La letra escarlata novela escrita en inglés

Part 1

Chapter 13,568 wordsPublic domain

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LA LETRA ESCARLATA

POR NATANIEL HAWTHORNE

NUEVA YORK D. APPLETON Y CÍA. Editores

"=Confusión.=--Tal es el título de una preciosa obrita que acabamos de recibir, y que es una joya de la literatura Inglesa. Su autor, el famoso literato Conway, en esta nueva producción de su fecundo ingenio, ha sido tan feliz como en sus obras anteriores: una trama siempre viva é interesante que mantiene viva la atención del lector que ávido devora los capítulos tan correctos como elegantemente escritos."--_El Mentor de los Niños_, Guadalajara.

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"=Misterio * * * *.=--Hemos leído esta novela sin poderla dejar de la mano un solo instante, tal es el interés verdaderamente extraordinario de su argumento, así como la novedad del mismo y la admirable armonía de todos sus capítulos."--_La Lucha_, Habana.

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"=Las Minas del Rey Salomón.=--Esta obra está escrita sin pretensiones de ningún género, con esa sobriedad que tanto nos encanta en los novelistas Ingleses, con un lenguaje claro y correcto y un estilo gráfico y elegante, es un acabado cuadro de las costumbres de los habitantes del África austral, hecha con discreción, exactitud é imparcialidad."--_El Buscapié._, Puerto Rico.

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"=Dora.=--Profunda moralidad, correcto y elegante estilo literario, unidos á una viva é interesante trama, que mantiene siempre ávido al lector por continuar devorando sus capítulos, son las cualidades de esta joya de la literatura Inglesa."--_El Mentor de los Niños_, Guadalajara, Méjico.

LA LETRA ESCARLATA

_NOVELA ESCRITA EN INGLÉS_

POR NATANIEL HAWTHORNE

VERSIÓN CASTELLANA DE FRANCISCO SELLÉN

TERCERA EDICIÓN

NUEVA YORK D. APPLETON Y COMPAÑÍA, EDITORES 1903

COPYRIGHT, 1894, BY D. APPLETON AND COMPANY.

_La propiedad de esta obra está protegida por la ley en varios países, donde se perseguirá á los que la reproduzcan fraudulentamente._

_Traducción española, registrada según el Tratado Internacional de Propiedad Literaria._

INTRODUCCIÓN

Al presentar en lengua castellana la obra maestra del novelista americano Nataniel Hawthorne, que sin duda es también una de las más notables producciones de la literatura amena de los Estados Unidos, hemos creído conveniente hacerla preceder de la traducción de los párrafos que, á manera de prefacio, aparecen en una de las últimas ediciones de esta novela en su idioma nativo. Como verá el que lo leyere, se dan en dicho trabajo algunos detalles, que no carecen de interés, acerca de la obra y de su autor:--

"LA LETRA ESCARLATA fué la primera producción de gran aliento que escribió Hawthorne después de haberse dado á conocer con sus "Cuentos dos veces referidos;" y también el primero de sus libros que alcanzó popularidad. En el intermedio había publicado "El Sillón del Abuelo," para niños, y "Musgos de una antigua morada;" pero solo después de fijada su residencia en Salem, donde desempeñaba el empleo de Administrador de la Aduana de aquel puerto, fué cuando comenzó á experimentar la sensación, según manifestó él mismo á un amigo suyo, de "que una novela le bullía en el cerebro." Esta novela es la que hoy goza de fama universal y se ofrece á los lectores en el presente volumen. La comenzó á principios del invierno de 1849 á 1850, y la terminó en 3 de Febrero del año últimamente nombrado. Al día siguiente de concluída, escribió á su amigo Horacio Bridge diciéndole:--

"Ayer fué cuando vine á dar remate á mi libro, una parte del cual, el principio, se hallaba ya en prensa en Boston, mientras la otra, el final, aun yacía en las profundidades de mi cerebro, en esta ciudad de Salem; de modo que, como Vd. vé, la historia tiene por lo menos catorce millas de largo.[1]... Algunas partes están escritas con vigor; pero mis producciones nunca se han dirigido ni se dirigirán jamás á los sentimientos generales de la humanidad, y por lo tanto no serán nunca muy populares; y si bien hay personas que gustan mucho de mis escritos, hay otras á quienes les son completamente indiferentes y no encuentran en ellos nada digno de notarse. Precede á este libro una introducción (La Aduana) en la que bosquejo mi vida de empleado: hay de vez en cuando en ella ciertas pinceladas, que acaso la hagan más interesante que la historia misma, la cual es en extremo sombría."

