Part 15
--Sea en hora buena, díjeme á mí mismo. Es claro que debo continuar tendido en donde estoy y no perturbar el equilibrio, pero también me parece evidente que, de cuando en cuando, puedo darme trazas, en los parajes más tranquilos, parar dar una ó dos paladas de remo en dirección de tierra.
Hícelo como lo pensé. Continué tendido, sobre mis codos en la postura más espectante del mundo, á la capa, y aprovechando cada oportunidad que se me presentaba para dar muy dulcemente una remada ó dos á fin de enderezar la proa hacia la playa.
Era aquél un trabajo lento y fatigoso por demás, y sin embargo me sentía ganar terreno; tanto que, conforme nos acercábamos al Cabo de la Selva, si bien veía que no me era dable aún ganar aquella punta, pude notar con alegría que había ya avanzado como unas cien yardas hacia tierra, al Este. Muy cerca estaba de ella, en verdad. Ya me era dable distinguir las frescas y verdegueantes copas de los árboles meciéndose suavemente juntas al soplo de la brisa y tuve por cosa segura, en consecuencia, que en el promontorio próximo era ya evidente mi desembarque.
Y á fe que no sería sino muy á tiempo, pues la sed comenzaba á hacerme sufrir bastante. El resplandor del sol cayendo sobre mi cabeza y sus rayos quebrándose sobre las olas en mil reflexiones diversas; el agua del mar que caía y se secaba sobre mi cuerpo cubriendo mis labios con una capa salobre; todo esto se combinaba para hacer que mi garganta ardiera y mi cabeza fuera presa de un dolor violento. La vista de los árboles á tan corta distancia me puso casi fuera de mí con el anhelo vehemente de desembarcar. Empero la corriente me había arrastrado, antes de mucho, lejos de la punta, y cuando me encontré de nuevo en mar abierto, percibí algo que desde luego hizo cambiar la naturaleza de mis pensamientos.
Precisamente frente á mí, á menos de media milla de distancia, se aparecía ante mis ojos _La Española_ con sus velas desplegadas. No me cupo duda de que iba á ser cogido, pero es el caso que la sed me hacía ya sufrir de tal manera, que no puedo decir si sentía ó me alegraba de aquella ocurrencia; y debo añadir que mucho antes de haber llegado á una conclusión la sorpresa se había enseñoreado de mi ánimo á tal grado que no podía hacer otra cosa sino maravillarme y clavar mis ojos en lo que tenía á la vista.
_La Española_ llevaba al viento la vela mayor y dos foques, y la blanquísima lona brillaba al sol como nieve ó plata. En el momento en que la descubrí, sus velas hinchadas la empujaban bien, haciéndola seguir una línea en dirección Noroeste, lo que me hizo presumir que los hombres á bordo iban con la intención de dar la vuelta á la isla para llegar así de nuevo al ancladero. Pero en aquellos momentos comenzó á inclinarse más y más hacia el Poniente, visto lo cual me dí á creer que me habían descubierto é iban á darme caza. Antes de mucho, empero, hizo proa decididamente contra el viento y se vió detenida en su marcha por algún tiempo, falta de propulsión, con sus velas estremeciéndose y palpitando inútilmente.
--¡Vaya unos animales!, me dije. Esos bárbaros deben estar todavía más borrachos que un alambique. ¡Ah! Si el Capitán Smollet fuera á bordo ya tendrían que saltar listos esos desmañados.
En el interín la goleta viró un poco, hizo un bordo, y su lona la hizo marchar de nuevo por uno ó dos minutos para caer inmóvil una vez más contra el viento. La misma ocurrencia se repitió una y otra vez. De aquí para allá, de arriba para abajo, de Norte á Sur y de Oriente á Poniente. _La Española_ se ponía en marcha con una especie de arremetidas ó disparos instantáneos, pero cada repetición de estas concluía como había comenzado, dejando el velámen inutilizado y tremolando débilmente. No tuve trabajo en comprender que nadie iba dirigiendo la embarcación, y siendo esto así, ¿qué había sido de los dos hombres? Ó estaban ahogados de borrachos, ó habían abandonado el buque, pensé yo, por lo cual, si lograba entrar á bordo, tal vez me fuera dable volver aquel buque á su Capitán.
