La Isabelina

Part 12

Chapter 124,092 wordsPublic domain

Como la marea que entra en la ría fangosa y empuja a la superficie todos los detritos podridos, los perros y los gatos muertos con el vientre inflado, así estas aguas, desbordadas del odio popular, habían sacado a flote lo más pobre, lo más mísero y lo más encanallado de la urbe.

--¿De dónde procedía tanto furor?--se preguntaba Chamizo--. ¿No era esta gente en su mayoría creyente? ¿Tenían alguna idea? Ninguna. Su plan era matar, destruír, quemar, por rabia, por desesperación. En estos momentos de tumulto, de confusión, de histeria sanguinaria, ¿quién es de los que van entre la masa que tiene conciencia?

Le hubiera gustado al ex claustrado hablar con alguno. Entró en el café de la Fontana de Oro. Allí los oradores peroraban; a cada paso llegaban chiquillos andrajosos, señoritos pálidos, elegantes, manchados de sangre, y se les aplaudía y se les estrechaba la mano dándoles la enhorabuena.

La noche fué horrorosa de calor, de inquietud. Se oyeron campanas, tiros, gritos y quejas en la vecindad... Chamizo no pudo conciliar el sueño. Aquellos fantasmas hórridos vistos en el día bailaban una terrible zarabanda ante sus ojos, y el hombre con su melena roja encrespada, su aire de mastín y su pistola en la mano, se le presentaba a cada paso y hasta le parecía que le estaba oyendo hablar.

III.

LA ACUSACIÓN DEL JESUÍTA

AL día siguiente se hallaba don Venancio tan rendido, que decidió quedarse en la cama.

Una semana después, estaba por la mañana dormitando cuando oyó que entraba alguien en su cuarto.

--¿Quién es?--preguntó.

--Soy yo.

Era el jesuíta, el padre Jacinto, que al principio de su estancia en Madrid iba a visitarle con frecuencia. Venía vestido de paisano.

Sin más preámbulos comenzó a perorar y a decirle que la horrible matanza de los días anteriores se había verificado por su culpa.

--¿Cómo por mi culpa?--dijo Chamizo--. ¡Usted está loco!

--Sí; por su culpa. Porque usted conocía a los criminales que han dirigido este complot horroroso y estaba usted obligado a vigilarles. Sobre su cabeza caerán estos crímenes abominables.

El jesuíta hablaba descompuesto. La serenidad de Chamizo le tranquilizó. Le dijo éste que no creía que fuera verdad que sus amigos antiguos hubieran ordenado la matanza, y expuso sus razones. Aunque así fuera, él no podía conocer los designios de los liberales, porque hacía mucho tiempo que no se trataba con ellos.

El padre Jacinto afirmó que sí, que eran los isabelinos y los carbonarios los inductores de la matanza, y que él tenía la prueba, por la confesión de un nacional. Se sabía, además, que algunas personas se habían dirigido al Ministerio de la Gobernación y avisado al capitán Narváez, que estaba de guardia, lo que pasaba en los conventos, y Narváez había dicho:

--Mientras no me manden, no voy.

--Es que los están matando--le replicaron.

--Pues que los maten; por mí pueden no dejar uno.

Otros militares isabelinos habían tenido, según el jesuíta, una idéntica actitud.

--Pero si quiere usted convencerse venga usted conmigo a casa de ese nacional que yo conozco--concluyó diciendo el padre Jacinto.

--Muy bien. Voy con usted.

Se vistió Chamizo y marcharon juntos.

En el camino, el jesuíta le contó varias cosas. Según él, la matanza de frailes la había decidido la Junta del Triple Sello, asociación satánica formada por masones, isabelinos y carbonarios, pero dirigida principalmente por éstos. Para dar la señal de la matanza elevaron un meteoro, un globo de luz que brilló misteriosamente en el aire durante algún tiempo la noche anterior al día de los saqueos y muertes.

Esta historia del meteoro le parecía a Chamizo una fantasía ridícula y absurda, pero no dijo nada.

IV.

