La Isabelina

Part 7

Chapter 74,043 wordsPublic domain

--¡Diez libras de papel!

--Sí; diez libras de papel escrito por mí. ¡Por mí! Una gnosis, una mística y mi gran obra sobre los Adelfos y los Filadelfos.

--¿Y por qué ha quemado usted eso?

--Para no producir más víctimas. Ya ha habido bastantes. Más de una docena de hombres han muerto por esa cuestión.

El señor González volvió a cerrar los ojos gravemente y a hacer un signo de afirmación.

--¿Tan importante es?--preguntó Chamizo.

--¡Importante! Es la síntesis de toda la filosofía espiritualista. Los descubrimientos de los templarios, de los alumbrados, de los filaletas, de los masones, de los martinistas, de los teofilántropos, de los Rosa-Cruz, de los caballeros Kadosch, todas estas ramas de las ciencias ocultas se condensan en mi sistema filosófico-religioso-social-antropológico-obstétrico. ¿Y qué necesito para desarrollarlo? Papel y un poco de comida y una persona segura que rechace los ofrecimientos de los monarcas que quieran captarme. Nada más. Usted puede ser esta persona. Usted puede asociarse a mi gloria. El señor Aviraneta me ha dicho que usted me cedería su casa. Este cuarto está bien. González podría vivir ahí. Parece que tiene usted algunos libros. ¡Uf!--dijo con desdén--. ¡Literatura latina! ¡Paganismo, paganismo!

Chamizo le dijo que el señor Aviraneta se había equivocado al referirse a él, que no era capaz de rechazar los ofrecimientos del monarca porque estaba comprometido con la reina.

--No me diga usted más, todo lo comprendo--dijo el señor Bordoncillo con una risa sardónica--. Está usted también vendido al Becerro de Oro. No me diga usted más, todo lo comprendo; pero para que vea usted quién soy, vea usted y tiemble.

Y el señor Bordoncillo sacó un cartel de cartón de debajo del abrigo, con unas letras que decían

V G M C K,

y se lo colgó en el cuello. Luego sacó una cinta de tres colores, azul, amarillo y verde, y se la puso en el pecho.

--Ya me comprende usted--dijo tocando la cinta con el índice, adornado por una uña con ribete perfectamente negro--; azul el cielo, amarillo el sol, verde la tierra--luego el comadrón teósofo se llevó la mano a la garganta e hizo--: ¡Aj..., aj...!--como si se le hubiera metido una espina y no pudiera sacarla.

--Sí, sí; supongo que le comprendo a usted, pero yo nada puedo hacer por usted--repitió Chamizo.

--¿Nada?

--Nada.

--¡Oh Jacobo Boeme! ¡Oh Cagliostro! ¡Oh Swedenborg! ¡Oh Martínez Pascualis! ¡Oh Saint-Martin, el filósofo desconocido! ¡Ved cómo tratan al filósofo mayor de todos los tiempos! González, usted será testigo de esta ofensa.

--¡Hombre! Yo no creo que le he ofendido a usted en nada--exclamó Chamizo.

--No me ha ofendido este falso hermano. ¿Cómo me va a ofender él a mí? ¡El a mí! Imposible. ¡A mí, iniciado en los misterios de Eleusis, en los misterios de Isis! No, González, no me puede ofender un Chamizo. No, González. Un Chamizo no me puede ofender. Yo soy caballero de la Orden de la Apocalipsis, gran maestre de la del Diamante, venerable de los Invisibles, caballero del León y de la Serpiente. Yo pertenezco al rito de los Perfectos iniciados de Egipto, a la Sociedad Alpha y Omega, a la Orden de la Medusa y de Melusina, a los caballeros de la Pura Verdad y de la Manzana Verde. Yo soy del rito sofisiano, del Escorpión Azul, del Cocodrilo Rosa, de la Serpiente Blanca; soy de los adoradores de Mitra, de los caballeros de Astarté, de los Magos de la torre astronómica de Babilonia, de los elegidos de Hiram y de la desembocadura del Nilo. ¿Y me pregunta si me ha ofendido, González? No. González, no. La gente vulgar no me puede ofender.

--Está bien. Me está usted molestando con sus tonterías. ¡Váyase usted!

--¿Me echa?

--Sí: váyase usted.

--Yo soy un sublime perfecto--exclamó el comadrón, irguiéndose sobre las puntas de los pies.

--A mí me parece usted un perfecto majadero. ¡A la calle!

