La Isabelina

Part 4

Chapter 43,988 wordsPublic domain

--Va el rector del convento de jesuítas de San Isidro, padre Puyal; el colector Zorrilla, el archivero del duque del Infantado...

--Esta no es gente de armas tomar.

--No, claro es, pero de mucha influencia.

--¿Y de militares, hay muchos?

--No muchos: los jefes de los voluntarios realistas, el coronel Rodea, el teniente Paulez, el capitán Portas, que es el cuñado de Bessieres... Casi todos estos piensan unirse a Merino, si la cosa va mal, porque algunos tienen la esperanza de que si entre cristinos y liberales exaltados echan a Zea Bermúdez de la presidencia, apoderarse ellos del Poder.

--No está mal pensado. Es lógico. Nosotros defenderemos a Zea--murmuró Aviraneta--, y, mientrastanto, nos armaremos. Al menos, siquiera que podamos contar con Madrid. Aconsejaré a la gente que no haga la menor manifestación contra Zea. Que dure lo más posible es lo que nos conviene.

--Y ¿usted qué ha hecho?--preguntó Tilly.

--Nosotros hemos organizado nuestra Junta Isabelina, que ha quedado compuesta por Flórez Estrada, Calvo de Rozas, Romero Alpuente, Beraza, Olavarría y yo. Como jefe militar, con voto en el Directorio, ha quedado Palafox.

--¿Es gente que vale?--preguntó Tilly.

--Nada; viejos cansados, hombres serios y honrados, pero inútiles para una conspiración. Gente que tiene un hermoso epitafio nada más. Yo preferiría pillos, ambiciosos, crapulosos... indocumentados, pero con más ímpetu.

--Pero, en fin, ya que no se encuentran pillos hay que echar mano de gente honrada--dijo Tilly seriamente.

--Sí.

--¡Qué miseria!

--¿Y en la organización de la Junta han pasado ustedes todo ese tiempo?--preguntó Mansilla.

--No sólo en esto--replicó Aviraneta--. Hace unos días me encontré en la calle con un tal Francisco Maestre, ex administrador de Rentas de Avila. A este señor le conozco porque, en 1823, se reunió a la columna del Empecinado con los pocos fondos de las existencias de aquella administración. Maestre me contó sus vicisitudes y los trabajos pasados en diez años de cesantía, atenido a las míseras ganancias que iba obteniendo en el escritorio de un procurador. A pesar de su penuria y de sus dificultades, ha conspirado estos años pasados contra el Gobierno absolutista en compañía de Marcoartú, Miyar, Torrecilla, etc., estando él encargado de la correspondencia en provincias hasta que la conspiración fué descubierta.

--¿Y le ha dado a usted sus notas?--preguntó Tilly.

--Sí; me ha dado las listas de los comprometidos en Cataluña, Valencia, Valladolid y Zamora.

--¿Y cómo no se ha llevado usted al mismo Maestre?

--Porque no quiere. Dice que está cansado, enfermo y con una familia numerosa que mantener.

--¿Y los datos tienen valor?

--Grande.

--¿Así que la Sociedad Isabelina marcha bien?--preguntó Tilly.

--Viento en popa.

--¿Y qué consigna tenemos de aquí en adelante?--preguntó Tilly.

--Por ahora esperar; decir a todo el mundo que Zea es indispensable e insustituíble. Nosotros secundaremos lo que hagan los cristinos por debajo de cuerda, y, mientrastanto, nos prepararemos y compraremos armas. Usted, amigo Uno, visite a todo el que pueda.

--¿Y yo?--preguntó Mansilla.

--Usted, amigo Dos, busque el modo de averiguar lo que traman los realistas. Nosotros no estamos preparados; pero ellos, tampoco. Probablemente los carlistas se harán dueños de media España; pero con que nosotros tengamos las capitales, triunfaremos.

Lo mismo pensaban Mansilla y Tilly. Estas consideraciones les arrastraron a discutir principios políticos, en lo cual no estaban muy conformes.

--¿No podríamos hablar un poco del objeto de nuestra Sociedad?--preguntó Mansilla--. ¿Hasta dónde queremos llegar?

A mí me parece inútil la discusión, pero discutiremos lo que a usted le parezca. Yo creo que por mucho esfuerzo que hagamos, en España siempre nos quedaremos cortos--contestó Aviraneta.

--Yo creo lo mismo--dijo Tilly.

