Part 2
Resolvieron reunir sus medios en una alianza ofensiva y defensiva y estudiaron varios proyectos. El punto de mira fué Madrid. Tilly tenía las notas de dos mujeres que habían servido a la policía y se las prestó a Mansilla.
Mansilla las estudió, las extractó y creyó que eran aprovechables.
Era indispensable ir a Madrid. Vendieron los dos todo lo que tenían y Mansilla se presentó en la corte. El abate trató a los miembros de la sociedad de _Los Apostólicos_, visitó a Calomarde, intrigó a todas horas, y al poco tiempo conseguía ser nombrado capellán del convento de la Encarnación y bibliotecario en el palacio de la condesa de Benavente de la Puerta de la Vega.
Mansilla visitó a los parientes de Tilly y les aseguró que éste no era un calavera, sino un joven estudioso que en aquel momento estaba enfermo en un zaquizamí.
Mansilla consiguió que la familia de Tilly le diera algún dinero para Jorge, pero ninguno de sus parientes quería tenerlo en su casa.
Mansilla envió el dinero a París, en una letra, y escribió a Tilly lo que pasaba. Como el abate era un hombre de actividad, quiso encontrar para su amigo un rincón bueno en donde pudiera restablecerse.
Mansilla conoció a un guarda de la plaza de Oriente, con quien solía pasear al salir de la iglesia de la Encarnación, y por este guarda, a un domador de caballos de las caballerizas que tenía el infante don Francisco en la Montaña del Príncipe Pío.
Fué a ver este sitio, y como le pareció excelente para Tilly, propuso al domador aceptara como huésped a un sobrino suyo, delicado de salud. El domador de caballos dijo que no podía hacerlo mientras el mayordomo del infante don Francisco no le diera su autorización. Mansilla vió a uno y a otro, movió sus amistades y consiguió el permiso.
Cuando llegó Tilly pudo instalarse en seguida en la Casa del Jardín. La mujer del domador le preparaba la comida, y él mismo, en un hornillo, se hacía el desayuno y la cena.
--Ha hecho usted una admirable adquisición--dijo Tilly--, está uno fuera del pueblo y cerca. Este observatorio es magnífico. Aquí yo me curaré y después entre los dos haremos grandes cosas.
Tilly mejoró en seguida; paseaba, montaba a caballo, tomaba el sol. Casi todos los días iba Mansilla a ver a su amigo y tenían los dos largas conversaciones. Mansilla sabía todo cuanto pasaba; Tilly, como vivía en la soledad, podía hacer la crítica de los sucesos mejor que el cura.
V.
TRES AMBICIOSOS
UN poco antes de la muerte del rey, Tilly supo que Aviraneta se encontraba en Madrid, y le escribió una carta. Aviraneta se presentó en la Casa del Jardín, y hablaron. Tilly contó a don Eugenio su vida desde que habían dejado de verse; le habló de su enfermedad y de la protección del cura Mansilla, con quien estaba unido por agradecimiento y por interés.
--¿Qué clase de pájaro es ese Mansilla?--preguntó Aviraneta.
--Es un hombre inteligente, enérgico y liberal; todo lo liberal que puede ser un cura.
--¿Usted puede contar con él?
--Sí, en absoluto. Usted le verá dentro de un rato y charlará usted con él.
Tilly le dió a Aviraneta toda clase de detalles respecto a Mansilla.
Aviraneta explicó después a Tilly la empresa política en que se veía metido.
--Yo tengo organizada la Sociedad Isabelina, que ahora marcha viento en popa--le dijo--. Está formada, principalmente, por militares y por empleados; pero he pensado que al mismo tiempo podríamos organizar una serie de triángulos para ayudarnos.
--Me parece muy bien.
--Usted es un hombre que me conviene, decidido, ambicioso y enérgico. Nos ayudaremos mutuamente y escalaremos las más altas posiciones.
--Nada; cuente usted conmigo.
--¿Este cura Mansilla, querría formar parte de nuestro primer triángulo?
--Ya lo creo.
--Nos vendría muy bien un auxiliar en el Clero. Hay que tener todas las puertas abiertas. Si no se puede la llave, emplearemos la palanqueta.
--Estamos de acuerdo.
--¿Así que usted cree que podemos constituír el triángulo?
--Nada, está constituído.
