Part 11
--Desde la infancia. Celia es hija de un diplomático del tiempo de José Bonaparte y Fernando VII. Su padre era un realista. Celia se educó conmigo en París, en un colegio. Era entonces una chica muy religiosa: había tratado vendeanos y chuanes. Cuando yo la conocí tenía el culto de Juana de Arco y María Antonieta. El pensar en el niño del Temple le hacía llorar a lágrima viva. Morir por el Papa y por el Rey era su sueño dorado. Luchar contra los impíos hubiera sido su gloria. De niña, Celia, muy bonita, muy mimada, muy animosa, tomó parte en conciliábulos realistas. Las monjas exaltaron en nosotras el misticismo y el sentimiento monárquico. Cuando la intervención del duque de Angulema, Celia bordó una bandera para los Dragones de la Fe, con unas flores de lis. Celia era muy inteligente y ganaba los premios en todas las clases. A los diez y seis años, cuando yo tenía ocho, su padre la sacó del colegio. Tiempo después la volví a ver; había tenido unos amores desgraciados con un joven e iba a casarse con el que es ahora su marido. Entonces había cambiado de ideas: era poetisa, escribía versos y aprendía a tocar el arpa. Ahora la veo en compañía de usted, metida a liberal y no sé si a carbonaria.
--Es una mujer interesante y de talento. No cabe duda--dijo Aviraneta.
--Este mundo frío y algo monótono en que vivimos todos, ella lo desprecia profundamente--agregó Margarita.
--Por eso me es a mí simpática--dijo Tilly--. Ese desprecio por la vulgaridad corriente está muy bien.
--No comprende mi pobre Celia--siguió diciendo Margarita--que esas cosas que ella desdeña son las más esenciales, y para la mayoría de las mujeres el hacer todos los días lo mismo tiene grandes encantos. Ella aspira a las cosas extraordinarias y le gustaría vivir en heroína; yo creo que sería capaz de subir al patíbulo con valor.
--¡Y yo que suponía que la candidata a heroína era usted!--exclamó Aviraneta.
--¡Y lo dice como quien hace un reproche!--saltó Margarita riendo.
--Y tiene razón--dijo Tilly.
--Sí; yo parecía de soltera un poco loca--añadió Margarita--; pero mi afición ha sido la casa. La vida, un poco rara, que había hecho me había dado unos gustos aparatosos; pero mis inclinaciones eran otras.
Se discutió largamente en la comida el carácter y el temperamento de Celia y el de Gamboa. Los hombres encontraban más inteligente y más espiritual a Celia que a Gamboa; pero les parecía lógica la actitud de Gamboa; en cambio, Blanca Fidalgo encontraba más bueno a Gamboa que a Celia y suponía que Celia hacía bien al tener siempre a distancia a Gamboa.
II.
LOS AMORES DE CELIA
PAQUITO Gamboa era un buen muchacho, sin malicia, huérfano de madre y de unas excelentes condiciones. De familia de posición y con influencias, hubiera prosperado en seguida; pero la casualidad le llevó, en 1823, cuando era teniente y tenía veintiún años, al cuerpo que mandaba el coronel De Pablo, en Alicante, y después de la capitulación de esta ciudad fué llevado a Francia. De hallarse en España le hubiera sido fácil conseguir la purificación por una junta militar; pero como su padre era realista fanático y hombre autoritario y déspota, le creyó liberal, y en vez de favorecerle le dijo que no interpondría su influencia mientras no abjurara de sus ideas. Gamboa se prometió no pedir protección a su padre ni a su familia. De Francia pasó a Inglaterra, porque sin motivo alguno sentía más simpatía por los ingleses que por los franceses. Tenía algún dinero de su madre, encontró un destino en Londres y se dedicó a vivir y a vestir con elegancia.
A los cinco o seis años de vida londinense y de estar hecho un _sportman_, se encontró con su tío don Narciso Ruiz de Heredia, diplomático, que iba de secretario a la Embajada de Londres.
Don Narciso hacía pocos años que acababa de casarse con Celia, y era un hombre de cierta edad, muy amable y servicial. Al llegar a Londres temió que se le presentara su sobrino, a quien pensaba encontrárselo derrotado, sucio y exaltado; pero al verle pulcro, atildado, indiferente en cuestiones políticas y hecho un _dandy_, le recibió con gran afecto.
