La Isabelina

Part 9

Chapter 94,125 wordsPublic domain

En tanto, Chamizo terminó los preparativos de viaje, y al anochecer marchó a casa de Celia a contarle lo que ocurría y cómo iba a ir a Barcelona. Ella felicitó por su supuesta habilidad a don Venancio e insistió para que influyera en Aviraneta y le quitara de la cabeza toda idea de abandonar a los infantes. Celia pintó al ex claustrado un porvenir muy risueño.

Al día siguiente, por la mañana, antes de la hora convenida, se presentó Aviraneta en casa de Chamizo.

Venía de hablar con el coronel Obregón, el agente del infante don Francisco, y con un tal Ríos que le acompañaba, capitán de Urbanos, que era preceptor de los hijos del conde de Parcent.

Este Ríos afirmó delante de don Eugenio que la Reina María Cristina era en el fondo carlista, que creía que su cuñado Carlos era el que tenía la razón y el derecho en la cuestión dinástica, y que estaba dispuesta a entenderse con él. De aquí que la infanta Luisa Carlota y el infante don Francisco quisieran compartir con ella la Regencia para impedirla que hiciera traición a los liberales.

Aviraneta contó esta versión a Chamizo.

--¿Qué le parece a usted?

--¡Qué sé yo lo que habrá de cierto en eso!

Aviraneta traía cinco mil pesetas: cuatro mil que le había dado el coronel Obregón de parte de los infantes, y mil Calvo de Rozas.

Guardaron tres mil pesetas en un rincón del armario de libros de don Venancio y fueron a almorzar a la fonda de Genies, en compañía del capitán Nogueras y de Salvador.

Salvador le explicó a don Eugenio lo que debía hacer en Barcelona y a qué personas debía ver.

Al mediodía marcharon a la casa de postas de la calle de Carretas y esperaron la diligencia.

Estaban allí Olavarría y Calvo de Rozas. Aviraneta habló con ellos. Luego se reunió con Chamizo.

--¿Sabe usted?--le dijo--. Esa invención de la Regencia trina dicen que ha nacido en París, entre los íntimos de Luis Felipe.

--¿Así que usted va a trabajar en contra de ella?--le preguntó el ex fraile.

--¡Ah! Claro. Los amigos me han dicho que debo ir a Barcelona cuanto antes, no a secundar el movimiento, sino a impedirlo.

--¡Y ayer que nosotros hicimos el cuento de la lechera doña Celia y yo!

--¡Bah! Si una cosa no sale bien, otra saldrá.

Se preparó la diligencia y don Eugenio y Chamizo montaron en ella. Entraron después en el coche un canónigo, una señora gorda con una niña muy delgada, un matrimonio que iba a Zaragoza, un lechuguino de levitín y unos tratantes en granos. Aviraneta se envolvió en la capa y cerró los ojos. Chamizo sacó un libro y se puso a leer. Era el día 10 de enero de 1834.

III.

AVIRANETA, DETENIDO

AL caer la tarde llegaron a Guadalajara, se detuvo la diligencia en el parador de las Animas, fuera del pueblo; bajó Chamizo, y al hacer lo mismo don Eugenio, un señor de sombrero de copa y gabán esclavina, alto y de bigote negro, levantando el bastón, gritó:

--Señor Aviraneta. De orden de la reina queda usted preso.

Era el comisario de policía don Nicolás de Luna.

Al lado de éste había dos agentes y cuatro soldados de caballería.

Chamizo tembló pensando si a la detención de Aviraneta seguiría la suya; pero no se ocuparon de él para nada. Mandaron subir a Aviraneta a la habitación del cuarto principal de la posada, una sala con una alcoba; allí le registraron la maleta y los bolsillos, le quitaron los papeles, contaron el dinero que llevaba y se lo devolvió el jefe de policía.

Este propuso a don Eugenio que se echase en la cama un par de horas, si quería descansar, tiempo que tardarían en salir para otro punto.

Aviraneta entró en la alcoba y se tendió en la cama, mientras el comisario de policía sacó un tintero de cuerno y se puso a escribir un oficio sobre un velador de la sala. Dobló los papeles de don Eugenio, lacró el oficio, y llamando a uno de los agentes se lo entregó dándole instrucciones verbales. El agente avisó a los dos ordenanzas de caballería y les dijo:

--Para el superintendente de policía de Madrid.