--Muy bien; entonces lo formaremos usted, él y yo. Usted el número uno, Mansilla el dos, yo el tres.
--Muy bien, acepto. Dentro de poco vendrá Mansilla, a quien tengo citado.
Tilly puso en relación a Aviraneta con el abate Mansilla, y los tres se prometieron ayudarse y favorecerse. Desde aquel día se formó el primer triángulo del Centro. ¿Tenían algún dogma? ¿Tenían alguna doctrina? Al parecer, ni dogma, ni doctrina; su único objeto era ayudarse y prosperar.
LIBRO SEGUNDO
EL TRUENO
I.
EL PADRE CHAMIZO EN MADRID
EL padre Chamizo fué a vivir a un tercer piso de la calle de Cervantes. Encontró un cuarto, gabinete con alcoba, bastante espacioso. Este gabinete había sido amueblado, con pretensiones, sin duda hacía ya mucho tiempo. Tenía un papel verdoso, desgarrado en muchas partes, una consola, un espejo sin brillo, un sofá de caoba y seis sillas. La alcoba estaba oculta con cortinas verdes, con los pliegues desteñidos, y la cama era de madera y parecía un barco. Chamizo, para arreglar el cuarto a su gusto, compró en el Rastro una mesa, una estantería para libros y un sillón cómodo.
La casa aquélla, cuya dueña era una señora pensionista, doña Purificación Sánchez del Real, no era una casa de huéspedes, sino algo muy indefinido y madrileño. Doña Puri alquilaba dos cuartos a caballeros estables y les daba de comer si éstos le anticipaban de antemano el dinero para la compra. Naturalmente, daba de comer mal, cosa terrible para Chamizo, y, además de esto, servía la comida a los caballeros estables en una encrucijada a la que llamaba el comedor, que era un sitio obscuro, entre pasillos, con una ventana de cristales empañados que daba a la cocina, que a su vez daba al patio. Sólo de noche se veía algo en aquel comedor, que según doña Puri estaba bien por su decoración. Doña Puri llamaba la decoración a unos armarios simulados que tenía el cuarto en las paredes. Doña Puri era una vieja encorvada con una mirada suspicaz y una voz de característica de teatro. Tenía esta señora la nariz corva, la boca sumida y unos lunares como cerdas en el labio. Era muy redicha y muy sentenciosa.
Su hijo Doroteo, muchacho de unos veinte años, parecía por su aspecto una de esas aves estúpidas y perplejas de la orden de las zancudas. A fuerza de creerse sabio lo equivocaba todo y no hacía cosa a derechas.
Muchas veces don Venancio le dió encargos, que el joven Doroteo los equivocó completamente.
--Perdone usted, yo había entendido que usted quería decir...
--Pero, ¿por qué no entiende usted lo que se le dice simplemente?--le preguntaba Chamizo.
Tenía Doroteo una novia en la guardilla de enfrente; la pobre muchacha se pasaba el tiempo en la ventana bordando y Doroteo la escribía versos.
Doña Puri hablaba mucho al padre Chamizo de su hijo.
--Porque como usted, don Venancio, es como si fuera de la familia...--le decía, y le abrumaba con historias sin interés.
El otro huésped de la casa era un tal don Crisanto Pérez de Barradas, un señor de barba negra, alto, con melenas y anteojos ahumados. Don Crisanto tenía una voz hueca y campanuda de pedante. Chamizo, al verle por primera vez, aseguró que debía ser masón, y, efectivamente, resultó que lo era.
Don Venancio, los primeros días de su estancia en Madrid, se dedicó a andar por las calles, a recorrer los cafés y a visitar las librerías de viejo. Casi siempre volvía a casa con unos cuantos volúmenes empolvados, que colocaba con placer en los estantes.
--Mi marido--decía doña Puri--era también aficionadísimo a los libros. No sabe usted qué hombre más culto era.
Don Venancio leía mucho y leía de todo: libros religiosos y profanos, documentos históricos; tenía sus obras predilectas, que releía con frecuencia. Sus autores favoritos entre los profanos eran Horacio y Lucrecio, y entre los místicos, Malon de Chaide y fray Luis de Granada. La _Guía de pecadores_ y el _Símbolo de la fe_, de fray Luis de Granada, le entusiasmaban por su lenguaje, y el libro de Malon de Chaide, _La conversión de la Magdalena_, por sus alusiones y sus chistes.
