Part 6
Aviraneta se sentó en el grupo en que se encontraban Urbina y sus amigos, y contó rápidamente lo que había ocurrido en casa de Calvo de Rozas y lo que había dicho Palafox.
--Es un disparate--saltó Urbina--. Pierden la mejor ocasión.
--Es verdad--replicó el teniente Pierrard, que se levantó con sus padrinos para ir a batirse--. Ahora era el momento de dar el golpe revolucionario y de restablecer la libertad para siempre.
--Yo lo creo también así--aseguró Aviraneta--. Pero no tengo medios.
--Sea usted el jefe--exclamó Urbina--. Le seguiremos.
--Hasta la muerte--gritó Gamundi.
Otros militares se agruparon alrededor de la mesa para ofrecerse.
--Muchas gracias, señores--replicó Aviraneta--, pero yo no tengo prestigio para eso. Nuestras fuerzas organizadas están a las órdenes del general Palafox. ¿Me seguirían a mí, si yo intentara suplantar al general? Es muy dudoso.
--De todas maneras, usted cuenta con nosotros. Hable usted, vea usted. Si hay alguna posibilidad, haremos lo que sea de nuestra parte.
--Sí: cuente usted con nosotros, con todos.
Los militares estrecharon la mano de Aviraneta y se fueron. Don Eugenio se sentó en la misma mesa de Tilly y le explicó lo que había ocurrido.
--¡Qué ocasión más admirable se pierde!--exclamó Tilly--. No se debía dejar escapar.
--¡Qué quiere usted! La negativa de Palafox nos imposibilita para todo.
--¿Por qué no habla usted a los comandantes de las centurias?
--¡Si no sé dónde están! ¿No ve usted que hemos dado la dirección militar a Palafox? Hoy Palafox ha pensado en una movilización cuyo plan sólo él lo tiene.
--¡Qué lástima!--volvió a murmurar Tilly.
--Amigo, ¿qué quiere usted? Este culto por el prestigio, por la tradición, nos mata. Yo he organizado las fuerzas de la Isabelina y cuando he terminado la organización he tenido que entregar esta fuerza en manos de Palafox, que no hará mas que tonterías o algo práctico para su interés personal. Vamos a almorzar. Le convido a usted a la fonda de Genies... Luego haremos todas las gestiones que se puedan.
Almorzaron Tilly y Aviraneta y tomaron un coche. Fueron a ver a Nogueras, pero no estaba. No encontraron a ninguno de los comandantes de las centurias. Unicamente vieron a unos cuantos isabelinos en el Café Nuevo.
--¿Dónde está la gente nuestra?--les preguntó Aviraneta.
--Unos están en los cafés. A otros los ha mandado el general Palafox a los claustros de la Soledad, del Buen Suceso, de la Victoria y a la Aduana. Están a la expectativa por si estalla un movimiento realista para que se preparen inmediatamente. Los demás se encuentran en las casas con las armas en la mano dispuestos a echarse a la calle.
--¿En qué caso?
--En el caso de que los carlistas se pronuncien por Don Carlos.
--¿Ve usted?--dijo Aviraneta a Tilly--. No hay manera de disponer de la gente. ¡Si yo llego a ser el dueño de las centurias en el día de hoy!
--¿Y sus carbonarios?--preguntó Tilly.
--¡Son tan pocos! Y estarán probablemente en la calle. Vamos a casa de un amigo, chispero del barrio de Maravillas. Quizá haya alguno allí.
Fueron al taller del _Majo_. Estaban de tertulia Cobianchi, el joyero; Antonio Farigola, un antiguo oficial; Ramón Adán, y Román, el _Terrible_, el hijo del señor Martín el librero. Todos estos eran republicanos exaltados y consideraban como jefe al abogado González Brabo, a quien tenían por un Dantón. Uno de ellos había propuesto el deshacerse de Zea Bermúdez y de los absolutistas enviándoles cartas explosivas, como la que se le envió años antes al general Eguía y le dejó manco.