Chamizo, tranquilizado, viendo que no se ocupaban de él pensó si podría hacer algún servicio a Aviraneta sin comprometerse, y pasó a la sala dispuesto a decir al comisario que quería despedirse del preso.

Cuando entró vió que don Eugenio y el comisario se cambiaban señas y se daban la mano. El ex claustrado pensó que serían signos masónicos.

--¡Hola, padre Chamizo!--dijo al verle don Eugenio--. ¿Qué piensa usted hacer? ¿Va usted a seguir a Barcelona o va a volverse a Madrid?

--Volveré a Madrid.

--¿A no ser que quiera usted venir conmigo?

--¿Preso voluntariamente? No, no; no tengo nada que ver con sus enredos.

El comisario se echó a reír.

--Puede usted venir si quiere acompañando a don Eugenio--dijo--y marcharse cuando le plazca. Por ahora no hay nada serio en contra del señor Aviraneta.

--Nada, don Venancio--dijo don Eugenio--, seguirá usted mi suerte de testigo presencial.

Se encargó que buscara un coche a uno de los agentes, y poco después se detenía una tartana delante del parador.

Entraron en el coche el comisario, Aviraneta y Chamizo; metieron sus maletas y fueron escoltados durante una hora por tres individuos armados.

El comisario don Nicolás de Luna había hecho, como sospechó Chamizo, signos masónicos de reconocimiento a Aviraneta, y al momento se entendieron los dos.

Luna dijo que era un teniente coronel indefinido, sin paga, que había aceptado el cargo de policía para alimentar una familia numerosa. Se notaba que el ser policía le parecía una cosa fea. El comisario tenía diez y seis hijos, y como su mujer no podía criarlos a todos, este hombre terrible, que prendía a conspiradores y a ladrones, se levantaba a media noche para dar un biberón a un chiquillo o una taza de leche a otro.

--¿Y cómo me ha conocido usted tan pronto?--le preguntó Aviraneta, a quien los detalles familiares no interesaban gran cosa--. No he hecho mas que bajar delante del parador de Guadalajara y se ha venido usted a mí.

--Es que le conocía a usted de antes--contestó Luna.

--¿A mí?

--Sí.

--¿En dónde me ha visto usted? Yo apenas salgo de casa.

--En la antecámara del infante don Francisco, en compañía del señor García Alonso.

--Ahora caigo. Usted es uno de los dos señores que estaban en la antecámara.

--El mismo.

--Y el otro, ¿quién era? ¿El señor viejo, atildado, de pelo blanco?

--El otro era el ministro don Javier de Burgos.

--¿Y qué hacían ustedes allí?

--Pues habíamos ido, sencillamente, a conocerle a usted.

--No comprendo con qué objeto.

--Con el objeto de prenderle ahora--dijo Chamizo.

Luna se echó a reír.

--Tiene razón este señor--repuso.

--No veo la utilidad de prenderme a mí--replicó Aviraneta.

--La cosa, amigo Aviraneta, está muy turbia--dijo Luna--. Ustedes parece que tienen una asociación, que supongo que tendrá relaciones con la masonería. ¿No es cierto?

--Sí, es cierto; pero será una asociación legal, y dentro de poco se publicarán los Estatutos.

--Bien; esa asociación ha mandado dos delegados a celebrar una entrevista con don Javier de Burgos.

--Creo que se engaña usted, Luna.

--No me engaño, porque yo mismo les he visto a esos señores.

--¿Quiénes eran?

--Don Lorenzo Calvo de Rozas y Romero Alpuente.

--Debe ser verdad, pero le juro que no lo sabía. ¿Y qué objeto tenían estos señores al visitar a Burgos?

--Pues el objeto era pactar con Burgos para derribar a Zea Bermúdez. No se han puesto de acuerdo; le han amenazado a Burgos, y éste ha comunicado las noticias a Zea, y los dos ministros han establecido, por el momento, una alianza y me han llamado a mí. En esto han sabido que un delegado de la asociación liberal iba a visitar a los infantes...

--¿Y por dónde lo han sabido?

--No sé; pero ya comprenderá usted que en Palacio las paredes oyen. Al saber esta noticia, hemos ido a la antecámara del infante y le hemos conocido a usted, y por eso le he prendido en seguida.

Aviraneta calló, entregado, sin duda, a sus reflexiones; calló el comisario y calló también Chamizo. Marcharon así, en medio de la noche, hasta llegar a Perales de Tajuña.

