La letra escarlata novela escrita en inglés
Part 17
No debe causar sorpresa que se preguntaran mútuamente si estaban realmente vivos, y que hasta dudasen de su propia existencia corporal. De tan extraña manera se encontraron en el crepúsculo de aquella selva, que parecía como si fuese la primer entrevista que tuvieran más allá del sepulcro dos espíritus que habían estado íntimamente asociados en su vida terrestre, pero que ahora se hallaban temblando, llenos de mutuo temor, sin haberse familiarizado aún con su condición presente, ni acostumbrado á la compañía de almas desprovistas de sus cuerpos. Cada uno era un espíritu que contemplaba, lleno de asombro, al otro espíritu. Igualmente experimentaban respecto de sí mismos una extraña sensación, porque en aquel momento á cada cual se le representó, de una manera viva é intensa, toda su íntima historia y toda la amarga experiencia de la vida, como acontece tan solo en tales instantes en el curso de nuestra existencia. El alma se contempla en el espejo de aquel fugitivo momento. Con temor pues, y trémulamente, cual si lo hiciera impulsado por necesidad ineludible, extendió Arturo Dimmesdale su mano, fría como la muerte, y tocó la helada mano de Ester Prynne. Á pesar de lo frígido del contacto de aquellas manos, se sintieron al fin habitantes de la misma esfera, desapareciendo lo que había de extraño y misterioso en la entrevista.
Sin hablar una sola palabra, sin que uno ni otro sirviera de guía á su compañero, pero con silencioso y mutuo acuerdo, se deslizaron entre las sombras del bosque de donde había salido Ester, y se sentaron en el mismo tronco de árbol cubierto de musgo en que ella y Perla habían estado sentadas antes. Cuando al fin pudieron hallar una voz con que hablarse, emitieron al principio solo las observaciones y preguntas que podrían haber hecho dos conocidos cualesquiera, acerca de lo sombrío del cielo, del mal tiempo que amenazaba, y luego de la salud de cada uno. Procedieron después, por decirlo así, paso á paso, y con muchos rodeos, á tratar de los temas que más profundamente les interesaban y más á pecho tenían. Separados tan largo tiempo por el destino y las circunstancias, necesitaban algo ligero, casual, casi indiferente en que ocuparse, antes de comenzar á dar salida á las ideas y pensamientos que realmente llenaban sus almas.
Después de un rato, el ministro fijó los ojos en los de Ester.
--Ester, dijo, ¿has hallado la paz del alma?
Ella sonrió tristemente dirigiéndose una mirada al pecho.
--¿La has hallado tú?--le preguntó ella á su vez.
--No: no; solamente desesperación,--contestó el ministro.--¿Ni qué otra cosa podía esperar, siendo lo que soy, y llevando una vida como la que llevo? Si yo fuera ateo, si fuera un hombre desprovisto de conciencia, un miserable con instintos groseros y brutales, ya habría hallado la paz hace tiempo: mejor dicho, nunca la habría perdido. Pero tal como es el alma mía, cualquiera que fuese la capacidad que originalmente pudiera existir en mí para el bien, todos los dones de Dios, los más selectos y escogidos, se han convertido en otros tantos motivos de tortura espiritual. Ester, ¡yo soy inmensamente infeliz!
--El pueblo te reverencia,--dijo Ester,--y ciertamente producen mucho bien entre el pueblo tus palabras. ¿No te proporciona esto consuelo?
--Más padecimientos, Ester, solo más padecimientos!--contestó Dimmesdale con una amarga sonrisa.--En cuanto al bien que yo pueda aparentemente hacer, no tengo fe en él. ¿Qué puede realizar un alma perdida como la mía, en pro de la redención de otras almas? ¿Ni qué puede un alma manchada hacer en beneficio de la purificación de otras almas? Y en cuanto á la reverencia del pueblo, ¡ojalá que se convirtiera en odio y desprecio! ¿Crees tú, Ester, que pueda servirme de consuelo tener que subir á mi púlpito, y allí exponerme á las miradas de tantos que dirigen á mí sus ojos, como si resplandeciera en mi rostro la luz del cielo? ¿Ó tener que contemplar mi rebaño espiritual sediento de verdad y oyendo mis palabras como si fueran vertidas por uno de los escogidos del Eterno, y luego contemplarme yo á mí mismo para no ver sino la triste y negra realidad que ellos idolatran? ¡Ah! me he reído con intensa amargura y agonía de espíritu ante el contraste que existe entre lo que parezco y lo que soy verdaderamente! ¡Y Satanás se ríe también!