Chamizo era, como católico, poco practicante; se le olvidaba muchas veces la misa del domingo y no daba gran importancia a los rezos.
Para él esto era pura mecánica; probablemente, entre los rezos maquinales de los católicos, los molinos de oración de los tibetanos y de los chinos y las calabazas llenas de oraciones que los calmucos hacen girar con el viento, el ex fraile no encontraba mucha diferencia.
El padre Chamizo recorría Madrid de un extremo a otro, y le gustaba.
Madrid era entonces un pueblo curioso, más interesante que muchas ciudades de importancia y que muchos pueblos exteriormente típicos, por tener un carácter especial, el carácter del pueblo alto, seco, duro. Era difícil que por aquel tiempo hubiera en Europa una capital tan poco mezclada, tan poco cosmopolita como Madrid; no tenía esa vida arcaica de las ciudades viejas, como Venecia o Nuremberg; en España, como Toledo o Salamanca, ciudades todo fachada, ciudades que engañan y parecen existir para entusiasmar al extranjero ávido de lo pintoresco; no tenía grandes aspectos.
Madrid moral estaba en consonancia con el Madrid material: pobre, destartalado, incómodo, con casuchas míseras, con un empedrado malísimo, y, sin embargo, con rincones admirables, no tan suntuosos como los de Roma, pero con una gracia más ligera. Jorge Borrow comprendió en parte el carácter de Madrid como ningún otro escritor nacional y extranjero y notó su absurdo atractivo. Borrow sintió la extrañeza de Madrid mejor que Larra, que hizo la crítica un poco mezquina del señorito que se cree superior porque ha estado en París; sintió Madrid muchísimo mejor que Mesonero Romanos, que pintó el cuadrito de costumbres vulgar y ramplón, imitando a los costumbristas franceses del tipo anodino de Jouy.
Pueblo de poca tradición, no tenía Madrid, como las ciudades antiguas, el barrio típico, monumental, que interesa al arqueólogo; su carácter estaba en la vida de las gentes; no había allí la casa gótica, ni el alero con gárgolas y canecillos, ni la gran fachada del Renacimiento, pero dentro de la pobreza en la construcción, ¡qué tipo más acusado tenía todo, lo inanimado y lo vivo, las casas y las calles, como el alma de los hombres!
Chamizo se divertía en buscar los contrastes, en ver a los elegantes de la calle de la Montera y a los majos de Puerta de Moros, en oír a los políticos de la Puerta del Sol y a los paletos de la plaza de la Cebada, y se entretenía en mirar las tiendas, las pañerías de la calle de Postas, los comercios de cuchillos de las calles próximas a la Plaza Mayor. Quería apresurarse a sorber el espíritu castellano, que era el suyo; identificarse con su pueblo y hartarse de oír su idioma. Aunque comprendía que era absurdo, le gustaban, más que las plazas anchas y suntuosas de las capitales de Francia, aquellas plazoletas de Madrid como la de las Descalzas o la de la Paja, que no le parecían de ciudad, sino de aldea manchega.
II.
UNA LIBRERÍA DE VIEJO
EL ex claustrado lo pasaba muy bien, muy entretenido en aquel medio ambiente madrileño, nuevo y extraño para él. La vida se le deslizaba de discusión en discusión. Discutía de política con los amigos de Aviraneta, que eran todos liberales; discutía de Filosofía y de Religión, y discutía, quizá con más entusiasmo que de otra cosa, de la gran cuestión literaria de la época, que dividía a la gente en clásicos y románticos. Naturalmente, Chamizo era de los clásicos y oponía a los nombres de lord Byron, de Walter Scott y de Víctor Hugo las figuras ilustres de los poetas de la antigüedad.
Muchas de estas discusiones se desarrollaban en un baratillo de libros, en el que Chamizo se hizo contertulio habitual. Estaba la tiendecita al comienzo de la calle de la Paz, y era su dueño un viejo ayacucho, el señor Martín. El señor Martín era un hombre de unos sesenta años, de cara dura y torva. Había sido sargento en América y estaba enfermo de reumatismo crónico; al andar arrastraba una pierna.