Celia acogió al sobrino de su marido con una afabilidad y una coquetería disimulada, que hicieron de Gamboa un esclavo suyo.
Celia cautivó a la colonia española de Londres, donde tuvo grandes admiradores. Teresa Mancha, amante y después mujer de Espronceda, rivalizaba con ella en la colonia española; pero la mayoría de la gente reconocía que Celia estaba a mayor altura. Celia era muy inteligente. Sentía entusiasmo por todas las cosas nobles, estaba siempre dispuesta a hacer algo grande. Con su mirada brillante, su actitud decidida, cautivaba a todos. De Londres, don Narciso Ruiz de Heredia fué enviado de embajador al Vaticano, y Celia hizo que Paquito fuera purificado, ascendiera a capitán y entrara como agregado en el personal de la Embajada.
En Roma hicieron Celia y Gamboa una vida espléndida de paseos, de fiestas. Era el caballero _servente_ de la embajadora, honorario, porque no pasaba de ahí.
Celia era una mujer de mediana estatura y de una esbeltez de muchacha soltera. Tenía los ojos claros, de un tono de seda, unos ojos muy humanos, y el pelo, castaño; no había en ella ninguna solemnidad en sus actitudes; siempre se manifestaba natural y espontánea.
Celia conquistaba a la gente; tenía una voz que no era de timbre claro, pero que cautivaba por su acento de simpatía. Los que la conocían la reprochaban su versatilidad. Olvidaba a sus cautivos con una rapidez notable. Se cansaba de sus amistades. Gamboa estaba acostumbrado a verla amable y afectuosa con una persona y a los dos o tres días oírla decir de la misma:
--¡Qué tipo más fastidioso, más pesado!
No recordaba que muchas veces era ella la que había rogado al importuno que fuera a su casa.
Al llegar a España, Paquito Gamboa estaba para ascender a comandante. En Madrid fué ascendido y destinado al Ministerio de Estado.
Paquito Gamboa, mientras vivió en el extranjero, no sintió con tanta fuerza como en España la situación falsa en que se encontraba con respecto a Celia; aquí, un tanto humillado, quiso aclarar la situación. Celia intentó tratarle como a un chico, darle largas, enternecerle; Gamboa se convenció; pero cuando cayó en la cuenta de que ella jugaba con él, su amor propio ofendido se exacerbó, le entró una profunda cólera y decidió romper de cualquier manera con Celia.
III.
LA SOBRINA DE DON NARCISO
UN día don Narciso Ruiz de Heredia recibió una carta anónima. En ella le decían que su mujer era la amante de su sobrino Paquito Gamboa y que la correspondencia de éste la guardaba Celia en un vargueño de la sala. Don Narciso registró el vargueño y no encontró nada, pero este resultado no le tranquilizó; por el contrario, pensando y pensando en lo mismo llegó a creer que lo que le denunciaban era verdad.
Don Narciso estaba enfermo y no tenía energías para provocar una explicación categórica con su mujer; lo que hizo fué vigilarla y prepararle celadas para ver si la descubría.
Poco después comenzó a tranquilizarse, y comprendió que si había simpatía entre los dos, no habían llegado al capítulo de las realidades. Entonces emprendió la tarea de alejar a su sobrino de su lado.
No quería reñir con Celia, pues si lo hacía no iba a tener quien le cuidase; constantemente la pedía que no se apartase de su lado y que le leyera algo.
Celia atendía a su marido; pero como no tenía una naturaleza fuerte, pronto comenzó ella a languidecer y a ponerse enferma.
Había días en que estaba desencajada, nerviosa, impertinente; en que se le ponía la cara roja por las malas digestiones y padecía grandes jaquecas.
En vista del estado lánguido de Celia, don Narciso dijo que se podía hacer venir una sobrina lejana suya, de Burgos, para que les cuidara a los dos. Celia aceptó la entrada en su casa de una mujer joven, no sin cierta preocupación.
Pilar Heredia, la sobrina de su marido, se presentó unos días después en casa. Era una muchacha servicial, simpática, sin ninguna pretensión de superioridad, incansable en su cargo de enfermera.
Los caracteres de Celia y Pilar contrastaban fuertemente.
Celia era distinguida, aristocrática, amable con todo el mundo, pero con un fondo de desdén. Pilar, popular, franca, nada aristocrática. No podía llamársele bonita, pero sí fresca y sana; tenía la cara un poco basta, vulgar; los ojos, negros.
