La letra escarlata novela escrita en inglés
Part 16
Se reprendió á sí misma á causa de ese sentimiento, pero ni pudo sobreponerse á él ni disminuir su intensidad. Para conseguirlo, pensó en aquellos días, ya muy lejanos, en que Rogerio acostumbraba dejar su cuarto de estudio á la caída de la tarde, y venía á sentarse junto á la lumbre del hogar, á los rayos de luz de su sonrisa nupcial. Decía entonces que necesitaba calentarse al resplandor de aquella sonrisa, para que desapareciera de su corazón de erudito el frío producido por tantas horas solitarias pasadas entre sus libros. Escenas semejantes le parecieron en otro tiempo investidas de cierta felicidad; pero ahora, contempladas al través de los acontecimientos posteriores, se habían convertido en sus recuerdos más amargos. Se maravillaba de que hubiera habido tales escenas; y sobre todo, de que se hubiera dejado inducir á casarse con él. Consideraba eso el crimen mayor de que tuviera que arrepentirse, así como haber correspondido á la fría presión de aquella mano, y haber consentido que la sonrisa de sus labios y de sus ojos se mezclara á las de aquel hombre. Y le parecía que el viejo médico, al persuadirla, cuando su corazón inexperto nada sabía del mundo, al persuadirla que se imaginase feliz á su lado, había cometido una ofensa mayor que todo lo que á él se le hubiere hecho.
--¡Sí, le odio!--repitió Ester con más intenso rencor que antes.--¡Me ha engañado! ¡Me hizo un mal mucho mayor que cuanto yo le he inferido!
¡Tiemble el hombre que consigue la mano de una mujer, si al mismo tiempo no obtiene por completo todo el amor de su corazón! De lo contrario, le acontecerá lo que á Rogerio Chillingworth, cuando un acento más poderoso y elocuente que el suyo despierte las dormidas pasiones de la mujer; entonces le echarán en cara hasta aquel apacible contento, aquella fría imagen de la felicidad que se la hizo creer era la calurosa realidad. Pero Ester hace tiempo que debía haberse desentendido de esta injusticia. ¿Qué significaba? ¿Acaso los siete largos años de tortura con la letra escarlata habían producido dolores indecibles sin que en su alma hubiese penetrado el remordimiento?
Las emociones de aquellos breves instantes, en que estuvo contemplando la figura contrahecha del viejo Rogerio, arrojaron una luz en el espíritu de Ester, revelando muchas cosas de que, de otro modo, ella misma no se habría dado cuenta.
Una vez que el médico hubo desaparecido, llamó á su hijita.
--¡Perla! ¡Perlita! ¿dónde estás?
Perla, cuya actividad de espíritu jamás flaqueaba, no había carecido de distracciones mientras su madre hablaba con el anciano herbolario. Al principio se divirtió contemplando su propia imagen en un charco de agua; luego hizo pequeñas embarcaciones de corteza de abedul y las cargó de conchas marítimas, zozobrando la mayor parte; después se empeñó en tomar entre sus dedos la blanca espuma que dejaban las olas al retirarse, y la esparcía al viento; percibiendo luego una bandada de pajarillos ribereños, que revoloteaban á lo largo de la playa, la traviesa niña se llenó de pequeños guijarros el delantal, y deslizándose de roca en roca en persecución de estas avecillas, deplegó una destreza notable en apedrearlas. Un pajarito de pardo color y pecho blanco fué alcanzado por un guijarro, y se retiró revoloteando con el ala quebrada. Pero entonces la niña cesó de jugar, porque le causó mucha pena haber hecho daño á aquella criaturita tan caprichosa como la brisa del mar ó como la misma Perla.
Su última ocupación fué reunir algas marinas de varias clases, haciendo con ellas una especie de banda ó manto y un adorno para la cabeza, lo que le daba el aspecto de una pequeña sirena. Perla había heredado de su madre la facultad de idear trajes y adornos. Como último toque á su vestido de sirena, tomó algunas algas y se las puso en el pecho imitando, lo mejor que pudo, la letra A que brillaba en el seno de su madre y cuya vista le era tan familiar, con la diferencia de que esta A era verde y no escarlata. La niña inclinó la cabecita sobre el pecho y contempló este ornato con extraño interés, como si la única cosa para que hubiera sido enviada al mundo fuese para desentrañar su oculta significación.
