La isla del tesoro

Part 10

Chapter 103,978 wordsPublic domain

Al escuchar esto, no me cupo duda sobre que aquel desgraciado se había vuelto loco en su soledad, y supongo que debo haber dejado conocer mi pensamiento en mi semblante, porque él se apresuró á repetir calurosamente:

--¡Rico, rico, sí señor! Yo te diré cómo y haré de tí todo un hombre, Jim. ¡Ah, muchacho, dale á Dios una y mil veces gracias de que hayas sido tú la primera criatura humana que se ha encontrado conmigo!

Pero no bien había pronunciado estas palabras su semblante se oscureció repentinamente, como si se viese asaltado por una idea ingrata; estrechó mi mano con mayor fuerza entre las suyas y levantó el dedo índice ante mis ojos con un ademán amenazador diciendo:

--Pero ante todo Jim, dime la verdad... ¿no es ese de allí el buque del Capitán Flint?

Oyendo esto me vino una inspiración rápida y feliz. Comencé á creer que lo que yo había encontrado, era un aliado, y en tal concepto me apresuré á contestarle:

--No, por cierto. Flint ha muerto. Pero si le he de decir á Vd. la verdad, como Vd. me lo pide, á bordo de esa goleta vienen varios de los hombres del tal Flint, por desgracia de todos los demás de la partida.

¿No viene un hombre con una sola pierna?, murmuró Ben Gunn.

--¿Silver?, le pregunté.

--¡Ah! ¡Silver!, contestó él. ¡Silver! ¡eso es... ese es su nombre!

--Es el cocinero de á bordo y al mismo tiempo el cabecilla ó director de esos hombres.

Al llegar aquí, Ben Gunn, que todavía me tenía cogido por la muñeca, dióme una especie de fuerte sacudida.

--Si tú has sido enviado aquí por John Silver, dijo, yo estoy ya tan bueno como un cerdo, muy bien lo sé. ¿Pero en qué pensaste tú, muchacho?

Yo había ya formado mi resolución en un instante, así es que, por vía de respuesta, le conté la historia completa de nuestro viaje y el difícil predicamento en que nos encontrábamos á aquellas horas. Escuchóme él con el más profundo interés y cuando hube concluído exclamó dándome una palmadilla en la cabeza:

--Jim, tú eres un buen muchacho, y tú y los tuyos están en un apuro del demonio, ¿nó es esto? Pues no tengas cuidado. Ten confianza en mí. Ben Gunn es el hombre para sacarlos de su varadero. Pero antes dime, ¿crées tú que tu Caballero resultará ser un hombre bastante liberal para quien sepa sacarlo del aprieto en que se ve metido?

--¡Oh! en cuanto á eso, el Caballero es el hombre más liberal y generoso que yo he conocido, le respondí.

--Pero hay que ver bien, dijo Ben Gunn; yo no quiero decir que me recompensará dándome una covacha de conserje para guardar una puerta; ó una librea dorada de lacayo, ó cosa por el estilo. ¡Oh, no! Lo que yo quiero decir es que si me daría, por ejemplo, un buen millar de libras esterlinas, contantes y sonantes, que es tanto cuanto puede apetecer para ser dichoso un hombre como yo. ¿Qué dices tú?

--Pues digo que estoy seguro de que sí lo haría, le respondí yo. Tal como venían las cosas todos los expedicionarios estábamos llamados á dividirnos la hucha.

--¿Y me dará también un pasaje á Inglaterra?, añadió con una mirada recelosa y desconfiada.

--¿Pues cómo no?, le dije. El Sr. de Trelawney es un hombre de honor. Y además de esto, ¿no ve Vd. que si con su auxilio logramos desembarazarnos de los otros, necesitaríamos de Vd. sin remedio para ayudarnos á maniobrar el buque?

--¡Ah! ¡pues es verdad!, replicó Ben Gunn. ¡Yo les sería indispensable!

Y con esto pareció como aliviado de un gran peso.

