La isla del tesoro

Part 6

Chapter 63,944 wordsPublic domain

Todo el tiempo que gastó en disparar esa andanaba de amenazas, no cesó de recorrer el salón de un lado al otro, brincando agitadamente sobre su muleta, golpeando con la mano sobre las mesas y manifestando una excitación tal que hubiera bastado para convencer al juez más ducho y para hacer caer en el garlito al más avisado. Mis sospechas se habían de nuevo despertado con gran fuerza al encontrarme con el Black Dog en la taberna misma de "El Vigía," por lo cual me propuse tener la mirada atenta sobre el cocinero de _La Española_ y espiar sus menores movimientos. Pero aquel hombre era demasiado vivo, y demasiado zorro, y sobradamente astuto para mí; y así es que pronto me distraje con la vuelta de los dos sabuesos soltados en persecución de Black Dog, los cuales llegaban sin aliento confesando que habían perdido el rastro de su presa en una apretura de gentes y que se habían visto regañados como si fueran ladrones. En aquellos momentos habría yo puesto mi cabeza fiando la inocencia de John Silver.

--Mira tú no más, ahora, Hawkins, dijo este, aquí tienes, un compromiso para un hombre como yo. ¿Qué va á pensar de mí el Caballero Trelawney? ¡Tener yo, aquí, en mi misma casa, á ese hijo de un demonio, bebiendo mi propio rom! No más, ven y díme si no es diablura; y aquí mismo, á mis propios ojos le dejamos todos que tome las de Villadiego! ¡Rayos y truenos! Yo creo, muchachito, que tú me harás justicia con el Capitán. Tú eres un chicuelo todavía, pero vivo como un zancudo. Yo te lo conocí en cuanto que te puse el ojo encima. La cosa es esta: ¿qué puedo yo hacer con esta vieja muleta que es mi apoyo? Cuando yo comenzaba apenas mi carrera de marinero, ya habría sabido yo traerme á ese _agua dulce_ por delante, mano sobre mano, y doblegarlo en una lucha, cuerpo á cuerpo. Sí, entonces lo habría hecho, pero ahora, ¡rayos y truenos...!

En aquel punto cesó de hablar repentinamente, se quedó con la quijada inmóvil y suspensa como si se hubiera acordado de algo.

--¡La cuenta!, prorrumpió al fin; ¡tres pases de rom! ¡mil carronadas! ¡pues no había yo olvidado ya la cuenta!

Y dejándose caer en un banco, al decir esto, prorrumpió en una risotada tan sostenida que las lágrimas concluyeron por rodar sobre su rostro. No pude impedirme el imitarle, así fué que reímos juntos, una carcajada tras de otra hasta que la taberna resonó con los ecos de nuestras risotadas.

--¡Vamos! ¡pues bonita foca soy yo!, dijo al fin, enjugándose las mejillas; tú y yo haremos buenas migas, Hawkins, pues á permitírmelo el diablo cree tú que yo no sería más que pajecillo de á bordo, como tú. Pero ahora, ¡que le vamos á hacer! ya no es tiempo para pensar patrañas. El deber es lo primero, camarada, así es que voy á ponerme en seguida mi viejo sombrero montado y marchar sin pérdida de tiempo contigo á ver al Caballero Trelawney y á contarle lo que aquí ha pasado. Porque, acuérdate de lo que te digo, Hawkins, esto es serio, tan serio que ni tú ni yo saldremos de ello con lo que pomposamente llamaré crédito. Ni tú tampoco, dije... ¡vaya con el tonto! Los dos estamos ahora tontos de capirote. Pero ¡voto á San Jorge, aquel sí que supo hacerla con mi cuenta!

Y diciendo esto, comenzó á reir de nuevo con todas sus ganas y con tal fuerza comunicativa que, por más que yo no encontraba ni sentido, ni maldita sea la gracia á lo que acababa de decir, me ví arrastrado de nuevo á acompañarle en su estrepitosa carcajada.