--¿Quisiera saber si mi madre me preguntará qué significa esto?--pensó Perla.
Precisamente oyó entonces la voz de su madre, y corriendo con la misma ligereza que revoloteaban los pajaritos ribereños, se presentó ante Ester, bailando, riendo, y señalando con el dedo el adorno que se había fijado en el pecho.
--Mi Perlita,--dijo la madre después de un momento de silencio,--la letra verde y en tu seno infantil no tiene objeto. ¿Pero sabes tú, hija mía, lo que significa la letra que tu madre tiene que llevar?
--Sí, madre,--dijo la niña,--es la A mayúscula. Tú me lo has enseñado en la cartilla.
Ester la miró fijamente; pero aunque en los ojos negros de la niña había la singular expresión que tantas veces notara en ellos, no pudo descubrir si para Perla tenía realmente alguna significación aquel símbolo, y experimentó una mórbida curiosidad de averiguarlo.
--¿Sabes acaso, hija mía, por qué tu madre lleva esta letra?
--Sí lo sé,--respondió Perla fijando su inteligente mirada en el rostro de la madre,--por la misma causa que el ministro se lleva la mano al corazón.
--¿Y cuál es esa causa?--preguntó Ester medio sonriéndose al principio con la absurda respuesta de la niña, pero palideciendo un momento después.--¿Qué tiene que ver la letra con ningún corazón, excepto el mío?
--Nada, madre; he dicho todo lo que sé,--respondió Perla con mayor seriedad de la que le era habitual.--Pregúntale á ese viejo con quien has estado hablando. Tal vez él te lo pueda decir. Pero dime, mi querida madre, ¿qué significa esa letra escarlata? ¿Y por qué la llevas tú en el pecho? ¿Y por qué el ministro se lleva la mano al corazón?
Diciendo esto tomó la mano de su madre entre las dos suyas y fijó en su rostro las miradas con una expresión grave y reposada, poco común en su inquieto y caprichoso carácter. Se le ocurrió á Ester la idea de que tal vez la niña estaba tratando realmente de identificarse con ella con infantil confianza, haciendo lo que podía y del modo más inteligente que le era dable, para establecer entre las dos un lazo más estrecho de cariño. Perla se le mostraba bajo un aspecto que hasta entonces no había visto. Aunque la madre amaba á su hija con la intensidad de un afecto único, había tratado de conformarse con la idea de que no podía esperar en cambio sino muy poco: un cariño pasajero, vago, con arranques de pasión, petulante en sus mejores horas, que nos hiela con más frecuencia que nos acaricia, que se muestra besando las mejillas con dudosa ternura, ó jugando con el pelo, ó de otro modo semejante, para desvanecerse el instante inmediato y continuar con sus juegos de costumbre. Y esto era lo que pensaba una madre acerca de su hijita, pues los extraños habrían visto tan solo unos cuantos rasgos poco amables, haciéndolos aparecer aun más negros.
Pero ahora se apoderó de Ester la idea de que Perla, con su notable precocidad y perspicacia, había llegado ya á la edad en que podía hacerse de ella una amiga y confiarle mucho de lo que causaba el dolor de su corazón maternal, hasta donde fuera posible teniendo en cuenta la consideración debida á la niña y al padre. En el pequeño caos del carácter de Perla había sin duda en embrión un valor indomable, una voluntad tenaz, un orgullo altivo que podía convertirse en respeto de sí misma, y un desprecio por muchas cosas que, bien examinadas, se vería que estaban contaminadas de falsedad. Se hallaba igualmente dotada de afectos que, si bien poco tiernos, tenían todo el rico aroma de los frutos aun no madurados. Con todas estas altas cualidades creía Ester que esta niña se volvería una noble y excelente mujer, á menos que la parte mala heredada de la madre fuese grande en demasía.