--¿A la calle? ¡Me dice a mí a la calle, González!

--Sí; le digo a usted, a la calle.

--Me vengaré, González. Me vengaré--gritó el señor Bordoncillo--. Blandiré la gleba y la palanca. Yo tomaré el compás y administraré justicia. ¡Tiemble usted, señor Chamizo! ¡Tiemble usted! Tengo en mis manos las fuerzas ocultas de la Naturaleza...

Mientras el señor Bordoncillo seguía diciendo fantasías, Chamizo les fué llevando a él y a su secretario por el corredor de la casa de doña Puri hasta la puerta de la escalera; abrió y les echó fuera.

Cuando Chamizo le vió por primera vez a Aviraneta, le dijo que no le mandara gente como el comadrón-teósofo, porque alborotaba toda la casa y le desacreditaba.

--¡Pero, hombre, un personaje tan pintoresco! Yo creí que le divertiría a usted.

Aviraneta se rió mucho cuando le contó lo ocurrido y prometió no enviarle ningún otro personaje por el estilo.

II.

LAS PASIONES HIERVEN

EL verano de 1833 fué de grandes agitaciones y jaleos populares. Aviraneta, según dijo, estuvo perseguido por la policía; don Bartolomé José Gallardo y sus amigos anduvieron también escondidos; se gritó muchas veces «¡Abajo el Ministerio!»; se repartieron palos entre carlistas y cristinos y comenzaron las noticias de las sublevaciones a favor de Don Carlos, dirigidas por el Cura Merino, el Locho, don Santos Ladrón y otros mil. Toda España ardía de un costado a otro.

En otoño del mismo año los madrileños presenciaron el desarme de los voluntarios realistas en la plaza de la Leña, en donde se lucieron el coronel Bassa y el capitán Narváez. El que, según la voz popular, tomó parte en el desarme de los voluntarios fué Luis Candelas, el ladrón, poco antes escapado de la cárcel de Segovia. Candelas iba sustituyendo a José María, el Tempranillo, en la curiosidad y en la admiración de la gente del pueblo desde que el bandido andaluz se había acogido a indulto.

Aviraneta conocía a Candelas y un día se lo mostró a Chamizo en la calle.

Don Eugenio debió de hacer por entonces alguna maniobra con la policía de Zea, porque comenzó de nuevo a mostrarse en público. Había vuelto a su casa de la calle del Lobo y nadie se metía con él. Chamizo seguía con sus traducciones y otros trabajos.

A mediados de noviembre la marejada política aumentó; todos los días había tiros, palos, gritos de «¡Viva la Constitución!» «¡Muera Zea!» «¡Mueran los frailes!»

Los carlistas decían que el triunfo lo consideraban como seguro, que todos los aristócratas, los empleados de Palacio y los alabarderos eran suyos; que Luis Felipe iba a reconocer a Don Carlos; en fin, cantaban victoria. Los liberales aseguraban que de un día a otro se proclamaría la Constitución de 1812; que lord Villiers, el nuevo embajador de Inglaterra, partidario acérrimo de los liberales, sostenía al Gobierno, y que, en breve, podrían entrar en España Mina, Méndez Vigo, don Francisco Valdés, Mendizábal...

Había detalles cómicos. En las tabernas de los Barrios Bajos se hablaba de que el fantasma de Fernando VII aparecía en El Escorial en paños menores, y todo el mundo tomaba la noticia a chacota y servía la farsa para denigrar al difunto rey.

El Café Nuevo, de la calle de Alcalá, era un hervidero; solía estar aquello al rojo blanco.

Un día de a mediados de noviembre, Gallardo convidó a Chamizo a comer a la fonda de Perona, en agradecimiento de haberle encontrado el ex fraile un volumen raro que hacía tiempo andaba buscando el bibliófilo. Al entrar en la fonda se encontraron allí a Paquito Gamboa, al capitán Nogueras y a Aviraneta, que comían en compañía de un joven desconocido.

--¡Hola, Viborilla; no, Aviranetilla!--le dijo Gallardo.

--¡Hola, Gallardete!--le contestó Aviraneta--, ¿qué tal va esa bilis de bibliófilo?

--Bien. Y ese veneno de intrigante, ¿cómo marcha?

--Así, así.

Aviraneta y Gallardo se dedicaban con frecuencia a insultarse y a morderse. Gallardo recurría en sus sátiras a la erudición; pero era un recurso que no siempre daba resultado, porque con frecuencia sus alusiones no se entendían.