En nuestra pequeña excursión á lo largo de los muelles se manifestó conmigo el más servicial é interesante compañero, explicándome cerca de cada uno de los principales buques junto á los cuales pasábamos todo lo relativo á su aparejo, capacidad, nación, obras que en ellos se ejecutaban, si el uno estaba á la carga y el otro á la descarga, si el de más allá estaba listo para zarpar y á cada paso entreverando divertidas anécdotas, de navíos y navegantes, ó repitiéndome las frases del tecnicismo de á bordo hasta que yo las aprendía perfectamente. Entonces comencé á creer que aquel hombre era positivamente uno de los mejores marinos posibles.

Cuando llegamos á la posada el Caballero y el Doctor Livesey estaban sentados juntos concluyendo alegremente de apurar una botella de cerveza con su brindis correspondiente, antes de que se pusieran en marcha para ir á hacer á _La Española_ una visita de inspección.

John Silver les refirió lo que acababa de suceder, del _pe_ al _pa_, con una verba llena de animación y conservando la más perfecta verdad en su relato.

--Eso fué lo que sucedió, ¿no es verdad Hawkins? se interrumpía de vez en cuando, á cuya interpelación, por supuesto, tenía yo que contestar afirmativamente.

Los dos caballeros deploraron mucho que Black Dog se hubiese escapado, pero todos tuvimos que convenir en que nada podía hacerse, por lo cual, después de haber recibido cordiales cumplimientos, John Silver tomó su muleta de nuevo y se marchó á su taberna.

--Todo el mundo á bordo, esta tarde á las cuatro, le gritó el Caballero, cuando ya él iba alejándose.

--¡Bravo, bravo, bravo! clamó el cocinero con entusiasmo y siguiendo su camino.

--Oigame Vd., Sr. Trelawney, dijo el Doctor, por regla general yo no tengo una gran fe en los descubrimientos de Vd., mas por lo que hace á este John Silver debo confesarle que me satisface por completo.

--Un hombre como él es "triunfo" en mano, declaró el Caballero.

--Y ahora, añadió el Doctor, opino que Jim debe venir con nosotros á bordo, ¿no le parece á Vd.?

--Estoy de acuerdo, replicó el Sr. Trelawney. Toma tu sombrero, Hawkins, y vamos á ver ese famoso buque.

CAPÍTULO IX

PÓLVORA Y ARMAS

_La Española_ estaba á una distancia considerable y nosotros hicimos nuestro camino entre las elaboradas y elegantes proas de unos buques y las popas de otros, cuyo cordaje y vergas, unas veces se liaban y yacían bajo nuestros pies, otras se balanceaban galanamente sobre nuestras cabezas. Por último llegamos á nuestro barco en el cual nos recibió, en cuanto saltamos á bordo, el piloto, Sr. Arrow, un viejo marino de faz morena con arracadas en sus orejas y que, por desdicha, tenía los ojos torcidos. El Caballero y él parecían congeniar bastante y llevarse en muy buenos términos, pero no tardé en observar que no acontecía lo mismo tratándose de las relaciones del mismo Sr. de Trelawney con el Capitán de _La Española_.

Este último era un hombre de aspecto severo que parecía disgustado con todo, á bordo de nuestra goleta, y pronto iba á decirnos por qué, pues no bien habíamos entrado al salón principal, cuando un marinero vino tras de nosotros y dijo:

--Caballero: el Capitán Smollet desea hablar con Vd.

--Siempre estoy á las órdenes del Capitán, contestó el Caballero. Hágale Vd. pasar adelante.

El Capitán que estaba muy cerca de su mensajero entró en el acto y cerró la puerta tras de sí.

--Ahora bien, Capitán Smollet, ¿qué es lo que Vd. tiene que decirnos? Supongo que todo aquí marcha y está arreglado como entre buenos navegantes y verdadera gente de mar.

--Vea Vd., señor, contestó el Capitán, creo que hablar sin rodeos es siempre lo más práctico, aun á riesgo de parecer que se ofende. Hé aquí mi opinión: no me gusta este viaje, no me gusta la tripulación y no me gusta mi segundo á bordo: esto es hablar claro y en plata.

--Tal vez, señor mío, ¿tampoco le gusta á Vd. el buque?, añadió el Caballero, bastante molesto, á lo que me pareció.

--En cuanto á eso nada puedo decir, puesto que no lo he visto moverse aún. Á la simple vista me parece un velero muy hermoso: más no puedo decir.