Esta muchacha contaba con otros parientes en Madrid, dueños de una cerería de la calle del Sacramento, enfrente de la iglesia de San Justo.
Desde el momento de llegar a Madrid, Pilar se dispuso a luchar contra Celia y decidió arrebatarle a Gamboa. Celia, confiada en su superioridad, no notó al principio la maniobra. Su marido se iba agravando y esto le ocasionaba muchos cuidados.
Celia estaba cada vez más abatida, más llena de preocupaciones.
Gamboa había llegado a sentir por ella despego y cansancio.
Un día, al entrar en el comedor, Celia vió a Gamboa que estaba besando a Pilar. Celia los miró casi sin darse cuenta y no les dijo nada. Pilar y Gamboa contemplaron a Celia como a una intrusa, sin sentirse cohibidos ni avergonzados. Ella llegó en su descaro hasta reírse.
Celia tuvo una explicación con Pilar y le advirtió que tenía que volverse a Burgos.
Pilar accedió, al parecer; pero en vez de marcharse a su pueblo se quedó en la cerería de sus tíos de la calle del Sacramento.
Una semana después Gamboa le indicó a Celia que la policía le andaba buscando y que iba a esconderse en casa del capitán Nogueras.
--Bien; vete--exclamó Celia--. Me quedaré sola.
Don Narciso seguía cada vez más grave. Celia le cuidaba únicamente. Los amigos iban a verla. Un día que fué Margarita Tilly, le dijo Celia:
--¡Tengo un miedo!
--¿Miedo de qué?
--Miedo de todo. No duermo, no tengo ganas de comer.
Don Narciso empeoró y murió. El mismo día Celia recibió una carta de Gamboa diciéndole que todavía no podía salir de su escondrijo. Una semana después Celia supo por Blanca Fidalgo que Gamboa se había casado con Pilar en la iglesia de San Justo.
--¡Es imposible!--exclamó ella.
La cosa no era sólo posible, sino que era cierta. Celia pareció no sentirlo tanto como ella misma lo hubiera pensado. Quince días después de la muerte de su marido, Celia marchó a Cádiz, y de Cádiz, a Nápoles. A los dos meses, desde aquí le escribió una carta a Gamboa recordándole la vida pasada, diciéndole que fuera a reunirse con ella. La carta la recibió Pilar; su marido había ido a la guerra y acababa de morir en la acción de Muez. Pilar le escribió a Celia dándole muchos detalles de la muerte de Gamboa, y al año se volvió a casar. Celia volvió poco después a Madrid y se entregó de lleno a la iglesia.
LIBRO NOVENO
EL MOMENTO TRÁGICO
I.
EL DESPECHO DE AVIRANETA
ALGUNAS mañanas de primavera y de verano, el padre Chamizo solía ir al Retiro a pasear, y se sentaba en un banco a leer un libro, generalmente en griego.
Un día, al entrar por el parterre, se encontró a Aviraneta hablando con una mujer, por su aspecto ya vieja. Aviraneta estaba elegante: vestía levita obscura, chaleco de terciopelo y corbata negra.
El padre Chamizo hizo como que no le veía, y siguió marchando por una avenida; pero poco después se lo encontró de nuevo y se tuvo que parar.
--Amigo don Eugenio--le dijo Chamizo--, parece que nos dedicamos al amor.
--Hombre, no. Esta señora es una antigua patrona mía; además, yo estoy un poco viejo para eso--replicó Aviraneta.
--Todavía, no. Todavía puede usted casarse.
--¡Bah! Con esta vida que uno hace, ¿qué mujer va a querer cargar con uno?
--Sí, eso es verdad; tendría usted que dejar sus costumbres de conspirador.
--¿Usted cree que un conspirador tiene costumbres?
--No sé; no tengo experiencia en eso. ¿Y qué tal va la Isabelina?--preguntó Chamizo.
--Ahora estamos entregados a un tal Civat, amigo de Palafox--dijo Aviraneta con sorna--. Lo que dice este señor parece la Biblia al general y a sus amigos. Andan todos faroleando por esas calles y hablando más de lo que debían.
Aviraneta afirmó que la política de los liberales llevaba mal camino.