La corriente iba arrastrando con igual velocidad hacia el Sur, tanto á la goleta como al traído y llevado _coracle_. Por lo que hace á la goleta su marcha era tan irregular é intermitente, supuesto que á cada momento se veía como engrillada, que la verdad es que muy poco ó nada ganaba, cuando no perdía terreno. Con sólo que me atreviese á sentarme otra vez y tentar de nuevo al remo, estaba seguro de que pronto me sería dable estar sobre ella. El proyecto tenía un sabor de aventura que despertó mi apetito, no sin que lo acrecentara, duplicando mi energía, el recuerdo de que frente á la carroza de proa estaba un buen depósito de agua dulce en la codiciada _Española_.
Sentéme, pues, y como la vez primera que lo hice, fuí saludado por un azote de agua y espuma, con la diferencia de que, por esta vez, el empuje impreso al _coracle_ fué en mi favor. Dediquéme entonces á remar con toda la precaución, pero con toda la energía de que era capaz, hacia la no gobernada _Española_. En uno de mis impulsos, sin embargo, alojé dentro del botezuelo tal cantidad de agua que tuve que parar mi maniobra y estarme alerta sintiendo que los latidos del corazón iban á ahogarme. Pero, ya más cauto y muy gradualmente, púseme al fin en el verdadero camino de mi meta, guiando mi esquife bordeando las grandes olas y sin poder impedir, con todo y eso, que la cresta de alguna azotara la proa de mi barquilla y salpicara mi rostro con su desbaratada espuma.
Á la sazón mi avance sobre la goleta era ya rápido y perceptible. Ya podía distinguir bien el brillo del metal en la caña del timón cuando éste se movía golpeando, y sin embargo, todavía no aparecía un alma sobre cubierta. No pude suponer otra cosa, en consecuencia, sino que la goleta había sido abandonada. De no ser así, los hombres aquellos deberían estar abajo borrachos, como muertos, en cuyo caso me sería fácil quizás asegurarlos y hacer con la goleta lo que me pareciera.
Por un buen rato ésta se había mantenido haciendo lo que podía no ser peor para mí, esto es, continuar en el mismo estado de inercia. Su proa iba casi directamente al Sur, sin dejar de guiñar, por supuesto, á cada momento. Á cada guiñada, dejaba caer hacia afuera sus velas, en parte hinchadas, y éstas la volvían á poner, en un instante, enfilando el viento una vez más. He dicho que esto era para mí lo peor de todo, porque, sin gobierno como la goleta iba, con su velámen tronando como un cañón y las olas azotando ruidosamente los costados y bañando la obra muerta, continuaba, sin embargo, corriendo delante de mí, no sólo con la velocidad natural de la corriente, sino con toda la fuerza de su deriva que, naturalmente, era muy grande.
La oportunidad, al cabo, concluyó por presentárseme. La brisa se puso por algunos momentos sumamente baja y la corriente que volteó con lentitud á _La Española_ hizo que ésta concluyera por presentarme su popa con la porta todavía abierta de par en par, y la lámpara sobre la mesa encendida aún á pesar de ser de día. La vela mayor colgaba, en aquel instante, desmayada y caída como una bandera. Nada, con excepción de la corriente, interrumpía la inmovilidad de la embarcación aquella.
Durante un rato, poco hacía, en lugar de ganar, iba yo perdiendo terreno; pero ahora, redoblando mis esfuerzos, comenzaba otra vez á estar más cerca de mi caza.
No me faltaban ya ni cien yardas para llegar á ella cuando el viento llegó otra vez con estruendo, hinchando la lona sobre las amuras de babor, y acto continuo se me alejó otra vez deslizándose, ondeando y casi volando como una golondrina.
Mi primer impulso fué de desesperación, pero el segundo fué de alegría, porque hétela allí que, describiendo una gran curva, _La Española_ viene hacia mí hasta ponerse frente á uno de mis costados; y continuando la misma inesperada evolución, muy pronto la veo á la mitad, y luego á un tercio, y luego á un cuarto de la distancia que nos separaba hacía poco. Ya distinguía yo las olas que hervían bajo su gorja. ¡Qué enorme me parecía la mole de aquella goleta vista desde mi bajísima estación en el botezuelo!