--Es también muy posible que le disguste á Vd. el Patrón, recalcó el Caballero.

En este punto el Doctor Livesey creyó oportuno intervenir diciendo:

--Un momento, señores, un momento, si Vds. gustan. Esas preguntas no conducen á nada más que á creer una mala voluntad perjudicial. Yo creo que el Capitán, ó ha dicho demasiado ó ha dicho muy poco, y me creo en el deber de requerirle para que nos explique sus palabras. Ha dicho Vd. para comenzar, que no le gusta este viaje. Veamos... ¿por qué?

--Se me ha contratado, señor, por el sistema de lo que llamamos nosotros "pliego cerrado." Se me ha requerido simplemente para gobernar un navío, llevándolo al punto y rumbo que me designase el contratante. Hasta allí todo estaba bueno. Pero ahora me encuentro con que todos y cada uno de los hombres de la tripulación, saben mucho más que yo acerca de nuestro viaje. Yo no puedo calificar esto de recto ni de natural; ¿tengo razón?

--Sí, sí la tiene Vd., dijo el Doctor.

--En seguida he sabido, por mis propios marinos, que vamos en busca de un tesoro--no olvide Vd. que son ellos los que me lo hacen saber. Ahora bien, eso de tesoro es cosa que tiene sus peligros. Á mí no me gustan viajes de tesoros por ningún motivo, más cuando son secretos, y sobre todo--perdóneme el Sr. Trelawney--cuando el tal secreto ha sido confiado al loro.

--¿Al loro de Silver?, preguntó el Caballero.

--He hablado en sentido figurado. Quiero decir que ha sido divulgado. Yo tengo la creencia de que ninguno de Vds., caballeros, sabe bien en lo que se ha metido. Les diré, pues, mí opinión lisa y llana: este es asunto de vida ó muerte y un albur positivamente delicado.

--Así lo veo yo, dijo el Doctor, y me parece que es tan claro como cierto. Estamos á las contingencias, aunque no nos encontramos tan en tinieblas como Vd. lo supone. Pero añadió Vd. también que no le gusta la tripulación, ¿cree Vd. que los nuestros no son verdaderos marinos?

--No me agradan, señor, insistió el Capitán Smollet. Me parece que se me debió haber dejado elegir mis hombres, yendo á una expedición como la que vamos.

--Quizás tenga Vd. razón, replicó el Doctor. Tal vez hubiera sido mejor que mi amigo hubiera hecho su elección de acuerdo con Vd. Pero puede creer que la falta, si la hubo, fué enteramente involuntaria. Por último, dijo Vd. que tampoco le gusta su segundo el Sr. Arrow.

--Así es, señor. Yo creo que es un buen marino, pero se roza demasiado familiarmente con la tripulación para ser un buen oficial. Un piloto debe siempre darse á respetar, y no permitirse brindar, como éste, en compañía íntima, con los marineros.

--¿Quiere Vd. decir que el hombre bebe?, exclamó el Caballero.

--No señor; solamente que mantiene una intimidad sobrado inconveniente con los hombres de la tripulación.

--Está bien, pues, Capitán, dijo el Doctor; pero si hemos de zanjar dificultades, díganos Vd. lo que desea.

--Bien, señores; ¿están Vds. determinados á llevar á cabo esta expedición?

--Contra viento y marea, respondió el Caballero.

--Muy bien, dijo el Capitán. Pero supuesto que ya han tenido Vds. la paciencia de oirme cosas que no me era dable probar, escuchen algunas palabras más. Se está colocando la pólvora y las armas en las bodegas de proa: ¿por qué no ponerlas en un lugar muy á propósito que hay aquí, precisamente debajo del salón? Primer punto. Ahora, segundo: Vds. traen cuatro personas de su propia servidumbre que, según he oído, van á tener sus dormitorios á proa, con los demás hombres ¿por qué no darles los camarotes que hay aquí al lado de la cámara de popa?

--¿Hay algo más?, preguntó el Sr. Trelawney.

--Sí, hay todavía otra exigencia, continuó el Capitán. Por desgracia ya se ha charlado y divulgado mucho sobre la expedición.

--Sí, demasiado, apoyó el Doctor.