--Tenemos una organización grande--dijo--; pero no contamos con hombres de acción: mucho charlatán y nada más. No existe el sentido del heroísmo y del sacrificio. Esta gente es incapaz de poner su nombre y su vida en una empresa. No hay un revolucionario de verdad. Yo me ofrecí a serlo; tarea difícil: exigía primero un voto de confianza y poderes omnímodos, responsabilidad única en el éxito o en el fracaso. Pronto vi que con estos señores no se va a ninguna parte. ¿Se trata de una medida de prudencia? Todo el mundo dice: «¿Para qué estas precauciones?» ¿Se intenta una medida de energía?: «Eso es una locura». Hay la suspicacia de la tontería. No vamos a hacer nada; lo siento, lo veo. Los militares quieren la guerra civil para ascender y algunos para enriquecerse; los oradores buscan una tribuna donde lucirse, y el pueblo, al que hemos estado excitando y pinchando, hará el mejor día una barbaridad, que será una estupidez, pero que será algo.
--¡Vaya una confianza que tiene usted en el pueblo!
--El pueblo necesita cabeza y no tenemos una cabeza, no hay un hombre. Todos estos señores de la Isabelina no valen nada.
--Excepción de usted, don Eugenio.
--Es la única excepción; por eso me temen, por eso no quieren dejarme dirigir de verdad los asuntos. Dicen que soy un loco, un Don Quijote.
--Pero además de los isabelinos hay otros liberales--dijo Chamizo--. Mendizábal...
--¡Bah! Mendizábal es un hombre inteligente, según parece, muy entendido en cuestiones de hacienda, pero nada más.
--¿Y Alcalá Galiano?
--Es un pedante y un reaccionario en el fondo.
--¿Y Argüelles?
--Es un figurón respetable.
--¿Y don Fermín Caballero?
--Muy buen escritor, según dicen, muy cuco, que se ha hecho propietario gracias a Calomarde, hombre capaz de hacer un artículo muy castizo y muy punzante, pero para sacar el pecho fuera no sirve.
--¿Y Toreno?
--Reaccionario también y palabrero.
--¿Y entre los militares?
--Entre los militares hay jóvenes valientes, pero tornadizos; no se puede contar con ellos. Mina está muy viejo y enfermo; Palarea no sirve; Valdés, tampoco.
--¿Así que les falta a ustedes el hombre?
--Nos falta el hombre.
--Pues me alegro.
--No, pues no se debe usted alegrar, amigo Chamizo. Una revolución dirigida podría quizá no ser muy sanguinaria. Una tendencia revolucionaria sin dirección ni organización será mucho peor. Como le digo a usted, el mejor día el pueblo hará una barbaridad grande.
--Ustedes tendrán la culpa.
--Tanto como ustedes y como todos. No vamos a vivir constantemente como menores de edad, cosidos a las faldas de la Iglesia.
--Por lo menos sería mas cómodo, don Eugenio.
--Sí, más cómodo; pero sería la vileza y el desbarajuste. Porque ustedes también han perdido sus condiciones de mando, convénzanse. Ustedes ya no sirven... Otra cosa: ¿Usted no podría guardarme unos papeles, don Venancio?
--Si usted quiere, sí; pero no creo que mi casa sea un sitio seguro; porque la policía, empezando por el comisario Luna, sabe que somos amigos.
--Es verdad. Tiene usted razón.
Siguieron paseando un rato, hasta que Aviraneta vió a lo lejos que se acercaba Tilly.
--Ahí viene Tilly, a quien he citado.
--¡Ah!, sí; Tilly. Le conozco.
--Tengo que darle un encargo.
Se despidió Chamizo de Aviraneta, y éste se reunió con Tilly.
--¿Qué pasa, don Eugenio?--preguntó Tilly.
--Pasa que el día veinticuatro de este mes vamos a tener jolgorio, iniciado por los isabelinos.
--Eso se dice.
--Todo el mundo lo sabe. Hay un ministerio en proyecto. ¡Hum! Yo me temo que el Gobierno esté enterado y que me van a prender.
--¿Y qué ha pensado usted?
--Como yo no puedo moverme de la casa en donde estoy sin que me acusen de traidor, he pensado poner a buen recaudo algunos papeles. Yo quisiera que usted los guardara, y, si me prenden, yo le indicaré lo que tiene usted que hacer con ellos.
--Muy bien.
--¿No tiene usted inconveniente?