--Ahora, prosiguió, voy á contarte cómo pasaron los sucesos, ni más ni menos. Yo estaba á bordo del buque de Flint cuando éste sepultó aquí su tesoro. Él se vino á tierra con seis hombres, grandes, fuertes. Permanecieron aquí cerca de una semana, y nosotros, entre tanto, allá afuera... esperando... anclados en el fondeadero, en su viejo buque el _Walrus_. Un hermoso día, vimos por fin la señal esperada. Flint venía por sí solo... solo enteramente en su pequeño bote, con su cabeza vendada con una banda azul... El sol comenzaba á levantarse y él aparecía pálido... pálido como un muerto junto al tajamar... ¡Pero allí estaba, eso sí! En cuanto á los otros seis... ¡todos muertos! ¡muertos y enterrados!... ¿Cómo se arregló para ello? Ninguno de los que íbamos á bordo pudo averiguarlo nunca, ¿Fué lucha leal, asesinato, sorpresa, que fué?... ¡Quién sabe! Lo único que sabíamos es que ellos eran seis y él no era más que uno... ¡uno contra seis! Billy Bones era el piloto del barco; John Silver era el contramaestre y ambos le preguntaron dónde quedaba oculto el tesoro.--"¡Ah!, contestó él, si Vds. quieren ir á averiguarlo pueden irse á tierra y quedarse allí buscando. Lo que es el barco vuelve á la mar en busca de más, con mil diablos!" Eso fué lo que él dijo!... Tres años después de aquello me cupo en suerte venir en otro buque. Cuando vimos la isla yo dije:--"Ea, muchachos; el tesoro del Capitán Flint está aquí. ¡Vamos bajando á tierra y encontrémoslo!"--El Capitán se disgustó con esto, pero mis camaradas fueron todos de mi opinión y bajamos á tierra. Doce días consecutivos buscaron y buscaron en vano. Creían que yo les había jugado una horrible burla y cada día me llenaban de nuevos y más duros insultos, hasta que una mañana, ya cansados y sin esperanzas se volvieron todos á bordo.--"Por lo que hace á tí Benjamín Gunn, me dijeron al partir, aquí tienes un mosquete, un pico y una azada: quédate aquí y encuentra para tí solo el tesoro del Capitán Flint!"... Tres años hace de esto, Jim; tres años que he estado aquí sin probar un solo platillo de cristianos, hasta hoy!... Pero, dime ahora... mírame... ¿tengo yo el aspecto de un marinero?... ¡Ya te oigo murmurar que no!... ¡Ah!, es que yo también lo digo... yo... ¡yo mismo!

Al decir esto me guiñó los ojos y me oprimió la mano fuertemente. Y luego prosiguió:

--Tú nada más repítele á tu Caballero mis propias palabras, Jim. Díle esto: "Tres años hace que Ben Gunn es el único habitante de esta isla, lo mismo á la hora de la luz que en medio de la noche, lo mismo en la tempestad que en el buen tiempo. Tal vez algunas ocasiones ese pobre--díle--tal vez ha pensado en su anciana madre, que anciana ha de ser si vive aún; quizás, á veces, habrá caído de rodillas para decir una oración. Pero la mayor parte del tiempo de Ben Gunn se ha empleado en otro asunto." Y al decirle esto le darás un pellizco como este que te doy aquí.

É hízolo como lo decía, de la manera más confidencial que imaginarse pueda, prosiguiendo en el acto:

--Pero continuarás al punto y le dirás: "Gunn es un buen chico, no cabe duda y él _deposita él precioso don_ de su confianza, _deposita él precioso don_ de su confianza--no olvides decírselo con esas mismas palabras--en un Caballero por nacimiento, más que en cualquiera de esos "_caballeros de la fortuna_" de los cuales él ha sido uno."

--Pero vamos allá, le dije yo; prescindiendo de que no alcanzo á entender una palabra de todo lo que me ha estado Vd. diciendo aquí, ¿cómo podría yo repetírselo al Caballero si no veo la posibilidad de volver á bordo?

--¡Ah! allí está la vuelta del cabo! Y bien, aquí está mi bote; mi bote que yo he fabricado con mis propias manos. Yo lo tengo oculto bajo la peña blanca. Si sucede lo peor de lo peor, creo debemos intentar esa travesía después de que oscurezca...

En este punto tuvo que interrumpirse bruscamente, porque aun cuando el sol tenía todavía una hora ó más que alumbrar hasta ocultarse en el horizonte, oímos repentinamente, repetido por todos los ecos de la isla, el trueno imponente de un cañonazo.

--¡Eh! ¿qué es eso?, preguntó Ben Gunn.