--Tú eres injusto contigo mismo en esto,--dijo Ester con dulzura.--Tú te has arrepentido profunda y amargamente. Tu falta ha quedado relegada á una época que hace tiempo ha pasado para siempre. Tu vida presente no es menos santa, en realidad de verdad, de lo que aparece á la vista de los hombres. ¿No tiene por ventura fuerza alguna la penitencia á que han puesto un sello y de que dan testimonio tus buenas obras? ¿Y por qué no han de traer la paz á tu espíritu?
--¡No, Ester, no!--replicó el ministro.--No hay realidad en ello: es frío, inanimado y no puede producirme bien alguno. Padecimientos, he tenido muchos; penitencia, ninguna. De lo contrario, hace tiempo que debería haberme despojado de este traje de aparente santidad, y presentarme ante los hombres como me verán el día del Juicio Final. ¡Feliz tú, Ester, que llevas la letra escarlata al descubierto sobre el pecho! ¡La mía me abrasa en secreto! Tú no sabes cuán gran alivio es, después de un fraude de siete años, mirar unos ojos que me ven tal como soy. Si tuviera yo un amigo,--ó aunque fuese mi peor enemigo,--al que, cuando me siento enfermo con los elogios de todos los otros hombres, pudiera abrir mi pecho diariamente para que me viese como al más vil de los pecadores, creo que con eso recobraría nuevas fuerzas. Aun esa parte de verdad, con ser tan poca, me salvaría.... Pero ahora, ¡todo es mentira!--¡todo es vanidad!--¡todo es muerte!
Ester le dirigió una mirada, quiso hablar, pero vaciló. Sin embargo, al dar el ministro rienda suelta á sus emociones largo tiempo reprimidas, y con la vehemencia que lo hizo, sus palabras ofrecieron á Ester la oportunidad de decir aquello para lo cual le había buscado. Venció sus temores, y habló.
--Un amigo como el que ahora has deseado,--dijo,--con quien poder llorar sobre tu falta, lo tienes en mí, la cómplice de esa falta. Vaciló de nuevo, pero al fin pronunció con un gran esfuerzo estas palabras:--en cuanto á un enemigo, largo tiempo lo has tenido, y has vivido con él, bajo un mismo techo.
El ministro se puso en pie, buscando aire que respirar, y llevándose la mano al corazón como si quisiera arrancárselo del pecho.
--¡Cómo! ¿Qué dices?--exclamó.--¡Un enemigo! ¡Y bajo mi mismo techo! ¿Qué quieres decir, Ester?
Ester Prynne comprendió ahora perfectamente el mal inmenso hecho á este hombre desgraciado, y de que era ella responsable, al dejarle permanecer por tantos años, más aun, por un solo momento, á la merced de un hombre cuyo propósito y objeto no podían ser sino perversos. La sola proximidad de este enemigo, bajo cualquiera máscara que quisiera ocultarse, era ya suficiente para perturbar un alma tan delicadamente sensible como la de Arturo Dimmesdale. Hubo cierto tiempo en que Ester no se dió bastante cuenta de todo esto; ó quizás, en la profunda contemplación de su propia desgracia, dejó que el ministro soportara lo que ella podría imaginarse que era un destino más tolerable. Pero últimamente, desde la noche aquella de su vigilia, sintió profunda compasión hacia él, pues podía leer ahora con más acierto en su corazón. No dudaba que la continua presencia de Rogerio Chillingworth,--infectando con la ponzoña de su malignidad el aire que le rodeaba,--y su intervención autorizada, como médico, en las dolencias físicas y espirituales del ministro, no dudaba, no, que todas esas oportunidades las había aprovechado para fines aviesos. Sí, esas oportunidades le habían permitido mantener la conciencia de su paciente en un estado de irritación constante, no para curarle por medio del dolor, sino para desorganizar y corromper su sér espiritual. Su resultado en la tierra sería indudablemente la locura; y más allá de esta vida, aquel eterno alejamiento de Dios y de la Verdad, del que la locura es acaso el tipo terrestre.