--Ninguno.
--Entonces esta señora, que vive en la calle de Segovia, le entregará mis papeles cuando vaya usted por ellos. He hecho que vengan ustedes aquí los dos para que se conozcan respectivamente. ¿Ya recordará usted la cara de este señor, doña Nacimiento?
--Sí, sí; la cara de este joven no es de las que se olvidan.
Tilly se inclinó sonriente.
--¿Cuándo va usted a ir a casa de doña Nacimiento?--preguntó Aviraneta.
--Cuando usted quiera. Si quiere usted, mañana mismo.
--Bueno; me parece bien.
Se marchó la antigua patrona de Aviraneta, y quedaron solos éste y Tilly.
--¿Qué hace Mansilla?--preguntó Aviraneta.
--Parece que le dan un alto cargo en el Tribunal de la Rota, y cuando haya vacante le hacen obispo.
--¡Diablo! El número Dos marcha viento en popa. ¿Y usted?
--A mí me quieren enviar de secretario a la Embajada de Viena; pero yo prefiero quedarme aquí y ver de ser diputado. ¿Usted qué hace?
--Yo, en casa. El Gobierno ha lanzado a la calle una nube de polizontes que espían por todas partes, y hay que ocultarse.
--Creo que hace usted bien.
--Se dice que sus amigos de usted, los cristinos, se ponen contra Martínez de la Rosa.
--Sí--contestó riendo Tilly--. Rosita, la pastelera, parece que ha jugado una mala pasada al partido. Se dice que a Donoso Cortés y a los Carrascos les ha cerrado la puerta de la cámara de la reina.
--¡Cómo estarán!
--Bufando. Dispuestos a echarse a la calle. Parece que vamos a tener jaleo.
--Sí, yo también lo sospecho; por eso quiero que me guarde usted esos documentos. Me temo que estos días me prendan. Si me prendieran, yo le avisaré para que publique usted en Francia, si no es posible en España, algunos de ellos. No los pierda usted. Póngalos en sitio seguro; en ello está mi defensa.
--No tenga usted cuidado.
--¿Dónde los va usted a guardar?
--Lo estudiaré. En esa Casa del Jardín no me parece conveniente. Ya debe haber alguien que sepa nuestra amistad.
--Sí. Es muy probable.
--En casa de mi hermana, tampoco. Yo estudiaré el sitio y se lo indicaré a usted.
--¡Adiós, número Uno!
--¡Adiós, número Tres!
Al día siguiente, Tilly recogía de la casa de la calle de Segovia los papeles de don Eugenio.
II.
EL 17 DE JULIO
A principios de julio comenzó a extenderse el cólera en Madrid. Supuso Chamizo que en un pueblo poco limpio produciría la enfermedad un gran estrago, y, efectivamente, lo produjo.
Se decidió el ex fraile a no salir de casa mas que lo necesario para no presenciar horribles escenas. Como iban faltándole los medios de vida escribió a Bayona y a Burdeos para ver si podía volver, y le contestaron dándole esperanzas.
En Madrid la epidemia había desarrollado un individualismo terrible; el que podía se escapaba; el que no, se metía en un rincón.
Los ricos abandonaban la ciudad poco a poco. Unicamente los políticos parecían no ocuparse de la epidemia y seguían intrigando como si tal cosa.
Chamizo solía ir con frecuencia a la biblioteca de San Isidro a copiar documentos. Era amigo del rector del Colegio de Jesuítas, el padre Puyal.
Un día de julio, el 17, en que hacía un calor horrible, Chamizo salió de casa y fué a media tarde en dirección de San Isidro, con la idea de pasar unas horas en la biblioteca del colegio.
Se cruzó varias veces con curas llevando el viático, que iban a las casas de los moribundos, y con carromatos cargados de cadáveres, pues no había bastantes coches fúnebres en la ciudad; tantas eran las defunciones. En la Puerta del Sol vió Chamizo gente de mal aspecto formando grupos que hablaban y vociferaban. Se acercó a los corrillos y oyó que decían que había habido muchos muertos por el cólera aquella mañana. Otros hablaban de la insurrección carlista, que se corría por España como un reguero de pólvora. Supuso el ex fraile que estas noticias serían la causa de la agitación de la multitud y avanzó a la Plaza Mayor. Desde aquí, calle de Toledo abajo, había un batallón de milicianos.
