La letra escarlata novela escrita en inglés
Part 11
--¡Oh! no, no; continuó Dimmesdale. La madre, creédmelo, reconoce el solemne milagro que Dios ha operado en la existencia de esa criatura. Pueda también comprender,--lo que es para mí una verdad indiscutible,--que este don, ante todo, tiene por objeto conservar el alma de la madre en estado de gracia y librarla de los abismos profundos del pecado en que de otro modo Satanás la hubiera hundido. Por lo tanto, es un bien para esta pobre mujer pecadora tener á su cargo un alma infantil, un sér capaz de eterna dicha ó de eterna pena,--un sér que sea educado por ella en los senderos de la justicia, que á cada instante le recuerde su caída, pero que al mismo tiempo le haga tener presente, como si fuera una sagrada promesa del Creador, que si la madre educa á la niña para el cielo, la niña llevará también allí á su madre. Y en esto, la madre pecadora es más feliz que el padre pecador. De consiguiente, en beneficio de Ester Prynne, no menos que en el de la pobre niña, dejémoslas como la Providencia ha considerado conveniente situarlas.
--Habláis, amigo mío, con extraña vehemencia,--le dijo el viejo Rogerio con una sonrisa.
--Y tiene gran peso lo que mi joven hermano ha dicho,--agregó el Reverendo Sr. Wilson. ¿Qué dice el muy digno Gobernador? ¿No ha defendido bien los derechos de la pobre mujer?
--Seguramente que sí,--respondió el magistrado,--y ha aducido tales razones, que dejaremos el asunto como está; por lo menos, mientras la mujer no sea objeto de escándalo. Hemos de tener, sin embargo, cuidado de que la niña se instruya contigo en el catecismo, buen Sr. Wilson, ó con el Reverendo Sr. Dimmesdale. Además, á su debido tiempo es preciso ocuparse en que vaya á la escuela y á la iglesia.
Cuando el joven ministro acabó de hablar se alejó unos cuantos pasos del grupo, y permaneció con el rostro parcialmente oculto por los pesados pliegues de las cortinas de la ventana, mientras la sombra de su cuerpo, que la luz del sol hacía proyectar sobre el suelo, estaba toda trémula con la vehemencia de su discurso. Perla, con la viveza caprichosa que la caracterizaba, se dirigió hacia él, y tomándole una de las manos entre las suyas, apoyó en ella su mejilla: caricia tan tierna, y á la vez tan natural, que Ester, al contemplarla, se dijo para sus adentros: "¿Es esa mi Perla?" Sabía, sin embargo, que el corazón de su hija era capaz de amor, aunque éste se revelaba casi siempre de una manera apasionada y violenta; y en el curso de sus pocos años apenas si se había manifestado dos veces con tanta suavidad y ternura como ahora. El joven ministro,--pues excepto las miradas de una mujer que se idolatra, no existe nada tan dulce como estas espontáneas caricias de un niño, que son indicio de que hay en nosotros algo verdaderamente digno de ser amado,--el joven ministro arrojó una mirada en torno suyo, puso la mano en la cabeza de la niña, vaciló un momento, y la besó en la frente. Aquel tierno capricho, tan poco común en el carácter de Perla, no duró mucho tiempo: se echó á reir, y se fué á lo largo del vestíbulo saltando tan ligeramente, que el anciano Sr. Wilson se preguntó si había tocado el pavimento con la punta de los pies.
--Este pequeño traste tiene en sí algo de hechicería,--le dijo á Dimmesdale: no necesita del palo de escoba de una vieja para volar.
--¡Extraña niña!--observó el anciano Rogerio. Es fácil ver lo que hay en ella de su madre. ¿Creeréis por ventura, señores, que esté fuera del alcance de un filósofo analizar la naturaleza de la niña, y por su hechura y modo de ser adivinar quién es el padre?