Lo grave y lóbrego de la situación en que había colocado á Ester y á Dimmesdale le abrumaban de tal modo, que decía de sí mismo que, durante el invierno citado, su espíritu había sido "un tegido de dolores." Hawthorne, á semejanza de Balzac, se aislaba mientras estaba escribiendo una novela; y puede decirse, sin exageración, que entonces apenas veía á nadie. En ciertas épocas de su vida llegó á notarse que adelgazaba de una manera visible; y hasta qué punto le conmovían las vicisitudes de los seres creados por su imaginación, puede juzgarse por el siguiente pasaje de sus "Notas inglesas," donde con fecha de 14 de Septiembre de 1855, dice:--

"Al hablar de Thackeray, no puedo menos que sorprenderme de la indiferencia que mostraba respecto á las situaciones patéticas de sus obras, y compararla con la emoción que experimenté yo al leer á mi esposa la última escena de _La Letra Escarlata_, inmediatamente después de escrita. No puedo decir que la leí, sino que traté de hacerlo, pues mi voz se henchía y se elevaba, como si me viera levantado ó hundido, alternativamente, por las olas del mar cuando comienza á calmarse tras una tempestad."

Ni sólo en las horas en que, pluma en mano, se empleaba Hawthorne en la composición de sus ficciones embargaban éstas sus potencias. Mientras estuvo escribiendo _La Letra Escarlata_, se le veía con frecuencia olvidarse de cuanto le rodeaba, sumergido en profundo ensimismamiento. Refiérese que un día, hallándose en este estado, tomó del costurero de su esposa una pieza que ella estaba cosiendo, y la picó en pedazos muy menudos, sin reparar en lo que había hecho. Esta costumbre de destrucción inconsciente databa de su juventud. El que esto escribe posee un sillón mecedor que usó Hawthorne, y del que casi hizo desaparecer los brazos con un cortaplumas mientras estaba en el colegio ó estudiando sus lecciones, ó divagando con la imaginación por los espacios.

En Febrero de 1850 fué terminada _La Letra Escarlata_, pero no se publicó hasta el mes de Abril; y aunque el editor, que era el Sr. Fields, formó el más elevado concepto de su mérito como obra de arte, parece, sin embargo, que no tenía mucha confianza en su valor comercial inmediato, si hemos de juzgar por los hechos siguientes. La primera edición fué de cinco mil ejemplares, lo que ya era un bonito número; pero el tipo con que se había parado el libro se distribuyó inmediatamente, lo que prueba que no se abrigaban muchas esperanzas de obtener una venta rápida. Pero la edición desapareció en diez días, y hubo necesidad de parar de nuevo todo el libro y estereotiparlo para poder dar abasto á la demanda.

Una prueba de la manera con que llevaba á cabo Hawthorne sus tareas literarias, y de la madurez con que meditaba sus novelas desde que concebía la primera idea, nos la ofrece su historia de "Endicott y la Cruz Roja," escrita y publicada antes de 1845. Háblase en esa producción de--"una joven dotada de belleza nada común, cuyo destino fué llevar la letra A en el cuerpo del vestido, á la vista de todo el mundo, y aun de sus mismos hijos, quienes sabían lo que esa letra significaba. Como si se recreara en su propia infamia aquella criatura perdida y llena de desesperación, había bordado la divisa fatídica en paño de color escarlata, con hilos dorados, y con todo el arte de que es capaz la aguja; de tal modo, que aquella A mayúscula podría haberse tomado por la inicial de la voz Admirable ó de otra por el estilo, excepto la de Adúltera, que realmente significaba." Cuando se publicó dicha historieta, la Srta. E. P. Peabody le escribió á un amigo: "Ya oiremos algo más acerca de esta letra, pues es evidente que ha hecho profunda impresión en el ánimo de Hawthorne." Muchos años después de publicadas las líneas arriba citadas, que aparecen en sus "Cuentos dos veces referidos," el castigo especial aludido en ellas vino á transformarse, merced á una completa elaboración mental, en el argumento de _La Letra Escarlata_.