La tendencia inevitable de Perla á ocuparse en el enigma de la letra escarlata, parecía una cualidad innata en la niña. Ester había pensado á menudo que la Providencia, al dotar á Perla con esta marcada propensión, lo hizo movida de una idea de justicia y de retribución; pero nunca, hasta ahora, se le había ocurrido preguntarse si, enlazada á esta idea, no habría también la de benevolencia y perdón. Si tratara á Perla teniendo en ella fe y confianza, considerándola mensajero espiritual al mismo tiempo que criatura terrestre, ¿no sería su destino suavizar y finalmente desvanecer el dolor que había convertido el corazón de su madre en una tumba? ¿No serviría también para ayudarla á vencer la pasión, en un tiempo tan impetuosa, y aun hoy ni muerta ni dormida sino sólo aprisionada en aquel sepulcro de su corazón?
Tales fueron algunos de los pensamientos que bulleron en la mente de Ester, con tanta viveza como si en realidad algún sér misterioso se los hubiera murmurado al oído. Y allí estaba Perla todo este tiempo estrechando entre las manecitas suyas la mano de su madre, con las miradas fijas en su rostro, mientras repetía una y otra vez las mismas preguntas.
--¿Qué significa la letra, madre mía? y ¿por qué la llevas tú? y ¿por qué se lleva el ministro la mano al corazón?
--¿Qué le diré?--se preguntó Ester á sí misma.--¡No! Si este ha de ser el precio del afecto de mi hija, no puedo comprarlo á tal costo.
Después habló en voz alta.
--Tontuela,--le dijo,--¿qué preguntas son esas? Hay muchas cosas en este mundo que una niña no debe preguntar. ¿Qué sé yo acerca del corazón del ministro? Y en cuanto á la letra escarlata, la llevo por lo bonito que lucen sus hilos de oro.
En todos los siete años ya transcurridos, jamás Ester había mostrado falsedad alguna respecto al símbolo que ostentaba su pecho, excepto en aquel momento, como si á pesar de su constante vigilancia hubiese penetrado en su corazón una nueva enfermedad moral, ó alguna otra de antigua fecha no hubiera sido expulsada por completo. En cuanto á Perla, la seriedad de su rostro ya había desaparecido.
Pero la niña no se dió por vencida en el asunto de la letra escarlata; y dos ó tres veces, mientras regresaban á su morada, y otras tantas durante la cena, y cuando su madre la estaba acostando, y aun una vez después que parecía estar ya durmiendo, Perla con cierta malignidad en las miradas de sus negros ojos, continuó su pregunta:
--Madre, ¿qué significa la letra escarlata?
Y la mañana siguiente, la primera señal que dió la niña de estar despierta fué levantar la cabecita de la almohada y hacer la otra pregunta que de tan extraño modo había asociado á la letra escarlata:
--Madre, madre, ¿por qué tiene siempre el ministro la mano sobre el corazón?
--Cállate, niña traviesa,--respondió la madre con una aspereza que nunca había empleado hasta aquel momento.--No me mortifiques más, ó te encerraré en un cuarto obscuro.
XVI
UN PASEO POR EL BOSQUE
Ester permaneció firme en su propósito de hacer que el Reverendo Sr. Dimmesdale conociera el verdadero carácter del hombre que se había apoderado de su confianza, fuesen cuales fuesen las consecuencias de su revelación. Durante varios días, sin embargo, en vano buscó la oportunidad de hablarle en uno de los paseos solitarios que el ministro acostumbraba dar, todo meditabundo, á lo largo de la costa ó en las colinas cubiertas de bosques del campo vecino. No habría habido sin duda nada de escandaloso ni de particular, ni peligro alguno para la buena reputación del ministro, si Ester le hubiera visitado en su propio estudio donde tanto penitente, antes de ahora, había confesado culpas quizás aun más graves que la que acusaba la letra escarlata. Pero sea que ella temiese la intervención secreta ó pública de Rogerio Chillingworth, ó que su conciencia le hiciera temer que se concibiese una sospecha, que ningún otro habría imaginado, ó que tanto el ministro como ella necesitaban de más amplitud de espacio para poder respirar con toda libertad mientras hablasen juntos,--ó quizás todas estas razones combinadas, lo cierto es que Ester nunca pensó en hablarle en otro lugar sino á la faz del cielo, y de ningún modo entre cuatro paredes.