--Diré á Vds. lo que yo mismo he oído, siguió el Capitán: dicen que Vds. poseen un mapa de cierta isla en el cual hay cruces rojas que marcan el lugar exacto en que esas riquezas están enterradas; añaden que la isla está... (y aquí nombró la longitud y latitud de ella con toda exactitud).

--Jamás he dicho yo tal cosa, exclamó el Caballero.

--El hecho es que los hombres lo saben, replicó el Capitán.

--Livesey, tal vez alguna indiscreción de Vd.; ó tal vez tú, Hawkins, exclamó el Sr. Trelawney.

--No hace mucho al caso el averiguar quién haya sido el indiscreto, replicó el Doctor.

Por mi parte, me fué fácil notar que ni él ni el Capitán daban mucho peso á las afirmaciones y protestas del Sr. Trelawney, sin que yo mismo dejara de pensar como ellos, pues me constaba que el Caballero era un charlador incorregible. Sin embargo, en esta ocasión, decía la pura verdad, según creo, y era un hecho que ninguno había revelado la posición geográfica de la isla.

--En hora buena, caballeros, continuó el Capitán; yo no sé en manos de quién está ese mapa, pero pongo por condición estricta que se le mantenga de todo punto secreto y oculto aun de mí mismo y de mi segundo el Sr. Arrow, ó de no ser así, renuncio mi puesto en este mismo instante.

--Entiendo, dijo el Doctor; lo que Vd. quiere es que el objeto real se mantenga tan velado como sea posible y que, entre tanto, convirtamos la popa en una especie de fortificación, guardada por nuestros propios hombres y provista con toda la pólvora y armas de que podamos disponer á bordo. En otras palabras, teme Vd. una rebelión.

--Caballero, dijo gravemente el Capitán Smollet, protestando que no es mi intención el lastimar á Vd., permítame negarle el derecho de poner en mis labios palabras que yo no he pronunciado. No existe capitán alguno que pudiera juzgarse autorizado para hacerse á la mar, si tuviese las pruebas necesarias para decir lo que Vd. me ha supuesto. Por lo que hace al Piloto, lo creo de todo punto honrado; algunos de nuestros tripulantes lo son también sin duda, y quizás lo sean todos, por lo que se ve. Pero Vds. se servirán tener en cuenta que sobre mí pesa la doble responsabilidad de la seguridad de la embarcación y de la vida de cada hombre que nuestra goleta lleva á bordo. Me ha parecido que las cosas no iban por un camino muy derecho y he juzgado prudente el pedir á Vds. que se tomaran ciertas precauciones: eso es cuanto tengo que decir.

--Capitán Smollet, comenzó á decir el Doctor con cierta sonrisa en los labios, ¿ha oído Vd. hablar alguna vez de cierta fábula de la montaña y el ratón? Le pido á Vd. mil perdones, pero la verdad es que me ha traído Vd. á la memoria la tal fábula. Cuando Vd. penetró aquí, apuesto mi peluca á que Vd. pensaba más de lo que confiesa.

--Doctor, es Vd. muy listo, respondió el Capitán; cuando entré aquí pensé que se me iba á separar del buque. No me imaginé que el Sr. de Trelawney hubiese oído una sola palabra de cuanto he dicho.

--Y no iba Vd. muy descaminado, exclamó el Caballero. Á no ser por la oportuna mediación de Livesey yo le hubiera enviado á Vd. al diantre. Pero por ahora ya le he escuchado y se hará todo lo que Vd. quiere; mas eso no me impide el creer que está Vd. equivocado en este asunto.

--En cuanto á eso crea Vd. lo que guste, dijo el Capitán. Vd. verá en todo caso, que cumplo con mi deber.

Dicho esto saludó y salió sin decir más.

--Trelawney, dijo el Doctor, contra todo lo que yo me figuraba, veo que Vd. se ha dado trazas de traer á bordo dos hombres honrados: el Capitán Smollet y John Silver.

--Silver, si Vd. lo quiere, gritó el Caballero. En cuanto á este intolerable trampantojo, declaro que su conducta no me parece digna ni de hombre, ni de marino, ni mucho menos de inglés.

--Está bien, dijo el Doctor, ya lo veremos.