Aquí se apearon en un mesón, y el comisario mandó disponer un buen almuerzo, comieron, charlaron y, poco después, montaron de nuevo en el carricoche.

--¿Adónde me lleva usted?--preguntó Aviraneta.

--Por ahora, a Aranjuez. Allí me darán nuevas órdenes.

Llegaron a Aranjuez, al mediodía, y el comisario Luna condujo al preso y a don Venancio a una fonda.

El ex fraile opinó que se comía muy bien allí. En la mesa estuvieron los tres discutiendo de política, y fueron a pasear hasta el lago de Ontígola.

A la vuelta, entraron en un café, jugaron Aviraneta y el comisario al billar, y después de un rato de charla se acostaron. Al día siguiente, por la mañana, un soldado de caballería trajo un pliego para el comisario. Luna lo abrió y lo leyó, y se lo dió a Aviraneta para que lo leyera.

El superintendente decía que, examinados los papeles del preso, no se encontraba indicio alguno de culpabilidad; pero que, a pesar de esto, no era prudente que dejaran a Aviraneta libre, por lo cual se ordenaba al comisario que lo trasladara a las inmediaciones de Madrid, a uno de los mesones del Puente de Toledo, tratándole en el tránsito con la debida consideración y respeto.

--¿Qué le parece a usted el oficio éste?--preguntó Aviraneta a Luna.

--Que le dejarán a usted en libertad.

--Es posible; pero habrá que decir, como decían estos señores frailes, que lo contrario es también probable.

--¿Nos sale usted ahora con el probabilismo?--exclamó don Venancio--. Ya me parecía que le encontraba a usted algo jesuítico. Yo no soy probabilista; yo creo que le llevarán a alguna plaza fortificada, que es donde usted debe estar para curarse de su manía de meterse donde no le llaman.

El comisario se rió, y Aviraneta dijo que siempre la mala intención había sido peculiar de la gente de iglesia. Don Nicolás de Luna alquiló una calesa, subieron los tres y marcharon camino de Madrid.

El calesero se llamaba de apodo el Lince, aunque no tenía nada en su físico ni en su moral que justificara el apodo. El animal que tiraba de la calesa era una yegua. El Lince a cada paso la decía:

--¡Bandolera! ¡Bandolera! ¡Maldita sea tu estampa! ¡Que te metes en los baches! ¡Ay! Si me bajo... si me bajo... ¡Bandolera!

Cuando la yegua marchaba bien, el Lince se ponía a cantar una canción que entonces estaba muy en boga, y que comenzaba así:

Iba un triste calesero por un camino cantando...

Y aburría hasta la yegua con el estribillo de

¡Ay! tirana, tirana, tirana.

Salieron de Aranjuez después de comer. Pronto notaron los viajeros que la calesa avanzaba poco y que, a pesar de los latigazos y los gritos y los «¡Ay! tirana, tirana, tirana», del Lince, la Bandolera marchaba muy mal. Estaba ya cansada, y había en el camino mucho barro.

IV.

CANDELAS EN EL MESÓN DEL CUCO

TOMÓ la calesa la dirección de Valdemoro y llegaron los viajeros a este pueblo con grandes fatigas, porque el camino se hallaba hecho un lodazal. Entre Pinto y Valdemoro pasaron grandes apuros y tuvieron que saltar muchas veces al suelo para desatrancar las ruedas. En Pinto cenaron y se dirigieron a Villaverde. Cruzaron la aldea y siguieron hacia Madrid.

Ya parecía que terminaban el viaje con bien cuando el carricoche se paró.

--¿Qué pasa?--dijo Luna.

--_Na_, que se nos han roto las correas--dijo el Lince.

--¿Hay que componerlas?

--¡Esto no lo compone ni Dios! ¡Maldita sea mi estampa! ¡Parece que no ha llovido nunca! Voy a meter la yegua y el birlocho en este cobertizo.

--¿Y nosotros, qué hacemos?

--Tengo un paraguas grande. Se lo prestaré. Pueden ustedes ir a Madrid.

--¿A cuánta distancia estaremos?

--A media legua o a tres cuartos de legua del Puente de Toledo.

Abrió el paraguas Luna, que era de esos rojos y grandes, y Aviraneta a un lado y el ex claustrado al otro, fueron marchando por la carretera.

Al llegar frente a un corral con una casucha blanca, se detuvieron.

Se oía el rasguear de una guitarra. Luna y sus acompañantes escucharon.

Una voz cantó:

No camelo ser erai, que es caló mi nasimiento. No camelo ser erai, con ser caló me contento.