Después de comer se acercaron Gallardo y Chamizo a la mesa de Aviraneta y tomaron café juntos. Gallardo habló prodigando los fuegos artificiales de su conversación.

El joven desconocido que estaba con ellos era un hombre de unos veinticinco años, chato, de barba negra y con un aire extraño y decidido.

Desde que se acercaron Gallardo y Chamizo el joven no habló, y poco después se levantó y se marchó, dando la mano a los militares y a Aviraneta y haciendo a Gallardo y a Chamizo una ligera inclinación de cabeza.

--¿Quién es?--preguntó Gallardo.

--Es un fraile.

--¡Bah!

--Como lo oye usted. Es un fraile liberal que ha venido a vernos de parte de nuestros amigos isabelinos de Barcelona.

--Y, ¿cómo se fía usted de los frailes?--preguntó el bibliófilo.

--Amigo don Bartolo. Esto me demuestra que no ha sido usted mas que un conspirador de camama--dijo Aviraneta.

--¡Aviranetilla! ¡Aviranetilla! ¡Qué malo es este condenado! ¿Por qué dice usted eso?

--Porque si hubiera usted conspirado de verdad, sabría usted que no hay elementos mejores para la conspiración que los frailes. En la guerra de la Independencia casi todos los movimientos los prepararon los frailes; antes de la revolución de Cabezas de San Juan, uno de los agentes liberales más activos fué un fraile carmelita, el padre Mata, que había estado en Londres con Mina y recorrió todas las ciudades de España donde había logias montado en un caballo normando; la restauración de mil ochocientos veintitrés la hicieron los frailes; en Méjico he conspirado con su ayuda y aquí sigo viendo que todavía es la gente de más arrestos.

--Bien, yo no me fiaría de ellos. Este mismo tiene un aire solapado y una mirada falsa.

--El fraile, como todo, tiene su especialidad--replicó Aviraneta con sorna--; yo no le confiaría a éste una mujer guapa, ni una viuda, no; pero para una conspiración esta gente es irremplazable.

--Sí, sí; fíese usted.

El bibliófilo hablaba así, principalmente, por despecho, por ver que el fraile no había prestado oídos a su charla.

En esto entraron en la fonda unos cuantos jóvenes escritores que iban capitaneados por Espronceda y por Larra. Llegaron hablando alto. Un periodista calvo, barbudo, que malgastaba su ingenio acre en charlar en los cafés, saludó a Aviraneta y a Gallardo.

--¿Hay cuchipanda romántica?--le dijo con sorna Gallardo.

--Sí; pensamos comer, en vez de cabeza de cerdo, cabeza de clásico.

III.

UNA PROPOSICIÓN DE PAQUITO GAMBOA

SALIERON de la fonda y Paquito Gamboa acompañó a Chamizo hasta su casa.

Al llegar al portal le dijo:

--¿Le puedo considerar a usted como aliado, amigo don Venancio?

--¿Aliado? Según para qué.

--Para una empresa política.

--Hombre, ya sabe usted que yo no soy político.

--No importa. Yo le explicaré a usted el asunto. Si acepta, entra en la combinación, y si no, me da usted palabra de guardar el secreto por lo menos durante un mes.

--Está dada, y si quiere usted, durante un año. Subamos a mi cuarto y hablaremos con libertad.

Subieron a la habitación del ex claustrado, que estaba llena de libros viejos, de estampas y de papeles.

--Cómo se nota aquí al sabio don Venancio--dijo Gamboa.

--¡Bah! Ríase usted. El sabio no necesita de tanto papel. Esto es un vicio.

Chamizo desocupó el sillón, lleno de libros, para que se sentara Gamboa, y él se sentó en la cama.

--¿Usted no ha oído hablar de una intriga palaciega, de la cual es el centro el infante don Francisco?--preguntó Gamboa.

--No.

--Pues varios caballeros y damas de Palacio han tenido la idea de asociar a la infanta Luisa Carlota y a su marido don Francisco a la regencia de España.

--¿Y para qué? ¿Con qué objeto?--preguntó Chamizo.

--El motivo principal es que la reina está enamorada de Muñoz.

--Eso se dice.

--Se dice y es verdad. Para este caso se ha pensado en una regencia triple. La cosa no tiene nada de absurda.

--No, no.

--La infanta Luisa Carlota y su marido, que saben por Celia y por mí la influencia que va teniendo Aviraneta entre la juventud, van a llamarlo un día de estos para hablar con él.

