La isla del tesoro

Part 14

Chapter 144,037 wordsPublic domain

Á uno de los costados se veía yaciendo uno de los esquifes y Silver aparecía junto á una de las velas de popa. Al hombre aquel siempre me era fácil reconocerlo. Dos de los sublevados aparecían recargados en la balaustra; uno de ellos era el mismo hombre de la gorra encarnada que pocas horas antes había yo visto á horcajadas sobre la empalizada. Al parecer no hacían más que hablar y reir, aun cuando á la distancia á que yo me encontraba de ellos--algo más de una milla--no podía llegarme, por supuesto, ni una sola palabra de lo que conversaban. En aquel instante comenzó de repente el más horrendo é indescriptible rumor de alaridos que de pronto me alarmaron bastante, aunque luego reconocí, por fortuna, la voz de _Capitán Flint_ y aun me pareció distinguir al pájaro mismo, con su brillante plumaje verde, saltar sobre el puño de su amo.

Pocos momentos después ví que el esquife se movía empujado hacia la playa por el hombre de la gorra encarnada y su compañero que habían descendido á él por la porta de popa.

Al mismo tiempo que sucedía esto el sol se ocultaba tras la cumbre del "Vigía," y como la niebla se amontonaba rápidamente, todo comenzaba á ponerse oscuro de veras. Ví, en consecuencia, que no tenía tiempo que perder si es que debía encontrar el bote aquella misma tarde.

La _Peña blanca_, bastante visible sobre los arbustos, estaba todavía como á un octavo de milla distante de mí, hacia la parte baja de la _punta_, y así es que dilaté aún un poquillo antes de llegar á ella, teniendo, á trechos, que marchar en cuatro pies entre las zarzas y retamas. Era ya casi de noche cuando puse mis manos sobre sus ásperos y escabrosos costados. Justamente abajo percibí un pequeño hueco de verde césped, oculto por montoncillos de tierra y un matorralillo de arbustos no más altos que la rodilla, que crecían allí abundantemente, y en el centro de la hondonada, no me cabía duda, se miraba una pequeña tienda hecha de pieles de cabra, como las que los gitanos tienen la costumbre de llevar consigo en Inglaterra.

Me deslicé adentro de la cuenca, levanté uno de los lados de la tienda y allí, en efecto, estaba el bote de Ben Gunn, manufactura casera si alguna vez las hubo. Era éste una tosca estructura de madera correosa, apenas desmochada, y extendida sobre ella una piel de cabra con el pelo hacia adentro. Aquel juguete era en extremo pequeño, hasta para mí, y puedo difícilmente creer que hubiera podido sostenerse á flote con un hombre de talla ordinaria. Veíase en él un banco de remero tan bajo como era posible imaginarse, una especie de apoyo para los pies hacia la proa y unos dos canaletes ó remos para la propulsión.

Hasta aquel día jamás me había sido dable tener ante mis ojos uno de esos botes enteramente rudimentarios y primitivos usados por los antiguos pescadores bretones y aun parece que también por los egipcios, y que en la vieja Bretaña se llamaron _coracles_,[6] pero en aquel momento tenía un verdadero _coracle_ en mi presencia, y no me será posible dar mejor idea de él sino diciendo que era, sin duda alguna, igual al primero y más imperfecto aparato de flotación que fabricara el hombre. Pero la verdad es que, con todos los defectos del _coracle_, tenía, como este, la gran ventaja de ser en extremo ligero y portátil.

Ahora bien, se supondrá que una vez que hube encontrado mi bote tuve ya con eso bastante para sentirme satisfecho de mi truhanería por aquella vez; pero el caso es que, durante aquel tiempo, otra ocurrencia había venido á herir mi imaginación, y tanto me apasioné de ella que se me figura la habría llevado á cabo en las barbas del mismo Capitán Smollet. Esta ocurrencia fué la de aventurarme en aquel bote, protegido por la sombra de la noche, llegar suavemente hasta _La Española_, cortar el cable de su ancla y dejarla echarse sobre la playa á donde la llevara su buena ó mala ventura. Yo me había fijado en que, después de la lección que los rebeldes acababan de recibir aquel día, probablemente no encontrarían cosa mejor que hacer que levar anclas y lanzarse con la goleta al mar. Parecióme conveniente y grato de veras el impedirles llevar á cabo tal resolución y me afirmé en la practicabilidad de mi pensamiento cuando ví como dejaban al guardián de la nave, encastillado en ella, sin un sólo bote á su disposición.