¡Á tal estado de infortunio y miseria había ella traído al hombre que en otro tiempo,--y, ¿por qué no decirlo?--que aun amaba apasionadamente! Ester comprendió que el sacrificio del buen nombre del eclesiástico y hasta la muerte misma, como se lo había dicho á Rogerio Chillingworth, habrían sido infinitamente preferibles á la alternativa que ella se había visto obligada á escoger. Y ahora, más bien que tener que confesar este funesto error, hubiera querido arrojarse sobre las hojas de la selva y morir allí á los pies de Arturo Dimmesdale.
--¡Oh Arturo!--exclamó Ester,--¡perdóname! En todas las cosas de este mundo he tratado de ser sincera y atenerme á la verdad. La única virtud á que podía haberme aferrado, y á la que me aferré fuertemente hasta la última extremidad, ha sido la verdad; en todas las circunstancias lo hice, excepto cuando se trató de tu bien, de tu vida, de tu reputación; entonces consentí en el engaño. Pero una mentira nunca es buena, aun cuando la muerte nos amenace, ¿No adivinas lo que voy á decir?... Ese anciano,--ese médico,--ese á quien llaman Rogerio Chillingworth... ¡fué mi marido!
Arturo Dimmesdale la miró un instante con toda aquella violenta pasión que,--entrelazada de más de un modo á sus otras cualidades más elevadas, puras y serenas,--era en realidad la parte á que dirigía sus ataques el enemigo del género humano, y por medio de la cual trataba de ganar todo el resto. Nunca hubo en su rostro una expresión de cólera tan sombría y feroz como la que entonces vió Ester. Durante el breve espacio de tiempo que duró, fué verdaderamente una horrible transformación. Pero el carácter de Dimmesdale en tal manera se había debilitado por el sufrimiento, que aun esos arranques de energía de un grado inferior no podían durar sino un rápido momento. Se arrojó al suelo y sepultó el rostro entre las manos.
--¡Debía haberlo conocido!--murmuró.--Sí: lo conocí, ¿No me reveló ese secreto la voz íntima de mi corazón desde la primera vez que le ví, y después cuantas veces le he visto desde entonces? ¿Por qué no lo comprendí? ¡Oh Ester Prynne! ¡qué poco, qué poco conoces todo el horror de esto! ¡Y la vergüenza!... ¡la vergüenza!... ¡la horrible fealdad de exponer un corazón enfermo y culpado á las miradas del hombre que con ello tanto había de regocijarse!... ¡Mujer, mujer, tú eres responsable de esto!... ¡Yo no puedo perdonarte!
--Sí, sí; tú tienes que perdonarme,--exclamó Ester arrojándose junto á él sobre las hojas del suelo.--¡Castígueme Dios, pero tú tienes que perdonarme!
Y con un rápido y desesperado arranque de ternura le rodeó el cuello con los brazos y le estrechó la cabeza contra su seno, sin cuidarse de si la mejilla del ministro reposaba sobre la letra escarlata. Dimmesdale, aunque en vano, intentó desasirse de los brazos que así le estrechaban. Ester no quiso soltarle por temor de que fijase en ella una mirada severa. El mundo entero la había rechazado, y durante siete largos años había mirado con ceño á esta pobre mujer solitaria,--y ella lo había sufrido todo, sin devolver siquiera al mundo una mirada de sus ojos firmes, aunque tristes. El cielo también la había mirado con ceño, y ella no había sucumbido sin embargo. Pero el ceño de este hombre pálido, débil, pecador, á quien el pesar abatía de tal modo, era lo que Ester no podía soportar y seguir viviendo.