--¿Pero Aviraneta tiene verdadera influencia?--preguntó Chamizo.

--Sí; sí la tiene. Ahora está proyectando una sociedad de partidarios de Isabel II, no sé en qué forma. Yo quisiera que usted intentase convencer a don Eugenio de que la solución de la triple regencia, la reina con los dos infantes, no es tan ilógica como a primera vista parece.

--Bueno, probaré.

--Lo tendremos en cuenta. Vaya usted mañana a comer con nosotros a casa de Celia. Puede usted ir allí cuando quiera. Es necesario que nos unamos las personas discretas. Yo hablaré al infante don Francisco a ver si puede darle a usted un empleo.

Dejándole halagado por esta dulce esperanza, se marchó Gamboa. Al día siguiente, Chamizo fué a comer a casa de Celia, y ella le conquistó y le hizo prometer que seguiría sus consejos, con lo cual no le iría mal.

IV.

EL CONDE DE TORENO EN EL CALLEJÓN DEL GATO

UNOS días después de la muerte del rey, el padre Mansilla apareció en la Casa del Jardín a visitar a su amigo Tilly.

--Se ha presentado en mi casa un médico, el doctor Torrecilla, con una pretensión bastante rara--le dijo.

--¿Cuál es?

--Este señor es conocido de doña Celia y quiere saber dónde vive Aviraneta, para hablar con él.

--¿Y cómo se ha dirigido a usted?

--Por doña Celia. Este Torrecilla me ha dicho que hay una persona importante, que ha venido del extranjero, que quiere conferenciar con Aviraneta. ¿Usted sabe dónde vive don Eugenio?

--No; pero lo averiguaré en seguida.

--¿Usted se encarga entonces de la gestión?

--Sí; yo me encargaré, sin ningún inconveniente.

Tilly fué a buscar al capitán Nogueras y averiguó que Aviraneta estaba viviendo en una casa de huéspedes de la calle de Segovia. Inmediatamente fué a ver al doctor Torrecilla a su casa.

--Me han avisado que usted quiere ver a Aviraneta--le dijo--. Como Aviraneta está hoy perseguido, si usted quiere decirme de qué se trata...

--Se va a perder tiempo--interrumpió el doctor Torrecilla--. Soy amigo de Eugenio, estoy al tanto de sus trabajos y tengo un encargo urgente para él.

--¿No quiere usted que le diga concretamente de qué se trata?

--Sí; vale más que se lo diga usted, porque si no vamos a tardar mucho tiempo en idas y venidas. Se trata de que el conde de Toreno está en Madrid. Yo le he visitado porque está enfermo de tercianas. El conde quiere ver a Aviraneta y hablar con él.

--Bueno, yo se lo diré. ¿Adónde le tengo que traer la contestación; aquí, a su casa?

--Mire usted, yo, por mi profesión, no tengo tiempo disponible. El conde está en una humilde casa de huéspedes del callejón del Gato, número 6, piso segundo; sé hace llamar por su nombre y su primer apellido, José Queipo. Si Aviraneta quiere ir a verle, que vaya; si pone algún inconveniente, usted se presenta al conde y le dice: «Vengo de parte del doctor Torrecilla con este recado de Aviraneta». ¿Estamos?

--Muy bien.

Fué Tilly a la calle de Segovia y se lo encontró a Aviraneta en un quinto piso haciendo listas de afiliados a la Isabelina, de Madrid y de provincias. Le contó lo que había pasado y cómo Toreno quería tener una entrevista con él.

--¿Usted va a ser el encargado de la negociación, querido Uno?

--Sí.

--Pues dígale usted al conde que yo, particularmente, no puedo pactar con él, porque estoy ligado con otras seis personas que forman el Directorio Isabelino. Pregúntele a Toreno si me autoriza para que cite su nombre a nuestra Junta, y mándeme usted en seguida la contestación. En caso afirmativo, vaya usted a la librería de viejo de la calle de la Paz, y al chiquillo de la librería le dice usted: «Vete a casa de don Eugenio y dile que sí». En caso negativo, nada.

--Está bien, amigo Tres.

Fué Tilly al callejón del Gato y entró en un portal obscuro y húmedo. Subió por una escalera sombría y llamó en el piso segundo. Preguntó por el señor Queipo y le pasaron a un gabinete pequeño, que tenía en el fondo una alcoba con puertas con cortinillas. Tilly pensó que desde allí le estaban observando. Efectivamente, se abrieron aquellas puertas y aparecieron el conde de Toreno, el doctor Torrecilla y un amigo de los dos, don Mariano Valero Arteta.