LA TÍA SINFO Y GASPARITO

CRUZARON el jesuíta y el ex claustrado la Puerta del Sol, y de aquí, por la calle Mayor y la de Toledo, fueron a los Barrios Bajos. El padre Jacinto quería ir a la calle del Carnero; pero no recordaba bien el camino. Entraron en la de la Ruda, materialmente llena de una multitud andrajosa que se detenía en los puestos de verdura y de pescado. De aquí pasaron a la calle de las Velas y se detuvieron en una tienda donde vendían galápagos. Preguntó el jesuíta por la calle del Carnero, y le indicaron que bajara por otra estrecha, llamada de la Chopa. Se metieron en ésta y se encontraron con unas viejas prostitutas, gordas y con los pellejos colgando, pintadas, y con la colilla en la boca, que salieron de los portales y les quisieron arrastrar a sus madrigueras. Una de las viejas tenía una pierna de palo y fumaban un puro. El jesuíta y don Venancio se desasieron de tan horribles furias, y salieron a la calle del Carnero. Todo aquel barrio era infame, miserable; tenía un aire de aduar africano, sucio, quemado por el sol. El empedrado, de pedruscos de punta, estaba lleno de agujeros y de baches, y éstos, llenos de basura. Deambulaban por allí mendigos, lisiados, chiquillos héticos y lacrosos y mujeres harapientas con los ojos inflamados. Había en la calle dos o tres casas de dormir, y en un balcón de un piso bajo, una cabeza de mujer, de cartón, con los ojos brillantes y los pelos alborotados, que era la muestra de una peinadora.

La casa que buscaba el padre Jacinto era una casucha miserable, leprosa, con las paredes desconchadas y adornada con colgaduras de toda clase de harapos.

--Hay que preguntar aquí enfrente--dijo el jesuíta señalando una cacharrería.

Era la tienda un rincón con un escaparate de cristales, compuestos por mil parches de papeles mugrientos. Todo el género del comercio se reducía a unas cazuelas, unos botijos, unas nueces, unas frutas, unos caramelos de color y unas cometas de papel.

--¿Estará la señora Sinforosa?--preguntó el padre Jacinto.

--¿La echadora de cartas? Sí. Hace un momento que ha entrado.

--Bueno, vamos.

Entraron en un corredor muy largo y muy mal oliente, por el que corría una alcantarilla abierta; al final del corredor había un patio lleno de cosas sucias, y en este patio, una escalera que conducía a una galería medio derruída, con cinco o seis puertas negras de mugre y llenas de letreros. La última puerta, pintada primitivamente de rojo, era la de la señora Sinforosa.

Subieron a la galería; el curita llamó y apareció la vieja. Era una mujer horrible, con la tez amarillenta y verrugosa, los ojos claros, el labio inferior colgante, y la nariz como un pico, roja, como si la hubieran quitado la piel. Tenía la tía Sinfo el cuello muy corto, la cabeza muy metida entre los hombros, una peluca de dos colores y una mirada brillante, llena de sagacidad y de malicia, que lanzaba de abajo arriba. Aquella mirada aguda, cínica, de sus ojos claros, parecía que iba derecha a descubrir la cantidad de esencia de cerdo que cada persona guarda en el alma.

La tía Sinfo tenía una sonrisa tan falsa y tan obsequiosa, que daba miedo.

El jesuíta explicó a la vieja que quería ver a su hijo Gasparito, el Nacional.

--¡Gasparito!--dijo la tía Sinfo--. Está malo.

--No será obstáculo para hablar un momento con él.

--Ya veré--dijo la tía Sinfo--. Entraré a verle, a preguntarle si quiere hablar con ustedes. Espérenme ustedes aquí.

Entró ella y volvió al poco rato con un aire hipócrita y resignado.

--¿Qué dice?--preguntó el jesuíta.

--Dice que está muy débil. Ahora, claro, no trabaja, porque el taller donde trabajaba está cerrado por el cólera, y estamos muertos de hambre. ¡Si ustedes pudieran darnos para comprar medicinas y un poco de carne!

El jesuíta, a regañadientes, sacó un duro, y Chamizo, una peseta.

--¿Y no le podremos ver?

--Sí; si le da un _acidente_ y se pone a hablar, entran ustedes conmigo; pero no le digan ustedes nada. Ha dicho el médico que no se le hable.

Esperaron un momento el padre Jacinto y el ex fraile, y en uno de éstos la tía Sinfo les dijo:

--Vengan ustedes. Está hablando.