Me senté, pues, á esperar que se hiciera bien densa la oscuridad y me puse, entretanto, á comer con gran apetito algunos de mis bizcochos. Era aquella una noche, única quizás, entre diez mil, para realizar mi propósito. La niebla había sepultado completamente el cielo y el horizonte. Conforme los últimos rayos del crepúsculo desaparecían, la oscuridad más completa caía sobre la Isla del Tesoro. Así es que, cuando concluí por echarme á cuestas el botecillo aquel y me encaramé como Dios me ayudó para salir de la hondonada en que acababa de cenar, no quedaban ya más que dos puntos visibles en todo el ancladero.

Uno de ellos era la gran hoguera encendida en la playa, en torno de la cual los derrotados piratas se consolaban de su desastre en medio de una tremenda borrachera, á orillas del juncal. El otro, que no era sino un reflejo de luz opaca rompiendo apenas las tinieblas, indicaba la posición del navío al ancla. La bajamar le había hecho describir un semicírculo completo en torno de su amarre, de manera que á la sazón la proa estaba vuelta hacia mí. Las únicas luces encendidas á bordo estaban en la popa y en la cámara, de suerte que el ligero resplandor que yo veía no era más que el reflejo, sobre la niebla, de los fuertes rayos luminosos que se escapaban de la ventanilla de popa.

La marea había bajado hacía ya mucho rato, así es que tuve que ir vadeando por largo trecho en una arena pantanosa en la cual varias veces me sumí hasta la pantorrilla, antes de que pudiera llegar al límite en que el agua seguía su marcha de retroceso. Con alguna fuerza y no escasa destreza vadeé el agua del mar como lo había hecho en la playa y con toda felicidad boté quilla-abajo mi _coracle_ sobre la movediza superficie.

CAPÍTULO XXIII

EL REFLUJO CORRE

El esquife de Ben Gunn, como yo me lo figuré desde antes, con sobra de razón, era un bote muy seguro para una persona de mi estatura y de mi peso, y tan ligero como boyante siguiendo su vía por el mar; pero era, al mismo tiempo, el más intratable y desobediente navichuelo que puede imaginarse para lo que se refería á su manejo. Por más que uno hiciera, él siempre se iba de lado, á sotavento, de preferencia á cualquiera otra dirección, así es que el ir siempre volteando y volteando era la maniobra que más se acomodaba con su naturaleza. Recuerdo que el mismo Ben Gunn me había dicho que su bote era extraño y difícil para manejar hasta que se le _cogía el modo_.

Y la verdad es que yo no le "sabía su modo." Entre mis manos iba y volvía en todas direcciones excepto en la que yo necesitaba. Nuestra marcha casi constante era sobre un costado, y tengo la seguridad de que, á no ser por la ayuda de la marea, jamás hubiera logrado llevar el barquichuelo aquel á donde yo quería. Por mi buena suerte, por más que yo remaba, el reflujo seguía arrastrándome siempre hacia abajo, en la dirección precisa en que yacía anclada _La Española_, de la que, por tanto, era punto menos que imposible desviarme.

Al principio no veía delante de mí más que un borrón, más negro aún que la misma oscuridad; á poco, casco, mástiles y cordaje comenzaron á tomar forma distinta á mis ojos y un momento después (que no fué más, supuesto que la corriente de la marea me arrastraba cada vez con mayor violencia), ya estaba mi botecillo al lado de la guindaleza de la cual me cogí en el acto.

La guindaleza estaba tan tirante como la cuerda de un arco, y la corriente era tan fuerte que mantenía á la goleta en una gran tensión sobre su ancla. En torno del casco la corriente bullía, escarceaba, y burbujante y murmuradora, se rompía sobre los costados de la goleta, como un arroyuelo que baja saltando por las vertientes de una montaña. No tenía, ya que hacer otra cosa sino dar un corte á aquella cuerda con mi navaja de á bordo, y _La Española_ se iría zumbando corriente abajo.