Aviraneta explicó la situación y los carbonarios parecieron no darle gran importancia. Ya una revolución liberal no les interesaba; querían la República, por lo menos.
--¿Ve usted?--dijo Aviraneta a Tilly al salir del taller del _Majo_--. Con estos no se puede hacer nada.
Volvieron a la Puerta del Sol, se acercaron a la sombrerería de Aspiroz y se encontraron a Olavarría y al masón Beraza, el del aire frailuno.
--De la torpeza de hoy nos hemos de arrepentir--exclamó Olavarría--. La gente está decidida. Ese Palafox es un imbécil.
Pasaron varios grupos por la calle. Aviraneta no conocía a ninguno de los que iban en ellos.
--¿Quiénes son?--preguntó al sombrerero.
--Son los cristinos, que deben tener una organización militar, porque de cuando en cuando aparecen coroneles y militares de uniforme que hablan con ellos. Estos cristinos--añadió--están muy levantiscos y dicen que si Zea no ata a los carlistas corto, derribarán a Zea.
Parecía que Madrid entero se decidía por la Reina Cristina. Aviraneta y Tilly se metieron entre la gente y oyeron sus conversaciones.
--¡Qué tontería han hecho sus amigos!--exclamó Tilly--. Con esta agitación de la masa, un regimiento y los mil quinientos isabelinos, la cosa estaba hecha.
Aviraneta hizo un ademán resignado. En esto, en la Puerta del Sol, se encontraron a Gamundi.
--¿Qué han hecho ustedes?--le preguntó Aviraneta.
--Gran día--dijo el militar--. Pierrard y yo hemos dado dos hermosas estocadas en el Cerrillo de San Blas. Gran día. Primero, duelo; ahora, gresca, y a la noche, orgía. Esa es la vida. Ahora viene nuestra gente hacia aquí después de dejar las armas en casa.
Efectivamente, comenzaron a llegar por la calle de Alcalá, la de la Montera, la de Carretas y la Carrera de San Jerónimo, grupos de jóvenes, la mayoría bien vestidos, muchos, de levita y sombrero de copa.
«¡Viva la Reina!» «¡Viva Isabel II!», se oía a cada paso, y alguno que otro grito de: «¡Abajo el Ministerio!» Entre la gente se señalaba con el dedo a Espronceda, a Larra, a Patricio de la Escosura y algunos otros escritores que se lucían en medio de la multitud.
Tilly y Aviraneta iban a despedirse, cuando un chico se les acercó corriendo. Era el de la librería de la calle de la Paz.
--¡Don Eugenio!
--¡Hola, Bartolillo!--exclamó Aviraneta--. ¿Qué ocurre?
--De parte del capitán Nogueras que se escape usted y no vaya usted a su casa.
--¿Pues?
--Porque la policía le anda buscando.
--Bueno. Toma este sombrero de copa--dijo Aviraneta, quitándoselo de la cabeza y dándoselo al chico--. Guárdalo en la tienda.
Al mismo tiempo sacó una gorrita pequeña y se la encasquetó.
--¿Quiere usted venir a mi rincón?--preguntó Tilly.
--No, no; gracias. Tengo otro sitio más próximo. ¡Vaya, adiós, amigo Uno! Dentro de poco pasaré por allí.
--¡Adiós, compañero Tres!
Y los amigos se separaron.
VII.
LA CENA EN CASA DE CELIA
UNA semana después de la muerte del rey, Chamizo se encontró a Paquito Gamboa, que le convidó a cenar a casa de su tío.
Le citó en el café del Príncipe, a las ocho de la noche. Estaba esperando el ex fraile, cuando se presentaron Gamboa y Aviraneta.
--¿Qué hace usted?--le preguntó Chamizo a don Eugenio, porque hacía días que no le veía.
--Ya no vivo con mi hermana.