Pasaron a un tabuco, en donde había un hombre joven tendido en una cama. Tenía los ojos en blanco y deliraba por lo bajo. Chamizo le oyó decir:

--¡Una!... ¡dos!... ¡tres!... ¡Adelante, nacionales!... ¡Adelante!... A la taberna de Balseiro... Aquí están Candelas... Paco el Sastre... la tía Matafrailes... Hay que matar a todos los frailes... Yo, no... Yo, no... ¿Quién lo manda?... La Junta del Triple Sello... Ahí está el escrito... Yo, no... Yo, no... ¡Vamos! ¡Vamos!... Ha aparecido el meteoro... El meteoro... ¡Cómo brilla!... Los están matando... ¡Qué horror! ¡Qué horror!... Les están cortando la cabeza... Ja..., ja..., ja...

Después de esta carcajada violenta, Gasparito dejó de agitarse en la cama y quedó, al parecer, en reposo. Luego comenzó de nuevo a delirar.

Al principio, Chamizo no se fijó mas que en el hombre enfermo; pero cuando dejó éste de delirar echó una mirada al tabuco donde se encontraba. Era, en grotesco, un rincón de brujería medieval. En aquel momento el escenario no estaba preparado. Los clientes de la tía Sinfo llegaban, sin duda, más tarde. De una ventana pequeña, con los cristales emplomados y compuestos con trozos de periódico, entraba una claridad turbia. El cuarto tenía colgaduras negras. En un rincón se veía una mesita con un tapete, también negro, y encima, una calavera, un libro y unas cartas; en la ventana, una jaula de caña con una gallina negra, y al lado, en una cazuela, un sapo grande con los ojos brillantes. Del techo colgaba un pequeño caimán disecado, sin duda comprado en el Rastro, y en un aparador aparecía una botella de aguardiente. Chamizo se dió cuenta de todo.

Dentro del abandono se notaba bienestar. Las mantas de la cama eran buenas.

--Estas brujerías deben dar dinero--se dijo.

--¿Quieren ustedes que les eche las cartas?--preguntó la tía Sinfo.

El jesuíta dió un respingo.

--No, no; muchas gracias.

Se despidieron de la tía Sinfo y salieron a la galería.

--¿No dudará usted?--dijo el jesuíta a Chamizo--. Este muchacho, en el estado que se encuentra, no habla con malicia.

--Sí, es cierto.

Bajaron las escaleras y salieron a la calle del Carnero. Chamizo iba muy mal impresionado.

--¿Qué va usted a hacer?--dijo el padre Jacinto.

--Ya veré.

En esto, una suela de zapato empapada en barro pasó como una exhalación por encima de la cabeza de los dos eclesiásticos y dió en una pared, llenándoles de barro. Se volvieron y oyeron risas, y vieron varios chicos y mujeres cogiendo piedras.

--Son frailes disfrazados. ¡Fuera! ¡Fuera!--les gritaron.

Chamizo y el jesuíta echaron a correr, cada uno por su lado...

Chamizo pasó varios días pensando en qué habría de verdad en la confesión de Gasparito, y como le preocupaba el asunto y le impedía tener la imaginación libre para pensar en otras cosas, decidió aclarar el misterio.

Fué a ver al policía don Nicolás de Luna y le explicó la duda en que se encontraba.

--Es falso, completamente falso--dijo el comisario--. No ha habido tal Junta del Triple Sello. Leyendas que han echado a volar los realistas. Lo que ha sucedido, sencillamente, es que la mayoría de los que han ido a saquear los conventos y a matar frailes han sido cristinos e isabelinos que estaban armados.

--¿Pero usted no cree que haya habido órdenes expresas de los isabelinos o de algunos otros?

--¡Ca, hombre! ¿No ve usted que este movimiento no les conviene; por el contrario, les perjudica? Si hay instigadores ocultos, que no creo, más bien serán realistas que liberales.

--¿Realistas?

--Sí, que estén agazapados y que quieran desacreditar el liberalismo madrileño.

--¿Y de eso del meteoro? ¿Qué habrá de cierto?

--¿Qué meteoro?

--Eso que dicen que ha habido; un globo o una cometa con una luz que ha dado la señal para la matanza de frailes.

--Todo eso no es mas que fantasía...; es tan verdad como que el alma de Fernando VII aparece en El Escorial; como que los jesuítas están envenenando las fuentes, y como que ha aparecido una virgen en un tejado de Lavapiés, fantasía popular.