Todo eso estaba muy bueno; pero cuando ya me disponía á completar mi hazaña, me ocurrió repentinamente que una guindaleza cortada de súbito es una cosa tan peligrosa como un caballo que da coces. Las probabilidades eran diez contra una de que, si era bastante temerario para cortar á _La Española_ de su ancla, tanto mi navichuelo como yo teníamos que pagar demasiado caro aquel atrevimiento, con un naufragio casi seguro.

Esta consideración me detuvo en el acto y si la fortuna no me hubiera favorecido de nuevo de una manera muy particular, habría tenido que abandonar mi designio por completo. Pero los vientos mansos que habían comenzado á soplar de Sudeste y del Sur, habían cambiado, después de entrada la noche, en dirección del Sudoeste. Precisamente en el tiempo que yo gasté en reflexionar, vino una bocanada que cogió á la goleta, empujándola hacia la corriente y, con gran regocijo mío, sentí que la tensión de la guindaleza, que tenía aún cogida, disminuyó tanto que, por un momento, la mano con que la sujetaba se encontró sumergida dentro del agua.

Esto bastó para que yo formara mi resolución: saqué mi navaja, la abrí con los dientes y, con las mayores precauciones, fuí cortando, uno tras de otro, los hilos de aquella cuerda, hasta que la goleta quedó sostenida por dos únicamente. Entonces me detuve, esperando, para cortar estos dos últimos á que la tensión se aligerase de nuevo por otra ráfaga de viento.

Durante todo este tiempo no había cesado de oir voces que, partiendo de la cámara de popa, se elevaban en un diapasón bastante alto; pero á decir verdad, mi imaginación estaba de tal manera preocupada con otras ideas, que apenas si había prestado oído. Pero á la sazón, que ya tenía mucho menos que hacer, comencé á parar mientes algo más en lo que se decía.

Desde luego pude reconocer la voz del timonel Israel Hands, el antiguo artillero del buque del Capitán Flint. La otra era, por de contado, la de mi conocido el hombre del birrete rojo. Ambos estaban borrachos como una cuba, lo que no les impedía seguir bebiendo, pues durante mi escucha, uno de ellos, con un grito de ebrio, se asomó á la porta de popa y arrojó por ella un objeto que me pareció ser una botella vacía. Pero no solamente estaban bebidos, sino que pude cerciorarme fácilmente de que se encontraban en pleno estado de riña. Los juramentos menudeaban como granizos y á cada instante se dejaban oir tales explosiones de ira, que me pareció indudable que aquello iba á concluir á golpes. Sin embargo, una y otra de esas explosiones pasaron sin ir á más; las voces tornaban á gruñir en tono más bajo por algún rato, hasta que se presentaba la próxima crisis y pasaba, como las precedentes, sin resultados.

Allá, sobre la playa, distinguíase aún el resplandor de la gran hoguera del campamento, brillando vigorosa á través de los árboles de la playa. Alguien de entre los piratas estaba cantando una vieja y monótona canción marina, con un suspiro y un gorjeo al final de cada verso y, á lo que parecía, sin terminación posible, sino era la de la paciencia del cantador. Más de una vez durante la travesía oí esa misma cantinela, de la cual recordaba estos dos versos:

"_No tornó á bordo sino un hombre vivo,_ _Cuando eran, al zarpar, setenta y cinco._"

Parecióme aquel un estribillo muy dolorosamente adecuado á una tripulación como la nuestra que acababa de sufrir pérdidas tan crueles en la mañana misma de ese día. Pero, á la verdad, lo que yo ví por mí mismo me confirmó en la idea de que aquellos filibusteros eran tan insensibles como el mar sobre que navegaban.

La ráfaga de brisa que yo esperaba llegó al fin; la goleta se ladeó un poco y se acercó más á mí, en medio de la oscuridad. Una vez más sentí que la guindaleza se aflojaba en mi mano y con un bueno aunque penoso esfuerzo corté las últimas fibras que aún sujetaban á _La Española_.