--¿Qué es esto?--dijo Chamizo.

--Es gitano--contestó Luna.

--¿Qué quiere decir _erai_?

--Yo creo que quiere decir algo así como caballero.

El cantor entonó otra copla:

La filimicha está puesta, y en ella un chindobaró «pa» mulabar una lendris que han enchantado estardó.

--La horca está puesta y en ella el verdugo para matar una codorniz que han hecho prisionera--tradujo Luna.

Aviraneta había llamado.

Tardaron mucho en abrir.

--¿Quién es?--preguntó una voz.

--Unos viajeros.

Salió un muchacho con un candil.

--Aquí no hay _posá_--dijo--. Un poco más lejos está el mesón del Cuco.

--La casa esta debe ser una guarida de ladrones y de gitanos--dijo Luna--. He de venir a registrarla.

Siguieron marchando, metiéndose en el barro, a veces sin poder sacar los pies, hasta que llegaron al mesón del Cuco. Empujaron el postigo, cruzaron el portal y el patio y entraron en una cocina de planta baja llena de arrieros, caleseros, aguadores y de otra gente desharrapada y de malas trazas.

La mesonera acudió solícita al ver al inspector Luna y mandó a la moza que les llevara al primer piso.

Se quitaron los pantalones y las botas, cenaron en un cuarto del piso principal, y como Chamizo no se hallaba vigilado, bajó a la cocina del mesón, grande y negra, en la que había quince o veinte arrieros esperando el yantar. Estuvo don Venancio contemplando la escena pintoresca: la posadera, que guisaba en el fogón; las maritornes, que iban y venían con mucho garbo, agitando los refajos de campana; los arrieros de Andalucía, con sus calañeses; los de Toledo, con sus sombreros anchos, y alguno que otro truhán desharrapado, con sombrero de copa. Cogió el ex fraile un rincón a la lumbre y se calentó los pies. Sacó una edición antigua de _La vida del buscón_, que le había prestado Gallardo para el viaje, y se puso a leerla. Estaba en aquellas atroces y bárbaras escenas que describe Quevedo en casa del verdugo, cuando le dieron en la manga.

--Mucho se divierte usted con la lectura, _cabayero_--le dijo un joven, que estaba a su lado.

--Sí; es cierto.

Era el joven un muchacho de unos veinte años, vestido de manolo, chaquetilla torera, faja roja y pañuelo en la cabeza. Chamizo creyó conocerle.

--¡Chist!--dijo el joven.

--¿Qué pasa?--preguntó el ex claustrado.

--¿Viene usted con don Eugenio?

--Sí.

--¿Vigilándole?

--No, no.

--¿Va usted preso?

--No.

--¿Es usted amigo suyo?

--Sí.

--¿Por qué le han _trincao_? ¿Ha _berreao_ alguno?

Comprendió Chamizo que quería decir si alguno le había denunciado, y dijo que no sabía, y contó rápidamente lo ocurrido. Pensaba que no debía hacerlo, pero el joven aquel tenía un aire de mando que imponía.

Después de escuchar la relación, el joven dijo:

--Ahora va usted a subir a hablar con don Eugenio, ¿estamos?

--Bueno. No hay inconveniente.

--Y le va usted a decir que aquí está Luis y su amigo con sus chavales. ¿Se ha _enterao_ usted?

--Sí.

--Y _na_ más. El dará la consigna.

Subió Chamizo al cuarto de Aviraneta. No estaba Luna, y le dió a don Eugenio el encargo del joven.

--Dígale usted que no hay nada que hacer--contestó Aviraneta.

Bajó y se lo dijo al muchacho.

--Más vale así--contestó él--, porque don Nicolás de Luna es un buen hombre.

--¿Y qué pensaba usted hacer?--preguntó el ex fraile.

--Le hubiéramos _atao_ al comisario y hubiéramos _dejao_ libre a don Eugenio. Nosotros las gastamos así.

--¿Ustedes? ¿Quiénes son ustedes?

--Yo soy Candelas, y ese que está ahí delante es Balseiro. No le quiero molestar a usted más, _cabayero_. Me _najo_. ¡Muchachos, en marcha. Y _sonsoniche_, amigo.

Y el ladrón le hizo una mueca amistosa y un guiño expresivo.