Cuando subimos sobre cubierta ya los hombres habían comenzado á cambiar de lugar las armas y la pólvora, canturriando mientras trabajaban, en tanto que el Capitán y el Piloto inspeccionaban el traslado.

El nuevo orden de cosas era de todo mi gusto. Todo el arreglo primitivo del buque había sido cambiado. Se habían hecho seis lechos-literas en el castillo de popa, tras de lo que constituía la parte posterior del salón principal, siendo accesible esta sección de camarotes, para la galera y castillo de proa, únicamente por un estrecho pasadizo á babor. Se había dispuesto, al principio, que el Capitán, el Piloto, Hunter, Joyce, el Doctor y el Caballero ocupasen esos seis camarotes. Ahora se convino en que Redruth y yo tomásemos dos de ellos y que el Sr. Arrow y el Capitán durmiesen sobre cubierta en lo que se llama en náutica _la carroza_, la cual había sido ensanchada de un lado y otro hasta ponerla en estado de casi poder llamarle _la toldilla_. Era ésta bien baja, ciertamente, pero no tanto que no permitiese colgar con comodidad un par de hamacas, y aun creo que el Piloto pareció muy contento con el arreglo, aunque él, quizás, no estaba muy seguro de la tripulación. Empero esto no pasa de simple conjetura, pues como se verá muy pronto, no tuvimos por largo tiempo el beneficio de sus opiniones.

Estábamos todos trabajando rudamente en el cambio de la pólvora y armas y en el arreglo de las literas y camarotes cuando los últimos dos tripulantes y John Silver con ellos llegaron en un botecito costanero.

El cocinero saltó á bordo con la ligereza de un mono y no bien hubo visto lo que estábamos haciendo, exclamó:

--Hola muchachos, ¿de qué se trata?

--Cambiando las municiones y las armas, ya lo ve Vd., respondió un marinero.

-¿Por qué, con mil diablos?, prorrumpió Silver. ¡Si nos entretenemos en eso vamos á perder la marea de la mañana!

--Yo lo he mandado, dijo el Capitán secamente. Vd., amigo, bájese á su cocina que las gentes deben sentir ganas de cenar antes de mucho.

--Corriendo, corriendo, contestó el cocinero y tocándose, por vía de reverencia, la melena; y desapareció en el acto en dirección de su galera.

--Ese es un buen hombre, Capitán, dijo el Doctor.

--Es muy posible, Caballero, replicó el Capitán, en paz con ese, en paz con todos. Dió prisa, en seguida, á los que estaban cambiando la pólvora, y de repente, fijándose en mí, que estaba muy entretenido examinando el eslabón de vuelta que traíamos en medio del navío, me gritó con aspereza:

--¡Hola tú, grumete, largo de ahí! Márchate á la cocina y busca algo que hacer.

Y aunque me dí prisa á obedecer su mandato, le oí todavía decir, en voz bien alta, al Doctor:

--Yo no traigo favoritos en mi navío.

Puedo asegurar á Vds. que en aquellos momentos superabundaba yo en las opiniones y sentimientos del Sr. Trelawney respecto del Capitán, á quien aborrecía con todas mis fuerzas.

CAPÍTULO X

EL VIAJE

Toda aquella noche la pasamos en gran movimiento alistándolo todo, poniendo cada cosa en su lugar y viendo llegar, uno tras de otro, botes llenos de amigos del Caballero, como el Sr. Blandy y otros por el estilo que iban á desearle un buen viaje y feliz regreso. Nunca en nuestro "_Almirante Benbow_" tuve una noche semejante, ni siquiera la mitad del quehacer que tuve en ésta, y puede creérseme que estaba ya rendido de cansancio cuando un poco antes del alba, el contramaestre hizo sonar su silbato y la tripulación toda comenzó á maniobrar al cabrestante. Pero aunque hubiera sido doble de la que era mi fatiga no me hubiera separado de sobre cubierta. Todo aquello era nuevo é interesante para mí, las concisas órdenes, la penetrante nota del silbato y los marineros moviéndose hacia sus lugares al ténue resplandor de las linternas del navío.

--Y ahora, Barbacoa, suéltanos una estrofa, gritó una voz.

--La conocida, añadió otra.