El señor Martín solía estar con su mujer y un chico en el mostrador pegando hojas y pastas con engrudo; los días muy fríos se embozaba en su capa y encendía un brasero con astillas.
El señor Martín, que había empezado su comercio en un portal vendiendo unos cuantos papeles viejos, tenía muchos libros e iba mejorando sus géneros. En su tienda había desde incunables hasta romances de ciego.
Su mujer, la señora Balbina, sabía también bastante del oficio; pero el que se preparaba a abrir las alas y a volar como un águila de la bibliografía era el aprendiz Bartolillo.
Bartolillo tenía una gran afición por los libros, y se enteraba de todo y cogía al vuelo lo que oía.
El señor Martín iba y venía de su puesto a las casas donde vendían libros, siempre cojeando, y traía carros de infolios y de papeles llenos de polvo, que iba depositando en un sótano próximo y luego llevándolos a la tienda y examinándolos.
El señor Martín vendía papel timbrado antiguo, documentos, pergaminos, libros de coro, aleluyas y colecciones de sellos. En esto Bartolo era el especialista.
A la tiendecilla solía ir mucha gente: criadas que compraban la historia del guapo Francisco Esteban, de José María el Tempranillo y de Miguelito Caparrota; estudiantes que vendían los libros de texto; soldados que pedían una novela de amor, y bibliófilos que iban a buscar la edición de Salamanca de la _Celestina_, o la _Lex romana Visigothorum_.
También había en la tienda sus tertulias. A primera hora de la tarde solían ir gentes de la vecindad: un zapatero remendón y un viejo memorialista que escribía las cartas a los aguadores y a las criadas, hombre muy seco, que tenía la cazurrería clásica del español, el señor Isidro; luego, al anochecer, comenzaban a llegar literatos, bibliófilos, periodistas, y solía haber largas discusiones.
Alguna que otra vez entraron Lista, Reinoso, Mesonero Romanos y otros varios escritores. El más asiduo era don Bartolomé José Gallardo. Gallardo hablaba pestes de todo el mundo. Era un hombre iracundo y violento, lleno de saña y de cólera contra los demás literatos. Su acento, extremeño recortado, daba más dureza a sus palabras. Tenía mucho odio a los abates afrancesados, y había escrito por esta época un folleto titulado _Cuatro palmetazos bien plantados por el Dómine Lucas a los gaceteros de Bayona_, contra Lista y Reinoso, y pensaba escribir otro, _Las letras de cambio o los mercachifles literarios_, para atacar violentamente a Hermosilla, Miñano, Lista y Burgos.
Gallardo aseguraba que aquella época era la más baja de la historia de la literatura española, y que nadie sabía nada, cosa que se asegura en todas las épocas con el mismo grado de certidumbre. Gallardo era amable con la gente que no podía ser rival suyo. Había visto la sagacidad y la curiosidad de Bartolillo, el chico de la librería, y le desafiaba y le mareaba a preguntas y luego le daba explicaciones, que Bartolillo las cogía al vuelo. Un día el padre Chamizo se encontró en la librería del señor Martín con un militar, Mac-Crohon, recién venido del extranjero. Este Mac-Crohon había sido muy amigo del abate Marchena, y quería recuperar algunos libros de historia del abate que no sabía adónde habían ido a parar después de su muerte.
Hablaba don Venancio con Mac-Crohon, cuando se acercó Aviraneta con dos señores: uno era don Bartolomé José Gallardo; el otro, el abogado de Burgos don José de la Fuente Herrero. Venían los tres discutiendo de política; decían que los liberales corrían un gran peligro por lo mucho que trabajaba el partido apostólico dirigido por la Sociedad secreta El Angel Exterminador.
--La masonería escocesa, a la que pertenecemos todos--decía Gallardo--, está desorganizada y sin trabajar, con sus columnas abatidas.
--Esta es la fraseología de los masones--pensó Chamizo, y no hizo mucho caso de ello.
Saludó a Mac-Crohon, que unos días después le regaló un tomo de Lucrecio, que había pertenecido a Marchena, y se dedicó a ver las estampas de Brambilla y Gálvez, del Sitio de Zaragoza, y las litografías que habían hecho hacía unos años de los Sitios Reales y de los cuadros del Museo, bajo la dirección de Madrazo, algunos dibujantes y litógrafos extranjeros como Brambilla, Asselineau y Pic de Leopold.