--Es que han comenzado á batirse, le contesté. ¡Sígame Vd.!

Y olvidando en aquel punto todos mis terrores precedentes me dí á correr hacia la rada, en dirección del ancladero, acompañado por el hombre _aislado_ que corría junto á mí velozmente, sobre sus cacles de piel de cabra, con gran ligereza y facilidad.

--¡Á la izquierda! ¡á la izquierda!, me decía. ¡Cárgate siempre hacia la izquierda, camarada!, repetía. ¡Quién diría que yo voy aquí bajo los árboles, contigo! Mira, allí es donde maté mi primera cabra. Ahora ya no bajan hasta acá; ahora las tienes siempre encaramadas en sus masteleros, allá entre las jarcias y los motones de sus montañas, todo, no más que por miedo de Ben Gunn! ¡Ah! mira tú... ¡allí tienes el cementerio! ¿no ves sus terraplenes?... Cuando por mis cuentas creo que debe ser domingo, sabes tú,... suelo venir aquí y me arrodillo y rezo. No tiene esto muchas trazas de capilla, ni siquiera de una pobre ermita, ¿no es verdad?... pues, mira tú... yo le encuentro no sé qué cosa de solemne y de imponente. Y luego, ya lo ves, no he tenido las manos muy llenas... ni una biblia, ni una enseña... y en cuanto á capellán, pues... ni soñarlo.

Y seguía así, charla y charla mientras corríamos, sin esperar ni recibir respuesta alguna.

Un rato considerable había trascurrido después del disparo del cañón, cuando oímos una descarga de armas de menos calibre.

Siguióse otra pausa, y luego, á menos de un cuarto de milla frente á mí, divisé repentinamente en el aire, flotando sobre las cimas de los árboles del bosque, la gloriosa bandera de Inglaterra.

PARTE IV

_LA ESTACADA_

CAPÍTULO XVI

EL DOCTOR PROSIGUE LA NARRACIÓN Y REFIERE CÓMO FUÉ ABANDONADO EL BUQUE

Sería la una y media de la tarde cuando los dos botes de _La Española_ se fueron á tierra. El Capitán, el Caballero y yo estábamos discurriendo acerca de la situación en nuestra cámara de popa. Si hubiera soplado en aquellos momentos la brisa más ligera, hubiéramos caído por sorpresa sobre los seis rebeldes que se nos había dejado á bordo, hubiéramos levado anclas y salido á alta mar. Pero el viento faltaba de todo punto y para completar nuestro desamparo, vino muy pronto Hunter á traernos la nueva de que Hawkins se había metido en uno de los botes y marchádose con los expedicionarios de la isla.

Jamás nos ocurrió poner en duda la lealtad de Hawkins, pero sí nos pusimos en alarma por su vida. Con la excitación en que aquellos hombres se encontraban nos parecía que sólo una casualidad podía hacer que volviésemos á verle vivo. Corrimos sobre cubierta. El calor era tal que la brea que unía la juntura de los tablones comenzaba á burbujar, derritiéndose; el nauseabundo hedor de aquel sitio me ponía verdaderamente malo, y si alguna vez hombre alguno absorbió por el olfato los gérmenes de mil enfermedades infecciosas, ese fuí yo, sin duda, en aquel abominable fondeadero. Los seis sabandijas estaban sentados á proa, refunfuñando á la sombra de una vela. Hacia la playa podíamos divisar los botes sujetos á tierra, y á un hombre de los de Silver, sentado en cada uno de ellos. Uno de aquellos dos conjurados se divertía silbando el "_Lilibullero_."

Esperar era una locura, así es que decidimos que Hunter y yo iríamos á tierra en el serení[5] en busca de informes y para explorar el terreno.

Los botes se habían recargado sobre su derecha, pero Hunter y yo remamos rectos en dirección de la estacada marcada en nuestro mapa. Los centinelas y guardianes de los esquifes parecieron desconcertarse un tanto con nuestra aparición. El "_Lilibullero_" cesó de oirse y pude ver á aquel par de alhajas discutiendo lo que debían hacer. Si se hubieran marchado para avisar á Silver lo que ocurría, abandonando sus botes, es claro que las cosas hubieran pasado de muy distinta manera; pero supongo que tenían sus órdenes y, en consonancia con ellas, decidieron permanecer tranquilamente en donde estaban y muy luego oímos que la música de "_Lilibullero_" comenzaba de nuevo.