Es un hecho auténtico que el código puritano imponía semejante castigo; y se supone que Hawthorne lo vió mencionado en alguno de los archivos de Boston, y aún puede verse en las leyes de la Colonia de Plymouth del año 1658. No hace mucho que el erudito investigador de los anales de la Nueva Inglaterra, el Reverendo Dr. Jorge Ellis, vecino de Boston, manifestó incidentalmente, en una conferencia pública, que no había ni el más ligero asomo de verdad en lo referente al carácter y personalidad del ministro que tan importante papel desempeña en _La Letra Escarlata_. Sostiene el Dr. Ellis, que puesto que se hace predicar á Dimmesdale el sermón de la elección el año en que falleció el Gobernador Winthrop, es claro que Dimmesdale personifica también al Reverendo Tomás Cobbett, vecino de Lynn, que fué realmente quien predicó dicho sermón en el referido año; y agregó que deseaba defender su memoria de cualquier sospecha que pudiesen abrigar los que, como él, hubieran creído que Dimmesdale era simplemente una máscara bajo la cual se ocultaba Cobbett, el verdadero predicador de aquella época. En aquel tiempo, dijo, no había en Boston sino una iglesia, y sus pastores ó ministros eran Juan Wilson y Juan Cotton. En la novela se menciona á Wilson con su propio nombre; de modo que no puede confundirse su identidad con la de Dimmesdale; ni hay tampoco motivos para suponer que Hawthorne tuviese la más ligera intención de que Juan Cotton ó Tomás Cobbett, de Lynn, cargasen con el delito de su ministro imaginario. La mera circunstancia de ser ficticio el nombre de Arturo Dimmesdale, mientras el Reverendo Wilson y el Gobernador Bellingham figuran con sus nombres y títulos verdaderos, debería constituir suficiente prueba para no imputar los hechos de Dimmesdale al Reverendo Cobbett, predicador genuino del sermón de la elección en 1649. Téngase presente que esta disquisición erudita sirve tan sólo para realzar la verosimilitud de la novela, por ser incuestionables su verdad poética general y la posibilidad de que la acción pasara en la Nueva Inglaterra de los primeros tiempos.

Creo que hasta ahora no se ha mencionado la circunstancia de que cuando tenía Hawthorne casi concluída la novela, leyó lo escrito á su esposa, y preguntándole ésta cuál sería el desenlace, obtuvo por toda respuesta: "Realmente no sé." Á su cuñada, la Srta. Peabody, le dijo una vez: "La dificultad no estriba en _cómo_ decir las cosas, sino en lo que se ha de decir,"--significando con esto, que cuando empezaba á escribir algo, tenía ya el asunto tan bien estudiado y desenvuelto en su cerebro, que sólo se trataba entonces de lo que debía elegirse; y fácil es de comprender que, al llegar á la solución final de un problema dificultoso, viéndose arrastrado en diversas direcciones por los intereses contrarios de los diferentes personajes, vacilase acerca del desenlace que tenía que dar á la obra.

Cuando se publicó _La Letra Escarlata_ recibió Hawthorne numerosas cartas de personas desconocidas que, ó habían delinquido, ó estaban en gran peligro de delinquir, y se hallaban padeciendo las consecuencias de su situación especial. Estas personas se dirigían al autor en solicitud de consejos, como si se tratara de un amigo experimentado, ó de un antiguo y venerable confesor.

El capítulo titulado "La Aduana," que sirve de introducción á la novela, destinado por Hawthorne á que formara una especie de contraste con el cuadro sombrío de la historia, gracias á la ligereza de las pinceladas y al buen humor que en él reinan, realizó perfectamente el fin apetecido; pero en la época en que se publicó, su inocente desenfado concitó contra el autor las iras de algunos de los ciudadanos de Salem, que creyeron verse retratados á lo vivo en los bosquejos de empleados de quienes ya nadie se acuerda. Se asegura que hubo quien, á pesar de ser persona inteligente, se abstuvo por completo en lo sucesivo de leer nada de lo que Hawthorne escribió. ¡Extraña venganza que parece ideada expresamente en perjuicio del que la perpetró, sin que el autor padeciera lo más mínimo, pues nunca llegó á sus oídos semejante resolución!