Pero instantáneamente comprendí aquella situación y apenas si tuve tiempo para pensar y menos aún para ponerme en salvo. Estaba yo con mi _coracle_ en la cresta de un alta ola y la goleta venía sobre la cima de la inmediata, abatiéndose sobre mí. ¡Un segundo de vacilación y mi muerte era segura! El bauprés estaba sobre mi cabeza en aquel instante. Rápido como el pensamiento me puse en pie y haciendo un impulso desesperado salté haciendo desaparecer al _coracle_ bajo el agua. Con una mano me había asido al botalón de foque, en tanto que mi pie estaba alojado entre el estay y la braza. Y todavía no había yo tenido tiempo de hacer el más pequeño movimiento para cambiar mi posición cuando el rumor apagado de un golpe me dijo que la goleta se había cargado hacia abajo acabando de hundir y despedazar el _coracle_ y que, por consiguiente, allí quedaba yo, colgando entre cielo y mar, sin retirada posible de _La Española_.
CAPÍTULO XXV
¡ABAJO LA BANDERA DEL PIRATA!
Apenas me había sido dable encaramarme en el bauprés cuando el ondulante foque aleteó, por decirlo así, cargándose sobre la otra amura con un ruido semejante á un cañonazo. La goleta se estremeció hasta la quilla con aquella vuelta formidable, pero un momento después las otras velas, que aún continuaban empujando, hicieron retroceder al foque á su lugar anterior y ya entonces quedó suspenso é inmóvil.
En esos movimientos casi me ví zabullir dentro del agua, pero á la sazón ya no perdí tiempo y me arrastré para atrás ó más bien me deslicé por el bauprés hacia cubierta, en la cual caí como llovido del cielo, con el rostro hacia el océano.
Me encontré á sotavento del castillo de proa, y la vela mayor que continuaba todavía henchida, me ocultaba una buena parte de la cubierta á popa. No ví un alma por todo aquello. Las tarimas, que no habían sido lavadas desde que estalló la rebelión, enseñaban las huellas de numerosas pisadas y una botella, rota por el cuello, rodaba de aquí para allá, al vaivén del buque, como si fuera una cosa viva.
Inesperadamente _La Española_ enfiló el viento en una de sus bordadas: los foques, tras de mí, tronaron con fuerza; el timón se cerró de golpe; el navío entero se irguió y estremecióse como desfallecido ya, y en el mismo momento el botalón del mayor se colgó hacia adentro, la vela cayó también gimiendo débilmente sobre los motones y al plegarse me descubrió á sotavento la parte de cubierta, á popa, antes oculta.
Sólo entonces aparecieron á mi vista los dos guardianes de la embarcación. ¡No me cabía duda, eran ellos! Gorro Encarnado tendido boca arriba, tieso como un espeque, con sus brazos abiertos como los de un crucifijo y con los labios separados dejando asomar su amarillenta dentadura. Israel Hands, recargado contra la balaustra de la cubierta, con la barba sobre el pecho y sus manos abiertas apoyándose sobre el piso y con el rostro tan blanco, bajo su tinte curtido, como la cera.
Por algún rato el buque siguió ladeándose ó encabritándose como un caballo mañoso, y las velas hinchándose, ya sobre una amura ya sobre la otra, y el botalón colgando y golpeando, hasta que el mástil pareció quejarse al esfuerzo de aquellos violentos tirones. De vez en cuando también una rociada de espuma cubría la balaustra y el buque daba un fuerte golpe por la proa contra las hinchazones del agua en aquel mar de leva. Convertíase éste en un temporal mucho más violento para un navío de alto bordo como _La Española_, que lo era para mi caserito _coracle_ que á aquellas horas yacía ya en el fondo del océano. Á cada salto de la goleta Gorro Encarnado se resbalaba de aquí para allí, pero ¡cosa horrible! ni su actitud cambiaba, ni sus apretados dientes, asomando por entre sus abiertos labios, se ocultaban por algún movimiento de éstos, en aquel brusco traqueteo. Á cada brinco, también Hands aparecía irse como sumiendo más y más, deslizándose sobre el piso de cubierta, avanzando sus pies hacia el lado de proa y la caja del cuerpo inclinándose hacia popa, de tal suerte que su cara se me fué ocultando gradualmente hasta que concluí por no ver nada de ella, excepto la oreja y una de las sortijas de la patilla.