--¿No me quieres perdonar? ¿No quieres perdonarme?--repetía una y otra vez.--¡No me rechaces! ¿Me quieres perdonar?
--Sí, te perdono, Ester,--replicó el ministro al fin, con hondo acento salido de un abismo de tristeza, pero sin cólera.--Te perdono ahora de todo corazón. Así nos perdone Dios á entrambos. No somos los más negros pecadores del mundo, Ester. ¡Hay uno que es aun peor que este contaminado ministro del altar! La venganza de ese anciano ha sido más negra que mi pecado. Á sangre fría ha violado la santidad de un corazón humano. Ni tú ni yo, Ester, jamás lo hicimos.
--No: nunca, jamás,--respondió ella en voz baja. Lo que hicimos tenía en sí mismo su consagración, y así lo comprendimos. Nos lo dijimos mutuamente. ¿Lo has olvidado?
--Silencio, Ester, silencio,--dijo Arturo Dimmesdale alzándose del suelo;--no: no lo he olvidado.
Se sentaron de nuevo uno al lado del otro sobre el musgoso tronco del árbol caído, con las manos mutuamente entrelazadas. Hora más sombría que ésta jamás les había traído la vida en el curso de los años: era el punto á que sus sendas se habían ido aproximando por tanto tiempo, obscureciéndose cada vez más y más á medida que avanzaban, y sin embargo tenía todo aquello un encanto singular que les hacía detenerse un instante, y otro, y después otro, y aun otro más. Tenebroso era el bosque que les rodeaba, y las ramas de los árboles crujían agitadas por ráfagas violentas, mientras un solemne y añoso árbol se quejaba lastimosamente como si refiriese á otro árbol la triste historia de la pareja que allí se había sentado, ó estuviera anunciando males futuros.
Y allí permanecieron aun más tiempo. ¡Cuán sombrío les parecía el sendero que llevaba á la población, donde Ester Prynne cargaría de nuevo con el peso de su ignominia y el ministro se revestiría con la máscara de su buen nombre! Y así permanecieron un instante más. Ningún rayo de luz, por dorado y brillante que fuera, había sido jamás tan precioso como la obscuridad de esta selva tenebrosa. Aquí, vista solamente por los ojos del ministro, la letra escarlata no ardía en el seno de la mujer caída. Aquí, visto solamente por los ojos de Ester, el ministro Dimmesdale, falso ante Dios y falso para con los hombres, podía ser sincero un breve momento.
Dimmesdale se sobresaltó á la idea de un pensamiento que se le ocurrió súbitamente.
--¡Ester!--exclamó--¡he aquí un nuevo horror! Rogerio Chillingworth conoce tu propósito de revelarme su verdadero carácter. ¿Continuará entonces guardando nuestro secreto? ¿Cuál será ahora la nueva faz que tome su venganza?
--Hay en su naturaleza una extraña discreción,--replicó Ester pensativamente,--nacida tal vez de sus ocultos manejos de venganza. Yo no creo que publique el secreto, sino que busque otros medios de saciar su sombría pasión.
--¿Y cómo podré yo vivir por más tiempo respirando el mismo aire que respira este mi mortal enemigo?--exclamó Dimmesdale, todo trémulo, y llevándose nerviosamente la mano al corazón,--lo que ya se había convertido en él en acto involuntario.--Piensa por mí, Ester; tú eres fuerte. Resuelve por mí.
--No debes habitar más tiempo bajo un mismo techo con ese hombre,--dijo Ester lenta y resueltamente.--Tu corazón no debe permanecer por más tiempo expuesto á la malignidad de sus miradas.
--Sería peor que la muerte,--replicó el ministro,--¿pero cómo evitarlo? ¿Qué elección me queda? ¿Me tenderé de nuevo sobre estas hojas secas, donde me arrojé cuando me dijiste quien era? ¿Deberé hundirme aquí y morir de una vez?