--No: en tal asunto, sería pecaminoso atenerse á la filosofía profana,--dijo el Sr. Wilson. Vale más entregarse al ayuno y á la oración para resolver el problema; y mucho mejor aún dejar el misterio como está, hasta que la Providencia lo revele cuando lo tenga á bien. De consiguiente, todo buen cristiano tiene el derecho de mostrar la bondad de un padre hacia esta pobre niña abandonada.
Resuelto así el negocio de una manera satisfactoria para Ester, ésta partió con su hija para su cabaña. Cuando descendían las escaleras, se cuenta que se abrió el postigo de la ventana de uno de los cuartos, asomándose el rostro de la Sra. Hibbins, la iracunda hermana del Gobernador, la misma que algunos años después fué ejecutada por bruja.
--¡Eh! ¡Eh! dijo,--dejando ver un rostro de mal agüero que contrastaba con el aspecto alegre de la casa. ¿Quieres venir con nosotros esta noche á la selva? Tendremos allí gentes muy alegres; y he prometido al Hombre Negro que Ester Prynne tomaría parte en la fiesta.
--Servíos disculparme,--respondió Ester con una sonrisa de triunfo. Tengo que regresar á mi casa y cuidar de mi Perlita. Si me la hubieran quitado, entonces habría ido con gusto á la selva en tu compañía, firmando mi nombre en el libro del Hombre Negro, y eso con mi propia sangre.
--Ya te tendremos allí antes de mucho,--dijo la dama bruja, frunciendo el entrecejo y retirándose.
Pero aquí,--si suponemos que este diálogo entre la Sra. Hibbins y Ester es auténtico, y no una fábula,--aquí tenemos ya una prueba de la razón que tuvo el joven eclesiástico en oponerse á que se cortaran los lazos que unen una madre delincuente al fruto de su fragilidad. Ya en esta ocasión el amor de la niña salvó á la madre de las asechanzas de Satanás.
IX
EL MÉDICO
Como el lector recordará, el nombre de Rogerio Chillingworth ocultaba otro nombre, cuyo antiguo poseedor había resuelto que no se mencionara jamás. Ya se ha referido que en medio de la muchedumbre que presenciaba el castigo ignominioso de Ester, un individuo de edad provecta, recién llegado de las tierras ocupadas por los indios, contempló de repente, expuesta á los ojos del público, como si fuera una imagen viviente del pecado, á la mujer en quien había esperado hallar encarnados la alegría y el calor del hogar. La honra de su esposa la veía pisoteada por todos los circunstantes. Su infamia palpitaba allí, en la plaza pública. Si la noticia llegaba alguna vez á oídos de los parientes y de las compañeras de infancia de aquella mujer, ¿qué otra cosa les quedaría sino el contagio de su deshonra, tanto mayor cuanto más íntimas y sagradas hubieran sido sus relaciones de parentesco? Y en cuanto á él, cuyos lazos de unión con la mujer delincuente habían sido los más estrechos y sagrados que puedan darse, ¿por qué presentarse á reclamar una herencia tan poco apetecible? Resolvió, por lo tanto, no dejarse exponer en la picota de la infamia al lado de la que en un tiempo fué su esposa. Desconocido para todo el mundo, excepto para Ester, y poseyendo los medios de que ésta guardara silencio, escogió borrar su nombre de la lista de los vivos, considerar completamente disueltos sus antiguos lazos é intereses, y, en una palabra, darse por segregado del mundo como si en realidad yaciera en el fondo del océano, donde el rumor público hace mucho tiempo lo había consignado. Una vez realizado este plan, surgirían inmediatamente nuevos intereses y á la vez un nuevo objeto á que consagrar su energía, tenebrosa, es verdad, y acaso criminal, pero de incentivo bastante absorbente para que dedicara á su realización toda la fuerza de sus facultades.