La acción de la brisa sobre mi navichuelo era casi imperceptible, lo que no impidió que casi al punto me sentí arrastrado contra la proa de la goleta. Pero, libre ya de sus ligaduras, _La Española_ comenzó á girar sobre su propio eje, tornándose con lentitud á través de la corriente.

Trabajé como una furia, porque á cada instante esperaba verme sumergido, y tan luego como ví que me era imposible dirigir mi barquichuelo de modo de salir resueltamente del círculo que describía la goleta, preferí empujarlo en derechura hacia la popa. Por último me ví libre del alcance de mi peligrosa vecina, pero en el instante mismo en que imprimía el último impulso á mi _coracle_ mis manos tropezaron con una cuerda ligera que la goleta iba arrastrando á popa, de sobre la borda. Rápida é instintivamente me apoderé de ella.

¿Qué fué lo que dictó ese movimiento? Me sería muy difícil explicarlo: fué, como antes dije, un acto de mero instinto; pero no bien tuve en mis manos aquel cabo y me cercioré de que estaba bien sujeto por arriba, la curiosidad comenzó á sobreponerse en mí á todo otro sentimiento y determiné satisfacerla, echando una ojeada al interior del buque á través de la ventanilla de popa.

Fuí avanzando una mano y después otra por la cuerda, y cuando me creí á buena distancia, no sin un inmenso peligro, me icé cuidadosamente hasta una altura doble que la elevación de mi cuerpo, poco más ó menos, lo cual me permitió pasear la vista por el techo y una parte del interior de la cámara.

Á este punto tanto la goleta como su microscópico apéndice se iban ya escurriendo con bastante velocidad sobre las aguas y no cabía duda de que nos hallábamos á la altura del campamento de los piratas. El navío, como dicen los marineros, iba hablando en voz alta, hollando los incontables borbollones, con un bamboleo incesante y desordenado. No bien hube visto á través de la porta, comprendí por qué razón aquel bamboleo extraño no había provocado alarma alguna en los vigilantes de la goleta. Una ojeada me bastó para explicármelo, y debo añadir que una ojeada fué todo lo que me atreví á aventurar, desde aquel inseguro apoyo. Lo que ví fué que Hands y su compañero estaban allí encerrados juntos, empeñados en un combate encarnizado, cada uno con la mano echada á la garganta de su adversario.

Me deslicé otra vez sobre el travesaño de mi esquife, y á fe que ya era tiempo, pues con un segundo más de dilación habría sido hombre al agua infaliblemente. No podía ver nada por el momento, á no ser aquellas dos horribles caras amoratadas por la furia, retorciéndose en gestos abominables bajo la humeante lámpara: tuve, pues, que cerrar los ojos para acostumbrarlos de nuevo á la oscuridad por algún rato.

Cuando esto pasaba, la balada aquella cantada en el campamento, que amenazaba durar eternamente, había concluído ya, y la bien sisada compañía de piratas, reunida en torno del fuego, prorrumpía á la sazón en aquel coro que tan conocido me era:

"_Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto,_ _Son quince ¡yo--ho--hó! son quince ¡viva el rom!_ _El diablo y la bebida hicieron todo el resto,_ _El diablo ¡yo--ho--hó! el diablo ¡viva el rom!_"

Precisamente, pensaba yo, á aquella misma hora ¡qué ocupados andaban la bebida y el diablo en la cámara de _La Española_! En esto sorprendióme sobremanera sentir que mi esquife zozobraba repentinamente; guiño de una manera viva y pareció cambiar de dirección. Observé, al mismo tiempo, que la rapidez de la marcha aumentaba de una manera extraña.

La sacudida me había obligado á abrir los ojos. En todo mi derredor advertí pequeñas hinchazones del agua que se entumecía acompañada de un sonido agudo y áspero, y presentaba reflejos fosforescentes. La misma _Española_, en cuya estela iba yo arrastrado á pocas yardas de distancia, me pareció que tambaleaba en su curso y que sus mástiles y cordaje se echaban un poco de lado, contra la negrura de la noche; más aún: examinando con más atención, no me cupo duda de que la goleta iba rodando rumbo al Sur.