--¿Así que usted no cree que los carbonarios hayan intervenido?

--¡Si son cuatro gatos que no los conoce nadie! Usted vería el día de la matanza que el pueblo entero era el que estaba en la calle.

--Sí, es verdad.

Le dió Chamizo las gracias al comisario, y al despedirse de él, Luna le dijo:

--Me parece que le vamos a echar el guante a don Eugenio un día de estos.

--Pues, ¿por qué?

--Tienen un movimiento preparado para el día veinticuatro. Corre por ahí su proyecto de Constitución, que lo han hecho entre Flórez Estrada y Olavarría, y la lista de los que serán ministros, todo el mundo lo sabe. Por eso le digo a usted que no creo que sean ellos los instigadores de la matanza de frailes. Esto les ha debido venir muy mal.

V.

EL SANTO NEGRO

LAS palabras del comisario Luna hicieron vacilar a Chamizo. Salió del despacho del policía y se volvió a casa. Se encontraba en un mar de dudas. Iba examinando la cuestión en todos sus aspectos y no lograba salir de sus confusiones.

--Me voy a lanzar a ver si averiguo algo--se dijo.

Por la noche, envuelto en una capa vieja, se marchó decididamente a la taberna del hermano de Balseiro, el ladrón, de la calle Imperial, punto de cita, en donde, según la voz pública, se habían reunido muchos de los autores de las matanzas antes del asalto a los conventos.

Chamizo se acercó con miedo.

A la luz de un quinqué mortecino se veía, por entre cortinas rojas, la taberna, con un papel desgarrado, los anaqueles llenos de botellas, y un escaparate con fuentes con patatas y judías en salsa de pimentón.

Chamizo entró, pidió que le dieran de cenar, y entabló conversación con unos granujas, a quienes convidó a unas copas. Estos le confesaron sin rebozo que habían tomado parte en la matanza de frailes. Eran el Rapaz y el Anublado. Chamizo les preguntó por Aviraneta. No le conocían, no habían oído hablar nunca de él.

--Pues es un isabelino.

--Quizá le conozca el Santo Negro--dijo el Anublado--. Si quiere usted venir conmigo...

--¿Adónde?

--A la calle de la Ruda. Allí suele estar en una taberna.

--¿Y este Santo Negro tomó parte en lo de los frailes?

--Fué uno de los jefes.

Se decidió Chamizo y fué con el Anublado a la calle de la Ruda. Estaba la calle a obscuras, el suelo, cubierto de restos de fruta y de verdura, como un zoco marroquí. Se detuvieron delante de una casa alta, negra y sucia, entraron en un portal y avanzaron por un pasillo lleno de cestas, de montones de frutas podridas y cajas. Se respiraba dentro un aire pestilente, agrio, de materia orgánica fermentada. De aquí pasaron a la taberna; había allí una mezcla de olor de aceite, de humo, de sebo y de tabaco, horrible. El público de la taberna estaba formado por traperos, con un saco al hombro; viejas encorvadas, barbudas, con cara de hombre; viejas flacas, torcidas, con aire de sabandijas y melenas blancas amarillentas, cubiertas de harapos; otras, con la cara cuadrada, ancha, roja, congestionada por el alcohol; chiquillas pálidas y marchitas, con el pelo muy negro, y algunas con una cabellera rubia, y hombres de aire brutal.

Toda aquella gente, Chamizo la había visto el día de la matanza de frailes desparramándose por la ciudad.

En medio de aquel ambiente viciado, esta multitud de miserables estaba casi silenciosa; algunos hablaban en voz baja, otros jugaban, y otros dormían con la cabeza entre las manos, echados sobre la mesa.

El Anublado se acercó a un rincón en donde jugaban a la brisca cuatro hombres. Uno de ellos era el Santo Negro, un hombre bajito y rechoncho, cetrino, con unos ojillos brillantes y hundidos como los de un jabalí, unas barbas largas, negras y espesas, y una gran cadena de plata en el chaleco. Sus compañeros eran un tipo embrutecido de borracho: Matías el Sanguijuelero; un viejo pálido y flaco, el Raspa, y un jovencito afeminado, el Mandita.

El señor Matías tenía un ojo abultado y lánguido, con el párpado caído, el labio colgante, un aire de borracho socarrón y malicioso, y una manera de hablar ronca y achulapada.