Hasta aquí lo traducido. Poco tenemos que agregar á lo que en las páginas que preceden se dice acerca del mérito de este notable libro. Como se habrá visto en ellas, la primera edición, que constó de 5,000 ejemplares, se agotó en el breve espacio de diez días. Desde 1850, fecha en que se publicó LA LETRA ESCARLATA, su reputación ha ido constantemente en aumento, y las ediciones de todas clases y de todos precios, se han sucedido unas á otras, no sólo en los Estados Unidos, sino en Inglaterra, gozando de una gran popularidad en todos los países en que se habla el inglés. El teatro se ha apoderado de la novela, y la ha convertido en drama: tenemos noticias de dos. Uno, que se remonta á muchos años atrás, es producción de un dramaturgo americano, no muy conocido, Gabriel Harrison; el otro, más reciente, es obra del autor dramático inglés J. Hatton, y se ha representado en estos últimos tiempos en los teatros de Nueva York. Pero los dramas están muy por debajo de la novela. Se habla también de hacer una ópera de esta vigorosa obra maestra de la literatura novelesca de los Estados Unidos.

LA LETRA ESCARLATA se ha traducido á casi todos los idiomas europeos. No conocemos versión alguna en castellano, á lo menos no ha llegado á nuestras manos. En la presente hemos procurado reproducir, hasta donde es posible, las peculiaridades del estilo de Hawthorne, nada sencillo por cierto, antes al contrario, elaboradísimo y abundante en toda clase de metáforas, imágenes y comparaciones. Si lo hemos conseguido, el lector lo dirá.

F. S.

_Julio de 1894._

PREFACIO DEL AUTOR Á LA SEGUNDA EDICIÓN AMERICANA

Con gran sorpresa del autor, y habiéndole proporcionado, si cabe, mayor divertimiento que sorpresa, ha llegado á sus noticias que el bosquejo que sirve de introducción á LA LETRA ESCARLATA, relativo á la vida oficial de los empleados de la Aduana de Salem, ha sido causa de no poca algarada y agitación en la respetable comunidad donde vive. Á duras penas habrían sido más intensos esos sentimientos, si el autor hubiese reducido á cenizas el edificio de la Aduana, apagando sus últimos rescoldos con la sangre de cierto venerable personaje, contra quien se le supone la más negra inquina. Y como la desaprobación del público, dado caso de merecerla, habría sido insoportable para el autor, desea éste manifestar que ha releído atentamente las páginas de dicha introducción, con ánimo de suprimir ó alterar todo aquello que pudiera parecer descomedido ó impropio, subsanando, en cuanto le fuera dable, las atrocidades de que se le acusa. Sin embargo, lo único que ha podido hallar en el bosquejo es cierto desenfado y buen humor, unidos á la exactitud general con que ha expresado la impresión sincera que dejaron en su ánimo los caracteres allí descritos. Y en lo que hace á inquina, malquerencia, ó enemistad alguna, ya política, ya personal, confiesa redondamente, que no hay nada de eso. Quizás el tal bosquejo pudo haberse suprimido sin pérdida para el público, ni detrimento del libro: pero una vez que tomó la resolución de escribirlo, no cree que pudiera haberse inspirado en sentimientos de mayor benevolencia, ni, hasta donde alcanzan sus fuerzas, haberlo llevado á cabo con mayor verdad.

Por consiguiente, el autor se ve obligado á reimprimir el bosquejo de introducción, sin alterar una palabra.

N. H.

SALEM, _Marzo 30, 1850_.

LA LETRA ESCARLATA

LA ADUANA

INTRODUCCIÓN Á LA LETRA ESCARLATA

No deja de ser singular que, á pesar de mi poca afición á hablar de mi persona y de mis asuntos, ni aun á mis amigos íntimos cuando estoy en mi hogar, al amor de la lumbre, se haya sin embargo apoderado de mí, en dos ocasiones distintas, una verdadera comezón autobiográfica al dirigirme al público. Fué la primera hará cosa de tres ó cuatro años cuando, sin motivo justo que lo excusara, ni razón de ninguna especie que pudieran imaginar el benévolo lector ó el autor intruso, obsequié á aquel con una descripción de mi género de vida en la profunda quietud de la "Antigua Mansión."[2] Y ahora, porque entonces, sin méritos que lo justificaran, tuve uno ó dos oyentes, echo de nuevo mano al público por el ojal de la levita, por decirlo así, y quieras que no quieras, me pongo á charlar de mis vicisitudes durante los tres años que pasé en una Aduana. Parece, no obstante, que cuando un autor da sus páginas á la publicidad, se dirige, no á la multitud que arrojará á un lado el libro, ó jamás lo tomará en las manos, sino á los muy contados que lo comprenderán mejor que la mayoría de sus condiscípulos de colegio ó sus contemporáneos. Y no faltan autores que en este punto vayan aún más lejos, y se complazcan en ciertos detalles confidenciales que pueden interesar sólo, y exclusivamente, á un corazón único y á una inteligencia en perfecta simpatía con la suya, como si el libro impreso se lanzara al vasto mundo con la certeza de que ha de tropezar con el sér que forma el complemento de la naturaleza del escritor, completando el círculo de su existencia al ponerlos así en mutua comunicación. Sin embargo, no me parece decoroso hablar de sí mismo sin reserva alguna, aun cuando se haga impersonalmente. Pero como es sabido que si el orador no se pone en completa é íntima relación con su auditorio, los pensamientos carecerán de vida y color, y la frase quedará desmayada y fría, es de perdonarse que nos imaginemos que un amigo, sin necesidad de que sea muy íntimo, aunque sí benévolo y atento, está prestando oídos á nuestra plática; y entonces, desapareciendo nuestra reserva natural, merced á esta especie de intuición, podremos charlar de las cosas que nos rodean, y aun de nosotros mismos, pero siempre dejando que el recóndito _Yo_ no se haga demasiado visible. Hasta ese extremo, y dentro de estos límites, se me alcanza que un autor puede ser autobiográfico, sin violar ciertas leyes y respetando ciertas prerrogativas del lector y aun las consideraciones debidas á su persona.