Al fin, una noche que asistía á un enfermo, supo que el Reverendo Sr. Dimmesdale, á quien habían ido á buscar para que le ayudase á bien morir, había partido á visitar al apóstol Eliot, allá en su residencia entre sus indios convertidos, y que regresaría probablemente el día siguiente al mediodía. Al acercarse la hora indicada, tomó de la mano á Perla, su constante compañera, y partió en busca del Sr. Dimmesdale.
El camino no era más que un sendero que se perdía en el misterio de una selva virgen, tan espesa que apenas podía entreverse el cielo al través de las copas de los árboles. Ester la comparó á la soledad y laberinto moral en que había estado ella vagando tanto tiempo. El día era frío y obscuro: cubrían el firmamento espesas y cenicientas nubes ligeramente movidas por la brisa, lo que permitía que de cuando en cuando se vislumbrara un rayo de sol que jugueteaba en la estrecha senda. Esta tenue y vacilante claridad se percibía siempre en la extremidad más lejana, visible al través de la selva, y parece como que se desvanecía ó se alejaba á medida que los solitarios viajeros avanzaban en su dirección, dejando aun más sombríos los lugares en que brillaba, por lo mismo que habían esperado hallarlos luminosos.
--Madre,--dijo Perla,--la luz del sol no te quiere. Corre y se oculta, porque tiene miedo de algo que hay en tu pecho. Mira ahora: allí está jugando, á una buena distancia de nosotros. Quédate aquí, y déjame correr á mí para cogerla. Yo solamente soy una niña. No huirá de mí porque aun no llevo nada sobre mi pecho.
--Y espero que nunca lo lleves, hija mía,--dijo Ester.
--Y ¿por qué no, madre?--preguntó Perla deteniéndose precisamente cuando iba á emprender la carrera. ¿No vendrá eso por sí mismo cuando yo sea una mujer grande?
--Corre, hija mía,--respondió la madre,--y atrapa el rayo del sol, pues pronto se irá.
Perla emprendió la carrera á toda prisa y pronto se halló en medio de la luz del sol, riendo, toda iluminada por su esplendor, y con los ojos brillantes de alegría. Parecía como si el rayo solar se hubiera detenido en torno de la solitaria niña regocijándose en jugar con ella, hasta que la madre llegó bastante cerca para penetrar casi también en el círculo mágico.
--Ahora se irá,--dijo Perla moviendo la cabeza.
--Mira,--dijo Ester sonriendo,--ahora yo puedo alargar la mano y atrapar algo.
Pero al intentarlo, el rayo de sol desapareció; ó, á juzgar por la brillantez con que irradiaba el rostro de Perla, su madre podía haberse imaginado que la niña lo había absorbido, y lo devolvería luego iluminando la senda por donde iban, cuando de nuevo penetrasen en los parajes sombríos de la selva. Ninguno de los atributos de su tierna hija le causaba á la madre tanta impresión como aquella vivacidad constante de espíritu, reflejo quizás de la energía con que Ester había luchado combatiendo sus íntimos dolores antes del nacimiento de Perla. Era ciertamente un encanto dudoso, que comunicaba al carácter de la niña cierto brillo metálico y duro. Necesitaba un dolor profundo para humanizarse y hacerse capaz de sentir compasión. Pero Perla tenía tiempo sobrado para ello.
--Ven, hija mía,--dijo Ester;--vamos á sentarnos en el bosque y á descansar un rato.
--Yo no estoy cansada, madre,--replicó la niña; pero tú puedes sentarte si quieres, y entretanto contarme un cuento.
--Un cuento, niña,--dijo Ester,--y ¿qué clase de cuento?
--¡Ah! algo acerca de la historia del Hombre Negro,--respondió asiéndola del vestido y mirándola con expresión entre seria y maliciosa.--Díme cómo recorre este bosque llevando bajo el brazo un libro grande, pesado, con broches de hierro; y como este Hombre Negro y feo ofrece su libro y una pluma de hierro á todos los que le encuentran aquí entre los árboles, y como también todos tienen que escribir sus nombres con su propia sangre. Y entonces les hace una señal en el pecho. ¿Has encontrado alguna vez al Hombre Negro, madre?
--Y ¿quién te ha contado esta historia, Perla?--preguntó la madre reconociendo una superstición muy común en aquella época.