Cuando Aviraneta y sus amigos concluyeron su conversación salieron de la librería, y Chamizo comenzó a hablar con Gallardo de bibliografía y de historia eclesiástica. Dieron un paseo por la calle de Alcalá, volvieron a la Puerta del Sol y allí se despidieron todos.
Al marchar hacia casa juntos Aviraneta y Chamizo, por la calle del Príncipe, un señor viejo se abalanzó a Aviraneta y le estrechó entre los brazos...
--¡Adiós, don Venancio!--dijo Aviraneta al ex fraile--. Me voy con este señor.
--¿Quién es?--le preguntó Chamizo, por curiosidad.
--Es don Lorenzo Calvo de Rozas, un hombre que se distinguió en el Sitio de Zaragoza y que fué ministro en 1823.
Los días siguientes siguió Chamizo acudiendo a la librería de viejo del señor Martín, donde compraba algunas menudencias. Se hizo muy amigo de la casa.
El hijo del señor Martín era un joven de unos veintitrés años, llamado Román, a quien llamaban el Terrible. Román estaba casado con la hija de un encuadernador. Era hombre vicioso, impulsivo, violento, que no le gustaba trabajar y saqueaba a su padre. Muchas veces Chamizo presenció tremendas disputas entre el padre y el hijo, que acababan con insultos y con amenazas.
III.
UN JESUÍTA
UN día acababa Chamizo de levantarse de la cama y estaba leyendo la _Historia secreta de Procopio_, en una edición antigua, cuando llamaron a su puerta y entró en su cuarto un cura joven. Saludó éste al ex fraile y le dió una tarjeta donde ponía:
JACINTO JIMÉNEZ, S. J.
--Usted dirá que desea--le preguntó Chamizo.
--Vengo a tomar informes de su vida y de su conducta.
--¿De mi vida?
--Sí, señor; de parte de los padres de la Compañía de Jesús.
--Señor mío--replicó don Venancio--, la Comunidad en la que yo profesé ha sido extinguida, y yo me considero con libertad de acción para vivir independientemente y sin tener que dar cuentas a ninguna otra Orden.
--¿Pero usted se considera dentro de la Iglesia?--preguntó el curita.
--Sí.
--Pues entonces debe usted obedecer.
--Según a quién--contestó Chamizo; y a las observaciones del jesuíta replicó con citas de San Agustín, San Juan Crisóstomo, San Jerónimo, Orígenes, etc. El padre Jacinto no andaba muy bien en cuestiones de disciplina eclesiástica, y dijo:
--Dejemos, si usted quiere, esas cuestiones teóricas, y vamos a la realidad. Se ha sabido que usted tiene relaciones con masones y revolucionarios. Se le ha visto a usted con frecuencia en una librería de viejo en compañía de don Bartolomé José Gallardo, que es uno de los enemigos más acérrimos de la religión.
--Hablo con él porque es un escritor erudito; pero yo no participo de sus ideas. A esa librería de viejo van también algunos eclesiásticos.
--Bueno. Aquí deseamos saber, padre Chamizo--preguntó el padre Jacinto echándoselas de hombre franco y campechano--, si usted está con nosotros o con ellos.
--Yo no estoy con nadie. Yo no intento mas que encontrar un medio de ganarme la vida honradamente, y nada más.
--Nosotros se lo proporcionaremos.
--¿Ustedes?
--¡Sí! Con una condición.
--¿Y es?
--Que usted nos comunique los trabajos que hagan sus amigos liberales.
--¡Pero si no hacen trabajo alguno!
--Sí, sí; los hacen.
--Bien; aunque los hagan, yo no los conozco, y si los conociera porque me los hubieran comunicado en confianza, yo no iba a dar parte de ello al primer reciénvenido.
--Es que yo no soy el primer reciénvenido--dijo irguiéndose el padre Jacinto--; soy la Iglesia.
Quedó el ex fraile anonadado al oír el tono que empleó el jesuíta al decir esto.
--De todas maneras--concluyó diciendo Chamizo--, yo para espiar no sirvo. Que me den un trabajo cualquiera, y lo haré; pero espiar, no.
--Está usted muy embuído en las ideas del siglo, padre Chamizo--replicó el jesuíta--. Todo lo que se hace para mayor gloria de Dios está bien hecho. Volveré otro día, y creo que le convenceré a usted.