Para llevar á cabo este proyecto, fijó su residencia en la ciudad puritana, bajo el nombre supuesto de Rogerio Chillingworth, sin otra recomendación que sus conocimientos científicos y su inteligencia, de que poseía una suma no común. Como los estudios que hizo en otros tiempos le habían familiarizado con la ciencia médica del día, se presentó como físico, y como tal fué cordialmente recibido. En la colonia eran muy raros los hombres hábiles en medicina ó cirugía. La salud de los vecinos de la buena ciudad de Boston, por lo menos en lo que se refiere á la medicina, había estado hasta entonces confiada á la tutela de un anciano diácono y farmacéutico, cuya piedad y rectitud eran testimonios más convincentes en favor suyo, que los que podría haber presentado bajo la forma de un diploma en regla. El único cirujano era un individuo que unía al ejercicio casual de esa noble profesión, el manejo diario y habitual de la navaja de afeitar.
Para semejante cuerpo facultativo fué Rogerio Chillingworth una adquisición brillante. Pronto manifestó su familiaridad con la ponderosa é imponente maquinaria de la antigua medicina, en la que cada remedio contenía una multitud de extraordinarios y heterogéneos ingredientes, compuestos con tanto trabajo y esmero como si se tratara de obtener el Elixir de Vida. Durante su cautiverio entre los indios, había adquirido un notable conocimiento de las propiedades de las hierbas y raíces indígenas; ni ocultó á sus pacientes que estas simples medicinas, que la sabia naturaleza había dado á conocer al inculto salvaje, merecían su confianza en el mismo grado que la farmacopea de los europeos, en cuya formación se habían empleado tantos siglos y tantos sabios doctores.
Era este erudito extranjero una persona ejemplar, por lo menos en cuanto á las formas externas de la religión, y poco después de su llegada á la colonia escogió al Reverendo Sr. Dimmesdale como guía espiritual. El joven eclesiástico, que había hecho sus estudios en la Universidad de Oxford, donde se conservaba su memoria con respeto, era tenido por sus más ardientes admiradores casi como un apóstol consagrado por el cielo y destinado, si podía trabajar y vivir el término ordinario de la existencia humana, á hacer mucho en beneficio de la Iglesia de la Nueva Inglaterra. En el período en que estamos de nuestra historia, su salud, sin embargo, había empezado evidentemente á decaer. Aquellos que estaban más familiarizados con los hábitos y costumbres de Dimmesdale, creían que la palidez de sus mejillas era el resultado de su celo intenso por el estudio, del escrupuloso cumplimiento de sus deberes religiosos, y más que todo de los ayunos y vigilias que con tanta frecuencia practicaba para impedir que la materia terrenal obscureciera ó disminuyese el brillo de su lámpara espiritual. Algunos declaraban que si el Sr. Dimmesdale estaba realmente á punto de morir tan joven, consistía en que el mundo no era digno de ser hollado por sus pies. Por otra parte, él mismo, con característica humildad, decía que si la Providencia juzgaba conveniente llevárselo de este mundo, sería á causa de su poco mérito para desempeñar la más humilde misión en la tierra. Pero á pesar de la divergencia de opiniones en el particular, lo cierto era que su salud estaba muy quebrantada. Había adelgazado mucho; su voz, aunque todavía sonora y dulce, tenía cierta melancólica expresión de decaimiento; con frecuencia se le veía, al menor ruido ó accidente de poca importancia, llevarse la mano al corazón, con una súbita rubicundez del rostro, seguida de palidez, indicio de dolor.