Dí una rápida ojeada sobre mi hombro y el corazón me dió un vuelco terrible, presa del espanto. Allí, precisamente á mi espalda se veía el resplandor de la hoguera del campamento. La corriente había volteado en ángulo recto, barriendo con ella en su curso rápido, lo mismo al alto buque que al diminuto y danzarín _coracle_. Y á cada instante su velocidad aumentaba, y cada vez brotando más altas sus burbujas, cada vez murmurando más y más recio corría y corría alejándose á través del estrecho para engolfarse en alta mar.

De repente la goleta que iba á mi frente dió una guiñada violenta, volteando quizás como unos veinte grados, y casi en el acto se oyeron á bordo exclamaciones, una tras de otra, y luego el ruido de pasos precipitados en la escala de la carroza. Era, pues, evidente, que los dos borrachos se habían dado cuenta, al cabo, del desastre que interrumpía su querella y los hacía despertar á la realidad.

Me tendí entonces boca abajo en el fondo de mi esquife y de todas veras encomendé mi alma á Dios, porque creí llegado mi último momento. Tenía por cosa inevitable que, á la salida del estrecho, deberíamos embarrancar en algún arrecife ó estrellarnos contra algunas rompientes enfurecidas, en las cuales todas mis cuitas encontrarían un pronto término. Pero aun cuando no me asustaba tanto la muerte en sí, me era imposible ver con serenidad el género de ejecución capital que se aproximaba por instantes.

En aquella posición debo haber permanecido horas enteras, empujado de aquí para allá sobre las altas olas, mojado de cuando en cuando por la espuma que volaba en copos, y creyendo sin cesar que á la primera sumergida me aguardaba la muerte. Gradualmente la lasitud y el cansancio se fueron apoderando de mi estropeado cuerpo; luego un entorpecimiento extraño, un estupor desusado cayeron sobre mí, aun en medio de mis terrores, hasta que el sueño llegó, por último, y en aquel mi traído y llevado esquife, dormí, dormí soñando con mi casa y con mi viejo "_Almirante Benbow_."

CAPÍTULO XXIV

EL VIAJE DEL "CORACLE"

Era ya día claro cuando desperté y me encontré caracoleando sobre las olas al Sudoeste de la isla. El sol se había ya levantado, pero todavía estaba, para mí, oculto tras de la gran peña del "Vigía" que, por aquel lado, casi bajaba hasta el mar en riscos formidables.

El Crestón de Bolina y el Cerro de Mesana estaban, por decirlo así, al alcance de mi mano: el uno, negro y desnudo; el otro, rodeado de riscos de cuarenta á cincuenta pies de altura y franjeado con grandes cantidades de rocas desprendidas. No estaba yo á más de un cuarto de milla distante de la costa, por lo cual mi primer pensamiento fué remar y saltar en tierra.

Pero muy luego tuve que desistir de semejante idea. Sobre las rocas desparramadas en la costa, las olas se desgajaban en mil pedazos, bramando enfurecidas; un trueno sucedía á otro trueno y una explosión de espuma á otra explosión, segundo por segundo, lo que me hizo comprender que, si me aventuraba á aproximarme, ó tendría que perecer estrellándome contra la escarpada orilla, ó que gastar mi fuerza, tratando de escalar, en vano, los enhiestos despeñaderos.

Pero no era eso todo. Como queriendo reunirse para arrastrarse juntos sobre una misma meseta de rocas, ó precipitándose al agua con estrépito formidable, percibí una multitud de monstruos marinos, colosales, viscosos, horrendos, que se me figuraron inmensos y blandos caracoles de dimensiones increíbles. Creo que había allí unos cuarenta ó cincuenta de ellos, haciendo retumbar los huecos de las rocas con sus espantables gritos.