Al mismo tiempo observé, en derredor de ambos, charcos de sangre negruzca sobre las tarimas, y comencé á abrigar la certeza de que aquellos hombres se habían dado la muerte mutuamente en su querella de borrachos.
Todavía contemplaba aquel espectáculo sin volver en mí de la sorpresa, cuando, en un momento de calma y antes de que el buque se meneara, Israel Hands se medio volteó y con un quejido vago se enderezó penosamente hasta colocarse en la posición en que primero le ví. Aquel quejido que acusaba, al mismo tiempo, dolor y debilidad mortal, y el aspecto que presentaba su quijada caida, me inspiraron de pronto una compasión inmensa. Pero al pronto recordé las palabras que oí en boca de aquel malvado, desde el barril de las manzanas, y todo sentimiento de piedad desapareció de mi corazón.
Marché resueltamente á popa y grité con un acento irónico:
--¡Hola, amigo Hands, venga Vd. á bordo!
Paseó penosamente la mirada en torno suyo, pero su trastorno y decaimiento eran tales que no cabía la sorpresa en su ánimo á aquellas horas. Lo más que hizo fué dejar escapar esta palabra única:
--¡Aguardiente!...
Me ocurrió entonces que no debía perder un solo instante, y así fué que, esquivando el botalón que aún seguía golpeando como antes, marché á popa y bajé á la cámara por la escalera de la carroza.
La escena de confusión y desorden que allí presencié era indescriptible. Todos los armarios y muebles con cerraduras de llaves habían sido rotos para buscar la carta de Flint. El piso estaba saturado de lodo sobre el cual los rufianes aquellos se habían sentado á beber y á consultar, después de embriagarse en el marjal en torno de su hoguera. Las mamparas, cuyo color era blanco mate con franjas de oro, mostraban en toda su extensión las huellas de manos inmundas. Docenas de botellas vacías chocaban entre sí por los rincones ó rodaban con el movimiento de la goleta. Uno de los libros de medicina del Doctor estaba allí, abierto sobre la mesa, con un buen número de hojas arrancadas, de seguro para usarlas en encender las pipas con ellas. Y en medio de todo aquello la humeante lámpara enviaba aún su resplandor, pálido, casi tan oscuro como la sombra misma.
Bajé á la bodega: los barriles todos habían ya concluído, y en cuanto á las botellas era sorprendente el número de ellas que habían sido vaciadas y tiradas luego. Era evidente que desde que el motín comenzó ni uno solo de aquellos hombres había estado en su juicio.
Registrando aquí y allá me encontré una botella con un poco de _cognac_ para Hands. Para mí, tomé algunos bizcochos, frutas en vinagre, un gran racimo de uvas y una tajada de queso. Con estas provisiones me presenté de nuevo sobre cubierta, coloqué mi parte á salvo, tras la cabeza del timón, fuera del alcance del timonel, avancé á proa en donde se guardaba el agua, sacié allí mi sed concienzudamente y entonces, y sólo hasta entonces, fuí á Hands para darle su _cognac_.
Yo creo que debe haber bebido un cuarto de litro por lo menos antes de que hubiera apartado la botella de sus labios. Entonces dijo:
--¡Ah! ¡voto al infierno! ¡un poco de ésto era lo que yo quería!
Oído aquello me senté tranquilamente en el lugar que había escogido y comencé á regalarme el paladar con aquel inesperado almuerzo.
--¿Se siente Vd. muy mal?, le pregunté.
--Si aquel Doctor estuviera á bordo--contestó con una voz mitad gruñido mitad ladrido--si él estuviera aquí, yo estaría sano en dos patadas. Pero, ¡el demonio y su cola! yo no tengo suerte... ¡de veras no, no!... y eso, y no más eso es lo que me pasa. Por lo que hace al "agua-dulce" ese, ya _se enfrió_ de esta hecha, añadió señalando con el dedo al hombre del birrete rojo. Bueno, ¿y qué?... ¡al cabo que ése ni era marino, ni nada!... ¡Vamos!... y ahora que caigo... tú ¿de dónde has brotado aquí?