--¿No? ¿Por qué?
--He tenido que largarme de allá, porque la policía de Zea Bermúdez ha empezado a molestarme.
--¿Y dónde vive usted ahora?
--Estoy con una familia amiga. Ya le diré el sistema que tengo para comunicarme con la gente, porque apenas salgo a la calle.
Estuvieron un rato en el café, y fueron después a una casa grande de la calle de Trujillos, en el barrio de las Descalzas, donde vivía doña Celia.
Don Narciso y Celia se habían instalado en Madrid con verdadero lujo. De su estancia en el extranjero habían traído hábitos de confort, apenas conocidos en la corte mas que por gente muy rica.
En la casa había varios salones alfombrados, con tapices, con muebles muy suntuosos y con algunas obras de arte.
Pasaron Chamizo, Aviraneta y Gamboa a un saloncito, donde estaba Celia con sus invitados, y tras de un rato de charla entraron en el comedor.
Eran quince o veinte los reunidos.
El anfitrión, don Narciso Ruiz de Herrera; su mujer, doña Celia; Paquito Gamboa, la marquesa de Albalate, Aviraneta, Fidalgo, con su hermana Estrella; el coronel Rivero, Nogueras, un napolitano llamado Ronchi, director de Loterías; el secretario del embajador de Inglaterra, lord Williers; Tilly, el cura Mansilla, el padre Chamizo, el capitán Messina, el capitán Del Brío y el teniente Gamundi.
El comedor presentaba un hermoso aspecto. Se hallaba iluminado con una gran araña de cristal y por dos candelabros, llenos de bujías, colocados sobre la mesa. Celia estaba elegantísima, con un traje verde pálido, que hacía destacarse su cabeza fina, adornada con una cabellera de un rubio obscuro; la marquesa de Albalate iba de blanco, y Estrella Fidalgo, que era una mujercita redondita y muy viva, en _jeune fille en rose_. Los hombres vestían de frac, excepto los militares, que iban de uniforme, y Mansilla, que llevaba sotana.
El anfitrión, pálido, demacrado, con el pelo entrecano, los ojos negros, vivos, el bigote lleno de cosmético, parecía una rata. Gamboa miraba disimuladamente a Celia, y ésta hablaba con el coronel Rivero y con Tilly; el capitán Messina piropeó a Estrella; Aviraneta y Ronchi obsequiaron a la marquesa de Albalate; el padre Chamizo charló con Gamundi, y Mansilla, con el secretario de lord Williers y con dos militares.
Todos eran del bando cristino. La cena fué espléndida y muy bien servida. Felicitaron a la dueña de la casa y se habló por los codos. De sobremesa, don Narciso contó una historia melodramática de los carbonarios de Roma, en la que había intervenido, con muchos detalles; Aviraneta estuvo amenísimo y chispeante; Messina explicó su evasión de la Ciudadela de Barcelona, y el napolitano Ronchi habló de su vida y de sus aventuras en Argel y Marruecos, en su lengua chapurrada, con mucha gracia.
Ronchi era un hombre grueso, moreno, con la cara redonda y unos pelos negros de punta sobre la frente. Tenía algo de polichinela, y una gesticulación tan cómica, que hacía reír aunque hablara en serio.
El caballero Ronchi dijo que no creía en la Medicina, a la que consideraba como un empirismo sin base; pero en cambio consideraba la craneoscopia del doctor Gall como una ciencia.
--El viejo refrán de «Dime con quién andas y te diré quién eres», yo lo sustituyo de esta manera craneoscópica: «Enséñame tu cabeza y te diré quién eres.»
El padre Chamizo y el cura Mansilla negaron la certeza de esta máxima, y Ronchi gritó:
--Pruebas, pruebas. ¿Quién de ustedes quiere que le examine la cabeza? A las damas no les hago el ofrecimiento. Sería un poco duro para mi encontrarles la prominencia del amor físico o de la infidelidad, y denunciarlo ante el público.