Estaba Chamizo todavía absorto, cuando Candelas y Balseiro desaparecieron. Subió al cuarto que le habían destinado, y al ir a dar las buenas noches a Aviraneta y al comisario, entró un guardia con un pliego para Luna. Lo abrió éste y lo leyó. Se le decía que al día siguiente, al amanecer, se le condujera a Aviraneta por las rondas a la Puerta de Hierro, que allí esperase la salida de la diligencia para Valladolid, que pasaría a las ocho de la mañana. En la diligencia habría un asiento de interior costeado por el Gobierno.

Se le metería a Aviraneta en el coche, entregándole un pasaporte para Santiago de Compostela, y se encargaría al mayoral que no permitiese la salida del desterrado hasta llegar a Valladolid.

--Está usted como en libertad--dijo Luna--; nadie le impide a usted volver de Valladolid a Madrid.

Durmió cada cual en su cuarto y por la mañana dejaron el mesón del Cuco. En una calesa fueron por el paseo de los Melancólicos y la Florida hasta la Puerta de Hierro. Llegaron a las siete, una hora antes de la diligencia, y tuvieron que esperar el paso del coche.

Entraron en un ventorrillo, el ventorro del Sordo dijo el comisario Luna que se llamaba. Este ventorrillo tenía un tinglado con buñolería, que en aquel momento estaba rebosando gente: hueveros, lecheros, vendedores de caza y verduleros que tomaban el desayuno con buñuelos o churros y se preparaban a entrar en Madrid.

Se sentaron en el ventorro al lado de una ventana; pidió Luna chocolate, y trajeron tazas limpias con bizcochos y buñuelos, y vasos de agua con azucarillo.

Desayunaron los tres con apetito. La hija del dueño del ventorro era una moza muy guapa, pero muy bravía, y Aviraneta y Luna la dirigieron algunos requiebros, a los que ella contestó con mucho desgarro.

--¿No podríamos saber cómo se llama usted, niña?--la dijo Aviraneta.

--¿Para qué?--contestó ella.

--Para guardar su nombre en el corazón.

--¡Bah! No vale la pena.

--Para usted no valdrá la pena; para mí, sí.

--¿No es usted el que se tiene que marchar en la diligencia?

--Sí; porque me obligan; pero a la vuelta...

--A la vuelta lo venden tinto--dijo la muchacha volviendo la espalda.

A las ocho llegó la diligencia. Luna la mandó parar, habló con el mayoral e hizo que el desterrado subiese al coche.

--Bueno. ¡Adiós, señor Luna! ¡Adiós, don Venancio!--dijo alegremente Aviraneta.

Partió el coche, y el comisario y Chamizo volvieron a Madrid en su calesa. El comisario preguntó al ex claustrado de qué le conocía a Aviraneta, y éste se lo dijo. El, a su vez, le interrogó al policía acerca de la Sociedad de los Isabelinos. ¿Creía que era realmente una Sociedad fuerte? ¿Había, en realidad, muchos afiliados?

Luna contestó con vaguedades y circunloquios. Creía que la Isabelina era una Sociedad política, de la que saldrían probablemente ministros y diputados.

Cuando Chamizo le habló de la Junta del Triple Sello, se rió. Dijo que la masonería estaba sin fuerzas; que la Sociedad de los comuneros se hallaba extinguida, y que, sumados todos los carbonarios que había en Madrid, no llegarían a tres.

--Encuentro que tienen ustedes bastante suavidad con los conspiradores--le dijo después Chamizo.

--¿Qué quiere usted?--repuso Luna con cierta sorna--. Los conspiradores son un elemento de éxito para los políticos. Así, de cuando en cuando, pueden nuestros ministros salvar a la Humanidad.

Llegaron a Madrid y Chamizo se despidió del comisario Luna.

V.

LA LAGARTA

TRES días estuvo Chamizo sin salir, ocupado en sus trabajos. Al cuarto día fué a casa del capitán Nogueras, a la calle de Toledo. Preguntó por el capitán, y su patrona le dijo que acababa de salir con un pardillo llegado del pueblo, y que creía que le encontraría en la tienda de Concha la Lagarta, la prendera de la calle de los Estudios, enredada con Nogueras. Fué Chamizo en busca de la prendería; la reconoció porque tenía como muestra una alambrera de brasero cubierta con una faldita, que parecía un miriñaque de pequeño tamaño. Entró en la tienda, y la criada de la Concha, la señora Ramona, le dijo que allí no estaba el capitán. Iba a marcharse, cuando Nogueras salió de la trastienda y exclamó:

--¡Hola, don Venancio! Pase usted; aquí hay un aldeano que dice que le conoce.