--Aquella señora vieja que estaba sentada en un rincón junto á la chimenea en la casa donde estuviste velando anoche,--dijo la niña. Ella me creía dormida mientras estaba hablando de eso. Dijo que mil y mil personas lo habían encontrado aquí, y habían escrito en su libro, y tenían su marca en el pecho. Y una de las que lo han visto es esa mujer de tan mal genio, la anciana Señora Hibbins. Y, madre, dijo también que esa letra escarlata que tú tienes es la señal que te puso el Hombre Negro, y que brilla como una llama roja cuando lo ves á media noche, aquí, en este bosque obscuro. ¿Es verdad, eso, madre? ¿Y es verdad que tú vas á verle de noche?
--¿Te has despertado alguna vez sin que me hayas visto junto á tí?--le preguntó Ester.
--No lo recuerdo,--dijo la niña.--Si temes dejarme sola en nuestra choza, debes llevarme contigo. Mucho me alegraría acompañarte. Pero, madre, dime ahora, ¿existe semejante Hombre Negro? ¿Y lo has visto alguna vez? ¿Y es ésta su señal?
--¿Quieres dejarme en paz, si te lo digo de una vez?--le preguntó su madre.
--Sí, si me lo dices todo,--respondió Perla.
--Pues bien, una vez en mi vida encontré al Hombre Negro,--dijo la madre.--Esta letra escarlata es su señal.
Conversando así, penetraron en el bosque lo bastante para ponerse á cubierto de las miradas de algún transeunte casual, y se sentaron en el tronco carcomido de un pino que en otros tiempos habría sido un árbol gigantesco y ahora era tan solo una masa de musgo. El lugar en que se sentaron era una pequeña hondonada, atravesada por un arroyuelo que se deslizaba sobre un lecho de hojas de árboles. Las ramas caídas de estos árboles interrumpían de trecho en trecho la corriente del arroyuelo, que formaba pequeños remolinos aquí y allí, mientras en otras partes se deslizaba á manera de un canal sobre un lecho de piedrecitas y arena. Siguiendo con la vista el curso del agua se veía á veces en su superficie el reflejo de la luz del sol, pero pronto se perdía en medio del laberinto de árboles y matorrales que crecían á lo largo de sus orillas: aquí y allí tropezaba con alguna gran roca cubierta de liquen. Todos estos árboles y estas rocas de granito parecían destinados á hacer un misterio del curso de este arroyuelo, temiendo quizás que su incesante locuacidad revelase las historias de la antigua selva. Constantemente, es verdad, mientras el arroyuelo continuaba deslizándose hacia adelante, dejaba oir un suave, apacible y tranquilo murmurio, aunque lleno de dulce melancolía, como el acento de un niño que pasara los primeros años de su vida sin compañeros de su edad con quienes poder jugar, y no supiese lo que fuera estar alegre, por vivir entre tristes parientes y aun más tristes acontecimientos.
--¡Oh arroyuelo! ¡Oh loco y fastidioso arroyuelo!--exclamó Perla después de prestar oído un rato á sus murmullos.--¿Por qué estás tan triste? ¡Cobra ánimo y no estés todo el tiempo suspirando y murmurando!
Pero el arroyuelo, en el curso de su existencia entre los árboles de la selva, había pasado por una experiencia tan solemne que no podía menos sino expresarla con el rumor de sus ondas, y parecía que no tenía otra cosa que decir. Perla se asemejaba al arroyuelo, en cuanto á que la corriente de su vida había brotado de una fuente también misteriosa, y se había deslizado entre escenas harto sombrías. Pero, todo lo contrario del arroyuelo, la niña bailaba, y se divertía y charlaba á medida que su existencia transcurría.
--¿Qué dice este arroyuelo tan triste, madre?--preguntó la niña.
--Si tuvieras algún pesar que te abrumara, el arroyuelo te lo diría,--respondió la madre,--así como me habla á mí del mío. Pero ahora, Perla, oigo pasos en el camino y el ruido que forma el apartar las ramas de los árboles; vete á jugar y déjame que hable un rato con el hombre que viene allá á lo lejos.
--¿Es el Hombre Negro?--preguntó Perla.