El Anublado llamó al Santo Negro y le preguntó si conocía a Aviraneta.

--¡Biranete!--dijo el Santo Negro--. Yo no sé quién es.

--El otro día--murmuró Chamizo--, cuando la matanza de frailes, ¿no recibieron ustedes algunas órdenes de Aviraneta?

--¡De Biranete! Ninguna. Lo hicimos todo por nuestra propia cuenta.

Al Santo Negro le interesaba más la brisca que la conversación con el ex claustrado, y no le hizo caso. Salió Chamizo de aquel tugurio sin haber resuelto el problema. Pensando en la cuestión, que tanto le obsesionaba, se le ocurrió la idea de si el tal Gasparito sería un iluso, y que debía ir a verle.

No se atrevía a presentarse solo, y un domingo, con el chico de la librería del señor Martín, fué al Rastro a revolver libros viejos, y de allí marcharon a la calle del Carnero y se metieron en casa de Gasparito. Subieron a la galería, y vió Chamizo el cuarto de la tía Sinfo cerrado.

--¿Y Gasparito, el que estaba enfermo?--preguntó a un vecino.

--No sé dónde anda. Estará en la taberna.

--¿Ya se ha curado?

--¿Curado? No ha estado nunca malo. Sólo alguna que otra cogorza, que pesca de cuando en cuando.

--Pues yo vine aquí un día que estaba con un accidente.

--_¡Acidente!_ ¡Ca! Los finge. Es un _guaja_. Como ha sido corista y va mucho al teatro, sabe hacer todas esas comedias.

--¿Así que era una comedia su delirio?

--¡Natural! Es un tío sabiendo, el Gasparito.

Aquello tranquilizó a Chamizo, y quedó inclinado a creer que la orden de la Junta del Triple Sello era una invención del hijo de la tía Sinfo, la echadora de cartas.

Contento volvió a casa con Bartolillo, el chico de la librería, echándoselas de protector suyo, aunque en aquel día él había sido el protegido.

VI.

LOS ISABELINOS

EL 24 de julio se abrían los Estamentos. La gente política se hallaba muy preocupada.

Este mismo día supo Chamizo que horas antes de la apertura de las Cámaras prendieron a Aviraneta en su casa de la calle de Cedaceros. Le había denunciado Civat, el ex guardia de Corps, el revolucionario terrible, que, como Salvador, resultó un agente de los realistas venido de Barcelona.

La prisión, por lo que dijo Gamundi, unos días después, la efectuó el comisario don Nicolás de Luna. Civat llevó su cinismo hasta acompañar al comisario con ocho soldados hasta la puerta de la casa de la calle de Cedaceros y quedarse en la esquina de la calle de Alcalá a ver pasar a Aviraneta camino de la cárcel, en medio de soldados, armados con bayonetas.

Pocas horas más tarde prendieron, como isabelinos, a los generales Palafox y Van-Halen, y a Calvo de Rozas, Olavarría, Romero Alpuente, Villalta, Espronceda, Orense, Nogueras, Beraza, etcétera.

Todas estas prisiones se hicieron por denuncias del ex guardia de Corps Civat. Se dijo entre los liberales que este Civat era un espía de los jesuítas metido en una sociedad carbonaria de Barcelona, y que desde hacía tiempo estaba trabajando por los realistas. Alguien apuntó si sería uno de los instigadores de la matanza de frailes. Otros dijeron que era un agente del que se valía Martínez de la Rosa, como Zea Bermúdez se había valido de Salvador.

Difícil era saber lo que habría de cierto en todo aquello. Como los calamares, los políticos y los conspiradores enturbiaron el agua para salvarse. El caso fué que a Civat, en premio a su delación, le nombraron vista de aduanas de Barcelona, y que luego se refugió entre los carlistas.

Prendidos los principales miembros de la Isabelina en Madrid y en provincias, se hicieron mil cábalas acerca de ellos. Espronceda y Villalta cantaron la palinodia en seguida de una manera un tanto vergonzosa.

Los ministros y sus agentes aseguraron que el objeto de la Sociedad Isabelina era destronar a la reina y establecer la República. En tan terrible complot estaban, según el Gobierno, mezclados los revolucionarios de París y se trataba de hacer una matanza de realistas.