--¿A mí? ¡Qué cosa más rara!

Entró en la trastienda y se encontró con la Lagarta y con un campesino. Vestía éste de chaqueta de paño pardo, calzones cortos de tela azul, chaleco de florones y un sombrero de catite.

La trastienda estaba en la penumbra.

--¿No me conoce su paternidad?--dijo Aviraneta.

--¿Es usted?

--Sí.

--¿De dónde viene usted? ¿De Valladolid?

--Sí, señor. ¿Ha comido usted?

--No.

--Bueno; pues vamos a comer. Luego hemos de pensar en buscar una casa tranquila donde yo pueda esconderme.

Se puso la mesa en la trastienda y se esperó a que trajeran la comida, que encargaron al café de San Vicente, de la calle de Barrionuevo.

La tienda de la Lagarta era buena y estaba muy repleta de cosas de valor. Había muebles antiguos, armas de todas clases, espadas, trabucos, estampas de colores, grandes manojos de llaves, montones de baúles, jarras de cobre, libros de coro, ropas, bordados, cacharros de Talavera y chinos de porcelana, de los que mueven la cabeza. Había también varios relojes Imperio con damas, marineros y perros de latón dorado, dentro de fanales. Lo mejor de toda la tienda, según la Lagarta, y lo que le parecía más desagradable a Chamizo, fué una cabeza de Cristo, con pelo de verdad, que estaba guardada en una caja de cristal y colocada sobre un armario. Parecía una cabeza de muerto.

Concha la Lagarta era una mujer bajita, morena, con el pelo negro y la cara adornada con rizos, sortijillas y lunares. Hubiera tenido gracia, a no ser por su aire agresivo y displicente, que a Chamizo le disgustó en extremo, y por su manera de hablar dura y desgarrada.

La Lagarta tenía una criada y un empleado que iba a comprar en las casas y que vestía como un señor, un hombre de unos cincuenta años, flaco, seco, de bigote gris, a quien trataba muy ásperamente.

Mandó la Lagarta a su empleado que estuviera en la tienda mientras ella comía, y el señor se sentó en una silla y se embozó en la capa, porque hacía frío.

Trajeron la comida y se sentaron la Lagarta y los tres hombres. La señora Ramona servía la mesa. Se discutió de política. Concha era liberal exaltada, partidaria de la degollina de los frailes y de los carlistas. La señora Ramona, su criada, le atajaba diciendo:

--Calla, calla, que no sabes lo que te dices. Cuanto menos jaleos, mejor; lo que es necesario es que todo el mundo viva en paz.

Después de comer se habló del sitio donde podría esconderse Aviraneta, y la señora Ramona dijo que conocía una casa de la calle de Embajadores donde vivía un militar que había estado en América, al que llamaban el Aguilucho.

--El Ayacucho--dijo Nogueras.

--Eso es.

--¿Y va usted a ir así con ese traje de aldeano de teatro, tan nuevo?--preguntó Chamizo--. Le van a conocer que está usted disfrazado.

--Tiene usted razón--murmuró Aviraneta--, y en ningún lado mejor que aquí para disfrazarse.

--¿Quiere usted un traje de cura, don Eugenio?--preguntó la Lagarta.

--Venga.

La Lagarta tomó una horquilla y descolgó de una percha unos hábitos. Aviraneta, con cierta protesta de Chamizo, se vistió de sotana, se echó encima el manteo, se colocó la teja, y estaba tan en carácter, que el mismo Chamizo reconoció que no podía estar mejor.

Se mandó traer un calesín de la plaza de la Cebada, y Chamizo le acompañó a Aviraneta a su nuevo domicilio.

A los cuatro o cinco días le encontró éste a Nogueras.

--¿Qué hay de don Eugenio?--le preguntó--. ¿Sigue en su rincón?

--¡Ca, hombre! Le han pasado grandes peripecias.

--¿Pues? ¿Qué le ha pasado?

--Al día siguiente de llegar a la calle de Embajadores se encuentra con la policía en la casa. Iban a prender a un ayacucho que parece que es un truhán. Se meten de noche en el cuarto de don Eugenio mientras está en la cama, y le dicen:

--No tenga usted miedo, caballero. Contra usted no va nada. Vamos a prender al pillastre que vive aquí al lado.

Aviraneta oye la voz del comisario Luna, que grita:

--Que nadie salga de casa.