--Amigo, le contesté, he venido á bordo á tomar posesión de este buque, y así es que, hasta nuevas órdenes, se servirá Vd. considerarme como su Capitán.
Al oir esto me miró de una manera demasiado agria, pero no contestó palabra. Algo de su color natural había vuelto á sus mejillas, si bien continuaba con una gran apariencia de enfermedad y aún proseguía resbalándose y volteando, según que el buque se iba para un lado ó para otro.
--Por lo pronto, amigo Hands, continué yo, no me place ver esta bandera izada en el tope de mis mástiles; así es que, con su permiso, procedo á arriarla acto continuo. De eso á nada, prefiero nada.
Esquivando de nuevo los golpes del botalón, fuíme derecho á las correderas del pabellón, tiré de ellas hacia abajo, abatiendo la pirática bandera negra, y no bien la tuve entre mis manos, la arrojé al mar resueltamente.
--¡Viva el Rey!, grité entonces agitando en el aire mi birrete. ¡Ha concluído aquí el Capitán Silver!
Hands continuó observándome con cierto aire mordaz, aunque á hurtadillas, sin levantar, empero, la barba que seguía apoyada sobre el pecho. Un rato después añadió:
--Me parece, Capitán Hawkins, que tendrá Vd. necesidad de alguna ayuda para bajar á tierra, ¿no es verdad? ¿Pues qué le parecería á Vd. que nos entendiéramos?
--Me parece, muy bien, amigo Hands; con toda mi alma: hable Vd.
Y diciendo esto me entregué de nuevo á mi comida con el mayor apetito.
--Ese hombre, comenzó el timonel apuntando débilmente al cadáver, según entiendo, se llamaba O'Brien y era un rematado irlandés; ese hombre, como decía, y yo, desplegamos las velas con el objeto de llevarnos la goleta á su lugar otra vez. ¡Pero ahora, qué! ahora ya se _enfrió_, y está allí tan tirante como un pantoque, por lo cual lo que yo digo es que quién va ahora á gobernar el buque: eso es lo que yo no veo. Si yo no le doy á Vd. mi ayuda, no es Vd. el que podrá llevar la goleta, ó nada entiendo yo de goletas ni de marina. Bueno; pues la cosa es esta: Vd. me asegura mi comida y mi bebida, y una corbata vieja ó cualquiera cosa para vendar mi herida y yo le diré cómo se ha de llevar el buque. Me parece que no puede ser más redondo el negocio que propongo.
--Le diré á Vd. una cosa, Maese Hands, prorrumpí yo; mi intención no es volver _La Española_ á su antiguo ancladero, sino llevarla á la bahía del Norte y acercarla allí á la playa tranquilamente.
--Bueno, ya lo entiendo, gritó Hands. Me parece que yo no soy un haragán tan endemoniado, después de todo. Yo bien sé entender las cosas como son, ¡digo que sí! Yo ya traté de sacar el pie adelante y no pude: pues ahora le toca á Vd. Capitán Hawkins. Vd. ha ganado la partida. ¿Conque á la Bahía del Norte? Pues vamos á ella; yo no tengo que andar escogiendo, ¡digo que no! Le ayudaré á Vd. á llevar el buque, aunque vayamos á fondear á la Playa de los Ajusticiados. ¡Por cien mil diablos que sí!
Me pareció que aquel hombre no iba muy desatinado en su resolución. Cerramos nuestro trato en el acto mismo y, á los tres minutos, _La Española_ ceñía gallardamente el viento á lo largo de la costa de la isla con muy buenas esperanzas de voltear la punta Norte á eso de medio día y de bajar de nuevo en dirección de la Bahía antes de la pleamar, á fin de poder, á ese tiempo, orillarla en punto seguro y aguardar hasta que el reflujo nos permitiera bajar á tierra.