--Vamos a ver--dijo Gamboa--. Ahí va mi cabeza.
Ronchi palpó la cabeza del oficial y dijo:
--Prominencia del cerebelo, grande...; hay sentido del amor y de la reproducción; el órgano del afecto y de la amistad, bien desarrollado; el del valor y el orgullo, también... Esta no es una cabeza filosófica..., pero hay sentido artístico.
--Está bien--dijeron todos.
Gamboa se rió, porque Ronchi le conocía y obraba sobre seguro.
--A ver Aviraneta. Aviraneta debe tener una cabeza curiosa para un frenólogo--indicó Gamboa.
--¡Aviraneta! ¡Aviraneta!--dijeron todos.
--Vaya, señores, no hay que impacientarse--repuso don Eugenio, y se acercó a Ronchi.
Ronchi le saludó y le cogió la cabeza entre las dos manos.
--Señores--dijo el napolitano--. Esta es una cabeza.
Todo el mundo se echó a reír.
--No hay que reírse--replicó él con un ademán de charlatán que habla en la plaza pública--. Yo ruego al respetable público que la examine con detención. ¿Qué vemos en este cráneo, señores? Primero, mirad este abombamiento de las sienes. ¿Qué significa este signo? Este signo significa, señores, el valor, el valor personal, que está acusadísimo en este cráneo. Ahora, reparad en esta prominencia que hay encima de la oreja. Este signo es el signo de la crueldad y de la inclinación sanguinaria. Este caballero que posee este cráneo es un hombre cruel y sanguinario. Ahora ved el abultamiento que hay delante del oído: es la señal de la astucia y de la malicia; observad lo alta que es la cabeza: indicio de firmeza de carácter, y lo señalada que está la línea del orgullo. En lo demás, vulgar, completamente vulgar; el sentido del amor, de la amistad y del afecto, sin relieve; el sentido poético y religioso, nulo. Esta no es una cabeza filosófica, no es una cabeza artística, este es un _condottiere_... En fin, caballero--concluyó diciendo el napolitano inclinándose de una manera ceremoniosa y bufonesca ante Aviraneta--, craneoscópicamente es usted un hombre peligroso.
Aviraneta correspondió a la reverencia y dijo:
--Eso dice también Zea Bermúdez, pero yo no lo creo.
Se miraron unos a otros riendo de la alusión política de Aviraneta, que se sabía que estaba perseguido.
Se abandonó la craneoscopia, que a algunos no hacía gracia, sin duda porque la encontraban derivaciones antirreligiosas, y se habló de cuestiones del momento.
--¿Saben ustedes el epitafio que se ha hecho a Fernando VII?--preguntó el cura Mansilla.
--No.
--Pues oíganlo ustedes. Es breve y compendioso:
Murió el rey, y lo enterraron. --¿De qué mal? De apoplejía. --¿Resucitará algún día diciendo que le engañaron? --Eso no; que le sacaron las tripas y el corazón. ¡Si esa bella operación la hubieran ejecutado antes de ser coronado, más valiera a la nación!
Este epitafio, recitado por un eclesiástico, se aplaudió estrepitosamente y escandalizó a Chamizo. Días antes, una cosa así hubiera hecho temblar a todo el mundo.
Acababan de recitar estos versos, cuando entraron en el comedor de casa de doña Celia dos oficiales jóvenes, Ramón Narváez, vestido de paisano, y Fernandito Muñoz, con uniforme de guardia de Corps.
La señora de la casa estuvo muy amable con los dos, sobre todo con el segundo. Pasaron todos a un saloncito a fumar y a charlar, y a la una de la noche se fueron los invitados a la calle.
Hacía una noche soberbia y fueron juntos hablando Aviraneta, Gamboa, Tilly, el capitán Del Brío y Chamizo.
--¿Saben ustedes lo de Fernandito Muñoz?--preguntó Gamboa.