--Son ustedes unos malos liberales--repuso Mansilla--. No les gusta razonar.

--Es que yo creo que necesitamos una cierta cantidad de libertad para poder movernos desembarazadamente, y eso, a mi entender, hay que conquistarlo a todo trance--replicó Aviraneta.

--Es indudable--dijo Tilly.

--¿Pero es que ustedes creen que nosotros en España no hemos tenido libertad?--preguntó Mansilla--. ¡Qué error! La hemos tenido a nuestro modo. ¿Es que ustedes suponen que fray Luis de Granada y Santa Teresa no escribían con libertad y sin trabas? ¿Ustedes piensan que Mariana, Suárez, Molina Soto, no eran pensadores atrevidos?

--No sé--dijo Aviraneta--. No sé si tiene usted razón, o no. Cada época plantea su problema de una manera especial. Hablar de que el problema que se planteó antes es igual al de hoy, no tiene valor. Nosotros nos referimos a la libertad actual moderna en sus dos aspectos: libertad de pensar y libertad de hacer.

--¡Naturalmente--exclamó Tilly--, lo demás son tiquis miquis teológicos que no nos interesan!

--Veo que ustedes quieren la libertad del pensar, para no pensar--repuso Mansilla con ironía--. Pasemos a otra cuestión, ya que no gustan ustedes de las doctinales. ¿Vamos a trabajar por la libertad de los demás, sin premio?

--¡Hombre, no! Usted encontrará el puesto que merece rápidamente a consecuencia de la política. Con los datos nuestros se apoya usted en los realistas, y con los de los realistas, en nosotros, y como nosotros sabemos que está usted en nuestro bando, ya basta.

--¿Y usted, Aviraneta, va usted a trabajar sin esperanzas de alcanzar algo?--preguntó Mansilla.

--Por lo menos por ahora no tengo un plan de ambición concreta.

--¿Entonces es que quiere usted quedar en la historia? ¿Tiene usted aspiración a la inmortalidad?

--Yo, no; ninguna. ¿Y usted, Tilly?

--Tampoco. Todos mis planes están incluídos en la vida.

--Es más--afirmó Aviraneta--, a mí eso de la inmortalidad me parece una aspiración mezquina.

El cura torció el gesto.

--¿Usted no opina lo mismo?

--Yo, no. A mí me parece un sentimiento natural el de la aspiración hacia la eternidad.

--Es que usted es cura--dijo fríamente Tilly.

--Ustedes mismos, que no creen en la inmortalidad del alma, pretenden la de la historia.

--No, no. Yo, no--repuso Tilly.

--Yo tampoco--replicó Aviraneta--. No me ocupo, no me importa el pensar que dentro de cien años haya un buen señor que descubra mi nombre y se ponga a estudiar mis andanzas. No me preocupa eso absolutamente nada.

--No le creo a usted.

--Como usted quiera. Ahora mismo mi preocupación es lo que tengo que hacer al salir de aquí, lo que haré esta noche, mañana, pasado. El año que viene ya tiene perspectivas muy lejanas, casi no existe para mí.

Después de discutir este punto, que, naturalmente, no se esclareció, Tilly propuso el empleo de un vocabulario especial para el Triángulo, con cincuenta o sesenta palabras convenidas, que les permitiera hablar entre gente sin que nadie se enterara.

Se aceptó la idea, y como Tilly había hecho ya la lista de palabras y sus formas de sustitución, se examinó esta clave, se rechazaron algunas palabras y se aceptaron las demás.

Se decidió que cuando uno quisiera pasar de la conversación corriente a la conversación con clave preguntara:

--¿Y el cónclave, qué tal va?

El otro debía contestar:

--Bien, muy bien. Vamos trampeando.

Hicieron algunas pruebas del nuevo método y quedaron contentos.

Poco después Aviraneta dejaba la Casa del Jardín y salía de la Montaña del Príncipe Pío por la puerta de San Gil, mientras el padre Mansilla salía por la de San Vicente.

III.

LA AGITACIÓN POPULAR

MIENTRASTANTO, la conmoción popular iba en aumento, los cristinos y los carlistas se venían a las manos en los Barrios Bajos, y todas las noches había jarana y tiros, y vivas a Carlos V y a la Constitución.