El conde era un hombre más bien feo que guapo, abotagado, rojizo. Tenía una mirada brillante y audaz; vestía con mucho atildamiento, como un completo _dandy_, y hablaba un castellano en el que se traslucía el asturiano y al acostumbrado a vivir en Francia.

--Este señor--dijo el doctor Torrecilla al conde--es el que ha quedado encargado de avistarse con Aviraneta.

--¿Qué le ha dicho a usted?--preguntó el conde con viveza.

--Me ha indicado--dijo Tilly--que él no puede hacer nada solo y que quiere saber si usted le da autorización para comunicar sus ofrecimientos al Directorio Isabelino.

--Bien; no tengo inconveniente en que exponga mis ofrecimientos a los demás miembros de su Sociedad, pero sin compromiso para ellos de ninguna clase; hubiera deseado tener una conferencia con alguno de los jefes isabelinos.

--Se lo diré a Aviraneta--indicó Tilly.

--Mi objeto en esta conferencia se reducía a ofrecer mis servicios a la asociación, al paso que podría ilustrarles con los antecedentes que he adquirido en París relativos a la marcha absolutista que piensa seguir el Ministerio Zea.

Don Mariano Valero instó a Tilly para que dijese a Aviraneta que el conde de Toreno estaba animado de los mejores sentimientos y resuelto a arrostrar toda clase de peligros, a fin de lograr que se dotase al país de una Constitución lo más liberal posible.

Al marcharse Tilly, el conde de Toreno preguntó con gran interés a Valero por él.

--¿Quién es este joven?--le dijo.

--No le conozco apenas--contestó Valero.

--¡Qué tipo más distinguido! Este hombre hará carrera.

Tilly salió del callejón del Gato, fué a la calle de la Paz, a la librería de viejo del señor Martín, y le dijo a Bartolillo:

--Vete a casa de don Eugenio y dile que sí.

Unos días después Aviraneta contó a Tilly el resultado de la negociación, que fué negativo.

Aviraneta congregó a sus consejeros, y, al parecer, todos estuvieron contentos en rechazar a Toreno.

Olavarría aseguró que el conde venía de París arruinado por negocios bursátiles y que no traía otro plan que el de buscar un asidero cualquiera.

--Si fuera hombre de fiar--parece que dijo--, él con los elementos con que contamos haría la revolución; pero corremos el peligro de servirle de escabel para alcanzar el ministerio, y que cuando no nos necesite nos pegue un puntapié. Toreno es hombre astuto y nos dominará.

Romero Alpuente afirmó que si se aceptaban los ofrecimientos del conde, él se retiraría de la Junta. Según él, Toreno venía a España, como enviado de Luis Felipe, a embrollar la política española, pues el monarca francés había perdido con Fernando VII el mejor aliado con que contaba, y temía que se realizase en España una revolución radical que hiciese renacer el fuego de las cenizas del republicanismo francés, que acababa por entonces de sofocar en su país.

Flórez Estrada se expresó de idéntica manera. Aviraneta fué el único que dijo que creía que no era prudente rechazar los ofrecimientos de un hombre de tanta importancia. Aviraneta escribió a Torrecilla dándole la negativa. Toreno no la echó en saco roto, y guardó gran rencor a Aviraneta.

El mismo día Toreno salía desterrado para Asturias por orden de Zea Bermúdez.

V.

LAS RAZONES DE LA TRIPLE REGENCIA

EL padre Mansilla subía en sus relaciones e iba escalando la alta sociedad. El confesonario le servía de mucho. No descuidaba tampoco la oratoria. Había adoptado en sus sermones una manera insinuante, casuística, que le daba gran éxito.

Casi todos los días Mansilla tenía largas conferencias con Tilly, y presentaba a su amigo en las casas más importantes, sobre todo en aquellas que tomaban un matiz liberal.

Una mañana les mandó aviso Aviraneta de que por la tarde iría a visitarles a la Casa del Jardín.

Mansilla y Tilly le recibieron amablemente, y constituyeron en broma el primer Triángulo del Centro.

--¿Qué hay, Tres?--dijo Tilly.

--Vengo a ver si me sacan ustedes de una duda, ustedes que frecuentan la alta sociedad.