--¿Qué pasa?--preguntó el ex fraile a un sargento de urbanos.
--Que la gente ha hecho una degollina de frailes en San Isidro--contestó el sargento con petulancia, atusándose el bigote--. Se lo merecen.
--¿Y por qué?
--Porque están impulsando al carlismo. Los carlistas, que estaban escondidos en los conventos, han salido, disfrazados de frailes, a reunirse con Merino.
--¡Si no fuera mas que eso!--dijo otro miliciano.
--¿Pues? ¿Hay algo más?
--Que están echando cosas malas en el agua.
--¡Bah!
--Se les ha visto envenenando las fuentes con unos polvos.
Chamizo quedó horrorizado con la noticia.
--¡Qué absurdos se pueden creer--pensó--cuando se tiene la idea de la propia inferioridad, como la tiene el pueblo! ¿Para qué va nadie a envenenar las fuentes? ¿Qué objeto se puede tener para matar a los demás? ¡Qué locura! ¡Qué absurdo!
Empujado por los curiosos avanzó Chamizo por la calle de Toledo abajo. Subieron en dirección contraria un grupo de hombres, mujeres y chiquillos desharrapados, manchados de sangre, caras hurañas, gente frenética, gritando, con espuma en la boca. Entre ellos iban busconas pintarrajeadas y dueñas de las mancebías con sacos llenos de botín. Algunos hombres iban armados con fusiles, con la bayoneta calada; otros, con navajas, palos y martillos, y a manera de trofeo arrastraban ornamentos de iglesia. Al frente marchaba un hombre joven, fuerte, rojo, con la melena encrespada, sudoroso, manchado de sangre, con una pistola en la mano. Tenía algo de lobo.
Uno de los del tropel era Román, el Terrible, el hijo del señor Martín el librero, y llevaba con aire de fiera una bayoneta atada a un palo.
En la esquina de la calle de Toledo y la de los Estudios había un montón de ropas, muebles, libros, cuadros, tirados desde el Colegio de San Isidro, todo ennegrecido por el fuego. Los milicianos hacían la guardia como si su única misión fuera vigilar estos objetos, y mientrastanto se seguía asesinando y se arrojaban desde las ventanas una porción de cosas a la calle y se les pegaba fuego, con gran algazara y aplausos.
Al poco rato apareció el joven fuerte, rojo, a gritar, a dar órdenes.
--¿Quién es?--preguntó Chamizo.
No le conocía nadie.
A la puerta de la prendería de la calle de los Estudios estaba Concha la Lagarta en medio de un grupo de gente.
--Han hecho bien--gritaba con voz aguda--; que los maten a todos. ¡Canallas! ¡Envenenadores! No se debía dejar uno vivo. Por ellos pasa lo que está pasando; por ellos está toda España llena de carlistas. Hasta que no se quemen todos los conventos y no se desuelle a todos los frailes no habrá aquí paz.
Chamizo la oía absorto. La criada de la Lagarta, la señora Ramona, se acercó al ex fraile.
--¿Ve usted esa fiera? Está como loca. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué cosas tenemos que ver!
La señora Ramona le dijo a Chamizo que en los claustros de San Isidro había frailes muertos, asesinados, en las más extrañas posturas.
La gente no manifestaba la menor compasión. Días antes se confesarían con ellos como buenos católicos; días después se arrodillarían ante una procesión. En aquel momento los mataban sin piedad. Setenta y tantos habían degollado. Así es el pueblo, cruel y tornadizo como un niño.
Al anochecer vió Chamizo que entraba un carro en el portal del colegio; según dijeron las gentes lo iban a llenar de cadáveres de frailes.
Al aparecer la carreta de nuevo y ponerse en marcha, la multitud se puso a aullar y a bailar alrededor, gritando con furia: «¡Mueran los frailes!»
Allí también andaba el hombre rojo de la melena encrespada, con su pistola en la mano y su aire de matón fiero.
Chamizo vió o creyó ver una mano de un muerto que salía del carro.
El ex claustrado estaba completamente trastornado. Subió la calle de Toledo y tomó por la Concepción Jerónima. Unos chicos habían hecho un monigote de paja, y, después de envolverle con un hábito de fraile, lo arrastraban por el suelo cantando el _Himno de Riego_. Unas busconas, con antorchas encendidas, les precedían.