Los cafés estaban convertidos en centros políticos; cada cual tenía su matiz: la Fontana de Oro, Lorencini y la Cruz de Malta eran casi en bloque liberales doceañistas; el de los Dos Amigos, el de la Estrella y el Café Nuevo eran liberales exaltados; el de San Sebastián tenía una tertulia republicana; el de San Vicente, de la calle de Barrionuevo, y el de la Aduana, eran realistas; el de Solís, en la calle de Alcalá, era moderado. Los literatos iban al café del Príncipe y al de Solito; los militares indefinidos, al café de Venecia; los viejos aficionados al ajedrez y al dominó se metían en el de Levante, y los lechuguinos, en el de Santa Catalina. En general, el centro de Madrid era partidario de un liberalismo manso; los Barrios Bajos eran absolutistas.

Las dos fracciones liberales de cristinos e isabelinos maniobraban a la par. Los isabelinos colaboraban con los cristinos, sin que éstos notasen que otros elementos a su sombra formaban rancho aparte. Cuanto se ejecutaba por los cristinos partía del grupo de los Carrascos, sin que Aviraneta y los suyos tuviesen contacto con aquellos jefes.

Aviraneta desconfiaba de la fracción cristina amiga de Zea Bermúdez; los cristinos sabían que por debajo de ellos se agitaban los exaltados y temían su tendencia demagógica; pero no los consideraban peligrosos, porque los creían sin organización.

Lo mismo unos que otros, y con ellos los carlistas, afirmaban que el ministerio de Zea era insustituíble. Naturalmente, todos necesitaban tiempo para prepararse.

Aviraneta y Tilly, para entenderse y ponerse de acuerdo, buscaron intermediarios. Aviraneta hizo que un antiguo amigo suyo, Fidalgo, empleado en Palacio, fuera uno de éstos. Cuando Tilly tenía que decir algo a Aviraneta se lo comunicaba a Fidalgo, y éste mandaba aviso a don Eugenio, a la sombrerería de Aspiroz, de la calle de la Montera, esquina a la Puerta del Sol.

Respecto al padre Mansilla, no era sospechoso de liberalismo y se le podía escribir sin miedo. Mansilla solía contestar con clave, dirigiendo las cartas algunas veces al padre Chamizo.

A pesar de la forma discreta con que se hizo el armamento de los cristinos y de los isabelinos, el ministro debió darse cuenta de sus manejos y sospechó si por debajo de la gente de los Carrascos habría otros elementos más peligrosos para la paz.

Un día, en un parte del superintendente de policía, se dijo que en la plazuela de San Ildefonso, encima de una botica, se verificaban alistamientos de cristinos, que estaban formando la sexta y séptima compañía del segundo batallón. Se añadía que varios de los alistados, entre ellos un fabricante de naipes de la calle de Toledo, frente a San Isidro, y dos oficiales indefinidos, habían celebrado una conferencia con otros individuos sospechosos en el café de la Estrella.

Con estos indicios, Zea distribuyó su policía por todo Madrid y cogió de madrugada a un paisano armado con fusil, bayoneta, canana y diez cartuchos de bala. Era de la Isabelina, pero se lo calló. Interrogado, dijo que era cristino y que se había alistado en casa de un carpintero de la calle del Postigo de San Martín, esquina a la de la Sartén; añadió que se decía que en la plaza de San Ildefonso distribuían las armas un oficial del regimiento de Farnesio llamado García Ampudia, y un tal Arroyo, y que a otros puntos iba Domingo Gallego, criado de don Rufino García Carrasco, y un capitán de la clase de indefinidos apellidado Tominaiza.

El paisano encontrado con armas fué puesto en libertad.

Así, por debajo de los cristinos, iban laborando los isabelinos.

Llegó el 30 de junio de 1833, fecha fijada para la jura de la princesa. Con este motivo se temió que hubiera alborotos aquel día y los siguientes. Aviraneta y Tilly se comunicaron los acuerdos de sus partidos, y la Junta cristina y la isabelina se mantuvieron en sesión permanente.

Palafox trató de hacer una movilización de los isabelinos por vía de ensayo, y fué enviando centurias con sus comandantes a distintos puntos estratégicos, y allí donde había festejos, para que los realistas no intentaran deslucirlos y hacerlos fracasar.

Al volver los grupos a la Puerta del Sol y al entrar en los cafés, hubo gritos y vivas.

--¡Viva la reina!--gritaban los cristinos y los isabelinos.

--¡Viva!

Y después, cuando no había policía cerca, los isabelinos vociferaban:

--¡Viva la Constitución! ¡Mueran los frailes! ¡¡Mueran los carlistas!!