Ya se echará de ver que este bosquejo de la Aduana no carece de oportunidad, por lo menos de esa oportunidad apreciada siempre en la literatura, puesto que explica la manera como llegaron á mis manos muchas de las páginas que van á continuación, á la vez que presenta una prueba de la autenticidad de la historia que en ellas se refiere. En realidad, la única razón que he tenido para ponerme en comunicación directa con el público, viene á ser el deseo de presentarme como autor de la más larga de mis narraciones; y al paso que realizaba mi objeto principal, me pareció que podría permitírseme, por medio de unas cuantas pinceladas, dar una vaga idea de un género de vida hasta ahora no descrito, bosquejando los retratos de algunas de las personas que se mueven en ese círculo, entre las cuales la casualidad ha hecho que se contara el autor.

Había en mi ciudad natal de Salem, hará cosa de medio siglo, un muelle muy lleno de animación, y que hoy sucumbe bajo el peso de almacenes de madera casi podrida. Apenas se ven otras señales de vida comercial que uno que otro bergantín ó barca, atracado al costado del melancólico muelle, descargando cueros, ó alguna goleta de Nueva Escocia en que se está embreando un cargamento de leña que ha de servir para hacer fuego en las chimeneas. Donde comienza este dilapidado muelle, á veces cubierto por la marea, se alza un espacioso edificio de ladrillos, desde cuyas ventanas se puede disfrutar de la vista de la escena poco animada que presentan las cercanías, y de la abundante hierba que crece por todas partes, y han dejado tras sí los muchos años y el escaso movimiento comercial. En el punto más alto del techo del espacioso edificio de que se ha hecho mención, y precisamente durante tres horas y media de cada día, á contar del mediodía, flota al aire ó se mantiene tranquila, según que la brisa sople ó esté encalmada, la bandera de la república, pero con las trece estrellas en posición vertical y no horizontal, lo que indica que aquí existe un puesto civil, y no militar, del gobierno del Tío Samuel.[3] Adorna la fachada un pórtico formado de media docena de pilares de madera que sostienen un balcón, debajo del cual desciende hacia la calle una escalera con anchas gradas de granito. Encima de la entrada se cierne un enorme ejemplar del águila americana, con las alas abiertas, un escudo en el pecho y, si la memoria no me es infiel, un haz de rayos y dardos en cada garra. Con la falta acostumbrada de carácter peculiar á esta malaventurada ave, parece, á juzgar por la fiereza que despliegan su pico y ojos y la general ferocidad de su actitud, que está dispuesta á castigar al inofensivo vecindario, previniendo especialmente á todos los ciudadanos que estimen en algo su seguridad personal, que no perjudiquen la propiedad que proteje con sus alas. Sin embargo, á pesar de lo colérico de su aspecto, muchas personas están tratando, ahora mismo, de guarecerse bajo las alas del águila federal, imaginando que su pecho posee toda la blandura y comodidad de una almohada de edredón. Pero su ternura no es grande, en verdad, aun en sus horas más apacibles, y tarde ó temprano,--más bien lo último que lo primero,--puede arrojar del nido á sus polluelos, con un arañazo de las garras, un picotazo, ó una escocedora herida causada por sus dardos.