Abandoné, entonces, por algún rato la caña del timón y bajé á la cámara para buscar en mi maleta de á bordo una suave mascada de mi madre, con la cual, y con mi ayuda personal, Hands se vendó una gran herida que había recibido en el muslo y que todavía le sangraba. Con este alivio y después de haber comido un poco y dar un trago ó dos más de _cognac_, el timonel comenzó á reanimarse muy visiblemente, se sentó ya derecho, habló más claro y más alto, y, en una palabra, parecía otro hombre positivamente.
La brisa nos ayudó de una manera admirable. _La Española_ se deslizaba ante ella con la ligereza de un pájaro; la costa de la isla corría, en apariencia, á nuestro lado, y á cada momento cambiaba la decoración que se presentaba á nuestra vista. Muy pronto dejamos atrás los terrenos altos y bordeando por una costa baja y arenosa sembrada de un pinar no muy espeso, que antes de mucho dejamos también á nuestra espalda, volteamos, al fin, la punta de la escabrosa montaña que limita la isla por el Norte.
Sentíame yo sobre manera engreído con mi nuevo carácter de Capitán de buque, y no menos contento con el tiempo claro y favorable que hacía, al par que con el variado panorama que mis ojos iban gozando sobre las costas. Tenía á la sazón agua suficiente, excelente comida, y por no dejar, mi conciencia, que no había cesado de remorderme por mi deserción, estaba ya harto sosegada pensando en la gran conquista que había hecho. Me había parecido que no me quedaba cosa alguna que desear, á no ser por los ojos del timonel que me seguían en todas mis maniobras con una mirada burlona, y por la sonrisa extraña que aparecía en sus labios incesantemente. Era aquella una sonrisa que llevaba en sí una mezcla de dolor y de maldad, huraña sonrisa de viejo, montaraz y agreste. Pero, además de eso, su semblante dejaba traslucir una expresión de escarnio, una sombra de no sé qué traidores pensamientos que bullían en su cabeza, pues, mientras yo trabajaba, él, con su mañoso disimulo, espiaba, y espiaba y espiaba sin cesar.
CAPÍTULO XXVI
ISRAEL HANDS
El viento, que parecía servirnos al pensamiento, cambió al Oeste. Esto facilitó muchísimo nuestro curso, de la punta Noreste de la isla hacia la embocadura de la Bahía septentrional. Sólo que, como no nos era posible anclar, y no nos atrevíamos á orillarnos hasta que el reflujo hubiera bajado bien, nos encontramos con tiempo de sobra. El timonel me dijo lo que debía hacer para poner el buque á la capa; después de dos ó tres ensayos desgraciados logré el objeto, y entonces los dos nos sentamos en silencio á tomar una nueva comida.
Hands fué el primero que rompió el silencio diciéndome con su mofadora y sardónica sonrisilla:
--Oiga Vd., Capitán. Aquí está rodándose de un lado para otro mi viejo camarada O'Brien. ¿No le parece á Vd. que sería bueno que lo echara Vd. á los pescados? Yo no soy muy delicado ni muy escrupuloso, por lo regular, ni me pica la conciencia por haberle cortado las ganas de hacer conmigo un picadillo; pero, al mismo tiempo, no me parece que ese trozo sea un adorno muy bonito, ¿Qué dice Vd. de eso?
--Digo, le contesté, que ni tengo la fuerza suficiente para hacer eso, ni es de mi gusto semejante tarea. Por lo que á mí hace, que se esté allí.
--Esta _Española_, Jim, continuó tratando de disimular, es un buque muy sin fortuna. Ya va una porción de hombres matados en pocos días, una porción de pobrecillos marineros muertos y desaparecidos desde que Vd. y yo tomamos pasaje á bordo de ella en Brístol. Nunca en mi perra vida me he metido en un buque tan de mala suerte. Y si no, aquí está ese pobre O'Brien; ya también se ha _enfriado_, ¿no es verdad? Bueno; pues lo único que yo digo es esto: yo no soy ningún estudiante y Vd. es un chicuelo muy leído y escribido que sabría sacarme de dudas, ¿El que se muere, se muere para de una vez, ó puede revivir algún día?
--Amigo Hands, le contesté, Vd. puede matar el cuerpo, pero no el espíritu; esto ya debe Vd. saberlo bien. O'Brien está ahora en otro mundo desde el cual puede que esté contemplándonos.