--¡Ah! ¡de qué infortunio eras presa!--dijo Ester con los ojos anegados en llanto.--¿Quieres morir de pura debilidad de espíritu? No hay otra causa.
--El juicio de Dios ha caído sobre mí,--dijo el eclesiástico cuya conciencia estaba como herida de un rayo.--Es demasiado poderoso para luchar contra él.
--¡El cielo tendrá piedad de tí!--exclamó Ester. ¡Ojalá tuvieras la fuerza de aprovecharte de ella!
--Sé tú fuerte por mí,--respondió Dimmesdale. Aconséjame lo que debo hacer.
--¿Es por ventura el mundo tan estrecho?--exclamó Ester fijando su profunda mirada en los ojos del ministro, y ejerciendo instintivamente un poder magnético sobre un espíritu tan aniquilado y sumiso que apenas podía mantenerlo en pie.--¿Se reduce el universo á los límites de esa población, que hace poco no era sino un desierto, tan solitario como esta selva en que estamos? ¿Á dónde conduce ese sendero? De nuevo á la población, dices. Sí: de ese lado, á ella conduce; pero del lado opuesto, se interna más y más en la soledad de los bosques, hasta que á algunas millas de aquí las hojas amarillas no dejan ya ver vestigio alguno de la huella del hombre. ¡Allí eres libre! Una jornada tan breve te llevará de un mundo, donde has sido tan intensamente desgraciado, á otro en que aun pudieras ser feliz. ¿No hay acaso en toda esta selva sin límites un lugar donde tu corazón pueda estar oculto á las miradas de Rogerio Chillingworth?
--Sí, Ester; pero solo debajo de las hojas caídas--replicó el ministro con una triste sonrisa.
--Ahí está también el vasto sendero del mar,--continuó Ester:--él te trajo aquí; si tú quieres, te llevará de nuevo á tu hogar. En nuestra tierra nativa, ya en alguna remota aldea, ó en el vasto Londres,--ó seguramente, en Alemania, en Francia, en Italia,--te hallarás lejos del poder y conocimiento de ese hombre. ¿Y qué tienes tú que ver con todos estos hombres de corazón de hierro ni con sus opiniones? Ellos han mantenido en abyecta servidumbre, demasiado tiempo, lo que en tí hay de mejor y de más noble.
--No puede ser,--respondió el ministro como si se le pidiese que realizara con sueño.--No tengo las fuerzas para ir. Miserable y pecador como soy, no me ha animado otra idea que la de arrastrar mi existencia terrenal en la esfera en que la Providencia me ha colocado. Á pesar de que mi alma está perdida, continuaré haciendo todavía lo que pueda en beneficio de la salud de otras almas. No me atrevo á abandonar mi puesto, por más que sea un centinela poco fiel, cuya recompensa segura será la muerte y la deshonra cuando haya terminado su triste guardia.
--Estos siete años de infortunio y de desgracia te han abrumado con su peso,--replicó Ester resuelta á infundirle ánimo con su propia energía.--Pero tienes que dejar todo eso detrás de tí. No ha de retardar tus pasos si escoges el sendero de la selva y quieres alejarte de la población; ni debes echar su peso en la nave, si prefieres atravesar el océano. Deja estos restos del naufragio y estas ruinas aquí, en el lugar donde aconteció. Echa todo eso á un lado. Comiénzalo todo de nuevo. ¿Has agotado por ventura todas las posibilidades de acción en el fracaso de una sola prueba? De ningún modo. El futuro está aun lleno de otras pruebas, y finalmente de buen éxito. ¡Hay aun felicidad de que disfrutar! ¡Hay aun mucho bien que hacer! Cambia esta vida falsa que llevas por una de sinceridad y de verdad. Si tu espíritu te inclina á esa vocación, sé el maestro y el apóstol de la raza indígena, Ó,--pues acaso se adapta más á tu naturaleza,--sé un sabio y un erudito entre los más sabios y renombrados del mundo de las letras. Predica: escribe: sé hombre de acción. Haz cualquier cosa, excepto echarte al suelo y dejarte morir. Despójate de tu nombre de Arturo Dimmesdale, y créate uno nuevo, un nombre excelso, tal como puedes llevarlo sin temor ni vergüenza. ¿Por qué has de soportar un solo día más los tormentos que de tal modo han devorado tu existencia,--que te han hecho débil para la voluntad y para la acción,--y que hasta te privarán de las fuerzas para arrepentirte?--Ánimo; arriba, y adelante.