--No. ¿Qué pasa?
--Que la reina está loca por él.
Del Brío soltó una blasfemia.
--¡Qué _zuerte_!--exclamó con su acento andaluz--. _Eze_ llega a general.
--Si no llega a rey--repuso Tilly.
--Y aquí, en confianza. ¿Qué clase de mujer es María Cristina? ¿Ustedes la conocen de cerca?--preguntó Aviraneta.
--Yo he hablado una vez con ella--dijo Tilly.
--¿Y qué le ha parecido a usted?
--Pues es una mujer guapetona; pero no tiene ninguna majestad. Habla de una manera afectada, pensando mucho lo que dice, y parece que está representando un papel.
--A mí me ha parecido una mujer basta, ordinaria--aseguró Gamboa con cierta saña--, una tía de estas a las que les gustan los hombres guapos.
--Una mujer caliente de corazón--agregó Tilly.
--Sí, es el tipo de la italiana gorda, fondona, un poco abandonada, que se pasaría la mayor parte de la vida en la mesa y en la cama.
--¿Pero al menos es inteligente?--preguntó Aviraneta.
--Poca cosa.
--¿Y liberal?
--Nada, absolutamente nada. Es liberal por fuerza.
--Pues sí que es un encanto nuestra excelsa Cristina--dijo Aviraneta.
--A nosotros los liberales nos conviene pintarla como una mujer ideal--dijo Tilly--; si no lo es, peor para ella.
--¿Y su hermana Luisa Carlota?
--Yo creo que es por el estilo--contestó Tilly--, quizá más enérgica, más ambiciosa.
--¿Y el infante don Francisco?
--_Eze ez_ un _calsonasos_--dijo Del Brío.
--No lo creo yo así--replicó Gamboa--; a mí me parece que no es tan tonto como dicen, y creo, además, que es un liberal de verdad.
Se pasó revista a los comensales de la cena.
--¿_Zerá sierto_ que el coronel Rivero tiene un _proseso_ por _azezinato_?--preguntó Del Brío.
--No estoy enterado--contestó Gamboa--. Ya sé que ha tenido una causa, pero creí que era algo militar.
--¿No conocen ustedes la historia?--preguntó Aviraneta--. ¿No? Pues la cosa pasó en Cádiz, en mil ochocientos treinta y uno. Rivero estaba allí de comandante y tenía todo el regimiento comprometido para sublevarse con Torrijos. Los conspiradores se reunían en la logia. El día señalado, al anochecer, va Rivero a la logia y se encuentra con varios oficiales comprometidos, que le dicen que se ha presentado allí el brigadier don Antonio del Hierro y Oliver, con su ayudante, y que va a volver por la noche. Rivero y sus amigos parlamentan y preparan una emboscada, y a la mañana siguiente aparece en la calle el brigadier muerto de cuatro tiros, y a pocos pasos de él, un zapatero de la vecindad también muerto. La justicia toma el asunto con frialdad y la mujer de Hierro, que era una mujer de pelo en pecho, jura denunciar a los conspiradores enemigos de su marido, arma un zafarrancho en el cuartel, hace que prendan a cinco o seis, y, mientrastanto, un sargento comprometido se escapa con la doncella del brigadier, con la caja del regimiento y con una maleta de documentos comprometedores.
--¿Y no lo pescaron?--preguntó uno.
--¡Ca! Ahora está en París hecho un personaje, de empresario de teatros, camino de tener millones.
--¡Qué _zuerte_!--volvió a decir Del Brío.
--¿Y de Narváez?¿Qué se sabe?--preguntó Aviraneta--. Estaba pendiente de purificación.
--Lo han nombrado capitán del regimiento de la Princesa, del cuarto de línea--dijo Gamboa.
--Es un hombre de porvenir--exclamó Aviraneta--, tiene mucha fibra y es un liberal entusiasta.
--No quiero nada con él--repuso Del Brío.