--Vaya por la vieja conocida, camaradas, dijo Silver que estaba allí de pie, con su muleta bajo el brazo; y al punto prorrumpió en aquella horrible cantinela que me era tan conocida:

"_Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto._"

Á lo cual la tripulación entera contestaba en coro:

_Son quince ¡yo--ho--hó! son quince ¡viva el rom!_"

Y á la tercera repetición del coro, empujó las barras del cabrestante al frente de ellos con gran brío.

Mas aun en aquel momento de excitación, ese canto lúgubre me trasladaba con la imaginación en un segundo, á mi vieja posada del "_Almirante Benbow_" en la cual oía de nuevo la voz de aquel Capitán sobresaliendo sobre el coro entero. Pero muy pronto el ancla estaba ya fuera y se la dejaba colgar, escurriendo junto á la proa. Pronto se izaron también las velas que comenzaron á hincharse suavemente con la brisa, y las costas y los buques empezaron á desfilar ante mis ojos de uno y otro lado, de tal manera que, antes de que hubiera ido á buscar en el sueño una hora de descanso, ya _La Española_ había zarpado gentilmente, empezando su viaje hacía la Isla del Tesoro.

No es mi ánimo referir todos y cada uno de los detalles de ese viaje: básteme decir que fué en extremo próspero; que nuestra goleta dió pruebas de ser una buena y ligera embarcación; que los tripulantes eran, todos, marineros experimentados, y que el Capitán entendía muy bien lo que traía entre manos. Pero antes de que llegá semos cerca de las costas de la Isla del Tesoro, acontecieron dos ó tres cosas que es indispensable referir para la inteligencia de esta narración.

Arrow, el Piloto, pronto se volvió mucho peor de lo que el Capitán había temido: no tenía la menor autoridad sobre los marineros, los cuales hacían con él lo que mejor les acomodaba. Pero no era esto lo peor, sino que uno ó dos días después de nuestra partida comenzó á presentarse sobre cubierta con los ojos inyectados, los pómulos enrojecidos, la lengua torpe y todas las señales más evidentes de la embriaguez. Una vez y otra se le tuvo que mandar á la cala, castigado. Algunas veces se caía rompiéndose la cara; otras se echaba el día entero en su tarimón al lado de la toldilla. Como una reacción, que duraba uno ó dos días, se le miraba sobrio y listo atender á su trabajo, por lo menos pasablemente.

Pero entre tanto nosotros no podíamos averiguar en dónde tomaba lo que bebía; este era el secreto misterioso de nuestro buque. Nuestra vigilancia redoblada y multiplicada nada pudo; fué inútil cuanto hicimos para descubrirlo. Solíamos preguntárselo abiertamente y entonces, una de dos; ó nos reía á las barbas si estaba borracho, ó nos negaba tercamente que se embriagase si acontecía que estuviera en su juicio, protestando que no probaba nada que no fuese agua.

No solamente era inútil en su calidad de oficial del buque, y pésimo como fuente de malas influencias entre los hombres de la tripulación, sino que se veía muy claramente que, al paso que iba, muy pronto acabaría por matarse contra todo derecho. Así es que nadie se sorprendió ni se apenó mucho tampoco cuando en una noche muy oscura en que la mar parecía menos sosegada que de costumbre el hombre aquel desapareció sin que hubiéramos vuelto á verle más.

--¡Hombre al agua!, dijo el Capitán. En hora buena, señores, esto nos ahorra la molestia de tener que mandarle poner grillos.

La cosa es que, desaparecido él, nos encontrábamos enteramente sin piloto y era preciso, en consecuencia, ascender á uno de los tripulantes. Job Anderson, el contramaestre, era el más apto de los de á bordo, así fué que, aunque conservando su título primitivo, pasó á desempeñar el cargo de piloto. El Sr. Trelawney que había estudiado la marina y viajado mucho, como se recordará, tenía conocimientos que le hacían muy útil en aquellas circunstancias, y realmente los puso en práctica ejerciendo la vigilancia propia del piloto en los días en que el tiempo era propicio. En cuanto al timonel Israel Hands, era un viejo y experimentado marino, cuidadoso y astuto, de quien podía uno fiarse en todo y para todo.

Era este el gran confidente de Silver, cuyo nombre me lleva á hablar de nuestro cocinero Barbacoa, como la tripulación lo llamaba.