Diciendo esto, el jesuíta sonrió y se retiró del cuarto.
IV.
SILUETAS DE CONSPIRADORES
AL día siguiente, por la tarde, don Venancio se encontró a Paquito Gamboa, el militar con quien había estado en el lazareto de San Sebastián, en la calle de Atocha; dieron un paseo, y, a la vuelta, entraron en el Café de Venecia, de la calle del Prado. Se sentaron cerca de la ventana. Era aquel local un sitio obscuro, ahumado, con un olor especial en que se mezclaban el aroma del café tostado, con el humo del tabaco, y un tufo como de polilla que echaban los divanes ajados de terciopelo.
--¿Y la mayoría de esta gente son militares?--preguntó Chamizo.
--No--contestó Gamboa--. Muchos de estos son vagos, que esperan que llegue el buen momento charlando en un rincón, fumando y jugando al billar. Algunos, que se dan por militares indefinidos y de la reserva, son aventureros, perdidos, cuando no estafadores.
Gamboa le habló después a Chamizo de que se conspiraba activamente. Suponía que Aviraneta andaba en el ajo y que debían estar complicados Calvo de Rozas, Romero Alpuente, Flórez Estrada, Gallardo y otros constitucionales.
Gamboa pensaba hablar a Aviraneta y ofrecerse a él. Le invitó a ir a Chamizo a casa de doña Celia, y se fué porque tenía que acudir a la guardia.
Acababa de salir el joven militar, cuando entraron en el café Calvo de Rozas, con un señor grueso, de patillas, y después, formando otro grupo, dos viejos carcamales, en compañía de Aviraneta y de un hombre con aire frailuno.
Se sentaron todos en una mesa: los dos carcamales, Flórez Estrada y Romero Alpuente, se sentaron en el diván, y los demás, en sillas alrededor. La conversación se refirió a motivos generales de política.
Calvo de Rozas, hombre de mal talante, de aspecto ceñudo y sombrío, hablaba con una sequedad antipática. Se decía que en el Sitio de Zaragoza había mandado despóticamente como un bajá. Se le tenía por aragonés, pero había nacido en Vizcaya. En Francia, en tiempo de la Revolución, hubiera figurado entre los jacobinos.
Romero Alpuente, un viejo repulsivo, amarillo, con un aspecto de cadáver y con los ojos vidriosos, hablaba despacio, de una manera petulante, y mezclaba en su conversación frases chocarreras, que él era el primero en reír con un gesto tan frío y tan triste, que daba horror.
Respecto a Flórez Estrada, parecía una sombra, un anciano decrépito, con un pie en la sepultura.
El señor grueso de las patillas era don Juan Olavarría, hombre que se tenía por sesudo y por serio y que vivía en una continua fiebre proyectista. Los canales, los puertos, las fábricas, el convertir los montes en llanuras y las llanuras en montes, era su obsesión.
El otro personaje era el masón Beraza. Beraza tenía un aire frailuno. Iba afeitado, tenía una calva hasta el cogote, la frente abultada y la nariz respingona. Su cuerpo era gordo y fofo, y sus ademanes, un tanto femeninos. Debía de ser un hablador frenético, porque constantemente se le veía perorando con un dedo en el aire y sonriendo con una sonrisa plácida y estólida.
Al cabo de algún tiempo salieron del café, en fila, los contertulios liberales, todos de capa y de sombrero redondo. Estos conspiradores de capa y copa iban muy serios y ceñudos.
Al salir, Aviraneta le vió a Chamizo y se acercó a él.
--¡Hombre! Le voy a presentar a usted a estos señores.
--No, no.
--¿Por qué no?
--Usted anda ahí en su fregado revolucionario, que a mí no me conviene.
--¡Bah! Usted es de los nuestros, padre Chamizo.
--No; no soy de los de ustedes. Yo soy católico, apostólico, romano y monárquico, y ustedes son unos impíos, unos anarquistas, unos conspiradores...
--¡Ca, hombre! No haga usted caso. ¿Quién le ha metido a usted esas bolas?
El ex fraile dijo primero lo que le había contado Gamboa, y después le habló de la visita del jesuíta que había tenido el día anterior.
Aviraneta se quedó serio.