Según otros, más amigos de la Isabelina, la Sociedad pretendía, el día de la apertura del Estamento de procuradores, hacer que éste se erigiera en Cortes Constituyentes. Varios procuradores, afiliados a la asociación, estaban comprometidos a exigir que el Estamento se declarase en Asamblea Nacional. Las tribunas se hallarían ocupadas por los conspiradores, que pedirían a voz en grito la restauración de la Constitución de Cádiz.

En tanto, los jefes de las centurias se apoderarían de los campanarios, tocarían a rebato, ocuparían el Principal, la Aduana, la Plaza Mayor y los conventos saqueados en los días anteriores, y harían barricadas en las calles.

No se dejó de hablar por algunos de que los isabelinos intentaban elevar un meteoro que sirviera de señal. La fábula del meteoro iba popularizándose.

Desde el momento que se prendió a los conspiradores, todo el mundo empezó a hablar de ellos. Unos aseguraban que eran republicanos; otros, masones; otros, carbonarios. Se comenzó a tener un miedo por los isabelinos mayor que por el cólera.

«Con añadir que en la casa tiene pacto con isabelinos... hace usted prender a un enemigo», decía Larra en uno de sus artículos políticos.

En un _Palo de Ciego_, publicado una semana después de la prisión de Aviraneta, en una conversación entre un lechuguino y un capitán se decía esto:

--¿Supongo que usted será isabelino y cristino, guardador de la inocencia y enemigo del calismo? --Si al que es adicto a Isabel se le llama isabelino, yo lo soy como el primero, y mi honor en ello cifro; pero se engaña quien piense que caiga yo en el garlito de pretores, decuriones, centuriones, ni triunviros.

En casa de Chamizo estuvo la policía a preguntar por él, y doña Puri tuvo la buena ocurrencia de decir que el ex claustrado hacía tiempo estaba en un convento.

Tuvo que comer Chamizo un puchero mísero en aquel obscuro comedor de doña Puri para los caballeros estables; tuvo que visitar tabernuchas y el bodegón del Infierno, y otros puntos de cita de aguadores y mozos de cuerda. Perseguido y sin recursos como se encontraba, pasó muy malos días. No tenía ni ropa para presentarse, pues la que llevaba estaba llena de rozaduras.

Un día se decidió a pedir protección a Celia. Cogió un gabán viejo, negro, y pintó con tinta todas sus grietas; hizo lo mismo con las botas, y fué a ver a la viuda de don Narciso. Ella le atendió, le dió dinero, le consiguió un pasaporte, y Chamizo entró en Bayona después de su accidentado período de vida en Madrid.

De aquella época le quedaron dos preocupaciones: una, la de no haber podido recoger sus libros de casa de doña Puri; la otra, la de no haber podido aclarar la realidad de la Junta del Triple Sello.

VII.

AVIRANETA EN LA TRENA

UNA semana después de ser prendido, Aviraneta se paseaba en su cuarto de la Cárcel de Corte, de un lado a otro, como un lobo enjaulado. No tenía noticias de Tilly, no sabía lo que había hecho éste con sus papeles. A veces temía que su amigo le hubiera hecho traición; pero luego pensaba: ¿para qué? ¿Con qué objeto? Aviraneta no quería llamar a nadie, ni comprometer a nadie. Se consideraba bastante fuerte para ir remediando su desgracia en la soledad basta digerirla.

Aviraneta era un preso obediente, disciplinado.

La causa suya la había empezado a incoar el teniente corregidor don Pedro Balsera, con gran actividad.

El juez era un tal Regio, y el fiscal, don Laureano Jado, un antiguo afrancesado y absolutista, que le puso la proa a Aviraneta desde el principio. El escribano de la causa, don Juan José García, se le había mostrado a don Eugenio como enemigo acérrimo.

Por último, el alcaide de la Cárcel de Corte era, además de un perfecto bribón, un fanático de Don Carlos, y había sido puesto por Martínez de la Rosa con la consigna de vigilar a todas horas a Aviraneta para que no hiciera una de las suyas.

El ministro había pensado que nadie mejor para guardar a un conspirador liberal que un acérrimo realista.

Don Eugenio, en sus declaraciones, iba armando tal maraña, que el juez y el fiscal sentían que, a medida que avanzaba el proceso, pisaban un terreno más falso.