Tal era el estado del joven Dimmesdale, y tan inminente el peligro de que se extinguiera esa naciente luz del mundo, antes de tiempo, cuando Rogerio Chillingworth llegó á la ciudad. Su primera entrada en escena, sin que se supiera de dónde venía, si era caído del cielo ó si procedía de las regiones inferiores, le daba cierto aspecto de misterio, que fácilmente se convirtió en algo casi milagroso. Se sabía que era un hombre hábil é inteligente; se había observado que recogía hierbas y flores silvestres, que arrancaba raíces, que cortaba ramas de los árboles del bosque, como persona familiarizada con las ocultas virtudes de lo que no tenía ningún valor á los ojos del vulgo. Se le había oído hablar de Sir Kenelm Digby[15] y de otros hombres famosos, cuyos conocimientos en asuntos científicos se consideraban casi sobrenaturales, con quienes se había asociado ó tenido correspondencia. ¿Por qué, ocupando tan alto puesto en el mundo de la ciencia, había venido á la colonia? ¿Qué podría buscar en un país semisalvaje este hombre cuya esfera de acción estaba en las grandes ciudades? En respuesta á esta pregunta, empezó entonces á circular un rumor,--al que, por absurdo que fuera, hasta personas sensatas le daban crédito. Se decía que el cielo había operado un verdadero milagro transportando por el aire, desde una Universidad de Alemania, á un eminente Doctor en Medicina, depositándolo á la puerta del estudio del Sr. Dimmesdale. Personas mucho más sensatas en materias de fe, y que sabían que el cielo alcanza sus fines sin lo que se llama intervención milagrosa, se hallaban inclinadas á ver algo providencial en la llegada tan oportuna de Rogerio Chillingworth.
Daba consistencia á esta idea el gran interés que el físico, como se decía en aquellos tiempos, manifestó desde el principio por el joven eclesiástico, á quién se apegó como uno de sus feligreses; y á pesar de la reserva natural de aquel, trató de ganarse su amistad y su confianza. Manifestó gran alarma por el estado de la salud de su pastor, y también grandes deseos de probar si podía curarle, y no desesperaba de conseguirlo si se emprendía la obra en tiempo. Los funcionarios de la iglesia del Sr. Dimmesdale, así como las damas casadas y las jóvenes y bellas señoritas, sus feligreses, le instaron para que se aprovechara de la habilidad del médico, que tan generosamente se había ofrecido á servirle. El Sr. Dimmesdale, rehusó con dulzura sus instancias.
--No necesito medicina, dijo.
Pero ¿cómo podía hablar así el joven ministro, cuando con cada domingo que pasaba sus mejillas se volvían más pálidas, su rostro más delgado, y su voz más trémula; y cuando ya se había convertido en hábito constante oprimirse el corazón con la mano? ¿Estaba fatigado de sus labores? ¿Deseaba morir? Estas preguntas le fueron solemnemente hechas al Sr. Dimmesdale por los ministros más ancianos de Boston y por los dignatarios de su misma iglesia quienes, para emplear su propio lenguaje, le amonestaron acerca del pecado que cometía en rechazar el auxilio que la Providencia tan manifiestamente le presentaba. Los oyó en silencio y finalmente prometió consultarse con el médico.
--Si fuere la voluntad de Dios,--dijo el Reverendo Sr. Dimmesdale cuando en cumplimiento de su promesa pidió al anciano Rogerio Chillingworth los auxilios de su profesión,--estaría contento con que mis labores, y mis penas, y mis pecados, terminaran pronto junto con mi existencia, y lo que en mí es terrenal se enterrase en mi sepultura, y lo que es espiritual me acompañara á mi morada eterna, antes que poner á prueba vuestra habilidad en beneficio mío.
--¡Ah!--replicó el médico con aquella calma que, natural ó impuesta, distinguía todas sus maneras,--así es como un joven eclesiástico habla por lo común. La juventud, por lo mismo que no ha echado aun raíces profundas, con facilidad renuncia á la vida. Y los hombres devotos y buenos que siguen en la tierra los preceptos de Dios, con gusto dejarían este mundo para estar á su lado en la Nueva Jerusalén.
--No,--replicó Dimmesdale llevándose la mano al corazón, con una rápida rubicundez en la frente y una contracción de dolor en el rostro,--si yo fuera más digno de ir allí, tendría más satisfacción en trabajar aquí.
--Los hombres buenos siempre se forman de sí propios una idea demasiado mezquina,--dijo el médico.