Después he sabido que aquellos animales no eran sino focas ó becerros marinos, enteramente inofensivos. Pero su aparición en aquellos momentos, añadida á lo escabroso de la playa y á la violencia desusada con que se rompían las olas sobre ella, acabó por quitarme completamente toda gana de bajar á tierra en semejante paraje. Más que á desembarcar allí me sentí dispuesto á morir de hambre en medio del océano, por no afrontar aquellos peligros.

Pero lo cierto es que tenía en espectativa una oportunidad mucho mejor de lo que yo suponía. Al Norte del Crestón de Bolina, la tierra ofrece una larga prolongación que deja, á la hora de la bajamar, una cinta de arena amarillenta al descubierto. Al Norte de esa cinta, aparece otro cabo--el _Cabo de la Selva_, según lo marcaba la carta--sepultado literalmente en una masa de altísimos pinos que bajaban hasta la misma orilla del mar.

Recordé lo que había dicho Silver acerca de la corriente que se dirige hacia el Norte, siguiendo en toda su longitud la costa occidental de la isla, y viendo, por mi posición, que me encontraba yo dentro de aquélla, preferí dejar á mi espalda el Crestón de Bolina y reservar mi fuerza para una intentona de desembarque en el Cabo de la Selva, cuyas playas eran, sin duda, mucho más abordables y seguras.

Había, á la sazón, una gran cantidad de tumefacciones suaves sobre el mar. El viento, que soplaba manso pero firme, de Sur á Norte, no era obstáculo sino más bien ayuda para seguir el curso de la corriente y las oleadas alzaban y abatían sus ondas sin despedazarlas.

Á no haber sido así, es indudable que mucho tiempo hacía que hubiera perecido; pero yendo como iba, era de maravillar con qué facilidad y cuán seguramente mi ligero botezuelo cortaba el agua. Con frecuencia, desde el fondo en que me mantenía aún oculto, me era dable divisar cerca, muy cerca de mí, una gran cima azul, sobresaliendo de la regala de la borda. Aquella era una oleada, pero mi _coracle_ no daba más que un ligero brinco, y listo como un pájaro caía en un instante al otro lado en la hamaca que formaba el espacio que dividía las dos olas entre sí.

Comencé entonces á cobrar bríos y me senté para poner á prueba mi habilidad al remo. Pero el cambio más insignificante en la disposición del peso, en una cascarita como aquella, produce los resultados más violentos en su continente y marcha. Así es que, no bien me había movido para sentarme, haciendo cesar desde luego su suave y acompasado balanceo anterior, cuando me sentí arrojado directamente hacia abajo, y al sesgo contra una ola bastante brava cuyo golpe me aturdió, al par que la espuma, azotando sobre la pequeña proa, se desbarataba contra ella alzándose casi tan alto como la ola que venía.

Á un mismo tiempo me sentí calado por el agua, y presa del terror, por lo cual sin más dilación volví á colocarme en la postura que antes tenía, con lo cual el botecillo pareció enderezarse de nuevo y llevarme tan suavemente como al principio sobre las crestas de las grandes olas. Era evidente que había que dejarlo ir á su antojo, sin meterme á gobernarlo; pero la cuestión era que, á aquel paso ¿qué esperanza me quedaba de ganar la playa?

Comencé, pues, á sentirme grandemente aterrorizado, pero, no obstante, no perdí del todo la cabeza. Antes que todo, y procurando moverme lo menos posible, vacié gradualmente el agua que se me había colado en el brinco exabrupto de hacía un rato, usando para esta operación mi gorra marina. Una vez hecho esto volví á echar una nueva ojeada sobre la regala de la borda y traté de explicarme por qué razón mi _coracle_ se deslizaba con tanta facilidad á través de las fuertes oleadas.

Advertí entonces que cada ola, en vez de la montaña suave, luciente y enorme que se ve desde tierra ó desde la cubierta de un navío, no era sino como una cadena de montañas de tierra firme, erizada de picos hacia arriba y rodeada de sitios suaves y valles abiertos. Mi botezuelo, abandonado á sí mismo, volteaba de un lado para otro, se devanaba, por decirlo así, serpeando por las partes más bajas del agua, evitando siempre trepar á las cimas ó aventurarse á los declives peligrosos de aquellas líquidas alturas.