Había en aquel punto una ligera curva en la costa y yo no perdí tiempo remando cuan fuertemente pude para ponerla entre los hombres de los esquifes y nosotros, de tal suerte que antes de que llegásemos á tierra ya nos habíamos perdido mutuamente de vista. Salté por fin en la playa y púseme á correr tan de prisa como podía atreverme á hacerlo, desplegando sobre mi cabeza un gran pañuelo de seda blanco para evitar la insolación y con un buen par de pistolas, enteramente listas, por precaución, contra cualquiera sorpresa.

No había recorrido aún cien yardas cuando llegué á la estacada.

He aquí lo que había en ella: una fuente de agua límpida y clara brotaba casi en la cumbre de la colina; sobre ésta, y encerrando la fuente por supuesto, se había improvisado una espaciosa cabaña de postes de madera, arreglada de manera de poder encerrar unas dos veintenas de hombres, en caso de apuro, y con troneras para mosquetes por todos lados. Al derredor de esta cabaña habíase limpiado un espacio considerable y, para completar la obra, se había levantado una empalizada bastante fuerte, como de seis pies de elevación, sin ninguna puerta ó pasadizo, con resistencia suficiente para no poderla echar por tierra sino con tiempo y trabajo, pero bastante abierta para que no pudiera servir de parapeto á los sitiadores. Los que estuvieran en posesión de la cabaña del centro podían llamarse dueños del campo y cazar á los de afuera como perdices. Lo que se necesitaba allí era una vigilancia continua y provisiones, porque á menos de una completa sorpresa, los sitiados podían sostenerse muy bien contra un regimiento entero.

En lo que yo me fijé entonces de una manera más particular fué en la fuente, porque aun cuando en nuestro castillo de popa de _La Española_ teníamos armas y municiones en gran cantidad, y abundancia de víveres y vinos excelentes, lo cierto es que de una cosa estábamos ya bien escasos, y era de agua. Estaba yo preocupado con este pensamiento, cuando de pronto llegó á mis oídos distintamente, desde algún punto de la isla, el grito supremo de un hombre que se moría. Yo he servido á Su Alteza Real el Duque de Cumberland y aun fuí herido yo mismo en Fontenoy, pero en aquel instante mi pulso se detuvo y no pude menos que verme asaltado por esta idea: "_¡Han matado á Hawkins!_"

Haber sido uno un viejo soldado es ya algo, pero es todavía más haber sido médico. No tiene uno tiempo para vacilaciones ni cosas inútiles, así es que en un instante formé mi resolución y sin perder un segundo regresé á la playa y salté de nuevo á bordo del serení.

Por fortuna Hunter era un remador de fuerza. Hicimos volar á nuestro botecillo y muy pronto estábamos ya al costado de _La Española_, á cuyo bordo subimos á toda prisa.

Encontré á todos emocionados, como era natural. El Caballero estaba sentado, lívido como un papel, lamentando ¡alma de Dios! los peligros á que nos había traído. Uno de los seis hombres quedados á bordo estaba ya en mejores condiciones.

--Allí hay un hombre, dijo el Capitán Smollet apuntando hacia él, que es novicio en la obra de estos malvados. Ha venido aquí, á punto de desmayarse, en cuanto que oyó aquel grito de muerte. Con otra vuelta de cabrestante lo tenemos con nosotros, eso es seguro.

Expliqué entonces al Capitán Smollet cuál era mi plan, y entre los dos arreglamos los detalles de su realización.

Pusimos á nuestro viejo Redruth en la estrecha galería que, como se recordará, era la única comunicación posible entre la popa y el castillo de proa, dándole tres ó cuatro mosquetes cargados y poniéndole un colchón por vía de barricada para protegerle. Hunter trajo el botecillo de manera de colocarlo precisamente bajo la porta de popa y Joyce y yo nos pusimos inmediatamente á la obra de cargar en él botes de pólvora, mosquetes, bultos de bizcochos, galletas, jamón, una damajuana de _cognac_ y mi inestimable estuche de cirujía.