LIBRO CUARTO

LA MUERTE DEL REY

I.

LAS PRIMERAS NOTICIAS

A medida que pasaba el tiempo, la situación política se iba haciendo más obscura. Los amigos de Aviraneta afirmaban que las revueltas no se harían esperar. Por otra parte, los realistas daban como seguro que el día de San José sería el del trueno gordo para la degollación de liberales, masones y cristinos. En las Vistillas y Puerta de Moros y en el barrio de Lavapiés los paisanos aclamaban a Carlos V.

Todos los días aparecían pasquines, la mayoría mal escritos, que acababan con vivas a Don Carlos o a Isabel, y con un «¡Mueran los masones!», o un «¡Abajo los _flaires_!»

Los voluntarios realistas estaban ya como licenciados, y no se les permitía salir a la calle de uniforme. Zea Bermúdez, el jefe del Gobierno, quería dominar la situación, y pensó en quitar las armas a los cristinos, de quienes se decía que se preparaban militarmente, y en desarmar a los voluntarios realistas.

El proyecto era excelente, pero de difícil realización. Todos los días había palos en las calles. Los realistas, cuando atacaban a los cristinos, decían que habían gritado: «¡Viva la Constitución!», y los liberales, cuando zurraban a los realistas, que habían prorrumpido en vivas a Carlos V.

Se dijo que iba a haber una gran conmoción popular, y que la señal la daría la ascensión de un globo. Estas señales con globos se relacionaban, no se sabe por qué, con el carbonarismo.

Unos días después de la jura de la princesa, al pasar por la Puerta del Sol el padre Chamizo, se encontró con Aviraneta, que marchaba en compañía de algunos amigos.

Había en la plaza gente mal encarada, armados con garrotes y bastones.

--¡Viva la reina!--gritaban los cristinos.

--¡Viva!--vociferaban todos.

--¡Mueran los carlistas! ¡Mueran los frailes!

--Nos están ustedes dando un trágala--le dijo Chamizo a Aviraneta.

--Esto va de broma.

Lo cierto fué que no pasó nada de particular.

El mes de septiembre se agravó la enfermedad del rey y se temió por instantes por su vida. El 29 del mismo mes declararon los médicos de cámara que su estado era muy grave.

Tenía Aviraneta en Palacio un amigo que le daba noticias del curso de la enfermedad del monarca. Era éste Fidalgo, hermano de dos camaristas de la reina, llamadas Blanca y Estrella, que tenían relaciones con dos oficiales, el capitán Messina y el teniente Pierrard.

Aviraneta recibió una mañana el aviso de Fidalgo, diciéndole que el rey estaba en la agonía.

--Voy a casa de los amigos a darles la noticia--le dijo a Chamizo, y le preguntó después--: ¿Usted conoce al capitán Nogueras?

--Sí.

--Pues vaya usted a su casa, a la calle de Toledo, esquina a la de las Maldonadas, y dígale lo que ocurre. A él le interesa mucho, por estar esperando el destino...

El padre Venancio fué a la calle de Toledo, y entró en casa de Nogueras. Le recibió su patrona, la señora Nieves, una pobre mujer, que le dijo que el capitán, su pupilo, llevaba una vida muy mala. Estaba enredado con una prendera de la calle de los Estudios, a la que llamaban Concha la Lagarta, una mujer más mala que un dolor, según ella.

Cuando don Venancio dijo a la señora Nieves que despertara al capitán para darle una noticia, ella se opuso; alegó que su pupilo se había acostado por la mañana; pero cuando le aseguró que era noticia importante, de la que dependía su destino, entró en la alcoba a llamar a Nogueras.

Salió Nogueras en mangas de camisa y en chanclas. Era el capitán un hombrecito flaco y cetrino, con la nariz picuda y unos anteojos muy gruesos. Aviraneta lo había definido diciendo: «Nogueras es un cínife, una chinche, un piojo, sabio y burocrático».

El ex claustrado contó al capitán lo que pasaba, y se fué después a casa a trabajar en sus traducciones.

Por la tarde, estaba Chamizo en el balcón tomando el fresco, cuando apareció Aviraneta en la calle.

--Mientras usted está aquí tranquilamente--le dijo--, el pueblo arde de un extremo a otro. Baje usted.

Bajó Chamizo a la calle y preguntó:

--¿Qué ha pasado?