--Vamos a ver...

--Creo que les dije hace tiempo que un tal Maestre nos trajo para la Isabelina unas listas de los comprometidos en un movimiento liberal anterior.

--Sí.

--Pues bien; por estas listas venimos a ponernos en relación en Cataluña con un fraile, el padre Puch o Puig, a quien le conocen por el nombre del Dominico de Vich. El tal dominico, según parece, goza de gran prestigio, y ha organizado un Directorio Isabelino rapidísimamente en Barcelona. Tiene ya cinco o seis mil hombres afiliados.

--¿Tantos?

--Sí; eso dice. El Directorio barcelonés se muestra lleno de impaciencia, y quiere que se apresure el levantamiento liberal. Ha escrito ya varias comunicaciones, y ayer se recibió una carta cifrada del Directorio, en la que se nos dice que tardamos mucho en Madrid en organizar nuestros trabajos, y que ellos se han puesto al habla con un miembro de la familia real, con un Borbón que se compromete a marchar al frente de los revolucionarios y acabar con los manejos carlistas. Añade el escrito que en el primer correo sale un comisionado del Directorio de Barcelona a ponerse al habla con nosotros. Yo me he quedado asombrado pensando qué persona real puede ser... He leído la carta a los demás y se han quedado en ayunas, como yo.

--¿Nadie ha sospechado nada?--preguntó Tilly sonriendo.

--Nadie. ¿Es que usted sabe algo?

--Sí; creo que Dos también lo sabe. ¿Verdad?

---Sí, también--dijo Mansilla.

--¿Y quién es ese personaje que va a aliarse con los revolucionarios?

--El infante don Francisco.

--¿Está usted seguro?

--Segurísimo.

--¿Pero no es un hombre negado?

--¿Hombre, eso qué importa? Carlos III fué un buen rey, y era un tonto.

-¿Y qué pretende don Francisco?

--Ser el regente. Muchos cristinos lo saben ya, comenzando por Zea Bermúdez, que sospecha la intención.

--Me deja usted asombrado. ¡Qué malos informes tenemos! Es la desdicha de España, de que no se puede hacer nada mas que con carcamales. Si yo hubiera podido hacer solo la Isabelina hubiese hecho otra cosa con gente joven...

--Hemos hecho el Triángulo del Centro--dijo Tilly--, y esto marchará.

--El número Uno y Dos van a dejar pronto atrás al número Tres--replicó Aviraneta.

--Pero no le abandonaremos--replicó Mansilla.

--¿Y a ustedes qué les parece que debía hacer la Isabelina con relación al infante don Francisco?

--Yo, como usted, me pondría de acuerdo con el infante--dijo Tilly.

--Creo lo mismo--agregó Mansilla.

--No va a ser posible--replicó Aviraneta--. Mis gentes no aceptan. Les parecerá un contubernio, y desde el momento que encuentren una palabreja de estas no saldrán de ahí. No discurren. Romero Alpuente dirá unas cuantas frases a estilo de Robespierre, y se acabó...

--Yo intentaría convencerles. Si no se puede, entablaría relaciones subterráneas.

--Lo averiguarán.

--No; usted es bastante inteligente para dorarles la píldora.

--¡Hum! ¡Qué sé yo!

--Ya sabe usted lo que decía madame Pompadour.

--No sé lo que decía.

--Que todo el secreto de la política consiste en mentir a tiempo.

--Es que el ambiente es tan pequeño...

--Pues yo me inclino hacia ese lado--dijo Tilly--. El conde de Parcent, que hace de cabeza de ese partido, trata de atraerme a su bando, y yo me dejo conquistar. Creo que no vulnero con eso mi pacto con el Triángulo del Centro.

--De ningún modo--repuso Aviraneta--; está usted en su derecho. ¿Y usted, Mansilla?

--Mi política es ser amigo personal de esos señores y no ser partidario de ninguno.

--Muy bien--murmuró Aviraneta--. ¿Si se enteran ustedes de algo me lo dirán en seguida?

--Sí. No tenga usted cuidado.

--Yo les comunicaré lo que acuerden los míos.

Dos días después volvió Aviraneta a la Casa del Jardín y se encontró solo con Tilly.

--¿Sabe usted algo?--preguntó Aviraneta.

--Que son ellos. Parcent tiene relaciones con los isabelinos de Barcelona. Su secretario, un capitán, De los Ríos, anda reclutando gente.

--¿Qué pretenden?