Entre tanto el Caballero y el Capitán permanecían sobre cubierta y el último de ellos hacía al timonel la siguiente amistosa y cortés intimación:

--Amigo Hands, aquí nos tiene Vd. á dos personas con dos pistolas cada una. Si alguno de Vds. seis hace el menor movimiento para acercársenos puede tenerse por hombre al agua.

Los hombres aquellos deliberaron un corto rato y después de su pequeño consejo de guerra se fueron dejando caer uno tras de otro, de la _carroza_, abajo, pensando, sin duda alguna, cogernos por la retaguardia. Pero en cuanto que se encontraron con Redruth esperándolos, mosquete en mano, en la estrecha galería de comunicación, volvieron otra vez á querer recobrar su lugar primitivo á proa, apareciendo sobre cubierta la cabeza de uno de ellos por una escotilla.

--¡Abajo otra vez, perro pirata!, le gritó el Capitán, ó te vuelo la tapa de los sesos!

La cabeza aquella se hundió de nuevo como por encanto en la escotilla y por entonces nada volvimos á oir ni á saber de aquellos miserables.

Mientras esto pasaba, nuestro ligero serení estaba ya tan cargado como era racional ponerlo. Joyce y yo saltamos por la porta de la popa y tornamos á remar hacia la playa, tan de prisa como nuestras fuerzas nos lo permitían.

Este segundo viaje despertó ya de una manera indudable la alarma de los vigilantes de los esquifes. "_Lilibullero_" fué dado de mano otra vez, y precisamente antes de perderlos de vista tras del pequeño cabo de la playa, uno de ellos había ya saltado á tierra y desaparecido rápidamente. Estuve entonces á punto de cambiar de táctica é irme derecho á sus botes y destruírselos, pero temí que Silver estuviese por allí demasiado cerca con los restantes y era en tal caso muy posible que todo se perdiera por querer hacer demasiado.

Muy pronto llegamos de nuevo á tierra al mismo lugar que en el viaje precedente. Los tres hicimos el primer trasporte del bote hasta la cabaña, muy bien cargados, y depositamos allí nuestras armas y provisiones. Dejamos entonces á Joyce en la palizada, de guardia para custodiar nuestro depósito, y aunque es verdad que se quedaba solo enteramente, tenía á su disposición media docena de mosquetes muy bien preparados. Hunter y yo volvimos otra vez al botecillo, tornamos á cargar lo más que pudimos y regresamos á la estacada. Así continuamos, casi sin tomar aliento, hasta que toda la carga puesta en el bote había sido trasladada á la cabaña en la cual los dos criados tomaron definitivamente sus posiciones, mientras yo, con todas mis fuerzas, remaba otra vez en el ya ligero serení hasta llegar de nuevo á _La Española_.

El arriesgar una segunda cargada era, en realidad, menos atrevido y peligroso de lo que parecía. Es cierto que ellos tenían la ventaja del número, pero nosotros teníamos la de las armas. Ninguno de los hombres que estaban en tierra llevaba un mosquete consigo y así es que, antes de que hubieran podido acercársenos á tiro de pistola, es seguro que nosotros hubiéramos dado buena cuenta de ellos.

El Caballero estaba espiándome en la porta de popa, ya restablecidos su valor y su ánimo. Cogió el cabo de la amarra que yo le arrojé, lo sujetó arriba y comenzamos á hacer ya un cargamento de verdadera vitalidad para nosotros, consistente en carne, pólvora y bizcochos, sin añadir más armas que un mosquete y un sable por cabeza para el Caballero, para mí, Redruth y el Capitán. El resto de las armas y la pólvora los arrojamos al agua á dos brazas y media de profundidad, de manera que podíamos distinguir el limpio acero de los mosquetes brillando con los reflejos del sol, allá abajo en el fondo limpio y arenoso del ancladero.

Á esta hora la marea comenzaba ya á bajar y el buque empezaba á columpiarse en torno del ancla. Oímos voces llamándose mutuamente, muy lejos y muy débiles, allá en dirección de los esquifes, y aun cuando esto nos tranquilizó por lo que hacía á Joyce y á Hunter que, por lo visto, quedaban todavía en su posición del Este sin ser molestados, nos hizo comprender, sin embargo, que nosotros debíamos darnos prisa.

Redruth, entonces, abandonó su trinchera de lana en la galería y se replegó al bote con nosotros. Dirigido el pequeño serení por el Capitán Smollet en persona, dimos vuelta al buque y nos vinimos á colocar junto á la escotilla de proa.