--Vete á jugar,--repitió la madre,--pero no te internes mucho en el bosque, y ten cuidado de venir en el instante que te llame.
--Sí, madre,--respondió Perla,--pero si fuere el Hombre Negro, ¿no quieres permitirme que me quede un rato para mirarlo con su gran libro bajo el brazo?
--Vete á jugar, tontuela,--dijo la madre impaciente,--no es el Hombre Negro. Ahora puedes verlo por entre los árboles. Es el ministro.
--Sí, él es,--dijo la niña.--Y tiene la mano sobre el corazón, madre. Eso es porque cuando el ministro escribió su nombre en el libro, el Hombre Negro le puso la señal en el pecho. Y ¿por qué no la lleva como tú fuera del pecho?
--Ve á jugar ahora, niña, y atorméntame después cuanto quieras,--exclamó Ester.--Pero no te alejes mucho. Quédate donde puedas oir la charla del arroyuelo.
La niña se alejó cantando á lo largo de la corriente del arroyuelo, tratando de mezclar algunos acentos más alegres á la melancólica cadencia de sus aguas. Pero el arroyuelo no quería ser consolado y continuó, como antes, refiriendo su secreto ininteligible de algo muy triste y misterioso que había sucedido, ó lamentándose proféticamente de algo que iba á acontecer en la sombría floresta; pero Perla que tenía harta sombra en su breve existencia, se alejó del arroyuelo gemidor, y se puso á recoger violetas y anémonas y algunas florecillas color de escarlata que encontró creciendo en los intersticios de una alta roca.
Cuando la niña hubo partido, Ester dió un par de pasos hacia el sendero que atravesaba la selva, aunque permaneciendo todavía bajo la espesa sombra de los árboles. Vió al ministro que avanzaba solitario apoyándose en una rama que había cortado en el camino. Su aspecto era el de una persona macilenta y débil, y se revelaba en todo su sér un abatimiento, que nunca se había notado en él en tanto grado, ni en sus paseos por la población, ni en ninguna otra oportunidad en que creyera que se le pudiese observar. Aquí, en la intensa soledad de la selva, era penosamente visible. En su modo de andar había una especie de cansancio, como si no viera razón alguna para dar un paso más, ni experimentase el deseo de hacerlo, sino que con sumo placer, si es que algo pudiera causarle placer, habría preferido arrojarse al pie del árbol más cercano y tenderse allí á descansar para siempre. Podrían cubrirle las hojas, y el terreno elevarse gradualmente y formar un montecillo sobre su cuerpo, sin importar nada que éste estuviera animado ó no por la vida. La muerte era un objeto demasiado definido para que pudiese anhelarla ó desease evitarla.
Para Ester, á juzgar por lo que ella podía ver, el Reverendo Arturo Dimmesdale no presentaba síntoma ninguno visible de un padecimiento real y profundo, excepto que, como Perla ya había notado, siempre se llevaba la mano al corazón.
XVII
EL PASTOR DE ALMAS Y SU FELIGRESA
Á pesar de lo lentamente que caminaba el ministro, había éste pasado casi de largo, antes de que á Ester le hubiera sido posible hacerse oir y atraer su atención. Al fin lo consiguió.
--¡Arturo Dimmesdale!--dijo al principio con voz apenas perceptible, pero que fué creciendo en fuerza, aunque un tanto ronca,--¡Arturo Dimmesdale!
--¿Quién me llama?--respondió el ministro.
Irguiéndose rápidamente, permaneció en esa posición, como un hombre sorprendido en una actitud en que no quisiera haber sido visto. Dirigiendo las miradas con ansiedad hacia el lugar de donde procedía la voz, percibió vagamente bajo los árboles una forma vestida con traje tan obscuro, y que se destacaba tan poco en medio de la penumbra que reinaba entre el espeso follaje, que casi no daba paso á la luz del mediodía, que apenas pudo distinguir si era una sombra ó una mujer.
Se adelantó un paso hacia ella y descubrió la letra escarlata.
--¡Ester! ¡Ester Prynne!--exclamó,--¿eres tú? ¿Estás viva?
--Sí,--respondió,--¡con la vida con que he vivido estos siete últimos años! Y tú, Arturo Dimmesdale, ¿vives aún?