--El rey ha muerto a las cinco de la tarde. A las cinco y diez minutos tenía yo la noticia en la sombrerería de Aspiroz. Los amigos andan de observación. Por ahora los realistas están achicados y encogidos. ¿Quiere usted que vayamos por ahí a tomar el pulso al pueblo?

--Vamos.

A las seis, la noticia de la muerte del rey era general. La gente andaba por las calles sorprendida y perpleja, reuniéndose en grupos, hablando y haciendo cábalas; todo el mundo creía que iba a ocurrir algo, aunque no se figuraban qué.

Pasaron el ex fraile y el conspirador por Lorenzini y la Fontana, y después por los cafés de la calle de Alcalá, el de la Estrella, el de Los Dos Amigos y el Café Nuevo. En éste se hablaba a gritos contra el rey muerto.

II.

LA TABERNA DE LA BIBIANA

AVIRANETA y Chamizo fueron a cenar a una casa de comidas de la calle de las Tres Cruces, la casa de la Bibiana. Estaban allí reunidos Nogueras, del Brío, Gamundi y algunos otros jóvenes de la Isabelina, casi todos militares indefinidos y bullangueros.

Entre ellos se destacaba un hombre de más de cuarenta años, que parecía hecho de alambre, seco como la yesca, negro, amojamado, con los ojos brillantes y los movimientos violentos. Era uno de los pocos carbonarios de la Sociedad Isabelina. A su lado estaba un periodista hambrón, melenudo, barbudo, vestido con una vieja levita de miliciano.

Toda la caterva liberal entró en un cuarto grande que comunicaba con la cocina. Dos quinqués de petróleo iluminaban este comedor, que tenía una mesa larga de pino y un armario con botellas. Gamundi y del Brío se fueron, y volvieron al poco rato con dos muchachas, la _Pinta_ y la _Cascarrabias_, con las que estaban amancebados y a las que habían llevado a comer.

Eran dos manolas, las dos a cuál más desvergonzadas en el hablar. Vestían mantilla con cenefa de terciopelo, peineta grande, pañuelo de color al pecho, y guardapiés. La _Pinta_ era rubia, y la _Cascarrabias_, morena, medio gitana.

Del Brío hacía buena pareja con su manola, porque era un jaque andaluz, presumido y fanfarrón; pero Gamundi ya no estaba tan bien en este ambiente.

Gamundi era el hijo de un guerrillero de Mina y había vivido, en su juventud, en Inglaterra. Era de pequeña estatura, rubio y un poco zambo, con un gran bigote dorado y patillas cortas. Aviraneta le llamaba el Zambete.

--¡Hola, Zambete!--le decía.

--¡Hola, Vinagrete!--le contestaba él en broma.

Tenía Gamundi los ojos azules, llorosos, con el blanco con rayas rojas; la nariz, grande, llena de venas moradas, y la cara, inyectada. Era un borracho inveterado, hombre bueno, valiente y atrevido.

Con las mujeres tenía una galantería inofensiva y aparatosa. El culto de Baco le había hecho olvidar otros cultos paganos. La _Cascarrabias_, su querida, le insultaba constantemente.

--¡Desaborío! ¡Arrastrao! ¡Escarríao!--le decía.

Gamundi oía esto como quien oye llover.

Se habló en la cena de mujeres y de juego y se bromeó con las manolas.

--Como habrá usted notado--le dijo de pronto Gamundi, confidencialmente, al padre Chamizo--, yo soy hombre sin ningún talento.

--No, no.

--Sí, no tengo ningún talento. Corazón, sí; aquí hay un corazón firme, capaz de sacrificarme por un amigo. No me pida usted más. No pretenda usted que haga cuentas o que sepa declinar: _Musa musae_. Eso, no. Está en contra de mis aptitudes.

Al concluír la cena, Gamundi se levantó, y, tomando una actitud gallarda, dijo, con un arranque sentimental y oratorio, que para él no había mas que dos religiones: la de la patria y la de la mujer.

--Olvidas la botella--le dijo uno.

--No la olvido--gritó Gamundi, agarrando una por el cuello y llenando el vaso--. ¡Escuadrones! ¡Adelante! ¡Viva España! ¿Quién ha dicho retroceder? Que lo fusilen por la espalda. No... No hay cuartel para los realistas. Sangre y exterminio. No debe quedar una botella, no debe quedar un realista.

--Has hablado bien--dijo Nogueras, el piojo sabio--, pero estás borracho.