--¿Pues?
--_Ez_ un bárbaro _zin formaz_ de ninguna _claze_. _Eztaba_ yo de _guarnisión_ en Granada y _zolíamos_ ir a jugar a un casino muchos _oficialez_ y _algunoz paizanos_, entre _elloz_ uno de los jefes de los _realiztaz_. Una noche llevaba yo la banca y _eztaba_ Narváez a mi lado. Yo perdía ciento veinte _duroz_, y Narváez, aproximadamente, _otroz_ tantos. En _ezto_ entra el jefe de los _realiztaz_ de la _siudad_, se acerca, _zaca_ una bolsa verde llena y la pone en la _meza_. Narváez coge la bolsa verde, la tira al aire y dice: «Donde _eztoy_ yo no apuntan los _realistas_». _Zalimoz_ de ella a palos. Ya ven ustedes. ¡Qué tendrá que ver el juego con la política! _Eze_ Narváez _ez_ un salvaje.
Pasando revista a los demás comensales se habló del napolitano Ronchi.
Tilly conocía su historia.
--La vida de ese tipo es una novela--dijo--. Es un _lazzaroni_ de Nápoles, hijo de un prendero, creo que judío. Salió de su tierra y fué a Argel de quincallero. Aquí se transformó en charlatán y llegó a ser el médico de Cámara y del harén de Su Majestad Argelina. El bey parece que una vez le quiso empalar porque rompió un diente a su sultana favorita. De Argel marchó a Tánger, siempre de médico, y vino a Madrid, hace ocho o nueve años, donde puso una tienda de cambio. Quién le metió en Palacio no se sabe; el caso es que Ronchi acompañó a la princesa de Nápoles, novia del infante don Sebastián, a Madrid, y desde esta época tiene una influencia cada vez mayor con la Reina Cristina. Dicen que ha conseguido suplantar en su confianza al barón Antonini, encargado de Negocios del Reino de Nápoles. Ronchi protege a una modista, Teresita Valcárcel, fina como los corales, que entra todos los días en Palacio. Entre ellos y Muñoz están mandando en la Reina Cristina en el momento actual.
Aviraneta, a quien interesaba, sin duda, muchísimo todo esto, hizo más preguntas a Tilly. Gamboa escuchaba la relación con marcado disgusto.
Llegaron a la Puerta del Sol. Para Chamizo era tarde, y se fué a casa pensando en la sociedad abigarrada y extraña que aparecía en Madrid.
LIBRO QUINTO
INTRIGAS Y OBSCURIDADES
I.
EL COMADRÓN TEÓSOFO
SOLÍA pasar Chamizo largas temporadas sin ver a Aviraneta. No andaba con él, porque no quería comprometerse. Don Eugenio le enviaba alguna que otra vez un libro, una botella de vino, o algo de comer, con una carta burlona. También intentó darle dos o tres bromas pesadas.
Una tarde, después de comer, estaba el ex fraile leyendo en su cuarto, cuando entró la patrona, doña Puri, y le dijo:
--Don Venancio.
--¿Qué pasa?
--Que aquí está el señor Bordoncillo, con su secretario.
--No le conozco a ese señor; dígale usted que no estoy.
--Dice que trae una carta de un amigo de usted y que le tiene que hablar de cosas importantes.
--Bueno; pues que pase.
El señor Bordoncillo era un hombre bajito, de unos cincuenta años, melenudo, de bigote y perilla grises, con los ojos un poco bizcos y muy brillantes, el cráneo estrecho y piriforme, la boca sin dientes. Vestía perfectamente andrajoso, unos pantalones llenos de flecos, un chaleco lleno de grasa y un gabán negro lleno de caspa; usaba cuello de camisa grande y mugriento, corbata roja, unas botas destrozadas y un sombrero de copa como un tubo. El secretario era por el estilo de él, pero aún más raído y un tanto jorobado.