De esta manera el misterioso Rogerio Chillingworth se convirtió en el consejero médico del Reverendo Sr. Dimmesdale. Como no solamente la enfermedad despertaba el interés del médico, sino también el carácter y cualidades de su paciente, estos dos hombres, tan diferentes en edad, gradualmente llegaron á pasar mucho tiempo juntos. En beneficio de la salud del eclesiástico, y para facilitar al médico la mejor manera de recoger las plantas con propiedades medicinales que le eran necesarias, daban largos paseos á orillas del mar ó por el bosque, mezclando su variada conversación con el rumor y cadencia de las olas, y el solemne murmullo del viento en la copa de los árboles. Con frecuencia también, uno era el huésped del otro; y para el joven ministro había una especie de fascinación en la sociedad del hombre de ciencia, en quien reconocía un desenvolvimiento intelectual de un alcance y profundidad nada comunes, juntamente con una liberalidad y amplitud de ideas que en vano trataría de buscar en los miembros de su profesión. En realidad de verdad, se quedó sorprendido, si no escandalizado, al descubrir esta última cualidad en el médico.
El Sr. Dimmesdale era un verdadero sacerdote, en la significación vasta de esta palabra: un hombre verdaderamente religioso, con el sentimiento de la reverencia muy desarrollado, y con un género de inteligencia que le obligaba á no desviarse de los senderos estrechos de la fe, que cada día se volvía en él más profunda. En ningún estado de la sociedad habría sido lo que se llama hombre de ideas liberales; siempre hubiera necesitado, para la paz de su espíritu, sentir que la fe le rodeaba por todas partes, sosteniéndolo, al mismo tiempo que estrechándolo en un círculo de hierro. Á pesar de esto, si bien con trémulo gozo, experimentaba una especie de desahogo temporal en poder contemplar el universo al través de una inteligencia del todo diferente á aquellas con que habitualmente estaba en contacto. Era como si se hubiere abierto una ventana por donde penetrara un aire más puro en la atmósfera densa y sofocante de su estudio, donde su vida se iba consumiendo á la luz de la lámpara, ó á los rayos del sol que allí penetraban con dificultad, y donde aspiraba solamente el olor enmohecido que se desprende de los libros. Pero aquel aire era demasiado sutil y frío para que pudiese respirarse con seguridad por mucho tiempo; de consiguiente, el eclesiástico, así como el médico, volvieron á entrar en los límites que permite la iglesia para no caer en herejía.
De este modo examinó á su paciente con el mayor esmero y cuidado, no solo como le veía en su vida diaria, sin desviarse del sendero de las ideas y sentimientos que le eran habituales, sino también como se le presentaba cuando, en otro medio diferente tanto moral como intelectual, la novedad de ese medio hacía dar expresión á algo que era igualmente nuevo en su naturaleza. Parece que consideraba esencial conocer al hombre antes de intentar curarle; porque donde quiera que existen combinados corazón é inteligencia, tienen estos cierto influjo en las enfermedades del cuerpo. La imaginación y el cerebro eran tan activos en Arturo Dimmesdale, y tan intensa la sensibilidad, que sus males físicos tenían seguramente origen en aquellos. Por lo tanto, Rogerio Chillingworth,--el hombre hábil, el médico benévolo y amistoso,--trató de sondear primero el corazón de su paciente, rastreando sus ideas y principios, escudriñando sus recuerdos y tentándolo todo con cautelosa mano, como quien busca un tesoro en sombría caverna.