--Por eso he hablado bien. Bueno, cantemos el _Himno de Riego_. Me rebosa el liberalismo.

¡Soldados, la patria nos llama a la lid!

--¡Gamundi, a callar!--gritó Aviraneta.

Aviraneta tenía sobre aquellos militares gran ascendiente. Gamundi hizo un gesto de resignación cómica, apretando con los dedos un labio contra otro, como si quisiera impedir que se le despegaran.

Aviraneta y Nogueras dijeron lo que había que hacer al día siguiente. Chamizo se levantó para marcharse.

Aquellos endiablados calaveras siguieron bebiendo y haciendo ruido. El periodista trajo una guitarra y se puso a cantar. Los demás llevaban el compás dando palmadas y golpeando con el puño en la mesa.

--Arza ahí... ¡Olé!

Del Brío se levantó e invitó a bailar el fandango a la _Cascarrabias_. Lo hicieron los dos muy bien, y como del Brío era, sin duda, maestro se subió a la mesa y bailó un zapateado al compás de las palmadas y de los golpes con el puño. Mientrastanto, Gamundi dormía un momento con la barba apoyada en una botella y con los ojos abiertos.

Salieron de la casa de la Bibiana a eso de las ocho de la noche y fueron hacia la Puerta del Sol.

--¿Quiere usted venir, don Venancio?--dijo Aviraneta.

--¿Adónde?

--A una reunión liberal que vamos a tener aquí en una casa de la calle del Arenal.

--Yo tengo que ir a trabajar.

--¡Bah!, por un día.

--Iría si yo fuera liberal, pero no lo soy.

--Bueno; como usted quiera.

En esto se les acercó un sujeto de unos cincuenta años, que Aviraneta presentó al ex claustrado. Era don Martín Puigdullés, coronel de carabineros, llegado de la emigración, una mala cabeza, que el Gobierno perseguía para llevarlo a un presidio de Africa.

El señor Puigdullés iba con una mujer de mantón bastante zarrapastrosa.

--¿Qué hay de nuevo, Aviraneta?--preguntó Puigdullés.

--Ya sabe usted: la muerte del rey.

--¿Va usted a la reunión?

--Sí. ¿Cómo sabe usted que hay reunión?

--La idea ha partido de nuestro grupo del café de la Fontana. Estábamos Gallardo, Fuente Herrero y yo con otros patriotas, cuando a Gallardo se le ha ocurrido el proyecto. Se le ha avisado a todo el mundo; se ha enviada recado a los Carrascos, y éstos han contestado que están conformes, y que la reunión se verificará en una casa de la calle del Arenal, cerca del palacio de Oñate.

--¿Usted va ir, Puigdullés?

--No, porque me prenderían en seguida. Hay que sujetar a los cristinos. Tenga usted mucho cuidado con ellos, Aviraneta. ¡Adiós, señores!

--¡Adiós!

Entraron Aviraneta y su acompañante en la sombrerería de Aspiroz. La noche parecía presentarse tranquila. Seguían los grupos estacionados en la Puerta del Sol.

En esto pasó Gallardo con un amigo y se detuvo. Dijo que los absolutistas se hallaban tan inquietos como los liberales con la muerte del rey, y que se veía que nadie tenía nada preparado.

Salieron de la sombrerería en dirección a la calle del Arenal y se cruzaron con Calvo de Rozas, y luego, con Donoso Cortés y sus amigos, que iban a la reunión.

--¿Decididamente, usted no viene?--dijo Aviraneta al ex fraile.

--Decididamente, no voy.

III.

LA REUNIÓN LIBERAL

MANSILLA y Tilly estaban citados a las ocho y media de la noche en la Puerta del Sol, delante de la sombrerería de Aspiroz.

Aviraneta se despidió de Chamizo y se unió con sus compañeros del Triángulo, y los tres juntos tomaron la dirección de la calle del Arenal.

Entraron en la casa inmediata a la del conde de Oñate; subieron una escalera no muy ancha hasta el piso principal, y pasaron a una sala donde había reunidas de cuarenta a cincuenta personas en varios grupos. Era un salón grande y vacío con balcones, y unos ventanales cuadrados encima de ellos.

Iba entrando poco a poco más gente. Llegaron a congregarse hasta unos cien individuos de todas castas y pelajes; los había elegantísimos, currutacos con aire de figurín, y tipos mal vestidos, abandonados y sucios.