--¡Oh Ester!--exclamó Arturo Dimmesdale cuyos ojos brillaron un momento, para perder el fulgor inmediatamente, á influjos del entusiasmo de aquella mujer,--¡oh Ester! estás hablando de emprender la carrera á un hombre cuyas rodillas vacilan y tiemblan. ¡Yo tengo que morir aquí! No tengo ya ni fuerzas, ni valor, ni energía para lanzarme á un mundo extraño, inmenso, erizado de dificultades, y lanzarme solo.
Era esta la última expresión del abatimiento de un espíritu quebrantado. Le faltaba la energía para aprovecharse de la fortuna más favorable que parecía estar á su alcance.
Repitió la palabra.
--¡Solo, Ester!
--Tú no irás solo,--respondió Ester con profundo acento.
Y con esto, todo quedó dicho.
XVIII
UN TORRENTE DE LUZ
Arturo Dimmesdale fijó los ojos en Ester con miradas en que la esperanza y la alegría brillaban, seguramente, si bien mezcladas con cierto miedo y una especie de horror, ante la intrepidez con que ella había expresado lo que él vagamente indicó y no se atrevió á decir.
Pero Ester Prynne, con un espíritu lleno de innato valor y actividad, y por largo tiempo no sólo segregada, sino desterrada de la sociedad, se había acostumbrado á una libertad de especulación completamente extraña á la manera de ser del eclesiástico. Sin guía ni regla de ninguna clase había estado vagando en una especie de desierto espiritual; tan vasto, tan intrincado, tan sombrío y selvático como aquel bosque en que estaban ahora sosteniendo un diálogo que iba á decidir del destino de ambos. El corazón y la inteligencia de Ester puede decirse que se hallaban en su elemento en los lugares desiertos que ella recorría con tanta libertad como los indios salvajes sus bosques. Durante años había contemplado las instituciones humanas, y todo lo establecido por la religión ó las leyes, desde un punto de vista que le era peculiar; criticándolo todo con tan poca reverencia como la que experimentaría el indio de las selvas por la toga judicial, la picota, el cadalso, ó la iglesia. Tanto su destino como los acontecimientos de su vida habían tendido á hacer libre su espíritu. La letra escarlata era su pasaporte para entrar en regiones á que otras mujeres no osaban acercarse. La Vergüenza, la Desesperación, la Soledad: tales habían sido sus maestras; rudas y severas, pero que la habían hecho fuerte, aunque induciéndola al error.
El ministro, por el contrario, nunca había pasado por una experiencia tal que le condujera á poner en tela de juicio las leyes generalmente aceptadas; bien que en una sola ocasión hubiera quebrantado una de las más sagradas. Pero esto había sido un pecado cometido por la pasión, no las consecuencias de principios determinados, ni siquiera de un propósito. Desde aquella malhadada época, había observado con mórbido celo y minuciosidad, no sus acciones, porque éstas eran fáciles de arreglar, sino cada emoción por leve que fuera, y hasta cada pensamiento. Hallándose á la cabeza del sistema social, como lo estaba el eclesiástico en aquella época, se encontraba por esa misma causa más encadenado por sus reglas, sus principios y aun sus prevenciones injustas. Como ministro del altar que era, el mecanismo del sistema de la institución lo comprimía inevitablemente. Como hombre que había cometido una falta una vez, pero que conservaba su conciencia viva y penosamente sensible, merced al roce constante de una herida que no se había cicatrizado, podía suponérsele más á salvo de pecar de nuevo que si nunca hubiese delinquido.