Pocos secretos pueden escapar al investigador que tiene la oportunidad y la licencia de dedicarse á semejante empresa, y posee la sagacidad de llevarla adelante. El hombre que se siente abrumado bajo el peso de un grave secreto, debe evitar especialmente la intimidad de su médico; porque si éste se hallare dotado de natural sagacidad y de cierto no sé qué, á manera de intuición; si no demuestra vanidad importuna, ni cualidades características desagradables; si tiene la facultad innata de establecer tal afinidad entre su inteligencia y la de su paciente, que éste llegue á hablar, con llaneza y por descuido, lo que se imagina haber pensado solamente; si tales revelaciones se reciben en silencio, con una simple mirada de simpatía, ó á lo más con una que otra palabra en que se dé á entender que todo se ha comprendido; y si á estas cualidades necesarias á un confidente se unieren las ventajas que presta la circunstancia de ser médico,--entonces, en un momento inevitable, el alma del paciente se abrirá descubriendo á la luz del día sus más ocultos misterios.
Rogerio Chillingworth poseía todas, ó casi todas las condiciones arriba enumeradas. El tiempo sin embargo transcurría; una especie de intimidad, como ya hemos dicho, se había establecido entre estos dos hombres instruídos é inteligentes; discutían todos los temas relativos á asuntos morales ó religiosos, así como los negocios públicos ó de carácter privado; cada uno hablaba también mucho de materias que parecían puramente personales; y sin embargo, ningún secreto, como el médico imaginó que debía de existir, se escapó de los labios del joven ministro. Tenía, no obstante, la sospecha de que ni siquiera la naturaleza exacta de la enfermedad corporal del Sr. Dimmesdale le había sido revelada. ¡Era una extraña reserva!
Al cabo de algún tiempo, debido á una indicación del médico, los amigos del Sr. Dimmesdale arreglaron las cosas de modo que los dos se alojaran bajo un mismo techo, de manera que el facultativo tuviese más oportunidades de velar por la salud del joven eclesiástico. Gran alegría causó en la ciudad este arreglo. Se creía que era lo más acertado para el bienestar del Sr. Dimmesdale; á menos que, como se lo habían aconsejado repetidas veces los que tenían autoridad para ello, se decidiera á escoger por esposa á una de las muchas señoritas que espiritualmente le eran adictas. Pero por el presente no había esperanzas de que Arturo Dimmesdale se decidiera á hacerlo; había respondido con una negativa á todas las indicaciones de esta naturaleza, como si el celibato sacerdotal fuera uno de sus artículos de fe.[16] Hallándose las cosas en tal estado, parecía que este anciano, sagaz, experimentado y benévolo médico, sobre todo si se tenía además en cuenta el amor paternal y el respeto que profesaba al joven ministro, era la única persona y la más apta para estar constantemente á su lado y al alcance de su voz.
Los dos amigos fijaron su nueva morada en la casa de una piadosa viuda, de buena posición social, la cual asignó al Sr. Dimmesdale una habitación que daba á la calle, bañada por el sol, pero con espesas cortinas en la ventana que suavizaban la luz cuando así se deseaba. Las paredes estaban colgadas con tapices que se decía provenir de los Gobelinos, y representaban la historia de David y de Betsabé, y la del profeta Nathán, como se refiere en la Biblia, con colores aun vivos que daban aspecto de horribles profetisas de desgracias á las bellas figuras femeninas del cuadro. Aquí depositó el pálido eclesiástico su biblioteca, rica en enormes libros en folio forrados en pergamino, que contenían las obras de los Santos Padres, la ciencia de los Rabinos y la erudición de los monjes, de cuyos escritos se veían obligados á servirse con frecuencia los clérigos protestantes por más que los desdeñasen y hasta vilipendiasen. Al fondo de la casa arregló su estudio y laboratorio el anciano médico, no como un hombre científico moderno lo consideraría tolerablemente completo, sino provisto de un aparato de destilar y de los adminículos necesarios para preparar drogas y sustancias químicas, de que el práctico alquimista sabía hacer buen uso. Con una situación tan cómoda, estas dos sabias personas se fijaron cada una de asiento en su respectivo dominio, pero pasando familiarmente de una habitación á otra, manifestando cada uno sumo interés en los negocios del otro, sin llegar sin embargo á los límites de la curiosidad.