--Ahora, amigos, gritó el Capitán, ¿me oyen Vds.?

Ni una voz respondió sobre cubierta.

--¡Es á tí, Abraham Gray, á quien hablo!...

El mismo silencio anterior.

--¡Gray!, volvió á decir el Capitán en voz más alta aún, en este mismo momento voy á dejar este buque y como tu Capitán que soy te ordeno que me sigas. Yo sé que tú eres, en el fondo, un buen muchacho y hasta me atrevo á decir que ninguno de los seis que están allí es tan malo como aparenta serlo. Aquí tengo en la mano, mi reloj abierto: te doy treinta segundos de plazo para que te me reunas.

Hubo un silencio nuevo.

--Ven pronto, muchacho mío, continuó el Capitán: no te detengas tanto en vacilaciones. Estoy aquí exponiendo mi vida y la de estos excelentes caballeros cada segundo que pasa.

Oyóse entonces el ruido repentino de una pendencia, el rumor de golpes cambiados, y en unos cuantos segundos apareció Abraham Gray en la porta, con una herida de arma blanca en una de sus mejillas, pero corriendo presuroso á la llamada del Capitán como un perro puede venir al silbido de su amo.

--¡Estoy con Vd. mi Capitán!, dijo aquel leal chico.

Un instante después, con Gray ya á bordo, habíamos empujado de nuevo nuestro barquichuelo en dirección á la playa.

Y cierto es que nos encontrábamos ya fuera de la peligrosa goleta, pero ¡ay! aún no nos veíamos en tierra, dentro del recinto de la estacada.

CAPÍTULO XVII

EL DOCTOR, CONTINUANDO LA NARRACIÓN, DESCRIBE EL ÚLTIMO VIAJE DEL SERENÍ

Este quinto viaje fué ya, sin embargo, bien distinto de los precedentes. En primer lugar aquella cascarita de nuez en que íbamos estaba demasiado cargada. Cinco hombres, de los cuales Redruth, el Capitán y Trelawney eran de más de seis pies de altura, era más de lo que nuestro botecillo podía racional y cómodamente cargar. Añádase á esto la pólvora, las armas y las provisiones de boca, y se comprenderá que el serení se balancease de una manera inquietante, alojando agua de cuando en cuando, por la popa, á un grado tal, que todavía no habíamos andado cien yardas y ya una buena parte de mis vestidos estaba mojada hasta no poderse más.

Hízonos el Capitán que aparejásemos el bote compartiendo el peso más proporcionalmente, lo que nos apresuramos á ejecutar, consiguiendo equilibrarlo un poco mejor. Pero aun así no dejábamos de sentirnos con el temor, no del todo infundado, de zozabrar.

En segundo lugar, el reflujo producía, á la sazón, una fuerte corriente de olas en dirección poniente, atravesando la rada y moviéndose en seguida hacia el sur, en dirección del mar, por el estrecho que nos había franqueado el paso en la mañana hasta el ancladero. Las olas, de por sí, eran ya un peligro para nuestro sobrecargado esquife, pero lo peor de todo era que la dicha corriente nos arrastraba fuera de nuestra vía, y lejos del lugar de la playa en que teníamos que desembarcar, tras de la punta de que ya he hablado. Si permitíamos á la corriente realizar su obra, el resultado iba á ser que antes de mucho nos encontrásemos en tierra, es verdad, pero precisamente al lado de los esquifes de los piratas, que quizás no tardarían mucho en presentarse.

--Me es imposible enderezar el rumbo hacia la estacada, Capitán, dije yo que iba sentado al timón, en tanto que él y Redruth que estaban de refresco, llevaban los remos. La marea nos arroja constantemente hacia abajo; ¿no podrían Vds. remar un poco más fuerte?

--No sin echar el bote á pique, contestó. Sostenga Vd. el gobernalle inmóvil hasta que vea Vd. que vamos ganando la vía.

Hice lo que se me indicaba y pronto ví que, si bien la marea continuaba empujándonos hacia el poniente, muy luego logramos que el bote enderezara la proa al Este siguiendo una línea que marcaba precisamente un ángulo recto con el camino que debíamos tomar.

--De esta manera no vamos á tocar tierra jamás, dije yo.