada y menos duradera, una constitución física más débil, y aun quizás un carácter de menos fuerza y solidez. Las mujeres que estaban de pie cerca de la puerta de la cárcel en aquella hermosa mañana de verano, mostraban rollizas y sonrosadas mejillas, cuerpos robustos y bien desarrollados con anchas espaldas; mientras que el lenguaje que empleaban las matronas tenía una rotundidad y desenfado que en nuestros tiempos nos llenaría de sorpresa, tanto por el vigor de las expresiones cuanto por el volumen de la voz.
--Honradas esposas,--dijo una dama de cincuenta años, de facciones duras,--voy á deciros lo que pienso. Redundaría en beneficio público si nosotras, las mujeres de edad madura, de buena reputación, y miembros de una iglesia, tomásemos por nuestra cuenta la manera de tratar á malhechoras como la tal Ester Prynne. ¿Qué pensáis, comadres? Si esa buena pieza tuviera que ser juzgada por nosotras, las cinco que estamos aquí, ¿saldría acaso tan bien librada como ahora con una sentencia cual la dictada por los venerables magistrados? ¡No por cierto!
--Buenas gentes, decía otra, se corre por ahí que el Reverendo Sr. Dimmesdale, su piadoso pastor espiritual, se aflige profundamente de que escándalo semejante haya sucedido en su congregación.
--Los magistrados son caballeros llenos de temor de Dios, pero en extremo misericordiosos, esto es la verdad,--agregó una tercera matrona, ya entrada en la madurez de su otoño.--Á lo menos deberían haber marcado con un hierro hecho ascua la frente de Ester Prynne. Yo os aseguro que Madama Ester habría sabido entonces lo que era bueno. Pero qué le importa á esa zorra lo que le han puesto en la cotilla de su vestido. Lo cubrirá con su broche, ó con algún otro de esos adornos paganos en boga, y la veremos pasearse por las calles tan fresca como si tal cosa.
--¡Ah!--dijo una mujer joven, casada, que parecía de natural más suave y llevaba un niño de la mano,--dejadla que cubra esa marca como quiera; siempre la sentirá en su corazón.
--¿Qué estamos hablando aquí de marcas ó sellos infamantes, ya en el corpiño del traje, en las espaldas ó en la frente?--gritó otra, la más fea así como la más implacable de aquellas que se habían constituído jueces por sí y ante sí.--Esta mujer nos ha deshonrado á todas, y debe morir. ¿No hay acaso una ley para ello? Sí, por cierto: la hay tanto en las Sagradas Escrituras como en los Estatutos de la ciudad. Los magistrados que no han hecho caso de ella, tendrán que culparse á sí propios, si sus esposas ó hijas se desvían del buen sendero.
--¡El cielo se apiade de nosotros! buena dueña,--exclamó un hombre--¿no hay por ventura más virtud en la mujer que la debida al temor de la horca? Nada peor podría decirse. Silencio ahora, vecinas, porque van á abrir la puerta de la cárcel y ahí viene en persona Madama Ester.