El señor Bordoncillo entró en el cuarto de Chamizo, seguido de su secretario. Se sentó en el único sillón con la mayor familiaridad, y se desembozó la bufanda, dejando en el ambiente un olor fuerte a tabaco.
--Lea usted--dijo al ex fraile, y le alargó una carta.
Era ésta de Aviraneta, y decía así:
«Mi querido amigo don Venancio: El dador de la adjunta es el señor Bordoncillo, profesor de obstetricia y de ciencias ocultas. El señor Bordoncillo es hombre eximio, de gran profundidad de ideas, y con el cual yo, por mi incultura, no puedo alternar debidamente. Usted, con sus conocimientos filosóficos e históricos, sabrá comprender a este hombre ilustre, hoy perseguido por enemigos poderosos, y elevarse a la altura de sus lucubraciones. Muy suyo,
AVIRANETA.»
Al principio no comprendió el ex fraile que la cosa era broma; pero al poco tiempo de hablar con el señor Bordoncillo vió que se trataba de un iluso, de un chiflado.
--¿Ha leído usted la carta?--le preguntó el hombre mirándole atentamente.
--Sí.
--¿Y qué me contesta usted?
--Nada. ¿Qué quiere usted que le conteste? ¿Por qué dice el señor Aviraneta que es usted profesor de obstetricia?
--Porque lo soy.
--¡Ah! Usted se dedica a asistir a partos.
--Sí, señor; tengo esa noble profesión, que algunos intentan ridiculizar llamándonos comadrones, parteros y otras palabras igualmente absurdas. Mi secretario González es herbolario.
--¿Y trabaja usted?
--Poco, muy poco; pero dejemos esa cuestión. No es como profesor de obstetricia que vengo a visitarle a usted, ni a ofrecerle mis servicios.
--¡Oh! Lo supongo, lo supongo--dijo Chamizo.
El señor Bordoncillo le advirtió que sabía que el ex fraile había abandonado los antros de la superstición, por lo cual le felicitaba; después se acercó a él y le dijo con gran misterio:
--Soy un perseguido. Vea usted cómo me tienen--y abrió el chaleco y le mostró que no llevaba camisa.
--¿Qué le pasa a usted?
--Es muy largo de contar; otro día en que esté en mejor situación de ánimo se lo contaré. Hay poderes, señor mío, que quieren arrebatarme la libertad, arrebatarme el albedrío para hacerme contra mi voluntad consejero de la Corona. Que lo diga mi secretario.
--Es cierto, es cierto--murmuró el secretario.
--¡Pero hombre, eso no es tan malo!--le dijo Chamizo.
--No me entiende usted--dijo Bordoncillo--. ¿Y mi obra? ¿Cómo yo acabo mi obra, si me secuestran, si me monopolizan?
--¿Y qué obra quiere usted hacer? ¿Algún trabajo de obstetricia?
--Un tratado de obstetricia del mundo.
--¿Y cree usted que no tendría usted algún poco de tiempo...?
--Necesito toda la vida, caballero, y aun no basta. Quieren distraerme. Quieren impedirme trabajar. Vivo mal, señor mío. Vivo mal. Estoy a la merced de un Tubal Caín.
--¿Quién es Tubal Caín?--preguntó Chamizo asombrado.
--Es un herrero de la Ronda de Atocha, que es masón y que me desprecia. ¡A mí! ¡Un Tubal Caín! ¡Qué vergüenza para el mundo! Su mujer, a la que yo llamo la ciudadana Minerva, me hace el puchero, un puchero miserable; lo que usted oye; y su criado, a quien yo llamo Ierófilo, me saca la lengua cuando me ve... Así vivo yo. ¡Qué ironía! Me están asesinando. González, mi secretario, lo sabe.
El secretario movió la cabeza gravemente, y cerró los ojos en señal de asentimiento.
--Me han hecho quemar más de diez libras de papel--siguió diciendo el comadrón teósofo.